La sobriedad, una necesidad europea

Dice José Mujica, presidente saliente de Uruguay, que prefiere hablar de sobriedad antes que de austeridad, desnaturalizada esta por el austericidio cometido en Europa, revalorizada aquella como guía moral. Al hilo del austericidio, puede afirmarse asimismo que el sueño europeísta de la unión se ha visto modificado por el sueño alemán de la hegemonía en Europa por otros medios, diferentes a aquellos que llevaron al continente a las puertas del Armagedón. Cabe sostener incluso que en el cruce de caminos entre la austeridad empobrecedora y la germanización de Europa, millones de personas, jóvenes en su mayoría, han sido condenadas a sobrevivir sin certidumbres de futuro, salvo la viabilidad, improbable a largo plazo, de fórmulas redentoras. Todo eso merece ser tenido en cuenta cuando se dobla el cabo del año nuevo y sin que venga a cuento, a no ser electoral, se anuncia la buena nueva de que se acabó la crisis (Mariano Rajoy para mayor precisión).

Si se hubiese acabado la crisis, no proliferaría la idea de que, mediante toda clase de austeridades, la situación económica es mala o muy mala (véanse las encuestas). Ni contaminaría la atmósfera la impresión de que los costes sociales de la salida de la crisis, de ser esta cierta, superan con mucho los beneficios aportados, dejada esa contabilidad inevitable entre costes e ingresos en manos de tenedores de libres cuya única misión es cuadrar las cuentas cueste lo que cueste, sin echar la vista atrás para redactar el parte de bajas. Porque si no fuese esta su misión, no tendrían el arraigo que tienen estados de ánimo colectivos de corte depresivo, que lo mismo se remiten a la inanición de Grecia, que a la sumisión de España; que lo mismo desembocan en la condena de Francia a la decadencia, si no renuncia a algunas de sus más viejas convicciones, que en la insistencia de que en Italia, más que en ninguna otra parte, cualquier situación es susceptible de empeorar.

“A la justicia la atemoriza siempre la magnitud, la desborda la superabundancia, la inhibe la cantidad”, en ‘Así empieza lo malo’, de Javier Marías.

“A la justicia la atemoriza siempre la magnitud, la desborda la superabundancia, la inhibe la cantidad”, escribe Javier Marías en Así empieza lo malo (página 397 para mejor referencia). Por eso no hay quien esté dispuesto a mirar hacia atrás con ira o sin ella y, por lo menos, pedir disculpas; lamentar los daños, la lista de damnificados y los campos de ruinas que surgen aquí a allá, fruto de lo sujeción de los líderes políticos a las finanzas globales, consecuencia de la justificación tecnocrática de diferentes escuelas, no todas ellas conservadoras, que consagran y aplican el tratamiento de choque dictado por los profetas de la utopía neoliberal (ya distopía a juzgar por los estragos causados durante el último quinquenio y los que son de temer en el futuro). Por eso las operaciones de rescate de la clase media son mera simulación –al contrario de Estados Unidos– y se apodera con frecuencia del grueso de la opinión pública el vértigo de una corriente que arrastra su forma de vida hacia el sumidero.

Qué extraño, sorprendente y ajeno a la realidad resulta escuchar sin más que acabó la crisis; qué hiriente e inmoral suena oír esta afirmación mientras a la puerta de los supermercados las onegés recolectan comestibles para que la crisis lo sea menos para muchos azotados por ella hasta la extenuación. A no ser que quienes anuncian el final de la crisis observen el entorno inmediato a través de los espejos deformantes del callejón del Gato (el esperpento de Valle siempre tan cerca de la realidad). Si no es así, si todo obedece a un cálculo electoral, y eso parece, entonces es preciso reclamar a los propagadores de infundios el decoro que exige la situación y la precisión en el diagnóstico: que las cuentas se ajusten a lo previsto o sean aún mejores –por el precio del petróleo, por la depreciación del euro, por la inflación desaparecida camino, puede, de la deflación, por una décima de aquí y una prima de riesgo de allá–, no significa que hayamos despertado de la pesadilla.

Hay un dato que abunda en la sensación de que seguimos atrapados en el laberinto de un sueño inquietante: en la Europa doliente, disponer de un trabajo razonablemente remunerado se ha convertido en un privilegio; trabajar por un salario insuficiente es una afrenta frecuente; encadenar los años sin remuneración alguna constituye una epidemia muy extendida (léanse las estadísticas del INE). Frente a la consagración del trabajo como un derecho recogido en las constituciones se impone la realidad del trabajo mal pagado hecho milagro, y hay además algunos expertos en gestionar la catástrofe –entre ellos, economistas a los que escucha Angela Merkel– que anuncian como necesario, inevitable o conveniente, según las escuelas, que la inseguridad en el trabajo, o el trabajo a tiempo parcial, o el trabajo cuando lo haya sean la norma de futuro (la literatura a tal fin difundida es abundantísima).

Joschka Fischer: “Vista la incapacidad manifiesta de las autoridades europeas para poner fin a la enfermedad, muchos países miembros no pueden soportar la austeridad por más tiempo. Algunos de ellos afrontan una sublevación política”.

Así que, al contrario de lo afirmado, la crisis sigue y persevera en sus desajustes inadmisibles, aunque parece que las cifras dicen que ya pasó o está a punto de pasar. Y si es así, puesto que los efectos no se notan en parte alguna o apenas menguan, hay que concluir que Europa se ha instalado en la injusticia y no se deduce utilidad mayor de los instrumentos anunciados por el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, para paliarla y cauterizar las heridas. No solo por modestos y contenidos, sino porque los observan con hostilidad manifiesta los guardianes custodios del Bundesbank y, con ellos, cuantos insisten en que la austeridad es el camino y no hay otro (si lo hay o lo conocen, no lo dicen).

