La crisis migratoria, una crisis moral

La marcha atrás de Donald Trump en el caso de los menores, hijos de inmigrantes, separados de sus padres y encerrados a menudo en jaulas no neutraliza la naturaleza deshumanizada de las políticas dictadas desde la Casa Blanca para combatir los flujos de migración irregulares. Al mismo tiempo que Estados Unidos anuncia que se retira de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU por ser una instancia “hipócrita y egoísta”, particularmente parcial en contra de Israel, el presidente ha dado muestras de un desprecio absoluto por los derechos de los más vulnerables, decidido a utilizar cuanto esté en su mano para mostrarse como el más duro de los duros. En realidad, debería decirse el más insensible de los insensibles.

Lo peor del comportamiento de Trump, injustificable y sin otro objetivo que contentar a sus electores y sacar partido de las contradicciones del sistema, lo más pernicioso es que crea escuela, alienta a neofascistas como el ministro del Interior de Italia, Matteo Salvini, e inspira las políticas xenófobas de dirigentes como el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. Nada pueden ni las consideraciones morales ni los datos objetivos de informes que subrayan el efecto positivo de las migraciones en sociedades envejecidas como las europeas –el último de ellos, del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia–  cuando de lo que se trata es de explotar políticamente la peor versión de la política de las emociones, de los padecimientos de los sectores más deprimidos de una sociedad –la estadounidense, la italiana, la húngara o cualquier otra– para mantener en marcha el taxímetro de los votos. La explotación de sentimientos primarios ha sido siempre un resorte de movilización política que en nuestros días se manifiesta como un dinamismo preocupante.

La posibilidad de habilitar bases militares de Estados Unidos para alojar a inmigrantes entrados en el país de forma irregular mientras se decide si procede su expulsión resulta tan humanamente discutible como el proyecto europeo de crear campos de acogida de inmigrantes económicos y potenciales refugiados fuera de las fronteras de la UE. Si de hecho el acuerdo con Turquía para que almacene a tres millones de migrantes de todas clases ha convertido a los estados europeos en rehenes –potenciales al menos– del Gobierno de Recep Tayyip Erdogan, qué cabe esperar que sucedará con futuros campos situados en Libia, un Estado fallido, o cualquier otro territorio sin garantías o con tendencia a la cirugía de hierro.

El caso del barco Aquarius, atendido con dignidad y eficiencia por el Gobierno español, se multiplicará en otros lugares del Mediterráneo, con otros desaprensivos al frente de las operaciones –otros Salvini–, porque el desembarco en Valencia no deja de ser una excepción, un caso aislado, una reacción que no puede equipararse a una solución. Las referencias genéricas que se hacen en la UE y en Estados Unidos a actuar en origen para alumbrar las condiciones de vida, trabajo y progreso que acaben con los flujos migratorios no son más que justificaciones: todo el mundo sabe que incluso en el hipotético caso de existir y aplicarse estos programas de actuación en origen –algo bastante dudoso–, es improbable que surtan efecto antes de una generación. Dicho de otra forma: en el medio y largo plazo no decrecerá el problema mediante un efecto inmediato y poco menos que milagroso de cambio de las condiciones sociales que se dan en la mayoría de países de África, en Siria, Irak, Afganistán y otros lugares con una historia torturada.

El cambio de paradigma de la aldea global a sociedades amuralladas plantea multitud de incógnitas referidas a la coexistencia de dos mundos frente a frente: uno próspero o relativamente próspero y otro condenado a la pobreza, la dependencia y la sumisión. Muchas de las críticas hechas por políticos republicanos y demócratas de Estados Unidos, enfrentados a las imágenes de niños separados de sus progenitores, remiten a ese diseño insostenible de segmentación de la comunidad internacional. Cuando el ministro alemán del Interior, Horst Seehofer, amenaza con cerrar las fronteras a los no comunitarios si el Gobierno no arbitra una fórmula para bloquear los flujos migratorios, no hace más que perpetuar la división entre ricos y dsposeídos, a un lado y otro del Mediterráneo, sin mayor preocupación por la suerte que corran en el futuro las víctimas que se arriesgan a cruzar el mar en embarcaciones de fortuna. Seehofer es quizá menos bocazas que Salvini, pero no es menos peligroso ni pone menos en riesgo la decencia como norma en las sociedades democráticas.

