Salman calienta el Golfo

La guerra fría del golfo Pérsico se ha calentado con consecuencias impredecibles. La ruptura de relaciones de Arabia Saudí e Irán, seguida de otros gestos hostiles de los gobernantes sunís dirigidos a la teocracia de los ayatolás, no es más que el primer episodio de un enrarecimiento de la atmósfera cada vez más irrespirable en una región condenada a encadenar crisis. La monarquía saudí, parapetada detrás de la mayor de las distinciones asumida por el rey, protector de los santos lugares de La Meca y Medina, está dispuesta a hacer cuanto está a su alcance, y es mucho, para disputar la hegemonía regional a la república islámica. A punto de cumplir su primer año en el trono de Riad, Salman bin Abdelaziz no ha dejado pasar la ocasión de hostigar al régimen iraní con la ejecución junto con otras 46 personas del clérigo chií Nimr Baqir al Nimr, condenado a la pena capital por terrorista (en realidad, sometido a juicio por promover la primavera árabe en la más influyente de las petromonarquías).

Como tantas veces desde la noche de los tiempos, la religión, el litigio teológico y la remisión a los profetas no es más que un pretexto encubridor de ambiciones políticas, de la disputa por el poder. Desde que a mediados del año pasado se registró una rehabilitación de facto del Gobierno de los clérigos iranís a través de una negociación en la que se comprometieron a no desarrollar un arsenal nuclear, ha sido manifiesta la incomodidad saudí con la nueva situación. Comprometido con la alianza encabezada por Estados Unidos que combate al Estado Islámico en Siria e Irak, con el sostenimiento del régimen yemení zarandeado por el levantamiento de los hutis (chiís), con el apuntalamiento de la carcomida economía egipcia y con la tutela de la débil monarquía de Baréin –familia real suní para un pequeñísimo país con el 80% de la población chií–, el rey Salman se ha embarcado en una operación de afianzamiento personal dentro y fuera de Arabia Saudí, jaleado por el coro de aliados de la Liga Árabe.

Lejos de ahondar en su llamamiento de primera hora para restablecer la unidad en el orbe musulmán, dividido por la guerra, Salman ha dado pasos cruciales para exacerbar las pasiones, favorecido todo por el asalto a la embajada saudí en Teherán, un movimiento al que no son ajenos los sectores más duros del entorno del guía espiritual Alí Jamenei, defraudados con el realismo político del presidente Hasán Rohani. A diferencia del desafío permanente practicado por Mahmud Ahmadineyad, anterior presidente de Irán, su sucesor ha optado por el compromiso, pero eso ha alarmado a los guardianes de la revolución, a los herederos ideológicos del ayatolá Jomeini, que temen que en la transición del enfrentamiento con Occidente a la convivencia pierda el país parte de su influencia en el Golfo y en la gestión de las crisis en Oriente Próximo. Un temor compartido por los saudís, que sospechan que el precio de la rehabilitación iraní puede ser el debilitamiento saudí en su área de influencia.

“Por encima de las diferencias sectarias entre Arabia Saudí e Irán, aquello que más enfrenta a los dos países es lo que tienen en común. Ambos regímenes han basado su legitimidad en una misión transnacional de exportación de la religión y salvaguarda del islam. Después del despertar árabe y del hundimiento del sistema regional de estados que le siguió, la competencia por el poder se ha vuelto más urgente”, afirma el especialista Ray Takeyh en un artículo publicado en el Financial Times. Para Takeyh, el acuerdo nuclear está lleno de deficiencias y activa la desconfianza saudí, pero la Administración de Barack Obama entiende que es una herramienta política indispensable para incorporar a Irán a una solución política futura de la carnicería siria, si es que la hay. Es ese un viejo planteamiento que se remonta a los años 2012 y 2013, y que no ha dejado de tener adeptos desde entonces.

El planteamiento de la Casa Blanca no está exento de riesgos hasta ahora poco atendidos. En especial el efecto que en la cohesión de Irak puede tener el conflicto abierto por saudís e iranís, según se ha ocupado en destacar The New York Times. Para muestra, un botón: la reconquista de Ramadi, ocupada por el Estado Islámico durante año y medio, ha sido posible por la contribución suní a las operaciones del Ejército iraquí, mayoritariamente chií, pero ese tipo de colaboración podría saltar por los aires si se agria más y más la disputa entre Salman y los ayatolás. Irak tiene una larga experiencia de guerras sectarias desde la caída de Sadam Husein –la más sangrienta fue la del 2006-2007–, que han erosionado la identidad colectiva iraquí.

Las digresiones religiosas apenas tienen espacio en ese andamiaje levantado sobre la lógica de la seguridad, la diplomacia y los intereses económicos (las exportaciones de petróleo). Esa especie de política de las emociones aplicada a la religión tiene poco que ver o que decir cuando las referencias son otras, cuando incluso los retos planteados por el Estado Islámico, presentados dentro de un envoltorio de naturaleza religiosa, son perfectamente explicables fuera de él, con lo que, de nuevo, la sacralización del momento adquiere la condición de simple coartada. Tan cierto es que sigue vigente un litigio religioso más que milenario –sunismo frente a chiismo y viceversa– como que lo que más pesa en el presente es la disputa por la hegemonía regional.

¿Es eso todo? Quizá no; acaso Salman precisa pertrecharse con una dosis suplementaria de autoridad dentro de palacio y atenuar las tensiones familiares. Seguramente él es el último en reinar de los hijos de Abdelaziz, fundador de Arabia Saudí en 1932; su sucesor será uno de los muchos nietos del padre de la dinastía de los Saud, y es improbable que la llegada al poder de una nueva generación se haga sin tensiones en el seno de una familia real que suma la friolera de 25.000 miembros, una trama inextricable de intereses y privilegios. Algún think tank baraja incluso la hipótesis de que el tránsito de los hijos a los nietos de Abdelaziz entrañará inevitablemente un debilitamiento del núcleo de poder saudí, articulado desde los inicios en torno a la figura de un monarca absoluto. ¿Pueden evitarlo las rentas del petróleo que todo lo sofocan?

