El año del califa Ibrahim

Si algún medio informativo decidiese distinguir a Abú Bakr el Bagdadi –el califa Ibrahim para la militancia– como el personaje más relevante del año vencido, tendría a su alcance una gran variedad de argumentos para justificar su decisión. El Estado Islámico se ha situado en el centro de la atmósfera de desorden que se ha adueñado de las relaciones internacionales, de esa sensación de improvisación frente al desafío que impregna lo mismo la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que promueve la negociación en Siria de una solución política, que las apelaciones a la guerra de Francia, a la reiterada indeterminación de Estados Unidos cuando debe ir más allá de mantener el compromiso en el combate contra los yihadistas mediante la campaña de bombardeos contra sus dominios en Siria e Irak. El año 2015 puede que sea el del Bagdadi porque ha llevado el pánico al corazón de Europa, al norte de África y, más allá, hasta el otro lado del Atlántico; ha dado aire a Bashar el Asad, comandante en jefe de una carnicería, y ha contribuido decisivamente a desatar un flujo incontenible de refugiados que huyen de la guerra y buscan cobijo en una Europa con una opinión pública atemorizada y desorientada.

Richard Haas, presidente del Council on Foreign Relations, escribió hace un año un ensayo titulado ¿Cómo responder a un desorden mundial? En él afirma: “En el presente, el equilibrio entre orden y desorden se desplaza en dirección a este último. Algunas razones son estructurales, pero algunas son el resultado de malas elecciones hechas por importantes actores, y al menos algunas de ellas pueden y deben corregirse”. ¿Qué decir doce meses después, con Oriente Próximo consagrado como el cruce de caminos de todas las grandes crisis: la de la inseguridad colectiva a causa del dinamismo del terrorismo global, la de los refugiados, la de la guerra fría en el golfo Pérsico, la de convivencia entre dos legados culturales más que milenarios, el cristiano y el musulmán?

La proclamación del califato en junio del 2014 fue algo más un acto de propaganda amenazante: proporcionó al yihadismo una referencia territorial a la causa, a la prédica contra Occidente y a la vuelta a los orígenes del islam, se correspondan estos con la realidad o con la mitología de una edad de oro en la que resplandeció la justicia mediante una aplicación estricta de las enseñanzas del profeta Mahoma. Frente a la disolución de la estrategia de Al Qaeda por carecer de un espacio reconocible como propio se afianzó la del Estado Islámico, secundada más allá de sus dominios por muyahidines dispuestos a imponer la lógica de las armas. Quizá haya retrocedido el califato en Siria e Irak, pero su estrategia ha cuajado como aquella más adecuada para perpetuar la lucha y condicionar por entero las relaciones internacionales; quizá el califato tenga fecha de caducidad, pero ha minado de tal manera el ánimo de sus adversarios y ha afianzado de tal forma a sus seguidores en sus convicciones más conocidas que, en caso de derrota, la empresa del Bagdadi seguramente tendrá continuidad. Ese es, al menos, el vaticinio de cuantos, dentro y fuera del orbe musulmán, entienden que el conflicto hunde sus raíces muy profundamente en la complejidad laberíntica del islam, de las frustraciones de sociedades condenadas a la postración por actores políticos que las han utilizado en estricto beneficio propio.

La estrategia seguida por El Bagdadi ha llevado al ánimo de los yihadistas que están en condiciones de imponer su agenda siempre que siga en vigor la mitología del martirio, el recurso a la acción directa sin importar el coste que entrañe. Se afianza así la idea expresada por el arabista francés Olivier Roy: “El yihadismo es una revuelta generacional y nihilista”. Según el mismo autor, la motivación religiosa de los muyahidines es poco más que un resorte que permite arremeter contra cualquier referencia cultural, social o política con el sello de Occidente. “Ninguno está interesado en la teología, ni siquiera en la naturaleza de la yihad o en la del Estado Islámico”, afirma Roy, mientras otros análisis de tenor parecido presentan el factor religioso como una coartada o pretexto ideológico.

Como es fácil comprobar en Afganistán, donde la ineficacia exasperante del Gobierno ha permitido a los talibanes ganar terreno sin modificar una coma la simplificación de los enunciados religiosos que los llevaron al poder, la victoria militar no es ninguna garantía de que no surjan aquí y allá otros movimientos que sustituyan al eventualmente vencido. Tomar Ramadi, reducir el ámbito territorial del califato, no diluye la base social atraída por los fundamentalistas ni liquida la estructura militar del Estado Islámico, heredada en gran parte del Ejército de Sadam Husein, disuelto por Estados Unidos en el 2003 sin reparar en las consecuencias que tal decisión tendría en el futuro. Y, desde luego, no neutraliza la proliferación en Europa de células durmientes y lobos solitarios –también en Estados Unidos–, la floración de organizaciones islamistas en África y la incongruencia de que la aristocracia teocrática saudí, asociada ahora –no en el pasado– al combate contra los yihadistas, se acoge a una aplicación de la sharia apenas diferenciada de la que distingue al Daesh.

