Fidel, la lógica del poder

La caravana o séquito funerario que lleva las cenizas de Fidel Castro a Santiago de Cuba ha seguido el mismo trayecto que aquella Caravana de la Libertad que en enero de 1959, en sentido contrario, trajo a La Habana el anuncio de un tiempo nuevo, el triunfo de la revolución en lucha contra la dictadura ominosa de Fulgencio Batista. Pero este viaje de vuelta transmite la sensación de repliegue, de vuelta a los orígenes y de final irreversible de una utopía que acabó en totalitarismo insufrible, sentido todo al mismo tiempo, como sucedió y sucede con las opiniones encontradas que suscitó el comandante siempre, santo y seña de su vida y obra al sumergirse en las brumas de la historia. Para los convencidos, el regreso a Santiago es el último mensaje del líder desaparecido para seguir por la senda de cuanto nació al sur de la isla, en Sierra Madre, legado inextinguible que debe protegerse de los adversarios; para la disidencia, los críticos o los defraudados, la tierra de Santiago acoge para la posteridad un espejismo o una pesadilla, acaso un equívoco, algo que nunca fue o pudo ser lo que se anunció que sería.

No hay duda de que después de los padres de las independencias latinoamericanas, Fidel Castro ha sido el líder más influyente, más estudiado, leído, alabado y denostado del continente; en Cuba, solo la figura de José Martí se equipara a la suya. “Para cuando Batista huyó del aeropuerto de La Habana poco antes de la medianoche del año nuevo de 1959, Castro ya era una leyenda”, ha escrito Anthony DePalma en The New York Times, y fue mérito del joven revolucionario, del orador caudaloso, del gobernante implacable, mantener la leyenda en primer plano y ocultar detrás ella las debilidades del experimento, la merma de las libertades y la ineficacia de un régimen ensimismado, condenado a una economía de estricta supervivencia al desvanecerse la Unión Soviética (25 de diciembre de 1991), quizá un poco antes, cuando se puso de manifiesto que el reformismo de Mijail Gorbachov no tenía puerto de llegada, sino que navegaba por un océano tempestuoso.

“La revolución cubana es una democracia humanista”, dijo Castro en los prolegómenos de la victoria, pero dos años más tarde se declaró marxista-leninista, una contradicción en términos que no tuvo efecto en el vínculo establecido con la izquierda europea, condicionada también ella por la lógica de la guerra fría, por la intromisión permanente de Estados Unidos en competencia con la Unión Soviética y por el atractivo de los grandes principios defendidos con las armas por los barbudos en la selva indómita. “Ciega ante la implacable represión interior, la izquierda europea se mantuvo durante mucho tiempo seducida por el mito castrista”, ha escrito un editorialista de Le Monde.

Creció el mito y detrás de él desapareció el hombre, el gobernante, el edificador de un régimen que fue durante años una de las grandes causas morales del pensamiento progresista universal, pero que con el paso del tiempo se transformó en una gerontocracia instalada en el poder, inasequible a la crítica, incapaz de revisar su obra y de ponerla al día. En esa mutación genética nada fue ajeno al embargo económico impuesto por Estados Unidos, más concretamente todo remite a él en el tránsito de las ilusiones a la mano dura, pero no todos los males deben atribuirse al castigo del embargo, encerrada la nomenklatura cubana en la fortaleza levantada para perpetuarse en el poder.

Dice Rafael Rojas que el duelo presente “es la caricatura de otro más profundo, vivido en la conciencia de los cubanos desde mediados de la pasada década”, cuando la enfermedad apartó del puente de mando al líder carismático. Es cierto, en la educación sentimental de los cubanos que no optaron por el escepticismo, la oposición interna o el exilio en Miami, el legado fáctico de Fidel –la sanidad universal, el final del analfabetismo, el desarrollo de la cultura– sigue pesando más que la triste decrepitud de las ciudades, de esa Habana bellísima y desconchada, de esa industria acartonada e ineficaz, de esa vigencia insólita de los almendrones, coches viejísimos que circulan por la isla desde antes de la revolución, de ese prurito por resistir a cualquier precio, en realidad, a un altísimo precio. Y sigue pesando también el legado romántico de los eslóganes –Patria o muerte, Revolución o muerte, Venceremos, Hasta la victoria siempre–, tan cercanos al léxico desgarrado de cuantas guerras precedieron a la brega de Fidel: O Roma o morte (Giuseppe Garibaldi), No pasarán (en Madrid, antes de la gran derrota).

En los rostros compungidos de muchos de cuantos se apostaron en el camino recorrido por las cenizas de Fidel se impuso el recuerdo de lo logrado, de la mejora que experimentó la isla en cuanto la mafia de Estados Unidos y una economía depredadora dejaron de ser dueñas de la situación, de muñir un régimen a su servicio. Todo lo demás ocupó un lugar secundario en su memoria, si es que ocupó alguno. Para estos afligidos a pie de calle, el desafío de lograr la zafra (cosecha de caña de azúcar) más grande de la historia, acogerse al léxico revolucionario –un diccionario entero puesto en boga por los comandantes guerrilleros– y rememorar las grandes concentraciones de masas tiene un valor inextinguible, cuando ya Castro es parte del pasado, absuelto de antemano por ellos mucho antes de que lo haga la historia, si es que eso sucede y no justo lo contrario, como vaticina Antoni Traveria: “Las páginas de la otra historia que Fidel ha ido escribiendo día tras día durante estas largas décadas, las del ejercicio del poder absoluto desde un régimen autocrático sin libertades, con corrupción institucionalizada y violaciones a los derechos humanos, no le van a poder librar de una sentencia severa y condenatoria”.

Ninguno de cuantos han vertido una lágrima sincera al morir el comandante acepta que mucho antes de extinguirse pasó a formar parte del conglomerado de figuras políticas amortizadas por la Realpolitik. Como hace medio siglo sucedió con el Che, el compendio de méritos contraídos por el castrismo fue absorbido por la lista de fracasos acumulados. El camino de Cuba hacia otra parte empezó durante el largo ocaso del líder, urgido Raúl Castro, y con él el partido y el Ejército, las dos columnas vertebrales del régimen, a dar con una salida rápida y diferente para superar la decadencia, la economía estancada, los salarios misérrimos y el descontento o la decepción por las promesas que nunca se concretaron. A eso llevó un ejercicio de realismo inaplazable cuando Castro sumaba años en silencio salvo contadas apariciones o sus digresiones esporádicas en Granma, tan superadas por los acontecimientos.

