El hartazgo de las mujeres toma la calle

Las versiones más sórdidas del sexo han acompañado desde la noche de los tiempos el ejercicio del poder, de la peor versión del poder, para mayor precisión. Nada de lo que ahora se descubre y agita las conciencias es nuevo u original, sino más bien una constante histórica, casi siempre oculta bajo la apariencia de honorabilidad perseguida por sus perpetradores. De las presuntas miserias morales de Donald Trump a las también presuntas del senador Pedro Agramunt, queda al descubierto una historia completa de malas artes entre bastidores. De las fechorías de Harvey Weinstein al abuso detrás del brillo diamantino del jurado del Premio Nobel de Literatura, el hilo conductor es siempre el mismo: el sometimiento de la autonomía y la seguridad de las mujeres por decisión de hombres poderosos.

Al mismo tiempo, se reducen los espacios de impunidad de los asaltantes y acosadores del sexo. La movilización alcanza dimensiones hasta ahora desconocidas y hay en ello una impugnación general del orden social. Cuando la Academia Sueca cancela el Nobel de Literatura un año, no reconoce solo la necesidad de sanear la institución, sino que admite también la urgencia perentoria de restaurar la decencia, de garantizar que los dorados de los salones donde se entrega el premio dejarán de ser encubridores de una realidad vergonzosa. Aplazar un año la concesión del Nobel de Literatura de 2018 tiene además un enorme valor simbólico, porque pocos actos sociales están tan íntimamente vinculados a la cultura del establishment, sea cual sea el perfil del ganador. La liturgia laica del Nobel se asocia sin mayor esfuerzo a los rituales del poder –político, económico, cultural–, bajo escrutinio de una variada gama de mujeres en el pasado y en el presente, decididas a pensar por sí mismas y a hacerse oír.

La capacidad de movilización transversal de la vanguardia feminista, cada vez más poblada, resquebraja las convenciones, obliga a revisar a toda prisa los ingredientes de la igualdad y fuerza al universo conservador a un aggiornamento acelerado. Hay en cuanto ha sucedido durante el último año una señal de hartazgo colectivo, de exigencia de responsabilidades y de reparación de daños en la que chirrían como los frenos de un viejo coche la sentencia disparatada de La Manada, exageraciones como la de Mario Vargas Losa –el feminismo es “el más resuelto enemigo de la literatura”, escribió– y opiniones encaminadas con harta frecuencia a épater le bourgeois. La discusión del status quo de la mujer en sociedades abiertas ha ocupado la tribuna y eso, cabe presumir, no tiene vuelta de hoja, es una característica del presente con mucho futuro (parafraseando a Gabriel Celaya, el feminismo es un arma cargada de futuro).

En el preciso momento en el que el exalcalde de Nueva York Rudolph Giuliani reconoce en un estudio de Fox News (derecha recalcitrante) que Donald Trump reembolsó a uno de sus abogados los 130.000 dólares pagados a la actriz de cine porno Stormy Daniels a cambio de su silencio, es insostenible la teoría de la conspiración –caza de brujas–, tan invocada por el presidente. En cambio, gana enteros otra mucho más simple y verosímil: la de un millonario convencido de que todo es posible y de que todo el mundo tiene un precio haya o no sexo de por medio. Se desmorona así la operación encaminada a crear universos paralelos, a encubrir con una realidad virtual otra perfectamente real, penalmente perseguible o moralmente reprobable (a saber en qué apartado encaja mejor el caso Trump-Daniels).

Cuando el senador del PP Pedro Agramunt echa mano de respuestas chungas para zafarse de sus acusadores en el Consejo de Europa a nadie convence dentro y fuera de la institución, dentro y fuera de su partido. Así sucede también con aquellos, no demasiados, que en Hollywood y otros vecindarios del show business han querido salir al paso de revelaciones oprobiosas echas por mujeres. Que en un número indeterminado de casos haya salido mal parada la presunción de inocencia –un daño difícilmente reparable– subraya la radicalidad del momento, la aceleración histórica promovida en Occidente por las mujeres y con un poder de expansión enorme porque se ha convertido en un artículo informativo de primera magnitud, difundido en todas direcciones en la aldea global.

“Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”, dejó dicho Simone de Beauvoir. Puede que esta suerte de fatalismo se haya quebrado en el último decenio al madurar un proceso de cambio aparentemente irreversible. Al mismo tiempo, toma cuerpo la convicción de Shahida el Baz, y con ella de otras muchas autoras, según la cual “la liberación de los hombres está íntimamente ligada a la de las mujeres”. La mutación del ADN en las manifestaciones del primero de mayo lo atestigua al equipararse las reivindicaciones clásicas de la jornada en la calle con las exigencias de las mujeres, secundadas por los hombres. Hay en todo ello una parte de escenografía apresurada, de complicidad masculina reciente, pero se dan también señales inequívocas de un cambio de paradigma que la decisión de la Academia Sueca no hace más que confirmar.

 

 

Brasil, bajo presión conservadora

La condena de cárcel impuesta a Luiz Inácio Lula da Silva tiene efectos políticos telúricos sobre el futuro político de Brasil y da vida a los fantasmas de un pasado no tan lejano, cuando las grandes fortunas del país y el Ejército se unieron por última vez para poner el Estado a su servicio. Es imposible sustraerse a la idea de que detrás de la prisión de Lula se esconde una flagrante manipulación de los hechos encaminada a desalojar del poder al poco menos que seguro vencedor de la próxima elección presidencial, sin que por lo demás exista un contrapoder efectivo en los tribunales para dejar al descubierto la corrupción sin límites en el campo conservador, en el núcleo de poder que desalojó a Dilma Rousseff de la presidencia y arropó después a Michel Temer. El triángulo de corrupción que mina las instituciones del país –los casos Odebrecht, Lava Jato y Petrobras– alcanza en igual medida al Partido de los Trabajadores (PT) y a la derecha; en los salones del poder han sido muchos los incapaces de sustraerse a la mordida, pero el empeño de los tribunales en la persecución de Lula pone de manifiesto que el expresidente fue, es y será la gran presa que quieren cobrar sus adversarios históricos, jueces mediante.

