Trump, un líder para tiempos oscuros

Solo las encuestas de Los Angeles Times sin asomo de duda, el profesor Allan Lichtman, acertante invariable desde hace 32 años, y el documentalista Michael Moore el pasado mes de julio pronosticaron que el vencedor del 8 de noviembre sería Donald Trump. En el caso del periódico californiano, su muestra demostró ser la mejor de cuantas manejaron los medios para vislumbrar el futuro; en el del universitario volvió a funcionar su cuestionario de 13 preguntas; en el acierto de Moore se concretó el conocimiento profundo que tiene de su país, tan presente en Capitalismo: una historia de amor. La sorpresa de la madrugada del miércoles fue una impugnación sin precedentes en Estados Unidos acerca de la utilidad de los sondeos, pero fue también un baño de realismo social que hubieron de encajar a un tiempo todos los grandes medios informativos, salvo Fox News, favorable a Trump, la gran mayoría de la comunidad académica y los defensores de la teoría del mal menor, que debía allegar votos a Hillary Clinton, poco apreciada por sus conciudadanos, pero preferible siempre al candidato republicano. Pocos, como Moore, supieron medir la intensidad del mar de fondo que sacude a las sociedades occidentales y ha llegado con fuerza inusitada a las costas de Estados Unidos para teñir el mapa de la nación con el rojo característico de los republicanos a pesar de la división profunda del partido, un dato nada desdeñable.

Vio Moore cinco razones para la victoria futura de Trump:

  1. Las ‘mates’ del Medio Oeste o bienvenidos a nuestro ‘Brexit’ del cinturón de óxido. Fueron determinantes en la victoria de Trump los estados que en el pasado precisaron mano de obra intensiva en la gran industria: automóvil, acero, bienes de equipo y otros sectores.
  2. La última batalla del hombre blanco enojado. El voto del hombre blanco golpeado por la salida de la crisis y que afronta el futuro con una sensación de incertidumbre y vulnerabilidad cayó del lado de Trump, reforzado por el del 54% de las mujeres blancas.
  3. El problema Hillary Clinton. El perfil de una mujer preparada e inteligente, pero casi siempre distante y a menudo soberbia, tenida por la viva imagen del establishment en un ambiente poco propicio para las familias patricias y las élites políticas, señaladas por los estrategas de campaña de Trump como las responsables de todos los males de la nación. Una encuesta reveló que el 70% de los electores la consideran “mentirosa y deshonesta”.
  4. El voto deprimido de Bernie Sanders. Los seguidores del senador en las primarias se dividieron el martes entre los que hicieron un gran esfuerzo para optar por Clinton y los que prefirieron quedarse en su casa. Para estos últimos, careció de sentido la opción del mal menor.
  5. El efecto Jesse Ventura. Esto es, muchos de cuantos decidieron votar por Trump entendieron que la elección permitía enviar un mensaje de protesta contra sus victimarios o contra quienes creen que lo son, de la misma manera que la victoria en Minnesota del luchador Jesse Ventura en 1998, que fue elegido gobernador del estado, se interpretó como la consecuencia de un acto de rebeldía de la mayoría de votantes contra el establishment local.

Algo consustancial con los equilibrios sociales en los países occidentales se ha quebrado y no lo detectan las encuestas. Se respira una atmósfera de profunda contrariedad por el precio desorbitante de la salida de la crisis después de pagar un precio asimismo desorbitante cuando estalló –paro, recesión, inseguridad, fragmentación del mercado de trabajo, entre otras causas de desasosiego–; el pacto social de la posguerra ha saltado por los aires y la economía global da la impresión –acaso es más que una impresión– de que persigue solo la eficacia (la rentabilidad) y renuncia a la equidad. Mientras tanto, arraigan en sociedades castigas, envejecidas, desorientadas y sin grandes líderes la entera gama de prejuicios asociados a las crisis de identidad: racismo, xenofobia, islamofobia, miedo al otro, oposición a los flujos migratorios, proteccionismo y nacionalismo exacerbados y otras lacras propias de tiempos oscuros.

Es cierto que Trump carece de experiencia política, que no es un líder con la cultura cosmopolita y refinada que distingue a Clinton, pero ha demostrado poseer el instinto primario de un presentador de reality show que sabe echar sal a la herida para que salten las lágrimas cuando decae la audiencia. Trump hizo “una campaña que se parecía más al nacionalismo europeo que al conservadurismo estadounidense”, escribió uno de los cronistas de The New York Times al día siguiente de la elección, y ese fue un acierto suyo porque ajustó el mensaje a la reclamación perentoria de volver a las esencias, intuida en las filas de la baja clase media blanca, que no ha sacado partido del éxito macroeconómico de Barack Obama durante sus dos mandatos.

Ese enojo extremo, inductor de un voto oculto no detectado por las encuestas, no fue percibido por Clinton o no fue tenido en cuenta por su equipo de campaña. Lo que Clinton no entendió es el título del análisis electoral publicado por la escritora Kathleen Parker en The Washington Post. La idea central de Parker, y con ella la de muchos otros, es que la elección de 2016 se planteó como un referéndum sobre la herencia de Obama, y la candidata demócrata insistió en que ella era la depositaria del legado del presidente saliente. “La promesa de Clinton de continuar las políticas de Obama fue una agenda suicida –escribe Parker– para una mayoría de estadounidenses, especialmente para aquellos cuyas vidas no mejoraron durante la recuperación económica en los últimos ocho años”. Insistir en la preservación de la herencia recibida no era solo innecesario, sino que a la postre fue contraproducente.

Dicho de otra forma, la elección se planteó como “la batalla entre lo rural y lo urbano, entre quienes quieren dejar las cosas como están y quienes no forman parte de tal orden y quieren uno nuevo”, sostiene el analista Andrew Rosenthal. En ambos casos ganó Trump: en la llamada América profunda, por la sensación de que la tierra se mueve bajo sus pies sin que nadie haga nada; en los degradados paisajes urbanos del cinturón de óxido, porque el sueño americano –un eslogan o una ilusión– parece haberse desvanecido en la densa atmósfera de las nuevas tecnologías y de las finanzas globales, concentradas en los prósperos estados del noreste y en la costa del Pacífico. Basta contemplar el mapa político que ha dejado la elección de presidente para colegir que Clinton fue sobre todo la candidata de la nueva economía, de los nuevos empleos, de la sociedad posindustrial, y Trump fue en especial el líder proteccionista que quiere cambiar las reglas del juego, sin que se sepa, por lo demás, cómo y con quiénes piensa hacerlo sin poner a Wall Street en un grito.

Tampoco hay demasiadas pistas ciertas acerca de qué propósitos animan a Trump en otros campos, salvo las vaguedades difundidas durante la campaña. Solo algo es seguro: la mutación ideológica del republicanismo iniciada con la revolución conservadora de Ronald Reagan se ha consumado este último martes con una intensidad y en unos términos que solo los neocon muy convencidos, los ideólogos del Tea Party y los profetas de las nuevas iglesias evangélicas pudieron vislumbrar en el pasado. Ese partido de Donald Trump y Mike Pence es tan diferente del de John McCain y Mitt Romney, de Colin Powell y de George H. W. Bush, que se reflejan en él la división social, la fractura que atestigua el cómputo de votos populares –un empate técnico con unos miles de papeletas más para Clinton–, las protestas contra el vencedor que siguieron al escrutinio y esa alarma generalizada ante un personaje imprevisible, del todo desconocido, capaz hasta ahora de cualquier descortés inconveniencia sin que le tiemble la voz.

A cambio de no saber qué futuro deparará el relevo en la Casa Blanca, el populismo ultraconservador dispone desde el martes de un líder de referencia a escala planetaria. De Marine Le Pen a Vikton Orbán, por citar a dos entre muchos, la ultraderecha tiene un espejo donde mirarse, tiene una técnica electoral en la que inspirarse para porfiar en ese gran cambio en curso que desafía los usos democráticos, la convivencia entre diferentes, el mestizaje cultural y el recurso al pacto para no caer en el autoritarismo destemplado. Este parece ser el signo de estos días confusos: proveer de argumentos a la extrema derecha para que sume cada día nuevos adeptos a su causa, que no es la de la mayoría aunque sus líderes así lo venden. ¿O acaso Trump no es tan del establishment como Clinton, como todos los presidentes desde George Washington? Como ha dicho el escritor Richard Ford, pronto echaremos en falta a Obama.

El ‘efecto Trump’

La alocada acumulación de candidatos que aspiran a la nominación republicana para disputar a Hillary Clinton la Casa Blanca el 8 de noviembre del próximo año alarma al conservadurismo clásico y envalentona a los estrategas de los aspirantes menos convencionales, con el extravagante ultraconservador Donald Trump en primer lugar. Mientras la mayoría de encuestas no dejan de pronosticar que la candidata in péctore de los demócratas ganaría a cualquier aspirante republicano si hoy se celebraran elecciones, el viejo partido –GOP (Grand Old Party)– ha malgastado los dos primeros debates de sus aspirantes con digresiones absurdas, argumentos falaces y la sensación de que, en medio de la farsa, los asesores afectos al Tea Party son los que mejor se mueven. Como ha escrito Paul Krugman, “ahora tenemos unos candidatos presidenciales [republicanos] que hacen que Bush parezca Lincoln”, y que su hermano Jeb, cabe añadir, se perfile como el menos inconsistente de todos ellos.

Empujados o condicionados por el efecto Trump, si así puede llamarse, los precandidatos republicanos parecen haber llegado a la conclusión de que cuanto más a la derecha se instalen, más posibilidades tendrán en las primarias que empiezan en enero. Esa suposición choca con dos precedentes que atestiguan que, en efecto, esa estrategia vale para ganar la nominación, pero es insuficiente, cuando no dañina, para llegar a la presidencia. El error en el 2008 del senador John McCain, un republicano clásico, de unir su suerte a la de la gobernadora Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia, representante de un conservadurismo rudimentario y ágrafo, resulta tan ilustrativo como el de Mitt Romney en 2012, que formó ticket con Paul Ryan, un neocon subido al tren de la austeridad y la restricción del gasto público. Si McCain y Romney perdieron claramente frente a Barack Obama, a pesar de recluir a la ultraderecha en la vicepresidencia, ¿cuál podría ser el resultado si el candidato respondiera a los parámetros de Donald Trump o a los de alguien de su misma cuerda?

Steve Schmidt, asesor político de McCain en la campaña del 2008, cree ver en la debilidad financiera de candidatos inexpertos como Ben Carson y Carly Fiorina un vivero de votos para Donald Trump antes que para políticos profesionales como Jeb Bush, Marco Rubio, Ted Cruz o Chris Christie, integrantes del establishment republicano, aunque de los cuatro, solo Bush forma parte de la aristocracia del partido. El análisis de Schmidt parte de la idea de que los políticos convencionales, incluso los vinculados al Tea Party y opuestos frontalmente al reformismo moderado de Barack Obama, arrastran el desprestigio de las derrotas de 2008 y 2012, y su incapacidad para bloquear las iniciativas de la Casa Blanca más aborrecibles a ojos del electorado ultraconservador: la reforma sanitaria, el acuerdo con Irán, las relaciones diplomáticas con Cuba, los programas relacionados con el cambio climático y el control de las emisiones de gases, la política migratoria, etcétera. Sea o no acertado el argumento de Schmidt, lo cierto es que Donald Trump es de largo el precandidato con mayor capacidad de movilización y recaudación a pesar de la tosquedad de su comportamiento y de sus argumentos.

Lo que resulta impredecible es cuál es la capacidad de destrucción de un candidato como Trump o de un candidato como Bush sometido a las exigencias del sistema planetario de Trump. En la película Game change, reconstrucción de la campaña de Sarah Palin (Julianne Moore), John McCain (Ed Harris) le pide a su compañera de candidatura, después de reconocer la derrota frente a Obama, que no se alíe con quienes pueden destruir el partido. Hoy sigue vigente ese temor a que una derechización sin freno lo ponga en riesgo; “la profunda preocupación por mi país”, expresada en un blog por un votante republicano, coronel retirado, refleja en términos muy sencillos un estado de ánimo muy extendido entre el republicanismo tradicional.

La quincena aproximada de precandidatos que parecen dispuestos a probar suerte contribuye a sembrar la inquietud, porque salvo en el caso de Trump –las encuestas le atribuyen un apoyo ligeramente por encima del 25%–, fragmenta el voto hasta lo indecible. Con el efecto añadido de que candidatos con posibilidades frente a Hillary Clinton o frente al vicepresidente Joe Biden, si finalmente opta a la nominación demócrata, tienen en cambio poco respaldo entre la militancia del partido –por debajo del 17%–, lo que en ningún caso les permitiría obtener la nominación republicana. Así, mientras un articulista de The Washington Post se pregunta dónde están las nuevas caras de los demócratas, un editorial de hace varias semanas lamentaba la ausencia de “republicanos reconocibles” en los prolegómenos de la larga carrera a la Casa Blanca. Como si todo lo que hasta la fecha ha aportado el desafío de Trump fuese la desnaturalización acelerada del partido a causa del deseo incontenible de liquidar la herencia de Obama y abundar en las recetas más derechistas, resumidas en el mantra menos Gobierno, menos Washington.

