La galopada de Trump alarma

Conforme avanzan las primarias en Estados Unidos crece el desconcierto en la dirección del Partido Republicano, que observa con estupor cómo la única alternativa verosímil a las extravagancias ultraderechistas de Donald Trump es el programa rematadamente ultraderechista de Ted Cruz. Si en otro tiempo Marco Rubio hubiese parecido una rareza en la tradición política republicana, hoy es el único aspirante que cuenta con el apoyo del aparato, pero, al mismo tiempo, es quien peor lo tiene ante sus contrincantes, compendio variopinto de demagogia, populismo y propuestas hirientes para demasiadas minorías. Cada día son más las voces republicanas que reclaman frenar a Trump con la promoción de un candidato que, en el momento de la convención, lo aparte de la carrera, pero es improbable que, en tal situación, renunciara el empresario a seguir adelante, a disputar la presidencia, aunque fuera a costa de dividir el voto conservador.

Los republicanos corren un gran riesgo al buscar atajos para neutralizar el desenlace de las primarias hasta el momento. Trump no tiene rival y ha sido capaz de movilizar a segmentos de población dañados por la crisis, que ven en las nuevas realidades sociales –inmigración, ascenso de las minorías no blancas, ampliación de la sanidad pública y otros rasgos del presente– la causa de sus males cuando las estadísticas indican que el país ha superado el descalabro económico y el paro anda por el 5%. Pero el riesgo no es menor para los republicanos si aceptan resignados el triunfo de Trump y ponen a su disposición la maquinaria del partido para llegar a noviembre y disputar la Casa Blanca al Partido Demócrata. Y no es menor porque, si sucede lo que prevén las encuestas más depuradas, que Trump es seguro perdedor frente a Hillary Clinton, el núcleo dirigente republicano resultará profundamente dañado, muchos de sus prohombres tenderán a abandonar la nave y dejarán el camino expedito a una combinación poco menos que heteróclita de neocons, teóricos del Tea Party, libertarios ultra, fundamentalistas cristianos y otros especímenes de difícil catalogación.

El profesor de la Universidad de Berkeley Robert Reich ha colgado esta semana en su blog un artículo dedicado a Trump con el muy significativo título de El fascista americano. Confiesa Reich que hasta la fecha se había resistido a utilizar la palabra fascista para referirse al aspirante republicano, pero entiende que “finalmente ha alcanzado un punto en el que el paralelismo entre su campaña presidencial y los fascistas de la primera mitad del siglo XX –figuras espeluznantes como Benito Mussolini, Josef Stalin, Adolf Hitler, Oswald Mosley y Francisco Franco– es demasiado evidente para pasarlo por alto”. La causa principal no es que haya citado a Mussolini o haya invitado a sus seguidores a levantar el brazo derecho de forma “escalofriantemente similar” al saludo nazi, sigue el autor, sino que, como los líderes fascistas del pasado, “Trump ha concentrado su campaña en el odio de los trabajadores blancos que durante años han perdido seguridad económica y son presa fácil para demagogos que buscan levantar su propio poder utilizando a otros como chivo expiatorio”.

El análisis de Reich puede parecer tocado por los excesos verbales, pero se trata de un intelectual solvente, especialista en políticas públicas, miembro de un claustro de prestigio y que transmite en gran medida las inquietudes de los liberales estadounidenses, una franja ideológica bastante transversal y que no puede atribuirse solo al universo del Partido Demócrata. Hay demasiados indicios para pensar que la jerga y las actitudes de Trump son solo una pose; la crispación sonriente del candidato induce a considerar que sus andanadas no son fuegos de artificio, sino que realmente pretende demoler algunos de los pilares sociales de un país muy complejo que hace ocho años, cuando arreciaba la crisis económica y la clase media se tambaleaba, llevó a la Casa Blanca a Barack Obama, un reformista moderado… y negro. Porque el éxito de Trump no puede deslindarse del color biológico de Obama, además del político, y de la suposición –mera suposición– de que una victoria de Hillary Clinton será más de lo mismo, aunque la piel sea blanca.

La movilización de latinos que pueden solicitar la ciudadanía estadounidense y votar en noviembre si antes se la conceden, recogida por The New York Times, es una señal elocuente de la alarma provocada por Trump, pero también de la fractura política cada vez más profunda entre dos versiones diametralmente opuestas de Estados Unidos. Dos frases recogidas por el periódico de labios de una residente de ascendencia mexicana son por demás significativas: “Quiero votar para que no gane Trump” y “no nos gusta”. Es decir que importa poco quién sea el candidato demócrata, lo único que cuenta es que el republicano salga derrotado; da lo mismo que el adversario de Trump sea Hillary Clinton o Bernie Sanders, aunque sus perfiles políticos son muy diferentes y las posibilidades republicanas, al parecer, serían mayores si, contra todo pronóstico, el senador por Vermont se impusiera a la exsecretaria de Estado.

