Esperando a Marine Le Pen

Los resultados obtenidos por el Frente Nacional (FN) en la primera vuelta de las elecciones regionales celebradas en Francia el día 6 no hicieron más que confirmar que Marine Le Pen, más pronto que tarde, puede ser una candidata con posibilidades reales de ganar la presidencia de la República. El hecho de que la abstención llegase el último domingo al 50%, voto más voto menos, y el vaticinio de las encuestas para la segunda vuelta de este fin de semana, que otorgan a la derecha y a la izquierda tradicionales capacidad de reacción para moderar la victoria de la extrema derecha, son datos insuficientes para no admitir que el viento sopla de popa en el campo ultra mientras que para sus adversarios sopla de frente. El cansancio político se ha adueñado de una parte de la Francia profunda, de aquella que ve con desconfianza, cuando no con temor, la articulación de una sociedad multicultural, con riesgos cada vez mayores de fractura, con el pacto republicano puesto en discusión por minorías cada día más activas, menos dispuestas a asumir como propios los valores constitutivos de la nación.

Nada de eso es poca cosa en una comunidad poseída históricamente por el debate político y el don de la palabra. De ahí la sorpresa de muchas voces que critican a los socialistas y a los seguidores de Nicolas Sarkozy, su propensión a las soluciones de emergencia cuando se tuercen unas elecciones y su nula disposición a analizar qué sucede en Francia hoy sin perderse en estériles discusiones ideológicas o, lo que es peor, en rectificaciones sobre la marcha encaminadas a neutralizar a la extrema derecha mediante propuestas inspiradas en la prédica ultra. Así los republicanos de Sarkozy, con su conservadurismo extremo, y así también el insistente recurso de François Hollande a la palabra guerra a partir del ataque terrorista de París del 13 de noviembre.

“A riesgo de parecer ciegos y sordos, el primer ministro [Manuel Valls] y el presidente de los republicanos [Nicolas Sarkozy] han cerrado secamente la puerta a todo examen de conciencia inmediato y se han parapetado en su postura de ‘mejor fortaleza’ ante el Frente Nacional”, se afirma en un editorial del diario progresista Le Monde. No hay sitio para la autocrítica, todo se aplaza hasta después de la segunda vuelta, pero entonces, habida cuenta de que las elecciones regionales apenas atraen el interés de los electores, es improbable que alguien vaya más allá de la retórica. Mientras, Marine Le Pen pronostica que el auge de los suyos contaminará el comportamiento electoral de otros países hasta poner en jaque la idea misma de la unidad europea, que la extrema derecha, ultranacionalista y xenófoba, denuesta mañana, tarde y noche.

Nadie puede llamarse a engaño: Francia es uno de los pilares esenciales del proyecto europeo y Martín Schulz, presidente de la Eurocámara, está en lo cierto cuando afirma que la multiplicación de resultados como los de Francia pone en peligro la construcción europea. La suposición expresada por Sarkozy en el periódico conservador Le Figaro de que los suyos “son la única alternativa creíble” resulta tan discutible como el convencimiento de Valls de que el posibilismo del Gobierno corregirá la tendencia de un electorado cada día más alejado de las fuerzas convencionales, de las que creen, quizá equivocadamente, que serán ellas las que se disputarán la jefatura del Estado la primavera del 2017.

Hay suficientes instrumentos de análisis sobre la mesa para pensar que el futuro puede ser muy otro. Después de los impactos de la diversidad cultural, de la zozobra de la crisis económica y de los síntomas de fractura social, el periodo transcurrido entre el atentado contra Charlie Hebdo y la noche de pesadilla del 13 de noviembre, más la crisis de los refugiados y la concentración de simpapeles en Calais, han llenado de argumentos el zurrón de la demagogia populista del Frente Nacional, en una atmósfera de inseguridad colectiva y de crisis de identidad. Si se dijo en el 2002, cuando Jean-Marie Le Pen disputó el sillón del Eliseo a Jacques Chirac en la segunda vuelta de la elección presidencial, que el éxito del líder ultra respondía a la reacción de una sociedad envejecida y asustada por un futuro incierto, ¿qué decir hoy, a qué atribuir ese lento, pero permanente afianzamiento de Marine Le Pen como cabeza visible de un segmento social cada vez más amplio?