El veterano periodista Clovis Rossi se pregunta “¿cuándo se jodió Brasil?”, parafraseando a Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral –“¿cuándo se jodió el Perú”?–, y se responde; “En 1500, cuando llegaron los portugueses”. La respuesta no es más que una ingeniosa forma de afirmar que la política brasileña conserva la triste tradición del golpismo, la venganza personal y una dualidad social extrema. La división del tribunal (6 a 5) que ha condenado a Lula es el dato más reciente de la fractura irresoluble de una comunidad sometida desde tiempo inmemorial a desequilibrios intolerables. El asesinato de la activista y concejala de Río de Janeiro Marielle Franco no hace más subrayar la violencia endémica instalada en una sociedad muy fragmentada en la que los amortiguadores sociales solo funcionan de vez en cuando.

El comportamiento de una parte mayoritaria de los grandes grupos de comunicación durante la instrucción, el proceso y la condena de Lula es otro síntoma del clima de vendetta que se ha adueñado del escenario. “O Globo y Veja van a tener orgasmos múltiples con mi foto preso”, declaró Lula antes de entregarse. Y aunque la frase simplifica los hechos y elude cualquier eventual responsabilidad en la pervivencia de tramas de corrupción, se acerca al menos a lo dicho por estos dos medios y otros muchos, alineados en una persecución militante y sin tregua. Si O Globo se refiere al triunfo de los tribunales, Veja subraya en un titular Del sindicalismo a la cárcel; si alguien recuerda en una televisión que la presidencia de Lula rescató de la miseria a 50 millones de brasileños –una exageración estadística, seguramente–, el periódico O Estado de S. Paulo dispara contra la línea de flotación del presumible legado del expresidente: “La obra monumental del PT fue el montaje de un sistema de explotación colonialista del Estado para sustentar un proyecto de poder”.

Algo hay de cierto en cuanto se dice, pero se trata en todos los casos de medias verdades, informaciones y opiniones que eluden cualquier dato que las contradiga. Puede decirse que la pretensión de Rousseff de nombrar a Lula ministro a toda prisa para que evitara el proceso fue en su día un disparate; es cierto que las encuestas muestran el crecimiento de un fenómeno clientelar en los apoyos a Lula, perfectamente explicable como resultado inmediato de sus programas sociales, pero no lo es menos que le otorgan un mínimo del 35% en intención directa de voto frente a cualquiera de sus contrincantes si hoy se celebraran elecciones (en el caso del posible candidato ultraderechista y exmilitar Jaír Bolsorano le saca una ventaja de 20 puntos). Es posible, en fin, que el estancamiento de hoy sea fruto de la euforia de ayer, pero no lo es menos que Brasil, durante el mandato de Lula, se consolidó en el pelotón de cabeza de las potencias económicas emergentes.

Aunque ahora se descubran flaquezas en el despegue y aun tramas de corrupción que dañan el erario, no es menos cierto que la vitalidad de la economía brasileña al estallido de la crisis mundial fue motivo de análisis en todas partes. En el ejercicio correspondiente al año 2008, el siguiente a la crisis de las subprime y coetáneo de la quiebra del banco Lehman Brothers, el PIB del país creció el 7,5%. En los años siguientes, mientras las economías occidentales se deslizaban por la pendiente del decrecimiento, Brasil obtuvo la organización del Mundial de fútbol de 2014 y de los Juegos Olímpicos de 2016, dos acontecimientos que solo están al alcance de sociedades que pueden garantizar a la FIFA y al COI cuentas de resultados saneadas, al menos en el momento de concedérselas. Que hoy languidezcan las instalaciones construidas para aquellas dos grandes citas no hace más que subrayar la incapacidad de quienes en los dos últimos años se han ocupado más de ocultar sus vergüenzas y perseguir a sus contrincantes que de adecuar la economía brasileña al final de un ciclo expansivo.

Los comentarios amenazantes de algunos generales, con el espectro del golpe de Estado apenas oculto, completa un cuadro clínico que otras veces cercenó el desarrollo de una democracia asentada. El ambiente político en América Latina, tan cambiante los últimos años, tiende a privilegiar las alternativas autoritarias o simplemente conservadoras frente al reformismo social, mayoritario hace una década, y ahí los uniformados se mueven con destreza, mientras la base social del PT se deja llevar por la política de las emociones y la movilización, quizá menos dinámica que en el pasado y menos asistida de apoyos exteriores. Basta repasar la nómina de presidentes para concluir que al frente progresista le ha sucedido otro conservador, alentado además desde Estados Unidos por una Administración que favorece un cambio profundo en el ecosistema político latinoamericano.

Es posible que lo que Lula representa siga siendo un fenómeno digno de estudio en el campo académico, incluso cabe la posibilidad de que ni la cárcel ni las amenazas golpistas ni el comportamiento de los tribunales desanimen a la militancia del PT y al grueso de sus votantes, pero es difícil imaginar el futuro inmediato de Brasil en la órbita del líder condenado. Es más previsible, por el contrario, una complicidad expresa de diversos sectores de las finanzas, la política y la milicia para una solución que neutralice a los defensores de Lula, a los deseosos de que vuelva a Brasilia. Sea o no sea culpable Lula del delito por el que se le ha condenado, su regreso al puente de mando requiere tantos cambios en las casillas del tablero en que se juega la partida que se antoja algo poco menos que imposible verle disputar la presidencia una vez más.

El ‘Brexit’ siembra el pánico

La Unión Europea se tienta la ropa conforme se acerca el 23 de junio, esa fecha fatídica o punto de inflexión o de no retorno, depende de cómo se mire. El Brexit ha puesto las bolsas en un grito, ha desencadenado sombríos vaticinios en las finanzas mundiales si el Reino Unido deja la UE y ha movilizado a todo el mundo –instituciones, políticos, medios de comunicación– para evitar que las urnas confirmen las encuestas, según las cuales son mayoría los partidarios de la salida. Cómo afectará o corregirá el pronóstico la muerte de la diputada laborista Jo Cox a manos de un presunto ultra –Gran Bretaña primero– con problemas psíquicos es algo que escapa a los modelos matemáticos y a los análisis demoscópicos, y lleva quizá la campaña hacia los sentimientos a flor de piel, tan poco medibles.