El último debate entre demócratas ha puesto de manifiesto la distancia ideológica entre los dos aspirantes y, al mismo tiempo, ha hecho aflorar cierto nerviosismo en el campo de Clinton, que no esperaba de Sanders tal capacidad de resistencia y de sumar delegados. El dato significativo de que durante las 24 horas siguientes a su triunfo en el estado de Michigan recaudó cinco millones de dólares en donaciones a través de internet no hace más que subrayar que, si no hay partido, sí habrá al menos, cuando empiece la convención, la necesidad de que Clinton asuma alguna forma de compromiso político para recoger capítulos del programa de Sanders y atraerse así a quienes a él votan ahora y pudieran tener la tentación de abstenerse, llegado el 8 de noviembre, al no reconocerse en la candidata a ocupar la Casa Blanca, asociada siempre a la élite financiera de Wall Street.

No hay en el bando demócrata la misma tensión ambiental que en el republicano, pero el paseo militar de Hillary Clinton que se presumía no hace tanto tiempo no se ha confirmado durante estos dos primeros meses de primarias. No hay en la dirección demócrata la preocupación palpable, permanente, de los barones republicanos, pero no puede disimular su deseo de que se confirme cuanto antes la victoria de la exprimera dama para poner en marcha la operación destinada a ahuyentar de las urnas a una parte del electorado conservador que nunca votará demócrata, pero que entre apoyar a Trump y quedarse en casa, puede preferir esto último, aunque sea a costa de dar la victoria a la candidata rival. A la hora de la verdad, quizá no será esta una reacción muy extendida, pero puede producirse si la oratoria del multimillonario sigue por los mismos derroteros desabridos de hasta la fecha.

Tales cábalas parten del convencimiento de que en una sociedad educada en la democracia, el comportamiento de Trump rompe el vínculo tradicional de un segmento de electores con la militancia o la simple simpatía por un partido. El profesor Reich sostiene: “Los ataques verbales incendiarios de Trump contra los inmigrantes mexicanos y los musulmanes, incluso su resistencia a distanciarse de David Duke y del Ku Klux Klan, siguen el viejo guion fascista”. Pero ¿qué sucedería si, en la práctica, la fractura social y la división política, las dimensiones de la América blanca que se siente agraviada, fuesen mayores de lo recogido en sondeos y estadísticas? Todo vaticinio es arriesgado. Lo único cierto es que ha pasado a mejor vida la sólida coalición conservadora forjada por Ronald Reagan hace casi 40 años, y los republicanos experimentan su mayor crisis de identidad y cohesión interna desde los aciagos días de la dimisión de Richard Nixon. Noviembre queda demasiado lejos para predecir si esto ayuda o debilita a Trump en su galopada.

 

Obama acelera el paso en Cuba

El anuncio de que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, viajará el 21 de marzo a Cuba para entrevistarse con Raúl Castro ha puesto en un grito al grueso del Partido Republicano, en especial a los candidatos Ted Cruz, rematadamente conservador, y Marco Rubio, menos apegado al catecismo del Tea Party, ambos de ascendencia cubana. Mientras Hillary Clinton y Bernie Sanders, rivales demócratas en las primarias, estiman razonablemente defendible en campaña el paso dado por la Casa Blanca, los aspirantes republicanos lo consideran inaceptable de forma bastante ruidosa, respaldados por la mayoría de su partido en las dos cámaras del Congreso, que puede bloquear la aplicación práctica de los acuerdos a los que lleguen Obama y Castro si no levantan el embargo comercial. Pero es un hecho que el gesto de Obama es una etapa más en la irreversibilidad de la normalización de relaciones entre los dos países, por más vueltas que dé al asunto el republicanismo, anclado en los conceptos que situaron la suerte de la isla en el centro de la guerra fría.

Como en su día dijo Obama, la política seguida por todos los presidentes desde el triunfo de la revolución cubana ha sido un sonoro fracaso: ni cayó el régimen fundado por Fidel Castro y los comandantes de Sierra Maestra ni el embargo comercial entrañó beneficio alguno para Estados Unidos. Las únicas víctimas reconocibles 25 años después de la disolución de la Unión Soviética, precedida del final de la guerra fría, han sido los ciudadanos cubanos, condenados a sobrevivir mediante una economía muy disminuida a causa de los errores de libro cometidos por los ideólogos de la revolución y por la gerontocracia gobernante, pero también consecuencia directa de tener cegadas las vías de relación comercial con Estados Unidos.