 

Todo ha fallado en Irak

Los peores presagios se han hecho realidad en Irak, al borde del abismo a causa de la irrupción irrefrenable de los yihadistas sunís del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el sectarismo del primer ministro Nuri al Maliki (chií) y el alejamiento de Estados Unidos del campo de batalla. Lo que se apuntó como una posibilidad en el 2003 a raíz de la invasión anglo-estadounidense, la quiebra del Estado y el desmembramiento de la comunidad iraquí, se avizora hoy en un horizonte sembrado de cadáveres, rivalidades regionales, enfrentamiento religioso y la sensación de que se está en el comienzo de un proceso paulatino de desestabilización cocinado a fuego lento por la guerra de Siria, que en marzo cumplió tres años, y la incapacidad de los gobernantes iraquís de salirse del comunitarismo para asentar el Estado. Todo cuanto ha sucedido en Irak desde que el EIIL tomó Mosul se ajusta a un guion donde el punto de partida es la ausencia de un Estado eficaz: la huida en desbandada del nuevo Ejército iraquí, el concurso de antiguos baazistas en el bando suní para combatir a los gobernantes de Bagdad, el llamamiento desgarrado del ayatolá Alí al Sistani para que la grey chií se sume a la lucha contra los islamistas sunís, el apoyo de los peshmergas –combatientes kurdos– a la ofensiva y una serie prodigiosamente variada de matrimonios de conveniencia que solo se sostienen en la atmósfera de la guerra.

De todas estas uniones por interés, la más razonada, razonable y previsible es la de Estados Unidos y Occidente en general con Irán. La rehabilitación a toda máquina de la república teocrática es posible porque, en el descoyuntamiento de la región, los ayatolás pueden desempeñar el papel de aliados estables en el golfo Pérsico, aunque sea a costa del disgusto de los saudís (sunís muy conservadores), que mantienen una pugna histórica con los chiís –los iranís– por la hegemonía en medio de un mar de petróleo. A punto de acotarse el alcance del programa atómico impulsado con entusiasmo por el anterior presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el pragmatismo de su sucesor, Hasán Rohani, puede transformar a Irán en el socio necesario para desespero del frente neocon, que en el 2002 colocó a Irán en el eje del mal.

Barack Obama “habla de cambio climático mientras Irak vive a sangre y fuego”, clama Dick Cheney, vicepresidente con George W. Bush y primer promotor de la invasión de Irak en el 2003. “La intervención del 2003 no es responsable del caos iraquí”, ha escrito el exprimer ministro británico Tony Blair en las páginas del diario francés Le Monde. Algunos diputados conservadores alarman al establishment al buscar algún resquicio legal para llevar a Blair ante el juez por haberse sumado a la campaña del 2003. El escritor franco-marroquí Tahar Ben Jelloun se lamenta de que “Bush hijo no sea procesado por sus crímenes”. Y Dominique de Villepin, ministro francés de Asuntos Exteriores en los aciagos días de la invasión que se opuso a ella sin concesiones, se permite señalar tres fracasos en aquella operación que cambió el semblante de Oriente Próximo: la guerra contra el terrorismo, el cambio de régimen y la ausencia de una construcción nacional según la pensaron la Casa Blanca y el Departamento de Estado al poner en marcha la maquinaria militar.

Quizá sea cierto que hay en marcha una operación para desmembrar Irak, como ha declarado Al Maliki a la emisora de televisión Al Manar, instrumento del movimiento chií libanés Hizbulá, pero al emitir ese diagnóstico soslaya su propia responsabilidad en la crisis y, al mismo tiempo, refuerza la idea de los fracasos enumerados por Villepin. La publicación progresista británica New Statesman se refiere sin tapujos a la “desgracia de tener a Nuri al Maliki de primer ministro”. “Los chiís que dominan el Gobierno –explica– han trabajado de forma asidua para alienar la minoría suní y su mal gobierno ha contribuido profundamente a las presentes dificultades”. Y la decepción que transmiten los diplomáticos y funcionarios extranjeros que han estado en Irak abunda en mensajes de parecido tenor, como si la crisis de las mezquitas de 2006-2007 y la fractura social después de tres guerras –contra Irán (1980-1988), la intervención internacional de 1991 y la invasión del 2003– no hubiesen emitido suficientes señales de alarma para buscar un punto de encuentro de las tres comunidades que engloba Irak: sunís, chiís y kurdos.

Pero quizá la señal más elocuente del estrepitoso fracaso cosechado por Al Maliki y, de rebote, por Estados Unidos sea la debilidad de un Ejército que ha respondido a la presión islamista ausentándose del campo de batalla y dejando armas y bagajes a disposición del enemigo. Si alguien dudó alguna vez de que uno de los grandes errores cometidos por la Administración de George W. Bush fue desmantelar el Ejército de Sadam Husein, la suerte de los combates en Mosul, Tikrit y otros lugares no puede ser más esclarecedora: llevaban razón quienes dijeron que asentar un Ejército de nueva planta requiere un mínimo de 20 años; es una labor que no se puede improvisar aunque Estados Unidos se encargue de la operación y destine a ella grandes cantidades de dinero en forma de instructores y material de última generación. Lo que sucedió al desvanecerse el Ejército de Sadam Husein fue que creció exponencialmente la capacidad de resistencia al invasor de diferentes formas de guerrilla y, al mismo tiempo, las nuevas fuerzas armadas aparecieron ante una parte muy importante de la opinión pública iraquí como el brazo represor de un régimen impuesto, sometido a intereses foráneos. Y esa percepción sigue vigente.

La posibilidad de que se pase del rompecabezas a una guerra civil ahora incipiente depende de varios factores. El primero de ellos es comprobar hasta qué punto la calle iraquí, no las milicias organizadas de sunís y chiís, se suma a la lucha en cada bando con sus propios medios, como aventura que podría suceder Hayder al Khoei, investigador asociado al think tank británico Chatham House. Solo una intervención significativa de Estados Unidos puede evitar o al menos limitar una escalada cualitativa como la apuntada por Al Khoei, algo que, por lo demás, queda bastante lejos de las intenciones del presidente Obama, partidario que apoyar al Gobierno iraquí sin que un solo soldado ponga pie a tierra, y previo abandono del sectarismo por parte de Al Maliki. ¿Acaso se está ante una nueva muestra de que los tiempos de la unipolaridad y de la hiperpotencia han pasado a la historia? La respuesta del politólogo francés Dominique Lagrange se acerca bastante a la realidad: “No hay un polo en el sentido de un líder con capacidad de atracción, ni siquiera varios. Hay una centralidad de Estados Unidos en la estructuración de lo internacional”. Nunca la posguerra fría estuvo más lejos de constituir un sistema estable de relaciones entre los estados.

