La hiperpotencia imprescindible teme dejar de serlo

Cumbre de la OTAN en Chicago

Sesión de la cumbre de la OTAN celebrada en Chicago el pasado fin de semana.

¿Es inexorable que decline la influencia de Estados Unidos a escala planetaria? ¿El multilaterialismo, el realismo defensivo y otras formas de poder compartido son el futuro inevitable de las relaciones internacionales? ¿Se acabaron para siempre las certidumbres de la pax americana y nos encaminamos hacia fórmulas multipolares menos estables y menos seguras? Estas y otras preguntas de parecido tenor se formulan una vez más en Estados Unidos al socaire de la campaña electoral, ocasión ideal para que la comunidad académica, los think tank y los lobis alienten el debate. La derecha radical, anclada al Tea Party, se alarma ante la perspectiva de una supremacía de Estados Unidos forzosamente compartida o menguada; el pensamiento liberal se inclina por el poder blando, el poder inteligente, si se prefiere llamarlo así, y el mantenimiento del vínculo atlántico –la OTAN– como máxima expresión de la seguridad colectiva de Occidente.

Para politólogos como el profesor John J. Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, las superpotencias “buscan siempre oportunidades para ganar poder por encima de sus rivales, con la hegemonía como objetivo final”. La idea está contenida en el libro The Tragedy of Great Power Politics, publicado en el 2001, y fue impugnada dos años después por Charles A. Kupchan en The International History Review al comentar el mencionado libro y oponer el concepto realismo ofensivo, forjado por Mearsheimer, al realismo defensivo que sostiene que los estados “buscan seguridad antes que poder, haciendo el sistema internacional menos depredador y menos inclinado al conflicto”. Los dos modelos son perfectamente aplicables a Estados Unidos: la búsqueda de la hegemonía y la búsqueda de la seguridad. Pero ambos anhelos se atienen a lógicas y comportamientos a menudo incompatibles.

A estas dos posibilidades hay que añadir los costes de la hegemonía y la superioridad estratégica como una dificultad insalvable en el seno de una crisis económica de desenlace tan lejano como incierto. Si en 1987 Paul Kennedy planteaba en The Rise and the Fall of the Great Powers el “dilema estratégico” de la aportación de Estados Unidos a la seguridad internacional, igual a la de un cuarto de siglo antes, “cuando su porcentaje en el PIB mundial, producción manufacturera, gasto militar y personal de las fuerzas armadas era mucho mayor”, ¿qué decir hoy en pleno auge de las potencias emergentes?

La cumbre de la OTAN celebrada en Chicago ha obligado al presidente Barack Obama a plantear el espinoso asunto del coste de las operaciones en Afganistán más allá del 2014, cuando se haya completado la evacuación del contingente despachado al corazón de Asia por Estados Unidos y sus aliados; esto es, se ha visto en la necesidad de abordar el precio de un capítulo inseparable de la hegemonía de la superpotencia. Los cálculos más contenidos sitúan en más de 2.700 millones de dólares al año el precio de garantizar la seguridad afgana, una cifra que el Pentágono pretende compartir con los aliados europeos después de asumir que deberá hacerse cargo de la mitad del gasto.

Las restricciones económicas también forman parte de las ambigüedades encadenadas en Siria y de las oportunidades dadas a la diplomacia en Irán, con independencia de que los analistas del Departamento de Estado temen que excederse con la república de los ayatolás podría sacudir el orbe islámico con resultados del todo imprevisibles. Pero este realismo de la Administración de Obama es percibido por los depositarios del legado neocon como una muestra de debilidad impropia de la “hiperpotencia imprescindible”, a la que se refiere el ensayista Robert Kagan en The World America Made;  para ellos se trata de una signo de flaqueza, denostado entre otros por Lee Smith, editor senior del semanario conservador The Weekly Standard: “El Gobierno dice que la posición de Israel con respecto al programa iraní de armas nucleares no tiene vuelta atrás, pero su posición en Siria deja claro que la Casa Blanca está dispuesta a mirar hacia otro lado. Obama ha demostrado que es capaz de no hacer nada para ayudar a pueblos en la línea de fuego, incluso cuando hay intereses nacionales en juego y compartimos adversarios comunes: con Israel es Irán; con la oposición siria es Asad, un hombre que ha ordenado el asesinato de soldados estadounidenses y apunta a los aliados de Estados Unidos desde hace más de una década”.