“Las ideas quedarán”, dijo el anciano Fidel Castro Ruz, próximo el viaje sin retorno, pero cuanto asoma en el horizonte cubano tiene poco que ver con aquella revolución, tantas veces acosada, desde hace tiempo, agónica, que él encabezó. Por el contrario, la posibilidad de un capitalismo a la china tutelado por el Estado, de un capitalismo a la vietnamita con idéntica tutela, de algo que mantenga en el poder al partido único y sitúe a las empresas en el mercado, gana adeptos todos los días, tan lejos el conjunto previsible de aquella ensoñación del hombre nuevo, de la propiedad colectiva y de otros aditamentos hoy discutidos. Estados Unidos ha dejado de ser la causa de todos los males para convertirse en la solución más cercana si Donald Trump no comete la torpeza sectaria de bloquear el proceso puesto en marcha por Barack Obama. Castro dejó de existir como guía de la revolución bastantes años antes de exhalar el último aliento.

“Luchamos por una Cuba democrática y por el final de la dictadura”, declaró en 1957 el guerrillero Fidel Castro a Herbert L. Matthews, periodista de The New York Times. Luego vinieron el desembarco anticastrista de playa Girón (bahía de Cochinos), la crisis de los misiles, el embargo de Estados Unidos, la salvaguarda soviética, la obcecación ideológica, la represión, el desencanto y tantos otros ingredientes propios de un final infeliz. El sueño democrático, de las libertades públicas, del libre examen y del pluralismo político se evaporó en el caldero de un poder enquistado. ¿Cuál es el camino de la regeneración para acabar con la inercia dictatorial, promesa que Fidel nunca cumplió? Nadie en la isla es capaz de vaticinarlo después de que el último gran líder comunista se haya sumido en el sueño eterno.

Una tregua bombardeada

La degollina de Alepo certifica la debilidad de la gestión política de la guerra en Siria a partir de la aprobación en diciembre de 2015 de la resolución 2254 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuyos frutos más visibles hasta la fecha han sido la tregua acordada a finales de febrero y las negociaciones iniciadas en Ginebra entre el Gobierno y la oposición. El único resultado tangible de las conversaciones es que han sobrevivido a toda clase de vacilaciones y zozobras; los bombardeos de la última semana amenazan con sepultar el alto el fuego aunque el pretexto para martirizar Alepo es acabar con los focos de resistencia terrorista que cobija y que alimentan la guerra. Al sumar la atmósfera de Ginebra a la matanza en curso, una más, se adueña de los análisis la idea expresada por diferentes integrantes del Alto Comité de Negociaciones, que engloba a la oposición y varios grupos armados apoyados por Occidente, Arabia Saudí, Catar y Turquía: el desarrollo de los acontecimientos en Ginebra depende de las acciones sobre el terreno en Siria. Dicho de otra forma: el riesgo de que sucumban las negociaciones es hoy mayor que nunca.

Como ha manifestado Basma Kodmani, uno de los delegados de la oposición desplazado a Ginebra, la continuidad del diálogo “depende de cuanto pasa sobre el terreno y del mando que controlan rusos y estadounidenses” a distancia, o según conviene a la barroca complejidad de las desavenencias entre la Casa Blanca y del Kremlin. Para Vladimir Putin, salvar el régimen de Bashar al Asad es el objetivo principal y el combate contra el Estado Islámico es secundario, al menos por el momento; para Barack Obama, lo que más importa es acabar con el califato e insertar a Siria en el dispositivo general de seguridad de Oriente Próximo. Para el presidente de Rusia, nada es más importante que asegurarse un papel relevante en la región; para el de Estados Unidos, en año electoral, toda muestra de debilidad se convierte en un arma que carga el diablo y pone en manos de los republicanos, singularmente del imprevisible Donald Trump, promotor exaltado de un incremento del presupuesto de defensa para disponer de una force de frappe amedrentadora en cualquier lugar y circunstancia.

De acuerdo con la descripción de Dmitri Trenin, del Carnegie Moscow Center, Rusia actúa en Siria para restaurar su papel de gran potencia en la región,  condición que perdió cuando el último presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, se retiró del escenario al comienzo de la primera guerra del Golfo. Además, sostiene Trenin, la política de Putin persigue otros objetivos menos llamativos, pero no menos importantes: contener y disminuir la presión del islamismo radical; apoyar a regímenes y fuerzas aliadas en la región; asentar el despliegue militar en y alrededor de la región; ampliar la presencia militar rusa en los mercados de armas, nuclear, de gas, de petróleo y de alimentos de Oriente Próximo; atraer a inversores de los países del Golfo y concertar con los grandes productores del Pérsico una política de precios sostenible en los mercados energéticos. En suma, el objetivo ruso es consolidarse como un interlocutor ineludible de igual manera a como Estados Unidos lo es, con la diferencia de que Obama intenta ahorrarse el coste económico y político de otra guerra.

La percepción del conflicto que tiene la opinión pública europea es sustancialmente diferente al que manejan rusos y estadounidenses. La capacidad de actuación del Estado Islámico en suelo europeo a través de una red muy dinámica de militantes dispuestos a inmolarse, la presencia de los refugiados en el Egeo, y de allí al corazón del continente, y el efecto que todo ello tiene en las políticas nacionales sitúa la neutralización de los yihadistas en el centro del debate. Pero tal operación es inseparable de una implicación decidida en la guerra –qué hay que hacer, en qué condiciones, en cuánto tiempo, etcétera–, y ahí las sociedades europeas se muestran reticentes. Y aunque cada día son más las voces que consideran ineficaz el combate contra el islamismo en armas si se afronta solo como un problema de seguridad, las iniciativas relacionadas con la presencia activa en Siria son tan modestas o más que aquellas necesarias para actuar en un entramado económico que es de facto un criadero de muyahidines, en Europa y en el orbe musulmán.