El exministro alemán de Asuntos Exteriores Joschka Fischer no ve señales del final de la crisis ni en la Unión Europea, en general, ni en la Eurozona, en particular, y aún menos en los socios meridionales del club. “Se nos dice que la crisis del euro quedó atrás –escribe Fischer–. Los mercados financieros han encontrado la calma, mientras que las autoridades europeas, especialmente el BCE, aseguran que la unión monetaria está a salvo. Pero los países de sur de Europa siguen en depresión, la zona euro en conjunto sufre un crecimiento átono, sometida a presiones deflacionistas, y en los países en crisis, el paro se mantiene a un nivel insoportable”. Y sigue: “Vista la incapacidad manifiesta de las autoridades europeas para poner fin a la enfermedad, muchos países miembros no pueden soportar la austeridad por más tiempo. Algunos de ellos afrontan una sublevación política”.

¿En quién pensará Fischer cuando habla de paro insoportable? Diríase que en España, puede que en Grecia o en algún otro país en estado catatónico. ¿A qué se refiere cuando menciona “una sublevación política”? Es verosímil que piense en Podemos, en Syriza, por el populismo de diseño y por la izquierda; en el Frente Nacional francés, en el UKIP, en Amanecer Dorado, por el flanco nacionalista vociferante, por la extrema derecha desabrida y aun por el ideario neonazi. Sí, en efecto, piensa en esa nueva constelación de partidos que pueden sembrar el desconcierto en la zona euro y poner en duda la viabilidad del statu quo que ha hecho bandera de la austeridad. “Observar la UE desde el exterior es un poco como ver un tren al ralentí que va directo hacia una colisión, un accidente anunciado”, afirma Fischer, que no acierta a dar con el final de la crisis (ve el 2015 como el año de “todos los peligros para Europa”).

Paul Krugman sostiene que Europa se dirige hacia la doble trampa de la deflación y el estancamiento.

Cuando resulta, además, que un pequeño país como Grecia, con un PIB inferior al 25% del de España, es capaz de alterar el pulso de los mercados europeos hasta la histeria ante la posibilidad de que Syriza gane las elecciones del 25 de enero, entonces es que, como dice Fischer, el convoy va derecho a la colisión sin que nadie esté dispuesto a echar el freno. Pues si una victoria de Syriza pone en guardia a todo el mundo, entonces resulta que la debilidad del ecosistema político europeo, con receta alemana o sin ella, es mayor de lo presentido, se comporta como un organismo sin defensas que puede pasar en horas 24 del resfriado común a la neumonía. Y puesto que el castigo infligido a los griegos por la famosa troika carece de fundamentación moral y parece muy a menudo un acto de ensañamiento indefendible, puede que Syriza consiga lo que el resto de Europa no desea y, dada esa situación, Europa deba decidir entre la desvergüenza de perseverar en el ensañamiento o admitir que hacen falta medidas correctoras para hacer frente a la rebelión de los desesperados, de cuantos el 25 de enero voten en igual medida contra los gestores de la crisis y a favor de quienes prometen la catarsis, entendida esta como figura definida en la quinta acepción del diccionario de la Real Academia Española: “Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo”.

De lo que es fácil deducir que es preferible seguir los pasos de Fischer que los de quienes han realizado el anuncio navideño del final de la crisis, siquiera sea porque el primero no ha de renovar ningún mandato y los segundos aspiran a ello. Los segundos contemplan la consolidación de esa bolsa de desheredados condenados por la austeridad, a los universitarios obligados a liar el petate para probar fortuna en otras partes, a esa lacerante administración de la injusticia que consiste en interferir en la justicia para controlar las causas múltiples y variadas que hacen cada vez más impenetrable las tramas de la corrupción, y, consumada la indagación visual o estadística, prefieren negar la realidad y anunciar que el 2015 serán el de la reparación de daños.

Incluso si el desenlace en Grecia es menos categórico de lo temido por los fundamentalistas de la economía global, persistirá “el conflicto vinculado a la austeridad” al que se refiere Fischer en un pasaje de su artículo. Porque seguirá ahí la trampa para elefantes de la deflación y el estancamiento hacia el que se dirige Europa, según el diagnóstico emitido el pasado verano por Paul Krugman en las páginas de The New York Times. Según Krugman, François Hollande, presidente de Francia, perdió la ocasión de oponerse a Alemania en compañía de Italia y España, tercera y cuarta economías de la Eurozona, para someter a revisión la austeridad. Muy pronto se plegó a la ortodoxia implacable de la contención del gasto, la contracción de la economía pública y el recorte de los programas sociales; su disposición a decir no fue a menos y se esfumó después del nombramiento de Manuel Valls, ejecutante convencido de que nada cabe fuera de la austeridad.

Pero es preciso decir no alguna vez, reconocer que las deudas deben saldarse, pero no a costa de dejar exhausto al deudor, sin aliento para seguir el camino y avizorar un futuro decente. Ahí radica la sobriedad, en ajustar las necesidades, las obligaciones y los compromisos a una supervivencia sin servilismos, en el equilibrio sostenible entre estos tres factores. No es nada seguro que la Europa del 2015 sea precisamente esta, sino más bien aquella otra no deseable de la austeridad inclemente en la que el nacionalismo y el euroescepticismo sigan arraigando, visto el sueño de la unión por muchos europeos como un insoportable descoyuntamiento de los equilibrios sociales que se dio Europa después de la segunda guerra mundial, como una imposición coactiva. La crisis no se ha acabado (no se desvanecerá por mucho que se repita); seguimos en compañía de ese desajuste asfixiante, hijo de los errores cometidos por gobernantes que alguna vez debieron decir no y no lo hicieron.

 

El espectro de la recesión asusta a Europa

“Hoy no hay un partido único, sino un pensamiento mediante el cual los depositarios de este pensamiento estiman que hay una única solución, la que aporta el mercado para la totalidad de actividades de nuestra sociedad”.