La consolidación de algunas figuras que cree ver Joe Klein, columnista del semanario Time, detrás de la confusión que se ha adueñado del escenario, parte de la idea de que Trump se ha convertido en un pesado que distorsiona la precampaña, pero no impide que se prefigure un reparto de papeles con Ted Cruz a la derecha, Jeb Bush y John Kasich en el centro y una posición intermedia para Marco Rubio, un neocon tenaz que no recurre al vitriolo para combatir a sus adversarios. Lo malo para quienes aspiran a racionalizar la lucha es que Trump dobla las expectativas de voto de todos ellos, ninguno tiene garantizado el apoyo mayoritario de un segmento concreto de los electores del partido y, además, su fortuna personal le confiere al pesado una autonomía de la que carecen sus oponentes.

El Partido Republicano dispone del gran capital político de la mayoría en las dos cámaras del Congreso, pero corre el riesgo de gastarlo en fuegos de artificio a causa del recurso permanente al no. Quien aspira a encabezar el Ejecutivo no debe solo tener su propio programa, sino que ha de demostrar su voluntad de compromiso para acordar soluciones bipartidistas para problemas concretos, algo que forma parte de la tradición política de Estados Unidos, pero que el republicanismo apenas ha practicado durante los dos mandatos de Obama. Y aunque nada garantiza la victoria ni presagia la derrota a más de un año de distancia del día D, la coincidencia cuatrienal de la elección del presidente con la renovación de toda la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado entraña más riesgos que las elecciones legislativas de midterm (a mitad de un mandato presidencial). De ahí, también, la alarma de los más veteranos, de aquellos que temen que el efecto Trump asuste a una parte del electorado y se quede en casa o, lo que sería peor, cambie el color de su voto.

Los republicanos preparan la victoria

La decisión de la mayoría de candidatos demócratas que se presentan a las elecciones del próximo martes en Estados Unidos de evitar la presencia del presidente Barack Obama en sus campañas ilustra la desazón que se ha adueñado del partido. Con índices de aceptación que en el mejor caso superan ligeramente el 40%, la compañía de Obama se ha convertido en un mal punto de partida para neutralizar la euforia de los republicanos, que confían en recuperar la mayoría en el Senado y están seguros de renovarla en la Cámara de Representantes. No hay un solo dato que no pronostique dos años extremadamente difíciles para la Casa Blanca, encajonada entre una opinión pública descontenta y un Partido Republicano dueño del Congreso y sometido muy probablemente a la estrategia de tierra quemada del Tea Party.

La primera gran preocupación del Partido Demócrata es la desmovilización del arcoíris de minorías que llevaron a Obama al Despacho Oval en el 2008 y lo mantuvieron en el puente de mando en el 2012. Aunque las elecciones legislativas de midterm (entre dos elecciones presidenciales) suelen tener una participación más baja, la falta de un gran asunto a debate en las del día 4 aún las hace menos atractivas a ojos de una parte considerable de los ciudadanos, instalados en la atonía a pesar o causa de una mejora muy visible de la economía. Y las clases medias de la América tradicional, zarandeadas por la crisis, han recuperado el instinto conservador y la desconfianza en la Administración federal, y no han dejado de poner en duda las virtudes de una reforma sanitaria que, entienden, es una intromisión inaceptable del Estado en el libre albedrío de los ciudadanos.

Cartel en el que se asocia ‘tea’ y ‘republican’ con el elefante, mascota de los republicanos, que para el caso luce una enorme bolsa de té en el lugar de la oreja.

La analista Marisa Abrajano, de la Brookings Institution, al remitirse a los índices de participación en las midterm del 2010 –latinos, 31,2%; blancos, 48,6%; negros, 44%; asiáticos, 31%– pone de relieve que de los caladeros de votos demócratas, solo el afroamericano puede mantenerse en índices parecidos a los de hace cuatro años, mientras que la movilización entre latinos y asiáticos puede ser incluso menor. Es esa una perspectiva que vaticina una derrota demócrata, junto con una constante histórica: en las midterm, los mayores y los segmentos sociales más prósperos –voto conservador en ambos casos– acuden en mayor medida a las urnas que los jóvenes y, en general, los ciudadanos con unos ingresos por debajo de la media.

¿Por qué la figura de Obama ha decaído hasta el punto de contaminar las expectativas electorales demócratas? Cuatro son las razones entre otras muchas:

1. Las elecciones a mitad de un mandato presidencial suelen castigar al partido que ocupa la Casa Blanca. Si los índices de aceptación del presidente son además modesto, por no decir bajos, el castigo es mayor. Si, por añadidura, el presidente –caso de Obama– es un pato cojo (lame duck), apelativo que se aplica a quien no puede ser relegido por decisión propia o por imperativo legal, la pérdida de votos suele ser aún mayor.

2. El martes se renueva el último tercio del Senado surgido de las elecciones del 2008, cuando Obama ganó la presidencia. Fue aquel un gran año de ascenso demócrata y en cambio el 2014 lo es de reflujo, de acuerdo con los ciclos típicos de la política de Estados Unidos, con los dos grandes partidos instalados permanente en una montaña rusa.

3. El aumento del voto militante, ajeno a los resultados y comprometido solo con la adscripción a una idea hace cada día más difícil la transferencia de sufragios de republicanos a demócratas y viceversa. El martes se someten a elección siete escaños del Senado ocupados por demócratas que corresponden a estados donde en el 2012 ganó Mitt Romney, candidato republicano a la presidencia. Seis de estos estados son tradicionalmente republicanos –Alaska, Arkansas, Dakota del Sur, Luisiana, Montana y Virginia Occidental– y el séptimo –Carolina del Norte– está a tiro de los republicanos a poco que flaquee la participación entre las minorías. En cambio, los republicanos solo se encuentran en una situación parecida en Maine, un estado de largo historial demócrata y donde Obama ganó hace dos años.

4. La intensidad de los ataques dirigidos directamente a Obama, no exentos en ocasiones de prejuicios raciales más o menos explícitos, han desgastado la imagen de líder reflexivo que proyectó durante sus primeros años. Al mismo tiempo, se ha extendido la impresión de que el presidente es un político dubitativo, que ha ofrecido una débil imagen exterior de Estados Unidos y no ha sido capaz de neutralizar los obstáculos planteados por una oposición republicana desacomplejada.

Cartel elaborado por una partidaria de Hillary Clinton para promover su candidatura en la elección presidencial de 2016.

¿Es posible que la resurrección del conservadurismo compasivo enunciado en el 2001 por George W. Bush sea la gran herramienta republicana para dejar a los demócratas en minoría en las dos cámaras del Congreso, se pregunta la analista Melissa Deckman? La seguridad absoluta de que encadenará una tercera mayoría en la Cámara de Representantes, una asamblea acostumbrada a la sal gruesa y la bipolarización permanente al estar sometida a renovación cada dos años, da alas al Partido Republicano para confiar en hacerse con la mayoría en el Senado. Como se dijo a propósito de Bush, la simplicidad de los enunciados no afecta a la eficacia de los mismos, y varios candidatos han vuelto en esta campaña sobre la idea central del expresidente en los inicios de su primer mandato: “El Gobierno no puede solucionar todos los problemas, pero puede estimular a la gente y a las comunidades para ayudarse a sí mismas y ayudar a otros. A menudo la forma más auténtica de compasión es ayudar a los ciudadanos a construir sus propias vidas”.

Según analiza la situación la web estadounidense político.com, el estado de ánimo del electorado permite pronosticar que una versión del conservadurismo compasivo actualizada por el Tea Party es suficiente para lograr la victoria. La gran contradicción es que uno de los mayores logros de la presidencia de Obama, la reactivación de la economía, poco tiene que ver con el individualismo disfrazado de compasión y mucho debe a la intervención directa del Estado para rescatar a la clase media de la postración a la que la condenó el curso de la crisis económica a partir del desbarajuste de las subprime (2007) y de la quiebra del banco Lehman Brothers (2008). El neokeynesianismo contenido que inspiró las medidas de estímulo que permitieron inyectar dinero al sistema para promover el crecimiento, el empleo y el consumo anduvo bastante alejado de la prédica neocon, pero llegado el 2014, con un aumento previsto del PIB por encima del 3%, el efecto electoral de la mejora de la economía se antoja amortizado.

Detrás del esfuerzo de los republicanos por controlar el poder legislativo, de obstaculizar al máximo los dos últimos años de gobierno de Obama, y del empeño de los demócratas por alejar al presidente de los mítines se desliza el perfil de Hillary Clinton, la candidata demócrata mejor situada para disputar la Casa Blanca en el 2016. Los republicanos carecen, de momento, de un posible cartel electoral tan sólido para dentro de dos años, y en el seno del partido la división entre el establishment clásico y los apóstoles del Tea Party es fácilmente detectable. Los demócratas quieren evitar a la posible candidata tener que pechar con las consecuencias de una derrota electoral, con el efecto en la opinión pública de un relato que la asocie con los previsibles aprietos de Obama hasta el final de su mandato. Pero es esta una operación llena de obstáculos porque los republicanos, a su vez, se preparan para mostrarse intransigentes con cuanto proceda de la Casa Blanca y para proyectar sobre el futuro la sombra de un Partido Demócrata sin margen de maniobra.

Esa concepción binaria de la política, muy presente en los medios informativos conservadores, donde se reclama al Partido Republicano –léase Tea Party– desmantelar los programas sociales puestos en marcha por Obama, configura una situación de bloqueo político. En el quincenal National Review, el muy conservador Ramesh Ponnuru sostiene que “el recurso a la reconciliación para conseguir que sea promulgado un proyecto de ley sería un desperdicio del proceso”. En general, las publicaciones neocon entienden que el resultado del martes es la estación intermedia del trayecto que lleva a la Casa Blanca, pero entre bastidores surge la pregunta: ¿es posible imaginar un candidato que en el 2016 pueda enfrentarse con posibilidades de vencer a la brillante Hillary Clinton si hasta entonces se ha prodigado en actitudes sectarias? Y al buscar la respuesta surgen las dudas en cuanto al techo electoral y la capacidad de gestión política del Tea Party a escala nacional, convertido el Partido Republicano en correa de transmisión de un conservadurismo hermético.

Mohamed Mursi dicta la ley

El presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ha aprovechado el viento de cola de su éxito en la mediación de la última crisis de Gaza para ajustar a sus designios la primavera de la plaza de Tahrir. Como en los prolegómenos de la caída del régimen anterior, la sociedad se ha dividido, ahora entre los partidarios del nuevo establishment político, surgido de las filas de los Hermanos Musulmanes, y aquellos que soñaron en una reforma no confesional del Estado, mientras el Ejército se mantiene a la expectativa como garante indispensable del statu quo con Israel. Así están las cosas desde que Mursi publicó el decreto que, en la práctica, le coloca por encima de cualquier poder del Estado, incluido el de los jueces, so pretexto de que es la única forma de llevar a cabo las reformas y neutralizar a los nostálgicos del anterior régimen, aunque en la práctica crecen los temores de que las orillas del Nilo acojan el nacimiento de un nuevo rey sol.

El exsecretario de Estado Henry Kissinger publicó el 5 de agosto en el liberal  The Washington Post un artículo en el que silueteaba la repercusión de la presidencia de Mursi: “Con una Constitución que todavía es un borrador, la función de las instituciones clave contendiendo entre los Hermanos Musulmanes y el Ejército, y un electorado estrechamente dividido entre visiones radicalmente diferentes del futuro del país, la revolución de Egipto está lejos de haberse acabado. La política de Estados Unidos se debate entre imperativos que compiten entre sí (…) Si Estados Unidos se equivocó en el periodo de la guerra fría por poner un énfasis excesivo en la seguridad, ahora corre el riesgo de confundir el populismo sectario con la democracia”.

Gaza

Población: 1.650.000 habitantes.
Extensión: 365 kilómetros cuadrados.
PIB: 590 millones de euros.
PIB per cápita: 2.400 euros.
Primer ministro: Ismail Haniyá del partido Hamás.

La crisis institucional egipcia confiere al texto de Kissinger un valor renovado. “La presidencia y el poder judicial están atrapados en una confrontación, cada parte con una imagen caricaturesca de su adversario”, afirma Nathan J. Brown, de la Universidad George Washington, en la edición inglesa del diario egipcio Al Masri Al Yum. En realidad, es bastante más lo que sucede, como él mismo reconoce: “Las ambigüedades críticas –un calendario preciso, los poderes del Parlamento, la capacidad de la declaración constitucional para modificar los criterios de selección para la Asamblea Constituyente– han sido desplazadas por decisiones ad hoc realizadas por actores motivados por el miedo a sus adversarios en un contexto polarizado”. Un miedo poco reconocible en el entorno del presidente, que cree que ahora es el momento de afianzar el poder, pero muy presente en los acampados en la plaza de Tahrir, que temen con razón que la realpolitik acabe con el sueño del Estado neutral y dé alas al Estado confesional, pilotado por la Hermandad.

En el plan maestro de Mursi no hay asomo de improvisación. Cuenta con la condescendencia de Estados Unidos desde el mismo instante en que desactivó la bomba de relojería de la operación Pilar Defensivo, desencadenada por el Ejército israelí con un ojo puesto en las elecciones de enero y otro atento al relevo de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, previsto para las próximas semanas. Dispone del margen de maniobra que le otorga haber promovido un borrador de Constitución que no mengua las atribuciones y el poder del Ejército, incluido el económico. Y para acallar o desvirtuar la protesta en curso cuenta con el entusiasmo de la calle a propósito de la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que ha permitido a Palestina convertirse en Estado observador no miembro de la organización.