Salvo en la coordinación cada vez más estrecha de la comunidad de inteligencia europea y en el almacenamiento de refugiados en Turquía, sigue en pie la pregunta de Henry Kissinger: ¿qué número hay que marcar para conocer la posición de Europa? En la laberíntica guerra siria, en la que coinciden en el campo de batalla los generales de un régimen vesánico, diferentes islamismo políticos, musulmanes deseosos de construir un Estado laico, profetas del Apocalipsis, los socios de Al Qaeda (Al Nusra) y los combatientes del califato, las actitudes contemplativas son clamorosamente estériles, y las reacciones viscerales o emocionales –la de François Hollande después del 13 de noviembre, por ejemplo– apenas sirven para modificar el curso general de los acontecimientos; puede que ni siquiera sean útiles para tranquilizar a sociedades asustadas. El poder blando europeo es un valor en sí mismo, pero solo es eficaz cuando se fundamenta en la unidad de acción, algo que está lejos de haber logrado la Unión Europea después de más de cinco años de guerra en Siria.

La carnicería en un hospital de Médicos sin Fronteras y en una clínica deslegitima a quienes ordenaron el bombardeo, invalida toda justificación y pone en evidencia una vez más la textura moral del régimen sirio, pero es improbable que las imágenes de la tragedia y el testimonio de las víctimas modifiquen el comportamiento de las partes implicadas en la crisis y sus asociados. Por el momento, no hay una alternativa a la guerra y al sectarismo que contente a los aliados respectivos del Gobierno sirio y de las oposiciones, representantes de un variopinto espectro ideológico. El propósito alentado en febrero por Staffan de Mistura, mediador de las Naciones Unidas, para celebrar en 18 meses unas elecciones sometidas a control o tutela internacional estuvo tan cargado de buenas intenciones como falto de realismo. Como dijo en su momento Kofi Annan, ninguna de las partes está dispuesta a salir con heridas visibles de un proceso en el que, además de la presencia inevitable de Bashar al Asad o de sus herederos, apoyados por Rusia, tendrían algo que decir y defender Irán, China, Turquía, la Unión Europea y, desde luego, Estados Unidos, directamente o a través de sus respectivos socios en las trincheras. Aquella idea angelical de las elecciones que todo debían curarlo se antoja una utopía; es ilusorio creer que bandos irreconciliables pueden aceptar el dictamen de las urnas, puestas en medio de los cascotes humeantes de la guerra civil.

El escritor sirio Basel al Awadat ha descrito la falta de resultados en el foro de Ginebra con una frialdad muy precisa: “Rusia siguió apoyando la posición del régimen [sirio] y comenzó a decantarse por otras oposiciones. Además, hizo propuestas para sustituir a la principal delegación negociadora de la oposición por otra que incluya a otros opositores menos extremistas y más próximos a la visión del régimen. Mientras tanto, este seguía violando la tregua y bombardeando las ciudades que apoyan a la oposición. Estados Unidos, por su parte, se limitó a contemplar lo que sucedía sin reaccionar en señal de apoyo a la oposición, e incluso el enviado de la ONU para Siria y encargado de la supervisión de las negociaciones, Staffan de Mistura, se tomó a la ligera la decisión de la oposición de abandonar las negociaciones, que lo calificó de ‘show diplomático’, y confirmó que las negociaciones seguirían su curso con quienes estuvieran presentes”. Diríase que se impusieron las actitudes políticamente correctas, aquellas del todo previsibles, sin que fuesen alteradas ni por un momento por la hecatombe de Alepo. Hay demasiado en juego, según parece, para que alguien ose romper las perversas reglas de un juego que puede llegar a considerar la guerra un mal menor.

 

La decadencia del Este derrumbó el Muro

Basta cotejar el mapa político de Europa del 9 de noviembre de 1989 y el del presente para calibrar las dimensiones del cambio en el continente desde la caída del Muro de Berlín, hace un cuarto de siglo. Todo cuanto hoy es Europa, todo cuanto condiciona el funcionamiento de Europa para lo bueno y para lo malo remite a aquel cambio que zanjó la guerra fría, al menos en su forma más genuina, acabó con la bipolaridad, enterró a una superpotencia, la Unión Soviética, y liquidó la trama de alianzas que encabezó en la Europa del Este. La inviabilidad de la economía planificada, convertida en un sistema esencialmente ineficaz, y la presión permanente de Estados Unidos mediante el desarrollo de nuevos sistemas de defensa, con las tecnologías de última generación creciendo exponencialmente, llevó a la decadencia y a la inanidad el experimento soviético poco más de setenta años después del triunfo de la revolución de octubre.

Ciudadanos de los dos sectores de Berlín, en el Muro la noche del 9 de noviembre de 1989.

De forma que es posible afirmar que el Muro cayo tanto por la presión popular en la República Democrática Alemana, extensión de la movilización de las opiniones públicas polaca, checa y húngara, por citar las más dinámicas en 1989, como por la imposibilidad práctica de Mijail Gorbachov de administrar sin grandes pérdidas la herencia recibida. Fracasados todos los planes de reforma habidos y por haber, el líder soviético no pudo más que asumir que para la superpotencia nada sería como antes, que aquella pretensión suya de modernizar el sistema sin renunciar al socialismo se hallaba en un callejón sin salida. El aviso que dirigió semanas antes del hundimiento a Erich Honecker, penúltimo presidente de la República Democrática Alemana, de que quienes no se adaptaran a los cambios serían finalmente derrotados, se cumplió en todos sus extremos. Cuando la noche del 9 de noviembre de 1989 los berlineses del sector oriental cruzaron el Muro, el establishment reformista soviético había aceptado que no cabía oponer resistencia a la unificación alemana; la decadencia había minado al Estado.

Pero la caída del Muro y la unificación poco menos que inmediata de Alemania requirieron de dos compromisos cuyas repercusiones llegan hasta nuestros días. El primero fue la promesa hecha a los soviéticos por el presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, de que la frontera oriental de la OTAN, unificada Alemania y convertidos los demás países del Pacto de Varsovia a la economía de mercado, nunca alcanzaría el límite occidental de la URSS. El segundo fue la aceptación por Francia de la unificación alemana, que el presidente François Mitterrand veía con recelo, a cambio de que el Gobierno del canciller Helmut Kohl aceptara acelerar la unión monetaria en la entonces Comunidad Europea, lo que llevaba aparejada a la larga la desaparición del marco y la creación de una moneda única. Esos dos compromisos fueron las dos piedras sillares sobre las que se levantó el edificio de la unidad alemana sin grave riesgo para la estabilidad de Europa.