Cuando una autoridad moral como el papa Francisco, a la luz de los atentados perpetrados por los yihadistas, se refiere a la existencia de una tercera guerra mundial fragmentada, es poco menos que inevitable admitir que El Bagadadi ha sido el hombre del año que expiró. A él se deben modificaciones sustanciales en el desarrollo de la vida cotidiana, en las políticas de control y seguridad, en el peligro de fractura en sociedades con un porcentaje significativo de musulmanes, en la desconfianza generalizada ante situaciones que hasta hace muy poco no se consideraban de riesgo, en la tentación de muchos gobiernos, en fin, de estrechar el ámbito de la libertad.

“El máximo objetivo de los terroristas yihadistas es convencer a la juventud musulmana en todo el mundo de que no hay una alternativa para el terrorismo”, sostiene el financiero George Soros. Para él, “abandonar los valores y principios que subyacen en las sociedades abiertas y ceder ante un impulso antimusulmán dictado por el miedo no es la respuesta, realmente, aunque puede resultar difícil resistirse a la tentación”. El  Estado Islámico, ha logrado en parte alcanzar ambos objetivos: ha capturado la voluntad de una minoría de jóvenes musulmanes, por herencia familiar o conversos, y ha alentado sentimientos islamófobos que lo mismo valen a Marine Le Pen para apuntar al Eliseo que a Viktor Orbán para sembrar la frontera meridional de Hungría de concertinas (un ejemplo imitado luego por otros). ¿Qué logros avizora el califato para el año que empieza? Quizá perpetuar el miedo como un sentimiento irrefrenable y compartido.

La yihad quiere cortar las alas a Túnez

La elección del Museo del Bardo de Túnez como objetivo del último golpe de mano de los yihadistas no es ni oportunista ni casual. Al sembrar la muerte entre un grupo de turistas indefensos, los terroristas han herido en lo más profundo las entrañas de la economía tunecina, que depende del turismo para salir de la crisis que sufre desde la caída de la dictadura de Zine el Abidine ben Alí en enero del 2011. El 10% de los tunecinos con empleo dependen del turismo, que representa el 7% del PIB del país y que, antes del ataque islamista, parecía destinado a alcanzar el 10% a poco que soplaran vientos favorables. Hundidos a medio plazo los mercados del petróleo y de los fosfatos, el turismo constituía la gran esperanza económica, la que más inversión extranjera atraía hasta el miércoles y la que más fácilmente podía poner en marcha planes para acabar con algunas carencias crónicas en el sector servicios.

Pero con ser desastroso el daño causado a la economía, quizá sea aún mayor la quiebra en términos políticos, porque la meta fijada por los islamistas es, en última instancia, impedir que se consolide el proceso de institucionalización democrática en Túnez a partir de la Constitución aprobada el año pasado, ejemplar en la preservación de los derechos fundamentales de los ciudadanos, la división de poderes, la igualdad entre sexos y la neutralidad del Estado en materia religiosa. Como decía el editorial del jueves del diario Le Monde, “Túnez da miedo a los yihadistas” porque se ha fijado una ruta que es la antítesis del discurso fundamentalista y, quizá, la tabla de salvación del islamismo político, representado por Ennahda. El rumbo fijado por el Gobierno y el Parlamento tunecinos es, en última instancia, la traducción práctica de algo afirmado varias veces por el politólogo Sami Nair al referirse a la sociedad tunecina como a una comunidad “formalmente secularizada”, aquella que desencadenó las primaveras árabes y la única que evitó el descarrilamiento del proceso.

“Es esa excepción tunecina a lo que los terroristas quieren poner fin”, afirma la diputada Bochra Belhaj Hmida, del partido Nida Tunes, de orientación laica, el más importante del Gobierno y el del presidente Beji Caid Esebsi. Es una formulación tan corta como exacta: es imprevisible conocer qué capacidad de contaminación podría tener una transición democratizadora que lograra tener éxito. Luego, a ojos del Estado Islámico y de sus franquicias, lo mejor es cortarle las alas antes de que sea demasiado tarde; es más útil para su causa apostar por el caos para desprestigiar al Gobierno, llevarlo contra las cuerdas y, llegado el caso, sumar voluntades entre los decepcionados por la inviabilidad o esterilidad del experimento laico.

