La amenaza está en Siria

Mientras el profesor Jean-Pierre Filiu decía el miércoles en Barcelona que el peligro y la amenaza está en Siria se supo que las autoridades académicas de Charleville-Mézières, en el norte de Francia, habían impedido la entrada a un instituto de una adolescente musulmana de 15 años por vestir una falda negra excesivamente larga, que entendieron era una manifestación pública de su credo religioso. Diríase que los árboles no dejan ver el bosque o que cuestiones de detalle impiden ir al fondo del problema o que, peor aún, el miedo a la propagación del fundamentalismo islamista corre el riesgo de convertir en caricatura los valores propios de una sociedad laica hasta hacer de ellos, a su vez, una forma de fundamentalismo. Los comentarios en Twitter que acompañan a la etiqueta #JePorteMaJupeCommeJeVeux (llevo la falda como quiero) constituyen una muestra significativa de un laicismo sin sectarismo, pero aquellos otros que apoyan la decisión de las autoridades han estimulado un rebrote de las corrientes puritanas –prohibición de los shorts o de las faldas excesivamente cortas (sic)– y, a veces, de una islamofobia más a o menos explícita.

Pero el problema está efectivamente en Siria y no en la longitud y el color de las faldas. El problema está en Siria y en la incomprensión del problema o, más apropiadamente, en la simplificación del problema para eludir compromisos mayores: intervenir allí con más determinación que hasta la fecha y aceptar que quizá la oposición no islamista, debidamente auxiliada, podría cambiar el rumbo de los acontecimientos. Desde el bombardeo con armas químicas de Ghuta, en la periferia de Damasco, el 21 de agosto del 2013, hasta la fecha se ha registrado una progresiva rehabilitación del presidente Bashar el Asad, que, después de Ghuta (1.400 muertos), accedió a desprenderse de su arsenal químico y poco a poco se presentó ante una opinión pública desinformada o asustada, para el caso es lo mismo, como el único bastión capaz de resistir la envestida yihadista del Estado Islámico, del califato, del Daesh o como llamarle se quiera. “Del dilema entre revolución y autoritarismo se pasará progresivamente al dilema entre yihadismo o autoritarismo, convertido El Asad en el menor de los males”, escriben los arabistas Lurdes Vidal y Nicolás Mayer en el trabajo Siria, esperanzas defraudadas.

Escapa a la opinión pública europea, aturdida por la amenaza terrorista de todos los días, el dato concluyente de que el presidente sirio se ocupa de moldear el perfil del gran enemigo –los islamistas–, pero bombardea a la oposición no islamista en Alepo y apenas acosa las posiciones yihadistas en Raqa, noreste de Siria, plaza fuerte del Estado Islámico. Progresa la socialización del terror en suelo europeo y en Siria, pero en la percepción colectiva prevalece la convicción de que el mayor problema no está en una lejana guerra civil, sino a la vuelta de la esquina de cualquier calle de Europa. Crece así la islamofobia, según los datos indiciarios que manejan la Red Europea contra el Racismo y la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE, que detecta un incremento de los casos de discriminación en Francia, Reino Unido y España. Y crece también el vínculo entre discriminación y radicalización de jóvenes musulmanes europeos dispuestos a unirse a las filas del Estado Islámico.

Opiniones como la de Jean-Pierre Filiu, que afirma que “el Estado Islámico está inventando una nueva religión que no tiene nada que ver con el islam”, tienen un carácter minoritario, y el ruido informativo en la aldea global enturbia datos tan esclarecedores como que el 60% de los islamistas denunciados en Francia lo han sido por sus familias. Al mismo tiempo, avanza la construcción de un enemigo inmediato que oculta la realidad de un adversario lejano que opera como imán que atrae a un segmento de jóvenes decepcionados por el futuro que les reserva una Europa próspera que no comparte su prosperidad con ellos. Antes al contrario: ser musulmán es a menudo motivo de sospecha, de recelo o de exclusión.

El diplomático argelino Lajdar Brahimi, que lo mismo que antes Kofi Annan fracasó como mediador para la resolución de la guerra en Siria, reclama un compromiso conjunto de los actores regionales –Irán, Jordania, Arabia Saudí, Turquía y Catar– para detener la matanza, un compromiso por lo demás harto difícil, y al mismo tiempo deplora los errores cometidos por Europa, pues sin ella no es posible vislumbrar una solución. En cambio, si se ausenta del conflicto o pasa desapercibida, sí es posible temer un ascenso de los movimientos xenófobos en Francia, Alemania, Reino Unido, Polonia, Holanda, Austria y Suecia, y, a medio plazo, en toda Europa, donde subirse a una tribuna y denostar a la población musulmana reporta más réditos electorales a cada día que pasa.

Apostar por el mal menor, como parecen haber hecho Estados Unidos y Europa, conduce directamente al fracaso o a la perpetuación de la crisis y de la tragedia humana a ella asociada. Porque llegar a la conclusión de que cualquier alternativa es peor a la guerra misma, que el empate histórico en el campo de batalla preserva el statu quo sin dar a nadie la victoria, no desactiva los mecanismos de captación de militantes del yihadismo ni las amenazas que se ciernen sobre la sociedad europea. En cierta medida, la parsimonia europea constituye un triunfo del Estado Islámico, que ha movilizado a su adversario lejano –Occidente–, y ello le permite justificar el recurso a la guerra en Siria e Irak, pero no se ha movilizado lo suficiente como para poner en peligro las conquistas territoriales del califato y detener la llegada de nuevos combatientes procedentes de diferentes lugares de Europa.

La idea expresada por Rami G. Khouri en un artículo publicado en el periódico libanés The Daily Star, según la cual no pasa de ser algo anecdótico el atractivo que tiene el Estado Islámico para “unos pocos miles de chiflados y almas perdidas que viajan desde los países occidentales”, es una simplificación tan arriesgada como la que en Occidente se hace al abordar el caso sirio. Esa exportación de europeos, crecidos en familias musulmanas o conversos, es un síntoma significativo de una crisis social que cruza el continente de parte a parte. No se trata de un fenómeno marginal, de un dato sin importancia –la longitud de una falda sí lo es–; es la cara más visible y puede que alarmante de la descohesión derivada de políticas equivocadas con efectos agravados por el poder de captación de la prédica fundamentalista. Es el frente europeo de la guerra siria.