Palestina, en el olvido

Nada realmente novedoso sucede en Cisjordania, pero la muerte de la periodista de Al Jazira Shireen Abu Akleh el día 11 de este mes y la carga de la policía israelí contra el séquito que portaba el ataúd con sus restos, dos días después, rescató del olvido, aunque solo fuese momentáneamente, un problema histórico desalojado de la atención pública como tantos otros por la guerra en Ucrania. Pero ni siquiera la aceptación inicial de un portavoz del Ejército israelí de que es posible que el disparo de uno de los tiradores presentes en Yenin fuera el que segó la vida de Abu Akleh ni la injustificable decisión posterior del Gobierno de no abrir una investigación han activado los resortes de la opinión pública, que en otras circunstancias habrían dado pie a una movilización significativa para exigir explicaciones.

La realidad es esta: aunque la periodista iba perfectamente identificada, murió mientras hacía su trabajo, el Ejército quiso dar una versión inicial mediante el recurso a unas imágenes que no se correspondían con el lugar donde todo sucedió y, conforme pasan los días, se atenúa el eco de esa muerte. Todo ello debido a la progresiva sensación de que en demasiadas cancillerías se da por amortizado el conflicto palestino-israelí y de que el Gobierno zozobrante de Naftalí Bennett, al igual que cuantos lo precedieron desde hace dos décadas se sienten liberados de responsabilidades para aplicar en Cisjordania la lógica del apartheid y en la franja de Gaza, la del aislamiento permanente.

Lo cierto es que el llamado proceso de paz es solo una etiqueta sin contenido, herido de muerte por la política seguida por Donald Trump y la docilidad de los países árabes requeridos por la Casa Blanca para establecer relaciones diplomáticas con Israel a cambio de alguna forma de compensación, siempre sustanciosa -para Marruecos fue el reconocimiento de su soberanía en el Sáhara Occidental-, facilitar los negocios y dejar sin efecto o casi la implicación del mundo árabe en defensa de la causa palestina. Mientras los propagandistas de Trump vendieron ese nuevo orden, más la consagración de Jerusalén como capital “única e indivisible” de Israel y la anexión israelí de los altos del Golán, como la base a partir de la cual se encauzaría la resolución de la crisis, lo cierto es que ningún actor político relevante, realmente influyente, ha empleado un solo minuto en buscar una forma de concretar el viejo principio paz por territorios. Puede decirse que la solución de los dos estados duerme el sueño de los justos y nadie parece dispuesto a despertarla.

Bien es verdad que la Autoridad Palestina es una entidad desprestigiada, superada por los acontecimientos y demasiado a menudo minada por la corrupción. Pero cuando su inoperancia se complementa con la agresividad del Gobierno y del Ejército israelí, la proliferación imparable de asentamientos y la frustración permanente de una población sojuzgada, en nada puede extrañar que las opciones radicales y el nihilismo yihadista ganen adeptos; a nadie puede extrañar que con investigación oficial o sin ella, Shireen Abu Akleh se haya convertido en una referencia heroica para la población palestina, un mito, escribe el periodista Jack Khoury en el periódico progresista israelí Haaretz. Si para la franje de Gaza se dice que cuanto mayores sean los efectos del sitio, mayor será el apoyo a Hamás, en Cisjordania cabe aplicar la regla según la cual cuanto mayor sea la sensación de apartheid, mayor será asimismo el apoyo a las facciones palestinas más expeditivas, partidarias de la acción directa y, llegado el caso, de poner los cimientos para una tercera intifada.

En cierta ocasión, hace de esto más de veinte años, un mando importante del Tsahal sostuvo que la intifada que acababa de estallar a causa de la visita del general Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas, ciudad de Jerusalén, iba a tener una duración y efectos limitados. Lo cierto es que fue larga y mortífera y que, de una forma u otra, facilitó que el discurso islamista colonizara a una parte de la opinión pública de los territorios ocupados. De forma que, a partir de entonces, el carácter secular y al mismo tiempo multiconfesional de la resistencia palestina, mayoritariamente unida en la OLP, se ha deslizado progresivamente hacia una confesionalidad militante, si no mayoritaria, sí significativa, cuyo crecimiento alimentan episodios como la muerte de la periodista y el desentendimiento de la Administración israelí sobre cuanto sucedió en Yenin.

