Manchester, la tragedia de siempre

La atrocidad de este lunes en el Manchester Arena constituye un capítulo más del inconmensurable fracaso colectivo que lleva por nombre multiculturalidad, cada vez más desprestigiada. Cuando de nuevo un joven, Salman Abadi, nacido y criado en el seno de un determinado modelo sociocultural, arremete contra él con inusitada violencia, lo menos que puede decirse es que algo fundamental no funciona en los mecanismos de cohesión social. Cuando personas huidas de regímenes aborrecibles –el del coronel Gadafi para el caso– e instaladas en una sociedad de acogida desencadenan el horror parapetadas detrás de la religión, solo cabe concluir que vivimos inmersos en una doble crisis, de civilización y de identidad, promovida por una minoría suficientemente dinámica como para extender una angustiosa psicosis de inseguridad colectiva.

Nada hay en el episodio de Manchester especialmente diferente de lo ocurrido antes en tantos lugares de Europa y nada será demasiado diferente en los envites del terrorismo global que nos deparará el futuro porque se ha consolidado en el universo yihadista una mezcla de resentimiento, nihilismo, fanatismo ideológico y certidumbres esotéricas (el martirio) que demuestra tener un poder de captación y convicción de una eficacia enorme. Y esas constantes vitales no corren peligro en tanto Occidente no admita errores flagrantes y siga prevaleciendo en la opinión pública del mundo musulmán la  sensación de afrenta permanente. “Hemos cometido agresión armada contra pueblos soberanos que no nos han atacado a nosotros con el propósito de mantener el terror fuera de las calles de Gran Bretaña”, ha escrito Simon Jenkins en el periódico progresista The Guardian. Y esa actitud preventiva es la que lleva a Jenkins a relacionar con la tragedia última la política exterior de Tony Blair, David Brown y James Cameron, tan sometida a la de Estados Unidos. No se trata de una justificación de la canallada cometida por un fanático, sino de una explicación que intenta establecer una relación lógica entre causas y efectos.

De la misma manera que H. A. Hellyer, un analista del think tank Atlantic Council, abunda en el error occidental de exigir a los musulmanes que hagan más “para luchar contra el extremismo, soslayando que los musulmanes británicos también fueron atacados”. Observa Hellyer una asimetría evidente entre esa exigencia y otros sucesos dolorosos, provocados por occidentales de educación cristiana, que no llevaron a nadie a reclamar a Occidente mayor compromiso contra los apocalípticos. Así el caso de Anders Breivik, citado en el artículo, el supremacista blanco e islamófobo que el 2011 asesinó a 77 jóvenes noruegos, cuya acción no desencadenó ninguna forma de reproche o de exigencia de responsabilidades, como por lo demás es del todo lógico, a la comunidad blanca bautizada en iglesias protestantes a la que pertenecía Breivik.

La suma de dos lógicas perversas, la de los daños colaterales causados por armas presuntamente inteligentes y la del choque de civilizaciones, que lleva directamente al enfrentamiento entre Occidente y el islam, explica en gran parte la crispación de un presente inquietante. Los daños colaterales han causado tantas víctimas inocentes en comunidades musulmanas que se han convertido en uno de los combustibles más eficaces para mantener en funcionamiento la máquina del odio; la consideración del choque de civilizaciones como algo irremediable mantiene en pie de guerra a lo peor de cada parte y justifica toda clase de barbaridades, sectarismos y opiniones atropelladas. Basten como prueba de todo ello las explicaciones delirantes del Estado Islámico después de la matanza de Manchester o la reclamación de una “solución final” hecha a través de Twitter por Katie Hopkins, de la emisora británica LBC, que remite sin estaciones intermedias a la limpieza étnica, al genocidio planificado y, en definitiva, al Holocausto perpetrado por la Alemania nazi.

Son enormes las dificultades de inserción de la tradición musulmana en aquella heredera de las Luces, pero hay demasiados ejemplos de que no solo es posible, sino deseable y fructífera, como para seguir dando pábulo a los profetas del enfrentamiento inevitable. Y siguen sin respuesta desde hace demasiado tiempo varias de las siete preguntas formuladas en el 2012 por Tariq Ramadan, un intelectual musulmán difícil de clasificar y bastante discutido desde diferentes frentes ideológicos laicos europeos. Las preguntas son estas:

-¿Quién es musulmán y cuáles son los derechos de alguien que sea reconocido como tal?

-¿Está justificado el uso de la violencia?

-¿La sharia es un cuerpo legal cerrado o un cuerpo abierto de principios potencialmente compatibles con fuentes extranjeras como la democracia?

-¿Se debe crear un partido político islamista o es preferible mantener el estatus de organización religiosa y social?

-¿Cuál debe ser la función de las mujeres en la organización y en las sociedades mayoritariamente musulmanas?

-¿Cuáles deben ser las relaciones con personas de otras creencias –o sin creencia alguna– dentro de la sociedad?

-¿Hay otras opciones, además de la oposición en la relación con Occidente?

En cierta medida, se trata de interrogantes elementales, que debían haber obtenido respuesta hace decenios, mucho antes de que los formulara Ramadan, pero la dinámica histórica del colonialismo y del poscolonialismo quizá lo hizo imposible. Este quizá es ineludible porque algunos musulmanes respondieron a estas preguntas hace tiempo, convencidos de que la mejor defensa de los derechos del creyente es situar la práctica religiosa en el apartado de la vida privada de cada individuo, en el ámbito de su autonomía intransferible. Otros, por el contrario, se arrogan el derecho a hacer ostentación de sus convicciones religiosas, a parapetarse en el legado de sus ancestros para difundir una ideología congelada de inspiración religiosa, a entender cualquier otro credo como un adversario en el campo de batalla. Pero la islamofobia vociferante que prolifera en Europa no anda muy lejos de esa actitud aguerrida que lleva sin remedio a la confrontación. Y la gestión de todo ello solo como un problema de seguridad no hace más que aplazar la consideración de otros aspectos del desafío planteado por los muyahidines de la guerra santa.