Una respuesta verosímil se encuentra en el reportaje publicado por el semanario de izquierdas L’ObsLe Nouvel Observateur para los clásicos– antes de la primera vuelta de las regionales. Consistió en una recopilación de las opiniones de doce nuevos electores del FN que dio pie a una conclusión de quien lo firmaba: “De entrada, su carburante, el motor de sus sentimientos, aquello que los arroja en brazos de Marine Le Pen, ha quedado desvelado: el miedo. Siempre, en todas partes”. En el último número del mismo semanario, Jean Daniel llama a votar para evitar que cambie completamente el rosto de Francia, para que no quepa preguntarse a partir del lunes, “al cruzarse con alguien en la calle, si él es o no un elector del FN”. Pero el miedo está ahí y el escepticismo también, ese estado de ánimo que induce a muchos a quedarse en casa y a entender su ausencia de las urnas como un castigo al establishment.

Otra respuesta verosímil se oculta detrás de la campaña de relaciones públicas emprendida por la líder de la extrema derecha para limar las aristas más cortantes del programa de su partido y para alejarse de la figura de su padre, compendio absoluto del peor pasado de Francia. El Frente Nacional ha dejado de tener a ojos de muchos el perfil ominoso de la extrema derecha; se ha convertido en una formación nacionalista conservadora, con algunas inquietudes sociales y dispuesta a poner a salvo de la globalización, de la unidad europea, de la multiculturalidad y del mestizaje los rasgos esenciales de Francia. Se ha despoblado a ritmo constante el bando de cuantos, desde diferentes registros ideológicos, creen que la llegada de Marine Le Pen a la presidencia cambiaría el ADN de la República más allá de todo cálculo; la hija de Jean-Marie Le Pen no es la figura exótica que fue su padre desde 1974, cuando se presentó por primera vez a unas presidenciales, y hasta el 2002.

A muchos a quienes el futuro les inspira miedo, el Frente Nacional no se lo da. Por el contrario, ven en él la estabilidad emocional y cultural que asocian con el pasado, cuando debates aventados hoy por todos los partidos como los silbidos durante la interpretación de La Marsellesa en un campo de fútbol, el uso del velo, la discriminación social o la islamofobia, por citar solo algunos, apenas traspasaban los muros de los recintos académicos. Y esos añorantes del pasado esperan que la primavera del 2017 sea la de Marine Le Pen, la de su llegada al Eliseo para preservar la nación de quienes están dispuestos a disolverla, suelen decir, en un universo que les resulta indescifrable.

Europa precisa un rostro humano

El anodino debate del jueves por la noche entre Miguel Arias Cañete (PP) y Elena Valenciano (PSOE) no hubiese pasado de ser una incursión superficial por el laberinto de la política española, con la variedad del debatiente-lector de apuntes, si no hubiese sido por “el error no forzado” –Montserrat Domínguez en El Huffington Post– del susodicho al soltar al día siguiente en Antena 3 una perla para la historia de las perlas: “Si haces abuso de superioridad intelectual, parece que eres un machista que está acorralando a una mujer indefensa”. Este disparate cósmico ha salvado el debate del olvido, aunque no ha remediado la ausencia de Europa del sumario intercambio de pareceres, como si la posibilidad de recurrir a Europa como excitativo de entusiasmos políticos fuese una batalla perdida y solo los asuntos de casa fuesen un caladero seguro para cobrar algunos votos el día 25.

Pero hubo algún momento en que los adversarios se salieran del guion nacional, en especial cuando la candidata socialista se refirió a la necesidad de dar a Europa un rostro humano. Los espectadores más veteranos y soñadores debieron dejar que la imaginación volara hasta el socialismo con rostro humano al que aspiró Alexander Dubcek en la Checoslovaquia de 1968; los más pesimistas debieron dejarse llevar por los recuerdos del desastre final, con los tanques del Pacto de Varsovia en las calles de Praga. Los más jóvenes quizá se acordaron de las primaveras más recientes, de desenlace desigual, especialmente de las árabes, de futuro muy incierto. Todos, en cualquier caso, tuvieron ocasión de sopesar, aunque solo fuera por un instante, la necesidad y la conveniencia de una primavera europea que acabe con la sensación cada vez mayor de que la institucionalización de Europa es un proceso hecho a espaldas de los ciudadanos, al servicio de la economía global y destinado a descoyuntar el Estado del bienestar.

En esa hipotética primavera, los gestores europeos estarían obligados a reconocer los errores cometidos, la angustia provocada por una austeridad asfixiante y la desafección estimulada por la imposición de programas de efectos insoportables. Humanizar Europa debería ser una forma de acabar con la coartada de los recortes o la ruina, utilizada por el establishment conservador para imponer un modelo que liquida el pacto social con las clases medias y deja a los ciudadanos más vulnerables frente a las patas de los caballos. Si, como ha dicho el profesor Henry Kissinger, “la demonización de Vladimir Putin no es una política, es una coartada a falta de una política”, la austeridad sin contrapartidas oxigenantes es también una coartada a falta de una política capaz de diseñar un futuro creíble y capaz de generar complicidades.