Jóvenes de Berlín Occidental derruyen el Muro la mañana del 10 de noviembre de 1989.

Cuando el presidente de Rusia, Vladimir Putin, se remonta a las promesas de 1989 para oponerse sin matices a la atlantización de estados como Georgia (verano del 2008) y Ucrania (ahora mismo), se comporta como un líder poco sutil, pero que aprendió la lección del desbarajuste y el arrinconamiento de su país durante la presidencia de Boris Yeltin en la década de los noventa. Porque en la Rusia de hoy, la de los oligarcas y la del capitalismo desbocado, es mayoritaria la opinión de que detrás de la occidentalización a toda máquina de las economías de las exrepúblicas soviéticas asoma la progresión territorial de la OTAN, tal como sucedió en el inmediato pasado con los antiguos socios del Pacto de Varsovia y del CAME –mercado común del bloque socialista–, y con los estados bálticos que un día formaron parte de la URSS.

De la misma manera que la unificación llevó aparejado el reconocimiento explícito por Alemania de la línea Oder-Neisse como frontera oriental inamovible de Polonia, y se enterró el debate sobre la pertenencia a Polonia de Pomerania, Silesia y Prusia Oriental, los herederos históricos de la URSS entienden que siguen vigentes las condiciones por las que Rusia dejó de oponerse a la caída del Muro. Incluso hoy con más motivo que ayer porque la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Polonia y la República Checa es un factor de debilitamiento objetivo del sistema de defensa ruso. Y, en cierta medida, la OTAN comparte el análisis habida cuenta de que en el 2008 no hizo ningún gesto significativo para salir en defensa de Georgia, arrastrada a un desafío imposible ante Rusia por el presidente Mijail Saakashvili, que no solo cometió un error de cálculo descomunal, sino que vio como Abjasia y Osetia del Sur se desgajaban de su pequeño país.

Incluso quienes como el fallecido historiador Tony Judt sitúan la última oportunidad política de los regímenes marxistas de Europa en 1968, durante la breve primavera de Praga, admiten que en los siguientes 15 años, con todas las carencias que se quiera, la URSS mantuvo el estatus de superpotencia y las debilidades genéticas del sistema no salieron a la superficie hasta que Gorbachov abrazó el realismo y renunció a la propaganda. De la misma manera que la euforia desatada en Occidente por la caída del Muro, analizada sobre el terreno por autores como el británico Timothy Garton Ash, dio paso también a la realidad de las dificultades para mantener básicamente sin cambios el mapa estratégico de Europa, aquel reparto de papeles entre los dos bloques que la lógica de la guerra fría consagró como sistema. Quizá por eso se habla ahora de una segunda guerra fría o de una guerra fría de nuevo cuño, porque en muchos de los gestos de Putin y en muchas de las reacciones de sus adversarios se adivina el recuerdo del funcionamiento de Europa antes del final del Muro.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

Un cuarto de siglo después de aquel momento, con Alemania convertida en la potencia que dicta las reglas en el seno de la Unión Europea e inversiones estratosféricas del sistema financiero alemán en la economía emergente rusa, lo que se da por descontado es que no se volverá a una situación de coexistencia, pero no de convivencia. A pesar de las sanciones en vigor, a pesar de que el conflicto en Ucrania adopta el perfil de una enfermedad crónica, la trabazón de ambos mundos en el seno de la economía global neutraliza algunos riesgos mayores. Aunque Tony Judt lamentó en Pensar el siglo XX la inclinación de los intelectuales a reflexionar acerca de si una política es eficaz o ineficaz en términos económicos, en vez de sopesar si es o no buena, las consecuencias de la ineficacia vividas en carne propia por la sociedad rusa, y la dieta impuesta a los alemanes desde los días del canciller Gerhard Schröder hasta los de Angela Merkel para digerir la unificación, hacen que sean justamente consideraciones económicas las que alejan el espectro de la confrontación y la vuelta a la coexistencia pacífica sin mayores atributos.

La distinción que establece Mark Malloch Brown, del World Economic Forum, entre los “estados de la seguridad económica” –China– y los “estados de la seguridad nacional” –Rusia– refuerza esta impresión relativamente optimista de que la mera coexistencia es insuficiente para que los engranajes no se atasquen. Porque, de acuerdo con el mismo modelo, la seguridad nacional es inviable sin la seguridad económica y viceversa, incluso admitiendo los síntomas de crisis que arrojan los estados-nación como entidades encargadas de redistribuir la riqueza, prestar servicios y cohesionar a la comunidad. Es decir, el desmoronamiento del bloque del Este, con la caída del Muro de Berlín como referencia del proceso, y la unificación Alemana como dato inmediato del triunfo de Occidente frente al proyecto soviético dieron lugar a una nueva situación en la que las interdependencias son más determinantes que las rivalidades. Quizá el acuerdo gasista de Rusia y Ucrania, mientras sigue la guerra, sea el ejemplo más inmediato e ilustrativo de la realidad más allá de los campos de batalla.

O puede que más acá, pues el final de la guerra fría liquidó un sistema con mecanismos de control mutuo a un lado y otro de la divisoria del Este y del Oeste, y lo que en principio se aventuró como un mundo más seguro y más estable dio en resultar uno menos seguro y menos estable. Y en ese mundo diferente al esperado porque está lejos de haberse consolidado como sistema con un código de señales reconocible que establezca pautas para gestionar los momentos de crisis, el único espacio que parece sistematizado y ocupado en mantenerse incólume es el de la economía global, sean cuales sean los costes sociales que lleva asociados. Claro que si las cosas son así, cobra todo su sentido la opinión expresada por Tony Judt sobre la orientación de un mundo globalizado: “El efecto de la predominancia del lenguaje económico en una cultura intelectual que siempre ha sido vulnerable a la autoridad de los expertos ha actuado como freno sobre un debate social más fundamentado en lo moral”. Y el freno sigue echado.