El primero de todos ellos es la existencia de sociedades desarticuladas, cuando no excluyentes, que fomentan indirectamente la cultura del gueto. El segundo es la disfunción permanente del mercado de trabajo, que opera como un filtro y corta el paso al desarrollo de muchos jóvenes. El tercero es la aceptación de que los estados laicos no escapan a las contradicciones inherentes a sociedades mayoritariamente secularizadas, pero que cobijan importantes minorías cuya vida se articula a través de la religión (de diferentes religiones). No se trata de impugnar el Estado aconfesional; se trata de aplicar soluciones diferentes a sociedades diferentes que hace tiempo dejaron de ser homogéneas; se trata de actuar de forma inteligente y sin los prejuicios que exhiben todos los días los partidarios de la exclusión social.

La propensión de los gobiernos a creerse en posesión de la verdad lleva directamente al desastre. No hay otro responsable inmediato de la tragedia de Manchester que el suicida que se inmoló a la salida de un concierto, pero no pueden soslayarse los mecanismos que llevaron a un ciudadano británico a abrazar la versión más violenta y alejada del islam del siglo XXI. De hecho, se está cumpliendo algo que adelantó Jean-Pierre Filiu, el nacimiento de una nueva religión desgajada del mejor legado musulmán, un proceso degenerativo cuyo ecosistema ideal se encuentra en la periferia de muchas grandes ciudades de Europa. No está en discusión que el primer deber de los gobiernos es garantizar razonablemente la seguridad de los ciudadanos; sí lo está la incapacidad de los gobernantes para generar complicidades en el seno de comunidades vulnerables, desencantadas.

La yihad quiere cortar las alas a Túnez

La elección del Museo del Bardo de Túnez como objetivo del último golpe de mano de los yihadistas no es ni oportunista ni casual. Al sembrar la muerte entre un grupo de turistas indefensos, los terroristas han herido en lo más profundo las entrañas de la economía tunecina, que depende del turismo para salir de la crisis que sufre desde la caída de la dictadura de Zine el Abidine ben Alí en enero del 2011. El 10% de los tunecinos con empleo dependen del turismo, que representa el 7% del PIB del país y que, antes del ataque islamista, parecía destinado a alcanzar el 10% a poco que soplaran vientos favorables. Hundidos a medio plazo los mercados del petróleo y de los fosfatos, el turismo constituía la gran esperanza económica, la que más inversión extranjera atraía hasta el miércoles y la que más fácilmente podía poner en marcha planes para acabar con algunas carencias crónicas en el sector servicios.

Pero con ser desastroso el daño causado a la economía, quizá sea aún mayor la quiebra en términos políticos, porque la meta fijada por los islamistas es, en última instancia, impedir que se consolide el proceso de institucionalización democrática en Túnez a partir de la Constitución aprobada el año pasado, ejemplar en la preservación de los derechos fundamentales de los ciudadanos, la división de poderes, la igualdad entre sexos y la neutralidad del Estado en materia religiosa. Como decía el editorial del jueves del diario Le Monde, “Túnez da miedo a los yihadistas” porque se ha fijado una ruta que es la antítesis del discurso fundamentalista y, quizá, la tabla de salvación del islamismo político, representado por Ennahda. El rumbo fijado por el Gobierno y el Parlamento tunecinos es, en última instancia, la traducción práctica de algo afirmado varias veces por el politólogo Sami Nair al referirse a la sociedad tunecina como a una comunidad “formalmente secularizada”, aquella que desencadenó las primaveras árabes y la única que evitó el descarrilamiento del proceso.

“Es esa excepción tunecina a lo que los terroristas quieren poner fin”, afirma la diputada Bochra Belhaj Hmida, del partido Nida Tunes, de orientación laica, el más importante del Gobierno y el del presidente Beji Caid Esebsi. Es una formulación tan corta como exacta: es imprevisible conocer qué capacidad de contaminación podría tener una transición democratizadora que lograra tener éxito. Luego, a ojos del Estado Islámico y de sus franquicias, lo mejor es cortarle las alas antes de que sea demasiado tarde; es más útil para su causa apostar por el caos para desprestigiar al Gobierno, llevarlo contra las cuerdas y, llegado el caso, sumar voluntades entre los decepcionados por la inviabilidad o esterilidad del experimento laico.

Hay un entorno propicio para aplicar esta estrategia, tan vieja que incluso tiene nombre propio: cuanto peor, mejor. En una atmósfera regional irrespirable se suman la porosidad de la frontera de Túnez con Argelia, controlada con frecuencia por grupos islamistas, y la no menos porosa o poco controlada con Libia, un país poco menos que inexistente, desgarrado por la guerra civil que siguió a la caída del régimen extravagante de Muamar Gadafi, y que exporta la yihad al vecindario. Debe sumarse a todo ello la ausencia de Europa en la respiración asistida varias veces reclamada por Túnez, que, al contrario de lo sucedido con el Egipto de la dictadura del general Al Sisi y las petromonarquías, ha echado en falta ayuda económica efectiva para ahuyentar los fantasmas de la desafección después de las esperanzas suscitadas por la primavera del 2011. Las declaraciones de principios sin un euro que las acompañe no tienen ningún efecto práctico en una sociedad sometida durante décadas a una cleptocracia ruinosa y que ha exportado hasta 3.000 combatientes a Siria e Irak para unirse a las huestes del Estado Islámico o de Al Nusra, que es tanto como decir de Al Qaeda.