El choque incruento de dos flotillas en aguas del Támesis, a favor y en contra de seguir en la UE, la refriega en los periódicos alentada por Rupert Murdoch, eurófobo sin fisuras, la reacción previsora de los técnicos del Banco de Inglaterra y del Banco Central Europeo para hacer efectivo un plan de choque si vence el Brexit, la intranquilizante política de recortes presupuestarios que anuncia George Osborne, el éxito de Nigel Farage, tan enaltecido por Murdoch, configuran un panorama desasosegante y, al mismo tiempo, bastante apegado a las tradiciones políticas británicas: nosotros y el continente; sus disputas y nuestra disposición a arbitrarlas. Y, a renglón seguido, el debate sobre la pertenencia a la UE pone de manifiesto la fractura de una sociedad en la que, en términos generales, los jóvenes (políticamente poco activos) se inclinan por quedarse y las generaciones que los precedieron (más resueltas a ir a votar) se sienten atraídas por el repliegue, por reconquistar los atributos de soberanía del pasado y contemplar las refriegas entre europeos desde la orilla norte del canal.

Claro que la crisis de identidad no es solo británica, también es europea o de la Unión Europea para mayor precisión. Porque al plantear siquiera la posibilidad de dejar la organización, el Reino Unido deja al descubierto la debilidad estructural o la descohesión que mina el proyecto político. Para los europeístas que, no sin cierta ingenuidad, creían que la adhesión a la EU era una carretera de sentido único, cuanto ahora sucede los coloca ante la evidencia de que nada es para siempre, y menos en política: es posible salir de la EU sean cuales sean los costes que tal operación puede conllevar. No solo eso: el europeísmo y la necesidad de pertenecer a una organización política –no solo económica– paneuropea han dejado de ser anhelos ampliamente mayoritarios (cuando menos, hay una minoría de disidentes o desafectos cada vez mayor).

Las conclusiones que pudieron sacar los electores británicos del referéndum de Escocia del 2014 apenas valen ahora. Si entonces se dijo que los beneficios y los perjuicios de la independencia inclinaron el voto del lado unionista, hoy ese cálculo pesa poco. A pesar de la caída de la cotización de la libra, de la alarma de los bancos, del apoyo de muchas grandes empresas a seguir en la UE, de la intranquilidad de la City, la mezcla de nacionalismo trasnochado y hartazgo con Bruselas se ha adueñado del escenario con evidente desparpajo. Aunque, como escribe Dominique Moisi y proclama el laborista Gordon Brown, “en realidad, el Reino Unido no tiene otra vía que seguir en la UE si desea asegurarse un porvenir digno de su pasado”. No tiene otro camino pensando incluso en la más que posible reacción que puede suscitar el Brexit en la sociedad escocesa, manifiestamente proeuropea, que muy probablemente exigirá poner de nuevo a votación la independencia para, de lograrla, iniciar de inmediato los trámites para ingresar en la UE.

En el compromiso de David Cameron de convocar un referéndum hubo siempre cierta disposición al desafío, aunque en su partido los síntomas de división eran más que manifiestos. Para muchos conservadores, fue un trago amargo acudir a la UE en 1973, aunque Edward Heath, el firmante de la adhesión, era uno de los suyos. Aquellos conservadores de hace más de cuarenta años que, al igual que muchos de sus compatriotas, seguían pensando como la mayoría de sus más ilustres antepasados que el galimatías o crucigrama continental era mejor observarlo y tutelarlo desde fuera, aquellos conservadores que vieron en la política de Heath un gesto de debilidad, son los padres de este otro galimatías o crucigrama de hoy. Cuatro décadas largas no son nada en términos históricos para cambiar una mentalidad política de siglos, y lo cierto es que el Reino Unido nunca se ha sentido cómodo en la UE, sumergido en las querellas de familia a las que tan habituado está el continente; nunca ha aceptado de buen grado que sus instituciones estén a merced de una superestructura política radicada en Bruselas no siempre descifrable.

Aun así, la cuestión o el asunto que se dilucidará el día 23 no será solo el ser o no ser británico en la Unión Europea, sino también el de la Unión Europea misma. El dilema shakespeariano no afectará solo al futuro del Reino Unido, sino también al del proyecto europeo. Abierta la veda de la fuga, nadie puede prever quiénes serán los siguientes en abandonar el barco o, al menos, en someter el caso a consulta a causa de la presión euroescéptica. Puede que no surjan imitadores, pero si aparece alguno –¿Dinamarca?, ¿Holanda?–, puede animar a otros o abrir otra veda, la de las adhesiones a la carta mediante la revisión de las vigentes, que es justo el camino contrario al favorecido por las llamadas cooperaciones reforzadas, que debían estimular la cohesión económica y política, y atraer a la larga a los europeístas más tibios.

Durante la campaña de las europeas de 1989, el politólogo Maurice Duverger, que salió elegido en una lista socialista, insistió varias veces en la necesidad de construir la europeidad poco a poco, con suavidad. Pensaba, seguramente con razón, que cualquier atajo podía alarmar a los custodios de los atributos de la nación, pero daba por descontado que no había socios dispuestos a retirarse, sino más bien una mayoría ansiosa de avanzar en un sentido unitario. Puede que así fuese entonces, incluso aceptando la propensión al escepticismo europeísta de las islas, pero es más aventurado suponer que los disidentes eran poco menos que una facción marginal. La cultura política del Estado-nación, tan difundida y alentada, era entonces tan sólida como ahora, se conservaba intacta y cobijaba en su seno los odios étnicos, el chovinismo nacionalista, los regionalismos y otros desafueros que justifican el pesimismo de George Steiner en La idea de Europa más que el optimismo de Mario Vargas Llosa en el prólogo a la edición española del libro.

Quizá incluso Cameron, con su carrera y liderazgo tan comprometidos, sea un euroescéptico, pragmático, eso sí. Porque si no fuese un europeísta accidental, habría hecho hincapié en la unidad de Europa como proyecto político, pero cuanto ha dicho y reiterado en campaña ha sido anunciar un apocalipsis económico si gana el Brexit, sin internarse en otros campos que le incomodan o por los que no quiere transitar. Porque si no fuese un europeísta a su pesar, forzado por las circunstancias, hubiese invertido más tiempo en europeizar a la opinión pública británica y bastante menos en renegociar los términos de la pertenencia a la UE, siempre tan en discusión, como si permanecer en ella fuese una necesidad ineludible, pero no un deseo. Que, por cierto, para Jo Cox sí lo era.

