Cachemira, una crisis de 70 años

Cuando dos potencias nucleares, siquiera sea a escala regional, entran en conflicto, cunde la alarma y se activan los mecanismos para evitar la degradación de la crisis. Así ha sucedido en el enfrentamiento de India y Pakistán en Cachemira, uno más, desde que el 14 de febrero el grupo yihadista Jaish-e-Mohammed (El Ejército de Mahoma) causó 42 muertos en el ataque contra un convoy de policías indios, la aviación india respondió el martes pasado con un bombardeo sobre una supuesta base yihadista en territorio paquistaní  y el miércoles la defensa antiaérea de Pakistán derribó dos cazas indios. Los precedentes históricos movilizaron los circuitos diplomáticos para evitar una escalada en un contencioso con una antigüedad de más de 70 años y sin perspectivas de solución, sumergido el problema en una mezcla de nacionalismo exacerbado y conveniencias estratégicas.

El escenario de la crisis está viciado de origen a causa de la división de facto del territorio de Cachemira entre India, Pakistán y China desde que en 1948 el Reino Unido fue incapaz de descolonizar el Raj –el subcontinente indio y aledaños– sin dejar cabos sueltos. La división del territorio en dos estados por razones de competencia política y diferencias insalvables entre las comunidades musulmana e hindú, liquidó el sueño de Mahatma Gandhi de mantener a las dos sociedades unidas bajo una misma bandera y cimentó la primera guerra, que acabó con un compromiso en la ONU para celebrar en el futuro un plebiscito que estableciera las fronteras de las tres Cachemiras. Nunca se celebró tal consulta y la crisis se convirtió en un conflicto de baja intensidad.

En 1965 y 1971 volvieron a hablar las armas. La guerra de 1965 acabó con el acuerdo de Tashkent, con nulos efectos prácticos en la delimitación de fronteras, y la de 1971, asociada a la guerra de la independencia de Bangladesh (Pakistán Oriental hasta entonces), no mejoró la situación, sino que enardeció el nacionalismo paquistaní y procuró nuevas tribunas al islamismo suní deobandi, una facción fundamentalista surgida la segunda mitad del siglo XIX en la ciudad que le da nombre, inspirado su programa o doctrina en la prédica del clérigo Shah Waliullah Dehlawi (siglo XVIII). En 1974 India se incorporó al club nuclear y en 1998 Pakistán se sumó al grupo de países con armamento atómico, momento a partir del cual los riesgos crecieron exponencialmente.

Entre ambos acontecimientos, Pakistán pasó por la experiencia de la dictadura del general Zia ul Haq (1977-1988), que favoreció la islamización del Estado, en especial del Ejército, la policía y los servicios secretos, de tal manera que el país se convirtió en un lugar relativamente acogedor para el yihadismo y, en términos generales, no lo ha dejado de ser desde entonces. Al mismo tiempo, la democracia india asistió al crecimiento del nacionalismo conservador, representado por el partido Bharatiya Janata, y al desarrollo de varias crisis en el Partido del Congreso, actor principal de la independencia y hogar ideológico de dos primeros ministros fundamentales en la construcción de la identidad política india: Jawaharlal Nehru (1947-1964) y su hija, Indira Gandhi (1966-1977 y 1980-1984). Con el paso del tiempo, decrecieron los afectos al sentido de una sentencia de Lal Bahadur Shastri, jefe de Gobierno entre 1964 y 1966: “El énfasis en la religión como base para definir mayorías y minorías en un Estado secular es bastante erróneo y una contradicción en términos”.

Desde la llegada al poder de los talibanes en Afganistán en 1996, la derrota de su régimen en 2001 y la reactivación del movimiento desde sus bases en Pakistán, nunca han decrecido las sospechas acerca de la complicidad de una parte del generalato paquistaní en la libertad de movimientos de este grupo y de Al Qaeda en varias provincias. Osama bin Laden estableció su residencia en la clandestinidad en Abbotabad, en una casa situada a unos centenares de metros de una academia militar, donde fue abatido por fuerzas especiales de Estados Unidos (mayo de 2011), es más que segura la eventual colaboración paquistaní con la insurgencia talibán en las provincias occidentales del país, de cultura pashtún, y es harto conocida la desconfianza que despiertan los servicios de información radicados en Islamabad cuando se trata de controlar las idas y venidas de unidades muyahidines. Todo ello favorecido por la tendencia de los gobiernos indios a considerar que el único futuro posible para el área en disputa es que la extensión de la provincia de Jamnu y Cachemira se mantenga tal cual está o incluso crezca.

Para ambas partes, cualquier solución que entrañe concesiones es una mala solución o una solución no asumible. Es una incógnita cuál sería el precio político que debería pagar el nacionalismo indio, que poco menos que ha santificado el territorio mediante un discurso hinduista a menudo destemplado y manifiestamente agresivo, dirigido a la minoría musulmana que vive en el país (150 millones de creyentes). Un editorial publicado en The Times of India apunta directamente a la complicidad paquistaní en los golpes de mano yihadistas: “India debe trabajar en estrecha colaboración con los EEUU, otras potencias occidentales y Rusia –significativa ausencia de China, cabe decir– para garantizar que Pakistán desista de ser refugio del terror”. El primer ministro Narendra Modi seguramente suscribe la frase.