Pero el análisis del ataque al museo y la matanza de turistas es incompleto si no se menciona el factor cultural, histórico si se prefiere. Pues al atentar contra el Bardo, con su deslumbrante colección de mosaicos, testimonio de la herencia clásica latina, los terroristas han apuntado contra la historia, la cultura y la civilización de las que Túnez se siente depositario, de acuerdo con el análisis de Belhaj Hmida. Y esa suma de historia, cultura y tradición incluye el proyecto democrático en ciernes. “Túnez es un antimodelo para los terroristas y para quienes les financian. Quieren romper este modelo, este experimento”, ha declarado Kamel Jendubi, ministro de las Reformas Constitucionales. Y el Estado Islámico le dio la razón de antemano al difundir un enigmático mensaje en el que, según todos los indicios, anunciaba la proximidad del atentado: “Pronto va a haber una buena noticia para los musulmanes y una mala para los infieles y los cobardes. Especialmente para los amantes de la cultura”.

Así es. La agresión yihadista tiene un componente primordial de ataque a la cultura, a la tradición laicista que anida en una parte importante de la sociedad tunecina y que ha constituido siempre un factor de confrontación con el islam retardatario, aquel que se remite a la sharia y combate cuanto se aparta de ella. Es así desde los días de Habib Burguiba, padre de la independencia y representante de una vanguardia política que bebió y bebe fundamentalmente en las fuentes de la cultura de las Luces y de la política francesas. Pero es también fruto de la lógica impuesta por la prédica del califato, que arrasa con cuanto da testimonio de los tiempos anteriores al profeta, de aquello que constituye el legado no musulmán y que el integrismo quiere que desaparezca para que la única referencia del pasado sea el mensaje de Mahoma o lo que por tal tienen los ideólogos de la guerra santa. Frente a la afirmación de Albert Camus de que “no hay una sola verdad, sino muchas, y no todas son accesibles”, el Estado Islámico quiere imponer una sola verdad por la fuerza del terror.

Puede parecer todo fruto de un mecanismo primario y excluyente –de hecho lo es–, de un sectarismo sin límites, pero resulta efectivo en sociedades deprimidas y sin más referencias que la tradición religiosa como base de la llamada ideología espontánea. El editorial del diario tunecino La Presse recordaba el viernes el convencimiento de Burguiba –siempre Burguiba– de que “la verdadera batalla por la independencia y la dignidad es una batalla económica”. Diríase que de ella depende la viabilidad del proyecto democratizador y laico porque, sin rescatar de la postración a los más vulnerables, crecerán sin pausa las filas de los predicadores de la acción directa y del regreso al pasado. Pero, para evitarlo, hace falta acabar con una de las debilidades estructurales de la transición democrática: la ausencia de la élite financiera en las reformas que se precisan, según el diagnóstico adelantado por el analista tunecino Michaël Béchir Ayari en la web del International Crisis Group.

Aquellas élites que crecieron y se enriquecieron bajo el paraguas protector de la dictadura de Ben Alí son las mismas que hoy se mantienen al margen de las exigencias impuestas por la dinámica social y la presión exterior para neutralizar los riesgos de una involución o una crisis del nuevo Estado en construcción. No hay atajos para poner al día el aparato productivo; solo el compromiso de las élites puede lograr que la operación tenga éxito después del gesto de responsabilidad política compartido por todos los partidos importantes para rescatar al país del marasmo en el que estuvo a punto de sucumbir durante la etapa de gobierno del islamismo moderado, representado por Ennahda. La tradición política legada por el laicismo de Burguiba y sus acompañantes en el momento de la independencia es manifiestamente insuficiente para afrontar el desafío fundamentalista, la pretensión de los yihadistas de enrolar a Túnez en el caos político y la ruina moral que ha hecho posible el éxito sangriento del Estado Islámico o el califato, como se prefiera llamarlo.

Túnez da ejemplo otra vez

El acuerdo alcanzado por los partidos representados en la Asamblea Nacional Constituyente de Túnez para desatascar la redacción y aprobación de una nueva Constitución contrasta con el galimatías libio, que culminó este jueves con la retención durante unas horas del primer ministro, Alí Zeidán, y aún más con el otoño Egipto, donde sigue sin conocerse el paradero de Mohamed Mursi, presidente depuesto por el Ejército el 3 de julio. No todo tiene el mismo tono regresivo en el norte de África, y otra vez, como sucedió a principios del 2011, son los tunecinos quienes dan muestras de sentido político al buscar una salida ordenada al problema planteado por una Cámara zarandeada por desacuerdos insolubles y unas fuerzas laicas emocionalmente sacudidas por los asesinatos de Chokri Belaid y Mohamed Brahmi, dos de las voces más influyentes de la izquierda. Mientras tanto, nadie sabe hacia dónde se dirige la reforma libia, a expensas de los designios de grupos incontrolados que no hay forma de desarmar, y cada día es más evidente que en el horizonte egipcio se consolida la silueta de una dictadura militar encubierta.