Está por ver si esa estrategia es tan potencialmente desestabilizadora como hacen temer los muertos en las manifestaciones, la ira en la plaza de Tahrir y la afrenta sufrida por la oposición laica. “El presidente Mohamed Mursi habría podido salvar su presidencia y el futuro de los Hermanos Musulmanes si hubiese sometido a referendo las medidas draconianas”, escribe el escritor egipcio Mohssen Arishie en The Egyptian Gazette, que observa cómo se concreta la fractura social: “Al decidir dirigirse solo a los manifestantes islamistas en Heliópolis y desentenderse de quienes protestan en la plaza de Tahrir y otros lugares, el presidente Mursi ha ensanchado la brecha entre islamistas y musulmanes moderados, que constituyen la mayoría de la sociedad”.

Mursi

Manifestación de apoyo de Mohamed Mursi en El Cairo, el 23 de noviembre.

Es esta una afirmación arriesgada a la luz del análisis social que hace Tamer Wagih, editor del diario Al Masri Al Yum, que se acerca mucho a la creencia muy extendida de que los caladeros de la Hermandad se encuentran en la clase media baja, los sectores más desfavorecidos de las grandes ciudades y el mundo rural, franjas de población muy conservadoras, apegadas a la tradición, que tienen en el islam el núcleo básico de su “ideología espontánea”, en expresión del politólogo francés Sami Nair. Los Hermanos Musulmanes cumplen sobradamente con los requerimientos conservadores de este segmento social –“su base popular es más conservadora y reaccionaria que la de los reformistas tradicionales”, escribe Wagih–, receloso ante cualquier innovación, “donde se mezcla la ira contra la modernización con las tendencias conservadoras que persiguen introducir un cambio ético”. Pero, al mismo tiempo, una parte de la clase trabajadora y de los jóvenes disconformes con Mursi forman parte de la clase media baja, amenazada por una fractura irresoluble si el presidente no levanta el pie del acelerador.

¿Puede Mursi evitar la fractura con su implicación en el problema palestino? La tentación inicial es responder sí; la realidad y las expectativas de futuro no son tan sencillas. Para el profesor Amro Alí, de la Universidad de Sidney, el presidente sigue sujeto a los parámetros establecidos por Estados Unidos e Israel desde los días de los acuerdos de Camp David, que consagraron la paz fría en la frontera del Sinaí. Alí recuerda en Al Ahram Online que Jaled Fahmi, profesor de la Universidad Americana de El Cairo, habla de una israelización de la política egipcia, y añade: “Algunos actores externos quieren más días como los de Mubarak para Egipto ya que satisficieron tan bien sus intereses”. Entiéndase bien: no se trata solo de Israel y de Estados Unidos; también los países del Golfo añoran las certidumbres de la autocracia de Mubarak.

Aun así, es indudable que se la producido un cambio en la aclimatación cairota al agravio palestino. La implicación de Mursi en las operaciones para desactivar los planes dictados para Gaza por el Estado Mayor israelí ha constituido una novedad absoluta; el previsible desfile de gobernantes árabes por la Franja durante los próximos días, también. La israelización se ha modulado porque, en caso de fuerza mayor, las partes saben que siempre es posible la gestión técnica del conflicto mediante las líneas de comunicación que mantienen abiertas los generales a ambos lados de la frontera. Pero esa seguridad en que las aguas no desbordarán el cauce no ha evitado que el equipo de Binyamin Netanyahu haya transmitido algo entre la desorientación y la sorpresa. “Las revoluciones árabes no han agotado el sentimiento de solidaridad –explica el arabista francés Jean-Pierre Filiu en las páginas de Le Monde–, pero se ha visto con este conflicto el gran regreso de lo político. Israel, al mantenerse en el statu quo, no ha comprendido el nuevo dato, y ha sido sorprendido por la posición egipcia. Ahora bien, las revoluciones árabes se han hecho en nombre de la justicia, y en el mundo árabe el símbolo de la justicia absoluta es Palestina”.

Obama Abás

El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, y el de Estados Unidos, Barack Obama, el 20 de marzo en la Casa Blanca.

Esa incomprensión del nuevo dato quizá explica tres presuntas torpezas del Gobierno de Israel, enfrentado al hecho consumado de que Palestina iba a lograr el voto mayoritario de la Asamblea General de la ONU:

  1. Creer que el temor palestino a afrontar un futuro peor, sin negociaciones y con Netanyahu en manos del ala más conservadora de un partido ya de por sí tan conservador como el Likud, llevaría a Mahmud Abás a pensárselo dos veces antes de disgustar al presidente Barack Obama: “Estados Unidos considera [la votación en la ONU] una gesticulación inútil y una huida hacia adelante –escribió Le Monde en su editorial del jueves–. Hace valer que la Autoridad Palestina debería regresar a la mesa de negociación, donde le espera Israel. Salvo que no hay casi nada a negociar con la dirección israelí actual, que tiene posibilidades de ser reconducida en las elecciones de enero, y que los tres últimos presidentes estadounidenses han engañado a aquellos que esperan su estado; George W. Bush y Barack Obama han prometido incluso como un encantamiento un Estado palestino para el 2005, después para el 2011”.
  2. Abordar la conversión de Palestina en Estado observador no miembro de la ONU como un obstáculo para la paz, una paz que, por lo demás, se mantiene a precario desde la independencia de Israel en 1948. “El reconocimiento del Estado Palestino no es un obstáculo para la paz –aseguró en su editorial, el día de la votación, el diario liberal israelí Haaretz–. El presidente Mahmud Abás se ha comprometido a reanudar las conversaciones con Israel inmediatamente después de que su país sea reconocido. Si el primer ministro Binyamin Netanyahu quiere convencer a los israelís de su deseo de paz, debe abandonar su oposición al reconocimiento palestino, ser el primero en felicitar a Abás por un logro histórico y fijar una fecha cuanto antes para reanudar las conversaciones. No son solo los palestinos los que merecen un horizonte diplomático. Los israelís también lo merecen”.
  3. Suponer que, pasadas las elecciones de Estados Unidos, Israel no debería pagar ningún precio por el apoyo dispensado por Netanyahu a Mitt Romney. “Colaboradores del primer ministro explican que, contrariamente a lo que los comentaristas puedan pensar, Obama no guarda rencor a Netanyahu. Pero tengo una explicación diferente: Obama no ha venido al rescate de Netanyahu. Ha venido al rescate de Israel”, afirma Shimon Shiffer, corresponsal en Washington del diario centrista israelí Yediot Ajronot.
Sinaí

Transporte de blindados egipcios camino del Sinaí en agosto pasado.

Nada de esto resulta confortable para Israel, aunque el presidente Abás esté lejos de haber obtenido el apoyo explícito de Estados Unidos al camino del reconocimiento en la Asamblea General de la ONU. El debilitamiento de Netanyahu refuerza la figura de Mursi y, de paso, otorga a Hamás algún tipo de crédito ante el mundo árabe al aceptar los términos del alto fuego que ha contenido la sangría en Gaza, y al apoyar por una vez a Abás. Y, para rematar el despropósito, Sever Plocker, uno de los editores de Yediot Ajronot, destaca que el Gobierno israelí ha perdido una gran ocasión de sacar partido a la osadía diplomática palestina, porque en el borrador presentado en la ONU se hace referencia a un Estado palestino “junto a Israel en paz y seguridad sobre la base de las fronteras anteriores a 1967 [Guerra de los Seis Días]”, pero no se menciona el estatuto de Jerusalén en la parte operativa del borrador. Conclusión: “Israel debería incluso votar a favor de la resolución”.

Netanyahu, sobra decirlo, no ve las cosas de igual forma. El análisis que hace de la situación se acerca más al de Fareed Zakaria, el influyente analista del semanario Time y de la cadena de televisión CNN, que ha colgado en su blog un texto titulado Israel domina el nuevo Oriente Próximo.  “Es cierto que estamos en nuevo Oriente Próximo, pero es uno en el que Israel se ha convertido en la superpotencia de la región”. La condición de potencia nuclear –entre 100 y 500 ingenios nucleares, la mayoría instalados en submarinos– le confiere una situación de privilegio, lo cual explica a ojos de Zakaria por qué Egipto “no va a correr el riesgo de una guerra con Israel”. Y va más allá: “La paz entre los palestinos y los israelís se producirá solo cuando Israel decida que quiere hacer la paz Todos los políticos desde Ariel Sharon a Ehud Olmert y Ehud Barak, han querido arriesgarse para lograr la paz porque estaban preocupados por el futuro de Israel como Estado judío y democrático. Esto es lo que está en peligro, no la existencia de Israel”. ¿Preserva la doble condición judía y democrática de Israel una operación como la desencadenada en Gaza, contenida con el concurso egipcio, o condena a las sociedades israelí y palestina a perseverar en la militarización de los espíritus? Es de imaginar que lo que sucede desde hace decenios es esto último.

 

 

Más que una huelga general

Cuando el FMI advierte de que la austeridad recetada por Alemania nos lleva directamente al desastre es que la situación es peor de lo intuido. Algo muy grave se debe cocer entre cajas para que la señora Christine Lagarde y tutti quanti lancen la advertencia en plena campaña de relaciones públicas de la cancillera Angela Merkel para llegar a las elecciones de su país con la popularidad por las nubes, aunque Europa esté literalmente en un grito, sometida al fundamentalismo económico que amenaza con hacer saltar por los aires el pacto social trabajosamente ahormado en la posguerra para pacificar el continente. Si la vara de medir de lo que se avecina es el cabreo manifestado la tarde del 14 en la vía pública por españoles, portugueses, italianos, bastantes franceses e incluso… un notable número de alemanes, entonces la alarma de Lagarde y compañía está más que justificada. Lo cual hace aún más grotesco el empeño de la derecha polvorienta española de medir el descontento social mediante la determinación de la caída del consumo de electricidad durante la jornada de huelga general.

14-N“Los últimos acontecimientos ofrecen una nueva oportunidad para dar el vuelco a esta situación. Excepto cierta prensa de Madrid que vive anclada en sus guerras decimonónicas, cualquier observador atento ha visto que el paro del 14-N ha sido también una revuelta de la clase media, que esta vez se ha unido a los trabajadores y a los jóvenes en el clamor contra las consecuencias de las políticas contra la crisis”, escribió el jueves Albert Sáez en su blog de EL PERIÓDICO. En este análisis cuenta poco –por no decir nada– el consumo eléctrico, y en cambio cuenta bastante más la impresión transmitida por las dos grandes manifestaciones de Madrid y Barcelona. ¿Cuál es esa impresión? Que la quiebra social se halla a la vuelta de la esquina y, con ella, la quiebra política que, de producirse, desbaratará el statu quo sobre el que se ha edificado la democracia representativa de las llamadas sociedades avanzadas.

Identificar estos riesgos no es alarmismo ni ganas de molestar. Es la simple certificación de que si el sistema se disloca por completo, puede que se salven las finanzas y la nueva economía, la tecnoeconomía o como se la quiera llamar, pero perecerá todo lo demás. Parece harto trabajoso para algunos comprender que en esas estamos y que cualquier desdramatización del momento tiende a falsear la realidad. Mientras una multitud asustada por el futuro al que debe enfrentarse se manifestaba por los paseos de Gràcia y el de Recoletos, el comisario Olli Rehn echaba un cable al Gobierno al reconocerle los esfuerzos realizados –exigidos, entre otros, por el propio Rehn, claro– para sanear las cuentas, pero el capotazo no hacía más que confirmar todos los miedos y atestiguar que, salvo cambios imprevisibles, la ruta hacia la pobreza es la única que figura en el mapa de la UE.

14-NIncluso la más que previsible oposición del Banco Central Europeo a que España negocie una línea preventiva de crédito con el FMI por si van muy mal dadas, una posibilidad desmentida por el Gobierno, pone de manifiesto que los poderes no electos ejercen una presión inconmensurable sobre los electos. La analista Masa Serdarevic identifica en su blog del Financial Times hasta tres razones para prever que, en última instancia, el Gobierno español optará por olvidarse del asunto:

  1. A los socios de la eurozona no les hará ninguna gracia que uno de los suyos vaya tan lejos en busca de ayuda.
  2. El BCE probablemente no autorizaría la medida, porque la austeridad es el camino fijado, y se desentendería de comprar bonos en el mercado secundario.
  3. Es muy posible que el FMI no quiera verse envuelto en una operación que no incluya a la UE.

A la vista de este tríptico, no resulta exagerado añadir que la única alternativa a las horcas caudinas de la austeridad es la inanición. Algo que no debe sorprender porque el economista ultraliberal alemán Jürgen Donges dijo en su día a Jordi Évole que la única alternativa a la precariedad laboral es el paro, con lo cual se arrogó el papel de repentino regulador de nuestro mercado de trabajo sin mayor representatividad ni títulos democráticos para hacerlo. Y, a pesar de todo, hay quien piensa que el mayor problema es que los sindicatos se atienen a un Modelo caduco, título del artículo colgado por el economista José Miguel Amuedo en la edición digital de Expansión. “Los sindicatos son estructuras caducas, que se siguen moviendo de forma caduca, y utilizan un lenguaje sin duda caduco –opina Amuedo–. Un ejemplo es que siguen organizando las huelgas como hace un siglo. Y la sociedad, sin duda, ha cambiado”. En efecto, ha cambiado tanto que muchos trabajadores no se sienten representados por los sindicatos, tal como sostiene Amuedo en un pasaje de su texto, pero tampoco se sienten atendidos por los cargos electos, a quienes muchos de ellos votaron, y por el Gobierno que administra el país; demasiado a menudo se sienten tripulantes de una nave pilotada a distancia.