No es menos compleja la situación para el primer ministro paquistaní, Imran Khan, una estrella del cricket, un personaje muy popular, pero sin conexiones personales e ideológicas con el Ejército. Ni su nacionalismo ni su islamismo templado le garantizan una relación fluida con los uniformados si rebrota la tensión después de devolver al piloto indio derribado el día 27. Dos ideas de Alí Jiná, padre de la patria, siguen siendo norma y guía para una opinión pública educada en la resistencia frente a la inmensidad de la India (más de 1.300 millones de habitantes): la primera es de naturaleza identitaria  –“Hindúes y musulmanes fundamentan su inspiración en diferentes fuentes de la historia”–; la segunda encierra un concepto sui géneris del poder –“No creo en tomar la decisión correcta, tomo una decisión y la hago correcta”–, acaso una idea muy particular de los gobernantes como sujetos predestinados.

Bernard Brodie, uno de los teóricos de la estrategia nuclear, definió así el papel reservado a los arsenales atómicos: “Las armas nucleares deben estar siempre listas, pero nunca se deben utilizar”. Todos los estudios dedicados al concepto de disuasión se basan en este principio, las pequeñas potencias nucleares –Israel, Corea del Norte– se han dotado de un equipamiento suficiente para ser poco menos que invulnerables salvo grave riesgo para la comunidad internacional y sin embargo, cuando el conflicto surge entre vecinos nuclearizados, surgen las dudas, aparecen los recelos sobre la eficacia real de los sistemas de alianzas respectivos para evitar que la contención del adversario degenere hacia la agresión al enemigo. Por eso la aldea global se ha llenado de llamamientos a la serenidad en búsqueda del mal menor: que el laberinto de Cachemira se mantenga como una dolencia crónica si eso evita una guerra caliente.

Mandela, un punto de apoyo

“La verdadera paz no es simplemente la ausencia de tensión; es la presencia de justicia”.

Martin Luther King

Los admiradores de Nelson Mandela, los seguidores del pensamiento del gran líder, los inspirados por él, se multiplican a gran velocidad, espectacularmente, con una prodigalidad muy por encima de la que se recoge en el pasaje evangélico de los panes y de los peces. Se trata de la una extraordinaria ceremonia de la confusión consistente en que nadie quiere perderse la foto al lado del féretro, la gloria de la frase redonda reproducida en letras de molde, difundida por la red en la aldea global. La densidad de políticos registrada en la ceremonia del martes en el Soccer City de Johannesburgo tiene poco que ver con la emotividad a flor de piel del homenaje popular que continuó luego en Sudáfrica a través de una manifestación de luto bulliciosamente sincera. Su significado se entiende mejor a la luz de lo que cabe considerar un culto a la personalidad post mortem organizado a beneficio, como es obvio, de quienes rinden el homenaje y no del homenajeado.

El titular de portada dice:

El titular de la portada dice: “El conquistador de la Sudáfrica del ‘apartheid’ como luchador, prisionero, presidente y símbolo”.

Todo esfuerzo es poco en las prisas por incorporar referentes morales a la biografía de cada gobernante para, acto seguido, proyectar sobre multitudes desorientadas –las de cada país– una guía moral actualizada. Claro que no todo fue oportunismo aquel martes lluvioso, pero se dio en dosis considerables, que quizá al propio Mandela le hubiesen movido a risa, como apunta Simon Jenkins, del periódico progresista británico The Guardian, en uno de los artículos más provocadores publicados a raíz de la agenda funeraria oficial que se sigue en Sudáfrica. “Ya es suficiente –escribe Jenkins–. La publicidad de la muerte y el funeral de Nelson Mandela se han convertido en un absurdo. Mandela fue un líder político africano con cualidades adecuadas para una coyuntura crucial en los asuntos de su nación”. Y añade: “Secuestrado por políticos y celebridades, de Barack Obama a Naomi Campbell y Sepp Blatter , ha tenido que ser deificado a fin de sacar el polvo a los demás con su gloria. En el proceso se le ha deshumanizado. Oímos hablar mucho de la banalidad del mal. A veces hay que destacar la banalidad de la bondad”.

El articulista no duda del gran líder fallecido, duda de muchos de quienes se han sumado al homenaje fúnebre; abomina de presencias irritantes a contar a partir de Robert Mugabe, presidente de Zimbabue. ¿Por qué se da una situación tan paradójica: un hombre que evitó siempre el gesto presuntuoso de ponerse como ejemplo es la referencia ideal para una multicolor variedad de perfiles ideológicos: gestores honrados, dirigentes llenos de contradicciones, muñidores del poder, luchadores abnegados y a saber cuántos registros más? ¿Acaso se debe a la escasez de referencias morales transparentes y a un superávit angustioso de moralistas estomagantes? Quizá esta sea la razón.