No hay asomo de timidez o de contención en el gesto de Obama porque los beneficios presumibles de una relación normalizada con Cuba superan con mucho las incomodidades debidas al carácter dictatorial del régimen. En una economía global en la que se soslaya con gran desenvoltura la naturaleza ominosa del régimen chino o de la teocracia represiva de Arabia Saudí, siempre en nombre de los negocios y de los equilibrios estratégicos, ha dejado de tener sentido la obsesión cubana, ese bloqueo mental del conservadurismo estadounidense que le impide admitir que las condenas y castigos impuestos a la isla, a un corto viaje en barco de las playas de Florida, constituyen un agravio comparativo sin justificación posible. El simple enunciado de los proyectos de muchas grandes compañías que quieren invertir en Cuba, como lo hacen en otros entornos tanto o más monolíticos, desacredita a cuantos se obstinan en mantener la excepcionalidad cubana, como si de ello dependiera el papel de Estados Unidos en el mundo.

En la petición de la secretaria de Comercio, Penny Pritzker, de que Cuba ponga en marcha reformas para que su economía se abra a los inversores extranjeros hay la misma dosis de realismo que en la iniciativa viajera de Obama. Durante el 2015, la Administración tramitó 490 autorizaciones para comerciar con la isla y los intercambios comerciales alcanzaron los 4.300 millones de dólares, el 30% más que el año anterior, sin que, por lo demás, se hubiesen introducido cambios sustanciales en la legislación cubana. Que Marco Rubio mantenga, entre tanto, que el régimen cubano “no es solo una dictadura comunista, sino una dictadura comunista antiamericana” solo se entiende a la luz de la pugna abierta entre los candidatos republicanos para atraer el voto de los conservadores defraudados con todo el mundo, profundamente disgustados con las políticas de Obama y que no han notado los efectos de la recuperación económica, tan evidente como desigualmente repartida. Pero tanto Rubio como los que con él se lamentan del acercamiento a Cuba son conscientes –al menos, se supone que lo son– de que se trata de un acontecimiento sin vuelta atrás, sometido a la lógica del realismo político y a la certidumbre de que el cerco a la isla, según ha demostrado la historia, no es el instrumento adecuado para impulsar la democratización.

El realismo es atribuible asimismo a la Administración cubana, que ha archivado el memorial de agravios para agarrarse al asidero de la apertura económica, el incremento del turismo y la incorporación a la economía global. Nada es para toda la vida y no deja de ser significativo que, al dar cuenta de la visita de Obama el mes que viene, el diario 14 y medio.com, el primer medio digital independiente –de la oposición: Yoani Sánchez y Reinaldo Escobar– editado en Cuba, titule con una frase de Obama “Viajaré a Cuba para avanzar en la mejora de vida de los cubanos”. Una de sus articulistas escribe en defensa del cambio en las relaciones, aunque el régimen siga siendo una dictadura, y subraya la inconsistencia de la reacción airada de los republicanos: “¿Es que el acercamiento crítico de Barack Obama a la dictadura de Castro es moralmente más punible que los coqueteos de la Moncloa con el Palacio de la Revolución, o que los agasajos recibidos por el general-presidente, Castro II, durante su reciente estancia en Francia, cuna de la democracia moderna?”

Tales dosis de realismo desnudan la obstinación del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, que en una situación de emergencia económica y social extremas se envuelve en la bandera, invoca el legado del líder muerto y se remite a la América vislumbrada por Simón Bolívar. Ni la inflación galopante, ni la crisis de subsistencias, ni la aplastante mayoría de la oposición en el Parlamento son suficientes para que rectifique, para que entienda que el modelo se ha revelado ineficaz y la redención de las víctimas de las historia requiere, entre otras cosas, una economía viable. En caso contrario, aquellos a quienes se quiso redimir se convierten fácilmente en las víctimas inmediatas de las medidas pensadas para rescatarlos de la postración; aparecen como los más vulnerables y son los primeros sacrificados en el altar del dogmatismo.

En la última tanda de medidas de excepción anunciadas por Maduro no hay ni la más mínima sombra de apego a la realidad, a la aceptación de que el modelo dio de sí lo que podía dar, de que las llamadas misiones han sumido al país en un caos burocrático y de que la bancarrota es un hecho. A una revolución social financiada con las rentas de un petróleo inaceptablemente caro la ha sucedido una crisis ingobernable a causa de un petróleo ahora escandalosamente barato; esto es, resulta imposible seguir con el mismo o parecido programa cuando el negocio petrolero se ha contraído más allá de toda previsión. Solo queda rectificar para evitar una hecatombe, aunque tal rectificación lleve implícita la pérdida del poder o la obligación de compartirlo, de aceptar que la razón es casi siempre un valor con muchos depositarios. Por el contrario, encastillarse en las propias creencias sin atender a otros registros, como parece ser la opción de Maduro, equivale a negar la realidad y sus efectos sobre una población a la que se prometió la prosperidad y puede acabar en la mera subsistencia. Los cubanos saben bastante de ello.