Al favor de esos vientos de guerra que de Siria han llegado a Irak, y acaso sigan su curso en busca de nuevos horizontes, se concretan dos realidades que, no por esperadas, resultan menos deplorables. La primera es el reforzamiento de Bashar el Asad, que combate a una oposición en la que el EIIL es de largo el grupo armado más dinámico, mejor instruido y que dispone de mejor material. La segunda es la tensión en los mercados energéticos, con un ojo puesto en la suerte final del gas ruso que debe fluir hacia Europa Occidental a través de Ucrania y otro atento al futuro de los pozos de petróleo iraquís. Resulta tan escabrosa la hipótesis de una tolerancia indirecta del régimen sirio, por tratarse de un mal menor, como la probabilidad de que las víctimas más vulnerables de la crisis económica vean agravada su situación por la arrogancia de cuantos se sumaron a la soberbia del trío de las Azoras para desmantelar Irak.

Por más recursos que dediquen los gabinetes de propaganda a deformar la realidad política presente, es improbable que gane adeptos el estado de ánimo de Blair: “Debemos desprendernos de la idea de que nosotros hemos provocado esta situación. No es cierto”. A cada muerto que se suma al parte de bajas crece la convicción de que el relato de la guerra de Irak partió de una falsedad –la existencia de armas de destrucción masiva–, dio pie a otra falsedad –el apoyo popular a la edificación de un nuevo régimen– y se ha instalado en una tercera falsedad –la viabilidad del nuevo Estado–, que ha quedado al descubierto en cuanto los fundamentalistas islámicos han dado la orden de ataque. Y esa construcción en paralelo a la versión oficial es tan convincente que es imposible imaginar que pueda imponerse la otra, la que pretende desviar el foco hacia causas y circunstancias locales.

¿Qué ha fallado en Irak? fue el título de la edición española de un libro firmado por el general estadounidense Wesley K. Clark. La respuesta hoy no puede ser más simple: todo. Las palabras pronunciadas por el presidente Bush poco antes de empezar la guerra suenan hoy a dramático sarcasmo: “Un Irak liberado puede poder de manifiesto el poder que tiene la libertad para transformar una región tan importante”. En la práctica, la liberación adquirió la naturaleza de guerra preventiva y la transformación llevó al país al desorden. La capacidad de contagio de ese desorden es inconmensurable.

Turquía y Egipto se atascan, Irán avanza

Turquía, Egipto e Irán ocupan los puestos 53, 114 y 144 en el Índice de Percepción de la Corrupción que anualmente publica Transparencia Internacional desde 1995. Los tres países compiten por subrayar su condición de potencias regionales en un área que se desangra en Siria y que cobija el conflicto palestino-israelí, que se remonta a 1947. Hasta la fecha se prestó poca atención a estos datos inquietantes, pero desde el pasado verano se han sucedido los cambios en los biorritmos de los tres estados, y hoy, al empezar el 2014, se dan una serie de circunstancias nuevas que parten de una paradoja: el menos transparente de los actores en pugna, Irán, es el que más deprisa mejora su estatus internacional mediante la negociación de su programa nuclear, mientras que el teóricamente más asentado en las convenciones internacionales, Turquía, parece haber perdido algo más que el rumbo a causa de una epidemia de casos de corrupción que llegan hasta la sala de estar del primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

En medio se encuentra Egipto, sometido a la corrección castrense de su primavera desde que la plaza Tahrir aplaudió el 3 julio que los generales se hicieran cargo de la situación. La resurrección del mubarakismo sin Hosni Mubarak, posible como en el pasado por la contribución a la causa de una parte de los políticos civiles, no deja de ser otra paradoja, una más, porque fue el laicismo sin uniforme el que puso el grito en el cielo a causa del programa emprendido por el islamista Mohamed Mursi, y es hoy el que teme que todo vuelva a su estado primigenio, con la política en los cuarteles. Es decir, con la política reducida a un instrumento de corrupción a gran escala que, desde hace décadas, ha hecho de los centuriones los grandes gestores de la economía y de la relación de Egipto con Israel, sin que los partidos puedan dar su opinión.

El caso es que la estabilidad de la región depende entre otros factores de que el triángulo turco-egipcio-iraní responda a un sistema equilibrado de relaciones. El profesor Fadi Hakura, del think tank independiente británico Chatham House, afirma: “A pesar de que crecen los desafíos para la posición regional de Turquía, el hecho de ser miembro de la OTAN y su situación geoestratégica le aseguran no ser ignorada en Oriente Próximo”. La frase es aplicable a Egipto e Irán, con sus propios desafíos regionales  y con los riesgos inherentes a entramados institucionales en los que pesan tanto o más las relaciones personales que las leyes.

Lo que sucede en Egipto de forma singularmente relevante es que, además, forma parte de la lucha sectaria entre el mundo suní, que se atiene a los designios de los petrodólares saudís, y el mundo chií, agrupado detrás del programa nuclear iraní. Las finanzas públicas egipcias se encuentran técnicamente en quiebra y han sido los petrodólares los que han evitado que, a la caída de Mursi, siguiera la ruina del Estado. El precio para evitarlo ha sido sumarse a lo que el especialista Fanar Haddad reputa guerra sectaria, a la que se han acogido las monarquías del Golfo “como parte de un esfuerzo de propaganda para salvar sus tronos”. Salvarlos, se entiende, de la capacidad de impregnación de las primaveras árabes, que obligaron al petroislam a ponerse en guardia.

Esa disputa confesional, muy presente en la agenda política iraquí, no debiera ser trascendente en Turquía, ajena al conflicto. Pero allí han llegado a las primeras páginas de los periódicos las miserias de un poder venal, entregado a la corrupción, y la incapacidad del primer ministro de escuchar a sus adversarios políticos en el Parlamento y en la calle. Si el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) dejó jirones de su prestigio en las jornadas de junio en la plaza Taksim, y si la actitud de Erdogan dio pie a abrigar toda clase de reservas acerca de su compromiso con los usos democráticos, hoy no hay duda sobre la incapacidad del poder para aceptar que hace falta sanear los cimientos del edificio. Mientras la lira turca se hunde en la bolsa de Estambul –su cotización ha caído más de un 20% en once meses–, Erdogan habla de una “conspiración internacional para hundir a su Gobierno”, pero el análisis del Financial Times resulta bastante más convincente: los inversores extranjeros están preocupados porque el Gobierno “ha tratado de aumentar el control sobre las autoridades judiciales” para detener la investigación por corrupción y temen por la seguridad jurídica de sus negocios.