Quizá sea cierto que la operación desencadenada por Estados Unidos para sacar de Libia a Abú Anás al Libi, presunto responsable de las matanzas en las embajadas estadounidenses de Nairobi y Dar Es Salaam, el 7 de agosto de 1998, haya echado más leña al fuego a la falta de vertebración del país surgido del final de la guerra civil. Es seguro que la política contemplativa de Occidente en el desarrollo de los acontecimientos en Egipto a partir del golpe de Estado ha favorecido a los generales, movilizados en defensa de los intereses de una casta que controla más del 30% de la economía del país. Pero no es menos cierto que frente a la debilidad del núcleo laico en ambos países, la disposición del sindicato Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT) ha suplido las carencias de unas fuerzas políticas laicas inexpertas, enfrascadas con frecuencia en estériles debates bizantinos, y condicionadas por la disciplina de Ennahda (islamista moderado), que representa a la sumo a un cuarto de la población del país, aunque obtuvo más del 40% de los votos en las elecciones de octubre del 2011.

Habib Burguiba, padre de la independencia de Túnez, en Bizerta, en el norte del país, en 1952.

En definitiva, el equilibrio entre laicos e islamistas moderados, más allá de la aritmética electoral, se ha restablecido en Túnez, con el consiguiente apaciguamiento de las pasiones, al tiempo que en Libia no hay forma de desentrañar dónde se encuentran en verdad los resortes del poder legítimo o, peor aún, cunde la sospecha de que estos no existen, sometido todo el andamiaje político a las milicias armadas, la pugna tribal y la exigencia del este –región petrolífera– de disfrutar de mayores cuotas de poder. Y, en Egipto, los notables presididos por Amr Musa, encargados de redactar una nueva Constitución a la medida de los cuarteles, tienen cada día más la apariencia de máscaras cuyo destino es ocultar el torvo rostro de la dictadura militar que pilota el general Abdel Fatá al Sisi.

Como recordaba Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur, en un artículo publicado el 13 de febrero de este año, en momentos de gran incertidumbre, la herencia de Habib Burguiba, padre de la independencia tunecina, la crisis de “ese pequeño país desborda con mucho sus fronteras”. “De su resolución –añadía Daniel–, dependerá la posibilidad de mantener una verdadera democracia en tierra del islam”.  El mismo autor reconocía en aquel artículo que Burguiba fue con el paso del tiempo “un déspota cada vez menos ilustrado”, pero sus primeros años “fueron esenciales en dos apartados: sus decisiones relativas al estatuto de la mujer y la forma de practicar y respetar el islam”. La UGTT ganó influencia y prestigio en aquella atmósfera de compromiso aconfesional, y aún hoy agavilla voluntades enfrentadas gracias a la herencia recibida.

A la izquierda, Gamal Abdel Naser, presidente de Egipto, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en la conferencia de no alneados de Belgrado, en 1961.

“El aspecto más significativamente singular de lo sucedido en Túnez es la capacidad de todos los actores políticos importantes, incluido el partido Ennahda, que dirige un Gobierno de coalición, para dialogar, negociar y comprometerse cuando es necesario para mantener la transición hacia una democracia plural que alcance a todos los grupos para competir por el poder”, destaca el analista Rami Khouri. Esa es una cualidad del entramado tunecino que de momento carece de licencia de exportación y que, con toda probabilidad, deriva de la secularización de la cultura política deseada por Burguiba en los años que siguieron a la independencia (1956). Burguiba sucumbió a la tentación del culto a la personalidad y de un paternalismo acrítico, pero suministró antídotos civiles para neutralizar otras tentaciones: el cesarismo, el dogmatismo religioso, la postergación de la mujer y el comunitarismo.

Si se compara esa herencia con el relato emancipador de Gamal Abdel Naser, padre del Egipto moderno, surge enseguida la gran diferencia: Naser, al frente del mayor de los estados árabes, aspiró a dirigir el orbe árabe; Burguiba, líder de un pequeño país, no soñó nunca con encabezar grandes aventuras más allá de sus fronteras. La modesta ambición política de Burguiba tuvo un carácter estrictamente nacional; el proyecto panarabista de Naser, a menudo grandilocuente, requirió la construcción de un régimen basado en la supremacía del Ejército para hacer frente a Israel y redimir el agravio de 1948. Medio siglo más tarde, de la suerte del modelo tunecino, con todas las vicisitudes que se quiera, depende “la posibilidad de mantener una verdadera democracia en tierra del islam”, como se recoge más arriba, mientras que los uniformados de El Cairo aparecen como una sociedad cerrada cuyo primer objetivo es gestionar sus negocios y garantizar el poder de los centuriones.

A la izquierda, Muamar Gadafi, líder de Libia, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en 1983,

A la izquierda, Muamar Gadafi, líder de Libia, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en 1983.

Si la comparación es con el caos libio, entonces el contraste es aún mayor. El Estado de masas de Muamar Gadafi, la Yamahiriya, nunca fue mucho más que un nombre. En la práctica, solo fue útil para que prevalecieran las rivalidades tribales cuyo fragor confería al dictador un poder arbitral permanente del que dependía su supervivencia. A diferencia de Burguiba y Naser, que construyeron identidades políticas –nacionales– indiscutiblemente vigentes, Gadafi no tuvo el mayor interés en hacerlo, sino que fomentó la división. El caso es que hoy, después de una sangrienta guerra civil, un proceso constituyente instalado en la confusión y la exportación de petróleo –la capacidad extractiva de Libia es de 1,6 millones de barriles diarios– afectada por la pugna política, el país tiene la imperiosa necesidad de impulsar la socialización nacional para evitar que la adscripción tribal siga siendo la barrera infranqueable que se levanta entre los individuos y el Estado. Sin la construcción de una identidad colectiva que se extienda por encima de localismos y fidelidades personales, será muy difícil que pueda oponerse un poder homogéneo a las milicias surgidas durante la guerra, con presencia muy activa del islamismo radical.