 

 

El ‘efecto Trump’

La alocada acumulación de candidatos que aspiran a la nominación republicana para disputar a Hillary Clinton la Casa Blanca el 8 de noviembre del próximo año alarma al conservadurismo clásico y envalentona a los estrategas de los aspirantes menos convencionales, con el extravagante ultraconservador Donald Trump en primer lugar. Mientras la mayoría de encuestas no dejan de pronosticar que la candidata in péctore de los demócratas ganaría a cualquier aspirante republicano si hoy se celebraran elecciones, el viejo partido –GOP (Grand Old Party)– ha malgastado los dos primeros debates de sus aspirantes con digresiones absurdas, argumentos falaces y la sensación de que, en medio de la farsa, los asesores afectos al Tea Party son los que mejor se mueven. Como ha escrito Paul Krugman, “ahora tenemos unos candidatos presidenciales [republicanos] que hacen que Bush parezca Lincoln”, y que su hermano Jeb, cabe añadir, se perfile como el menos inconsistente de todos ellos.

Empujados o condicionados por el efecto Trump, si así puede llamarse, los precandidatos republicanos parecen haber llegado a la conclusión de que cuanto más a la derecha se instalen, más posibilidades tendrán en las primarias que empiezan en enero. Esa suposición choca con dos precedentes que atestiguan que, en efecto, esa estrategia vale para ganar la nominación, pero es insuficiente, cuando no dañina, para llegar a la presidencia. El error en el 2008 del senador John McCain, un republicano clásico, de unir su suerte a la de la gobernadora Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia, representante de un conservadurismo rudimentario y ágrafo, resulta tan ilustrativo como el de Mitt Romney en 2012, que formó ticket con Paul Ryan, un neocon subido al tren de la austeridad y la restricción del gasto público. Si McCain y Romney perdieron claramente frente a Barack Obama, a pesar de recluir a la ultraderecha en la vicepresidencia, ¿cuál podría ser el resultado si el candidato respondiera a los parámetros de Donald Trump o a los de alguien de su misma cuerda?

Steve Schmidt, asesor político de McCain en la campaña del 2008, cree ver en la debilidad financiera de candidatos inexpertos como Ben Carson y Carly Fiorina un vivero de votos para Donald Trump antes que para políticos profesionales como Jeb Bush, Marco Rubio, Ted Cruz o Chris Christie, integrantes del establishment republicano, aunque de los cuatro, solo Bush forma parte de la aristocracia del partido. El análisis de Schmidt parte de la idea de que los políticos convencionales, incluso los vinculados al Tea Party y opuestos frontalmente al reformismo moderado de Barack Obama, arrastran el desprestigio de las derrotas de 2008 y 2012, y su incapacidad para bloquear las iniciativas de la Casa Blanca más aborrecibles a ojos del electorado ultraconservador: la reforma sanitaria, el acuerdo con Irán, las relaciones diplomáticas con Cuba, los programas relacionados con el cambio climático y el control de las emisiones de gases, la política migratoria, etcétera. Sea o no acertado el argumento de Schmidt, lo cierto es que Donald Trump es de largo el precandidato con mayor capacidad de movilización y recaudación a pesar de la tosquedad de su comportamiento y de sus argumentos.

Lo que resulta impredecible es cuál es la capacidad de destrucción de un candidato como Trump o de un candidato como Bush sometido a las exigencias del sistema planetario de Trump. En la película Game change, reconstrucción de la campaña de Sarah Palin (Julianne Moore), John McCain (Ed Harris) le pide a su compañera de candidatura, después de reconocer la derrota frente a Obama, que no se alíe con quienes pueden destruir el partido. Hoy sigue vigente ese temor a que una derechización sin freno lo ponga en riesgo; “la profunda preocupación por mi país”, expresada en un blog por un votante republicano, coronel retirado, refleja en términos muy sencillos un estado de ánimo muy extendido entre el republicanismo tradicional.