Más allá del ruido electoral del momento, el alegato contra la Casa Blanca de Smith no queda muy lejos del análisis de Kagan comentado por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial: “La estabilidad del orden realmente existente y sus corolarios –la extensión de la democracia, la prosperidad y la paz– ‘depende fuertemente, de forma directa o indirecta, de la influencia ejercida’ por EEUU, la hiperpotencia imprescindible, la única que puede afrontar simultáneamente los inmensos desafíos en todos los continentes”.  Y añade Madridejos: “El ensayo histórico –cuyo título se ha citado más arriba– es una diatriba implícita contra los declinólogos”.

Karzai y Obama

El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, y el de Estados Unidos, Barack Obama.

En este ambiente intelectual, dedicado a negar el ocaso relativo de la superpotencia, se excluye la posibilidad de entablar un diálogo con los talibanes para alejar a Afganistán de los riesgos de un Estado fallido en cuanto el último soldado de la OTAN haya abandonado el país. Ni siquiera convencen los cinco objetivos que los islamistas radicales creen ver detrás de las maniobras de Estados Unidos. Alissa J. Rubin los ha enumerado en The New York Times al analizar el acuerdo de cooperación cerrado en abril por Estados Unidos y Afganistán. Esos son los verdaderos objetivos de la diplomacia de Obama a ojos de los fundamentalistas:

1º Asegurar las comunicaciones en los campos de petróleo de Asia central y el Caspio.

2º Prevenir un movimiento en favor de un auténtico Gobierno islámico.

3º Llevar a Afganistán el secularismo y el liberalismo.

4º Establecer un ejército hostil al islam y que proteja los intereses occidentales.

5º Amenazar permanentemente a los países islámicos de la región y prevenir un vínculo político y militar entre ellos y Afganistán.

Es poco probable que Mitt Romney, el candidato in péctore a la Casa Blanca de los republicanos, se sienta molesto con estos objetivos que, por lo demás, formar parte de la tradición política de Estados Unidos. Pero los estrategas de campaña no transigen con el método para alcanzarlos “si constituye una rendición ante los enemigos de América, como algunos han sugerido”, opina Stephen J. Hardley, que fue asesor de Seguridad Nacional con George W. Bush. Lo cierto es que Obama se expone a llegar al día de las elecciones, el 6 de noviembre, con unos 68.000 soldados en suelo afgano, casi el doble de los 38.000 que había allí el 20 de enero del 2009, cuando tomó posesión de la presidencia, según recuerda el periodista Glenn Thrush, de la web Politico.

Planteado en términos electorales, el presidente asume el riesgo de llegar a las urnas con una política exterior que incite a sus adversarios a recurrir a la demagogia o al populismo antibelicista, atrapado Obama en una doble realidad difícil de manejar: la de los costes políticos y económicos de mantener miles de soldados en Afganistán y la de los costes, asimismo económicos y políticos, de precipitar la retirada y dar pábulo a cuantos le afean haberse plegado a los dictados de la decadencia. Pero ¿es posible soslayar las señales de debilidad que emite la economía de Estados Unidos? ¿Puede Romney construir un argumento de campaña en el que el orgullo nacional se imponga a otros designios más tangibles?

Francis Fukuyama

El profesor Francis Fukuyama se pregunta ahora por 'El futuro de la historia'.