Ignacio Ramonet, en el documental ‘L’encerclement’

Vuelven las dudas existenciales a Europa después de una semana de incertidumbres, con las bolsas aquejadas de una epidemia de números rojos y el mercado de la deuda sometido a vaivenes especulativos que han hecho repuntar la prima de riesgo de las economías periféricas. Nadie puede llamarse a engaño: todos los datos estadísticos referidos al 2014 incluían las palabras recesión y deflación, a las que se ha unido durante los últimos días el nombre de Grecia, uno de los enfermos más graves en el seno de una Europa asimismo enferma. No fueron alarmismo las advertencias difundidas desde diferentes instancias políticas y económicas a la vista del estancamiento de las grandes economías de la eurozona –Alemania y Francia–, del desacuerdo manifiesto entre los gobiernos de Berlín y París acerca de cómo salir del laberinto, de la indeterminación de Matteo Renzi en Italia y de la dependencia de España del clima circundante para asentar el modesto crecimiento de su economía herida. Pero hasta el desconcierto de estos días fueron demasiados los que pensaron que temer una tercera recesión a la europea era propio de agoreros.

Cuando el vicecanciller de Alemania, Sigmar Gabriel, comunicó el último miércoles que la tasa de crecimiento de la primera economía de Europa iba a quedarse en el 1,2% en lugar del 1,8% al cerrar las cuentas del 2014 y que para el 2015 la previsión es que crezca el 1,3% y no el 2%, como se dijo a principios de año, se adueñó del ambiente la sensación de que los riesgos han dejado de ser una hipótesis académica para convertirse en una realidad palpable. No obstante, el titular de la cartera de Economía se cuidó muy mucho de matizar la apuesta por la austeridad de la cancillera Angela Merkel, un camino que puede haber sido fructífero para Alemania, pero ha resultado desastroso para la periferia de la UE. Gabriel se mantuvo en la idea de que solo hay una salida, seguir por la senda neoliberal de la contención del gasto a toda costa, a lo que hay sumar temores atávicos alemanes –la inflación, el crecimiento de la deuda– y la tradición de los economistas del Bundesbank, un apego a la ortodoxia que disgustó a los operadores financieros y a los grandes inversores.

Pudiera aplicarse a Gabriel la dualidad de pensamiento resumida por Arthur Brooks, presidente del American Enterprise Institute, en la fórmula perfume liberal –para el caso el término adecuado es socialdemócrata–, pensamiento conservador. Algo que no es privativo del político alemán, sino que alcanza a la mayoría de gestores de las finanzas públicas de Europa, plegados a la germanización de la Eurozona sin que, por lo demás, se atisbe la resolución de la crisis siquiera sea a largo plazo. Ni Francia, con una previsión de recorte del gasto público de 50.000 millones de euros hasta el 2017, ni Italia, acostumbrada al regate en corto y los juegos de manos, pueden tenerse por excepciones a esa norma de conducta paneuropea. ¿O puede que sí?

La respuesta quizá se encuentra en la profusión de opiniones críticas recogidas por la prensa alemana y en la impresión de que el país se aísla al obstinarse con la austeridad y desoír las voces que reclaman programas de crecimiento, inversión pública y mecanismos de reducción acelerada del paro diferentes a la economía de supervivencia encarnada por los minijobs y otras fórmulas parecidas. La respuesta también se halla en la posición de Francia, en ese disenso conceptual entre Manuel Valls y la cancillera que recuerda añejas disputas franco-alemanas. Puede incluso darse con la respuesta en los difusos compromisos de Matteo Renzi, que aplica a pies juntillas el viejo principio de que la mano derecha no tiene por qué saber lo que hace la izquierda.

Algo de todo ello está suspendido en el aire, aunque prevalecen el desasosiego y el miedo al espectro de una recesión que inutilizaría los sacrificios hechos por la periferia europea y acaso descoyuntaría a Francia e Italia, sin que sea posible determinar qué consecuencias tendría tal situación. Y en esa atmósfera contaminada por la crisis reaparece la discusión sobre el papel reservado al Estado para ordenar el mercado y no dejarlo todo a la lógica de su funcionamiento sin interferencias. Frente a quienes militan en la creencia de que el Estado es esencialmente ineficaz, de acuerdo con teóricos como James M. Buchanan, el nobel de Economía de 1986, se alzan las voces de analistas como el sociólogo francés François Denord, que no dudan en presentar la propuesta neoliberal y el Estado mínimo como “la utopía de los más fuertes”, o el punto de partida de una distopía si las conclusiones derivadas del escrutinio del presente desembocan en los trabajos de otro francés, el economista Thomas Piketty, que subrayan el aumento de las desigualdades a lomos de la desregulación de los mercados.

Hay demasiados indicios de que el momento se asemeja mucho al del verano de hace dos años, cuando solo el compromiso de Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, de garantizar la supervivencia del euro salvó a Europa de un descalabro sin precedentes. Pero, como dice Gemma Hurtado en el diario Cinco Días, nadie hoy hace caso a Draghi, sino que más bien se da por descontado que, de saltar las alarmas, obtendrá el permiso de Alemania para, en una situación límite, evitar el incendio. Pero esta es una suposición sin fundamento habida cuenta del empecinamiento de Merkel, que ha repetido ante el Bundestag que “todos los países deben cumplir las reglas fiscales”. Es decir, frente a la exhortación de Draghi a abrir la mano para dinamizar la economía se eleva la pretensión alemana de que nadie se salga de la senda marcada, aunque tal planteamiento alarme por igual al Fondo Monetario Internacional, al G-20 y a la Reserva Federal de Estados Unidos, que temen los efectos de una borrasca europea cada vez más profunda.

Si el simple anuncio del propósito del Gobierno griego de salir del programa de rescate antes de los previsto y la posibilidad de una victoria electoral de Syriza, el movimiento de izquierdas que lleva en su programa renegociar los plazos de devolución de la deuda, han contaminado durante un par de días las primas de riesgo meridionales ¿qué podría suceder si Francia e Italia, concertadas o sin estarlo, dijeran basta a Alemania? Si una simple encuesta con datos favorables para Syriza tiene esa capacidad desestabilizadora, ¿qué pasaría –cabe preguntarse– si se ahondan las divergencias entre Merkel, Valls y Renzi, que representan las tres primeras economías de la eurozona?