Aún así, sigue en vigor el aserto más repetido desde que todo empezó entre los últimos días del 2010 y los primeros del 2011: nada será como antes. Acaso Egipto haya vuelto a la casilla de salida y acaso ese otoño de los generales se prolongue en un gobierno de los uniformados de duración imprevisible. Acaso Libia se haya salido del tablero y deba superar grandes dificultades y contratiempos antes de volver a él. Acaso, en fin, Túnez no consiga en mucho tiempo alcanzar la velocidad de crucero de la democratización y tenga que remontar cuestas interminables. Acaso todo eso suceda, pero la calle árabe perdió el miedo, según subrayan los sociólogos políticos, y lo que ahora acontece no es más que la confirmación empírica de que se quedaron cortos en sus cálculos cuantos diagnosticaron en los primeros días de las primaveras que haría falta una generación para que cuajaran.

Incertidumbres árabes a las puertas de Israel

Después de bombardear la instalación militar siria de Jamraya y de obtener la consabida comprensión de Estados Unidos, el Gobierno de Israel ha tomado la iniciativa antes de recibir a finales de mes a John Kerry, secretario de Estado. Este se propone respetar la simetría formal al entrevistarse con el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, y cruzar el muro de Cisjordania para hacer lo propio con el presidente palestino, Mahmud Abás. En la práctica, tal simetría no existe, pero es preciso simularla porque la guerra de Siria y la fractura política en Egipto configuran la periferia de Israel como un ecosistema propenso a la inestabilidad, condicionado por las incertidumbres árabes y por la aparición más o menos imprevista de nuevos actores como China.

La política israelí de hechos consumados incomoda a Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, la Casa Blanca se acerca inexorablemente al momento en el cual un presidente cree llegado el día de pasar a la historia por algún hecho notable antes de que su condición de pato cojo –los dos últimos años del segundo mandato– proyecte una imagen de debilidad. El precedente de las negociaciones de Camp David del verano del 2000 –Ehud Barak y Yasir Arafat–, que promovió Bill Clinton y acabaron sin resultado, son el ejemplo más socorrido de las urgencias de un presidente que persigue la gloria histórica urgido por la inexorable marcha del tiempo. Pero hay otro factor que opera a favor de los renovados esfuerzos de Estados Unidos en Oriente Próximo: su deseo de modular su compromiso en la región con la poco menos que total independencia energética que garantizan los últimos yacimientos descubiertos en territorio norteamericano.

Los riesgos que debe medir Barack Obama no son menores. El programa de asentamientos seguido por el Gobierno israelí en Cisjordania amenaza con hacer definitivamente inviable la solución de los dos estados en no más de dos años (Miguel Ángel Moratinos), una situación que invalidaría el posibilismo de la Autoridad Palestina. La guerra en Siria tiene un poder de contaminación que llega hasta la frontera de Israel mediante los milicianos de Hizbulá, asentados en el sur de Líbano. La crisis política y económica en Egipto desgasta el islamismo político y da alas al salafismo, alentado desde los púlpitos de las mezquitas y que atrae a las bases del Partido de la Libertad y la Justicia, la marca electoral de los Hermanos Musulmanes. De todas las rutas trazadas en ese laberinto, la única que Estados Unidos conoce como la palma de la mano es la que lleva a Jerusalén; para las otras carece de una guía de viaje fiable.

El diplomático canadiense Michel Duval, exembajador de su país en la ONU y en el Líbano, sostiene que no es posible encontrar una solución factible al caso sirio fuera del Consejo de Seguridad. Duval habla con conocimiento de causa cuando señala que Rusia y China se oponen a una intervención en Siria autorizada por las Naciones Unidas porque tienen muy presente lo sucedido en Libia, donde la OTAN “fue increíblemente más allá del mandato de la ONU”. Eso debilita a Lajdar Brahimi, el enviado especial despachado al conflicto por la comunidad internacional, porque “lleva dos sombreros incompatibles”, en palabras de Duval a La Presse, el gran periódico centrista de Montreal: el de la ONU, que aspira a la imparcialidad, y el de la Liga Árabe, que ha tomado partido por la oposición siria en armas. Habría que añadir que en la memoria colectiva de la Administración de Obama están muy vivas las desastrosas intervenciones en Afganistán e Irak, que desgastaron la imagen internacional de Estados Unidos y alimentaron las corrientes antioccidentales más radicales en el mundo árabe, incluido el frente yihadista.

Por si esas razones no fueran suficientes, hay una de orden práctico que respetan todas las cancillerías: carece de sentido político intervenir en Siria a cambio de nada. El apoyo que otorgan Rusia y China a Bashar el Asad es a cambio de algo –influencia en la región–; el de Irán está íntimamente relacionado con la praxis del chiismo en tierra hostil y en su pulso con el islam suní del Golfo, más el programa nuclear de la república islámica. La eventual implicación de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se produciría a cambio de muy poco y sería bastante mal recibida por la calle árabe, que vería la mano de Israel, seguramente con razón, en el compromiso de las potencias occidentales. Las mismas que encabezaron la intervención en Libia después de haber rehabilitado a Muamar Gadafi durante la primera década del siglo. Las mismas que, a falta de otros motivos, esgrimen el temor de que quienes con más atributos mueven los hilos de la oposición son los yihadistas curtidos en mil batallas, que se han adueñado de la dirección de las operaciones y son hoy tan sospechosos de recurrir a las armas químicas (Carla Del Ponte) como el Ejército de Asad.