Las incógnitas planteadas en junio por el islamismo moderado turco se han agrandado. El presunto espejo en el que deben mirarse otras experiencias similares, presentes o futuras, devuelve la imagen elocuente de una estructura de poder sin capacidad de regeneración, encerrada en sus propias convicciones y condicionada por una red de intereses opacos. Que sus competidores regionales exhiban una opacidad aún mayor, fruto de economías fuera de todo control independiente, no es ningún consuelo para cuantos pensaban que de los equilibrios turcos entre religión y Estado podía surgir una tercera vía con capacidad de transformarse en un poder arbitral, no árabe y no contaminado por las debilidades estructurales del mundo árabe y del litigio histórico entre sunís y chiís en el golfo Pérsico.

En sentido contrario, la teocracia iraní hace tiempo que dejó de ser una referencia o fuente de inspiración. Occidente dio por amortizado hace tiempo el fundamentalismo religioso de los ayatolás y, después de la desorientación inicial y la política de sanciones desencadenada por el programa nuclear promovido por los clérigos, ha dado con un interlocutor –el presidente Hasán Rohani– dispuesto a sacar el máximo partido de la situación. Dicho de otra forma: los acuerdos del 24 de noviembre relativos al programa nuclear iraní y la aplicación concreta de los mismos, pactada por Irán con el G5+1 al acabar el 2013, no entrañan ninguna transformación del régimen, sino la incorporación de este a la comunidad internacional sin levantar sospechas o, al menos, sin alarmar como lo hizo hasta fecha reciente. A eso se le puede llarmar política de supervivencia. Nadie piensa que Rohani, salido de las filas del sistema, es un reformista empeñado en cambiar la textura de la república islámica, sino que más bien se ve en él al posibilista dispuesto a mejorar la economía de su país –aumento de las exportaciones del petróleo– y a desempeñar el papel de actor regional necesario tanto en Líbano como en Siria, por más que Israel ve las cosas de forma muy diferente.

Así es como Irán ha transferido a Turquía y Egipto, a pesar del apoyo de Estados Unidos a los generales, el papel de potencias regionales inciertas. No es que se hayan desvanecido por ensalmo las incertidumbres que acompañan la praxis política de los ayatolás, es que estos han aceptado las reglas del juego para tener acceso a los 100.000 millones de dólares en cuentas iranís congeladas en bancos extranjeros y para reactivar los ingresos del petróleo, que hoy son solo la mitad de los posibles a causa de las sanciones impuestas por la comunidad internacional, según cálculos bastante certeros hechos por el diario conservador británico The Times. Los líderes iranís han aceptado la tozuda realidad: solo sometiendo su programa nuclear a tutela internacional podrán recuperar la cartera de clientes perdida durante la presidencia de Mahmud Ahmadineyad, que tanto ha dañado el desarrollo de la economía iraní y, quizá, el apego de una parte de la sociedad urbana a los dictados del líder espiritual Alí Jamenei.

¿Qué reglas del juego están dispuestos a aceptar Erdogan en Turquía y el general Abdul Fatá al Sisi en Egipto para recuperar la confianza internacional en sus peripecias personales. No es suficiente que las encuestas otorguen al primer ministro turco una intención de voto por encima del 45% ni que un coro de civiles sometidos al bastón de mando de Al Sisi anuncie la buena nueva del restablecimiento de la democracia al día siguiente del referendo constitucional del 14 y 15 de enero. Porque en ambos casos prevalece y prevalecerá la sensación de inestabilidad, de divorcio entre las plazas que reivindicaron la modernización y la neutralidad del Estado y los despachos, donde se desarrolla una estrategia destinada a asegurar la permanencia en el poder de quienes ahora lo tienen, cueste lo que cueste.

Irán cambia el rumbo

Si se presta atención al enfoque que los analistas liberales de Estados Unidos dan a las ofertas de diálogo que el presidente de Irán, Hasán Rohani, dirige a la Casa Blanca desde muy poco después de su elección, no hay duda de que la república de los ayatolás ha cambiado el rumbo. Si se presta oídos a los matices difundidos por el sector duró de los clérigos de Teherán después de las declaraciones del presidente a una cadena de televisión y del discurso pronunciado ante la Asamblea General de la ONU, entonces se tiene la impresión de que estamos ante un gran artificio escénico consentido de mala gana por los halcones. Si, por último, se fija la vista en las necesidades inmediatas del régimen iraní, cabe llegar a la conclusión de que este precisa atenuar la tensión desencadenada por el programa nuclear defendido con entusiasmo por Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Rohani, y bendecido por el líder espiritual Alí Jamenei.

Un breve texto colgado por el analista Stephen M. Walt, profesor de la Universidad de Harvard, en su blog de la edición digital de Foreign Policy inclina la balanza a favor del último de los tres síes enunciados en el párrafo anterior: Rohani hace de la necesidad virtud y quiere aprovechar el momento para encontrar una salida honrosa y rentable al contencioso con Estados Unidos. En el bien entendido de que el presidente iraní no es un reformista encubierto ni cosa parecida, sino más bien un realista incrustado en el aparato de poder de la república islámica, educado en el dogma y en el dicterio antioccidental, pero que entiende que la presidencia de Mohamed Jatami (1997-2005), este sí, un reformista aclamado por los jóvenes y el mundo académico cuando llegó al poder, quedó trufada de frustraciones a causa de la movilización de las mezquitas, algo que metió al país en un callejón sin salida.

El presidente saliente, Mahmud Ahmadineyad, entrega al líder espiritual del regimen iraní, Alí Jamenei, los documentos que oficializan la elección de Hasán Rohani, en una ceremonia celebrada en Teherán el 3 de agosto.

Para abundar en la idea de que, en efecto, algo se mueve en Irán, Walt se remite a la distinción que establece el politólogo Robert Jervis, de la Universidad de Columbia, entre señales e indicios. Las primeras no tienen una “credibilidad inherente”; los segundos son “declaraciones o acciones que acarrean alguna prueba inherente de que la imagen proyectada es correcta”, cabe otorgarles un plus de credibilidad, por así decirlo. La percepción de Walt, que seguramente comparten los analistas más cercanos al presidente Barack Obama y al secretario de Estado, John Kerry, es que Rohani ha pasado de la fase de las señales a la de los indicios. Y le asisten razones de entidad para dar el paso:

  1. La capacidad de influir, llegado el caso, en la resolución de la crisis siria sin vincular su suerte a aquella que corran Bashar el Asad y su régimen.
  2. La necesidad de sanear la economía y animar el bazar en cuanto se avizore la fecha de caducidad de la política de sanciones desencadena por el programa nuclear.
  3. La convicción de que la república islámica debe procurarse un pasaporte de honorabilidad en el seno de la comunidad internacional para sacar más partido de sus inmensos recursos petrolíferos.
  4. La pretensión de abrirse camino para actuar como una potencia regional libre de sospecha en pugna con las monarquías sunís del Golfo.
  5. El propósito de alejar la imagen combativa de la república de los desafueros del fundamentalismo suní en armas (Al Qaeda y sus franquicias).

Desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 y, sobre todo, desde que el presidente George W. Bush incluyó a Irán en el eje del mal –discurso de 29 de enero del 2002–, el régimen iraní ha formado parte de un conglomerado informe que ha llevado a la opinión pública estadounidense a incluirlo en la lista de enemigos causantes de la tragedia o conformes con lo sucedido. Ni siquiera sirvió para desvanecer equívocos la comprobación empírica de que la clerecía gobernante puso el mayor interés en aclarar que nada tenía que ver con la estrategia de Al Qaeda, el régimen talibán que dio cobijo a Osama bin Laden y la dictadura de Sadam Husein, y cuando las centrifugadoras se pusieron en marcha para producir combustible nuclear, todo fue a peor. Desandar ese camino será difícil, largo y por momentos confuso, la operación suma un puñado de enemigos que prefieren el conflicto latente –Israel entre ellos– a la diplomacia imaginativa y debe aunar voluntades tan opuestas como el bando del Tea Party del Congreso de Estados Unidos y el bando intransigente del régimen iraní, compendio inextricable de poderes reales y paralelos, tutelado todo por los teólogos-juristas que se remiten a la interpretación del Corán (ijtihad).

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

E pur si muove. No solo por la histórica reunión del jueves de los responsables de las diplomacias estadounidense e iraní, la primera desde 1979, ni por la no menos histórica conversación telefónica del viernes de Obama y Rohani, sino porque son demasiado grandes para Irán los riesgos que comporta el aislamiento; es demasiado costoso sostener el esfuerzo de un programa nuclear –civil o militar– sin contrapartidas de ingresos seguras y continuadas –las exportaciones de petróleo sin cortapisas– para desahogar las finanzas. El cálculo inicial iraní de dotarse de un modesto arsenal nuclear para convertirse en una república inexpugnable, a imagen y semejanza de la lógica seguida por Corea del Norte con el beneplácito de China, resultó tan aventurado como desequilibrante porque puso el futuro en manos de la movilización de las masas para responder a las amenazas de intervención procedentes de Occidente. Y, al final, la movilización fue otra: fue la de la calle contra el pucherazo electoral de las presidenciales del 2009 la que dio carta de naturaleza al cambio relativo, pero cambio al fin, incubado en el seno de una parte relevante de la sociedad urbana iraní. Ese es el terreno de juego de Rohani.

El de Estados Unidos remite al deseo de la Casa Blanca de retirarse lentamente de Oriente Próximo y aledaños hasta donde lo permite la necesidad de garantizar la seguridad de Israel. Es este un factor directamente relacionado con los biorritmos iranís, con esa facilidad exhibida por Ahmadineyad para exasperar a los gobiernos israelís y ponerlos a un paso de la intervención encaminada a destruir los complejos industriales encargados de producir combustible nuclear; con esa agilidad del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, para arrastrar a Obama a un campo de minas que no quiere pisar. Las ruinosas experiencias militares y políticas en Afganistán e Irak han decantado hasta tal punto a la sociedad estadounidense a favor de la retirada estratégica del laberinto musulmán que el menor resquicio para hacerlo favorece los planes del presidente e impone la prudencia a cuantos piensan que compete a Estados Unidos ser una vez más el gendarme universal. De ahí nace la disposición de Obama a escuchar a Rohani y, dicho sea de paso, a gestionar la crisis siria con una mezcla de confusión, oportunismo y poquísimas dosis de finezza, condicionado todo el relato por el desprecio por el ser humano que comparten el régimen de Asad y una parte cada vez mayor de la oposición.

El periódico progresista israelí Haaretz entiende que, en este juego de insinuaciones, sería un error de la comunidad internacional y de la diplomacia de Netanyahu desoír la oferta de diálogo de Rohani. Es probable que, en general, se acojan las palabras del presidente iraní con disposición a escuchar, pero es impensable que el primer ministro israelí esté dispuesto a hacerlo porque ni sus votantes ni sus aliados en el Gobierno son partidarios de ello. Prefieren transitar por la maroma de la desconfianza y, a ser posible, condicionar en el futuro las decisiones de Estados Unidos, como lo han hecho en el pasado; prefieren andar por delante de los acontecimientos o, lo que es lo mismo, poner todos los obstáculos posibles al éxito de la operación, aunque sea a costa de suministrar argumentos a los más duros de Teherán.

Cuando Rohani ganó las elecciones en junio, el periódico Le Monde interpretó el resultado como una consecuencia del “descontento de los electores iranís con relación al balance catastrófico del presidente saliente”, de los ocho años de “crisis económica, de aislamiento y de confrontación con Occidente a causa del programa nuclear”. Ese es el capital con el que cuenta Rohani para sustituir el dogmatismo estéril de su antecesor por el realismo que haga posible una solución ad hoc. En caso contrario, el Golfo seguirá siendo el mar donde prevalecen la voluntad de las petromonarquías y la estrategia política diseñada por Al Jazira, música de fondo de la prédica suní frente a la chií. Y en ese conflicto político disfrazado de disputa religiosa, Israel prefiere la hegemonía de las casas reales, porque están adscritas a la estrategia general de Estados Unidos en la región.

 

 

La seguridad fija la agenda

“El siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas, sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron”, ha escrito estos días Mario Vargas Llosa. A saber si la escuela del siglo pasado arraigó de tal manera en la mentalidad colectiva que el presente sigue sumido en el sectarismo ideológico, la supremacía de los comisarios políticos y la proliferación de estructuras opacas destinadas a controlar a los ciudadanos y a domeñar su voluntad mediante una mixtificación permanente de los hechos. Ahí está para enturbiarlos la diaria invocación a la seguridad, permanentemente amenazada, aunque las amenazas se desdibujan con harta frecuencia y en su lugar aparece la pugna por la consolidación de espacios de poder, de control de los recursos y de supremacía estratégica.

Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa: “El siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas, sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron”.