Hay, en cambio, una obcecación destemplada en la derecha europea cuando, por boca del candidato del PPE a presidir la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, insiste en la necesidad de dar continuidad a las políticas que devastan la Europa social y en la conveniencia aún mayor de perseverar en la austeridad. Como si no existiera otra forma de desenredar la madeja; como si las advertencias y los análisis con otra orientación no fueran más que digresiones académicas para discutir en un seminario de verano. “El éxito económico no asegura la paz, pero el fracaso económico y la desintegración casi garantizan el conflicto. Les corresponde a los líderes de las principales naciones resolver cómo lograr un crecimiento económico más rápido y sostenido”, afirma Lawrence Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos, en un artículo publicado en El País. No parece que sus opiniones tengan muchos adeptos en Europa a juzgar por la contumacia en aceptar un crecimiento raquítico y un paro catastrófico.

Lo peor del caso es que los socialdemócratas, principales adversarios del PPE, parecen fundamentalmente resignados a pasar por las horcas caudinas a pesar de contar con un candidato a presidir la Comisión, Martin Shulz, casi siempre brillante y con un acendrado espíritu crítico. Esa es al menos la sensación que transmiten a un electorado cansado de generalizaciones y que no encuentra en ellos el impulso renovador, de humanización de Europa, invocado por Valenciano. Se trata de un estado de ánimo de alcance europeo, no solo español, que parte de una convicción que nadie ha sido capaz de demostrar que no se ajusta a la realidad: existen unas reglas del juego económico, unos apriorismos financieros, que nadie modificará sea cual sea la futura mayoría parlamentaria.

Se da así un problema de credibilidad en el conjunto de la UE, que estos días es especialmente visible en Francia. “Austerófilos en Francia (pero chitón, no es preciso pronunciar la palabra, es tabú), austerófobos en Europa, he aquí la gran diferencia a la que deben entregarse los socialistas”, escribe Roland Greuzat en Le Nouvel Observateur, el gran semanario de la izquierda europea, muy crítico con el programa puesto en marcha por el socialista Manuel Valls. ¿Quién puede imaginar que el mismo partido que se ha entregado a la poda presupuestaria en París, urgido por Alemania y allegados, exigirá programas expansivos en Bruselas junto con los otros partidos socialdemócratas? Si eso hace, entrará en flagrante contradicción consigo mismo, salvo que alguien esté en condiciones de demostrar que unas mismas siglas pueden defender a la vez dos programas diferentes e incompatibles, y aun aplicarlos.

Como el propio Summers ha escrito para reclamar un compromiso a las grandes potencias destinado a defender el orden internacional, estas “nunca pueden ir de farol”. “Cuando lo hacen –ha subrayado–, cuando sus intenciones son inciertas, se las somete a examen. Cuando se las somete a examen, surgen las preguntas, y la posibilidad de conflicto aumenta”. Puede aplicarse esta regla a los partidos que utilizan dos varas de medir, dos barajas o eslóganes diferentes según sea la obra que representan.

Si las votaciones habidas en el Parlamento Europeo durante la última legislatura sirven de orientación, resulta que el grupo socialista disiente del popular solo en el 30% de lo hecho, un porcentaje muy pequeño a poco que se piense en algunos de los momentos vividos durante los últimos cinco años: rescates, primas de riesgo estratosféricas, destrucción acelerada de empleo, osadía de los defraudadores fiscales a pesar de todo, presión migratoria, debilidad exterior y varios etcéteras para que los rellene cada lector a su gusto. Pareciera que la Europa esotérica, de los pactos entre bambalinas y los intereses creados desde siempre, se impone a la exotérica, la de las declaraciones en los debates y los grandes principios del humanismo que inspiraron a los padres fundadores, pero que inquietan bastante poco a sus nietos.