La quincena aproximada de precandidatos que parecen dispuestos a probar suerte contribuye a sembrar la inquietud, porque salvo en el caso de Trump –las encuestas le atribuyen un apoyo ligeramente por encima del 25%–, fragmenta el voto hasta lo indecible. Con el efecto añadido de que candidatos con posibilidades frente a Hillary Clinton o frente al vicepresidente Joe Biden, si finalmente opta a la nominación demócrata, tienen en cambio poco respaldo entre la militancia del partido –por debajo del 17%–, lo que en ningún caso les permitiría obtener la nominación republicana. Así, mientras un articulista de The Washington Post se pregunta dónde están las nuevas caras de los demócratas, un editorial de hace varias semanas lamentaba la ausencia de “republicanos reconocibles” en los prolegómenos de la larga carrera a la Casa Blanca. Como si todo lo que hasta la fecha ha aportado el desafío de Trump fuese la desnaturalización acelerada del partido a causa del deseo incontenible de liquidar la herencia de Obama y abundar en las recetas más derechistas, resumidas en el mantra menos Gobierno, menos Washington.

La consolidación de algunas figuras que cree ver Joe Klein, columnista del semanario Time, detrás de la confusión que se ha adueñado del escenario, parte de la idea de que Trump se ha convertido en un pesado que distorsiona la precampaña, pero no impide que se prefigure un reparto de papeles con Ted Cruz a la derecha, Jeb Bush y John Kasich en el centro y una posición intermedia para Marco Rubio, un neocon tenaz que no recurre al vitriolo para combatir a sus adversarios. Lo malo para quienes aspiran a racionalizar la lucha es que Trump dobla las expectativas de voto de todos ellos, ninguno tiene garantizado el apoyo mayoritario de un segmento concreto de los electores del partido y, además, su fortuna personal le confiere al pesado una autonomía de la que carecen sus oponentes.

El Partido Republicano dispone del gran capital político de la mayoría en las dos cámaras del Congreso, pero corre el riesgo de gastarlo en fuegos de artificio a causa del recurso permanente al no. Quien aspira a encabezar el Ejecutivo no debe solo tener su propio programa, sino que ha de demostrar su voluntad de compromiso para acordar soluciones bipartidistas para problemas concretos, algo que forma parte de la tradición política de Estados Unidos, pero que el republicanismo apenas ha practicado durante los dos mandatos de Obama. Y aunque nada garantiza la victoria ni presagia la derrota a más de un año de distancia del día D, la coincidencia cuatrienal de la elección del presidente con la renovación de toda la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado entraña más riesgos que las elecciones legislativas de midterm (a mitad de un mandato presidencial). De ahí, también, la alarma de los más veteranos, de aquellos que temen que el efecto Trump asuste a una parte del electorado y se quede en casa o, lo que sería peor, cambie el color de su voto.

EEUU-Cuba, primer acto

El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba saca brillo a la política exterior del presidente Barack Obama y, al mismo tiempo, abre un compás de espera. La complejidad de los asuntos pendientes, aparcados durante más de medio siglo por Washington y La Habana, impide que la situación evolucione con rapidez en igual o mayor medida que la oposición surgida en las filas republicanas y en una parte del exilio cubano de Florida, que siguen aspirando a la claudicación del castrismo con similar empeño al exhibido durante la guerra fría. Al mismo tiempo, a nadie se le oculta en la isla, como ha destacado la prensa liberal de Estados Unidos, que una rápida transición económica puede entrañar costes tangibles en los servicios básicos de educación y sanidad, puede que en vivienda. Como ha publicado The New York Times, muchos cubanos han depositado sus esperanzas en el desarrollo de la iniciativa privada, de la organización de un régimen multipartidista, pero, al mismo tiempo, otros muchos temen que las llamadas conquistas sociales se diluyan en la economía de mercado.

El rompecabezas está lejos de tener fácil solución. La derecha republicana presente en el Congreso, el exilio recalcitrante y los ideólogos neoconservadores que calientan motores a año y medio de la elección presidencial quieren impedir que el proceso abierto no tenga marcha atrás o freno, por lo menos, si no se solucionan antes asuntos tan endiabladamente envenenados como el resarcimiento o devolución de las propiedades estadounidenses en Cuba incautadas por la revolución. La Administración demócrata espera que la nueva situación con Cuba sea uno de sus legados históricos. El Gobierno de Raúl Castro se dispone a poner sobre la mesa la continuidad de la base que Estados Unidos tiene en Guantánamo en virtud de un acuerdo-imposición que se remonta a 1903, considerado tradicionalmente por la revolución como la ocupación ilegal de un territorio. Los líderes menos obcecados de la comunidad cubana de Miami ven en el momento la gran ocasión de pasar página y hacer buenos negocios, opinión compartida por una parte relevante de las empresas turísticas norteamericanas que operan en el Caribe e inversores que ven en la isla un lugar ideal para desembarcar con sus dólares. Los cubanos, en fin, curtidos en mil situaciones comprometidas, entienden que ha llegado quizá el momento de dar el gran paso y dejarse de nostalgias y romanticismos.