En la misma edición de Haaretz en la que se alude a la mitificación de Abu Akleh, otro analista, Yossi Verter, presenta el Gobierno de Naftalí Bennett como un equipo especializado en “fallar espectacularmente” en la política interna. El diagnóstico es transferible al tratamiento del problema palestino o, más adecuadamente, de las reivindicaciones palestinas. Es incluso posible suponer que tal carencia es fruto de la tradición desde que el primer Gobierno de Binyamin Netanyahu (1996-1999) demoró el desarrollo de los acuerdos de Oslo y las negociaciones de Camp David de 2000, promovidas por el presidente BIll Clinton, desembocaron en un sonoro fracaso. Pero esa tradición solo se sostiene porque Estados Unidos no la impugna o exige que se rectifique, sino que la apoya porque Israel es la piedra angular sobre la que descansa el dispositivo de seguridad diseñado en Washington para Oriente Próximo. Ese es un dato inamovible.

Dicho de otra forma: desde que la Administración de Barack Obama decidió que lo mejor para Estados Unidos era replegarse de la región y confiar a terceros la gestión del día a día, mayor ha sido la libertad decisoria de Israel en el tratamiento de los asuntos palestinos, complementada con los papeles desempeñados por Egipto y Arabia Saudí como guardianes del orden árabe. De lo que se deduce que la comunidad palestina, salvo casos contados y siempre bajo sospecha, no tiene en Oriente Próximo aliados determinantes para aliviar su postración; acabar con ella es poco menos que impensable a medio plazo. Se cumple así la tesis de Edward W. Said, fallecido en 2003, que siempre presentó los acuerdos de Oslo como la institucionalización de la lógica israelí en el conflicto, dejando para un futuro incierto los pasos decisivos para alumbrar un Estado palestino en los territorios ocupados; tan incierto que para nadie es un secreto el riesgo de que Cisjordania adopte el perfil ominoso de un bantustán.

A Netanyahu le mueven la silla

La posibilidad de que mediante diferentes argucias parlamentarias el voto de confianza para la ratificación del nuevo Gobierno de Israel se demore hasta el 14 de junio confiere al primer ministro en funciones, Binyamin Netanyahu, un margen de maniobra suficiente para frustrar el intento de ocho partidos de descabalgarlo del poder. La composición heteróclita de la coalición de Gobierno ahormada en torno a las figuras de Naftali Bennett (Yamina, extrema derecha) y Yair Lapid (Yesh Atid, centro), con la novedad absoluta de incluir a la Lista Árabe Unida (palestinos de nacionalidad israelí), es lógicamente muy volátil, debe convivir con contradicciones internas irresolubles y es muy vulnerable a los cantos de sirena que se emiten a todas horas para quebrar voluntades y hacer imposible la configuración en el Knéset de una mayoría.

Nada es muy nuevo ni muy diferente a la probada habilidad histórica de Netanyahu para dividir a sus adversarios y mantenerse en el puente de mando. Sí es una novedad que la coalición arcoíris hecha pública pretende ensamblar propósitos tan dispares como irreconciliables, empezando por los que figuran en los programas de los dos líderes de la operación. Mientras Bennett es partidario de la anexión de Cisjordania, Lapid lo es de la solución de los dos estados; mientras la Lista Árabe Unida dice haber obtenido garantías de que cesarán el derribo de casas palestinas, Bennett niega la mayor y se remite a las decisiones de los tribunales; mientras Lapid… Y así sucesivamente: incluso los analistas más favorables a la fórmula para jubilar a Netanyahu ponen en duda la durabilidad de la coalición que es tanto como decir que no se podrá cumplir la previsión de que durante los dos primeros años encabece el Ejecutivo Bennett y los dos siguientes, Lapid.

Hay que contar, además, con la necesidad imperiosa de Netanyahu de seguir en el cargo para bloquear la progresión de varias acusaciones por corrupción que se siguen en los tribunales. Como ha escrito un editorialista, el primer ministro de Israel con más años en el cargo está habituado a manipular o condicionar a su gusto el funcionamiento ordinario de las instituciones y, cabe añadir, ha tenido la habilidad de asegurar para su causa la fidelidad de los colonos, para quienes Netanyahu es una garantía. El analista Amos Arel ha llegado a escribir en el periódico progresista israelí Haaretz que “cuando hay tanto en juego” para el primer ministro, “no se puede descartar un estallido de violencia”, sea por razones internas o externas.

