Hillary Clinton, opción por defecto

La demagogia incontenible de Donald Trump ha transformado la carrera hacia la Casa Blanca en una extraña contienda. En un país dividido entre quienes fían su futuro en el populismo exacerbado del candidato republicano y cuantos prefieren cualquier cosa antes que a Trump, Hillary Clinton es para estos últimos la opción por defecto, mientras la abstención es un voto para Trump, asimismo por defecto, porque es un voto de menos para Clinton, que es la única que puede evitar que su oponente se siente en el Despacho Oval. Es esta una situación infrecuente, pero no del todo original, con precedentes sonados, como la movilización electoral en Francia, año 2002, en apoyo de Jacques Chirac para evitar que el ultra Jean-Marie Le Pen llegara al Eliseo, y guarda cierta semejanza con la segunda vuelta de las última elección presidencial en Perú, que dio la victoria a Pedro Pablo Kuczynski frente a Keiko Fujimori, hija del dictador encarcelado.

Aunque las comparaciones se tengan por odiosas y la sociedad estadounidense tiene poco que ver con la francesa y la peruana, en ambos casos lo menos malo se impuso a lo peor, a alguien que el electorado percibió mayoritariamente como la más indeseable de todas las alternativas posibles. Hillary Clinton no es la más cercana, accesible y simpática de las personalidades demócratas de los últimos decenios, es una veterana de la política, experta e inteligente, pero a menudo apabullante, y saca menos beneficios de lo esperado del hecho histórico de ser la primera mujer que aspira a la Casa Blanca en nombre de un gran partido. Pero, aun así, solo ella puede acabar con el inquietante experimento de Trump: política a brochazos, atención de los medios y exabruptos a todas horas.

El discurso de Michael Bloomberg en la convención demócrata fue especialmente significativo de la lógica del mal menor asociada a la candidatura de Clinton. Que un multimillonario, exalcalde de Nueva York, exdemócrata, exrepublicano, hoy independiente, apareciera en el escenario de Filadelfia para pedir el voto para la aspirante sin perderse en elogios que no siente, compendia esa tendencia nueva, más visible en las sociedades urbanas que en la América profunda, destinada a parar a Trump mediante Clinton a pesar de todo. Algo que quizá debe completarse con las ausencias significativas de la convención republicana –los Bush, John McCain–, con el discurso crítico de Ted Cruz en Cleveland y con las dudas de John Kasich, gobernador republicano de Ohio y candidato en las primarias durante algunos meses, que admite en público que no sabe a quién votar.

¿O sí lo sabe? Sabe al igual que otros muchos del establishment de ambos bandos que el “demagogo peligroso” (palabra de Barack Obama) pondría en riesgo los equilibrios de todas las convenciones políticas interiores y exteriores, sabe que no es posible mantener cohesionado al país –más fragmentado todos los días– en medio del galimatías ensordecedor que provocan las opiniones de Trump. Y ahí asoma la gran palabra: establishment. Porque, hasta la fecha, la campaña que lleva a la votación del 8 de noviembre es también la campaña contra los establishments, contra los políticos de siempre, y no solo a causa de la presencia de Trump, sino de Bernie Sanders, que resistió el despliegue de medios de Hillary Clinton más allá de toda previsión.

Por más disparates que coleccione Trump y por más llamamientos a la unidad demócrata que haga Sanders, el ascenso de ambos, con perfiles tan diferentes, responde al hartazgo con la política de siempre, con los comportamientos previsibles y con las promesas intercambiables, con la timidez reformista para atender a las víctimas irredentas de la crisis y con cuanto tiene el aspecto perfectamente reconocible de lo déjà vu. Un hartazgo que puede perjudicar más a Clinton –una parte de los electores de Sanders puede preferir quedarse en casa– que a Trump, tan ajeno a los ritos más conocidos y desgastados de la política. La candidata es prisionera de las reglas que imponen el sentido de Estado y los vínculos con el pasado (la presidencia de Bill Clinton); Trump se complace en hacerlos saltar por los aires.