Por si fuera poco, hay una variable decisiva: la promesa de Raúl Castro de dejar la presidencia en el 2018 y –eso no forma parte de la promesa– la probable dilución de la gerontocracia castrista en un ecosistema político rejuvenecido. Porque a pesar de que el Partido Comunista ha actuado en la normalización de relaciones con Estados Unidos como lo que por tradición es, una estructura monolítica sin fisuras, en la práctica es indiscutible que el peso de las emociones y el recuerdo del pasado influye más en el comportamiento de quienes llegaron a bordo del yate Granma o formaron parte de las unidades dirigidas por los comandantes históricos de Sierra Maestra. Y puede que si muchos de aquellos líderes recorrieron el trecho que iba de un nacionalismo socializante a un socialismo apegado a la URSS, así también en un futuro no muy lejano los herederos del régimen pueden desandar algunos pasos para salirse de un modelo agotado de economía planificada para hacerse cargo de otro nacionalista con inquietudes socializantes y sin demasiados prejuicios anticapitalistas. Solo así cabe imaginar que puede concretarse el levantamiento más o menos equilibrado del embargo comercial de Estados Unidos que la isla soporta.

Mientras llega ese momento, el caso cubano será uno de los argumentos favoritos del republicanismo inquisitorial, que persigue el desgaste de Obama y, con él, el de Hillary Clinton, la gran favorita a ser la candidata demócrata a la Casa Blanca en las elecciones de noviembre del año próximo. Precandidatos de ascendencia cubana como Ted Cruz y Marco Rubio, alentados por el Tea Party, y libertarios muy conservadores como Rand Paul, asimismo adscrito a la prédica del Tea Party, no han perdido tiempo en denostar la iniciativa de Obama, y William Kristol, uno de los líderes de opinión de la derecha destemplada, no ha dudado en decir que lo que quiere el presidente es remodelar las relaciones de Estados Unidos con sus oponentes y enemigos.

Con una macedonia de precandidatos de todos los colores y ni una sola encuesta que dé a uno de ellos vencedor frente a Clinton, Cuba –Irán también– no es el peor de los recursos para atacar al adversario. Ni siquiera los más avezados en la realpolitik, como Jeb Bush, han dejado de aprovechar la ocasión, y conforme se pase de izar las banderas y escuchar los himnos a la política de las cosas, mayor será la presión desde el campo republicano dentro y fuera del Congreso. Si Cuba fue durante decenios un símbolo de las izquierdas, puede que un ejemplo, el régimen de la isla sigue siendo hoy una obsesión imperecedera para la derecha menos reflexiva, la misma que, por cierto, cierra sin mayores problemas suculentos negocios con China, nominalmente comunista. Pone incluso a China como ejemplo de productividad y eficacia, y deja a un lado cuanto atañe al respeto por los derechos humanos, al pluralismo político y a la libertad de información entre otros asuntos no menores.

No hay duda de que quienes más necesitaban encauzar las relaciones eran los cubanos y el régimen cubano, pero el gran negocio previsible es el de las compañías estadounidenses que dentro y fuera del sector turístico, de los servicios y de la tecnología se llevarán la gran tajada. Algo que convierte el disgusto conservador con la iniciativa de Obama en un gesto que solo cabe mantener mientras no se gobierna, pero que debe esfumarse si se llega a empuñar el timón. En todo caso, la historia demuestra que todas las leyes aprobadas para asfixiar al régimen cubano han sido inútiles para acabar con él, han sometido a la población de la isla a un castigo injustificable y, en muchos casos, no han impedido la presencia de inversores europeos y latinoamericanos desde bastante antes de que hombres de negocio chinos se interesaran por el Caribe.

De ahí que resulte sorprendente la tibieza del Gobierno español y su escasa implicación en los sucesos en curso. Y resulta sorprendente porque las empresas españoles que han invertido en Cuba se hallan en una situación privilegiada para sacar el máximo partido a la nueva situación, pero acaso no lo logren por el retraimiento o la falta de iniciativa gubernamental. La situación no es nueva y se remonta a los dos mandatos de José María Aznar, que antepuso sus prejuicios ideológicos a la realidad y sometió las relaciones con Cuba a un régimen de ducha escocesa. Algo perfectamente inútil, cuando no contraproducente, a la vista de la tozuda realidad: la inevitable evolución, transformación o cambio del régimen de la isla, protegido casi siempre por la nueva realidad latinoamericana, aunque de eso último nunca ha resultado una vida confortable para los cubanos. Alguien debió haber apercibido al Gobierno de que nada es para siempre, ni siquiera el régimen cubano, como seguramente saben los propios cubanos, y aun el extremismo republicano en Estados Unidos, aunque no se da por enterado.