Mientras el economista francés Thomas Piketty ha abierto un gran debate intelectual y político con su libro El capital en el siglo XXI, donde desarrolla la idea de que las fuerzas dominantes del capitalismo causan desigualdad e inestabilidad, y no pocas mentes brillantes se han sumado a la discusión, en la Europa política se desaprovecha una campaña crucial para abrir el melón de la asimetría en la distribución de ingresos y rentas, meollo de los problemas de la Unión Europea. Uno de los lectores de Piketty más crítico con su obra, Robert J. Schiller, nobel de Economía el año pasado, le reconoce el mérito de haber dado un grito de alarma convincente en cuanto a los riesgos que entraña la generalización de la desigualdad. Y otros seguidores de Piketty se preguntan si puede Europa ser una gran potencia sin enfocar la salida de la crisis de forma diferente a como lo ha hecho hasta ahora, el ahondamiento en una economía dual, con un norte rico y un sur relativamente pobre, sometido a la lógica y las necesidades del norte.

No hay forma de que se oiga hablar de esto en la campaña en curso salvo en aquellas candidaturas que de antemano saben que su peso en el Parlamento Europeo será pequeño. Y, sin embargo, es esta la base de cualquier proyecto que permita a Europa tener un rostro humano. La vaguedad argumentativa, por el contrario, no compromete a nada, convierte los debates en un pimpampum de barraca de feria y aleja a los ciudadanos de las urnas o los tienta a ir con sus penas a candidaturas que fían su éxito en el empeoramiento de Europa. He aquí otro riesgo, como lo describe Ian Buruma: “El atractivo del populismo es su afirmación de que bastaría con que pudiéramos ser otra vez dueños de nuestros propios países para que mejorara sin lugar a dudas la situación”. Se trata de una falacia, pero gana adeptos todos los días.

La UE sale al paso del soberanismo

“Si quiere saber qué alimenta el fenómeno actual de los catalanes, que exigen su propio referendo sobre la independencia, remítase a la doctrina Clinton: ‘Es la economía, estúpido’”. Así ve el caso catalán y, por extensión, el escocés, el editorialista del diario digital The Scottish Times, defensor de la causa soberanista, al analizar la razón última de la movilización en curso. Claro que alude a la lengua como seña de identidad de primer orden, pero concentra el análisis en el agravio fiscal, el empobrecimiento de las clases medias y el paro juvenil desbocado para responder a los porqués del momento, a ese ovillo en el que se entrecruzan las simplificaciones partidistas con la crisis de los partidos, el oportunismo populista con el sectarismo ideológico y la radicalización de posiciones antagónicas, viscerales, que llenan el debate de ruido.

En el seminario Formació de nous estats al món del segle XXI?, organizado esta semana en Barcelona por el Centre d’Estudis Històrics Internacionals, se habló bastante de economía porque no hay forma de rehuir la materia, de no situarla en el centro del debate y de no atenerse a tres datos esenciales: la economía catalana funciona en relación permanente con la española y con la de la UE, la pertenencia a la UE es fundamental para el futuro económico de Catalunya y el euro es la divisa irrenunciable. En ese campo no hay sitio para el nacionalismo romántico, la remisión a una hipotética edad de oro situada en algún lugar de un pasado remoto y la construcción de un relato idealizado de las razones que asisten a los soberanistas. Caben, eso sí, datos, cifras, tratados, leyes y compromisos políticos. Y, para pasar de los ejercicios teóricos a la política de las cosas, se precisa llevar el balón al suelo y jugar al pie, que es tanto como renunciar a los malabarismos, dar por inevitables ciertas contradicciones, controlar los excesos verbales y garatizar la isegoría (igualdad en el derecho a hacer uso de la palabra), reclamada recientemente por el profesor Manuel Cruz en nombre de la higiene democrática.

La ira como parte de la tradición europea, según la discutida y discutible aproximación del alemán Peter Sloterdijk, marca una dirección estéril, prepolítica, y la simplificación de los problemas, también. Es mejor ser sistemático, como lo fueron en el seminario los profesores Joan Vintró y Carles Boix, que desarrollaron puntos de vista sujetos a controversia, pero con fundamentos técnicos, que caer en la lógica facilona de las analogías y las comparaciones. Entre estas, dos aparecen con frecuencia para explicar qué cabría hacer en la eventualidad de que no fuese posible un ingreso de Catalunya en la UE sin grandes preámbulos. La primera hace referencia a que sería posible imitar el camino emprendido por Kosovo, negociar una asociación, que permite soslayar el requisito de la aprobación por unanimidad de cualquier nueva adhesión (artículo 49 del Tratado de la Unión Europea). La segunda sirve para recordar que Montenegro dispone del euro sin formar parte del Eurogrupo (se omite siempre el dato importantísimo de que Montenegro está excluido del gobierno y de la gestión del euro).

El PIB de Catalunya es 62 veces mayor que el de Montenegro y 41 veces mayor que el de Kosovo.