Hay un entorno propicio para aplicar esta estrategia, tan vieja que incluso tiene nombre propio: cuanto peor, mejor. En una atmósfera regional irrespirable se suman la porosidad de la frontera de Túnez con Argelia, controlada con frecuencia por grupos islamistas, y la no menos porosa o poco controlada con Libia, un país poco menos que inexistente, desgarrado por la guerra civil que siguió a la caída del régimen extravagante de Muamar Gadafi, y que exporta la yihad al vecindario. Debe sumarse a todo ello la ausencia de Europa en la respiración asistida varias veces reclamada por Túnez, que, al contrario de lo sucedido con el Egipto de la dictadura del general Al Sisi y las petromonarquías, ha echado en falta ayuda económica efectiva para ahuyentar los fantasmas de la desafección después de las esperanzas suscitadas por la primavera del 2011. Las declaraciones de principios sin un euro que las acompañe no tienen ningún efecto práctico en una sociedad sometida durante décadas a una cleptocracia ruinosa y que ha exportado hasta 3.000 combatientes a Siria e Irak para unirse a las huestes del Estado Islámico o de Al Nusra, que es tanto como decir de Al Qaeda.

Pero el análisis del ataque al museo y la matanza de turistas es incompleto si no se menciona el factor cultural, histórico si se prefiere. Pues al atentar contra el Bardo, con su deslumbrante colección de mosaicos, testimonio de la herencia clásica latina, los terroristas han apuntado contra la historia, la cultura y la civilización de las que Túnez se siente depositario, de acuerdo con el análisis de Belhaj Hmida. Y esa suma de historia, cultura y tradición incluye el proyecto democrático en ciernes. “Túnez es un antimodelo para los terroristas y para quienes les financian. Quieren romper este modelo, este experimento”, ha declarado Kamel Jendubi, ministro de las Reformas Constitucionales. Y el Estado Islámico le dio la razón de antemano al difundir un enigmático mensaje en el que, según todos los indicios, anunciaba la proximidad del atentado: “Pronto va a haber una buena noticia para los musulmanes y una mala para los infieles y los cobardes. Especialmente para los amantes de la cultura”.

Así es. La agresión yihadista tiene un componente primordial de ataque a la cultura, a la tradición laicista que anida en una parte importante de la sociedad tunecina y que ha constituido siempre un factor de confrontación con el islam retardatario, aquel que se remite a la sharia y combate cuanto se aparta de ella. Es así desde los días de Habib Burguiba, padre de la independencia y representante de una vanguardia política que bebió y bebe fundamentalmente en las fuentes de la cultura de las Luces y de la política francesas. Pero es también fruto de la lógica impuesta por la prédica del califato, que arrasa con cuanto da testimonio de los tiempos anteriores al profeta, de aquello que constituye el legado no musulmán y que el integrismo quiere que desaparezca para que la única referencia del pasado sea el mensaje de Mahoma o lo que por tal tienen los ideólogos de la guerra santa. Frente a la afirmación de Albert Camus de que “no hay una sola verdad, sino muchas, y no todas son accesibles”, el Estado Islámico quiere imponer una sola verdad por la fuerza del terror.

Puede parecer todo fruto de un mecanismo primario y excluyente –de hecho lo es–, de un sectarismo sin límites, pero resulta efectivo en sociedades deprimidas y sin más referencias que la tradición religiosa como base de la llamada ideología espontánea. El editorial del diario tunecino La Presse recordaba el viernes el convencimiento de Burguiba –siempre Burguiba– de que “la verdadera batalla por la independencia y la dignidad es una batalla económica”. Diríase que de ella depende la viabilidad del proyecto democratizador y laico porque, sin rescatar de la postración a los más vulnerables, crecerán sin pausa las filas de los predicadores de la acción directa y del regreso al pasado. Pero, para evitarlo, hace falta acabar con una de las debilidades estructurales de la transición democrática: la ausencia de la élite financiera en las reformas que se precisan, según el diagnóstico adelantado por el analista tunecino Michaël Béchir Ayari en la web del International Crisis Group.

Aquellas élites que crecieron y se enriquecieron bajo el paraguas protector de la dictadura de Ben Alí son las mismas que hoy se mantienen al margen de las exigencias impuestas por la dinámica social y la presión exterior para neutralizar los riesgos de una involución o una crisis del nuevo Estado en construcción. No hay atajos para poner al día el aparato productivo; solo el compromiso de las élites puede lograr que la operación tenga éxito después del gesto de responsabilidad política compartido por todos los partidos importantes para rescatar al país del marasmo en el que estuvo a punto de sucumbir durante la etapa de gobierno del islamismo moderado, representado por Ennahda. La tradición política legada por el laicismo de Burguiba y sus acompañantes en el momento de la independencia es manifiestamente insuficiente para afrontar el desafío fundamentalista, la pretensión de los yihadistas de enrolar a Túnez en el caos político y la ruina moral que ha hecho posible el éxito sangriento del Estado Islámico o el califato, como se prefiera llamarlo.