En Egipto, los presagios no son mucho mejores. El Gobierno mantiene unas interminables negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener un préstamo de 4.800 millones de dólares que le permita tapar agujeros, pero el martes hubo una remodelación de Gobierno que incluyó, entre otros, el nombramiento de un nuevo ministro de Economía, Fayad Abdel Moneim, un perfecto desconocido especialista en finanzas islámicas. Mientras tanto, la inflación interanual supera el 8%, la libra egipcia se ha depreciado con respecto al dólar el 15% desde primeros de año y el Gobierno ha decidido recortar los subsidios a la energía, que representan un quinto del presupuesto. Se supone que esta y otras medidas futuras, como subir los impuestos sobre las ventas, persiguen el equilibrio fiscal y anticiparse al programa de austeridad que impondrá el FMI, pero los funcionarios de la organización se declaran desconcertados con los cambios de responsables políticos. “Cada vez que conocemos el comportamiento de un ministro, este desaparece”, le manifestaron representantes del FMI a Samir Raduan, primer ministro de Economía después de la caída de Hosni Mubarak, según recoge la edición digital en inglés del diario cairota Al Ahram.

En el baile de nombres desencadenado por el presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ven algunos la presión del ala menos política de los Hermanos Musulmanes, cuya influencia habría crecido a partir de la crisis de diciembre y el endurecimiento de la oposición. Es posible que se haya producido esa deriva de la Hermandad hacia el radicalismo, pero un especialista como Abdalá Schleifer, profesor emérito de la Universidad Americana de El Cairo, pone en duda que se haya producido una hermanización de Egipto, el diario Daily News Egypt destaca que solo un tercio de los ministros procede de la Hermandad y el profesor Shadi Hamid, director de investigación del Brookings Doha Center, concluye con una afirmación contundente un largo artículo en el último número de la revista Foreign Policy: “Las auténticas batallas ideológicas realmente aún no han empezado”.

Esas batallas venideras interesan directamente a los gobernantes israelís, que hasta la fecha han sorteado la inestabilidad egipcia mediante el acuerdo directo entre generales a un lado y otro de la frontera del Sinaí. Se trata de una solución inconcebible fuera de la militarización de los espíritus en Israel y de los privilegios hors catégorie de los que disfrutan los uniformados en Egipto, pero es una alternativa útil, razonablemente estable y de naturaleza técnica hasta donde cabe aplicar este adjetivo al cometido de militares profesionales, teóricamente sujetos a la política de seguridad diseñada por cada Gobierno. Al mismo tiempo, es una fórmula que puede quebrarse en la medida en que el enconamiento político en Egipto lleve a la mesa del Consejo de Ministros el disgusto de la calle árabe por la gestión del problema palestino, algo que por lo demás se percibe en la base de los Hermanos Musulmanes y en las redes sociales, caja de resonancia de una opinión pública disconforme.

Hasta que se consume el acuerdo con el FMI, la pugna entre las dos grandes ramas del islamismo político conocerá un crescendo lleno de riesgos. Tal como explica Hamid en su artículo, la Hermandad mantiene viva la discusión en cuanto a la prevalencia de la sharia como fuente de derecho, a diferencia del rumbo seguido por el partido Ennahda, que gobierna en Túnez, a pesar de su ideología asimismo islamista. Y está lejos de haber cerrado la discusión referida a cuál es el límite aceptable de las condiciones que impondrá el FMI, un factor de división que también se da en las filas de una oposición aglutinada en torno a la defensa de un Estado laico y bastante menos homogénea en cuanto atañe a la economía, el agravio palestino y las relaciones con los vecinos, así se trate de Israel o de las petromonarquías.

Todo esto importa a Israel y afecta a su estabilidad emocional, dañada todos los días por episodios simbólicos, pero de gran repercusión, como la decisión del físico Stephen Hawking de sumarse al boicot académico y no acudir a una conferencia en Jerusalén para protestar contra la política que el Gobierno de Netanyahu sigue con los palestinos. La efervescencia a las puertas de Israel, bastante fuera del control de sus aliados más sólidos, transita entre la institucionalización de la primavera egipcia y la escalada bélica siria, alienta a agitadores armados como Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que se declara dispuesto a ayudar a Siria para que reconquiste el Golán, y lleva a las opiniones públicas árabe e israelí a radicalizarse. Y en esta atmósfera enrarecida desde siempre por pasiones desbordadas, los partidarios de mantener los equilibrios tienen un margen de maniobra más estrecho a cada día que pasa, como si la única elección posible fuese entre lo malo y lo peor.

Mahoma solo es la excusa

La película La inocencia de los musulmanes es un producto deleznable realizado en Estados Unidos, pensado solo para perturbar a cuantos profesan la fe del islam, pero la libertad de expresión es un derecho indivisible, un legado de las Luces cuya acotación debe limitarse a garantizar el derecho a la intimidad –véase el caso del top-less de la duquesa de Cambridge– y poco más. Todas las religiones, creencias e ideologías no violentas tienen derecho a ser respetadas, pero la libertad de crítica es también un derecho fundamental, una de las herramientas básicas para el progreso moral y material del género humano. Resulta fatigoso tener que recordar tan elementales y sumarios principios, así como la posibilidad irrevocable en los estados de derecho de acudir al juzgado de guardia para denunciar a quienes se estima que han causado grave perjuicio, pero la campaña de protestas contra sedes diplomáticas de Estados Unidos en países de mayoría musulmana, con la tragedia añadida de varios muertos, incluidos el embajador norteamericano en Libia, Christopher Stevens y otros tres funcionarios, obliga a hacerlo. El director, los financiadores y los difusores de La inocencia de los musulmanes abrigan propósitos inconfesables y son depositarios de un sectarismo repulsivo, pero cualquiera que sea la operación que barruntan quedaría desactivada si no se les prestara atención por más que colgaran su zafiedad en YouTube.