El profesor Francis Fukuyama, en un artículo titulado significativamente El futuro de la historia, se pregunta en Foreign Affairs si la democracia liberal puede sobrevivir a la decadencia de la clase media. Se trata de una pregunta poco menos que retórica porque, trasladada al presente en Estados Unidos –probablemente también a cualquier otro país occidental– , solo admite un no como se desprende del análisis de Fukuyama:La democracia liberal es la ideología por defecto en gran parte del mundo de hoy, debido en parte a que responde y la facilitan ciertas estructuras socioeconómicas. Los cambios en esas estructuras pueden tener consecuencias ideológicas, así como los cambios ideológicos pueden tener consecuencias socioeconómicas”. Después de anunciar en el pasado el final de la historia, Fukuyama teme ahora que la continuidad de la historia tome una senda en la que el descoyuntamiento de la economía desequilibre un orden mundial basado en la supremacía de Estados Unidos, y un sistema político sostenido por la complicidad de la clase media con las estructuras de poder y la tradición de la América mesiánica –el pueblo elegido–, que se remonta a los padres fundadores y llega hasta nuestros días. Temen, Fukuyama y otros muchos, que el orden que configurarán las economías emergentes, con China a la cabeza de todas ellas, obligue a aceptar un multilateralismo exacerbado, con la debilidad de Estados Unidos agravada por la del andamiaje social de la clase media.

Añádase un dato que no es ningún secreto: el grueso de los títulos de deuda pública de Estados Unidos se almacenan en las cajas fuertes de bancos chinos y japoneses, una ingente cantidad de dinero de la que depende, entre otras variables, la salud del dólar, que es tanto como decir el sistema monetario internacional más los mercados de la energía, donde todas las operaciones se consignan en dólares. “La mitad de los préstamos a más de un año del Tesoro americano los detentan bancos centrales extranjeros. Desde el 2002, las instituciones públicas extranjeras financian la totalidad de las necesidades netas americanas –asegura Ousmène Mandeng, un alto ejecutivo del banco suizo de inversiones UBS–. Cabe preguntarse si semejante dependencia es sostenible de forma duradera”. De esta incógnita sin despejar se desprende otra: ¿puede la hiperpotencia imprescindible seguir siéndolo en unas condiciones de dependencia financiera exterior cada vez mayores? Y aun otra: ¿pesará más en el ánimo futuro de los acreedores de Estados Unidos la necesidad de proteger el valor del dólar para no depreciar su cartera de títulos o la oportunidad de erosionar irremediablemente la economía norteamericana y, a través de ella, recortar las atribuciones propias de la potencia hegemónica?

Thierry de Montbrial, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, ha declarado al Council on Foreign Relations, un think tank independiente con sede en Nueva York: “Estados Unidos es en la práctica el poder número uno en el mundo”, y esto será así en los próximos 20 años, pero el gran desafío que debe enfrentar es mantenerse en este lugar. La desastrosa presidencia de George W. Bush partió de la hipótesis de que solo Estados Unidos podía articular la seguridad internacional y exportar un modelo universal de democracia representativa, pero la realidad demostró que ambos presupuestos carecían de fundamento y daban como resultado más inseguridad y más inestabilidad. El primer mandato de Obama se ha inclinado por admitir que la complejidad de los problemas que tiene planteados la comunidad internacional requieren tanto el concurso de la hiperpotencia imprescindible como el de los aliados necesarios. ¿Es este reconocimiento un síntoma de decadencia o un ejercicio de realismo aplastante?

Las presidenciales de EEUU y Francia alientan el debate sobre el laicismo

La separación de la religión y el Estado, el perfil mismo del Estado laico, se ha colado en las campañas electorales de Estados Unidos y Francia con el vigor y la pasión militante que suele acompañar la controversia histórica entre la manifestación de las creencias y la gestión de los asuntos públicos. Que suceda precisamente en Estados Unidos y en Francia, dos de los estados con una más antigua y arraigada tradición laica, confiere a los debates una mayor significación: los padres fundadores que encabezaron la epopeya nacional de la independencia en las colonias de Nueva Inglaterra dieron al nuevo Estado una Constitución que establece que la religión no puede interferir en la política; en Francia, además de la tradición laica, de muy largo recorrido, la ley aprobada en 1905 consagra la separación entre los ámbitos religioso y civil.