Dilema europeo entre seguridad y libertad

Después de la gran manifestación del domingo último en París, de la ceremonia de la unidad ante el desafío yihadista, concretada en la cabecera de la marcha republicana, surgen por todas partes señales de fatiga o de desunión en el seno de la Unión Europea, en Francia y entre diferentes enfoques ideológicos. El gran problema es dar con el punto de equilibrio que permita a un tiempo garantizar el ejercicio de las libertades que distinguen a la cultura política europea y garantizar la seguridad, un derecho que asiste a los ciudadanos y que compromete a los gobernantes. En términos generales, resulta contradictorio recortar las libertades para preservar su ejercicio, pero no lo es menos dejar de tomar medidas en el campo de la seguridad en nombre de la libertad de los individuos.

Cuando la exministra francesa Valérie Pécresse propone una ley patriótica francesa, imitación de aquella aprobada en Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, abre la caja de los truenos de las garantías constitucionales, del derrumbamiento de los muros de contención que protegen a los ciudadanos de las eventuales arbitrariedades del poder. El historiador Antonin Benoit recuerda que no hay demasiados datos para deducir de ellos que la ley patriótica “ha hecho que América esté más protegida frente al terrorismo”, según figura en un informe elaborado por la Unión Americana de Libertades Civiles. La libertad de movimientos que la ley otorga a las agencias federales, especialmente a la Agencia Nacional de Seguridad (NSA por sus siglas en inglés), ha tenido poca influencia en el control de los islamistas, pero ha consolidado un estado de excepción permanente que afecta a la vida cotidiana de todo el mundo e impone de facto el principio de la sospecha generalizada.

Tzvetan Todorov: “Comprender el mal no significa justificarlo, sino darse los medios para impedir su regreso”.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, está convencido de que es “perfectamente compatible” mantener los estándares de libertad y reforzar la seguridad, pero alcanzar este principio obliga a atravesar un campo de minas donde el pensamiento conservador, en general, se muestra poco exigente en cuanto al daño que se puede causar al sistema de libertades individuales y colectivas de los europeos. Surge así un debate de ideas de desenlace incierto y con la simiente de la división siempre presente. Puede decirse incluso que en sociedades asustadas o desorientadas como las europeas, arraiga la utopía reaccionaria (distopía en el pensamiento progresista) de aumentar la seguridad a costa de la libertad. O de imponer la corrección política como sea y acerca de cualquier asunto para evitar el conflicto –véanse los equilibrios de la prensa anglosajona para no reproducir las viñetas de Charlie Hebdo–, algo que tiene todas las trazas de constituir un triunfo de la coacción de los violentos frente a la libertad de expresión, aunque se vista con el pretexto del respeto debido a todas las creencias.

Diríase que resulta más fácil para los gobernantes y más tranquilizador para los gobernados seguir la lógica de la mutilación encubierta de las libertades que analizar qué está sucediendo y sacar conclusiones. El editorialista de Le Monde Gilles van Kote sostiene que “una refundación política (de Francia) es necesaria”, pero para ello es preciso comprender, que no significa justificar, como ha explicado con acierto el filósofo Tzvetan Todorov: “Comprender el mal no significa justificarlo, sino darse los medios para impedir su regreso”. Comprender es dar con las causas de la crisis social, política y cultural, que lleva hoy a jóvenes de ascendencia musulmana, pero criados en países europeos desde su nacimiento, a unirse a la guerra santa del Estado Islámico, a la prédica apocalíptica de Al Qaeda y a la vileza de los atentados contra sus conciudadanos. Sin comprender es imposible actuar o conduce directamente al error, a estigmatizar a una o varias comunidades, aunque todos los días se insista en el respeto y la tolerancia a la hora del telediario. Y habría que preguntarse hasta qué punto la tolerancia es tolerable o, como sostuvo en su momento Eduardo Haro Tecglen, es intolerable porque no es más que una forma de condescendencia más o menos caritativa con el diferente, con el discrepante, con el otro, origen del fracaso del esquema multicultural en el Reino Unido –cada uno con los suyos–, muy alejado del mestizaje en todos los ámbitos.