Ciudadanos libios

Ciudadanos libios se manifiestan para protestar por el asesinato del embajador Christopher Stevens, perpetrado por manifestantes salafistas que el 11 de septiembre asaltaron el Consulado de Estados Unidos en Bengasi.

La decisión del semanario francés Charlie Hebdo de caricaturizar al profeta Mahoma al hilo del levantamiento salafista en curso no es en ningún caso la mejor y más prudente de todas las decisiones posibles, pero está en su derecho hacerlo y, en última instancia, como ha dejado escrito el diario Le Monde en su editorial del último miércoles, “desde un lado quieren hacer reír y vender; desde el otro se lanzan anatemas”. Si se tiene por insuficiente este razonamiento, basta preguntarse dónde habría quedado la dignidad de Salman Rushdie si después de publicar Los versículos satánicos se hubiese plegado al totalitarismo vociferante de los ayatolás que emitieron la fatua que lo condenó a muerte. Y esta pregunta puede hacerse extensiva al dogmatismo exacerbado de los cristianos que pusieron el grito en el cielo cuando se estrenaron películas como La vida de Brian, de los Monty Python, y La última tentación de Cristo, la adaptación de Martin Scorsese de la novela de Nikos Kazantzakis.

“La libertad de expresión, y de información, es un principio universal –recuerda Christophe Deloire, director general de Reporteros sin Fronteras, aunque acepta que nadie se sirve de ella “a la perfección”–. Si la exijo para mí, la quiero para los otros. Si la rechazo para los otros, ellos me la negarán a mí”. En cambio, cuando un especialista en el mundo árabe como Robert Fisk admite en el diario progresista británico The Independent que “hay un espacio para una discusión seria entre musulmanes acerca, por ejemplo, de una reinterpretación del Corán”, pero que “la provocación occidental” ciega esta posibilidad, excluye la posibilidad de que desde fuera del islam –desde otras religiones, desde el pensamiento agnóstico o simplemente desde el ateísmo– quepa la crítica, el análisis, la discusión universal relativa al mensaje moral, la escala de valores y los fundamentos de la fe musulmana. En un mundo globalizado por internet, este punto de vista resulta sorprendente.

También lo es reducir la discusión de la crisis de las embajadas al ejercicio de la libertad de expresión, aunque este es el resorte más poderoso que el Gobierno de Estados Unidos ha encontrado para manifestar la imposibilidad de prohibir o censurar la película desencadenante del levantamiento, como reclaman los fundamentalistas a sabiendas de que se trata de algo imposible. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, es consciente de que este no es el quid de la cuestión, y aun así prefiere no entrar en el fondo del problema: la ocasión que se le ha presentado al salafismo de reavivar la prédica antioccidental, sobre todo antiestadounidense, y poner en un brete a los islamistas moderados que han ganado el poder en las urnas y persiguen un modus vivendi política y económicamente provechoso con Estados Unidos y la Unión Europea. Ese es el quid, pero Clinton prefiere remontarse a los grandes principios: “Sé que es difícil para algunos comprender por qué Estados Unidos no puede prohibir esta clase de vídeos. Subrayo que en el mundo de hoy, con la tecnología de hoy, esto sería imposible. Pero, incluso si lo fuera, nuestra Constitución lo impediría”.

Olivier Roy

Olivier Roy: "No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda".

Estos argumentos, la invocación de la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que consagra la libertad de expresión, son suficientes y convincentes en las páginas del semanario conservador estadounidense Time y en la pluma de profesores como Adam Cohen, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale –“Vivir en un mundo en el que el discurso del odio queda sin castigo está lejos de ser ideal, pero es peor vivir en un mundo donde el Gobierno decide lo que no podemos decir”–, pero en el ámbito estrictamente político, el artículo publicado en Le Monde por Alain Frachon resulta más ilustrativo: “Barack Obama rechaza la idea de una guerra de civilizaciones. Quizá lleva razón, pero hay al menos un desafío. En la ONU, los países musulmanes se baten para imponer su concepción de los derechos del hombre: en ella se excluye la libertad de denigrar una religión. En Teherán, el régimen acaba de renovar su llamamiento para dar muerte a Rushdie”. Y, entre tanto, el discurso de Obama en El Cairo de junio de 2009, que se interpretó como el final de los recelos entre Estados Unidos y los países árabes, la retirada de Irak, la determinación de una fecha para salir de Afganistán y el apoyo a la primavera árabe parecen haber tenido solo un efecto –limitado– en las élites, pero apenas apreciable en la calle.

Es verdad que “con los medios de comunicación en el mundo árabe mayoritariamente controlados por el Estado, resulta inexplicable para muchos musulmanes que el Gobierno de Estados Unidos rehúse censurar material antiislámico ofensivo en nombre de la libertad de expresión”, como subrayó un editorial del International Herald Tribune. Tan verdad como que los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, con diferentes muestras de debilidad o de falta de asentamiento se enfrenten a una situación sumamente comprometida para dejar sus primaveras a salvo del discurso incendiario en algunas mezquitas. Esa es la opinión del arabista Olivier Roy: “La violencia contra las embajadas estadounidenses, por minoritaria que sea, es muy política. (…) No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda; son, por el contrario, aquellos para quienes la primavera árabe ha desviado a los países árabes de su verdadero combate. (…) La calle árabe, de Alepo a Trípoli, tiene otros combates que librar que el de las caricaturas del profeta”.

Tahar ben Jelloun

Tahar ben Jelloun: "Lo vulnerable en el islam no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias".