“A los griegos hay que explicarles que fuera del euro no hay salida y que el euro no es el culpable de sus males, más bien al revés. Hay que pedirles que comparen los sacrificios actuales con los que arrostrarían si terminan saliendo de la moneda única. Y, ante todo, hay que pedir a Bruselas que les convenza poniendo fin de una vez a la política de austeridad por la austeridad con una política que combine crecimiento y austeridad, como Francia o Italia reclaman”, ha escrito Carlos Carnero, director de la Fundación Alternativas. El análisis resulta tan sensato que realza aún más el disparate de seguir sin cambiar nada y no salvar la situación de forma decorosa.

“Que nadie dude de que Europa continuará apoyando a Grecia en todo lo que sea necesario para garantizar que se puede financiar en condiciones razonables”, asegura el comisario de Asuntos Económicos, Jyrki Katainen. Pero en una Europa poseída por las dudas, habituada a la desconfianza entre socios y al diktat de Berlín, incluso ese compromiso de solvencia poco discutible resulta insuficiente para serenar los ánimos. Se dan, en cambio, todos los ingredientes para sostener que la crisis tiende a convertirse en una enfermedad crónica, con recaídas periódicas, tratada por médicos apegados a un fundamentalismo clínico que hasta la fecha ha puesta varias veces al sur de Europa a los de los caballos. Ni siquiera queda la esperanza de que el impacto de la crisis en la economía alemana lleve a corregir las medidas más claramente mejorables. Entonces, ¿a quién puede extrañar que cada día sean más los euroescépticos que seducen al electorado y los europeos que ven a la UE como un escenario de pesadilla? ¿A quién puede sorprender el desprestigio del proyecto europeo en segmentos de población cada vez más numerosos, castigados por el rigor de una austeridad asfixiante, cuando finalmente otra recesión, la tercera, está más cerca que nunca?

Europa precisa un rostro humano

El anodino debate del jueves por la noche entre Miguel Arias Cañete (PP) y Elena Valenciano (PSOE) no hubiese pasado de ser una incursión superficial por el laberinto de la política española, con la variedad del debatiente-lector de apuntes, si no hubiese sido por “el error no forzado” –Montserrat Domínguez en El Huffington Post– del susodicho al soltar al día siguiente en Antena 3 una perla para la historia de las perlas: “Si haces abuso de superioridad intelectual, parece que eres un machista que está acorralando a una mujer indefensa”. Este disparate cósmico ha salvado el debate del olvido, aunque no ha remediado la ausencia de Europa del sumario intercambio de pareceres, como si la posibilidad de recurrir a Europa como excitativo de entusiasmos políticos fuese una batalla perdida y solo los asuntos de casa fuesen un caladero seguro para cobrar algunos votos el día 25.

Pero hubo algún momento en que los adversarios se salieran del guion nacional, en especial cuando la candidata socialista se refirió a la necesidad de dar a Europa un rostro humano. Los espectadores más veteranos y soñadores debieron dejar que la imaginación volara hasta el socialismo con rostro humano al que aspiró Alexander Dubcek en la Checoslovaquia de 1968; los más pesimistas debieron dejarse llevar por los recuerdos del desastre final, con los tanques del Pacto de Varsovia en las calles de Praga. Los más jóvenes quizá se acordaron de las primaveras más recientes, de desenlace desigual, especialmente de las árabes, de futuro muy incierto. Todos, en cualquier caso, tuvieron ocasión de sopesar, aunque solo fuera por un instante, la necesidad y la conveniencia de una primavera europea que acabe con la sensación cada vez mayor de que la institucionalización de Europa es un proceso hecho a espaldas de los ciudadanos, al servicio de la economía global y destinado a descoyuntar el Estado del bienestar.

En esa hipotética primavera, los gestores europeos estarían obligados a reconocer los errores cometidos, la angustia provocada por una austeridad asfixiante y la desafección estimulada por la imposición de programas de efectos insoportables. Humanizar Europa debería ser una forma de acabar con la coartada de los recortes o la ruina, utilizada por el establishment conservador para imponer un modelo que liquida el pacto social con las clases medias y deja a los ciudadanos más vulnerables frente a las patas de los caballos. Si, como ha dicho el profesor Henry Kissinger, “la demonización de Vladimir Putin no es una política, es una coartada a falta de una política”, la austeridad sin contrapartidas oxigenantes es también una coartada a falta de una política capaz de diseñar un futuro creíble y capaz de generar complicidades.

Hay, en cambio, una obcecación destemplada en la derecha europea cuando, por boca del candidato del PPE a presidir la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, insiste en la necesidad de dar continuidad a las políticas que devastan la Europa social y en la conveniencia aún mayor de perseverar en la austeridad. Como si no existiera otra forma de desenredar la madeja; como si las advertencias y los análisis con otra orientación no fueran más que digresiones académicas para discutir en un seminario de verano. “El éxito económico no asegura la paz, pero el fracaso económico y la desintegración casi garantizan el conflicto. Les corresponde a los líderes de las principales naciones resolver cómo lograr un crecimiento económico más rápido y sostenido”, afirma Lawrence Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos, en un artículo publicado en El País. No parece que sus opiniones tengan muchos adeptos en Europa a juzgar por la contumacia en aceptar un crecimiento raquítico y un paro catastrófico.

Lo peor del caso es que los socialdemócratas, principales adversarios del PPE, parecen fundamentalmente resignados a pasar por las horcas caudinas a pesar de contar con un candidato a presidir la Comisión, Martin Shulz, casi siempre brillante y con un acendrado espíritu crítico. Esa es al menos la sensación que transmiten a un electorado cansado de generalizaciones y que no encuentra en ellos el impulso renovador, de humanización de Europa, invocado por Valenciano. Se trata de un estado de ánimo de alcance europeo, no solo español, que parte de una convicción que nadie ha sido capaz de demostrar que no se ajusta a la realidad: existen unas reglas del juego económico, unos apriorismos financieros, que nadie modificará sea cual sea la futura mayoría parlamentaria.