 

 

Pugna en Crimea de identidades europeas

El historiador Tony Judt afirmó en 1995, en una conferencia pronunciada en Bolonia: “Los analistas occidentales siempre se han mostrado ambivalentes frente a la europeidad de Rusia, como muchos de los propios rusos”. A pesar de que, según el mismo Judt, “hay muchas Europas, todas ellas con derecho a reclamar el título”, solo los países situados al oeste del Elba “han sido durante mucho tiempo Europa, mientras que las tierras al este (…) siempre están de alguna manera inmersas en el proceso implícito de llegar a serlo”. El análisis de Judt se atiene al hecho de que Rusia y lo que Vladimir Putin llama el extranjero próximo son tierras de frontera entre la Europa que se reconoce a sí misma como tal y aquella otra cuya europeidad geográfica no se completa con otros factores de identidad común.

En este sutil juego de identidades y referencias históricas, algunos casos son especialmente significativos y, a la vez, conflictivos: durante siglos, Polonia hubo de pechar con el coste político de hallarse entre Rusia y Alemania; hoy el papel de nación bisagra recae en Ucrania, con el futuro dividido entre la vinculación a la UE, al que aspira el nacionalismo ucraniano, y la vuelta a casa con el que se sueña la minoría rusa, especialmente en la península de Crimea. Las formalidades procesales en curso –declaración de independencia de Crimea, modificación de la ley rusa para incorporar comunidades que decidan acogerse a la autoridad de Moscú, referendo en Crimea y finalmente anexión de la península por Rusia– son útiles para comparecer ante la opinión pública y defender posiciones favorables y contrarias al desgajamiento de Crimea de la Ucrania surgida de la caída de Viktor Yanukóvich, pero lo que realmente ocupará a medio y largo plazo el análisis de los acontecimientos son tres factores íntimamente relacionados entre sí:

-La ausencia de un liderazgo global, capaz de articular un universo político global, a causa de la pérdida de parte de los resortes coactivos que suministró el desmembramiento de la Unión Soviética a la hiperpotencia –Estados Unido– del pasado más reciente.

-Las limitaciones del poder blando para gestionar situaciones extremas que desembocan en periodos de inestabilidad y desconfianza entre los grandes actores internacionales.

-El renacimiento ruso impulsado por Vladimir Putin, convertido en restaurador del orgullo nacional perdido durante el desbarajuste que siguió a la liquidación del régimen comunista y al final de la guerra fría, que el presidente ruso considera “la mayor catástrofe” de la historia de su país.

Con relación al primero de los factores, Ali Wyne, profesor asociado de la Universidad de Harvard, hace notar en The New York Times que incluso en los periodos considerados de hegemonía de Estados Unidos –algo discutible en el mundo bipolar de la posguerra– se dieron episodios que impugnan el concepto mismo de hegemonía. “¿Cómo se puede conciliar esta idea –se pregunta Wyne–con la pérdida de China, el estancamiento de la guerra de Corea, la invasión soviética de Checoslovaquia, la caída de Saigón y la ascensión del ayatolá Ruhollá Jomeini, por citar solo unos pocos contratiempos estratégicos?” Acaso la respuesta sea que las reglas del juego de la guerra fría incluían la predeterminación de áreas de influencia en cuyo seno el éxito estaba reservado a la potencia administradora: Estados Unidos, en Occidente; la URSS, en el Este. Pero acaso sea cierta también la impresión de Wyne de que reacciones muy enérgicas en un primer momento “crean expectativas poco razonables y desalientan a los aliados [Europa] para que desempeñen un papel más activo” en encrucijadas en las que predomina el realismo.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos rusos.

La estrategia de respuesta contenida está lejos de colmar las pretensiones de los hegemonistas convencidos o de los que adoptan este perfil por estricta necesidad de supervivencia política. En el Partido Republicano, incluso entre los moderados, abundan las críticas dirigidas al presidente Barack Obama, cuya política exterior le parece irresponsable al senador John McCaine y al congresista Mike Rogers le da para realizar una comparación hiriente: “Rusia juega al ajedrez y pienso que nosotros jugamos a las canicas”. Para el profesor Joseph S. Nye, analista y precursor del poder blando, la determinación de la política que deben seguir los líderes “depende, en parte, de la colectividad a la que se sienten moralmente obligados”. Y es indudable que la complejidad y la lejanía de la crisis ucraniana no figura entre las preocupaciones inmediatas de la opinión pública de Estados Unidos, que, en el mejor de los casos, sigue los acontecimientos como algo que atañe a los europeos.

Estos, a su vez, dan muestras de desorientación ante la agilidad de Putin para fortalecer su perfil de regenerador del orbe ruso. Ni las amenazas de sanciones ni las invocaciones del derecho internacional ocultan el dato de que Rusia lleva la iniciativa, la UE cometió un error de apreciación al creer que podía firmar un acuerdo con Viktor Yanukóvich sin importunar a Rusia y la historia europea está llena de lances poco respetuosos con el principio de legalidad, incluida la intervención en Kosovo, aunque la cancillera Angela Merkel sostenga lo contrario. Putin se ha procurado una guía ideológica y moral en la que pesa el legado de pensadores como el ruso blanco Iván Ilyin, un filosófo que al final de su vida denostó por igual los totalitarismos y la democracia, y propuso una tercera vía de características difusas para levantar un Estado en la Rusia que él abandonó a raíz de la revolución de 1917.

En un artículo publicado en El País, Nathan Gardels, director de The WorldPost, se refiere a las fuentes en las que beben los filósofos de cabecera de Putin –Nikolai Berdiaev, Vladimir Soloviev y el propio Ilyin– cuando vislumbran la Rusia que desean: “Al estilo de Dostoievski, y más tarde de Aleksandr Solzhenitsyn, todos ellos se consideraban custodios del modo de vida ruso. Místicos cristianos ortodoxos, les preocupaba que la democracia aplastara la noble alma rusa –preferían la monarquía o la autocracia como guardianes familiares de la sociedad– y que la cultura cosmopolita del Occidente materialista contaminara su espíritu. Además, tenían una fe mesiánica en el destino eurasiático de Rusia como civilización situada entre Oriente y Occidente”. La utilidad práctica de estas referencias para alentar el sentimiento nacional es evidente, y si todo se envuelve en la misión trascendental de devolver a la nación el brillo que ostentó en el pasado, aunque fuese bajo las siglas de la URSS, es improbable que se alcen voces que se opongan a las operaciones en curso en Crimea.