14-N“Los ciudadanos europeos perciben cada vez con mayor impotencia que los gobernantes que eligen en sus países tienen menos poder sobre los asuntos que afectan a su bienestar. En el sur de Europa este problema es particularmente agudo. Nos hemos acostumbrado a que decisiones providenciales sobre nuestro futuro las tomen líderes a los que no hemos elegido y sobre los que no tenemos control alguno”, escriben en su blog Carlos Carnicero Urabayen y Antonio Roldán. ¿Es posible imaginar un mecanismo que erosione la democracia más demoledor que ese? Lleva razón Fernando Vallespín cuando sostiene: “Es posible que la huelga sea mala para hacer cuadrar los números. Pero es estupenda para vigorizar la democracia”. Y lo es porque neutraliza aunque solo sea por un día la sensación de indefensión que se ha adueñado de las víctimas de la crisis, afectadas por decisiones tomadas en instancias de poder sin ninguna representatividad, ajenas al dictamen de las urnas, al viejo y saludable juego de las mayorías y las minorías. Hablar de déficit democrático, vistas las consecuencias de lo sucedido hasta la fecha, resulta excesivamente contenido.

El modo imperativo al que recurre el economista Emilio Ontiveros en El País es el adecuado para reclamar un cambio de rumbo lo más rápido posible: “Europa debe escuchar. Sus instituciones, pero de forma destacada el Gobierno alemán, deben asimilar la evidencia de que el ajuste presupuestario indiscriminado y excesivamente concentrado en el tiempo, con bastante independencia del origen de los desequilibrios financieros, no aporta los resultados pretendidos. Destruye posibilidades de recuperación y, también, erosiona la solvencia pública y privada. También, y no menos importante, acerca a millones de ciudadanos a una situación de frustración creciente. A un cuestionamiento de la propia idea de Europa”.

Por desgracia, la cita va en una dirección radicalmente contraria a la expresada el martes en Lisboa por la cancillera alemana, que llenó de parabienes al primer ministro de Portugal, Pedro Passos Coelho, obligado a pauperizar el país mientras la calle enardecida grita “Merkel no manda aquí”. El mensaje de Ontiveros también es incompatible con el sonsonete que repiten el Gobierno de Mariano Rajoy y sus agitprop de papel cuando justifican los tijeretazos, llamados reformas, con las felicitaciones de Rehn por lo bien que se están haciendo las cosas. Nada justifica la confianza gubernamental en el camino emprendido, pero parece que la proletarización de la clase media, base de sustentación de los sistemas democráticos, importa menos que cumplir con un ajuste fiscal que, primero, se antojó duro y hoy merece el calificativo de extravagante, porque resulta “política y socialmente insostenible” en opinión de un foro tan identificado con el establishment financiero como el FMI.

14-NEs de lamentar que el enfoque dado a la crisis por el equipo del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, haya contaminado tan poco los análisis europeos, porque en la estrategia de la Casa Blanca ha prevalecido la necesidad de hacer compatible el saneamiento de las finanzas y la salud del dólar con el rescate de la clase media, como se han ocupado en señalar los analistas liberales y ratificaron las urnas el día 6. Cuando Thomas L. Friedman escribió en The New York Times que los electores prefirieron dar una segunda oportunidad Obama, a pesar de que la tasa de paro bordea el 8%, a otorgar su confianza a Mitt Romney, añadió una frase significativa, reflejo del hipotético pensamiento de la mayoría que hizo posible la reelección del presidente: “Pensamos que lo estás intentado. A partir de ahora será aún más difícil. Aprende de tus errores”. Nadie en Europa da señales de estar dispuesto a aprender de sus errores, y los riesgos que se corren son enormes.

Uno de los mayores, si no el mayor, es el rápido alejamiento de la población de las instituciones y los partidos, de los ámbitos en los que se adoptan las decisiones políticas. “Sería un error interpretar el seguimiento de la huelga de ayer como un escrutinio del grado de irritación de una sociedad. La desafección, la frustración, afecta a un contingente mucho mayor”, opina Emilio Ontiveros en el artículo antes mencionado. “Es un mensaje enviado a los jefes de Estado europeos. Todos están incluidos, se trate del de Francia, del de Alemania, del de Italia. Y hoy son ellos quienes toman decisiones, a escala europea, que nos colocan en una situación imposible”, declaró al semanario francés de izquierdas Le Nouvel Observateur el secretario general del sindicato CFDT, François Chérèque, al final de la jornada del miércoles. Chérèque no es un radical ni cosa parecida, sino más bien alguien apegado al realismo.

Otro riesgo es que llegue al ánimo de los ciudadanos que solo la movilización social rinde frutos. La negociación emprendida por el Gobierno y el PSOE para contener la injusticia lacerante de los desahucios, después de vivirse episodios de un dramatismo apabullante, no puede decirse que sea precisamente una muestra de reflejos; parece sobre todo un tratamiento de choque, de efectos más que modestos, arrancado con fórceps por el descontento social, la protesta ante las sucursales bancarias y las concentraciones frente a los domicilios de los condenados a perder su casa. Es improbable que sirvan el decreto del Gobierno y lo que le siga, si lo hay, para restaurar la confianza en las instituciones y en el compromiso de los gobernantes con los vaqueteados por la crisis, porque ¿puede alguien asegurar que sin las movilizaciones se habría puesto freno a los desahucios? Mal asunto para la salud de la democracia reglada que la gestión directa y en caliente de los problemas sea más eficaz y ejecutiva que la mecánica institucional.

Aun así, toda situación de desconfianza o debilidad democrática es susceptible de empeorar. Por ejemplo, si se confirma que, a ojos de Bruselas, el Gobierno se ha pasado en sus atribuciones al ocuparse de los desahucios sin consultar ni pedir permiso para modificar normas que pueden afectar a la cuenta de resultados de los bancos, los sanos y los enfermos. En este caso, visto que la vocación depredadora de los mercados es incompatible con el Estado del bienestar, y visto también que puede ser incompatible con algo políticamente menos comprometido como la simple caridad, habrá que preguntarse: ¿con qué son compatibles los mercados?

 

Obama y compañía

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, acompañados de sus respectivas familias, celebran la victoria en Chicago la madrugada del miércoles.

La victoria obtenida el martes por el presidente Barack Obama ha consolidado el núcleo electoral constituido por un nuevo mapa de minorías, bastante diferente al que manejaron los sociólogos desde los días de Franklin D. Roosevelt hasta la derrota de Michael Dukakis en 1988. El perfil del electorado que llevó a Bill Clinton a la Casa Blanca y a punto estuvo de repetir el resultado con Al Gore en el 2000 fue un anticipo de las minorías transversales que hicieron posible la elección de Obama en el 2008 y su relección ahora. El Partido Demócrata de los sindicatos, el mundo de la cultura y la industria del espectáculo, la clase media urbana y una parte importante de la comunidad afroamericana se ha enriquecido con electorados con una composición interna más heterogénea, interclasista si se quiere; sigue siendo el partido de las minorías, pero de minorías con una mayor complejidad social. Al decir que la mayoría de mujeres, de jóvenes entre los 18 y 29 años, de hispanos, de homosexuales y de movimientos sociales independientes votaron por Obama, se afirma a un tiempo que el presidente ha logrado extender su base electoral más allá de los límites tradicionales. Así, el apoyo del AFL-CIO se ha diluido, pero ha aparecido el de los blue collars, una etiqueta más amplia; los demócratas mantienen la influencia en la clase media, pero esta ha decrecido 20 puntos –hace 40 años englobaba al 71% de la población y hoy incluye solo al 51%– y en su lugar aparecen las clases emergentes vinculadas a la nueva economía.

Esta cualidad inclusiva del Partido Demócrata se halla en las antípodas del perfil exhibido por el Partido Republicano durante la campaña, incluso después de limar las aristas más cortantes del conservadurismo a ultranza impuesto por el Tea Party a través de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia. Al mismo tiempo, la diversidad social y cultural convierte a los demócratas en un colectivo más expuesto a la crítica y a las contradicciones, como ha explicado Ross Douthat en su blog en The New York Times. Pero la misma comentarista admite que, por el momento, las virtudes inclusivas de la propuesta de Obama mantienen desorientados a los republicanos, que solo son un adversario cuando entienden cómo construyó Obama su mayoría, “por qué los votantes se unieron y por qué la mayoría conservadora de los tiempos de Reagan y Bush lo descifró”.

El éxito de Obama se resume en un dato rotundo: es el primer presidente demócrata desde Roosevelt que consigue ganar con más del 50% de los votos populares. En cambio, Mitt Romney no ha obtenido ni un solo voto electoral más de los 206 que le adjudicaron las encuestas más solventes hasta el día antes de la elección. A Romney le perjudicó tanto la imagen proyectada por el Partido Republicano, demasiado blanco, demasiado viejo y demasiado masculino, como ha recogido EL PERIÓDICO, como el lastre ultraconservador en el debate de la moral y los valores. Las proclamas antiabortistas, la brega contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, todo cuanto hace referencia a la autonomía del individuo en el ámbito más íntimo, dañaron tanto la campaña de Romney como la incapacidad del equipo de campaña de comprender que la demografía de la nación ha sufrido un cambio profundo e irreversible. Creyeron los republicanos que con los argumentos de ayer se puede vencer hoy, según interpreta Douthat: “[Romney] fue finalmente derrotado menos por sus propias limitaciones como líder y más por el hecho de que su partido no quiso reinventarse, prefirió creer que la retórica y las posiciones de 1980 y 1984 –triunfos de Ronald Reagan– podían ganar de nuevo en la América del 2012”.

Al hilo de argumentos similares, el analista Joel Benenson llega a la conclusión de que el triunfo de Obama no fue el propiciado por el cambio experimentado en la demografía estadounidense, sino más bien por una nueva moral colectiva combinada con el empeño de rescatar a la clase media de la postración: “Ganó porque articuló un conjunto de valores que definen una América en la que la mayoría de nosotros desea vivir”. La coalición de Obama, llamada así por la antes citada Ross Douthat, habría empezado a configurarse en 1972, cuando George McGovern fue el candidato demócrata a la presidencia, derrotado con estrépito por Richard Nixon, pero en aquel tiempo aún alentaba en el seno de la sociedad estadounidense la inercia política wasp (white, anglosexon and protestant) por encima de cualquier otra. Hoy la textura  social dominante es muy diferente.

Romney Ryan

Cartel electoral de Mitt Romney y Paul Ryan.

Los republicanos no percibieron el cambio o se vieron arrastrados por la escala de valores inspirada por la herencia wasp, que el Tea Party administra. No se percataron de que muchos votantes estaban dispuestos a contestar con un a la más elemental y repetida de todas las preguntas: ¿estoy hoy mejor que hace cuatro años? Incluso en una publicación tan declaradamente conservadora como el semanario Time, E. J. Dionne Jr. ha reconocido que el presidente ha dado la vuelta a las tendencias heredadas: “Se han creado 4,5 millones de empleos desde enero del 2010, la bolsa ha doblado su valor desde su índice más bajo y el mercado de la vivienda se ha estabilizado. Mitt Romney pudo prometer 12 millones más de empleos en los próximos cuatro años porque las políticas de Obama han marcado el camino para producirlos gracias a un renacimiento de la industria, un aumento de las exportaciones y una nueva oleada de investigación e innovación”.

En términos parecidos analiza Thomas L. Friedman el error cometido por los republicanos al considerar que el reformismo económico de Obama era el flanco más débil del presidente: “Un país con cerca del 8% de paro prefirió dar al presidente una segunda oportunidad antes que a Mitt Romney la primera. El Partido Republicano necesita hoy sincerarse consigo mismo”. Cabe añadir que solo Roosevelt, durante la gran depresión logró la relección con una tasa de paro superior al 7%. Y también fue Roosevelt el primer gran convencido de que sin la implicación del Estado no había salida a la crisis, un convencimiento idéntico al que ahora exhibe Obama frente al propósito republicano de recortar el Estado para dejar más recursos en manos privadas. El objetivo de Romney es lograr la reactivación económica enseguida, aunque el precio sea una inquietante fractura social; el de Obama es fundamentar el crecimiento en una vuelta a la cohesión social. Obama es un pragmático ilustrado sin antecedentes en el mundo financiero; Romney, un financiero conservador urgido por la cuenta de resultados y por los ideólogos del Tea Party.

Leo Strauss

El filósofo conservador Leo Strauss (Kirchain, Alemania, 1899-Annapolis, EEUU, 1973), intérprete del pensamiento político de Platón y Aristóteles.