Claro que, en paralelo, se han desarrollado realidades en parte contradictorias con el espíritu de las leyes. La primera es que la estadounidense es la sociedad occidental más apegada a la práctica religiosa y a la influencia intelectual de la religión en la vida cotidiana y en la academia: defensores del creacionismo y del diseño inteligente, telepredicadores a la carta, megachurch en muchos lugares, impugnación permanente de las políticas del cuerpo –anticonceptivos, aborto, eutanasia, uniones homosexuales– y altos índices de asistencia a los oficios religiosos. Nadie puede sorprenderse si luego aparece Rick Santorum, fundamentalista católico, aspirante a la candidatura republicana en las presidenciales de noviembre, y declara que la defensa del laicismo hecha por John F. Kennedy, asimismo católico, en la campaña de 1960, le provoca ganas de vomitar. Resulta tan poco sorprendente que Stanley Fish, profesor de Derecho en varias universidades de Estados Unidos, que se define como un antifundamentalista, ha publicado en el liberal The New York Times una larga digresión con el título Rick Santorum no está loco. Recuerda Fish a respetados jueces como William O. Douglas, que en 1952 formuló la siguiente idea: “Somos un pueblo religioso cuyas instituciones dar por supuesto un ser supremo”. O a otros, como Potter Stewart, que llegó a advertir de la “amenaza de la religión del secularismo”.

El último eslogan de Mitt Romney, que encabeza el recuento de delegados en las primarias celebradas hasta la fecha, se limita a reclamar Más empleos, menos deuda, Gobierno más pequeño, pero él no pierde ocasión de recordar la primera enmienda de la Constitución, que consagra la libertad de expresión y, por esta razón, da por supuesto que autoriza la presencia de la religión en las instituciones. Romney, mormón, fue misionero de esta iglesia en Francia entre 1966 y 1968, y está más cerca de la religiosidad militante que del pragmatismo reformista que exhibió en sus días de gobernador en el estado de Massachusetts. Las convicciones personales, pero también la rentabilidad electoral en la América más conservadora, justifican este comportamiento.

William Kristol, una de las referencias permanentes del pensamiento neocon y muy apegado a la prédica de Santorum, sostiene en The Weekly Standard, de la que es editor: “Santorum necesita ser el portavoz de la gente frente al establishment, del Tea Party frente a la élite del GOP –Grand Old Party–, del espíritu del 2010 frente al espíritu del 2008 (victoria de Barack Obama)”. Aunque Kristol no cita la religión ni impugna explícitamente el Estado laico, la invocación del Tea Party es suficiente. Porque en este movimiento profundamente conservador, que se ha adueñado de la atmósfera de la campaña republicana, el pensamiento de los presidentes James Madison y Thomas Jefferson, recordado constantemente por los partidarios de la tradición laica, es una molesta referencia del pasado. Ni que decir tiene que en el campo republicano nadie se acuerda del reverendo Roger Williams, pastor baptista que en el siglo XVII asentó en el territorio de Rhode Island la separación entre la fe y la política, se pronunció en defensa de la libertad de conciencia y fue el primero en levantar “un muro de separación entre la religión y el Estado”.

Romney no ha conseguido desvanecer la impresión de que es un apparatchik, un genuino representante de la burocracia política de siempre, y ni siquiera su triunfo del martes en seis estados, incluido Ohio, le permite darse un respiro. “Si alguien ganó el supermartes, fue –por los pelos– Rick Santorum en virtud de sus victorias en Tennessee y Oklahoma, y su magnífico resultado en Ohio (38% para Romney, 37% para Santorum)”, ha escrito en el semanario liberal Newsweek Michael Tomasky. ¿En qué se basa el analista para considerar ganador a Santorum? En que ahora vienen las primarias de Alabama, Mississippi, Kansas y Missouri, donde la vertiente religiosa, unida a la defensa del Estado pequeño, rendirán más intereses que entre los blues collar de la industriosa Ohio.