 

 

 

El Tea Party desafía a Obama

La estrategia republicana de llevar a Estados Unidos al borde del precipicio con el fin de fulminar la reforma sanitaria promovida por Barack Obama ha decidido al ala dura del partido –encarnada en el Tea Party– a fijar una estrategia de tierra quemada, y al conservadurismo tradicional, a refugiarse en una retórica bajo sospecha. Para una parte significativa de los 232 diputados del Grand Old Party en la Cámara de Representantes puede más el temor a verse obligados a disputar el próximo año una elección primaria ante un aspirante de la extrema derecha, lo que los induce a aceptar con resignación la crisis en curso, que la sensatez de buscar una solución bipartidista que acabe con una situación a la vez demencial y extravagante. Porque el cierre (shutdown) del Gobierno federal por falta de fondos pone a la superpotencia a los pies de los caballos de sus acreedores, crea una inseguridad comprensible a escala mundial y persigue humillar al presidente, algo que probablemente está lejos de ser plato del gusto de la mayoría de la opinión pública.

Aunque The Washington Post haya opinado que el problema de Obama no son los republicanos, sino la Constitución, lo cierto es que cada vez cunde más la idea de que la Casa Blanca es prisionera de la mezcla de fundamentalismo religioso, individualismo exacerbado y dogmatismo político del Tea Party. Aunque los padres fundadores diseñaron un equilibrio de poderes pensado para limitar las atribuciones del Ejecutivo federal y preservar la iniciativa de los estados, las encuestas reflejan estas últimas semanas una corriente de opinión mayoritaria, cercana al 50%, que culpa del cierre a los ultraconservadores. Y aunque estos se han adueñado del Partido Republicano y tienen razonablemente asegurado que mantendrán el próximo año la mayoría en la Cámara de Representantes, según un detallado informe elaborado por la web Politico, es impensable que dobleguen la voluntad del presidente hasta el punto de que desista en la aplicación del Medicaid y cambie la percepción que los ciudadanos de las sociedades urbanas tienen de las causas de la crisis.

El monumento dedicado a la segunda guerra mundial, cerrado a causa del ‘shutdown’ del Gobierno federal.

Lo cierto es que detrás de la obstinación de los líderes republicanos se desarrolla una batalla no exenta de sordidez en la que se enfrentan el líder del partido en la Cámara de Representantes y presidente de la misma, John Boehner, y el segundo en el grupo parlamentario, Eric Cantor, rivales irreconciliables. Quizá Boehner transigiese en alguna fórmula para cerrar un pacto de caballeros con Obama, pero Cantor es un doctrinario que encarna las esencias del Tea Party y de un conservadurismo que sostiene que el mejor Gobierno es el que no existe o es tan sumamente débil y pequeño que no puede imponer su voluntad a nadie. A Cantor le siguen rigoristas religiosas como Michelle Bachmann, políticos de ascendencia hispana adscritos a la nueva fe como Ted Cruz y Marco Rubio, y también ideólogos del individuo libérrimo, herederos remotos de la cultura de frontera que profesan con intensidad variable personajes como Mike Lee, Rand Paul y Steve King, más Sarah Palin, la referencia ineludible de la política de mesa camilla, cuyo bagaje intelectual no va más allá de cuatro vaguedades que regalan los oídos de la América profunda, pero no resisten el análisis cuando se confrontan con las necesidades del país.

Así, por ejemplo, la oposición sin tregua a la reforma sanitaria en nombre de la libertad del individuo soslaya dos realidades complementarias:

  1. La asistencia sanitaria es mucho más cara en Estados Unidos, y a menudo menos eficaz, que en los países de la Unión Europea con una sanidad pública, obligatoria y universal de larga tradición.
  2. Hasta fecha reciente, por lo menos 40 millones de estadounidenses no tenían cobertura sanitaria por carecer de medios para costearse un seguro privado.

Eric Cantor (izquierda) y John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, rivales en el seno del Partido Republicano.

A lo dicho debe añadirse que a causa de la timidez de la reforma impugnada por los republicanos, dos tercios de los pobres de la comunidad negra, un porcentaje parecido de las madres sin pareja y más de la mitad de los trabajadores con ingresos bajos que nunca han tenido un seguro médico quedan fuera del Medicaid, según un estudio realizado por The New York Times. La mayoría de estas personas viven en estados donde gobiernan los republicanos y han llevado a la práctica su oposición a aplicar el Medicaid por las razones mencionadas antes. Es decir, el ultraliberalismo que anima a los ideólogos del Tea Party excluye el reparto de carga sociales, sea cual sea la fórmula que se aplique, en nombre, de nuevo, del derecho de los individuos a procurarse y administrar sus recursos.