La movilización del Ejército en la cercanía de Ucrania y el recurso a la prédica religiosa con tintes nacionalistas –la apelación a la santa Rusia es casi un tópico–  completan la estrategia de movilización de las conciencias. De la misma manera que Lenin entendió que el despotismo de la nobleza y la burocracia zaristas eran los mejores instrumentos para sumar multitudes a su causa, así también hoy el enfrentamiento verbal con Occidente pone sordina a las carencias del Estado, al déficit democrático de un sistema que alienta el culto a la personalidad, a la corrupción y a tantas otras debilidades de la nueva Rusia, y otorga a Putin la posibilidad de convertirse en el líder indiscutido, dispuesto a corregir la marcha de la historia mediante una operación de riesgo calculado.

¿Esta patina de nacionalismo renacido es la señal definitiva para entender que, detrás de él, llega una nueva versión de la guerra fría, corolario inevitable la de paz fría que ha caracterizado durante los últimos años las relaciones de Estados Unidos y Rusia? ¿Cabe la lógica de la guerra fría en la economía global? Al formular estas preguntas se admite como seguro el objetivo de Rusia de disponer y gestionar un área de influencia propia, pero, al mismo tiempo, cobra sentido una afirmación de Tony Judt de 1995: “Los vínculos que les importan [a los europeos del este], y las conexiones que buscan, son con las civilizaciones y las potencias que quedan al oeste de ellos”. Y pasan a formar parte del presente los reproches dirigidos a Occidente por Mijail Gorbachov en el 2005, cuando se lamentó de que el compromiso de 1989 para no llevar los límites de la OTAN y de la UE a las puertas de Rusia, a cambio de que la URSS no se opusiera a la unificación de Alemania, fue sistemáticamente incumplido por Estados Unidos y los europeos.

Claro que, al mismo tiempo que Crimea llama a Rusia y el nuevo Gobierno de Ucrania, a la UE; al mismo tiempo que algunas voces consideran el episodio crimeo como el más grave desde la anexión de los Sudetes por la Alemania nazi (1938), Gazprom, el gigante ruso de la energía, patrocina la UEFA Champions League y nadie se rasga las vestiduras, y la superestructura conocida como economía financiera tiende a limar aristas para mantener los balances saneados. Nada de esto se le escapa a Putin, de nuevo más decidido que sus competidores-adversarios, que se ha apresurado a recordar que, si se imponen sanciones a Rusia, los perjuicios se extenderán a los sancionadores. Y no hay duda de que está en lo cierto, porque para la UE es imprescindible tener garantizado el suministro de gas en las condiciones de regularidad, eficacia y precio ahora vigentes, 6.000 empresas alemanas operan en Rusia y, cuando llega el verano, los turistas rusos son de los más dispendiosos, por citar solo algunos de los vínculos más conocidos entre las economías rusa y occidental. ¿Puede saltar por los aires esa trama de intereses a causa de Crimea?

El futuro divide a Ucrania

La paz fría que siguió a la euforia de Estados Unidos como única potencia global puede ser menos gélida de lo que los teóricos previeron. La concreción de China como la otra gran potencia del futuro inmediato y la pretensión del presidente de Rusia, Vladimir Putin, de restaurar el orgullo nacional y la influencia política de la que disfrutó en su día el Kremlin comunista conduce inexorablemente a una nueva forma de rivalidad entre los grandes del planeta, que en Ucrania se ha traducido en una crisis de identidad de consecuencias quizá continentales. Ucrania se enfrenta a los fantasmas de su historia, real o imaginaria, con la dramática radicalidad de los muertos en la plaza de la protesta y el choque de dos comunidades acaso irreconciliables, ambiente ideal para que medren cuantos creen que Ucrania bien vale un pulso.

La movilización del Ejército ruso en la vecindad ucraniana, el ballet diplomático representado por Europa y el perfil bajo mantenido hasta la fecha por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que deja la gestión del problema en manos europeas, no hacen más que subrayar las mil caras de un conflicto del que todo el mundo quiere salir con la cabeza alta. El presidente Putin, porque entiende que Ucrania es un asunto de Rusia, del patio trasero ruso, de la historia y la tradición de la Rusia ortodoxa e imperial, de su geopolítica, de aquella URSS presente en todas partes y de la legitimación de su papel de restaurador del orgullo patrio; Europa, porque se siente obligada a atender los requerimientos del occidente ucraniano, que fía su futuro en el manto protector y la relación con la UE; la Casa Blanca, porque supone que, sin una Ucrania sometida a sus designios, Putin será menos Putin.

Para que nadie pierda en el envite, la salida menos mala es aplicar los principios de la neutralidad política y estratégica al territorio en disputa, así como la URSS la exigió para Finlandia y Austria y las potencias occidentales la aceptaron al final de la segunda guerra mundial. La partición –un Occidente ucraniano vinculado a Europa y un oriente incorporado a Rusia–, posible, pero arriesgada, podría tener efectos desestabilizadores de larga duración. “¿Conflicto de valores? Menos que de pasiones nacionales y materialidades geopolíticas. El interrogante es: ¿qué Ucrania es la que sale de todo esto, y si son dos, cómo se reparten?”, se pregunta Miguel Ángel Bastenier en El País. El analista parte de una doble constatación: “El nacionalismo ruso vería como traición histórica la europeización exprés de sus hermanos ucranios, y, aun más, habida cuenta de que, según la versión oficial de Moscú que Washington desmiente, Mijail Gorbachov se plegó a la unificación de Alemania a condición de que la OTAN no se extendiera hacia el Este. Lo contrario de lo ocurrido. Y el otro nacionalismo, el ucraniano, no tiene tanto que ver con los llamados valores europeos”. Un cruce de caminos históricos demasiado enrevesado para depositar esperanzas en un desenlace sereno.