El Tea Party divide a los republicanos

“Han sido las dos mejores semanas del Partido Demócrata en los últimos tiempos porque estuvo fuera del centro de atención y no tuvo que mostrar sus ideas”.

Linsay Graham, senador republicano por Carolina del Sur

 Es difícil imaginar una operación política más desventajosa, estéril y arbitraria que la desencadenada por el ala ultraconservadora del Partido Republicano de Estados Unidos para poner al presidente Barack Obama contra las cuerdas. Aunque el parche aprobado por las dos cámaras del Congreso no es más que un remedio provisional, seguramente insuficiente, ha resultado vencedor el gran adversario a batir a ojos del Tea Party, ninguna de las exigencias republicanas ha llegado a buen puerto y, lo que es peor, una profunda división se ha adueñado del partido. Lleva razón un clásico del republicanismo conservador como el senador por Arizona John McCain cuando reclama, no sin retranca, que alguien le cuente qué ha sucedido.

Al mismo tiempo, la derrota republicana ha dejado al descubierto los límites del poder del Tea Party. Ha saltado por los aires la convicción de que las finanzas se sienten más cómodas con el liberalismo a ultranza de los ultraconservadores que con el intervencionismo moderado de la Casa Blanca: en realidad, para la trabajosa salida de la crisis, Wall Street prefiere un capitalismo ordenado a un crecimiento sin tutela. Voces tan influyentes como George Soros, Bill Gates y Warren Buffett han insistido en la necesidad de promover un capitalismo pautado, custodiado por un Gobierno solvente que pueda salir al rescate del sistema cuando zozobra, como sucedió en el bienio 2008-2009. Todo eso desoyó el Tea Party cuando creyó que podía supeditar la aplicación de una ley socializante como la de asistencia sanitaria, aprobada por el Congreso y en vigor, a través de la impugnación a las bravas de la política del presidente.

Publicado en el diario conservador ‘The Christian Science Monitor’.

El desenlace de esta crisis de perfiles a menudo grotescos ha resultado en una “rendición casi incondicional” de los republicanos, como subrayaron The New York Times y, con él, todos los medios liberales, incluso aquellos que optaron por la neutralidad, si es que esta fue posible mientras la Administración federal permanecía cerrada y se aproximaba el día en el que Estados Unidos se iba a declarar en suspensión de pagos. El tiempo que ha ganado la Casa Blanca para negociar y evitar que las crisis fiscales se conviertan en una tradición malsana es el mismo del que dispone el Grand Old Party (GOP), apodo del Partido Republicano, para restañar las heridas dejadas por la pugna interna. Tan urgente es para Obama encontrar una solución definitiva al riesgo de cierre gubernamental antes del 15 de enero y al techo de gasto antes del 7 de febrero, como para los republicanos evitar el desgaste de un nuevo espectáculo de radical intransigencia. Pero para superar la imagen dejada ahora precisan recuperar los conservadores –la extrema derecha, más apropiadamente– el sentido de la realidad, y aceptar que menos del 30% de la opinión pública secunda su comportamiento.

Por de pronto, el Tea Party ha suministrado abundante munición a los adversarios del GOP. En términos estrictamente contables, porque la crisis fiscal ha tenido un coste de 17.700 millones de euros (24.000 millones de dólares), equivalentes, según Standard and Poor’s, al 0,6% de la tasa de crecimiento calculada para el cuarto trimestre del 2013 (0,5%, según los cálculos de Moody’s). En términos políticos, las bolsas y el mercado de la deuda han secundado el enfoque demócrata del problema. En términos personales, porque figuras relevantes republicanas como John Boehner, presidente de la Cámara Representantes, y varios senadores de largo recorrido han visto erosionada su imagen a causa de la obstinación de los ultras, que han impuesto al Partido Republicano una estrategia de tierra quemada. Mientras tanto, Eric Cantor, estrella rutilante de los neo neocons en la Cámara de Representantes, y otros actores de la misma compañía han salido casi indemnes del lance gracias a su habilidad para prodigarse lo justo en público y limitarse a porfiar entre bambalinas.

Son minoría los que comparten hoy la reflexión de William Kristol, uno de los gurús del pensamiento neocon, en el semanario The Weekly Standard. Sostiene Kristol que, “incluso si se considera que el presidente ha obtenido esta semana una victoria a corto plazo”, sus efectos se desvanecerán rápidamente porque prevalecerán los del “lanzamiento catastrófico” del Obamacare, del Estado del bienestar, de la debilidad liberal en el extranjero, y “la gran arrogancia del Gobierno y el desprecio por el pueblo estadounidense”. Lo cierto es que en un país donde el 15% de la población –45 millones de personas– carece de seguro médico, es difícil imaginar una reacción generalizada contra la reforma sanitaria, salvo en medios que se han impuesto la misión histórica de acabar con Obama. Para la mayoría, el presidente ha impuesto su criterio y los demócratas han gestionado la crisis sin sufrir apenas rasguños. Aunque Boehner repita una y otra vez que quiso negociar hasta el final, “pero la respuesta siempre fue no, no, no”, la impresión que ha prendido es que los republicanos quisieron poner a la Administración a los pies de los caballos, aunque fuera a costa de provocar otra recesión.

Cartel de una de las campañas contra la reforma sanitaria. Arriba, recoge una frase de Barack Obama de septiembre del 2009: “No firmaré un plan que añada un solo céntimo a nuestro déficit, ahora o en el futuro”. Abajo, avanza el supuesto coste de la implantación del Obamacare, calculado en febrero del 2013: añadirá 6,2 billones de dólares a las estimaciones de déficit.