El PIB de Catalunya es 62,4 veces mayor que el de Montenegro y 41,4 veces mayor que el de Kosovo.

En ambos casos se elude el dato más importante: las dimensiones de las economías kosovar y montenegrina permiten adoptar estas soluciones de excepción –y, por excepcionales, no aplicables a otras situaciones–, pero la envergadura de la economía catalana (véase el cuadro comparativo) obliga a excluir el cataplasma como tratamiento de emergencia. No es posible establecer analogías entre el problema catalán y los parches balcánicos, entre un tejido económico y social consolidado, con una compleja red de intereses, y otras realidades diminutas y en construcción, por describirlas de formar contenida. Hay, además, un factor político ineludible: una Catalunya independiente sería la parte desgajada de un socio de la UE; los estados balcánicos son creaciones ex novo surgidas de la descomposición de Yugoslavia.

A mayor abundamiento, la proliferación de portavoces de la UE con diferentes responsabilidades y coloraciones ideológicas no deja lugar a dudas: la independencia conlleva la salida de la UE, que no la expulsión, puesto que Catalunya no forma parte del club como entidad diferenciada de España y, por lo tanto, su ingreso formó parte del de España en 1986 y no obedeció a un tratado de adhesión específico. El último en despejar dudas ha sido Hannes Swoboda, presidente del Grupo Socialista en el Parlamento Europeo: ha dicho que Catalunya no puede “crear nuevos conflictos y esperar que todo el mundo la acepte en la UE”. No es el “jamais, jamais, jamais”, dicho por un político socialista francés a principios de año en una foro restringido, ni el “never during my life”, pronunciado en la misma época y en parecidas condiciones por un funcionario alemán, asimismo socialista, pero es una buena vara de medir si se relaciona además con la posibilidad de que Martin Schulz, socialdemócrata alemán, se convierta en presidente de la Comisión Europea a la vuelta de unos meses.

El fragor de la discusión en el seno de los partidos con varias almas obedece en gran medida a esa realidad cada día más concreta, a la certidumbre de que la independencia abre incógnitas que van mucho más allá de la política de las emociones, la Via Catalana y el género épico. Mientras los partidos sin nada que perder en el debate y mucho que ganar en las urnas se entregan a una alocada carrera de propuestas encaminadas a sacar pecho –Rosa Díez y su Unión Progreso y Democracia, por ejemplo–, los socialistas afrontan la realidad de las divergencias entre el alma catalanista (PSC) y la española (PSOE), agitados por la elocuencia hiriente de Alfonso Guerra, y en CiU el alma nacionalista moderada teme que el partido enfile el camino de secesión sin posibilidad de dar marcha atrás. “La radicalización de CiU puede inquietar a una parte –no mayoritaria, pero sí sustancial– de su electorado”, ha escrito Joan Tapia.

Hannes Swoboda (izquierda) y Martín Schulz, presidente del Grupo Socialista del Parlamento Europeo y presidente de la Cámara, respectivamente.

Solo un replanteamiento de las relaciones Catalunya-España que excluya la independencia permite abordar el problema sin poner en duda la continuidad de Catalunya en la UE. Puede que para el sector mayoritario del soberanismo movilizado, que propende a un planteamiento binario del problema –independencia sí-independencia no–, el establecimiento de un nuevo marco de referencia dentro de España sea una alternativa inaceptable. Pero cualquier otra alternativa entraña empezar de cero con la UE, negociar el tratado de adhesión, algo que sería de una gran simplicidad técnica, pero también de una gran dificultad política, y, por último, ir en busca de la unanimidad de los estados, en principio impensable, incluso si, como algunos especialistas defienden, los procesos de separación de España y de negociación con la UE se desarrollaran de forma simultánea.

Lleva razón el profesor Alain G. Gagnon, de la Universidad de Quebec en Montreal, al considerar que “el café para todos ya no puede funcionar, es una injusticia”. La solución federal, dice Gagnon, “si no resuelve el problema, por lo menos sirve para aprender a vivir juntos”. “El problema es –añade– cómo vivir juntos sin desaparecer”. Se refiere a cómo preservar la identidad, pero el resultado federalizante, que no federal, de la Constitución española de 1978, necesitada de reforma, lleva a pensar que el riesgo de desaparición se contrarresta mediante la consagración –ahora insuficiente– de la diversidad y la disponibilidad de recursos suficientes. El federalismo ha sido un modelo cohesionador y diferenciador al mismo tiempo, puesto en práctica en lugares muy distintos y distantes, en estados monolingües y plurilingües, entendido aquí y allá como una fórmula que plantea con frecuencia conflictos funcionales, pero es eficaz y garantiza una praxis política con una gran exigencia democrática.

