Un conflicto existencial

Pareciera que las últimas señales emitidas acerca de un posible pacto no son otra cosa que una maniobra de distracción de Rusia, otra más, porque no hay el menor atisbo o señal de que Vladimir Putin considere siquiera la posibilidad de detener la guerra. Antes al contrario, persevera en torturar a las ciudades y en reclutar mercenarios aquí y allá para encubrir –otra maniobra de distracción– el ostentoso fracaso militar de haberse atascado en una guerra en la que su Ejército es infinitamente superior al ucraniano. No hay analista militar, excepción hecha de los que hablan en nombre del Kremlin, que no llegue a la conclusión de que todos los supuestos a partir de los cuales el presidente de Rusia dio la orden de ataque se han revelado erróneos y han contribuido a encarnizar la lucha, a acrecentar su crueldad intrínseca, a martirizar a una población sin mayor capacidad de resistencia que su heroísmo desgarrado.

De ahí que algunas actitudes acomodaticias y vicarias, como la del patriarca de Moscú, Kiril, resulten especialmente inmundas. Porque aunque es sabido que la jerarquía de la iglesia ortodoxa rusa es más proclive a acomodarse al Kremlin que a atenerse a los evangelios, no deja de sorprender que se prodigue en justificar lo injustificable, convertida en valedora del nacionalismo más descarnado y agresivo. Es imposible dar con un resorte diferente a la naturaleza nacional de la iglesia de Kiril, miembro prominente desde el púlpito de la propaganda y las campañas de intoxicación dirigidas a la opinión pública rusa.

Si tal proceder forma parte de la vertiente híbrida de la guerra en curso o es otra cosa importa menos que el hecho en sí. Porque en el caso del patriarca, como en de los medios de comunicación sometidos a control estricto del Gobierno ruso, la responsabilidad de crear un estado de opinión favorable a la invasión es mucho mayor que el alineamiento manifiestamente interesado de los oligarcas, enriquecidos a la sombra de los muros del Kremlin. Se da por descontada la inmoralidad reiterada de los segundos, con sus negocios y fortuna opacos, y resulta sorprendente en el caso del primero por la naturaleza de su cargo.

“El mundo está entrando en una nueva y peligrosa fase de conflicto existencial”, sostiene Mark Leonard, director del European Council on Foreign Relations, y es muy posible que tal conflicto se agrave si, como resultado del desarrollo y desenlace de la guerra en curso, algunas certidumbres morales salen muy dañadas. Como tantas otras veces, la distinción entre víctimas y verdugos no ofrece dudas y moviliza a una opinión pública conmovida por la tragedia, pero si las componendas al día siguiente del final de la batalla sobrepasan el índice de tolerancia social o si la guerra se enquista en forma de conflicto crónico, cabe temer que crezca de nuevo con vigor inusitado la desconfianza hacia los gestores públicos. Por decirlo de la forma más llana posible, una posguerra de paños calientes o una guerra sin fecha de caducidad pueden activar el salto del conflicto existencial al escepticismo generalizado.

El centenario Edgar Morin ve en las sociedades europeas de hoy “un sonambulismo generalizado” parecido al que se apoderó de ellas en el periodo 1933-1940, un fenómeno que hace creer a los sonámbulos que todo puede seguir más o menos como antes de la guerra –como antes del ascenso al poder del nazismo en 1933–, cuando lo más verosímil es que todo sea diferente, que se configure un espacio de coexistencia más que de convivencia, expuesto a tensiones y desencuentros periódicos, salvo que algo suceda en Rusia que cambie la naturaleza del poder instalado en el Kremlin. Casi ochenta años después, un párrafo del editorial del primer número del diario Le Monde, escrito por su fundador, Hubert Beuve-Méry, conserva una insólita vigencia: “Nuestra época no es de esas en las que uno se pueda contentar con observar y describir. Los pueblos se ven arrastrados por un raudal de acontecimientos tumultuosos y trágicos de los que todo hombre, lo quiera o no, es actor a la vez que espectador”.