Si el principio de ejemplaridad forma parte del ethos democrático, y “escandalizarse demuestra la vigencia de la ejemplaridad”, de acuerdo con la formulación del filósofo Javier Gomá, entonces la reacción de la sociedad estadounidense se ha atenido a lo que cabía esperar, incluso admitiendo que el Tea Party no es un fenómeno pasajero o una anomalía política abrazada por una minoría. El paso de la “estupidez ideológica”,  citada alguna vez por Mario Vargas Llosa, a la banalización de la política, o al menos el intento de banalizarla en nombre de un individualismo sin fisuras, ha alarmado de tal manera a un segmento tan amplio y variado de la comunidad que el futuro del Partido Republicano pasa forzosamente por la revisión del reparto de papeles en su interior.

“La ley de la política, que es la ley del amigo-enemigo” –otra vez Gomá– se ha adueñado del debate, también en el campo demócrata, y conduce directamente a la fractura, a una configuración binaria de la realidad, con dos frentes irreconciliables que pretenden ocupar todos los espacios de poder para evitar el pacto, consustancial a la política en las sociedades complejas y los sistemas deliberativos. Y en este ambiente permanentemente crispado, como el de ahora mismo en Estados Unidos, surgen profetas de la desregulación, del Estado insignificante y del Gobierno maniatado, como Sheldon Adelson, zar del juego, los hermanos Charles y David Koch, magnates del petróleo, y otros activistas de la extrema derecha para quienes toda ley que limite sus negocios es excesiva, gastan millones de dólares en difundir la utopía reaccionaria y desprecian los instrumentos más elementales de redistribución de recursos.

Cuando Paul Ryan, destacado miembro republicano de la Cámara de Representantes, intenta delimitar los objetivos del partido –“poner la deuda bajo control, hacer una reducción inteligente del déficit y tomar medidas que pensamos harán crecer la economía y permitirán a la gente volver a trabajar”–, enumera objetivos tan sensatos como alejados de la praxis de las últimas semanas. De ahí la presunción ampliamente difundida de que lo que de verdad importaba era lograr que Obama doblara la rodilla. La sospecha es que la distancia entre las declaraciones solemnes y los movimientos sobre el terreno se debía –se debe– a la animadversión hacia el presidente por motivos no solo ideológicos, sino también por prejuicios raciales, eludidos siempre en intervenciones públicas, medios de comunicación y foros de toda índole, pero presentes aquí y allá en una atmósfera viciada por la herencia histórica de las tragedias asociadas al color de la piel. Dicho en pocas palabras: para el Tea Party, Obama constituye una presencia insoportable.

Echar la cuenta de cuál ha sido el coste de 16 días de incertidumbre nacional e internacional es algo que ocupará los análisis durante las próximas semanas. Pero cabe afirmar desde ahora mismo que la superpotencia ineludible no puede depender de los biorritmos ultraconservadores ni poner la economía mundial en jaque a causa de una legislación, la que regula el techo de gasto del Gobierno, que se remonta a 1917. Ni siquiera la posibilidad de que Obama se hubiese acogido a la sección cuarta de la 14ª enmienda de la Constitución –la validez de la deuda pública de Estados Unidos no se discute– habría zanjado la sensación de inseguridad colectiva. En primer lugar, porque es muy posible que, de haber escogido el presidente ese camino, el litigio habría acabado en el Tribunal Supremo; en segundo lugar, porque las medidas excepcionales son útiles para salvar una situación de riesgo, pero no suelen tranquilizar los espíritus. Lo que en verdad reclaman la UE, los inversores, las potencias emergentes, organizaciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial y, en general, todos los actores económicos de peso es que Estados Unidos deje de pasar la maroma cada pocos meses –verano del 2011, fin de año del 2012, ahora– porque, al hacerlo, perturba la salida de la crisis.

El momento para Obama no es el mejor para intentar que no se repita una secuencia de hechos como el de las últimas semanas. Sucede que el año próximo es electoral –se renuevan la Cámara de Representantes y un tercio del Senado– y, en el fragor de la campaña que se avecina, es difícil que alguien se atenga a la contención y renuncie a la sal gruesa, algo que conviene en toda negociación política. Pero sucede también que a partir de noviembre del 2014 el presidente será el pato cojo (lame duck), etiqueta aplicada al inquilino de la Casa Blanca durante los dos últimos años de su segundo mandato, cuando no puede aspirar a una nueva reelección. Sucede, en suma, que los republicanos, contra lo que aconseja la prudencia, pueden verse obligados a seguir los dictados del senador Ted Cruz, figura del Tea Party que aspira a disputar la presidencia en el 2016, pero antes debe demostrar que su intransigencia atrae votos y que el club del té puede fijar el rumbo de la nave con posibilidades de éxito. El plan de Cruz y los suyos tiene todas las trazas de ser un envite al todo o nada, algo que para Obama puede constituir un obstáculo insalvable para restablecer la confianza mediante la negociación de un programa presupuestario de una década de duración. Algo que es tan necesario para Estados Unidos como para el resto del mundo.

 

La seguridad fija la agenda

“El siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas, sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron”, ha escrito estos días Mario Vargas Llosa. A saber si la escuela del siglo pasado arraigó de tal manera en la mentalidad colectiva que el presente sigue sumido en el sectarismo ideológico, la supremacía de los comisarios políticos y la proliferación de estructuras opacas destinadas a controlar a los ciudadanos y a domeñar su voluntad mediante una mixtificación permanente de los hechos. Ahí está para enturbiarlos la diaria invocación a la seguridad, permanentemente amenazada, aunque las amenazas se desdibujan con harta frecuencia y en su lugar aparece la pugna por la consolidación de espacios de poder, de control de los recursos y de supremacía estratégica.

Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa: “El siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas, sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron”.

La seguridad se ha convertido en una herramienta multiuso que para todo vale. El recurso al espionaje, tan viejo como el Estado mismo, es un deporte universal que hace sonrojar a los reunidos en el G-8; la guerra de Siria se interpreta en términos de seguridad en la región, aunque los muertos pueden superar los 100.000; la victoria de Hasán Rohani en la elección presidencial de Irán se analiza a la luz de las doctrinas de seguridad en boga; la posibilidad de que Estados Unidos negocie con los talibanes en Doha, capital de Catar, se sopesa asimismo en términos de seguridad, y es de parecido tenor la justificación de Barack Obama para que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) husmee en la red. La gran paradoja es que las referencias permanentes a la seguridad transmiten una sensación de inseguridad global cada vez mayor y la seguridad preventiva se asemeja cada día más a los ojos de un Dios soberbio que todo lo ve.