El escritor marroquí de expresión francesa Tahar ben Jelloun, autor de L’étincelle (la chispa), uno de los primeros libros consagrado a las revueltas árabes, diagnostica una decantación del islamismo político moderado hacia posiciones menos contenidas a causa de la presión y la competencia de los salafistas, que tienen su mejor base de operaciones en las masas iletradas y empobrecidas a las que pretenden movilizar. “Lo vulnerable en el islam –escribe Ben Jelloun en Le Monde– no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias. Cuantos han intentado leer el Corán con el corazón de la razón han fracasado, y han ganado terreno la irracionalidad, lo absurdo y el fanatismo. Recordemos, en fin, que el islam es sumisión a la paz, a una forma superior de paciencia y de tolerancia; al menos es lo que a mí me enseñaron”.

En los puntos de vista de Oliver Roy y de Tahar ben Jelloun se concretan varias realidades complementarias:

1. Una minoría ha encendido la llama del paroxismo antiestadounidense.

2. Los gobiernos de mayoría islamista se encuentran en la tesitura de reprimir a los levantiscos sin dañar las convicciones religiosas de unas sociedades en las que, como afirma el politólogo Sami Naïr, el islam constituye el núcleo de la cultura tradicional.

3. La suerte de los países de la primavera árabe depende en buena medida de que las relaciones con Estados Unidos sean fluidas y estén exentas de sorpresas.

4. El salafismo dispone de arraigo social suficiente para plantar cara al posibilismo político de los islamistas moderados.

5. En última instancia, el salafismo siempre podrá invocar el agravio palestino para fustigar las relaciones del mundo árabe con Estados Unidos, algo en lo que están de acuerdo todos los especialistas.

La gran diferencia entre esta crisis y la desencadenada en el 2006 por la publicación de caricaturas de Mahoma en un diario danés es que, en aquel entonces, Zine el Abidine ben Alí (Túnez), Muamar Gadafi (Libia) y Hosni Mubarak (Egipto) vigilaban la calle hasta el último peatón, Bashar el Asad gobernaba Siria sin adversarios, Irak era un país ocupado, Pakistán se sometía a las directrices del general Pervez Musharraf y George W. Bush tenía a su disposición mecanismos de control de los que ahora carece Obama. La ofensa al profeta era la misma, pero sus exaltados defensores apenas podían respirar. Hoy Al Qaeda es mucho menos de lo que fue, pero el salafismo recalcitrante es bastante más de lo que nunca se pensó, y donde antes se impuso el totalitarismo del Estado, sustituto del espíritu tribal, ahora renace la utopía de la umma (comunidad de creyentes) en ambientes donde “el yo del individuo permanece diluido en un borroso nosotros comunitario”, según la explicación que el rector de la mezquita de Burdeos, Tareq Oubrou, da a la implantación del salafismo en algunas franjas de población. “El problema del islam lo son ante todo estos musulmanes –señala Oubrou–. Y, como dice el proverbio árabe, el ignorante es más peligroso consigo mismo que su peor enemigo”.

Hay quien ve en la defensa desbocada del honor del profeta la manifestación más rotunda de una lógica regresiva que no es nueva en el orbe musulmán. Varias veces desde el siglo XVI ha asomado en él la tentación de la vuelta a los orígenes, volver a la literalidad del Corán a despacho de los cambios en el entorno; en esas anda hoy el salafismo de nuevo cuño. “Algo ha ido mal en el seno del islam –se lamenta en Le Monde Salman Rushdie, que estos días presenta su autobiografía–. Es bastante reciente. Recuerdo que, cuando era joven, muchas ciudades en el mundo musulmán eran lugares cosmopolitas, de gran cultura. Se apodaba a Beirut el París de Oriente. El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad. Para mí es una tragedia que esta cultura retroceda de tal manera, como una herida autoinfligida. Y pienso que hay un límite más allá del cual no se puede seguir culpando a Occidente”.

Salman Rushdie

Salman Rushdie: "El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad".

Las palabras de Rushdie, víctima él mismo de la intransigencia, se recogen estos días en medios de todo el mundo. Pero aunque el escritor, muy a su pesar, se ha convertido en un símbolo de los peligros derivados del fundamentalismo despiadado, está lejos de resultar convincente para comentaristas como Seumas Milne, del diario progresista británico The Guardian. Dice Milne: “Sería absurdo no reconocer que la magnitud de la respuesta no se debe solo a un vídeo repulsivo o a reverenciar al profeta. Como es evidente a partir de las consignas y objetivos fijados, estas protestas encendidas obedecen al hecho de que el daño a los musulmanes se ve una vez más que procede de una superpotencia arrogante que ha invadido, subyugado y humillado al mundo árabe y musulmán desde hace décadas. Los acontecimientos de la semana pasada son un recordatorio de que un mundo árabe despojado de dictaduras será más difícil de mantener en la esclavitud por las potencias occidentales”.

El columnista soslaya que el embajador Stevens, muerto en el asalto de los fanáticos al Consulado de Estados Unidos en Bengasi, era un estudioso y admirador de la cultura árabe. Además, apoyó el levantamiento libio contra Gadafi y luego se comprometió con la democratización del país. Salvo que esté muy extendida la idea de que su desaparición fue un daño colateral imprevisible en el combate por una causa superior, hay que concluir que análisis del tenor del de Milne quedan lejos de los parámetros esenciales del conflicto que afronta el mundo árabe-musulmán: una inestabilidad permanente azuzada por el islam retrógrado, la pugna histórica entre sunís y chiís y la capacidad de contaminarlo todo inherente a la guerra civil siria.