Sin perseverar en el análisis es imposible dar una respuesta consistente, detallada, sistemática a una pregunta capital: ¿qué amalgama de circunstancias permiten que arraigue el delirio islamista en el pensamiento de los hermanos Kouachi, de Amédy Coulibaly, de los terroristas abatidos el jueves en Verviers (Bélgica)? O a esta otra pregunta, tan capital como la anterior: ¿cuántas cosas hay que corregir para que, por una parte, no crezca exponencialmente la militancia en las filas islamistas europeas y, por otra, la violencia sectaria no se convierta en algo habitual en el paisaje europeo? E incluso esta, tanto o más inquietante que las dos anteriores: ¿qué extraña forma de nihilismo se ha adueñado de unos jóvenes –hombres y mujeres– dispuestos a viajar hasta Siria para empuñar las armas y morir a mayor gloria del califato sanguinario del caudillo Abú Bakr el Bagdadi?

Timothy Garton Ash: “Es la libertad de expresión que defendemos la que permite a los musulmanes expresar sus más profundas creencias”.

Quizá si se optara por este gesto de comprensión de las causas se llegara a dos conclusiones parecidas a las de Abdel Asiem el Difraoui, especialista en terrorismo islamista: Europa está desbordada por el crecimiento del número de yihadistas y no es suficiente una respuesta en términos de seguridad. De tomar solo el atajo de la respuesta policial, cada vez que los terroristas burlen los controles y cometan un disparate, surgirá la frustración por lo hecho hasta entonces y ganará nuevos adeptos el bando de quienes ya hoy piensan que las exigencias de la seguridad deben prevalecer o imponerse a las de la libertad. En cambio, si se dispone de instrumentos de análisis que eviten el esquematismo y sopesen alternativas a medio y largo plazo, cabe la posibilidad de acercar el objetivo de la cámara a los entornos concretos enumerados por Gilles van Kote en su editorial: “El papel de la cárcel en la radicalización de ciertos islamistas, las dificultades de las familias para asumir su papel en nuestro modelo de integración, las lagunas de un sistema educativo que deja en la cuneta a decenas de miles de jóvenes, las carencias de formación de los imanes, los límites de un ideal materialista que el aumento del paro y de la precariedad hace inaccesible a una parte creciente de la población, la necesidad de permitir a cada uno construir una autoestima por vías diferentes a la violencia extrema, la utilización de internet y de las redes sociales por las tramas yihadista”.

Es este un programa menos expeditivo –“Si no te gusta la libertad, haz la maleta”, dice el musulmán Ahmed Aboutaleb, alcalde de Róterdam–, pero seguramente más útil a la larga. Es, en todo caso, aquel que evita que la inevitable confrontación de idearios sea entre el espíritu de las leyes europeo y los defensores de un islam retardatario y sectario, encerrado en sí mismo y enfrentado a la modernidad; es este un programa que pretende preservar la unidad europea más allá de la foto de familia del domingo y de las soluciones fáciles o de las dictadas por la política de las emociones, acaso por la exigencia visceral de una opinión pública traumatizada por la carnicería. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, reclama unidad para preservar la seguridad, pero hay discrepancias de peso que la hacen poco menos que imposible si no se formaliza de manera clara y precisa el porqué de lo que sucede.

Frente a quienes parecen poco preocupados por las repercusiones de una reforma de la ley que sitúe a la policía un peldaño por encima de los jueces se alzan quienes entienden que en nombre de la seguridad no debe mutilarse el sistema de garantías. Frente a quienes son partidarios de imitar a la NSA en sus técnicas y atribuciones se sitúan cuantos consideran que, de hacerlo, la vida privada y el derecho a la intimidad resultarán dañados. Frente a aquellos que piensan que cada país debe proceder de acuerdo con sus necesidades inmediatas toman posiciones los que creen que solo puede ser eficaz una solución a escala europea. Pero incluso si este bando resultase ser el más numeroso y reflexivo, surgirían en él discrepancias en aspectos esenciales como la reforma, modificación o puede que suspensión del tratado de Schengen, lo que limitaría la libertad de movimientos de millones de europeos.

Ismail Kadaré: "Europa no tiene solo el derecho, sino el deber de protegerse para ella misma y para todos los demás”.

Ismail Kadaré: “Europa no tiene solo el derecho, sino el deber de protegerse para ella misma y para todos los demás”.