¿Son suficientes las herramientas ideológicas que maneja Santorum para disputar la nominación a Romney? James Taranto, el comentarista más leído de la web del conservador The Wall Street Journal, responde a esta pregunta con otra no menos inquietante: ¿el conservadurismo se ha hecho obsoleto? Dicho de otra forma: la orientación de la campaña de los candidatos republicanos, ¿es la adecuada para movilizar al electorado independiente en noviembre? Da qué pensar la respuesta de una joven en un reportaje emitido por la BBC: “Creo en Dios, pero no pienso en él a todas horas”.

La identidad francesa

La efervescencia religiosa en la campaña francesa está íntimamente relacionada con el debate abierto por el presidente Nicolas Sarkozy, referido a la recuperación de las señas de identidad nacionales, y con los vaticinios de las encuestas, que pronostican la victoria del socialista François Hollande el 6 de mayo. También en Francia vale formular la pregunta de James Taranto, aunque por razones diferentes a las de Estados Unidos. El equipo de campaña de Sarkozy y su Gobierno han abierto la caja de los truenos de la defensa de la neutralidad del Estado en materia religiosa, pero, al hacerlo, han puesto en marcha una defensa confesional del laicismo, que opone a la presencia en el espacio público de las confesiones importadas, en especial la musulmana. El objetivo es arañar votos al Frente Nacional, de Marine Le Pen, pero en las filas del pensamiento conservador tradicional cunde la desorientación o aflora la crítica interna.

Cuando el primer ministro François Fillon sostiene que las religiones deben reflexionar sobre “sus costumbres más ancestrales”, y pone como ejemplo las carnicerías halal y kosher, de las comunidades musulmana y judía, respectivamente, sale inmediatamente a escena la eurodiputada Rachida Dati, educada en el islam y rescatada por Sarkozy para esta campaña, y acusa a Fillon de tener “un concepto loco del laicismo que no es el del presidente de la República”. Cuando el ministro del Interior, Claude Guéant, pisa terreno parecido, lleva a los intelectuales más respetados a recordar que la neutralidad del Estado en materia religiosa es la única garantía de respeto para todas las confesiones. Así lo ha hecho Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur: “La laicidad no ha sido nunca el descreimiento y jamás ha estigmatizado la religión. Es lo contrario. Incluso si en sus inicios se concibió para limitar la hegemonía de la Iglesia católica, se transformó en una disposición jurídica que garantiza la libertad de todas las religiones, pero también el derecho a no creer. Los artesanos de la ley de 1905 estaban lejos de ser todos unos descreídos (…) Para ellos, se redujo a una fuerte y simple proclamación: la separación total de la Iglesia y el Estado”.

Daniel y otros muchos suscriben el principio según el cual “cuando se trata de llevar el velo o de rezar en la calle, cabe sostener que la práctica de la fe debe ser un asunto privado y limitarse a la intimidad del hogar o de los lugares de culto”. Pero disienten radicalmente de la operación de Sarkozy, que apunta a una cristianización de la defensa de la identidad nacional, aunque el pretexto sea la salvaguarda del Estado laico. Sihem Habchi, expresidenta de la asociación Ni Putas Ni Sumisas, sostiene que los relativistas de izquierda y de derecha y los islamistas persiguen el mismo objetivo, y apunta a Sarkozy y su círculo: “En nuestro tiempo, en el nivel más alto del Estado, se legitima esta demolición de la laicidad organizada, reduciendo los valores universales a la protección de la sociedad occidental y de sus raíces cristianas (…) ¿Cómo pretender que nuestros valores, cívicos e ilustrados, son universales si no somos capaces de demostrar antes que son universalizables”.

La profesora Karen Armstrong afirma en Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam, publicado en el 2004: “En Norteamérica, la religión ha liderado la oposición durante mucho tiempo. Su ascenso y caída siempre han sido cíclicos y los acontecimientos de los últimos años indican que todavía hay un estado de guerra incipiente entre los conservadores y los liberales, que a veces llega a ser aterradoramente explícito”. ¿Puede pasar Francia por una experiencia similar si se concretan los riesgos de fractura social derivados de las oleadas migratorias?