Entonces ¿a qué obedece la oposición a la reforma constitucional para convertir el modelo federalizante de 1978 en otro nítidamente federal? Quizá la respuesta está en el planteamiento nacionalista flamenco, resumido por Joan Vintró: “Los partidos flamencos se plantean un debilitamiento progresivo del Estado belga”, una alternativa cuya consecuencia final puede ser la independencia, pero que no incorpora un planteamiento independentista a priori. Frente al federalismo cohesionador surge así el fantasma del federalismo disgregador, y de ahí nacen muchos recelos: de la misma manera que la autonomía ha sido una estación intermedia, el federalismo también puede serlo, con este nombre o cualquier otro, piensan los adversarios de reformar la Constitución y alumbrar un nuevo pacto político.

El juego de presunciones de futuro y recelos del presente alimenta la creencia en una parte relevante de la opinión pública catalana de que cualquier planteamiento no independentista es inviable a causa de la cerrazón del Estado. En la lógica soberanista, el pacto fiscal tuvo su momento –muy breve–, pero ha quedado superado por la realidad de las multitudes en movimiento, y toda fórmula intermedia –tercera vía o como se llame– entre seguir como hasta ahora o certificar el divorcio no es más que una componenda que queda muy lejos del futuro deseado. Pero surge entonces la realidad de la UE, de las exigencias de la UE, de las declaraciones de muchos de sus responsables, se serenan los ánimos unos días y luego, vuelta a empezar, salpimentado todo con conflictos de protocolo, azuzados por ambas partes, propios de una comedia de enredo representada en un escenario batido por el viento solano de la crisis económica. Sin esa hecatombe abrasadora que ha entrado en su sexto año sin señales de mejora más allá de los datos macroeconómicos, puede que la tormenta de emociones tuviese efectos menos devastadores y hubiese más espacio para la política entendida como el arte de pactar. Y puede también que la obsesión por decidir y la aversión a debatir, invocadas por Manuel Cruz, sumaran menos adeptos de los que ahora agavillan.

Entre el ‘colapso’ y el crecimiento

A los indómitos predicadores de la austeridad a toda costa les aparecen adversarios por todas partes dentro y fuera de Europa. Mientras la cancillera de Alemania, Angela Merkel, y sus economistas de cabecera imparten doctrina y la recesión se adueña del futuro –el calificativo de “impresionantes” aplicado con Wolfgang Schäuble a las medidas adoptadas por el Gobierno de Mariano Rajoy se antoja más un sarcasmo que un elogio–, crece el bando de los partidarios de estimular el crecimiento y dejar de escuchar solo a los fundamentalistas del ajuste fiscal, alias recortes, que han impuesto un diktat innegociable. El énfasis que ponen en sus recomendaciones es más decidido que los proyectos de reactivación económica tímidamente apoyados por los agitprop de la germanización de la economía europea, cuyos efectos son de momento demoledores. Frente a la aniquilación sin pausa del Estado del bienestar proponen abrir la escotilla de las medidas de estímulo para evitar la asfixia. Claro que tal camino discurre en la dirección contraria a la utopía neoliberal, instalada en el puente de mando de la crisis: reducir el Estado a su mínima expresión mediante la jibarización de sus atribuciones.

Obama y Summers

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y Lawrence Summers, en la Casa Blanca.

El último detractor de la austeridad sin paliativos es Lawrence Summers, profesor de la Universidad de Harvard, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos (1999-2001) y expresidente del Consejo Nacional de Economía con Barack Obama (2009-2010). El diagnóstico de Summers, contenido en un artículo difundido el 30 de abril en la red por The Huffington Post, abunda en las mismas ideas expresadas por personalidades de registros tan diferentes como el nobel de Economía Paul Krugman y la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde: “Los altos déficits son mucho más un síntoma que una causa de los problemas. Y el tratamiento de los síntomas y no de las causas es generalmente una buena manera de hacer que un paciente empeore (…) La causa de los problemas financieros de Europa es la falta de crecimiento. En cualquier situación financiera en la que las tasas de interés son muy superiores a las tasas de crecimiento, la espiral de los problemas de la deuda queda fuera de control. El enfoque correcto para Europa se encuentra en el crecimiento. En esta situación, una mayor austeridad es un paso en la dirección equivocada”.