No es menos complejo o enmarañado el debate de ideas entre la tradición europea y la musulmana. La edición de este miércoles de Charlie Hebdo ha puesto en un grito a los gobiernos y organizaciones de los países musulmanes, que han considerado blasfemo el recurso a la imagen de Mahoma, a la caricatura del profeta, a las alusiones a la religión. “Es la libertad de expresión que defendemos la que permite a los musulmanes expresar sus más profundas creencias”, recuerda el historiador británico Timothy Garton Ash, pero esa forma de libre examen que garantiza la neutralidad del Estado es poco menos que ajena a la cultura política musulmana o, en el mejor de los casos, es solo aceptada por una minoría. En la cultura espontánea de los países musulmanes, no es la corriente dominante aquella que aspira a la secularización del Estado, aquella que entiende la práctica religiosa como algo correspondiente al ámbito de la vida privada de los ciudadanos, sino un tipo de heterodoxia combatido por el islamismo político, incluso en sus versiones más contenidas.

Cuando el escritor albanés Ismail Kadaré sostiene que Europa “no tiene solo el derecho, sino el deber de protegerse” para dejar a salvo su legado cultural “para ella misma y para todos los demás” esboza un punto de partida que nadie discute. Pero el paso siguiente, preguntarse cómo hacerlo sin dañar ese legado, da pie a respuestas tan diametralmente diferentes que no atañen en exclusiva al encaje de las comunidades musulmanes europeas, a las relaciones de Europa con el islam en general, sino que afectan también a la protección de las señas de identidad de la cultura política europea, incluido el combate contra el antisemitismo. Y aquí también hace falta comprender para tomar decisiones que sean tributarias de la razón y no de la herida sin cicatrizar de los atentados de París.

Mahoma solo es la excusa

La película La inocencia de los musulmanes es un producto deleznable realizado en Estados Unidos, pensado solo para perturbar a cuantos profesan la fe del islam, pero la libertad de expresión es un derecho indivisible, un legado de las Luces cuya acotación debe limitarse a garantizar el derecho a la intimidad –véase el caso del top-less de la duquesa de Cambridge– y poco más. Todas las religiones, creencias e ideologías no violentas tienen derecho a ser respetadas, pero la libertad de crítica es también un derecho fundamental, una de las herramientas básicas para el progreso moral y material del género humano. Resulta fatigoso tener que recordar tan elementales y sumarios principios, así como la posibilidad irrevocable en los estados de derecho de acudir al juzgado de guardia para denunciar a quienes se estima que han causado grave perjuicio, pero la campaña de protestas contra sedes diplomáticas de Estados Unidos en países de mayoría musulmana, con la tragedia añadida de varios muertos, incluidos el embajador norteamericano en Libia, Christopher Stevens y otros tres funcionarios, obliga a hacerlo. El director, los financiadores y los difusores de La inocencia de los musulmanes abrigan propósitos inconfesables y son depositarios de un sectarismo repulsivo, pero cualquiera que sea la operación que barruntan quedaría desactivada si no se les prestara atención por más que colgaran su zafiedad en YouTube.

Ciudadanos libios

Ciudadanos libios se manifiestan para protestar por el asesinato del embajador Christopher Stevens, perpetrado por manifestantes salafistas que el 11 de septiembre asaltaron el Consulado de Estados Unidos en Bengasi.

La decisión del semanario francés Charlie Hebdo de caricaturizar al profeta Mahoma al hilo del levantamiento salafista en curso no es en ningún caso la mejor y más prudente de todas las decisiones posibles, pero está en su derecho hacerlo y, en última instancia, como ha dejado escrito el diario Le Monde en su editorial del último miércoles, “desde un lado quieren hacer reír y vender; desde el otro se lanzan anatemas”. Si se tiene por insuficiente este razonamiento, basta preguntarse dónde habría quedado la dignidad de Salman Rushdie si después de publicar Los versículos satánicos se hubiese plegado al totalitarismo vociferante de los ayatolás que emitieron la fatua que lo condenó a muerte. Y esta pregunta puede hacerse extensiva al dogmatismo exacerbado de los cristianos que pusieron el grito en el cielo cuando se estrenaron películas como La vida de Brian, de los Monty Python, y La última tentación de Cristo, la adaptación de Martin Scorsese de la novela de Nikos Kazantzakis.

“La libertad de expresión, y de información, es un principio universal –recuerda Christophe Deloire, director general de Reporteros sin Fronteras, aunque acepta que nadie se sirve de ella “a la perfección”–. Si la exijo para mí, la quiero para los otros. Si la rechazo para los otros, ellos me la negarán a mí”. En cambio, cuando un especialista en el mundo árabe como Robert Fisk admite en el diario progresista británico The Independent que “hay un espacio para una discusión seria entre musulmanes acerca, por ejemplo, de una reinterpretación del Corán”, pero que “la provocación occidental” ciega esta posibilidad, excluye la posibilidad de que desde fuera del islam –desde otras religiones, desde el pensamiento agnóstico o simplemente desde el ateísmo– quepa la crítica, el análisis, la discusión universal relativa al mensaje moral, la escala de valores y los fundamentos de la fe musulmana. En un mundo globalizado por internet, este punto de vista resulta sorprendente.