Bien es verdad que los compromisos públicos adquiridos por la OTAN y la Unión Europea, por Estados Unidos y sus aliados, son bastante diferentes de la absurda credulidad que guió los pasos de Neville Chamberlain y Édouard Daladier hacia el acuerdo de Múnich, pero es también cierto que los engranajes de la economía global son los que son, con un entramado de intereses cruzados, complicidades y contradicciones difícilmente superables. La prueba del nueve de cómo están las cosas es la adecuación sin decirlo de China a los cinco puntos para la coexistencia pacífica redactados por Zhou Enlai en 1953 para atenuar la tensión con la India, que incluyen la “no interferencia en asuntos internos de otros países”: de momento, Xi Jinping entiende que Ucrania forma parte de los asuntos internos rusos y se limita a no interferir (se abstiene cuando en las Naciones Unidas se votan las resoluciones más hirientes para Rusia).

Si China actúa así y aplica con denuedo “la igualdad y beneficio mutuos”, otro de los cinco puntos, es a causa de su necesidad de mantener la puerta abierta en todos los mercados occidentales y, al mismo tiempo, conservar a Rusia como “socio estratégico” después del acuerdo Xi-Putin del 4 de febrero en el que algo debió hablarse del propósito ruso de invadir Ucrania. Puede parecer la cuadratura del círculo activar sin daños este doble frente, pero quizá tal malabarismo forme parte de la economía global, de la dependencia europea en determinados sectores –energético, agrario, nuevas tecnologías–, de igual forma a como Alemania se rearma y, al mismo tiempo, sigue recibiendo gas ruso por el gasoducto Nord Stream 1 y pagándolo, lo que no deja de ser un balón de oxígeno para Putin.

Quizá el comportamiento chino sea una forma posmoderna de adecuación al momento, aunque con mimbres antiguos, y la del patriarca Kiril sea una modalidad muy antigua de justificar la sangría en nombre de Dios –“fuerzas del mal” llama a los combatientes ucranianos”–, aunque con los instrumentos que proporciona la abundancia de medios para envenenar la opinión pública. Y quizá los europeos debamos encarar el conflicto existencial que plantea la guerra como un seguro cambio radical en el futuro vislumbrado a la salida de la pandemia, mellado lo venidero por un presente sumido en la penumbra, con toda seguridad menos confortable.

La UE, en busca de su futuro

Vuelve la Unión Europea a preguntarse quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos con el desasosiego propio de un proyecto en crisis, consecuencia directa de una sociedad en crisis. Se preguntan los gestores de la UE si hay que seguir como hasta ahora para alcanzar un destino enigmático o indescifrable, si conviene volver al pasado del mercado único y poco más o es más atinado admitir que hay europeísmos y europeísmos y, en este caso, aceptar que quizá la respuesta se halle en una Europa a dos velocidades, aunque se ponga en riesgo la unidad de acción. Así cabe resumir las cinco opciones de futuro contenidas en el Libro blanco aprobado por la Comisión Europea y que deposita en manos de los estados para que sean sus gobernantes quienes indiquen el camino a seguir.

El procedimiento es razonable, pero los precedentes son desalentadores. En una atmósfera de pesimismo y provisionalidad a causa de las elecciones a la vista –Francia (abril-mayo) y Alemania (septiembre)–, cabe esperar un análisis confuso de los gobiernos, seguido de las consabidas discrepancias entre los grandes estados de la mitad occidental de la UE, el escepticismo del norte y el muy difuso europeísmo de los socios del este, metidos de hoz y coz en la recuperación del relato nacionalista que interrumpieron la segunda guerra mundial y las servidumbres de la guerra fría (dependencia de la Unión Soviética, economía planificada, partido único, etcétera).

Lo deseable sería que la cumbre convocada en París por François Hollande para reunir a Francia, Alemania, Italia y España en un debate que dé respuesta a la pregunta qué hacer fuese asimismo el punto de partido para sanear el ambiente, pero la debilidad de los convocados –un presidente con los días contados (Hollande), una cancillera al parecer declinante (Angela Merkel), un primer ministro de perfil bajo (Paolo Gentiloni) y Mariano Rajoy (presidente de un Gobierno minoritario)– presagia poco más que un catálogo de buenas intenciones, que no evitará los recelos de los no convocados, tan contrarios siempre a la concreción de un núcleo duro. Y a pesar de esa desconfianza y después del Brexit, la historia induce a pensar que sin un equipo directivo capaz de sobreponerse a las rivalidades nacionalistas, la UE tiende a desnaturalizarse, a aceptar como irremediable la cicatería de los europeístas a su pesar –Polonia, Hungría, la República Checa y otros–, las arengas populistas y el aplazamiento sine díe de la idea de unión entre diferentes.