Las élites republicanas, instruidas en el conservadurismo compasivo, reconocen en privado que la alianza con el Tea Party ha resultado desastrosa. Alexander Burns y Jonathan Martin explican en la web politico.com que han recogido en los pasillos republicanos la opinión de algunos veteranos del partido que ven cómo parte de la base “está envuelta en un universo mental paralelo, con Fox News como su única fuente de información  de confianza y la memoria del deslizamiento conservador del 2010 como su marco básico para entender la política”. Este distanciamiento de la realidad circundante tiene que ver con la dualidad social estadounidense, configurada por el papel que desempeñan el Gobierno y los programas federales y por el peso del poder local en los estados poco poblados, tan alejados de Washington como de los grandes debates acerca de la sociedad del futuro.

Menos comedido que los periodistas de politico.com, John Nichols afirma en la revista progresista The Nation que el reclutamiento de Paul Ryan para acompañar a Mitt Romney ha dado un “resultado miserable”. Decir Ryan es decir Tea Party, y ahí radica una de las grandes incógnitas: descifrar hasta qué punto la extrema derecha perjudicó las aspiraciones republicanas en igual o mayor medida que la capacidad del presidente para agavillar una mayoría social. Thomas L. Friedman pronostica que si el centro derecha no se desembaraza de la extrema derecha, el Partido Republicano “esta condenado a ser un partido minoritario durante mucho tiempo”. Dicho de otra forma por Jennifer Rubin en su blog en el liberal The Washington Post, que pidió sin tapujos el voto para Obama: “Si el partido va totalmente a la derecha, con una selección de candidatos aún menos atractivos para las mujeres, las minorías y una sociedad cada vez más secularizada, es difícil ver cómo mejorará su situación”. En el mismo periódico, Stephen Stromberg concluye que de persistir en la promoción de personalidades como Paul Ryan, el Grand Old Party (GOP) no hará otra cosa que “dar permiso a los derechistas para ser más firmes y más imprudentes en su oposición a Obama”.

Irving Kristol

Portada de la revista ‘Esquire’ de febrero de 1979 dedicada al politólogo conservador Irving Kristol. “Este intelectual desconocido es el padrino de la más poderosa nueva fuerza política en América: el neoconservadurismo”, dice el titular.

El analista Jonathan Haidt, extremadamente crítico con el funcionamiento de la maquinaria de los partidos, saca a relucir la incapacidad de muchos dirigentes de anteponer el interés nacional al del partido, de favorecer un auténtico debate de ideas. “Esto es muy malo –comenta Haidt– porque amplifica otros problemas como la crisis de la deuda, la falta de una política de inmigración racional y el envejecimiento de nuestras infraestructuras”. Pero alimenta también la desconfianza hacia el sistema, condenados los electores a soportar el espectáculo de la pelea del poder por el poder. Un mecanismo de distanciamiento de la política que, después de la derrota, intentan frenar los republicanos con la oferta de diálogo lanzada el jueves por John Boehner, su líder en la Cámara de Representantes, alguien que, por lo demás, se distinguió en la anterior legislatura por su cerrazón.

Los editores de la revista National Review, difusora de la causa republicana, ven en la derrota el inicio de un largo periodo de estancamiento electoral si los conservadores no van más allá del análisis demográfico de los resultados. “Hasta que los conservadores no diseñen una agenda nacional y la forma de venderla, que vincule los principios de un Gobierno pequeño con resultados atractivos, estarán en grandes dificultades para mejorar su situación con las mujeres, los latinos, los blancos o los jóvenes –escriben los editores–. Y los conservadores serán muy imprudentes si cuentan con la mera disponibilidad de jóvenes militantes conservadores carismáticos para maquilar este problema”. Diríase que la publicación propone un compromiso ideológico más detallado, pero esta primera impresión se desvanece cuando asoma el pragmatismo a ultranza: mantener a Todd Akin, el del aborto legítimo, en la carrera por un escaño en el Senado es presentado como un error y la insistencia en introducir una enmienda en la Constitución que impida los matrimonios homosexuales, como una empresa quijotesca.

Los depositarios de la herencia intelectual de Leo Straus, Irving Kristol y el resto de precursores del neoconservadurismo abundan en la necesidad de oponer una resistencia sin tregua al reformismo de Obama. “El presidente ha retratado a Romney como el extremista. La lección debe ser clara: cuando los republicanos no luchan, simplemente permiten a los liberales demócratas que parezcan centristas”, afirma Jeffrey H. Anderson en The Weekly Standard, el semanario fundado por William Kristol a la medida del pensamiento neocon. Y ahí reside una de las grandes divergencias entre los republicanos clásicos y sus compañeros de viaje: los primeros reniegan de la lucha sin cuartel y abogan por el compromiso bipartidista; los segundos ponen por delante la derrota del adversario aunque la nación corra el riesgo de precipitarse por el abismo fiscal (fiscal cliff), algo que puede suceder las próximas semanas si en el Congreso no se concreta un pacto que lo evite.

Romney no es el arquetipo del conservador clásico, pero tampoco es alguien que tiene como única referencia las enseñanzas de la escuela dominical. De forma que debió resultarle especialmente doloroso leer el comentario tajante de Richard Cohen en The Washington Post al día siguiente de la derrota: “Mitt Romney podía haber ganado. Tenía el oponente adecuado, pero el partido político equivocado”. Las cifras solo confirman en parte esta afirmación: en el 2008, el senador John McCaine quedó a 10 millones de votos del senador Barack Obama; el martes, tres millones de votos separaron a Obama y Romney. Quienes ven la botella medio llena pueden afirmar sin equivocarse que el giro ideológico republicano ha consolidado un núcleo de electores con futuro; quienes la ven medio vacía piensan que las filas de Obama han resistido cuatro años de desgaste, las deserciones han sido escasas y, tan importante como eso, los más de 8,5 millones de votos perdidos por el presidente han engordado la abstención antes que las expectativas republicanas. Pueden ser muchos los defraudados por Obama, pero son muchas más las víctimas de la crisis a las que asusta la perspectiva de que los republicanos se hagan cargo de la situación inspirados por el Tea Party. Obama y compañía cotizan al alza incluso cuando pierden votos. ¿Es cierto que lo mejor está por venir?

 

‘Sandy’ cambia la campaña

La sorpresa de octubre capaz de modificar el rumbo de la campaña electoral en Estados Unidos se llamaba Sandy. La tormenta tropical que golpeó con fuerza inusitada los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania puede haber alterado la suerte del gran combate de forma más determinante que el despliegue de estrategias políticas diseñadas por los asesores del presidente Barack Obama y de Mitt Romney, el candidato republicano renacido en las encuestas en las semanas inmediatamente anteriores a la llegada de Sandy. Después de largas digresiones sobre cómo podía remediar Obama el debilitamiento de su candidatura, fue la situación de emergencia provocada por el huracán lo que permitió al candidato demócrata sacar lo mejor de su reconocida capacidad para mostrarse ante la opinión pública como un pragmático ilustrado con dotes de mando. En sentido contrario, Romney se vio obligado a dar explicaciones sobre asuntos rodeados de polémica y que dividen al cuerpo electoral: el papel y las dimensiones del Estado, el cambio climático y la eficacia de la iniciativa privada en situaciones extremas.

La constancia en el esfuerzo de Romney para despegarse de la sombra proyectada sobre la anterior campaña presidencial por la derecha ágrafa, encarnada en Sarah Palin; el concurso de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia, extremadamente conservador, estrella del Tea Party, pero alejado de las reflexiones de mesa camilla de muchos de sus seguidores; la buena nota media obtenida por los republicanos en los debates, todo se diluyó en la lluvia torrencial, en el metro inundado, los domicilios anegados, la lista de muertos y la aparición del comandante en jefe al frente de las operaciones. Solo analistas como Charles Krauthammer (Fox News, derecha infatigable), movidos más por sus deseos que por el escrutinio de la realidad, pueden sostener que la aparición de Sandy “no afectará a la elección”. Todos los sondeos posteriores al desastre reflejan la recuperación del presidente, su ventaja en votos electorales y a menudo en votos populares y, lo que es más importante, una ventaja apreciable, aunque no definitiva, en ocho de los nueve estados clave. “Obama ha habitado la Casa Blanca durante cuatro años; ahora la Casa Blanca habita en él”, ha escrito Jonathan Schell, profesor en The National Institute, una traducción posmoderna en el seno de una república presidencialista de “l’État c’est moi”, el famoso aserto que la cultura popular atribuyó sin fundamento a Luis XIV de Francia.

EncuestasPero acaso lo peor para Romney sea la concreción de las fisuras en las filas republicanas y la debilidad estructural del partido, el apoyo del exsecretario de Estado Colin Powell a la relección del presidente, los elogios del gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, republicano, dirigidos a Obama –escribió un tweet de agradecimiento a la Casa Blanca que fue un verdadero picotazo a Romney sin mencionarlo–, el reconocimiento del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, asimismo republicano, por los esfuerzos de la Administración demócrata para luchar contra el cambio climático y, por encima de todo, el clamoroso interés de Romney de mantener a George W. Bush lo más alejado posible de la campaña. El pronunciamiento de Powell se comprende porque su paso por el Departamento de Estado fue inseparable de las agrias diferencias de criterio que mantuvo con los neocon, la prodigalidad de Christie en el elogio tiene que ver con sus aspiraciones presidenciales en el 2016, incluso lo dicho por Bloomberg es comprensible en el fragor agobiante de los destrozos causados por el huracán, pero la ausencia de Bush es más dañina. Significa, como argumenta el asesor político independiente Robert Creamer, que el expresidente “está en una Siberia política”. “Romney hace todo lo humanamente posible –afirma– para tranquilizar a los votantes”, que recelan ante la posibilidad de que quiera restaurar “algunas de las políticas fracasadas de Bush cuando estuvo en la Casa Blanca”. Significa que el pasado más inmediato es una referencia molesta para el aparato electoral republicano, justo lo contrario de lo que sucede en el campo demócrata, donde Bill Clinton hace campaña en un ambiente de aceptación permanente y sin que quepa interpretarse como una necesidad familiar; significa que los republicanos andan en busca de algo los más cercano posible a la derecha compasiva para serenar el voto conservador independiente, mientras los demócratas explotan la idea de que acaso el primer presidente negro para todas las minorías fue Clinton.

Las “políticas fracasadas” a las que alude Creamer incluyen la desastrosa gestión del paso del huracán Katrina, que el 29 de agosto del 2005 arrasó Nueva Orleans y dejó 1.800 muertos. Es posible que muchos electores piensen como el asesor de inversiones John MacIntosh, entrevistado por la CNN, que votará a los demócratas como “el menor de dos males”, pero cuando el recuerdo del Katrina irrumpe en la campaña, también ocupan la primera página algunas declaraciones de Romney que ahora le pasan factura. Dice Creamer: “El fallo de Bush para responder rápida y efectivamente al Katrina no fue solo un reflejo de la incompetencia de su Administración. Fue un reflejo del hecho de que su Administración no creía en el Gobierno [en la gestión pública]”. ¿Qué declaró Romney en junio a John King, de la CNN?: que había que privatizar la función encomendada a la Federal Emergency Management Agency (FEMA), encargada de hacer frente a situaciones como los estragos de un huracán y cuya labor ha sido elogiada con rara unanimidad durante esta semana. ¿Qué diferencia hay entre la actitud de Bush y los propósitos de Romney? Parece que ninguna.

El nobel de Economía Paul Krugman sostiene en su blog que la fijación de Romney con la FEMA es patológica. Ari Melber, un fiscal que frecuenta la publicación progresista The Nation, opina que “ha llegado el momento de explicar en términos simples y humanitarios que en materia de salvamento y seguridad, el Gobierno no es una opción, es una necesidad”. La analista Sally Kohn, en politico.com circula por la misma carretera: “Los planes de Romney para recortar la asistencia para desastres y muchos de los programas en los que confían los estadounidenses parecían imprudentes antes del huracán; ahora parecen francamente desastrosos”. Después del paso del Sandy, Jared Bernstein, asesor del vicepresidente Joe Biden, no desaprovechó la ocasión para desacreditar el debate abierto por los republicanos sobre las dimensiones del Estado: “Al final del día, no necesitamos un Gobierno grande o un Gobierno pequeño. Aquello que necesitamos es un Gobierno financiado con amplitud que afronte desafíos como el que hemos encarado hoy, algo que me temo que Romney y Ryan no entienden”.

EstadosEn el fragor de la discusión, el aspirante republicano se mantuvo a medio camino entre la rectificación y la perseverancia en el error. “Creo que la FEMA tiene un papel clave”, declaró cuando arreciaba la tormenta. “Es interesante ver cómo se une la gente en circunstancias como estas”, enfatizó en Tampa (Florida) cuando escampaba. Más tarde, el silencio, la promesa deslizada por su equipo de campaña de que en el futuro la FEMA dispondrá de los recursos necesarios, pero también la repetición de consignas sobre el valor de la iniciativa privada y el recurso a las autoridades estatales y locales. Una forma confusa, no exenta de prudencia, de responder a las encuestas: la de The Washington Post situó en el 80% los ciudadanos que consideran acertada la gestión que Obama hizo de la crisis. Así las cosas, ¿qué efecto tienen en la dinámica final de la campaña pronunciamientos como el Kevin D. Williamson, en  National Review, una de las biblias de la derecha impertérrita?: “La presencia de un huracán no es un argumento contra la reforma del incontinente gasto federal”.