Se da así un problema de credibilidad en el conjunto de la UE, que estos días es especialmente visible en Francia. “Austerófilos en Francia (pero chitón, no es preciso pronunciar la palabra, es tabú), austerófobos en Europa, he aquí la gran diferencia a la que deben entregarse los socialistas”, escribe Roland Greuzat en Le Nouvel Observateur, el gran semanario de la izquierda europea, muy crítico con el programa puesto en marcha por el socialista Manuel Valls. ¿Quién puede imaginar que el mismo partido que se ha entregado a la poda presupuestaria en París, urgido por Alemania y allegados, exigirá programas expansivos en Bruselas junto con los otros partidos socialdemócratas? Si eso hace, entrará en flagrante contradicción consigo mismo, salvo que alguien esté en condiciones de demostrar que unas mismas siglas pueden defender a la vez dos programas diferentes e incompatibles, y aun aplicarlos.

Como el propio Summers ha escrito para reclamar un compromiso a las grandes potencias destinado a defender el orden internacional, estas “nunca pueden ir de farol”. “Cuando lo hacen –ha subrayado–, cuando sus intenciones son inciertas, se las somete a examen. Cuando se las somete a examen, surgen las preguntas, y la posibilidad de conflicto aumenta”. Puede aplicarse esta regla a los partidos que utilizan dos varas de medir, dos barajas o eslóganes diferentes según sea la obra que representan.

Si las votaciones habidas en el Parlamento Europeo durante la última legislatura sirven de orientación, resulta que el grupo socialista disiente del popular solo en el 30% de lo hecho, un porcentaje muy pequeño a poco que se piense en algunos de los momentos vividos durante los últimos cinco años: rescates, primas de riesgo estratosféricas, destrucción acelerada de empleo, osadía de los defraudadores fiscales a pesar de todo, presión migratoria, debilidad exterior y varios etcéteras para que los rellene cada lector a su gusto. Pareciera que la Europa esotérica, de los pactos entre bambalinas y los intereses creados desde siempre, se impone a la exotérica, la de las declaraciones en los debates y los grandes principios del humanismo que inspiraron a los padres fundadores, pero que inquietan bastante poco a sus nietos.

Mientras el economista francés Thomas Piketty ha abierto un gran debate intelectual y político con su libro El capital en el siglo XXI, donde desarrolla la idea de que las fuerzas dominantes del capitalismo causan desigualdad e inestabilidad, y no pocas mentes brillantes se han sumado a la discusión, en la Europa política se desaprovecha una campaña crucial para abrir el melón de la asimetría en la distribución de ingresos y rentas, meollo de los problemas de la Unión Europea. Uno de los lectores de Piketty más crítico con su obra, Robert J. Schiller, nobel de Economía el año pasado, le reconoce el mérito de haber dado un grito de alarma convincente en cuanto a los riesgos que entraña la generalización de la desigualdad. Y otros seguidores de Piketty se preguntan si puede Europa ser una gran potencia sin enfocar la salida de la crisis de forma diferente a como lo ha hecho hasta ahora, el ahondamiento en una economía dual, con un norte rico y un sur relativamente pobre, sometido a la lógica y las necesidades del norte.

No hay forma de que se oiga hablar de esto en la campaña en curso salvo en aquellas candidaturas que de antemano saben que su peso en el Parlamento Europeo será pequeño. Y, sin embargo, es esta la base de cualquier proyecto que permita a Europa tener un rostro humano. La vaguedad argumentativa, por el contrario, no compromete a nada, convierte los debates en un pimpampum de barraca de feria y aleja a los ciudadanos de las urnas o los tienta a ir con sus penas a candidaturas que fían su éxito en el empeoramiento de Europa. He aquí otro riesgo, como lo describe Ian Buruma: “El atractivo del populismo es su afirmación de que bastaría con que pudiéramos ser otra vez dueños de nuestros propios países para que mejorara sin lugar a dudas la situación”. Se trata de una falacia, pero gana adeptos todos los días.

Valls o la alternativa inevitable

Después del desastre sufrido por los socialistas en las elecciones municipales celebradas en Francia el 23 y el 30 de marzo, lo menos que puede decirse es que, antes de llegar a la mitad de su mandato, el presidente François Hollande se arriesga a vivir un auténtico calvario político de aquí al 2017. Con un índice de aceptación que no llega al 20%, el más bajo en la historia de la Quinta República, el electorado de izquierdas decepcionado y partidario de quedarse en casa y una derechización generalizada –el PS ha perdido 151 alcaldías–, adquieren todo su sentido dos conclusiones de los análisis hechos desde la izquierda al día siguiente de la derrota: importa menos la composición del nuevo Gobierno que el programa económico que esté dispuesto a llevar a la práctica y la última cita electoral certifica que la crisis multiforme de la democracia alcanza al ámbito local.

Si el líder socialista Léon Blum atribuyó al general Charles de Gaulle, al poco de terminada la segunda guerra mundial, haberse convertido en “un personaje más que en un ciudadano”, de Hollande quizá puede decirse lo contrario: ha insistido en su condición de ciudadano, con todas las debilidades asociadas al arquetipo del hombre corriente, pero no ha sido capaz de convertirse en un personaje. En las repúblicas presidencialistas, la tradición es muy otra, y en Francia lo es sin duda desde la presidencia de De Gaulle hasta la de Nicolas Sarkozy. Salvo en el caso de Georges Pompidou, sucesor y depositario directo del legado del general, el elenco no puede ser más expresivo de qué se entiende por presidente-personaje: Valéry Giscard d’Estaing, François Mitterrand, Jacques Chirac y el citado Sarkozy se ocuparon de construir al personaje desde antes de llegar al Eliseo y, una vez allí, siguieron en el empeño. Pero esta debilidad de la imagen de Hollande no pasa de ser un factor más de los muchos que explican el movimiento telúrico que ha sacudido al poder local en Francia.