La seguridad se ha convertido en una herramienta multiuso que para todo vale. El recurso al espionaje, tan viejo como el Estado mismo, es un deporte universal que hace sonrojar a los reunidos en el G-8; la guerra de Siria se interpreta en términos de seguridad en la región, aunque los muertos pueden superar los 100.000; la victoria de Hasán Rohani en la elección presidencial de Irán se analiza a la luz de las doctrinas de seguridad en boga; la posibilidad de que Estados Unidos negocie con los talibanes en Doha, capital de Catar, se sopesa asimismo en términos de seguridad, y es de parecido tenor la justificación de Barack Obama para que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) husmee en la red. La gran paradoja es que las referencias permanentes a la seguridad transmiten una sensación de inseguridad global cada vez mayor y la seguridad preventiva se asemeja cada día más a los ojos de un Dios soberbio que todo lo ve.

El informe En defensa de un internet abierto, mundial, seguro y resistente, elaborado por encargo del think tank Council on Foreign Relations por un grupo de expertos entre los que figura John D. Negroponte, un diplomático estadounidense formado en la CIA, concluye: “Hay amenazas que viajan a través de internet y amenazas para internet. El ciberespacio es ahora una arena para la competición estratégica entre los estados, y un creciente número de actores –estados y no estados– utiliza internet en conflictos, espionaje y crimen. Las sociedades son cada día más vulnerables a las intromisiones en energía, transporte, comunicaciones y otras infraestructuras esenciales que están conectadas a través de la red de ordenadores”. Pero en la conclusión no se menciona que las intromisiones alcanzan al control sobre el uso que de la red hacen ciudadanos de todo el mundo y, por esa razón, la amenaza no se limita a la competencia entre adversario, como puede deducirse del informe: la diplomacia ha hecho muy poco para conciliar el punto de vista de quienes opinan que la gestión de internet debe estar en manos privadas y la de aquellos que “quieren un papel más fuerte para los estados en el gobierno del ciberespacio bajo los auspicios de las Naciones Unidas y de la Unión Internacional de Telecomunicaciones”.

Foessel

Portada del libro ‘Estado de vigilancia’, del filósofo francés Michaël Foessel, editado en el 2011.

Hay una diferencia fundamental entre la propuesta de reducción de armas estratégicas hecha en Berlín por Obama para mejorar la seguridad colectiva y ese otro reino de las sombras que ejecuta las intromisiones en la red, los ataques cibernéticos y el escudriñamiento de los ordenadores: la necesidad de empequeñecer los arsenales nucleares remite a una realidad tangible; el funcionamiento de los mecanismos de seguridad a través de la utilización del ciberespacio traslada el debate a un mundo inaprensible al que todos debemos someternos. Los cálculos sobre seguridad aplicados a los conflictos calientes o a las zonas de roce entre contrincantes son cada día mayores porque se mantiene una inestabilidad subyacente con puntos de atención concretos en el hemisferio norte que van de Libia a Corea del Norte, de Turquía a Pakistán, de China a Estados Unidos y viceversa, de Siria a Afganistán y del golfo Pérsico a todos los mercados energéticos. Y ese panorama de desequilibrios de largo alcance se ve agravado por la imposibilidad material de establecer unas reglas del juego en el control del ciberespacio aceptadas por el grueso de la comunidad internacional: “Un gran acuerdo que incluya cuanto atañe a los productores de contenidos y a los innovadores tecnológicos es igualmente improbable –afirman los autores del informe citado más arriba–, así como entre democracias liberales y Estados autoritarios”.

Para los contribuyentes, que con sus impuestos costean los aparatos de seguridad, resultan literalmente incomprensibles la guerra en el ciberespacio y las artes de los espías que se enseñorean de la red. Pero hoy es del todo insuficiente reducir las complejidades de las relaciones internacionales y de la gestión de los conflictos al lenguaje convencional anterior a la revolución telemática. En el análisis de Paul D. Miller, exintegrante del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, sobre el futuro que se vislumbra en Afganistán, las referencias incluyen “la estabilidad de Pakistán y la seguridad de sus armas nucleares”, la necesidad de controlar a los talibanes y evitar una guerra civil en Afganistán, la obligación de combatir el tráfico de drogas y de neutralizar la influencia de Irán; toda la exposición está destinada a explicar por qué su país debe mantener su presencia en el corazón de Asia, y para ello recurre a un léxico que es familiar al lector no iniciado.

Rohani

Hassán Rohani, presidente electo de Irán: “No tenemos más opción que la moderación”.

Por el contrario, las sutilezas de los memorandos acerca de cómo debe encararse la guerra preventiva contra los grupos terroristas asociados al conflicto afgano, redactados por especialistas de la CIA, la NSA y otras agencias federales de seguridad de Estados Unidos, escapan por completo a la lógica de los ciudadanos. Aunque, paradójicamente, son las excursiones de los espías por la red –con el espionaje militar en primer lugar– las que más afectan a los usuarios sin que estos lo sepan, porque son esas prácticas las que hacen saltar por los aires el derecho a la privacidad y vulneran la libertad de expresión al someter a control generalizado el contenido de las comunicaciones.

En Estado de vigilancia, publicado en el 2011, el filósofo francés Michaël Foessel desarrolla dos conceptos que se complementan:

  1. Todo sucede como si, aun conservando un sentido político, la seguridad viniera a resumir el conjunto de las expectativas que se puede albergar de forma legítima respecto al Estado.
  2. Los pensadores modernos de la política elevan el deseo de seguridad al rango de “primer motor” de la institución política.

Cuando oradores tan distintos y distantes como Barack Obama, Mahmud Ahmadineyad –y su sucesor, Hasán Rohani– colocan la seguridad en el centro de todos los discursos parecen empeñados en dar la razón a Foessel sin necesidad de que el auditorio deba recurrir a la política ficción de películas como Minority report, relato inquietante de una sociedad técnicamente capacitada para anticipar el futuro y que dispone de una policía dedicada a detener a los delincuentes antes de que delincan. O quizá ya llegó ese día en Guantánamo, donde siguen encerrados hombres a los que Estados Unidos considera peligrosos para su seguridad, aunque no se ha formado causa contra ellos porque no se les ha podido probar la comisión de acto criminal alguno.

NSA

Cuartel general de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos en Fort Meade (Maryland).