Cuando historiadores de la entidad de Tony Judt vaticinaron, mediados los años 90, que era bastante improbable que los antiguos estados comunistas se encuadraran en la UE (Una gran ilusión, 1996), se dejaron llevar por las inercias políticas procedentes del pacto entre las potencias que derrotaron a la Alemania nazi. Judt y otros dieron por seguro que una Europa verdaderamente unida era algo “demasiado improbable como para que insistir en ello no resulte insensato y engañoso”, pero la gran ampliación de la UE a principios del siglo XXI desmintió pronósticos seguramente apresurados. Al mismo tiempo, pocos ahondaron en la realidad cierta de que la heterogeneidad cultural de la URSS degeneraría en tensiones sociales crecientes en las repúblicas surgidas del gran imperio comunista. Y así es como hoy el choque de identidades en Ucrania se antoja un rompecabezas sobre el que se proyectan intereses y realidades enfrentadas.

Para Rusia, más allá de desencadenar emociones, el nombre de Ucrania es sinónimo de dos ingredientes igualmente importantes: los contratos de suministro de energía (gas), esenciales para una economía en quiebra como la ucraniana, y la base naval de Sebastopol, donde fondea la flota rusa del mar Negro. Ambos factores son igualmente útiles a Putin para presionar a los nuevos gobernantes de Kiev, pero allí donde los vínculos de sangre y las fidelidades de familia se ponen más de manifiesto es en Sebastopol, en la península de Crimea, tierra rusa regalada a Ucrania por Nikita Jruschov en 1954 y en la que, contra la política ficción de la novela La isla de Crimea, de Vasily Aksiomov, la población exige la integración en la madre patria, mientras en Kiev la calle clama por cortar amarras.

Nina L. Khrushcheva, profesora del World Policy Institute y descendiente de Jruschov, disculpa a su antepasado, nacido en Ucrania, por haber regalado la península: de hecho, fue solo un gesto porque siguió en el seno de la URSS, que todo lo englobaba. Al mismo tiempo, cita la novela de Aksiomov como uno de tantos vaticinios poco meditados, y llega a una conclusión mediante la cual da un salto de la geopolítica a la legitimación moral de Putin ante la opinión pública rusa para actuar con energía en apoyo de aquellos hermanos de idioma y cultura que sienten su identidad amenazada por una más que previsible Ucrania solo ucraniana. Frente a la retórica de la Europa unida exhibida por la task force encargada por Bruselas de ocuparse de la crisis, la emotividad en nombre de la solidaridad eslava tiene una capacidad de movilización que acaso fue enmascarada por los concentrados en la plaza de Maidan hasta la huida-caía del presidente Viktor Yanukóvich.

“Ucrania es un país dividido entre su pasado y su futuro”, ha escrito Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, en el semanario estadounidense Time. En el pasado, durante nada menos que tres siglos y medio, el destino de Rusia y de Ucrania fueron una misma cosa; incluso el desmoronamiento de la URSS y la fundación de un ectoplasma político conocido como Comunidad de Estados Independientes (CEI) contó con una activísima participación de los políticos ucranianos que en aquel momento (1991) se hicieron cargo de la situación, todos ellos rusófonos. En el futuro, como Bremmer subraya, Ucrania seguirá necesitando que fluya la energía desde Rusia, con tanta o más urgencia que los estados de Europa occidental. Y si las cosas son así, cabe formular dos preguntas:

– ¿Es viable una Ucrania desligada de Rusia y gobernada solo por los depositarios del capital político acumulado en la plaza de Maidan por una multitud hostil a Rusia?

– ¿Cabe pensar que el compromiso de la UE con las nuevas autoridades ucranianas será tal que ponga en riesgo el cumplimiento de los contratos suscritos con Rusia –con Gazprom– que garantizan el suministro?

Para Bremmer, “los líderes políticos y las instituciones europeas (…) están lejos de desear una confrontación con Rusia por un país cuya potencia es insuficiente para unirse a la UE”. ¿Significa que quienes aplaudieron a Yulia Timoshenko de regreso del cautiverio pueden comprobar más temprano que tarde que se quedaron sin apoyos importantes? ¿Significa que la capacidad de Putin para ocuparse de su patio trasero desborda la capacidad de respuesta europea? ¿Significa que, como sucedía durante la guerra fría, Ucrania es a todos los efectos territorio político ruso y, en última instancia, la realpolitik se impondrá a cualquier otra consideración? Significa, quizá, que es de aplicación una reflexión de Tony Judt: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Y en la crisis de Ucrania, al menos en las apariencias, solo Putin confía en sí mismo.

 

 

 

Putin toma el camino de regreso al Kremlin

Manifestación en Moscú.

Concentración celebrada el 4 de febrero en Moscú por la oposición a Vladimir Putin.

Vladimir Putin prepara la vuelta a casa. Para quien a ojos de muchos de sus conciudadanos restauró la dignidad nacional y salvó a Rusia de la decadencia irrefrenable en los días de Boris Yeltsin, el Kremlin y el despacho de la presidencia son sus moradas naturales. Cualquier otro lugar -incluida la oficina del primer ministro, que ha ocupado durante cuatro años- queda muy por debajo de sus merecimientos. La tradición del zar predestinado se cumple de forma inexorable y, frente a las virtudes que lo adornan, cualquier otra consideración carece de valor. Claro que contra ese determinismo prelógico se levantan algunas voces, que a veces constituyen una multitud, y entonces chocan las élites gobernantes y las élites emergentes que quieren mejorar la calidad democrática del sistema.