Fotografía de 1947 de Léon Blum, el líder socialista que reprochó a Charles de Gaulle ser antes un personaje que un ciudadano.

Para el diario progresista Le Monde, el presidente “paga brutalmente, pero lógicamente, la factura de un inicio de mandato perdido, condicionado por la falta de un proyecto claro y claramente explicado”. “Todo ha ayudado –escribió el lunes pasado el editorialista de Le Monde–: la debilidad de su dispositivo político (en el Eliseo, en el Gobierno y en el Partido Socialista); la falta de resultados en el frente decisivo del paro; el descontento fiscal de las clases medias; la falta, en fin, de una pedagogía capaz de convencer a los franceses de la idoneidad de un rumbo económico fijado demasiado tarde”. Y aún hay más: el descontento de una parte considerable del electorado de la izquierda, que entiende que justamente el “rumbo económico” no es el idóneo y prefiere quedarse en casa a votar con una pinza en la nariz; la inclinación de otra parte del electorado de izquierda hacia recetas conservadores, cuando no populistas (el Frente Nacional), revestidas de vagas inquietudes sociales y de manifestaciones concretas de xenofobia; la sensación de bloqueo político y decadencia nacional, que aflora en el debate político y alimenta los requerimiento de la UE a los gobernantes franceses para que den un golpe de timón. Todo esto cuenta también en la derrota sufrida por el PS y en la que puede zarandearle de nuevo en las elecciones europeas del 25 de mayo, salvo que el nuevo primer ministro, Manuel Valls, dé muestras de una capacidad de convicción excepcional, apoyada en una cota de popularidad de más del 60% (más del 80% entre la militancia socialista).

He aquí la gran paradoja: el menos socialista de los socialistas, alejado del eje socialdemócrata alrededor del cual gira el debate ideológico del PS y la defensa del Estado del bienestar, es, al mismo tiempo, el mejor considerado por la derecha y por la izquierda a pesar de que esa misma izquierda –una parte, al menos– dice sentirse defraudada por la tibieza en el compromiso social del Gobierno saliente y por la inspiración neoliberal del pacto de responsabilidad anunciado por el presidente Hollande. Una paradoja que lleva directamente a considerar como muy creíble la impresión de muchos de que, más allá del nombre del primer ministro y de cuál sea su perfil ideológico, lo que realmente importa es la rectificación económica –creación de empleo, moderación fiscal, corrección del gasto– mediante un programa concreto con compromisos concretos. Está por ver que la cuadratura del círculo –preservar el Estado del bienestar, recortar 50.000 millones del presupuesto hasta el 2017 y recurrir al erario para crear empleo, si ello es preciso– esté al alcance de Valls, pero en el Ministerio del Interior ha ganado fama de ser un gestor eficaz que no se arredra.

La segunda paradoja responde al virus europeo de la disolución de las diferencias entre programas en nombre de la austeridad y la consecuente disminución del gasto social. Pues en el caso francés, entre dar motivos al electorado abstencionista de izquierdas para volver a las urnas en mayo o acercarse a las ofertas de la derecha para contrarrestarla, el presidente ha optado por lo segundo. Aunque luego ha dejado que sigan en el Gobierno algunos de los representantes más relevantes del ala izquierda del PS –Arnaud de Montebourg (nada menos que en Economía), Benoît Hamon, Christiane Taubira, entre otros– y colaboradores directísimos de Hollande, amigos personales suyos en algunos casos, muy desgastados por la impopularidad del Gobierno de Jean-Marc Ayrault. Aun así, a pesar de la heterogeneidad del Gobierno de Valls, no parece adecuado considerarlo un contrasentido, sino más bien un esfuerzo de síntesis para suavizar el descrédito acumulado por el equipo saliente.

Como afirma Laurent Joffrin en Le Nouvel Observateur, “la idea de que los franceses menos favorecidos se inclinan naturalmente hacia la izquierda ha quedado refutado desgraciadamente desde hace mucho tiempo”.  Y de ahí procede la tercera paradoja: mientras en la periferia de las grandes ciudades y en las ciudades de tamaño medio y pequeñas, los socialistas se hunden, la izquierda gana en las grandes ciudades, empezando por París, como si el voto ideológico solo encontrase acomodo en los ambientes urbanos cosmopolitas. El fenómeno no afecta solo a las perspectivas electorales de los socialistas, sino también a las fuerza que figuran a su izquierda, algo que no se explica solo como la factura que han debido pagar muchos alcaldes a causa de los errores, la ineficacia o la falta de resultados del Gobierno, con independencia de la eficiencia y los aciertos acumulados por los ediles castigados.

A Jean Daniel, veterano pensador de la izquierda francesa, la victoria de Anne Hidalgo en París le da para un canto a la historia –“El París de Danton y de Gavroche sigue fiel a sí mismo. Sé que es gracias a Hugo, a Aragon o a Apollinaire, a la literatura y a la historia. Bajo estos puentes de París se desliza el recuerdo de las revoluciones. Aún vive…”–, pero también para sacar una conclusión inquietante: la democracia atraviesa una crisis multiforme que alcanza a la esfera local. El voto de castigo, el voto que sanciona unas siglas sin entrar a considerar los nombres, el voto sistemático contra quien ejerce el poder, sin entrar en razonamientos ideológicos, alienta la sensación de crisis política permanente, de crisis de identidad asimismo continuada, de crisis institucional y de falta de complicidad de los ciudadanos con el sistema. La abstención en aumento y los cambios constantes en el signo del voto, que en las europeas pueden alcanzar dimensiones impredecibles, dan la razón a Daniel, aunque resulta poco probable que en la tradición política francesa quepa imaginar una situación que haga posible que los balances suplanten por completo a las palabras.