De esta forma, mientras un periodista de la revista Forbes, a la que no cabe atribuir veleidades estatistas, advierte de que los grandes acreedores de Estados Unidos andan lejos de aprobar el comportamiento del Tea Party –sugiere que antes de desencadenar el cierre, debió pedir permiso a China–, Sarah Palin escribe en su cuenta de Facebook que el cierre de algunos monumentos, como el dedicado en Washington a los combatientes de la segunda guerra mundial, es “una protesta enojada para generar una mala publicidad”, un recurso de Obama para deformar la realidad, como si dijéramos. Lo cierto es que el Gobierno federal no dispone de dinero, y los acreedores a los que Forbes alude temen que si antes del 17 de octubre no hay acuerdo para elevar el techo de gasto, el presidente deberá decretar la suspensión de pagos.

En un ambiente menos enrarecido, acaso Boehner hubiese podido convencer a sus correligionarios para que aprobaran una continuing resolution (CR), un mecanismo provisional para atender a los gastos corrientes esenciales mientras se negocia una solución definitiva. Pero la CR no entra en los planes del Tea Party a pesar de que son muchos los que comparten la idea de Rich Lowry expresada en The National Review: los republicanos se oponen a poner un parche a la crisis porque carecen de planes para el día siguiente. La pieza que quieren cobrar se llama Barack Obama y el resto importa poco: la repercusión que el cierre federal puede tener en la superación de la crisis económica, el mercado de la deuda y las bolsas, que lo mismo que hasta la fecha resisten sin sobresaltos, pueden ser presa del pánico a poco que se degrade la situación. Steve King lo ha dejado del todo claro: el cierre no es cosa de un día o dos, sino que va para largo.

Franklin D. Roosevelt, presidente demócrata de Estados Unidos entre 1933 y 1945, hizo de su partido el de las minorías.

En la tradición aislacionista de los seguidores del Tea Party, las repercusiones internacionales poco importan. Pesa más la convicción de que nada es más eficaz que el libre mercado sin cortapisas, sin que la Administración ponga límites a los negocios. Todo obstáculo remotamente equiparable al Estado social, a un enfoque tibiamente socialdemócrata de la atención a los ciudadanos, les parece un peligroso acercamiento al modelo europeo, que consideran una intromisión intolerable en la autonomía de los ciudadanos. Voces relevantes del Tea Party han tachado a Obama de socialista, algo que no es en absoluto una novedad en el debate ideológico alentado por el conservadurismo más rancio. Antes bien, forma parte del manual de tópicos que maneja la extrema derecha como argumentos de convicción desde la presidencia de John F. Kennedy (1961-1963).

Como ha escrito Rick Pelstein en la publicación progresista The Nation, no queda a los demócratas otra posibilidad que pechar con el lugar común ampliamente difundido de que les mueve cierto extremismo, aunque su misión durante el último medio siglo se ha limitado a “hacer de Estados Unidos un lugar más justo, digno y sostenible”. A la apreciación de Pelstein debe añadirse que el Partido Demócrata no es ajeno a la propensión aislacionista y al recelo antiestatista, pero al convertirse en la formación de las minorías desde los días del New Deal de Franklin D. Roosevelt (1933-1945), ha sumado a su perfil ideológico, acaso sin pretenderlo, cierto gusto por la heterodoxia. Y todo eso pesa en el ánimo de la oposición republicana que ha optado por no levantar el pie del acelerador a pesar de todos los riesgos inherentes a su desafío a Obama.

¿Por qué los peligros son mayores hoy que cuando los republicanos, guiados por Newt Gingrich, hicieron exactamente lo mismo durante la presidencia de Bill Clinton? Porque por aquel entonces no había ninguna gran crisis económica que amenazara con poner patas arriba todo el andamiaje; porque Clinton había obtenido buenos resultados en feudos republicanos y el partido no podía exponerse a llevar las cosas demasiado lejos y desgastar su imagen; porque la Casa Blanca manejaba un presupuesto con superávit que confería un gran margen de maniobra al presidente a pesar del cierre federal; porque los tenedores de deuda pública de Estados Unidos tenían una capacidad de presión menor que ahora, cuando financian con sus ahorros el déficit astronómico de la primera economía mundial. Lo ha dicho Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional: el cierre del Gobierno federal y el riesgo de que no se eleve el techo de gasto antes del día 17 amenazan la economía mundial. El temor a una nueva recesión internacional no es en absoluto gratuito.