La pregunta “¿quién gobernará en un mundo roto?”, formulada hace unas semanas por el profesor Dirk Helbing, puede trasladarse a Europa con pequeños retoques: ¿quién gobernará una Europa que tiende a romperse? Hay demasiadas amenazas en el horizonte para soslayar una respuesta imperiosamente necesaria, para corregir la distancia cada vez mayor entre las pulsiones de la opinión pública y las decisiones de los gobiernos (recuérdese la manifestación de Barcelona, tan reciente), para devolver a la política europea el prestigio que en su día tuvo mediante su capacidad para reinventarse.

La opinión muy extendida de que el poder está cambiando de manos a toda prisa a causa de la transformación de la economía, la degradación del Estado del bienestar después del hundimiento del universo comunista y el éxito momentáneo del modelo chino de expansión debiera llevar a la UE a algo más que a redactar un Libro blanco y sumergirse en la lógica estéril de las cumbres encadenadas que nada resuelven. Porque la claudicación de los grandes bloques ideológicos –democristianos, socialdemócratas y liberales– frente a los requisitos de las finanzas globales ha dañado la idea primigenia de los padres fundadores: el compromiso social para corregir las desigualdades. Ni siquiera se habla del capitalismo compasivo (días de Ronald Reagan) o de la refundación del capitalismo (excesos verbales de Nicolas Sarkozy), sino más bien del sometimiento de los programas políticos a las imposiciones de un modelo económico sin fronteras que escapa al control de las instituciones, cuando no condiciona su funcionamiento.

El vaticinio de Mark Leonard, director del European Council on Foreign Relations, de que los países occidentales deberán plantearse en un futuro inmediato la restitución del orden liberal frente al orden de facto surgido al margen de él, implica directamente a la UE frente al enfoque imprevisible que Donald Trump puede dar al asunto, secundado por el Gobierno de Theresa May, embarcada en reforzar una relación privilegiada con Estados Unidos al tiempo que negocia la deserción de la UE. Eso incluye subrayar el compromiso social de la organización y el de cada uno de sus estados, incluso en apartados tan incómodos para la contabilidad general como lo es el griego. Porque quizá es posible el futuro de la UE sin Grecia en términos superestructurales, o con Grecia convertida en un enfermo crónico, pero es improbable que en tal caso se restaure el prestigio institucional de la UE, ahora muy dañado por una resolución de la crisis que ha dejado demasiadas víctimas por el camino.

“Contra lo que solemos pensar, la historia se repite siempre, solo que se repite de formas tan distintas que a veces es difícil reconocerla. Ahora ni siquiera es difícil: ahora, sobre todo después de que los británicos hayan cometido el disparate de aislarse de Europa, como si fueran españoles del siglo XVII, y después de que los norteamericanos le hayan entregado el poder a un demagogo siniestro, casi se ha convertido en un cliché comparar nuestra época con la de los años treinta, hasta el punto de que algunos historiadores se han sentido obligados a recordar las diferencias entre ambas”, dijo el escritor Javier Cercas el 7 de diciembre al recibir el Premio al Libro Europeo por El impostor. Cercas ha dicho con frecuencia que “una Europa unida es la única utopía razonable”, y, claro, hay diferencias entre la pestilencia los años treinta y los populismos vociferantes de nuestros días, porque los colchones sociales, aunque averiados, siguen ahí. Pero si la UE se pliega a exigencias que aumenten el censo de vulnerables –ya son legión y no paran de crecer–, entonces todo es posible, incluso que se haga realidad el juego de palabras de George Bernard Shaw, citado por Cercas: “Lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia”. Para el caso, la vuelta a una Europa dislocada y sin peso, incapaz de desagraviar a los sacrificados en el altar de la austeridad y de una visión meramente contable de la UE.