"Mandela, el combatiente de la libertad", títuló 'Le Monde'

“Mandela, el combatiente de la libertad”, títuló ‘Le Monde’.

La última entrega del International Herald Tribune Magazine, distribuida antes de la muerte de Nelson Mandela, recoge la respuesta de varios personajes notables en su área de actividad acerca de quiénes son los líderes morales de nuestro tiempo. Solo uno de ellos, Salam Fayad, expresidente del Gobierno de la Autoridad Palestina, menciona a Mandela, y lo hace además para relacionarlo con la siembra de la no violencia realizada por Martin Luther King en los años 60. Otros entrevistados transitan por caminos muy distantes de la praxis política de Mandela: la escritora turca Elip Shafak cita a Rumi, poeta de expresión persa del siglo XIII, que en su funeral reunió a cristianos, judíos y musulmanes; el obispo anglicano Rowan Williams menciona a Dag Hammarskjold, segundo secretario general de la ONU, porque “ofreció una perspectiva sin la que todo político está vacío”; el poeta chino Liao Yiwn se remite a Confucio y se acoge a una frase de Mencio, su seguidor más preclaro, para quien “si Confucio no hubiese nacido, la larga noche no tendría ninguna lámpara brillante”.

¿Puede aventurarse que Shafak, Williams y Liao no sienten interés o aprecio por la epopeya de Mandela? No, con toda seguridad, pero a diferencia de muchos de los gobernantes que viajaron a Johannesburgo, no tienen necesidad de hacer ostentación de ello. La remisión al icono es una operación de cirugía estética tentadora, porque tras la imagen del héroe desaparecido, libre de toda sospecha, reconocido por todos, se concentra una masa crítica de utilidad política aún más tentadora: Andrei Sajarov, Václav Havel, las revueltas en las antiguas repúblicas soviéticas, la primavera árabe, la resistencia sin aspavientos de la birmana Aung San Suu Kyi, la teocracia posmoderna del dalái lama y la escuela pacifista que, puestos a citar símbolos ilustres, se remonta a Mahatma Gandhi. 

Para 'The Independent', el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: "

Para ‘The Independent’, el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: “Ser libre no es simplemente librarse uno de las cadenas, sino vivir de forma que se respete y realce la libertad de los otros”.

A eso se refiere la directora del diario francés Le Monde, Natalie Nougayrède, al enumerar la descendencia civil más conocida de Mandela, el autor de frases redondas del estilo “la libertad no se negocia porque solo un hombre libre puede negociar”. Escribe Nougayrède: “Las aspiraciones a la dignidad y a los valores universales deben encarnarse para superar los peores obstáculos”. Y al seguir por esta línea es fácil tener la impresión de que una cierta religiosidad cívica envuelve los elogios fúnebres suministrados estos días por los redactores de discursos, al mismo tiempo que cobra sentido la prevención que expresa Simon Jenkins ante todo lo visto y leído: “El concepto de bondad en un líder político ha fascinado a los estudiosos, de Platón a Nietzsche y más allá. Tenemos que creer en él, no sea que nos deslicemos por el cinismo, pero hemos de tener cuidado para no deslizarnos hacia la idolatría”.

¿Es todo una gran farsa televisada en directo? No lo es, pero la banalización de la bondad de la que habla Jenkins ahí está. ¿Hay que practicar el escepticismo ante todos los discursos? Sin duda, no, pero al beatificar a Mandela en el altar de los grandes valores universales, la peripecia personal se convierte en un relato mágico del que desaparecen algunas referencias obligadas para comprender que entre la condena a cadena perpetua del abogado Nelson Mandela y la elección del primer presidente negro de Sudáfrica transcurren decenios de sinsabores, sacrificios, periodos de ostracismo, contradicciones personales, errores, ausencias, tragedias familiares y, al mismo tiempo, acontecimientos políticos en el plano interior e internacional que hacen posible el gran momento de gloria de la liberación en 1990. El relato mágico acelera la construcción del mito, al que se le otorgan todos los atributos, pero desaparece la historia; la exaltación de la ejemplaridad desdibuja al ser humano.

Las multitudes que se han movilizado para acudir a Pretoria a despedir a Madiba no precisan recurrir a la exaltación de lo sobrehumano. Han rendido tributo a quien sienten que le deben algo, que fue como ellos, que pasó por las mismas angustias que ellos, del apartheid a las matanzas en los suburbios, de la violencia de todos los días al largo olvido a que fueron condenados por la realpolitik durante la guerra fría. En esas largas colas del último adiós la mayoría sabía, desde mucho antes de que lo dijera Barack Obama en Johannesburgo, que Mandela no solo fue su libertador esclarecido, sino el libertador de los carceleros. Y en este gesto supremo se labró su derecho a pasar a la historia como un gobernante sin ira.