En la película Le promeneur du Champ de Mars, reconstrucción dramatizada del final de la presidencia de Mitterrand, este le dice un día al joven periodista –palabra de más, palabra de menos– que pretende desentrañar el pensamiento del viejo político: soy el último presidente de Francia; a partir de ahora solo vendrán contables. En las palabras que el guionista pone en boca de Mitterrand hay un punto de meditada exageración, pero al analizar “la crisis multiforme” de la democracia no es posible sustraerse a la idea de que algo de cierto hay en ellas. Al preguntar por qué Valls encabeza el Gobierno, qué exige la UE a Francia o qué puede suceder si los gobernantes franceses no corrigen el tiro, todo se remite a la revisión global del modelo económico, sin entrar en digresiones ideológicas acerca de la utilidad y conveniencia de tal o cual programa; al observar el comportamiento de los electores sucede lo mismo, y al escrutar la orientación de los técnicos que pergeñan las recetas del cambio se llega a la alarmante conclusión de que, en realidad, las de la UE se reducen a una, sin importar quiénes la han de aplicar y en qué condiciones, se llamen como se llamen y piensen como piensen. Valls no ha podido ser más sincero antes de cruzar el umbral de su nuevo despacho: “No hay alternativa”.

Los ultras apuntan al Europarlamento

La caída de la confianza de los europeos en la UE eleva hasta cotas desconocidas las perspectivas electorales de la extrema derecha, antieuropeísta y xenófoba, con la mirada puesta en la cita de la próxima primavera, cuando se renovará la Eurocámara. El índice de confianza no alcanza el 40% en ninguno de los grandes países –Polonia se queda en el 39%–, según los datos suministrados por Eurostat correspondientes a un sondeo realizado en mayo de este año; solo Francia supera el 30% y España se queda en el 17%, por debajo incluso del Reino Unido (20%), una foto fija de la desconfianza en todas partes. Se ha pasado de la idea muy extendida de que los periodos de crisis dan oportunidad a las soluciones creativas a la sensación no menos extendida de que la crisis es la gran ocasión de la ortodoxia ultraliberal para someter el Estado del bienestar a las exigencias de un sistema tecno-financiero globalizado.

No hay una sola encuesta que no recoja que el esprit des temps ha acabado con la complicidad necesaria entre gestores y ciudadanos para que la construcción económica y política de la Europa unida no sea solo un proyecto de las élites. La empatía ha desaparecido, las instituciones se han acogido a un léxico indescifrable para los electores, los estados mayores de los grandes partidos se han entregado a la cultura del pacto perpetuo hasta desdibujarse en el seno de una tecnocracia que tiende a homogeneizar las ideologías y los estados han logrado que las cumbres intergubernamentales suplanten en el escenario el papel que los europeístas quisieran ver representado por la Comisión. Un nacionalismo de última generación se ha adueñado de la situación y no son pocos los que temen que, por este camino, el Parlamento Europeo corre el riesgo de acoger una floración de grupos parlamentarios de disciplina estrictamente nacional en detrimento de los grandes grupos de adscripción ideológica: popular, socialista, liberal, etcétera.

Marine Le Pen y Geert Wilders, el día 13, después de anunciar que se alían para acabar desde dentro con el “monstruo que supone Europa”.

El correlato inmediato es el temor a que una participación espectacularmente baja en las próximas elecciones europeas, situada claramente por debajo del 49% del 2009, dé como resultado un Parlamento con una minoría ultra en condiciones de torpedear toda iniciativa tendente a ampliar las atribuciones supranacionales a costa de la soberanía de los estados. El auge de la extrema derecha en tantos países de la UE y la concreción de una alianza antieuropeísta franco-holandesa constituida por el Frente Nacional, que dirige Marine Le Pen, y por el Partido de la Libertad, que pilota Geert Wilders, no son más que el síntoma visible de que una grave enfermedad amenaza a Europa, que los ciudadanos ven cada día menos como un gran proyecto político con el que merece la pena comprometerse.

A lomos de la crisis o vapuleada por ella, la UE se ha convertido en una estructura antipática, promotora de imposiciones defendidas por burócratas y políticos insensibles a las tragedias personales, figuras distantes que ven en la televisión comunidades condenadas a un futuro incierto y a una pobreza del todo cierta, prescriptores soberbios de recetas encaminadas a cuadrar los números del modelo macroeconómico. Al mismo tiempo, el establishment político europeo se aplica a neutralizar la competencia de la derecha apocalíptica mediante la incorporación a sus programas de las medidas que defienden los adversarios de la unidad europea –véase el rumbo del ministro francés del Interior, Manuel Valls, en cuanto atañe al tratamiento de la inmigración o la instalación de concertinas de seguridad en el perímetro de Melilla–, de tal manera que, en la práctica, facilitan la difusión de las doctrinas más odiosamente sectarias. Por no hablar del debilitamiento de la legitimidad de las instituciones europeas cada vez que un Parlamento nacional somete a ratificación una decisión de la UE (así sucede en Alemania, Austria, Holanda y Finlandia), aunque haya quien ve en ello –Enrique Barón lo defendió el último martes en el Cidob– un ejercicio de compromiso democrático del parlamentarismo nacional con las instancias europeas.

Mientras tanto, abundan los estudios que indican que una Europa sin inmigrantes carece de futuro y una Europa empobrecida, debilitada hasta el tuétano por la austeridad a todas horas, está condenada al estancamiento. Christal Morehouse, una analista de la fundación alemana Bertelsmann Stiftung, afirma que la solución a los problemas demográficos de Europa para el siglo XXI se encuentra más allá de sus fronteras, según los cálculos del Foro Económico Mundial, que ella da por buenos: “En menos de dos décadas, Europa occidental necesitará atraer fuerza de trabajo equivalente al tamaño de la población activa actual de la mayor de sus economías, la alemana, a fin de mantener el crecimiento económico”. Y, al mismo tiempo, el profesor Michael Spence, premio Nobel de Economía, subraya que el exceso de ahorro de Alemania, en aras de la austeridad, agrava los desequilibrios comerciales en el seno de la UE y limita las inversiones.