El informe En defensa de un internet abierto, mundial, seguro y resistente, elaborado por encargo del think tank Council on Foreign Relations por un grupo de expertos entre los que figura John D. Negroponte, un diplomático estadounidense formado en la CIA, concluye: “Hay amenazas que viajan a través de internet y amenazas para internet. El ciberespacio es ahora una arena para la competición estratégica entre los estados, y un creciente número de actores –estados y no estados– utiliza internet en conflictos, espionaje y crimen. Las sociedades son cada día más vulnerables a las intromisiones en energía, transporte, comunicaciones y otras infraestructuras esenciales que están conectadas a través de la red de ordenadores”. Pero en la conclusión no se menciona que las intromisiones alcanzan al control sobre el uso que de la red hacen ciudadanos de todo el mundo y, por esa razón, la amenaza no se limita a la competencia entre adversario, como puede deducirse del informe: la diplomacia ha hecho muy poco para conciliar el punto de vista de quienes opinan que la gestión de internet debe estar en manos privadas y la de aquellos que “quieren un papel más fuerte para los estados en el gobierno del ciberespacio bajo los auspicios de las Naciones Unidas y de la Unión Internacional de Telecomunicaciones”.

Foessel

Portada del libro ‘Estado de vigilancia’, del filósofo francés Michaël Foessel, editado en el 2011.

Hay una diferencia fundamental entre la propuesta de reducción de armas estratégicas hecha en Berlín por Obama para mejorar la seguridad colectiva y ese otro reino de las sombras que ejecuta las intromisiones en la red, los ataques cibernéticos y el escudriñamiento de los ordenadores: la necesidad de empequeñecer los arsenales nucleares remite a una realidad tangible; el funcionamiento de los mecanismos de seguridad a través de la utilización del ciberespacio traslada el debate a un mundo inaprensible al que todos debemos someternos. Los cálculos sobre seguridad aplicados a los conflictos calientes o a las zonas de roce entre contrincantes son cada día mayores porque se mantiene una inestabilidad subyacente con puntos de atención concretos en el hemisferio norte que van de Libia a Corea del Norte, de Turquía a Pakistán, de China a Estados Unidos y viceversa, de Siria a Afganistán y del golfo Pérsico a todos los mercados energéticos. Y ese panorama de desequilibrios de largo alcance se ve agravado por la imposibilidad material de establecer unas reglas del juego en el control del ciberespacio aceptadas por el grueso de la comunidad internacional: “Un gran acuerdo que incluya cuanto atañe a los productores de contenidos y a los innovadores tecnológicos es igualmente improbable –afirman los autores del informe citado más arriba–, así como entre democracias liberales y Estados autoritarios”.

Para los contribuyentes, que con sus impuestos costean los aparatos de seguridad, resultan literalmente incomprensibles la guerra en el ciberespacio y las artes de los espías que se enseñorean de la red. Pero hoy es del todo insuficiente reducir las complejidades de las relaciones internacionales y de la gestión de los conflictos al lenguaje convencional anterior a la revolución telemática. En el análisis de Paul D. Miller, exintegrante del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, sobre el futuro que se vislumbra en Afganistán, las referencias incluyen “la estabilidad de Pakistán y la seguridad de sus armas nucleares”, la necesidad de controlar a los talibanes y evitar una guerra civil en Afganistán, la obligación de combatir el tráfico de drogas y de neutralizar la influencia de Irán; toda la exposición está destinada a explicar por qué su país debe mantener su presencia en el corazón de Asia, y para ello recurre a un léxico que es familiar al lector no iniciado.

Rohani

Hassán Rohani, presidente electo de Irán: “No tenemos más opción que la moderación”.

Por el contrario, las sutilezas de los memorandos acerca de cómo debe encararse la guerra preventiva contra los grupos terroristas asociados al conflicto afgano, redactados por especialistas de la CIA, la NSA y otras agencias federales de seguridad de Estados Unidos, escapan por completo a la lógica de los ciudadanos. Aunque, paradójicamente, son las excursiones de los espías por la red –con el espionaje militar en primer lugar– las que más afectan a los usuarios sin que estos lo sepan, porque son esas prácticas las que hacen saltar por los aires el derecho a la privacidad y vulneran la libertad de expresión al someter a control generalizado el contenido de las comunicaciones.

En Estado de vigilancia, publicado en el 2011, el filósofo francés Michaël Foessel desarrolla dos conceptos que se complementan:

  1. Todo sucede como si, aun conservando un sentido político, la seguridad viniera a resumir el conjunto de las expectativas que se puede albergar de forma legítima respecto al Estado.
  2. Los pensadores modernos de la política elevan el deseo de seguridad al rango de “primer motor” de la institución política.

Cuando oradores tan distintos y distantes como Barack Obama, Mahmud Ahmadineyad –y su sucesor, Hasán Rohani– colocan la seguridad en el centro de todos los discursos parecen empeñados en dar la razón a Foessel sin necesidad de que el auditorio deba recurrir a la política ficción de películas como Minority report, relato inquietante de una sociedad técnicamente capacitada para anticipar el futuro y que dispone de una policía dedicada a detener a los delincuentes antes de que delincan. O quizá ya llegó ese día en Guantánamo, donde siguen encerrados hombres a los que Estados Unidos considera peligrosos para su seguridad, aunque no se ha formado causa contra ellos porque no se les ha podido probar la comisión de acto criminal alguno.

NSA

Cuartel general de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos en Fort Meade (Maryland).

Por razones diferentes y no intercambiables, en el seno de un Estado democrático liberal con más de dos siglos de vida y en una República teocrática muy alejada de un régimen de garantías, tanto Obama como Ahmadineyad recurren a la seguridad para reforzar la legitimidad de sus actos en territorios cuyo acceso probablemente debieran tener restringido. En un caso, porque la Constitución consagra la libertad de opinar, moverse y relacionarse de los individuos; en el otro, porque el programa nuclear enfrenta a Irán con la comunidad internacional y acrecienta la inseguridad de sus vecinos. Que las opiniones públicas de Estados Unidos e Irán se manifiesten fundamentalmente de acuerdo con el comportamiento de sus gobernantes, siquiera sea porque han interiorizado las servidumbres del paradigma securitario, no reduce el alto coste que en materia de libertad pagan las sociedades que aceptan la seguridad como primera referencia.