Por razones diferentes y no intercambiables, en el seno de un Estado democrático liberal con más de dos siglos de vida y en una República teocrática muy alejada de un régimen de garantías, tanto Obama como Ahmadineyad recurren a la seguridad para reforzar la legitimidad de sus actos en territorios cuyo acceso probablemente debieran tener restringido. En un caso, porque la Constitución consagra la libertad de opinar, moverse y relacionarse de los individuos; en el otro, porque el programa nuclear enfrenta a Irán con la comunidad internacional y acrecienta la inseguridad de sus vecinos. Que las opiniones públicas de Estados Unidos e Irán se manifiesten fundamentalmente de acuerdo con el comportamiento de sus gobernantes, siquiera sea porque han interiorizado las servidumbres del paradigma securitario, no reduce el alto coste que en materia de libertad pagan las sociedades que aceptan la seguridad como primera referencia.

En el análisis que de la elección de Rohani publicó Thomas Erdbrink en The New York Times, resultó inevitable la referencia al plus de legitimidad para el líder supremo, Alí Jamenei: “Si la elección fue una victoria para los reformistas y los votantes de la clase media, sirvió también a los objetivos conservadores del líder supremo, restaurando con una pátina de legitimidad al Estado teocrático, proporcionando una válvula de seguridad a un público angustiado por años de problemas económicos y aislamiento, y permitiendo el regreso de un clérigo a la presidencia”. Un religioso surgido del aparato del régimen –fue el primer responsable de la negociación del programa nuclear– cuya divisa es esta: “No tenemos más opción que la moderación”. Eso incluye cambiar la orientación del programa nuclear, dar garantías a la comunidad internacional y configurar una nueva política de seguridad. En este sentido, los especialistas Christophe Ayad y Serge Michel son categóricos: “Los electores han rechazado la intransigencia del régimen con el dosier nuclear, que ha conducido a Irán al borde de la quiebra”.

“En el momento en que se hace razonable, el miedo adquiere el estatus de pasión política. La banalidad securitaria se funda sobre esta equivalencia entre un miedo que busca la tranquilidad y un Estado que responde a esta exigencia con los medios de la soberanía”, sostiene Michaël Foessel. Pero ¿existe realmente una sensación generalizada de miedo o más bien son los estados los que alimentan el miedo y acto seguido se afanan en neutralizarlo? ¿Se trata de una de tantas profecías confirmada por los mismos que la formularon? ¿Responde el despliegue de seguridad a una exigencia de los ciudadanos o a una necesidad de las estructuras de poder de los estados? Si así fuese, ¿el Gran Hermano sería algo más que la pesadilla lúcida de un escritor? No hay forma de saberlo.

Siria, bajo el influjo de ‘El padrino’

Sesenta mil muertos después de la primera escaramuza, la guerra de Siria adquiere las dimensiones de una sangría imparable a causa de las incógnitas políticas que plantea, la indecisión de la comunidad internacional y el temor de Occidente a entregar una pieza fundamental de Oriente Próximo al comportamiento imprevisible del islamismo radical. En un ambiente enrarecido en el mundo árabe por la sensación de crisis que transmiten los principales escenarios de las primaveras árabes –Egipto y Túnez–, el enésimo riesgo de fractura social y el propósito de las petromonarquías –la saudí en primer lugar– de poner el futuro al servicio de sus intereses, el presidente Bashar el Asad se comporta como un reformista incomprendido que lucha en solitario contra la barbarie yihadista. Desde fuera, la república hereditaria de los Asad da toda la impresión de ser una cleptocracia o Estado-negocio, pero los agentes de propaganda sirios pueden seguir con la cantinela de la conspiración internacional y la brega islamista, en parte cierta, porque la presión exterior es ineficaz por insuficiente: el negociador nombrado por la ONU, el argelino Lakhdar Brahimi, se encuentra tan sin fuerzas como su antecesor, Kofi Annan; Rusia sigue a la espera de asegurar algo a cambio de abandonar a Asad; Occidente apoya a la oposición, pero recela de ella, y no quiere repetir la experiencia de intervenir en un país árabe, esta vez a las puertas de Israel.

Idlib

Manifestación de niños contra Bashar el Asad en la ciudad de Idlib.

La idea poco menos que unánime de que el único futuro que aguarda a Asad es el desmoronamiento del régimen que encabeza no es incompatible con otra muy compartida: que la oposición por sí sola es incapaz de acabar con el autócrata y este, por su parte, cuenta aún con una capacidad de resistencia material y emocional considerable. En un brillante comentario de Brian Whitaker al libro The new lion of Damascus, del profesor David Lesch, de la Trinity University de Texas, se recuerda que el autor presenta el perfil psicológico de Asad como el de alguien que aceptó suceder a su padre con la voluntad de reformar al régimen, pero, de la misma manera que los propósitos de Michael Corleone de respetar la ley –primera entrega de El padrino– quedan en nada, arrastrado por la atmósfera y las servidumbres de la mafia de Estados Unidos, el oftalmólogo llegado de Londres que quisó cambiar el sistema autoritario se encontró conque “el sistema autoritario le cambió a él”. Giro trágico en la existencia de Asad que en ningún caso justifica la represión desencadenada, el terror sembrado por los shabiha –escuadrones de la muerte al servicio del régimen– y el acoso indiscriminado a una población a merced de la guerra.

Según el profesor Lesch, Asad se ve a sí mismo como un innovador desautorizado, en particular después de completar la retirada de los soldados sirios de Líbano (2005) –una operación posterior al asesinato en Beirut de Rashid Hariri– y de introducir cambios legales en el régimen –regulación de las manifestaciones, ley de partidos, nueva Constitución, sometida a referendo mientras estallaban las bombas–, todo lo cual presenta como fruto de un plan preconcebido y no como un mecanismo de respuesta forzado por las circunstancias. Puesto que el autor de The new lion… se ha entrevistado con frecuencia con el presidente sirio y el libro rebosa información, no hay que poner en duda el retrato psicológico que, en todo caso, transmite la idea de alguien que se ha despegado de la realidad circundante y ha construido su propia realidad a medida, un dato este que no hace más que complicar la posibilidad de una salida negociada, de por sí poco menos que descartable.

Brahimi Asad

Reunión de Lakhdar Brahimi con Bashar el Asad, el 24 de diciembre del 2012 en Damasco.

El politólogo Ed Husain, entrevistado por el think tank estadounidense Council on Foreign Relations después de la conferencia sobre seguridad celebrada en Múnich esta semana, cree posible que finalmente Asad acepté negociar con emisarios rusos e iranís, pero pone en duda que la gestión dé algún fruto. Con quien da por descontado que no aceptará negociar directamente es con la oposición siria, encabezada por Moaz al Jatib, legitimada por los grandes actores de la política internacional, pero presentada por el régimen de Damasco como la mano que mece la cuna de la conspiración a la que se enfrenta. Puede que incluso Asad se avenga a que el dúo ruso-iraní traslade las propuestas surgidas de la oposición, pero eso solo se producirá a la larga y si el desgaste material del régimen es mucho mayor que el presente. Más improbable es que acepte entrar en el análisis del plan de paz que el enviado de la ONU lleva en la cartera: “No pienso que Brahimi o sus ayudantes tengan mucha credibilidad a ojos del Gobierno sirio –sostiene Husain–, especialmente cuando los compara con sus aliados favoritos, los rusos y los iranís”.