La crisis migratoria sienta ante el espejo de su historia a Estados Unidos y a Europa por razones diferentes, pero determinantes. En el caso estadounidense, porque el país creció y cuajó como una gran potencia mediante la consolidación de sucesivas oleadas migratorias; en el caso europeo, porque muchos de cuantos ahora llegan a las costas del sur son los descendientes de aquellos otros que vivieron la experiencia de formar parte de grandes imperios coloniales –el británico y el francés, los más importantes– y hoy pasan por el trance de verse rechazados por los descendientes de quienes en otro tiempo los gobernaron. En ambos casos, ningún líder o gestor saldrá indemne de esta crisis lacerante, ni siquiera aquellos que acuden a las encuestas y comprueban que tienen el viento a favor, porque la idea y la doctrina de los derechos humanos ha arraigado en sectores muy importantes y dinámicos del primer mundo que son quizá los mejor dispuestos para contener el episodio de populismo, xenofobia y nacionalismo exacerbado que atenaza a muchas sociedades por no decir a todas.

“Europa no conseguirá sobrevivir sin inmigración”, sostenía Günter Grass. Su convencimiento de que todas las grandes culturas han surgido de procesos de mestizaje debería orientar la reunión de ocho líderes europeos este domingo en Bruselas para discutir el problema y vislumbrar soluciones realistas y humanizadas. Es difícil que el pensamiento del gran escritor alemán prevalezca, y aún lo es más que los gobiernos se sustraigan al influjo de la extrema derecha, cada día más crecida y con mejores expectativas electorales en Francia, Alemania, Italia y Austria, la mitad de los países convocados. Aunque suene a disparate, los estrategas políticos han llegado a la conclusión de que para neutralizar a los ultras hay que asumir como propio parte de su discurso y aceptar como irremediable que el presidente Trump, con obsceno desparpajo, aparece en todas partes como su líder carismático.

 

Italia, en el laberinto de la derecha

Los italianos acuden este domingo a las urnas en un clima enrarecido por la demagogia populista, la desorientación de la izquierda y los pronósticos de los sondeos, que permiten vislumbrar un periodo poselectoral hecho a la medida de los prestidigitadores de la política. La elección de la Cámara de Diputados y del Senado se realiza por primera vez con una ley que mezcla las circunscripciones unipersonales con el voto proporcional, de forma que las encuestas incluyen un margen de error considerable, abierto a toda suerte de interpretaciones antes del gran día. Un elemento añadido a la crisis del sistema de partidos y al reparto de papeles en Italia, tantas veces analizado y vuelto a analizar y del que Silvio Berlusconi ha sido el beneficiado más frecuente desde su primera victoria en 1994.

Este enrarecimiento o radicalización del debate político durante la campaña, lleno de ideas generales y bastante pobre en ideas concretas, ha resultado ser la atmósfera ideal para que, además de la reaparición de Berlusconi, se manifiesten las pulsiones neofascistas y la incompetencia vociferante. Mario Calabresi, director del diario progresista La Repubblica, lo ha resumido en un artículo cargado de amargura: “Apenas podemos creerlo, y sin embargo es cierto, y el cansancio y la sensación de náusea son tan fuertes que estamos paralizados, casi parecemos rendirnos a algo que vivimos como inevitable. O como un castigo por los fracasos, errores y oportunidades fallidas de la izquierda que nos ha gobernado en los últimos años”.

Parece que resulta irremediable aguardar la derrota de la izquierda, condenada por su falta de iniciativa en la campaña y por su tendencia a adaptar su discurso al de los partidos ultraconservadores, genuinamente xenófobos, que han colocado el debate de la crisis migratoria como el motivo principal de la crisis italiana. Frente a la tradición heredada de la izquierda clásica italiana a partir del final de la segunda guerra mundial, y especialmente a partir de los años sesenta, el Partido Democrático, que dirige Matteo Renzi, ha aceptado como una maldición bíblica que la hegemonía cultural y política en Italia está en poder de sus adversarios. De tal manera que después de episodios como el ataque de un militante ultra contra un grupo de inmigrantes en Macerata, Renzi se acogió al discurso securitario en vez de condenar la acción y señalar a los culpables de tal villanía. “Ante todo, está Italia, la defensa de Italia y de los italianos. Y aquellos que los defienden son las fuerzas de seguridad, no pistoleros locos”, dijo el exprimer ministro, unas palabras que podrían ser perfectamente de Berlusconi o de Matteo Salvini, líder de la Liga Norte, sin que a nadie sorprendieran en boca de tales personajes.