Al candidato republicano le resulta especialmente motivador contemplar la alarma que se ha adueñado de un sector del partido, aquel que se presenta como depositario del legado conservador y de la historia del republicanismo desde los días de Abraham Lincoln. Después del desembarco neocon, de la colonización del Tea Party, de la tolerancia con el cristianismo más integrista y sectario, después de tantos errores tácticos, Donald Trump navega por aguas encrespadas a sabiendas de que carece de adversarios que le puedan obligar a corregir el rumbo, capaces de restaurar la transversalidad del Partido Republicano. De la misma manera, Hillary Clinton se aferra a la solidez de las propuestas reconocibles, ni demasiado progresistas ni demasiado conservadoras, para retener los votos de cuantos aspiran a que nada cambie en exceso, para atraerse a todas las minorías que tradicionalmente apoyan a los demócratas y temen que el populismo de Trump las arrincone o, peor aun, las hostigue.

Lo que no ha conseguido la exsenadora, y es muy probable que ni siquiera lo intente, se diría que no va con su carácter, es unir el afecto al voto, tal como escribe Charlotte Alter en el semanario Time: “Si Bernie Sanders inició una cruzada de base para una genuina reforma progresista, la revolución de Obama fue más personal: para millones de americanos que le apoyaron en el 2008 y el 2012, el acto de votar se convirtió en un acto de amor. Su movimiento no fue necesariamente sobre una agenda específica o una filosofía, fue acerca de un sentimiento: la idea de que votar es un acto personal, algo que solo debe hacerse extensivo, con exuberancia, a un candidato que de verdad amas. Obama transformó el voto de apretón de manos en abrazo”.

¿Pueden pesar más las limitaciones o condicionantes de Hillary Clinton que la desinhibición de Donald Trump, dispuesto a disparar contra cuanto se mueve? ¿Puede llegar a presidente alguien que pide a Vladimir Putin que persevere en el espionaje de los correos electrónicos enviados por su adversaria? Nadie está en condiciones de contestar con un o con un no rotundos; algunas encuestas antes de la convención demócrata daban hasta cinco puntos de ventaja a Trump en intención de voto y algún sondeo pronostica que una parte menor, pero significativa de los seguidores de Sanders prefiere al republicano o no está dispuesto a dar su voto a la demócrata. Quedan lejos los vaticinios de invierno, cuando Clinton salía ganadora frente a todos los aspirantes republicanos, entonces legión, y falta demasiado tiempo para los tres debates que enfrentarán a los dos candidatos y que, según sea la atmósfera del momento, pueden decidir a muchos indecisos. Mientras tanto, cabe preguntarse si el desprestigio de la política, también en Estados Unidos, arrinconó las ideologías y todo está en manos de las peores técnicas del marketing.

‘Sandy’ cambia la campaña

La sorpresa de octubre capaz de modificar el rumbo de la campaña electoral en Estados Unidos se llamaba Sandy. La tormenta tropical que golpeó con fuerza inusitada los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania puede haber alterado la suerte del gran combate de forma más determinante que el despliegue de estrategias políticas diseñadas por los asesores del presidente Barack Obama y de Mitt Romney, el candidato republicano renacido en las encuestas en las semanas inmediatamente anteriores a la llegada de Sandy. Después de largas digresiones sobre cómo podía remediar Obama el debilitamiento de su candidatura, fue la situación de emergencia provocada por el huracán lo que permitió al candidato demócrata sacar lo mejor de su reconocida capacidad para mostrarse ante la opinión pública como un pragmático ilustrado con dotes de mando. En sentido contrario, Romney se vio obligado a dar explicaciones sobre asuntos rodeados de polémica y que dividen al cuerpo electoral: el papel y las dimensiones del Estado, el cambio climático y la eficacia de la iniciativa privada en situaciones extremas.