John Maynard Keynes cabalga de nuevo a través de los consejos de Summers, que da la razón a Lagarde. “Habrá que estar atento para no matar el crecimiento”, ha dicho al Financial Times la directora del FMI. Lagarde no hace más que reiterar lo declarado el 10 de febrero a Les Échos, el periódico económico francés de referencia: “Los políticos denuncian la insuficiencia de las medidas de austeridad tomadas (…) Y, al mismo tiempo, estiman imperativo relanzar el crecimiento con medidas de apoyo financiero”.

Tim Jackson

Tim Jackson, autor de 'Prosperidad sin crecimiento'.

El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, que no es precisamente un keynesiano desbocado, considera “muy difícil” para los países europeos alcanzar los objetivos que se han fijado –reformas estructurales y reequilibrio de las cuentas públicas– sin crecimiento. Li Keqiang, viceprimer ministro chino, apenas oculta su intranquilidad al prometer que “China continuará estudiando medios posibles y eficaces para cooperar con las partes implicadas a fin de hacer una contribución conjunta para ajustar el problema de la deuda soberana de Europa”. Al mismo tiempo, los analistas certifican que en el transcurso del mes de abril se ha contraído de nuevo la actividad industrial y el índice PMI (Purchasing Managers Index), que mide las compras en el sector de las manufacturas, ha bajado del 47,7 en marzo al 45,9 en abril, el peor desde el 2009. Con la vista puesta en el futuro, el Instituto de Estudios Fiscales del Reino Unido prevé que “el peso de la deuda” generada por el presente periodo de recesión puede prolongarse hasta más allá del 2030, según recoge el profesor Tim Jackson, de la Universidad de Surrey, en el libro Prosperidad sin crecimiento.

Summers se apoya en las “comparaciones sistemáticas”: las medidas políticas de reducción del déficit con relación al PIB entre un punto y un punto y medio o un aumento equivalente de los impuestos recortan el PIB entre el 1% y el 1,5%. Sigue Summers: “En esencia, los recortes del déficit tendrán un efecto desproporcionadamente adverso sobre el PIB (…) Estas consideraciones se multiplican en el ámbito continental”. La recesión en España y el Reino Unido, los datos que maneja el FMI y las estadísticas de destrucción de empleo dadas a conocer por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) parecen darle la razón. Al cruzar todas las cifras se concreta el riesgo de sacrificar toda una generación en el altar de la austeridad. De momento, hay suficientes indicios para temer que la desaceleración en los países periféricos –sobre todo en España e Italia, que en conjunto representan más del 20% del PIB nominal de la UE– se extienda a Francia y Alemania, según una encuesta efectuada por la consultora Markit entre directores de compras de grandes empresas.

“El enorme éxito de Alemania de los últimos años se ha logrado al convertirse en un exportador neto a gran escala –escribe Summers–, que no habría sido posible sin los préstamos a gran escala y las importaciones de la periferia de Europa. La periferia no puede tener éxito en reducir sustancialmente su endeudamiento a menos que Alemania siga políticas que permitan contraer su superávit (…) Solo si se restablece el crecimiento, el euro puede aguantar y los europeos, resolver sus problemas financieros”. George Soros, que no bebe en fuentes keynesianas, sostiene lo mismo con meridiana sencillez: “Hace falta también una agenda de crecimiento para la zona del euro”.

Paul Krugman

Paul Krugman, autor de '¡Acabad ya con esta crisis!'.

Se trata de moderar los ímpetus de los austeríacos, tal como explicaba el 29 de abril Josep Maria Ureta al reseñar en EL PERIÓDICO el último libro de Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis! ¿A quién se tilda de austeríaco? El término fue acuñado en inglés –austerian– por Robert Parenteau, funde las palabras austerity y Austrian School of Economics  –Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, entre otros– y tiene el siguiente significado, recogido en el texto de Ureta: “Dícese de los partidarios de una política fiscal centrada en el déficit antes que en la creación de empleo, una política monetaria que combata obsesivamente el mínimo signo de inflación y que eleve las tasas de interés incluso frente al desempleo elevado”. Exactamente lo contrario de los remedios que propone Krugman: más gasto y mayor equidad Norte-Sur, que Alemania sea más expansiva si quiere recuperar lo que su banca prestó a España y a otros socios de la UE.