Es posible que, con las urnas a la vuelta de la esquina, tengan poco impacto opiniones de este tenor, pero pueden poner en un brete a Romney y, desde luego, explican una vez más por qué Bush no es invitado a los mítines. Lo primero entra dentro de lo posible porque entre los errores cometidos por el candidato figura haber discutido los rescates federales a la industria del automóvil, algo criticado incluso por Joe Klein en el semanario conservador Time; un enorme inconveniente ahora que debe acudir a Ohio en busca de votos de los blue collars y los white collars, cuyas economías se han salvado de la ruina gracias precisamente a la recuperación del sector de la automoción con ayudas –préstamos– federales. Lo segundo es consecuencia directa de un dato histórico incontrovertible: la dislocación del presupuesto se debió al esfuerzo de guerra acometido por Bush, que consumió el superávit dejado por Clinton y disparó el déficit de forma imparable. Pueden alegar los republicanos que los últimos días de Bush en la Casa Blanca fueron los primeros de la crisis, pero la decisión de no evitar la quiebra de Lehman Brothers (14 de septiembre del 2008) un año después de la sacudida de las subprime se antoja que fue una opción tan ideológica como insensata.

Tampoco parece que deba tener efecto en el comportamiento del electorado la falta de referencias al cambio climático, aunque la reiteración de episodios extremos ha llevado al 70% de los estadounidenses a inquietarse por la situación, según una encuesta de la Universidad de Yale citada por Le Monde. Ni siquiera los estragos de esta semana –el Frankenstorm, en expresión acuñada por la Asociación Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos– han metido en la campaña este asunto capital. “Esta sucesión [de catástrofes], ¿se debe al cambio climático? Es, a buen seguro, la pregunta que se impone, incluso aunque preocupa poco o nada a Barack Obama y Mitt Romney, que en ningún momento de la campaña presidencial han abordado la cuestión del calentamiento”, ha escrito el editorialista del diario Le Monde. Darrel Moellendorf, director del Instituto para la Ética y los Asuntos Públicos, ha sido más taxativo en la revista estadounidense de izquierda Dissent al referirse al origen del Sandy: “Este monstruo, como el de la novela de Mary Shelley, es una creación humana”. Las campañas electorales también lo son y, en este caso, surge una incompatibilidad manifiesta entre el cortejo de los candidatos con una industria que se recupera lentamente de la crisis y la necesidad de tomar medidas para proteger el medio ambiente.

Obama-Romney

El candidato republicano, Mitt Romney, y el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante el debate sobre política exterior celebrado en la Universidad de Lynn, en Florida, el 22 de octubre.

Puede que, en última instancia, los candidatos no puedan ser, al mismo tiempo, ideólogos, o solo puedan serlo en la medida en que no alteren en demasía los equilibrios sociales. Ángel Martínez, del think tank New America Foundation, ha emitido un diagnóstico tajante de la campaña a punto de terminar: “Los desafíos rara vez fueron más bajos que en esta carrera presidencial. Eso significa que esta es una de las elecciones presidenciales menos consecuente en mucho tiempo”. En el trabajo de Martínez coexisten las acotaciones impuestas al debate político por los candidatos, destinadas a no correr riesgos excesivos, con la confirmación de prejuicios políticos que afectan a los comportamientos cívicos, como “los constantes esfuerzos” para deslegitimar al presidente “por no ser realmente estadounidense, cristiano, uno de nosotros (…) lo que hace realmente desagradable este periodo electoral”.

Pero lo más relevante del análisis de Martínez es que encuentra en el perfil de los contrincantes más afinidades de las que se desprenden de las caricaturas partidistas que manejan sus estados mayores: un socialista frente a un plutócrata. Y así afirma: “Son dos moderados pragmáticos. Barack Obama y Mitt Romney son solucionadores de problemas de forma deliberada que se deleitan con la recopilación y análisis de datos para tomar decisiones informadas. Romney se acerca a cada problema  como un caso de estudio en la Harvard Business School; Obama, como un caso de la escuela de Derecho para ser socráticamente desentrañado (…) Ninguno de los candidatos es un ideólogo: Romney sigue siendo en el fondo un consultor e inversor dispuesto a cambiar las cosas a su alrededor –en este caso el Gobierno– para extremar la eficiencia y el retorno de la inversión. Obama es en el fondo un mediador deseoso de salvar las diferencias entre las facciones en guerra, en casa y en el extranjero, mediante compromisos viables”.

Si la realidad es esta, ¿dónde radica la esencia de la división profunda que transpira la sociedad estadounidense? ¿O no se puede aspirar a la presidencia sin reunir una serie de requisitos mínimos y esenciales, iguales en los dos grandes partidos, donde las grandes divisiones ideológicas no tienen cabida? ¿O quizá el statu quo bipartidista precisa de tal división social para ofrecer una versión eficaz y unida de la nación cuando la naturaleza arremete contra los rascacielos de Manhattan? ¿O las campañas son sobre todo grandes castillos de fuegos artificiales, cada día más alejadas de la vida cotidiana? A juzgar por la desgana con la que el viernes acogieron los candidatos el leve aumento de una décima en el índice de paro de octubre –7,9%, una décima más que en enero de 2009, cuando Obama llegó a la Casa Blanca–, se diría que sí; a juzgar por la atención prestada a los problemas de una clase media desfallecida, se diría que no. A juzgar por el griterío con el que la América profunda acogió desde el primer día a Obama, se diría que el debate ideológico está definitivamente más vivo que nunca.

 

Romney se marca solo

Mitt Romney se marca solo, como en ocasión no muy afortunada dijo Helenio Herrero de Juanito, jugador del Real Madrid. Para desespero del universo conservador estadounidense, la campaña del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos es un compendio insólito de equivocaciones, pasos en falso, rectificaciones poco convincentes y confusión creciente que tienen un fiel reflejo en las encuestas, tanto a escala federal como en los estados clave, en todos los cuales el presidente Barack Obama disfruta de ventajas confortables. Mientras Paul Ryan, el compañero de ticket de Romney, sigue con su prédica del Estado empequeñecido y la superpotencia engrandecida en todas partes, la derecha clásica se muestra desolada por el secuestro del Partido Republicano a manos del Tea Party, por la rendición con armas y bagajes del GOP (Grand Old Party) a la extrema derecha. La debilidad de la estrategia y de la aceptación popular de Romney son tan llamativas que han dejado de tener importancia los disparates de otros candidatos republicanos –no solo Todd Akin, diputado por Missouri y candidato al Senado–, zarandeados por la intelligentsia liberal, porque lo que de verdad aturde a los conservadores sensatos es que no hay forma de que el oponente de Obama establezca un programa electoral a la búsqueda del cual salió David E. Sanger en mayo y que, al igual que entonces, se mantiene en una nebulosa llena de inconcreciones, contradicciones y lugares comunes.

Cartel Romney

Este cartel apareció en el exterior de la convención republicana y ataca las contrataciones exteriores. Las tres leyendas dicen: 'Plan de empleo de Romney: 39.000 empleos para México'; 'Plan de empleo de Romney: 26.000 empleos para la India'; 'Plan de empleo de Romney: 73.000 empleos para China'.

Desde antes de la convención de Tampa, Romney abusó del flip-flop (cambios bruscos de opinión), volteretas de campaña que disgustan bastante a los votantes independientes, y dejó la iniciativa ideológica en manos de Ryan. Este tampoco evitó rectificar y cambiar de dirección, pero la militancia de sus seguidores, movilizados por el viento de popa del Tea Party, neutralizó el desgaste del personaje. Al mismo tiempo, las dos caras de la candidatura republicana perseveraron en opinar en direcciones opuestas en asuntos tan importantes como la posibilidad de abortar en caso de violación, la exigencia a China de que corrija la cotización falseada de su moneda o la petición cursada a Obama de que destinara cerca de 800 millones de dólares a estimular la economía. Y así fue cómo, mediado agosto, el periódico USA Today, de registro conservador, adelantó que los 90 millones de electores que en aquel entonces estaban decididos a ir a votar en noviembre preferían a Obama antes que a Romney en una proporción de 2 a 1, un resultado muy por encima de los pronósticos de los encuestadores en el “oscuro camino a la Casa Blanca” (Charles M. Blow en The New York Times), un dato que había tiempo para corregir mediante el efecto convención, que nunca se produjo, y el supuesto desparpajo del aspirante para llegar a los tres debates televisados con algunos triunfos en la mano. No sucedió nada de lo esperado.

Con ser esto grave, no es lo peor. Lo verdaderamente perturbador para el pensamiento conservador clásico norteamericano es que Romney ha incurrido en errores flagrantes en el enfoque emocional de la campaña: despreciar al 47% de los votantes, que dependen de ayudas o programas federales, dar por liquidada la negociación de un Estado palestino, resistirse a hacer públicas sus declaraciones de renta del último decenio, aprovechar la muerte en Bengasi (Libia) del embajador Christopher Stevens y tres funcionarios más para atacar al Gobierno, verter opiniones infantiles sobre la seguridad de los aviones y otros deslices injustificables. David Winston, principal asesor de los republicanos en la Cámara de Representantes, ha realizado un estudio de campo entre los votantes para saber qué les importa más para decidir el voto: si están mejor que hace cuatro años o si estarán mejor en el futuro. El 77% se deja guiar por las perspectivas de futuro y solo el 18%, por lo sucedido durante los últimos cuatro años. Como ha escrito Alexander Burns, autor de un análisis finísimo de las campañas demócrata y republicana, el eslogan de Obama es Adelante, y su equipo “ha hablado intermitentemente acerca de ganar el futuro”. Según lo ve Burns, “el resultado ha sido una lucha asimétrica de mensajes, con Obama mirando hacia adelante y Romney insistiendo mucho en el pasado y en el presente”.

Cartel impuestos

Cartel contra el programa fiscal de Mitt Romney. Dicen los textos: 'El plan de impuestos de Romney en una página. ¿Gana más de 200.000 dólares al año? Sí->sus impuestos bajan. No->sus impuestos suben'.

La situación es tan manifiestamente grave a ojos del republicanismo tradicional que una figura tan desdibujada como Dan Quayle, apenas recordado a pesar de haber sido cuatro años vicepresidente con George H. W. Bush (1989-1993), ha manifestado su preocupación por la marcha de la campaña: “Romney quizá intenta ganar el voto indeciso, pero no modifica sus puntos de vista”, ha declarado a Fox News, una cadena de televisión opuesta a la más mínima distracción progresista. Más contención imposible en alguien que sufrió en carne propio el dinamismo de Bill Clinton en la campaña de 1992 y dejó para la historia la siguiente frase recogida por The Miami Herald: “Si gobierna tan bien como hizo la campaña, el país irá por el buen camino”. De lo que es fácil inferir que si Romney llegará a gobernar con la misma impericia mostrada hasta la fecha, Estados Unidos conocería días difíciles.

Clarence Page plantea en el conservador Chicago Tribune el problema republicano con bastantes menos miramientos: “Mientras la convención nacional demócrata es recordada por el expresidente Bill Clinton, que vendió la presidencia de Obama mejor de lo que Obama suele hacerlo, la convención republicana se recuerda sobre todo por la conversación de Clint Eastwood con una silla vacía”. La comparación es tan absolutamente demoledora que es más que comprensible el grito de alarma lanzado a través de su blog por Peggy Noonan, que fue redactora de discursos de Ronald Reagan y a la que se refiere Page junto a otro ilustre analista republicano, Rod Dreher, de The American Conservative. El texto de Noonan es tan rotundo –“es hora de admitir que la campaña de Romeny es del todo incompetente”– que su difusión en la edición digital del súmmum de la prensa conservadora, The Wall Street Jornal, ha abierto otra brecha en la campaña de Romney.

Entre tanto, Paul Ryan, portavoz de un derechismo sin complejos, sigue con su retórica desbordada, al servicio de un nacionalismo que casa mal con el multilateralismo promovido por la Casa Blanca. “Si somos fuertes –clama Ryan–, nuestros adversarios no nos probarán y nuestros aliados nos respetarán”. Incluso el muy conservador The Miami Herald cree que no es este el mejor camino para atraer un electorado sumido en las estrecheces económicas del presente y poco inclinado a apoyar ensoñaciones imperiales en el futuro. En la campaña de Ryan, que arrastra inevitablemente la de Romney, parece imponerse un mesianismo trasnochado que desaprovecha los efectos de la crisis sobre la vida cotidiana de la clase media y ni siquiera cuando Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, anuncia compras masivas de deuda mediante el viejo sistema de poner en marcha la máquina de imprimir dólares, es capaz de sacar partido a la operación durante más de 24 horas.

Cartel Seals

Cartel contra la candidatura republicana en el que se lee: 'Los seals apartaron una amenaza a América. Aparta la otra en noviembre'. La primera amenaza se refiere a Osama bin Laden; la segunda, a Mitt Romney.

Los conservadores que temen lo peor piden a los estrategas de Romney que el candidato disponga de un plan y lo exponga, que sea “persuasivo e irrestible”, en expresión del encuestador republicano Whit Ayres, citado por Alexander Burns en el análisis colgado en Politico.com. Pero el último plan, destinado a presentar una alternativa a la política exterior de Obama, se ha estrellado contra el hecho insuperable de que el electorado no está interesado en los entresijos de la diplomacia y sí, en cambio, en los pormenores de la reforma sanitaria, las ayudas a los desempleados, el crecimiento de la actividad industrial y el final verosímil de la pesadilla que empezó hace cinco años con la sacudida de las subprimes. Y los encuestados en Ohio, Florida y Pensilvania –sondeo de la Universidad de Quinnipiac para The New York Times y la CBS–, que otorgan a Obama una ventaja sobre Romney de entre 9 y 12 puntos, confirman que aquello que realmente les importa es aquello en lo que el presidenciable republicano es menos convincente o se muestra más alejado de la realidad.