La constancia en el esfuerzo de Romney para despegarse de la sombra proyectada sobre la anterior campaña presidencial por la derecha ágrafa, encarnada en Sarah Palin; el concurso de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia, extremadamente conservador, estrella del Tea Party, pero alejado de las reflexiones de mesa camilla de muchos de sus seguidores; la buena nota media obtenida por los republicanos en los debates, todo se diluyó en la lluvia torrencial, en el metro inundado, los domicilios anegados, la lista de muertos y la aparición del comandante en jefe al frente de las operaciones. Solo analistas como Charles Krauthammer (Fox News, derecha infatigable), movidos más por sus deseos que por el escrutinio de la realidad, pueden sostener que la aparición de Sandy “no afectará a la elección”. Todos los sondeos posteriores al desastre reflejan la recuperación del presidente, su ventaja en votos electorales y a menudo en votos populares y, lo que es más importante, una ventaja apreciable, aunque no definitiva, en ocho de los nueve estados clave. “Obama ha habitado la Casa Blanca durante cuatro años; ahora la Casa Blanca habita en él”, ha escrito Jonathan Schell, profesor en The National Institute, una traducción posmoderna en el seno de una república presidencialista de “l’État c’est moi”, el famoso aserto que la cultura popular atribuyó sin fundamento a Luis XIV de Francia.

EncuestasPero acaso lo peor para Romney sea la concreción de las fisuras en las filas republicanas y la debilidad estructural del partido, el apoyo del exsecretario de Estado Colin Powell a la relección del presidente, los elogios del gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, republicano, dirigidos a Obama –escribió un tweet de agradecimiento a la Casa Blanca que fue un verdadero picotazo a Romney sin mencionarlo–, el reconocimiento del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, asimismo republicano, por los esfuerzos de la Administración demócrata para luchar contra el cambio climático y, por encima de todo, el clamoroso interés de Romney de mantener a George W. Bush lo más alejado posible de la campaña. El pronunciamiento de Powell se comprende porque su paso por el Departamento de Estado fue inseparable de las agrias diferencias de criterio que mantuvo con los neocon, la prodigalidad de Christie en el elogio tiene que ver con sus aspiraciones presidenciales en el 2016, incluso lo dicho por Bloomberg es comprensible en el fragor agobiante de los destrozos causados por el huracán, pero la ausencia de Bush es más dañina. Significa, como argumenta el asesor político independiente Robert Creamer, que el expresidente “está en una Siberia política”. “Romney hace todo lo humanamente posible –afirma– para tranquilizar a los votantes”, que recelan ante la posibilidad de que quiera restaurar “algunas de las políticas fracasadas de Bush cuando estuvo en la Casa Blanca”. Significa que el pasado más inmediato es una referencia molesta para el aparato electoral republicano, justo lo contrario de lo que sucede en el campo demócrata, donde Bill Clinton hace campaña en un ambiente de aceptación permanente y sin que quepa interpretarse como una necesidad familiar; significa que los republicanos andan en busca de algo los más cercano posible a la derecha compasiva para serenar el voto conservador independiente, mientras los demócratas explotan la idea de que acaso el primer presidente negro para todas las minorías fue Clinton.

Las “políticas fracasadas” a las que alude Creamer incluyen la desastrosa gestión del paso del huracán Katrina, que el 29 de agosto del 2005 arrasó Nueva Orleans y dejó 1.800 muertos. Es posible que muchos electores piensen como el asesor de inversiones John MacIntosh, entrevistado por la CNN, que votará a los demócratas como “el menor de dos males”, pero cuando el recuerdo del Katrina irrumpe en la campaña, también ocupan la primera página algunas declaraciones de Romney que ahora le pasan factura. Dice Creamer: “El fallo de Bush para responder rápida y efectivamente al Katrina no fue solo un reflejo de la incompetencia de su Administración. Fue un reflejo del hecho de que su Administración no creía en el Gobierno [en la gestión pública]”. ¿Qué declaró Romney en junio a John King, de la CNN?: que había que privatizar la función encomendada a la Federal Emergency Management Agency (FEMA), encargada de hacer frente a situaciones como los estragos de un huracán y cuya labor ha sido elogiada con rara unanimidad durante esta semana. ¿Qué diferencia hay entre la actitud de Bush y los propósitos de Romney? Parece que ninguna.