También lo es reducir la discusión de la crisis de las embajadas al ejercicio de la libertad de expresión, aunque este es el resorte más poderoso que el Gobierno de Estados Unidos ha encontrado para manifestar la imposibilidad de prohibir o censurar la película desencadenante del levantamiento, como reclaman los fundamentalistas a sabiendas de que se trata de algo imposible. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, es consciente de que este no es el quid de la cuestión, y aun así prefiere no entrar en el fondo del problema: la ocasión que se le ha presentado al salafismo de reavivar la prédica antioccidental, sobre todo antiestadounidense, y poner en un brete a los islamistas moderados que han ganado el poder en las urnas y persiguen un modus vivendi política y económicamente provechoso con Estados Unidos y la Unión Europea. Ese es el quid, pero Clinton prefiere remontarse a los grandes principios: “Sé que es difícil para algunos comprender por qué Estados Unidos no puede prohibir esta clase de vídeos. Subrayo que en el mundo de hoy, con la tecnología de hoy, esto sería imposible. Pero, incluso si lo fuera, nuestra Constitución lo impediría”.

Olivier Roy

Olivier Roy: "No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda".

Estos argumentos, la invocación de la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que consagra la libertad de expresión, son suficientes y convincentes en las páginas del semanario conservador estadounidense Time y en la pluma de profesores como Adam Cohen, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale –“Vivir en un mundo en el que el discurso del odio queda sin castigo está lejos de ser ideal, pero es peor vivir en un mundo donde el Gobierno decide lo que no podemos decir”–, pero en el ámbito estrictamente político, el artículo publicado en Le Monde por Alain Frachon resulta más ilustrativo: “Barack Obama rechaza la idea de una guerra de civilizaciones. Quizá lleva razón, pero hay al menos un desafío. En la ONU, los países musulmanes se baten para imponer su concepción de los derechos del hombre: en ella se excluye la libertad de denigrar una religión. En Teherán, el régimen acaba de renovar su llamamiento para dar muerte a Rushdie”. Y, entre tanto, el discurso de Obama en El Cairo de junio de 2009, que se interpretó como el final de los recelos entre Estados Unidos y los países árabes, la retirada de Irak, la determinación de una fecha para salir de Afganistán y el apoyo a la primavera árabe parecen haber tenido solo un efecto –limitado– en las élites, pero apenas apreciable en la calle.

Es verdad que “con los medios de comunicación en el mundo árabe mayoritariamente controlados por el Estado, resulta inexplicable para muchos musulmanes que el Gobierno de Estados Unidos rehúse censurar material antiislámico ofensivo en nombre de la libertad de expresión”, como subrayó un editorial del International Herald Tribune. Tan verdad como que los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, con diferentes muestras de debilidad o de falta de asentamiento se enfrenten a una situación sumamente comprometida para dejar sus primaveras a salvo del discurso incendiario en algunas mezquitas. Esa es la opinión del arabista Olivier Roy: “La violencia contra las embajadas estadounidenses, por minoritaria que sea, es muy política. (…) No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda; son, por el contrario, aquellos para quienes la primavera árabe ha desviado a los países árabes de su verdadero combate. (…) La calle árabe, de Alepo a Trípoli, tiene otros combates que librar que el de las caricaturas del profeta”.

Tahar ben Jelloun

Tahar ben Jelloun: "Lo vulnerable en el islam no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias".

El escritor marroquí de expresión francesa Tahar ben Jelloun, autor de L’étincelle (la chispa), uno de los primeros libros consagrado a las revueltas árabes, diagnostica una decantación del islamismo político moderado hacia posiciones menos contenidas a causa de la presión y la competencia de los salafistas, que tienen su mejor base de operaciones en las masas iletradas y empobrecidas a las que pretenden movilizar. “Lo vulnerable en el islam –escribe Ben Jelloun en Le Monde– no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias. Cuantos han intentado leer el Corán con el corazón de la razón han fracasado, y han ganado terreno la irracionalidad, lo absurdo y el fanatismo. Recordemos, en fin, que el islam es sumisión a la paz, a una forma superior de paciencia y de tolerancia; al menos es lo que a mí me enseñaron”.