En el análisis que de la elección de Rohani publicó Thomas Erdbrink en The New York Times, resultó inevitable la referencia al plus de legitimidad para el líder supremo, Alí Jamenei: “Si la elección fue una victoria para los reformistas y los votantes de la clase media, sirvió también a los objetivos conservadores del líder supremo, restaurando con una pátina de legitimidad al Estado teocrático, proporcionando una válvula de seguridad a un público angustiado por años de problemas económicos y aislamiento, y permitiendo el regreso de un clérigo a la presidencia”. Un religioso surgido del aparato del régimen –fue el primer responsable de la negociación del programa nuclear– cuya divisa es esta: “No tenemos más opción que la moderación”. Eso incluye cambiar la orientación del programa nuclear, dar garantías a la comunidad internacional y configurar una nueva política de seguridad. En este sentido, los especialistas Christophe Ayad y Serge Michel son categóricos: “Los electores han rechazado la intransigencia del régimen con el dosier nuclear, que ha conducido a Irán al borde de la quiebra”.

“En el momento en que se hace razonable, el miedo adquiere el estatus de pasión política. La banalidad securitaria se funda sobre esta equivalencia entre un miedo que busca la tranquilidad y un Estado que responde a esta exigencia con los medios de la soberanía”, sostiene Michaël Foessel. Pero ¿existe realmente una sensación generalizada de miedo o más bien son los estados los que alimentan el miedo y acto seguido se afanan en neutralizarlo? ¿Se trata de una de tantas profecías confirmada por los mismos que la formularon? ¿Responde el despliegue de seguridad a una exigencia de los ciudadanos o a una necesidad de las estructuras de poder de los estados? Si así fuese, ¿el Gran Hermano sería algo más que la pesadilla lúcida de un escritor? No hay forma de saberlo.

El ‘boom’ del ‘boom’, año 50

La reedición de Los nuestros, de Luis Harss, fresco premonitorio del boom literario latinoamericano, permite realizar un ejercicio semejante al de asistir a la proyección de un documental que, rodado hace medio siglo, hubiese adelantado con insólita precisión la realidad de nuestros días. Porque la selección de autores que hizo Harss en los primeros años 60, esos diez escritores a los que unió bajo un solo título en la edición de su libro en 1966, son hoy autores indiscutibles más allá de que se les pueda considerar integrantes del boom o precursores del mismo. Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joao Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, ordenados así por el joven e inquieto Harss, constituyeron el elenco de un canon seminal al que, con la perspectiva que dan el tiempo y las lecturas, cabe añadir a Adolfo Bioy Casares, José Lezama Lima, José Donoso, Ernesto SabatoAugusto Roa Bastos, incorporados para siempre a la historia de la narrativa.

Los nuestros

Portada de la reedición de ‘Los nuestros’, de Luis Harss.

“La década del sesenta puede muy bien ser un momento decisivo. Nuestra novela está todavía a prueba. Es demasiado pronto para saber si las pocas figuras realmente notables que asoman en las penumbras son una casualidad o una promesa. Pero si la diferencia entre un accidente y una tradición está en el encadenamiento del esfuerzo común, el futuro se ve propicio”, escribe Harss al presentar la reedición de Los nuestros. Aquel futuro propicio se construía sobre los cimientos sólidos de títulos como La invención de Morel (Bioy Casares, 1940), El Señor Presidente y Hombres de maíz (Asturias, 1946 y 1949, respectivamente), Pedro Páramo (Rulfo, 1955), Hijo del hombre (Roa Bastos, 1960), Sobre héroes y tumbas (Sabato, 1961) y la desmesura renovadora y erudita de Borges, que en 1961 publicó su primera Antología personal. Así se llegó a 1962: aquel año prodigioso, Vargas Llosa ganó el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros, Carpentier publicó El siglo de las luces y Fuentes, La muerte de Artemio Cruz. Acaso sea aquella conjunción astral del 62 la que lleva ahora a conmemorar los 50 años del boom, aunque en años sucesivos siguiera la exuberante sucesión de obras maestras –Rayuela (Cortázar, 1963), Paradiso (Lezama Lima, 1966), Cien años de soledad (García Márquez, 1967), El obsceno pájaro de la noche (Donoso, 1970)–, de forma tal que, en un atrevimiento a la altura de las dimensiones del fenómeno, se empezó a hablar del siglo de oro de la letras hispanoamericanas. Cuando Roa Bastos publicó Yo el supremo en 1974, el atrevimiento se antojaba cada día menos desaforado.

La ciudad y los perros

Edición de bolsillo de ‘La ciudad y los perros’, de Mario Vargas Llosa.

¿Qué desató aquellas fuerzas ocultas en la espesura de una narrativa que durante el siglo XIX y los primeros decenios del XX reunió muy pocos títulos para retener en la memoria? El escritor mexicano Jorge Volpi afirma: “Poco importa si sus antecedentes se encuentran en el romanticismo alemán o en Carpentier, en la fantasía borgiana o en Asturias, en los cuentos infantiles o en Rulfo: el realismo mágico a la García Márquez es la invención más contagiosa surgida de nuestras tierras”. Para los interesados, esa invención contagiosa se remonta a la herencia de Miguel de Cervantes, al influjo de los barrocos, a los universos paralelos de William Faulkner, de Ernest Hemingway, de John Dos Passos, al acopio de experiencias personales contadas en un lenguaje liberado de artificios. Todos, de una forma u otra, aceptan la sentencia de Benedetto Croce recogida por Borges en la conferencia ¿Qué es la poesía?, pronunciada en Buenos Aires en 1977: “El lenguaje es un fenómeno estético”.