¿Puede haber algo peor que los vaticinios de las encuestas? El periodista Jean-Sébastien Stehli, formado en Estados Unidos, se refiere a ello en las páginas del diario francés Le Figaro, adscrito al campo conservador: “Lo más duro para Romney es que incluso entre quienes dicen sentirse decepcionados por Obama son más y más numerosos los que desean su relección. El desafío de Romney es pues doble: convencer a los indecisos, si aún los hay, y atraerse a quienes se han hecho a la idea estas últimas semanas de un segundo mandato de Obama”. Pero, como indica Stehli, cabe preguntarse si hay indecisos. Y la tendencia es considerar que no quedan muchos, y en todo caso no es posible pensar que pueden inclinarse masivamente por uno u otro candidato salvo que se produzca la siempre temida sorpresa de octubre, que erosione la figura del presidente.

Los riesgos que corre el Partido Republicano son enormes si Romney no levanta el vuelo y, si no logra la victoria, consigue al menos una derrota honrosa. Clarence Page recuerda el panorama al día siguiente de que Lyndon B. Johnson venciera a Barry Goldwater en 1964, las guerras intestinas en que se sumió el partido. El establishment republicano siente hoy que, incluso conservando la mayoría en la Cámara de Representantes –algo perfectamente posible–, serán devastadoras las consecuencias de las tensiones entre el núcleo tradicional del partido y el bloque más derechista, abrazado al Tea Party. Este establishment, que quisiera encontrar una figura confortable del perfil que, cada uno a su manera y de acuerdo con su tiempo, tuvieron Dwight D. Eisenhower (1953-1961) y Ronald Reagan (1981-1989), está convencido de que el extremismo desorbitado conduce directamente a la derrota.

El analista Alex Castellanos, que asesoró a Romney en la campaña del 2008, sostiene que “un trabajo del presidente es ser Moisés”, ocupado en llevar a la nación a la tierra prometida. Evocaciones bíblicas al margen, los poderes que la Constitución confiere al jefe del Ejecutivo son de tal calibre que el electorado tiende a desconfiar por principio de quien rehúye el compromiso. Si, además, resulta que multiplica las muestras de desconfianza el sector social que se supone que ha de apoyar a un candidato –los conservadores en el caso de Romney–, es inevitable dudar de las posibilidades que tiene el interesado de salir airoso del lance. Como señalan cuantos siguen la campaña al minuto, Obama pecha con el desgaste de cuatro años con más promesas que resultados, pero retiene grosso modo el apoyo de las minorías que lo llevaron a la Casa Blanca y mantiene tras de sí un partido razonablemente cohesionado; Romney, por el contrario, ha retraído a un segmento de electores alarmado por la suma de fundamentalismos que se han adueñado del Partido Republicano y no ha incorporado hasta ahora a los independientes defraudados por el moderado reformismo de Obama. Romney recuerda más al profeta extraviado en el Sinaí que a quien condujo a los suyos hasta las puertas de Canaán.

A la medida de Obama

El Partido Demócrata ha vuelto a fiar su suerte en la mezcla de emotividad, pragmatismo, diversidad cultural y unos gramos de utopía social que tan bien maneja el presidente Barack Obama. La convención de Charlotte (Carolina del Norte) ha reunido y combinado estos ingredientes con una asombrosa facilidad y eficacia, desde el recuerdo al senador Edward Kennedy, fallecido en el 2009, a la oratoria desbordada del candidato a la reelección y al servicio impagable rendido por Bill Clinton, cada día mejor expresidente y más útil a los suyos en los momentos decisivos. Este es el partido de Obama, con toda la grandeza del 2008, pero también con todos los lastres de cuatro años con la economía en la uvi y los republicanos movidos por un único sentimiento: acabar con el moderado reformismo promovido por el presidente.

Este es el Partido Demócrata de Obama porque quizá es el único posible cuando el déficit público acumulado se eleva a 16 billones de dólares, el paro no baja del 8% y es urgente acudir al rescate de la clase media sin dejar a su suerte a los pobres de solemnidad. Este es el Partido Demócrata de Obama con todas las contradicciones que atesora por ser el refugio ineludible de las minorías y verse obligado todos los días del año a poner una vela a Dios y otra al diablo. Este es el Partido Demócrata de Obama, que recurre al realismo cuando los rivales se alarman por el estado de las finanzas federales –“es más que la deuda por habitante en Portugal, Italia, España y Grecia”, recuerda el senador republicano por Alabama Jeff Sessions–, y se nutre del experimentado argumentario de David Axelrod, asesor de cabecera de la Casa Blanca: “No se puede equilibrar el presupuesto a corto plazo porque podría desplomarse la economía”. Este es, en fin, el partido de un presidente que aspiró a formar un Gobierno de los adversarios, a imitación de Abraham Lincoln, y al final tuvo que convivir con la hostilidad sin tregua de los republicanos y la consiguiente polarización.

Newsweek

Portada de 'Newsweek' con el título 'Sal de la carretera, Barack' y el subtítulo '¿Por qué necesitamos un nuevo presidente?'.

No hay mejor ejemplo de esa polarización, en las antípodas de las políticas bipartidistas que precisa Estados Unidos, que la sorprendente portada del 27 de agosto dedicada por el semanario liberal Newsweek a un trabajo del historiador del claustro de Harvard Niall Ferguson, ejercicio sorprendente de provocación periodística titulado Sal de la carretera, Barack y subtitulado de forma no menos contundente ¿Por qué necesitamos un nuevo presidente? Ante la sorpresa y, por qué no, la indignación de los estrategas demócratas, Newsweek puso cuatro páginas a disposición del autor de un libro con un título tan expresivo como Civilization: The West and the Rest (Civlización: Occidente y el resto) para que denostara los cuatro años de Obama con una afirmación contundente: “El presidente rompió sus promesas y el sendero de Romney-Ryan hacia la prosperidad es nuestra única esperanza”.

¿Dónde reside, según Ferguson, el desastre perpetrado por el presidente? En la administración de las cuentas públicas, lo cual incluye la reforma sanitaria, que causa alarma en la clase media. “El fallo de liderazgo en política económica y fiscal –escribe Ferguson– durante los pasados cuatro años ha tenido consecuencias geopolíticas. El Banco Mundial espera que el crecimiento sea apenas del 2% en el 2012. China crecerá cuatro veces más; la India, tres veces más deprisa. Para el 2017, el Fondo Monetario Internacional predice que el PIB de China sobrepasará el de Estados Unidos”. La narración de Ferguson de los problemas económicos llega a un puerto impensable en las páginas de una publicación liberal: “Conozco, me gusta y admiro a Paul Ryan [el candidato republicano a la vicepresidencia]. Para mí, lo que tiene a su favor es simple: es el único de un puñado de políticos en Washington que es auténticamente sincero acerca de la rectificación de la crisis fiscal del país”. Y enseguida recurre al gran temor que alienta en las filas conservadores, la europeización de los males de Estados Unidos, “con un crecimiento bajo, desempleo alto, una deuda incluso mayor y una real decadencia geopolítica”. Conclusión final acerca de qué está en juego el 6 de noviembre: “Es una elección entre les États Units y la república del Himno de Batalla [canción patriótica del siglo XIX]”.

Al margen de la grandilocuencia de Ferguson, envuelto en la bandera, de que Ryan se ha convertido a todos los efectos en el director ideológico de la campaña republicana, lo cierto es que una parte de la clase media, dañada por la crisis y desorientada, suscribe las ideas del ensayista y teme que el futuro sea peor que el presente. Para contrarrestar a los muñidores del desencanto, una de las grandes bazas de que dispone Obama es el recurso al pasado, a la popularidad de Clinton, a los días felices del final de la guerra fría y el superávit presupuestario (William McGurn en The Wall Street Journal). Importa relativamente poco que Richard Cohen escriba en las páginas de The Washington Post que “el presidente tiene muchos enemigos; uno de ellos, sorprendentemente, es él mismo”, si después sube a la tribuna Bill Clinton y expone la idea esperada: ni él ni ninguno de sus predecesores hubiera enderezado en cuatro años la situación heredada. Heredada, ¿de quién? De George W. Bush, que vació la caja en un esfuerzo de guerra insensato y estéril; el mismo Bush ausente de las referencias históricas del pasado republicano para no invocar los fantasmas del desprestigio, el desastre de Irak, la tragedia del Katrina y los diques de Nueva Orleans y el enorme error de cálculo que cometió al dejar caer Lehman Brothers cuando la metástasis de las subprime había minado el sistema financiero global.

Claro que Obama no tiene bastante con el gancho de Clinton y sus dotes de orador sin rival. Porque, en última instancia, las encuestas coinciden en que la clase media da por descontado el legado de Bush y solo desea que alguien salve los muebles, aunque sea mediante el regreso republicano y la contracción del Estado a su mínima expresión. Según un informe de agosto del prestigioso Pew Center, citado por The Charlotte Observer, el periódico de la ciudad que acogió la convención demócrata, la clase media es más pequeña, se ha empobrecido y es más pesimista. Taylor Batten, del mismo diario, cita unas declaraciones hechas a Los Angeles Times por Paul Taylor, del Pew Center, que insinúan el riesgo de fractura social: “La idea de que somos una sociedad con una amplia clase media, con mucha movilidad económica y social y que cree que cada generación está mejor que la anterior, es algo que forma parte del núcleo de lo que significa ser americano. Pero esa no seguirá siendo la situación (…) Sin una respuesta del próximo presidente y del Congreso, es posible que la clase media se desgaste aún más”.

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, que trabajan juntos diariamente entre cuatro y seis horas.

Para los analistas Edward-Isaac Dovere y Darren Samuelsohn, ahí entra en juego el “factor Joe Biden”, otra de las grandes bazas de Obama. Biden no es un ideólogo, tampoco es un líder y mucho menos un orador a la altura de la tradición demócrata, pero es un profesional, un legislador experimentado que conoce la letra menuda de Washington y es “hijo de la clase media de América”. Biden es tan imprescindible para dar la batalla en el Congreso después de que la brillante Nancy Pelosi perdiera la presidencia de la Cámara de Representantes en las legislativas del 2010, que hubo de archivarse el gran proyecto de los estrategas demócratas para estas elecciones: situar a Hillary Clinton en la vicepresidencia, para saltar a la carrera presidencial en el 2016, y enviar a Biden al Departamento de Estado, donde estaría en su salsa. De entre los colaboradores más próximos de Obama, Biden es el que mejor puede responder con convicción a la pregunta que se formula todos los días la clase media urbana: ¿estamos mejor ahora que hace cuatro años? Y Obama precisa del olfato de Biden, como cuentan Dovere y Samuelshon: “Entre las sesiones informativas y otras reuniones, Obama y Biden ocupan normalmente de cuatro a seis horas diarias, con Obama pidiendo casi siempre la opinión de Biden”.

Claro que Biden tampoco es suficiente. Aunque los sondeos aseguran que Obama es el favorito de la minoría negra –una obviedad–, las mujeres, los hispanos y cuantos dependen para subsistir de un programa federal –aunque la mayoría de esta franja de población no se inscribe para votar–, “dos tercios de los votantes, con sensatez suficiente, piensan que el país va por el camino equivocado”, según Robert L. Borosage, presidente del conservador Instituto para el futuro de América. Es decir, piensan que el país está peor que hace cuatro años, algo que facilita el mensaje de Mitt Romney, el aspirante republicano. “La esencia del mensaje de Romney es: la economía apesta; Obama ha fallado; soy un hombre de negocios; puedo arreglar esto”, escribe Borosage en su blog.

A lo que el analista y exasesor de la Casa Blanca Keith Boykin responde: “Hace cuatro años, Estados Unidos estaba empantanado en dos guerras costosas y mortíferas, la economía perdía 800.000 empleos al mes, la bolsa se ​​estrelló, Wall Street tuvo que ser rescatado con 700.000 millones [de dólares], la industria del automóvil estaba a punto de hundirse y, de diferentes maneras, el terror nos recordó la amenaza persistente de Osama Bin Laden”. Un laberinto del que cree que Obama ha dado con la salida: “Hemos terminado la guerra en Irak, creado 4,5 millones de empleos nuevos, se duplicó el índice industral Dow Jones, que generó ganancias récord para la industria del automóvil, y hemos acabado con Osama Bin Laden”. ¿Es este un análisis verosímil del presente o se trata de la opinión de alguien que prefiere ver la botella medio llena, mientras Borosage la ve medio vacía, por no decir vacía del todo?