El enrarecimiento de la atmósfera política en Israel es un hecho, estimulado durante los últimos días por la sensación de que la operación contra Gaza daba a Netanyahu la posibilidad de restaurar viejas alianzas y dejar sin efecto el conglomerado de partidos gestado por sus adversarios. Se diría que el alto el fuego en la Franja, forzado por Estados Unidos, no dio tiempo al primer ministro en funciones de consumar su labor de zapa en las filas de Bennett-Lapid y, en cambio, permitió reconducir complicidades en la coalición armada para desplazarle. Un juego de equilibrios y desequilibrios en cuyo seno no tienen acomodo los proyectos a largo plazo.

La única argamasa que mantiene unidas las piezas para formar una nueva mayoría es la voluntad de los ocho partidos de echar a Bibi –diminutivo de Binyamin–, de acabar con la inercia frustrante derivada de la celebración de cuatro elecciones legislativas en dos años, de pasar página y salir de la inoperancia. Thomas L. Friedman compara en The New York Times los acontecimientos que se desarrollan en Israel con la movilización que logró desalojar a Donald Trump de la Casa Blanca. “Para comprender el drama político que se representa en Israel y la tentativa de formar una coalición de unidad nacional para derrocar al primer ministro Benyamin Netanyahu, no es preciso hablar hebreo –escribe Friedman–. Es suficiente comprender una cosa: Netanyahu enfurece a sus enemigos más que Donald Trump a los suyos”. Y establece a siguiente comparación: Bibi es a Trump lo que la coalición en ciernes es a Joe Biden.

Pueden añadirse aquí otras similitudes tan arriesgadas como las anteriores: el Likud es al ala ultraderechista que controla el Partido Republicano lo que el reformismo laico de Lapid es al Partido Demócrata. Pero acaso la mayor y mejor de todas las comparaciones es que hace el propio Friedman: “Al igual que Trump, la principal estrategia política de Netanyahu para ganar las elecciones ha sido fomentar un intenso culto a la personalidad y tratar de ganar y mantener el poder con escasa mayoría, dividiendo a Israel en tantas líneas como le ha sido posible. En su caso, principalmente judíos contra árabes, izquierda contra derecha, religiosos versus seculares y patriotas versus traidores”.

Sin líneas rojas, con todas las opciones posibles abiertas para cambiar de caballo a mitad de cualquier carrera, Netanyahu domina el arte del regate característico de los políticos sin grandes y reseñables compromisos ideológicos; para Netanyahu, cada día se empieza de cero y los aliados de hoy son los adversarios de mañana y viceversa si tal cosa sirve para seguir en el poder. Durante la presidencia de Trump se encontró con un socio excepcional; con Biden todo resulta más engorroso, menos confortable, incluso con el margen de tolerancia otorgado por la Casa Blanca a la escabechina de Gaza.

“En un país normal, entenderíamos que tiene que haber un cambio, y que formar un Gobierno que incluya un partido árabe podría representar un verdadero esfuerzo conjunto para resolver el problema con los árabes israelís y para ellos”, escribió en El País Etgar Keret en mitad de la crisis gazatí. Pero la anormalidad israelí no se ajusta a ninguna de las convenciones políticas o, por lo menos, a bastante de ellas; en el universo político israelí prevalece una idea de la normalidad que Karen Armstrong aplica en su monumental Historia de Jerusalén a la conquista del este de la ciudad en 1967: “Como dirían los cabalistas, en este momento en que Israel estaba de nuevo en Sión, todo en el mundo y en el cosmos entero había vuelto a su lugar apropiado”.

¿Es apropiado para una sociedad radicalmente dividida y culturalmente militarizada confiar el poder a una coalición de profundos discrepantes entre sí? Esa es la gran baza de Netanyahu: la explotación de las discrepancias para desarmar la mayoría antes de la votación de confianza en el Knéset. La mayor arma en manos de la oposición es el hartazgo de una opinión pública convocada cuatro veces a las urnas sin mayores consecuencias efectivas, con el covid-19 casi controlado y la necesidad inaplazable de sacar al país de una crisis económica galopante. La única esperanza para la comunidad palestina de los territorios ocupados es que el apoyo a la solución de los dos estados, expresada por Joe Biden, se traduzca en hechos, tenga eco en el seno de la coalición y no caiga en el olvido por enésima vez sin mayores efectos. Casi nada nuevo luce bajo el sol.