Fareed Zakaria, editor del semanario conservador estadounidense Time, atisba señales de cambio, aunque también admite  el peso de la tradición. De acuerdo con esta última, se explica el interregno de cuatro años de Dmitri Medvédev en la presidencia del país, porque la teoría más extendida es que el Estado ha sido y es desde tiempo inmemorial propiedad de una élite ajena a las pulsiones de la sociedad. En cambio, a tenor de las protestas en la calle a partir del 4 de diciembre del 2011, posteriores a unas elecciones legislativas de una opacidad impenetrable, es precipitado suponer que Rusia cobija una sociedad adormecida: “Siempre ha habido una sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante, defensora de valores universales y de los derechos humanos. Se trata de la Rusia de Tolstoi y Pasternak, Sajarov y Gorbachov, y siempre ha creído que el destino de Rusia se encuentra en Occidente. Esta Rusia no ha muerto bajo Putin. De hecho, ha ido creciendo en silencio, pero con vigor, en la última década. En un artículo publicado en Journal of International Affairs, de la Universidad de Columbia, Debra Javeline y Sarah Lindemann-Komarova describen una Rusia en la que la sociedad civil tiene un impacto cada vez mayor. Hoy hay más de 650.000 organizaciones no gubernamentales en Rusia. Muchos de estos grupos no son abiertamente políticos, sino que desafian la autoridad gubernamental y sus decisiones -por razones ambientales, por ejemplo-, y algunas veces prevalecen”.

Lo cierto es que esta “sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante” ha de contrarrestar una coreografía de campaña en la que Putin ha mezclado la gesticulación del líder populista con los baños de masas, promesas de rearme para devolver a Rusia la potencia de fuego de los días de la Unión Soviética, un complot checheno para asesinarle descubierto in extremis e incluso una oferta gradilocuente para salvar a Europa de la decadencia, se supone que mediante los ingresos siempre en aumento del petróleo y del gas. En este ambiente, el Informe del estatus de la sociedad civil, elaborado en el 2008 entre oenegés que operan en Rusia, proporciona datos propios de una sociedad más dinámica de lo que se suele pensar: el 49% de las entidades consultadas respondió que influyen en las decisiones que toma el Gobierno; el 64%, que contribuyen a formar la opinión pública, y el 56%, que influyen en sus conciudadanos.

De ahí que no sorprenda que el título de un post escrito por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial sea Algo se mueve en Rusia. En el texto se recoge la pregunta por demás sugestiva formulada por Robert Service, una autoridad mundial en historia de Rusia: ¿estamos en los comienzos de la nueva revolución rusa? Habida cuenta de que es imposible una respuesta inequívoca, Madridejos se remite a los mensajes que envía la calle: “Resulta evidente que Putin y sus epígonos no han podido crear una Administración moderna y eficaz en el inmenso país, ni unas instituciones sólidas que canalicen las reformas sin temor al desbordamiento; pero un sistema liberal y democrático, parecido al de Europa occidental, no está inscrito en los augurios del futuro inmediato. La prudencia interpretativa es de rigor ante los últimos acontecimientos. Porque lo que ocurre en Moscú no puede extrapolarse al inmenso país, los resortes del poder son apabullantes y la pregunta retórica del profesor Service no tiene respuesta por el momento”.

La vuelta a casa -al Kremlin- de Putin contiene todos los elementos de un auto sacramental destinado a impresionar al país-continente con un poder inabarcable y paternal. De tal manera que lejos de los grandes centros urbanos, de los lugares que más han sentido la implantación del capitalismo a toda máquina, con su secuela inevitable de corrupción a todas horas y clientelismo político, la figura del zar protector sigue rindiendo intereses. Para esta mayoría silenciosa, alejadísima de los centros del poder, carece de sentido preguntarse por la conveniencia o no de un gobernante fuerte, de una presidencia fuerte, al estilo de lo sucedido en Francia en la campaña de las primarias del Partido Socialista. En estos ambientes está del todo justificado que Putin tenga en su despacho un retrato de Pedro el Grande, según publicó la revista Forbes.

Además, sigue vigente un pacto tácito entre una parte de los sectores sociales políticamente activos y el poder. Así lo han explicado en Foreign Affairs Maria Lipman, directora de Pro et contra, publicación de análisis que edita en Moscú el Carnegie Center, y Nikolai Petrov, politólogo de largo recorrido que colabora con la misma organización: “Durante años, las relaciones entre el Estado y la sociedad en la Rusia de Putin se rigen por lo que podría describirse como un pacto tácito de no injerencia. En muchos ámbitos -entre ellos sustituir cargos de elección popular con personas designadas-, con la introducción de restricciones que impiden los jugadores no deseados en el campo político, el Gobierno envió un mensaje implícito a la gente de que no debe inmiscuirse en los asuntos de Estado. A su vez, el Gobierno no interfirió en actividades individuales, y las clases creativas y empresariales del país disfrutaron de oportunidades bastante amplias para sentirse realizadas. De esta manera, el Gobierno y el pueblo vivieron en mundos paralelos. La clase política de Rusia no tuvo que preocuparse en rendir cuentas. La corrupción, la ilegalidad y el abuso de autoridad fueron omnipresentes, mientras que el desempeño del Gobierno fue cada vez más ineficaz. En los últimos años, las infraestructuras deficientes y las normas poco estrictas de seguridad han llevado a desastres de gran magnitud que han dejado cientos de muertos”.

El análisis de la situación que hace Gérard Fuchs, integrante de la Fundación Jean-Jaurès, en la órbita del socialismo francés, complementa el de Lipman y Petrov: “La situación social del país se desprende de forma bastante lógica de su situación económica. ¿Cómo invertir con continuidad en la educación, léase simplemente pagar regularmente los salarios de los profesores, con un presupuesto del Estado dependiente en gran medida de las fluctuaciones de los precios de las materias primas? ¿Cómo garantizar el poder adquisitivo de los jubilados? ¿Cómo desarrollar un sistema sanitario moderno? En este contexto no es sorprendente el ascenso de un voto comunista o nacionalista que refleja menos la nostalgia de una época superada que el rechazo de las desigualdades escandalosas”. Esto es: el equilibrio entre el poder y el segmento social más crítico y activo puede romperse ante la flagrante debilidad que muestra el Estado como prestatario de servicios a los contribuyentes.

Las preguntas de Fuchs no excluyen en ningún caso el triunfo de Putin. Porque a pesar de que encabeza su reflexión con un interrogante -¿Es posible una primavera rusa?- próximo al de Service, no soslaya un dato determinante: la primavera árabe, a la que parece aludir, solo se concretó en un movimiento popular después de un largo periodo de degradación del poder. En Rusia, la prosperidad del mercado energético y las inversiones occidentales constituyen un espectacular muro de contención.