El nobel de Economía Paul Krugman sostiene en su blog que la fijación de Romney con la FEMA es patológica. Ari Melber, un fiscal que frecuenta la publicación progresista The Nation, opina que “ha llegado el momento de explicar en términos simples y humanitarios que en materia de salvamento y seguridad, el Gobierno no es una opción, es una necesidad”. La analista Sally Kohn, en politico.com circula por la misma carretera: “Los planes de Romney para recortar la asistencia para desastres y muchos de los programas en los que confían los estadounidenses parecían imprudentes antes del huracán; ahora parecen francamente desastrosos”. Después del paso del Sandy, Jared Bernstein, asesor del vicepresidente Joe Biden, no desaprovechó la ocasión para desacreditar el debate abierto por los republicanos sobre las dimensiones del Estado: “Al final del día, no necesitamos un Gobierno grande o un Gobierno pequeño. Aquello que necesitamos es un Gobierno financiado con amplitud que afronte desafíos como el que hemos encarado hoy, algo que me temo que Romney y Ryan no entienden”.

EstadosEn el fragor de la discusión, el aspirante republicano se mantuvo a medio camino entre la rectificación y la perseverancia en el error. “Creo que la FEMA tiene un papel clave”, declaró cuando arreciaba la tormenta. “Es interesante ver cómo se une la gente en circunstancias como estas”, enfatizó en Tampa (Florida) cuando escampaba. Más tarde, el silencio, la promesa deslizada por su equipo de campaña de que en el futuro la FEMA dispondrá de los recursos necesarios, pero también la repetición de consignas sobre el valor de la iniciativa privada y el recurso a las autoridades estatales y locales. Una forma confusa, no exenta de prudencia, de responder a las encuestas: la de The Washington Post situó en el 80% los ciudadanos que consideran acertada la gestión que Obama hizo de la crisis. Así las cosas, ¿qué efecto tienen en la dinámica final de la campaña pronunciamientos como el Kevin D. Williamson, en  National Review, una de las biblias de la derecha impertérrita?: “La presencia de un huracán no es un argumento contra la reforma del incontinente gasto federal”.

Es posible que, con las urnas a la vuelta de la esquina, tengan poco impacto opiniones de este tenor, pero pueden poner en un brete a Romney y, desde luego, explican una vez más por qué Bush no es invitado a los mítines. Lo primero entra dentro de lo posible porque entre los errores cometidos por el candidato figura haber discutido los rescates federales a la industria del automóvil, algo criticado incluso por Joe Klein en el semanario conservador Time; un enorme inconveniente ahora que debe acudir a Ohio en busca de votos de los blue collars y los white collars, cuyas economías se han salvado de la ruina gracias precisamente a la recuperación del sector de la automoción con ayudas –préstamos– federales. Lo segundo es consecuencia directa de un dato histórico incontrovertible: la dislocación del presupuesto se debió al esfuerzo de guerra acometido por Bush, que consumió el superávit dejado por Clinton y disparó el déficit de forma imparable. Pueden alegar los republicanos que los últimos días de Bush en la Casa Blanca fueron los primeros de la crisis, pero la decisión de no evitar la quiebra de Lehman Brothers (14 de septiembre del 2008) un año después de la sacudida de las subprime se antoja que fue una opción tan ideológica como insensata.