Una serie de factores intrínsecos a la crisis siria facilitan las cosas a Asad. El principal es la deriva imparable hacia la guerra sectaria, con el aditamento de los militantes de Al Qaeda o barrios próximos en las filas de la oposición en armas, aunque no reconoce ningún vínculo con la partida yihadista la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Oposición y la Revolución Siria, el pomposo nombre de la instancia unitaria que dirige Jatib, un suní que fue imán de la mezquita de los Omeyas en Damasco. Pero no hay duda de la presencia de combatientes fundamentalistas islámicos, de que su propósito es implantar la sharia y de que Occidente teme que la suerte de las armas pueda otorgarles algún día el poder a las puertas de los altos del Golán. Y aún hay menos dudas en cuanto a la voluntad de Asad, un chií alauí, de cortar el paso a la mayoría suní, un empeño en el que se enroca porque el perfil de Jatib, que trabajó como geólogo en compañías petroleras occidentales, le induce a considerarle un agente emboscado de los intereses occidentales.

Moaz al Jatib

Moaz al Jatib, líder de la oposición siria reconocida por Occidente.

Incluso el riesgo de libanización, invocado constantemente, opera a favor de Asad porque, en un laberinto bélico de todos contra todos, con alianzas inestables y cambiantes, como sucedió en la guerra civil de Líbano (1975-1990), la mejor logística es la que está a disposición del régimen sirio salvo un cambio espectacular en el tipo de apoyo que Occidente dispensa a la oposición. Por eso Husain cree que el dictador puede mantenerse en la cima a corto plazo, pero cree también que su posición a la larga será insostenible porque no podrá retener el poder “con resistencia militar interna permanente, la desconfianza sectaria, la hostilidad regional y el aislamiento mundial”.  Lo que nadie es capaz de precisar es qué se entiende en este caso por corto y largo plazo, cuánto tiempo debe transcurrir hasta que Asad se sienta desguarnecido.

De momento, a tenor de los últimos acontecimientos en el mundo árabe y del tenor de la Conferencia Islámica, reunida en El Cairo, es imposible prever una presión concertada del mundo musulmán por tres razones encadenadas:

  1. Los problemas internos en Túnez, dividido en la calle y en las instituciones entre los defensores del legado laico de Habib Burguiba y los islamistas de Ennahda, empeñados en sumergir la nueva Constitución en la sharia y contrarios a la formación de un Gobierno de tecnócratas, como ha propuesto el primer ministro, Hamadi Yabali, después del asesinato del líder de izquierdas Chukri Belaid.
  2. El bloqueo de la situación en Egipto, con la oposición laica en la vía pública, la violencia política dueña de varias ciudades y el presidente Mohamed Mursi atascado entre el realismo político, que aconseja un pacto, y la presión de los Hermanos Musulmanes, tutelado todo por los generales.
  3. La división en el seno del mundo musulmán, donde la rivalidad histórica entre sunís y chiís empapa los debates, alimenta la desconfianza y radicaliza las posiciones en el campo de batalla, de donde nadie puede salir victorioso sin el concurso de la diplomacia.
Ahmadineyad Morsi

Mahmud Ahmadineyad, recibido por Mohamed Mursi, el miércoles en el aeropuerto de El Cairo.

La presencia en El Cairo del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, es un acontecimiento histórico; que dé resultados es harina de otro costal. Porque una cosa es autorizar el paso de buques de guerra iranís por el canal de Suez, algo asimismo histórico, y algo muy diferente que, llevado por un entusiasmo sin motivos, el Gobierno egipcio se enfangue en la guerra siria y quiera o más bien pueda mediatizar la asistencia iraní a Asad. Como ha publicado esta semana la versión inglesa del diario cairota Al Ahram, tan importante es la concertación de esfuerzos de Egipto, Turquía e Irán para llevar a Siria a la senda de la pacificación –una fórmula diplomática evanescente– como evitar que la guerra desparrame sus efectos por Oriente Próximo, del Mediterráneo a Mesopotamia, Israel incluido.

He ahí el mayor de todos los riesgos: que la capacidad de resistencia de Asad contamine al vecindario y lleve a Israel a multiplicar su actividad militar, como ha sucedido estos días al ordenar el Gobierno en funciones el ataque aéreo contra un convoy de camiones cargados de armas con destino probablemente a Hizbulá y el bombardeo de un arsenal biológico. “No hay garantías de que Israel no volverá a golpear”, ha publicado Al Ahram, y ningún aliado de Israel puede poner la mano en el fuego y estar seguro de que se impondrá la contención. Ni siquiera Estados Unidos está en condiciones de hacerlo en un clima enrarecido por las suspicacias de Binyamin Netanyahu y su entorno a raíz del nombramiento de Chuck Hagel para dirigir el Departamento de Defensa. La comparecencia de Hagel en el Congreso fue por lo menos desconcertante, no aclaró –puede que fuera su propósito– si es partidario de tolerar una acción preventiva contra las instalaciones nucleares iranís, y desde entonces prevalece la impresión de que, llegado el caso, Estados Unidos se plegará a la política de hechos consumados si Israel decide golpear.

Asad Lavrov

Comitiva de Bashar el Asad y Sergei Lavrov, en las calles de Damasco el 7 de febrero de 2012.

Mientras tanto, una sociedad devastada por sus propios gobernantes, condenada a sembrar de refugiados los países circundantes y sin más meta posible que sobrevivir, asiste atónita a la incapacidad de frenar el desastre. Porque en la madeja de la crisis siria, la tragedia humana rasga todos los días los noticiarios con el espanto de la muerte en cada esquina, pero también con la extraña imposibilidad de poner el punto final a la matanza, a pesar de que incluso un personaje tan próximo a la suerte de Asad como Sergei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, ha reconocido que la capacidad del presidente de seguir en su puesto es menor a cada día que pasa. La pregunta sin respuesta que quizá muchos sirios se hacen todos los días es esta: entonces ¿quién o quiénes manipulan esta guerra y por qué para prolongarla sine díe?