En los puntos de vista de Oliver Roy y de Tahar ben Jelloun se concretan varias realidades complementarias:

1. Una minoría ha encendido la llama del paroxismo antiestadounidense.

2. Los gobiernos de mayoría islamista se encuentran en la tesitura de reprimir a los levantiscos sin dañar las convicciones religiosas de unas sociedades en las que, como afirma el politólogo Sami Naïr, el islam constituye el núcleo de la cultura tradicional.

3. La suerte de los países de la primavera árabe depende en buena medida de que las relaciones con Estados Unidos sean fluidas y estén exentas de sorpresas.

4. El salafismo dispone de arraigo social suficiente para plantar cara al posibilismo político de los islamistas moderados.

5. En última instancia, el salafismo siempre podrá invocar el agravio palestino para fustigar las relaciones del mundo árabe con Estados Unidos, algo en lo que están de acuerdo todos los especialistas.

La gran diferencia entre esta crisis y la desencadenada en el 2006 por la publicación de caricaturas de Mahoma en un diario danés es que, en aquel entonces, Zine el Abidine ben Alí (Túnez), Muamar Gadafi (Libia) y Hosni Mubarak (Egipto) vigilaban la calle hasta el último peatón, Bashar el Asad gobernaba Siria sin adversarios, Irak era un país ocupado, Pakistán se sometía a las directrices del general Pervez Musharraf y George W. Bush tenía a su disposición mecanismos de control de los que ahora carece Obama. La ofensa al profeta era la misma, pero sus exaltados defensores apenas podían respirar. Hoy Al Qaeda es mucho menos de lo que fue, pero el salafismo recalcitrante es bastante más de lo que nunca se pensó, y donde antes se impuso el totalitarismo del Estado, sustituto del espíritu tribal, ahora renace la utopía de la umma (comunidad de creyentes) en ambientes donde “el yo del individuo permanece diluido en un borroso nosotros comunitario”, según la explicación que el rector de la mezquita de Burdeos, Tareq Oubrou, da a la implantación del salafismo en algunas franjas de población. “El problema del islam lo son ante todo estos musulmanes –señala Oubrou–. Y, como dice el proverbio árabe, el ignorante es más peligroso consigo mismo que su peor enemigo”.

Hay quien ve en la defensa desbocada del honor del profeta la manifestación más rotunda de una lógica regresiva que no es nueva en el orbe musulmán. Varias veces desde el siglo XVI ha asomado en él la tentación de la vuelta a los orígenes, volver a la literalidad del Corán a despacho de los cambios en el entorno; en esas anda hoy el salafismo de nuevo cuño. “Algo ha ido mal en el seno del islam –se lamenta en Le Monde Salman Rushdie, que estos días presenta su autobiografía–. Es bastante reciente. Recuerdo que, cuando era joven, muchas ciudades en el mundo musulmán eran lugares cosmopolitas, de gran cultura. Se apodaba a Beirut el París de Oriente. El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad. Para mí es una tragedia que esta cultura retroceda de tal manera, como una herida autoinfligida. Y pienso que hay un límite más allá del cual no se puede seguir culpando a Occidente”.

Salman Rushdie

Salman Rushdie: "El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad".

Las palabras de Rushdie, víctima él mismo de la intransigencia, se recogen estos días en medios de todo el mundo. Pero aunque el escritor, muy a su pesar, se ha convertido en un símbolo de los peligros derivados del fundamentalismo despiadado, está lejos de resultar convincente para comentaristas como Seumas Milne, del diario progresista británico The Guardian. Dice Milne: “Sería absurdo no reconocer que la magnitud de la respuesta no se debe solo a un vídeo repulsivo o a reverenciar al profeta. Como es evidente a partir de las consignas y objetivos fijados, estas protestas encendidas obedecen al hecho de que el daño a los musulmanes se ve una vez más que procede de una superpotencia arrogante que ha invadido, subyugado y humillado al mundo árabe y musulmán desde hace décadas. Los acontecimientos de la semana pasada son un recordatorio de que un mundo árabe despojado de dictaduras será más difícil de mantener en la esclavitud por las potencias occidentales”.

El columnista soslaya que el embajador Stevens, muerto en el asalto de los fanáticos al Consulado de Estados Unidos en Bengasi, era un estudioso y admirador de la cultura árabe. Además, apoyó el levantamiento libio contra Gadafi y luego se comprometió con la democratización del país. Salvo que esté muy extendida la idea de que su desaparición fue un daño colateral imprevisible en el combate por una causa superior, hay que concluir que análisis del tenor del de Milne quedan lejos de los parámetros esenciales del conflicto que afronta el mundo árabe-musulmán: una inestabilidad permanente azuzada por el islam retrógrado, la pugna histórica entre sunís y chiís y la capacidad de contaminarlo todo inherente a la guerra civil siria.