Ross Douthat, un analista de pluma sensible, llega a una conclusión en el liberal  The New York Times alejada de toda militancia: “Los tiempos son difíciles y el camino de la reeleción, duro, pero este es el Partido Demócrata de Obama tanto como los republicanos fueron el partido de Ronald Reagan en los años 80”. Que esa personalización del partido resulte atractiva y convincente para los votantes independientes, es algo diferente, acaso inescrutable, porque, como indica Douthat, las campañas del presidente y de Romney “parecen destinadas mucho más a movilizar a las bases que a apoderarse de cualquier tipo de centro”. Dicho de otra forma, las campañas están poseídas por una radicalización en la que cuentan más los gestos que los datos. Es difícil compartir la opinión del profesor Niall Ferguson de que Obama se enfrenta a su némesis (Romney), “un político que cree más en el contenido que en la forma, más en la reforma que en la retórica” –en la convención estuvo bastante retórico–, pero no es más fácil creer que los tres debates televisados que aguardan a los candidatos “descubrirán al verdadero Romney y lo dejarán fuera de combate”, una opinión deslizada en Charlotte por un empleado del Partido Demócrata.

Todo es más endiabladamente complejo. Quizá por eso la militancia que acudió a Charlotte no pudo resistirse a la parábola de la venida del mesías, Edward Kennedy, cuando apareció en la pantalla gigante de la convención (Kennedy logró el 58% de los votos frente al 41% de Romney en la elección de 1994 de un escaño en el Senado por Massachusetts). “Es como si regresara para ayudarnos a vencer a Mitt una veces más”, dijo Karen Packer, delegada de Portland (Oregón), según recogió John Nichols en la web del mensual progresista The Nation. Este también es el partido de Obama.

Obama Romney

Evolución del apoyo a Barack Obama y Mitt Romney desde diciembre del 2011 a agosto del 2012 (antes de las convenciones), según un estudio de Gallup.

El Tea Party fija el rumbo

Detrás del confeti de la convención de Tampa se ha consagrado una realidad que admite poca discusión: el Tea Party se ha hecho con la orientación ideológica del Partido Republicano con más determinación que nunca. No solo mediante la elección de Paul Ryan, miembro de la Cámara de Representantes por un distrito de Wisconsin, figura en ascenso de los más conservadores de entre los conservadores elegida por Mitt Romney para que lo acompañe en el largo camino hacia la Casa Blanca, sino por la autonomía de movimientos de la extrema derecha en el seno del GOP (grand old party), el partido de Abraham Lincoln, en el que no se reconocería por más que se esforzara. Una mezcla heteróclita de populismo rudimentario, individualismo, fundamentalismo cristiano, neoliberalismo, pesimismo social y dosis intensivas de ignorancia supina –repásense las opiniones de Sarah Palin, de Todd Akin y de Tom Smith, entre otros, para abrir boca– han colocado entre las cuerdas la sólida tradición del pensamiento conservador estadounidense. Estos son los ingredientes con los que los republicanos se disponen a dar la batalla a Barack Obama, cuyo pragmatismo parece cada vez más un reformismo de altos vuelos visto el contenido de la utopía reaccionaria que el ticket Romney-Ryan se dispone a defender desde ahora y hasta el 6 de noviembre.

Romney-Ryan

Montaje del mural con los nombres del 'ticket' republicano nominado en la convención celebrada en Tampa (Florida).

Lo peor para el electorado republicano tradicional y para las esperanzas del estado mayor del partido de atraer a una parte de los votantes independientes, que a fin de cuentas son los que decantan las elecciones, es que la derecha ágrafa desgaste inútilmente la imagen conservadora en batallas que la sociedad estadounidense da por descontadas –aborto, células madre, matrimonios homosexuales y, en general, las políticas del cuerpo– y solo movilizan el fanatismo exacerbado de los púlpitos de las megachurch y de los predicadores especializados en vaticinar el Armagedón si Obama logra mantenerse en el puente de mando. Dicho y resumido por el liberal The New York Times en su editorial del 27 de agosto: “Una larga historia de extremismo social hace de Paul Ryan un emblema del cambio de la política republicana hacia la extrema derecha”.

El estado de ánimo de los republicanos instalados en el centro conservador queda expresado de sobras en el comentario suscrito por el exrepresentante del partido por Pensilvania Philip English en el transcurso de un debate promovido por la web politico.com a propósito de los disparates de Todd Akin acerca de la llamada por él “violación legítima”: “Akin debe abandonar inmediatamente la carrera [para ser elegido senador por Misuri] para permitir al Partido Republicano que reemplace su candidatura zombi con una alternativa viable en una carrera de gran importancia estratégica”. Lo que sucede es que la candidatura zombi ha recaudado más de 100.000 dólares desde que se difundió el exabrupto a preguntas de Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas que pasea su biografía de pastor de almas metido en política por los mismos salones del Tea Party que frecuenta Akin. Y no hay forma de que ceje en su empeño para así remansar las aguas entre las electoras, cuya intención de voto por Obama supera ahora mismo en 13 puntos al de las partidarias de Romny.

Sarah Palin

Sarah Palin llama "panel de la muerte" a los funcionarios que deberán llevar a la práctica la reforma sanitaria de Barack Obama, bautizada despectivamente Obamacare.

¿Cómo es posible que el viejo partido haya llegado a esta orilla? El editorial de The New York Times citado antes es bastante certero al sacar conclusiones del desparpajo cada vez mayor de la extrema derecha: “La multitud en la Convención Nacional Republicana de esta semana apoyará fielmente la nominación de Romney, pero su corazón estará más cerca del hombre joven con las ideas más radicales que estará de pie a su lado”. Se refiere a Ryan, claro, cuyo documento de enero del 2010 Un libro de ruta para el futuro de América, versión 2.0 es un plan presupuestario “doblado en manifiesto [ideológico] de Ryan”, como recuerda Joel Achenbach en The Washington Post, el gran periódico liberal de la capital federal. En dicho manifiesto, el candidato a vicepresidente se dirige a una clase media empobrecida y desorientada, que teme que las inquietudes sociales de Obama –con la reforma sanitaria en primer lugar– se traduzcan en más impuestos y menos oportunidades. Sostiene Ryan que los ciudadanos “están agotados por un Gobierno que cada vez más cuida de ellos y cada vez toma más decisiones por ellos”.

En esta línea, para los delegados en la convención de Tampa resultó tan importante exaltar el gran momento del Tea Party como transfigurarse en una asamblea anti-Obama. Una pirueta en la que el papel de Ryan fue determinante, porque en su condición de presidente de la Comisión de Presupuestos de la Cámara de Representantes ha delimitado su perfil de fustigador incansable de los planes económicos de la Casa Blanca. Para tal fin ha contado con la ayuda inapreciable de The Wall Street Journal y del entramado de medios que controla Rupert Murdoch, adversarios irreductibles de los mecanismos de control del sistema financiero que tímidamente quiere introducir Obama para evitar futuros episodios con el efecto siniestro de la crisis de las hipotecas subprime (verano del 2007) o de la quiebra del banco Lehman Brothers, cuyo cuarto aniversario se cumplirá el día 14.

Todd Akin

Todd Akin ha recaudado más de 100.000 dólares desde que hizo mención de la "violación legítima" y piensa mantener su candidatura al Senado por el estado de Misuri.

El manifiesto de Ryan está bastante lejos de la política a brochazos de la derecha desabrida, pero en el fondo se alimenta de los mismos recelos frente a las prerrogativas del Estado que la exgobernadora Sarah Palin manifiesta en su web oficial mediante textos exaltados: “La América que conozco y quiero no es aquella en la que mis padres o mi bebé con síndrome de Down tendrán que presentarse frente al panel de la muerte de Obama para que sus burócratas pueden decidir, de acuerdo con un juicio subjetivo, su nivel de productividad en la sociedad , y si son dignos de que se atienda su salud. Este sistema es francamente el mal”. Esta tendencia a la desconfianza hacia cuanto viene de Washington tiene profundas raíces históricas, pero es también un instrumento permanente de manipulación de las conciencias que permite justificar situaciones tan diferentes como la tenencia de armas –más de 200 millones de armas cortas en poder de particulares–, la libertad de los padres para no escolarizar a sus hijos y educarlos en casa o poner en plano de igualdad la enseñanza del creacionismo y del evolucionismo.

El debate que sostienen los dos grandes partidos acerca de los límites del Estado se remonta a los días del New Deal, porque Franklin D. Roosevelt (1933-1945) llevó la intervención del Gobierno en la economía más allá de lo que ningún otro presidente lo había hecho hasta la fecha para rescatar al país de las penalidades de la Gran Depresión. Pero, como señala Joel Achenbach al dibujar el perfil ideológico de Ryan, nunca como hasta ahora tuvo tal virulencia. Esa virulencia lleva a los demócratas a poner en aprietos a Mitt Romney todos los días por su negativa a hacer pública in extenso su declaración de la renta, lleva a los republicanos a dudar medio en broma medio en serio de la ascendencia estadounidense de Obama, e induce a todos a buscar el coup de théâtre que noquee al adversario antes del 6 de noviembre. Entre tanto, se recurre a recordar los pecados del pasado para mantener viva la llama de la sospecha en el campo del rival y, de paso, atenuar la penitencia por los pecados propios, como hace Jonah Goldberg, editor de la publicación muy conservadora National Review, al sacar del archivo las historias poco edificantes vividas por el senador Edward Kennedy, ya fallecido, en la isla de Chappaquiddick, donde perdió la vida la secretaria Mary Jo Kopechne, y por el presidente Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky.

“¿Y si todos estamos equivocados?”, se pregunta William Kristol, uno de los analistas más perspicaces de la derecha-derecha cultivada, en el semanario The Weekly Standard, del que es editor. Las respuestas de Kristol son de un realismo sin concesiones:

  1. Todo el mundo sabe que los estadounidenses “no pueden entender un debate sobre abstracciones como la deuda nacional, los derechos, Obamacare y el sonido del dinero”, pero los candidatos republicanos, inspirados por el Tea Party, lograron en el 2010 la mayor victoria en décadas centrados en estos temas, incluso cuando “la mayoría de los votantes siguen echando la culpa a un republicano, George W. Bush, de la debilidad de la economía”.
  2. “Todo el mundo sabe que los problemas sociales son la muerte para los republicanos”, pero, en cambio, los electores son conscientes de que “el matrimonio tradicional ha sufrido en los estados donde los candidatos presidenciales republicanos pierden”, “prefieren que los abortos sean infrecuentes” y no se realicen en “niños parcialmente nacidos (?) o a punto de nacer”, y se preocupan de que “la libertad religiosa sea protegida y no frenada”.
  3. “Todo el mundo sabe que de lo que se trata en una campaña es de encontrar un camino a la victoria”, y eso significa “tomarse muy en serio los pequeños objetivos”.
Tom Smith

Cartel electoral de Tom Smith, candidato al Senado por Pensilvania, que ha comparado el embarazo fruto de una violación con el nacimiento del hijo de una pareja que no está casada.

El programa de Kristol puede resumirse en pocas palabras: dejemos las grandes digresiones para otro momento y centrémonos en cuestiones prácticas. Dejemos la herencia de los pioneros, de la América mesiánica a la que la historia reserva un lugar de honor, y vayamos a lo que realmente importa que es desalojar a los demócratas de la Casa Blanca para poner punto final a un reformismo que para el Tea Party no es otra cosa que socialismo. Por lo demás, remontarse a la exaltación del individuo en los primeros tiempos de la epopeya nacional, liberado de las ataduras del Estado, es tan novelesco como inexacto y, en todo caso, resulta fácilmente rebatible cuando se pasa del mitin a la cátedra. El mito del héroe que forja su destino sin más ayuda que sus propios recursos ha llenado de obras maestras la cultura estadounidense, pero es insostenible narrar la entera historia del nacimiento de la gran potencia sin recurrir a más mimbres que los de un individualismo acérrimo.

El historiador Tony Judt dejó dicho en Pensar el siglo XX: “La confianza en uno mismo es parte del mito de la frontera americana. Si destruyes eso o, más bien, dejas que se destruya, destruyes parte de nuestras raíces. Este es un argumento defendible e incluso razonable (…) Pero como argumento no tiene nada que ver con el capitalismo, el individualismo o el libre mercado. Por el contrario, es un argumento en pro de un cierto Estado del bienestar, sobre todo debido a su incuestionable premisa de que un cierto tipo de individualismo sostenible requiere una buena cantidad de ayuda del Estado”. Este razonamiento corresponde seguramente al tipo de debate sobre abstracciones que a Kristol le parece impropio de una campaña electoral.

El liberal Robert Putman, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Harvard, es más jocoso en sus juicios, pero no menos certero al dar su opinión a Joel Achenbach sobre la defensa del individualismo que hace Paul Ryan y la herencia de los pioneros. “Los estadounidenses siempre han mitificado al cowboy solitario en su caballo, cabalgando en su silla en dirección al Oeste; un carácter a lo John Wayne, un individualismo resistente”, dice Putman. Pero añade: “En realidad, el Oeste fue colonizado por las caravanas de carretas”. Es decir, fue una empresa colectiva promovida y protegida por el Estado, de la misma manera que hoy la agricultura familiar, esencial en la estructura social de la América profunda a la que se dirige el Tea Party, puede sobrevivir gracias a las subvenciones federales, las vías de comunicación, que dependen del presupuesto federal, y otros servicios que financia el Gobierno desde Washington, como razonó Tony Judt al final de sus días. ¿En algún momento antes del 6 de noviembre se hablará de economía en estos o parecidos términos o la presunta “intromisión del Estado en casa” (Rick Santorum) se adueñará de la campaña?