Antonio Muñoz Molina lo resume en una frase: “Creo que trajeron simplemente una nueva forma de contar, una relación más libre con el idioma. Siempre lo he comparado a la llegada de la influencia de Rubén Darío a principios del siglo XX”. En esa liberación del idioma como instrumento tiene acomodo la larga digresión de Carpentier sobre el estilo barroco, contenida en una entrevista de 1977 con el periodista Joaquín Soler Serrano. “El estilo barroco, ¿por qué?”,  se preguntó el autor cubano. La respuesta abundó en la correspondencia entre el entorno y el relato: “Porque estamos rodeados de una naturaleza exuberante y barroca. Porque el barroquismo es un lujo en el arte, no es decadencia (…) El barroco se produce, por el contrario, en momentos de máxima fuerza”. Y siguió más adelante: “El barroco es un lujo de la creación (…) Somos escritores de expresión barroca porque yo creo que el barroco corresponde a la sensibilidad americana”.

La muerte de Artemio Cruz

Edición de bolsillo de ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes.

Entre el parecer de Borges y el de Carpentier no hay diferencias a pesar de su gran distancia ideológica. Borges navegó entre dos aguas durante la cruel dictadura militar de Videla y allegados; Carpentier estuvo comprometido con la revolución cubana desde la primera proclama. Borges cruzó con frecuencia las arenas movedizas del elitismo social; Carpentier procuró hacer justo lo contrario. Pero, en última instancia, los dos compartieron el sino del lenguaje como “fenómeno estético”. “La grandeza implica la totalidad”, declaró Sabato a Soler Serrano en otra entrevista memorable de 1977, y así se encontró pisando el mismo terreno del “instrumento ajustado a lo que se quiere expresar”, según definió Carpentier el lenguaje barroco. A pesar de lo cual, Sabato siempre consideró “una osadía ponerse a escribir” después de Cervantes.

Luis Harss afirma en Los nuestros, al abordar la distancia ideológica de Borges con la mayoría de escritores de los primeros días del boom, que el empeño de los más jóvenes se atuvo a la acción social, mientras que el fabulador argentino, nacido en 1899, se embarcó en “el inmenso proyecto de exploración que es el descubrimiento de una ciudad [Buenos Aires]”. Siguiendo por el sendero de Harss, bien pudiera corresponderle a Borges el título de segundo fundador de Buenos Aires, pues fue el conquistador Diego de Mendoza, en 1532, quien la fundó en primera instancia. Si bien se mira, fue Borges quien dio a la ciudad los atributos y distintivos históricos al escribir Fervor de Buenos Aires y La brújula y la muerte. Y fue así porque colocó en la historia a aquella inmensidad urbana surgida entre otras dos inmensidades, el océano y la pampa. Todo esto lo desarrolla el mexicano Carlos Fuentes en un capítulo de La gran novela latinoamericana, en cuyas páginas aventura que llegó un día en que Buenos Aires exclamó “por favor, verbalícenme”, y allí estuvo Borges para hacerlo con la rotundidad inconmensurable de un demiurgo.

El siglo de las luces

Edición de bolsillo de ‘El siglo de las luces’, de Alejo Carpentier.

Los méritos atesorados por Borges en la empresa de fundar de nuevo Buenos Aires fueron semejantes a los contraídos por Carpentier al afrontar idéntica empresa en la densidad húmeda de La Habana, una coincidencia más en la peripecia personal de dos escritores tan aparentemente lejanos. Al dar a la literatura La ciudad de las columnas, Carpentier puso a La Habana en la historia con tanto ahínco como lo hicieron sus primeros fundadores en 1519 entre dos inmensidades no menores a la vecindad bonaerense, pues surgió La Habana de cara al mar y de espaldas al manto inabarcable de la manigua cubana. Carpentier puso a La Habana en la historia porque desarrolló un relato que solo es posible allí. Así como Buenos Aires fue otro Buenos Aires a partir de la intervención literaria de Borges, así también pasó por la misma experiencia La Habana, sometida al trance refundador de Carpentier. La tarea de ambos escritores es fiel al punto de vista de Carlos Fuentes: “Las culturas son su imaginación, no sus archivos”.

La originalidad de Borges y Carpentier reside en que cumplieron con la misión refundadora en el seno de espacios concretos y tangibles a diferencia de lo que hizo García Márquez en Cien años de soledad, pues Macondo es un espacio mitológico dentro del cual es posible construir un relato fundacional sin ataduras con la historia. “Si una cultura no logra crear un tipo de imaginación, resultará históricamente indescifrable”, escribió Lezama Lima, alentador de las eras imaginarias. El propósito extraordinario de García Márquez fue empezar de cero para comprenderse a sí mismo y comprender a sus semejantes más próximos. “El tema lo llevaba dentro desde hacía años. Incluso lo había intentado expresar en un par de ocasiones, pero me reconocía poco preparado y lo abandoné. Era mucha su envergadura para mis escasas posibilidades, hasta que me encontré seguro y me puse a escribir como un obseso”, le contó García Márquez a Robert Saladrigas en 1968 y hoy es posible volverlo a leer en Voces del ‘boom’, selección de 21 entrevistas publicadas en la revista Destino entre los últimos años 60 y los primeros 70.

Cien años de soledad

Primera edición de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez.

¿Por qué festejamos este hipotético primer medio siglo del boom? Un motivo: “Fue una corriente de aire fresco y la demostración de que se podía escribir en español de una forma menos academicista de lo habitual en España”, declara Javier Marías. Otro motivo: “Con esas obras América Latina (como una entidad cultural y geográfica propia) adquirió un lugar reconocido en el imaginario internacional literario, realmente por primera vez”, dice el periodista estadounidense Jon Lee Anderson. Un tercer motivo: desde aquellos días de descubrimiento hasta hoy, las sociedades latinoamericanas han nutrido con nuevas generaciones la empresa literaria. Y, con ellas, han surgido voces críticas autorizadas por su propia experiencia personal, autores inducidos a ponerse a salvo de los aduladores. “Los escritores del boom aceptaron demasiadas invitaciones, demasiados viajes. Hay cierto aspecto de compañía del poder que me parece que puede ser negativo y que puede llegar a un cierto cinismo”, declaró el autor mexicano Juan Villoro después de recibir el Premio José Donoso 2012. ¿Es posible evitar la vecindad del poder en la aldea global? Veamos qué sucede durante los próximos 50 años.