Los consejos de Krugman están enraizados en la historia de Estados Unidos y en la realidad del momento, porque las políticas de estímulo aplicadas desde el bienio 2008-2009 han dado algunos resultados llamativos que en Europa no se adivinan ni por asomo. Pero no son tan radicalmente solo estadounidenses como para considerar el punto de vista del nobel absolutamente incompatible con la situación europea. El programa de François Hollande, que el lunes puede ser presidente de Francia, no está tan lejos de la música de fondo neokeynesiana; el centro griego se encuentra muy cerca de porfiar por el equilibrio entre austeridad y crecimiento, aunque el resultado de las legislativas puede configurar un Parlamento ingobernable; la socialdemocracia alemana apunta en parecida dirección y si Angela Merkel sale debilitada de las elecciones en Renania del Norte Westfalia, el 13 de mayo, lo hará más; incluso Mariano Rajoy ha reclamado con sordina políticas europeas de crecimiento.

¿Hace falta un nuevo Plan Marshall en el seno del cual tengan cabida austeridad y crecimiento? De momento, hace falta que el estado mayor de la eurozona admita que el camino elegido por Europa es por lo menos insuficiente para levantar cabeza, conviene que ponga en duda la ortodoxia calvinista que impera en nuestros dies irae y que reconozca que la dieta alemana sienta bien casi en exclusiva… a Alemania. Carmelo Cedrone, profesor de la universidad romana de La Sapienza, sostiene en el diario económico Cinco Días: “Tenemos ante nosotros un plan concreto (la emisión de eurobonos), disponemos del marco jurídico e institucional necesario y resulta evidente que los europeos no quieren renunciar a su modelo económico y social. Se dan cita todos los elementos para un cambio de modelo (…) excepto por la voluntad política”.

Si falta esta voluntad política, para la emisión de eurobonos o para concretar alguna otra fórmula que estimule la economía y fortalezca el euro, sin renunciar al ajuste fiscal, pueden hacerse realidad los temores expresados por Alexis Papachelas en las páginas del diario conservador griego I Katimerini: “Si Francia es el objetivo de los mercados después de una victoria del candidato presidencial François Hollande, esto también tendrá efecto en España e Italia, y puede hacer muy difícil para Berlín y Bruselas tirar de Grecia. De nuevo, Grecia correrá el riesgo de convertirse en el Lehman Brothers de Europa”. Unos temores que no son muy diferentes de los enumerados por Antonio Polito en Corriere della Sera, el gran diario conservador del norte de Italia: “Los mercados han castigado primero el poco rigor de los países deudores, después han castigado el exceso de rigor impuesto a los países deudores, y ahora parecen temer que los electores detengan las políticas de rigor”.

Martin Shulz, presidente del Parlamento Europeo, expresó en los Desayunos de Primera Plana del último miércoles una preocupación cada día más extendida: “Por primera vez, estamos en una situación en la que la Unión Europea puede fracasar”. Y cabe añadir que, de producirse, no se tratará solo de un fracaso económico, sino también moral, porque millones de ciudadanos deberán soportar más “sufrimientos absurdos”, según acertada expresión utilizada en este diario por José Carlos Díez, y porque la retórica al uso “libera de responsabilidad” de cuanto ha sucedido hasta hoy “al sistema financiero y a su flagrante desregulación, imputando la culpa de la crisis a los que son sus víctimas”, tal como ha escrito en EL PERIÓDICO el profesor Xavier Martínez Celorrio. Si la cumbre europea de junio es algo más que un baile de salón, algún cambio de rumbo debería vislumbrarse.

En realidad, reclamar políticas de crecimiento no es el colmo de la heterodoxia, sino todo lo contrario. El profesor Jackson, en el libro citado con anterioridad, se refiere al crecimiento como algo consustancial al sistema capitalista: “La respuesta a la pregunta de si el crecimiento es esencial para la estabilidad sería: sí, en una economía basada en el crecimiento, este es esencial para alcanzar la estabilidad. El modelo capitalista no dispone de una vía sencilla para lograr un estado estacionario. Su dinámica natural lo impulsa hacia uno de estos dos estados: la expansión o el colapso”. Más que de colapso –una mala traducción del término inglés collapse– habría que hablar de derrumbe, hundimiento o caída, pero, hecha esta salvedad, hay que admitir que la línea argumental de Jackson es perfectamente coherente y se ajusta a todos los precedentes históricos. Además, la proletarización de la clase media a través del desmantelamiento del pacto social alumbrado en Europa después de la segunda guerra mundial, lleva directamente al colapso o, lo que es aún peor, a una crisis en la escala de valores de las sociedades democráticas avanzadas (véanse los éxitos cosechados por la extrema derecha xenófoba y antieuropeísta en países tan diferentes como Francia, Holanda y Finlandia). El presidente Barack Obama sabía muy bien qué estaba en juego al inicio de su mandato, en el 2009, cuando insistió en que urgía acudir al rescate de la clase media para evitar males mayores.