Cartel electoral de Jean-Marie Le Pen correspondiente a la primera vuelta de la elección presidencial de 1974.

Ni que decir tiene que el refinamiento técnico de estos detalles importa poco a los adversarios por principio del euro, de la unidad de Europa y de la futura viabilidad del continente como actor político. De hecho, la antipatía que se ha ganado la UE mediante el recurso a una contabilidad que todo lo justifica, libera a la extrema derecha de dar mayores explicaciones a capas sociales desorientadas. ¿Quién hubiese podido prever que una hija de Jean-Marie Le Pen, el pintoresco candidato a la presidencia de Francia de 1974, condicionaría la agenda política de 2014 con perspectivas electorales por encima del 20%? ¿Quién hubiese podido imaginar que la sociedad culta de una democracia avanzada como la francesa dejaría la iniciativa a la descendiente del candidato que en 2002 disputó la presidencia a Jacques Chirac, pero pareció entonces que jamás podría igualar aquel hito? Hoy nadie sabe cuál es techo electoral del Frente Nacional.

Es muy posible que el silencio político de Francia tenga que ver con el auge ultra. El pensamiento europeísta de Francia es demasiado importante, hasta hoy ha sido demasiado influyente, como para que no tenga ninguna repercusión la ausencia del debate del acento francés, factor de equilibrio tradicional del acento alemán. El hermetismo del presidente François Hollande pesa en la desorientación europea en la misma medida que la reacción defensiva de una sociedad asustada y envejecida, la francesa, ante los peligros que se ciernen sobre un modelo social que discuten a un tiempo el Gobierno alemán, el Banco Central Europeo y los adversarios históricos del Estado social. Acaso los síntomas de decadencia de Francia sean, asimismo, un síntoma elocuente de la decadencia de Europa, en la misma proporción que lo es la dirección alemana de los asuntos europeos, con la mirada de Berlín dirigida hacia el norte, el centro y el este del continente, mientras el mundo greco-latino aparece como una molesta impugnación del futuro perseguido por los mercados hegemónicos.

En este cruce de caminos, Thomas Wieder se ha remitido en las páginas de Le Monde al precedente de 1983, cuando François Mitterrand, a los dos años de ser elegido, hubo de enfrentar una crisis social y política de grandes proporciones con unos índices de aceptación del 30%. Entonces, como ahora, el Gobierno estaba dividido y la presión conservadora funcionaba a toda máquina, pero, a diferencia de hoy, era muy inferior la predisposición de una parte del auditorio a  buscar cobijo en la extrema derecha. La disputa social se desarrollaba desde frentes políticos convencionales, con viejas y sólidas convicciones democráticas, mientras que ahora la lealtad democrática de los antieuropeístas acérrimos hay que ponerla en cuarentena. Por lo demás, no había en la calle europea siglas como la de la refundada Forza Italia, que ocultan su oposición a Europa detrás de un confuso discurso populista que todo lo contamina.

El texto de Wieder recoge una cita de 1983 aplicable al presente: es del periodista Jean-François Kahn y alude al proyecto prematuramente envejecido con el que Mitterrand se presentó a la elección de 1981, algo parecido a lo que le sucede hoy a Hollande. Pero el articulista se refiere también al estado de desgracia, una expresión acuñada por Jean Charlot que se corresponde con el ambiente depresivo que se ha adueñado de Francia y la desazón de millones de europeos que no oyen desde hace años un solo mensaje comprensible que induzca a confiar en el futuro.

CrecimientoLos trabajos de prospectiva difundidos cuando el año se encamina hacia su fin justifican esos estados de ánimo. El último, publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), prevé para la Eurozona un crecimiento medio del 1% en el 2014 –la media mundial se situará en el 3,6%; la de la OCDE, en el 2,3%; la de Estados Unidos, en el 2,9%–, y del 1,6% en el 2015, muy por debajo de la media mundial (3,9%) y de Estados Unidos (3,4%). El vaticinio depende, además, de que no se concrete una borrasca que amenaza dar al traste con los augurios para el 2014: más debilidad de la prevista en las economías emergentes, incluida la china. Si eso sucede, es de temer un debilitamiento de los intercambios comerciales a escala mundial, de los flujos de inversión y formación de capital, y el mantenimiento de la media de la tasa europea de paro por encima del 12% (el 25% para España, décima más décima menos).

¿Cómo movilizar a los electores si ese es el porvenir que nos aguarda mañana? ¿Cómo evitar que crezcan las adhesiones en las filas del euroescepticismo más ruidoso si los europeísta convencidos, salvo excepciones, no son capaces de ir más allá de una gestión de la crisis con efectos extenuantes? ¿Cabe considerar a la extrema derecha antieuropeísta la última adaptación al medio de las ideologías totalitarias, opuestas a la democracia? Si es así, ¿debe aceptarse el recurso a los mecanismos del Estado democrático –de la Europa democrática– por quienes se oponen a él?

El profesor Jan-Werner Mueller, de la Universidad de Princeton, se pregunta: “¿Existe un lugar dentro de las democracias liberales para los partidos aparentemente antidemocráticos?” Las respuestas son harto arriesgadas. Mueller sostiene que, frente a las amenazas, “la autodefensa democrática parece un objetivo legítimo”. Pero la determinación del nosotros y del ellos presupone –es mucho presuponer– que no hay asomo de duda en cuanto a la fijación del límite a partir del cual la cultura democrática se pone en peligro. Y, aun en este caso, cualquier restricción política no justificada por el recurso a la violencia, conlleva privar del derecho de representación política a colectivos de dimensión variable. Ese no es el debate que debe afrontar Europa, sino otro en el que se planteen alternativas viables y visibles al estado de desgracia que ha hecho posible que el verbo inflamado de los ultras cautive a una parte de la calle europea, privada de esperanza.