Recuerda el profesor Francesco Pisatti, investigador del Cidob, que ha triunfado en esta campaña la máxima si no puedes vencerlos, únete a ellos. Una unión, en el ámbito del lenguaje, que está lejos de mejorar las expectativas del centro izquierda y en cambio alimenta la máquina de propaganda de todas las derechas, que han logrado situar y simplificar la crisis migratoria hasta presentarla como un desafío a la identidad italiana, algo que requiere acciones imperiosas en “defensa de la raza blanca”, un disparate esto último acuñado por Attilio Fontana, el candidato de la coalición berlusconiana –Forza Italia, Liga Norte y Hermanos de Italia– a la presidencia de Lombardía. Un debate artificial, cargado de demagogia y prejuicios, que evita otros debates más próximos a la realidad: ni los efectos de la crisis económica sobre el entramado social ni la deuda pública –130% del PIB– ni los desequilibrios crónicos entre norte y sur llenan las discusiones más que tangencialmente; en cambio, se ha adueñado del escenario la transformación del problema migratorio en una crisis de seguridad.

Por este tortuoso camino pena la izquierda los errores cometidos, que culminaron con el referéndum de la reforma constitucional que Renzi convocó en 2016, perdió y le llevó a retirarse a sus cuarteles de invierno, confiado el Gobierno al discreto Paolo Gentiloni. Un laberinto en el que la extrema derecha se orienta mejor, encuentra atajos y siente que tiene el viento de popa, aunque sabe que no obtendrá la mayoría y harán falta juegos de manos poselectorales para regresar al poder. Pero tiene la certidumbre prepartido de que es el equipo favorito y está en condiciones de anunciar qué futuro se avecina: un Gobierno de composición multicolor dirigido por Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, tal como ha confirmado Berlusconi después de semanas de rumores.

“Es peligrosísimo cuando se abandona, más que la verdad, un principio de realidad”, dice el profesor Massimo Cacciari, exalcalde de Venecia. “Nos tratan como animales privados de memoria”, añade, y se refiere a la condición de inhabilitado de Berlusconi, quien, a pesar de eso, dirige la estrategia política de su coalición y prepara el terreno para su regreso en 2019, cuando la inhabilitación haya expirado. Una situación poco menos que insólita para un veterano de 82 años, sospechoso habitual en toda clase de trapicheos políticos y perseguido por el escándalo desde tiempo inmemorial. Pero también un síntoma inequívoco del desgaste de una urdimbre política en la que los estándares de calidad, competencia e integridad han dejado de afectar al comportamiento de una parte significativa del electorado conservador.

La popularidad del Movimiento 5 Estrellas, con un perfil ideológico difuso y una capacidad para gobernar por lo menos discutible, abunda en este fenómeno de desapego de la realidad o de construcción de una realidad alternativa para forzar el encaje de soluciones originales, por no decir fantasiosas. La ocurrencia de Luigi Di Maio, su candidato a primer ministro, de enviar al presidente de la República, Sergio Mattarella, la lista del próximo gobierno estrellado antes de que se celebren las elecciones, no hace más que subrayar la orientación de un movimiento ajeno a todas las convenciones que, al darse de bruces con la compleja realidad de la crisis italiana, ha fracasado, por ejemplo, en la alcaldía de Roma –Virginia Raggi, la titular–, algo sin mayor trascendencia en términos electorales, según se desprende de los sondeos. Y que convive con un discurso del todo confuso cuando se trata de abordar el gran asunto de la campaña que no del país: ¿cómo gestionar la crisis migratoria?

Es así cómo mientras el centroizquierda se siente desvalido y añorante del pasado, cuando en la estela de la tradición del PCI contaba con una organización sólida, culturalmente influyente y socialmente respetada, la derecha y todas las siglas ultras imaginables se afanan en exaltar la caricatura a brochazos del italiano medio, del individuo capaz de sobrevivir en los intersticios del sistema mediante una mezcla de artimañas, astucia y pequeñas trampas. Y los estrellados hacen burla de los convencionalismos que, al correr de los años, han articulado una sociedad escéptica que recela de la política tradicional en igual o mayor medida que voces críticas como la de Cacciari, que ven en los partidos en liza una propensión permanente a alejarse de la realidad. Algo que, por lo demás, no es privativo de Italia.