Tampoco parece que deba tener efecto en el comportamiento del electorado la falta de referencias al cambio climático, aunque la reiteración de episodios extremos ha llevado al 70% de los estadounidenses a inquietarse por la situación, según una encuesta de la Universidad de Yale citada por Le Monde. Ni siquiera los estragos de esta semana –el Frankenstorm, en expresión acuñada por la Asociación Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos– han metido en la campaña este asunto capital. “Esta sucesión [de catástrofes], ¿se debe al cambio climático? Es, a buen seguro, la pregunta que se impone, incluso aunque preocupa poco o nada a Barack Obama y Mitt Romney, que en ningún momento de la campaña presidencial han abordado la cuestión del calentamiento”, ha escrito el editorialista del diario Le Monde. Darrel Moellendorf, director del Instituto para la Ética y los Asuntos Públicos, ha sido más taxativo en la revista estadounidense de izquierda Dissent al referirse al origen del Sandy: “Este monstruo, como el de la novela de Mary Shelley, es una creación humana”. Las campañas electorales también lo son y, en este caso, surge una incompatibilidad manifiesta entre el cortejo de los candidatos con una industria que se recupera lentamente de la crisis y la necesidad de tomar medidas para proteger el medio ambiente.

Obama-Romney

El candidato republicano, Mitt Romney, y el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante el debate sobre política exterior celebrado en la Universidad de Lynn, en Florida, el 22 de octubre.

Puede que, en última instancia, los candidatos no puedan ser, al mismo tiempo, ideólogos, o solo puedan serlo en la medida en que no alteren en demasía los equilibrios sociales. Ángel Martínez, del think tank New America Foundation, ha emitido un diagnóstico tajante de la campaña a punto de terminar: “Los desafíos rara vez fueron más bajos que en esta carrera presidencial. Eso significa que esta es una de las elecciones presidenciales menos consecuente en mucho tiempo”. En el trabajo de Martínez coexisten las acotaciones impuestas al debate político por los candidatos, destinadas a no correr riesgos excesivos, con la confirmación de prejuicios políticos que afectan a los comportamientos cívicos, como “los constantes esfuerzos” para deslegitimar al presidente “por no ser realmente estadounidense, cristiano, uno de nosotros (…) lo que hace realmente desagradable este periodo electoral”.

Pero lo más relevante del análisis de Martínez es que encuentra en el perfil de los contrincantes más afinidades de las que se desprenden de las caricaturas partidistas que manejan sus estados mayores: un socialista frente a un plutócrata. Y así afirma: “Son dos moderados pragmáticos. Barack Obama y Mitt Romney son solucionadores de problemas de forma deliberada que se deleitan con la recopilación y análisis de datos para tomar decisiones informadas. Romney se acerca a cada problema  como un caso de estudio en la Harvard Business School; Obama, como un caso de la escuela de Derecho para ser socráticamente desentrañado (…) Ninguno de los candidatos es un ideólogo: Romney sigue siendo en el fondo un consultor e inversor dispuesto a cambiar las cosas a su alrededor –en este caso el Gobierno– para extremar la eficiencia y el retorno de la inversión. Obama es en el fondo un mediador deseoso de salvar las diferencias entre las facciones en guerra, en casa y en el extranjero, mediante compromisos viables”.

Si la realidad es esta, ¿dónde radica la esencia de la división profunda que transpira la sociedad estadounidense? ¿O no se puede aspirar a la presidencia sin reunir una serie de requisitos mínimos y esenciales, iguales en los dos grandes partidos, donde las grandes divisiones ideológicas no tienen cabida? ¿O quizá el statu quo bipartidista precisa de tal división social para ofrecer una versión eficaz y unida de la nación cuando la naturaleza arremete contra los rascacielos de Manhattan? ¿O las campañas son sobre todo grandes castillos de fuegos artificiales, cada día más alejadas de la vida cotidiana? A juzgar por la desgana con la que el viernes acogieron los candidatos el leve aumento de una décima en el índice de paro de octubre –7,9%, una décima más que en enero de 2009, cuando Obama llegó a la Casa Blanca–, se diría que sí; a juzgar por la atención prestada a los problemas de una clase media desfallecida, se diría que no. A juzgar por el griterío con el que la América profunda acogió desde el primer día a Obama, se diría que el debate ideológico está definitivamente más vivo que nunca.