La austeridad alimenta el desapego a Europa

La hora de la verdad se acerca a toda prisa, asegura el economista alemán Hans-Werner Sinn. Lo que no precisa es cuál es esa verdad que tan cercana está, que produce euroescépticos a la velocidad de la luz, somete la periferia de la UE a las prescripciones del centro y consagra un ambiente de angustiosa decrepitud en el que rivalizan el fundamentalismo neoliberal de unos con el populismo de otros, la inoperancia de bastantes con las voces de alarma de cuantos ven más cerca un estallido social de dimensiones impredecibles. La última encuesta difundida por el Real Instituto Elcano recoge un dato inquietante: la mitad de los alemanes creen que España no es un país de fiar. El clima en España con relación a la UE no es mejor: según el último Eurobarómetro, el 72% de los españoles están más bien en contra de la UE; en 2007 eran solo el 23%.

Cada vez que se suben a la tarima personajes como el comisario Olli Rehn, compendio de todas las ortodoxias que han condenado a la desesperanza a millones de europeos, esas cifras evolucionan a peor. Solo una desfachatez tecnocrática ilimitada explica cómo alguien que es partidario de que la austeridad se aplique a todas horas a mayor gloria del cuadro macroeconómico, aunque conlleve la destrucción masiva de empleos, puede luego decir que el gran empeño de España ha de ser crear puestos de trabajo para cortar la hemorragia del paro. Hace tiempo que en las facultades de Economía se enseña que el paro es consecuencia directa de la austeridad, que yugula la inversión e impide la creación de empleo, como se han hartado de demostrar algunas de las mejores cabezas de la economía mundial, ignoradas desde luego por el Banco Central Europeo, los estrategas de la campaña electoral de Angela Merkel y otros gestores de la crisis.

Si en este clima tormentoso aparecen en España las cifras de la encuesta de población activa (6,2 millones de parados), entonces suena a conclusión insostenible que “la única opción que queda es, por desagradable que pueda ser para algunos países, endurecer las restricciones presupuestarias en la zona del euro”, como sostiene Han-Werner Sinn, integrante del consejo asesor del Ministerio alemán de Economía. Porque el propio Sinn admite que “no es probable que los griegos y los españoles puedan soportar la presión de la austeridad económica durante mucho más tiempo”, pero es incapaz de fijar un techo a la austeridad. Más bien parece dejar este dato crucial al libre criterio de los acreedores que, no se olvide, fueron los primeros en engordar el perro del crédito barato y las plusvalías alocadas cuando la prosperidad parecía no tener fin.

El sanedrín europeo ha olvidado las enseñanzas de los padres fundadores, de mentes esclarecidas como la de Jacques Delors y de pragmáticos capaces de aplicar a Europa su sentido de Estado –François Mitterrand, Helmut Kohl, Felipe González, Romano Prodi– para dejar el día a día en manos de funcionarios de una grisura alarmante y, al mismo tiempo, reservar las grandes decisiones para las conferencias intergubernamentales, donde prevalece el nacionalismo de todos y el diktat de los poderosos (de Berlín en todo cuanto atañe a la economía). Es esta una realidad comprobable día a día que alimenta dos fenómenos:

-Un populismo euroescéptico vociferante y sin otro programa que decir no a todo –escúchese a Beppe Grillo–, pilotado por personajes cuya única virtud es haber pergeñado un recetario que atrae a las víctimas de la crisis, aunque probablemente es irrealizable; personajes que dicen hablar el lenguaje de la calle –a saber si es cierto–, dotados de un desparpajo ilimitado en la tribuna y de una simplicidad apabullante en cuanto han de bajar al detalle de la letra pequeña. A ese populismo se suma otro, encubierto y oportunista, con clásicos del engaño reconocidos como Silvio Berlusconi.

-La extrema derecha, asimismo euroescéptica, dispuesta a desempolvar las esencias patrias, librar el combate contra el extranjero, contra todo aquello que se sale de los apolillados programas identitarios y que, llegado el caso, está dispuesta a defender que la letra con sangre entra. Ahí están los matones de Amanecer Dorado en Grecia, la demagogia de Marine Le Pen en Francia, que se remonta nada menos que al legado de Juana de Arco para salir al rescate de la clase media, y quién sabe si la recién nacida Alternativa para Alemania, que de momento propone la disolución ordenada de la zona del euro.

Comportamientos irresponsables como el del semanario Der Spiegel y otros medios alemanes, que propalaron el infundio de que los ciudadanos de los socios meridionales de la UE son más ricos que los del norte, incrementan la propensión a que el encaje de las piezas europeas resulte imposible. La mentira de la pobreza. Cómo los países europeos en crisis esconden su riqueza, este fue el titular que alarmó incluso a la cancillera Merkel y la obligó a desmentir al semanario, que cambió de dirección a principios de abril para envolverse inmediatamente en la bandera y publicar una sarta de disparates y de estadísticas sesgadas.

En igual o mayor medida contribuyen al creciente desapego europeísta las maniobras orquestales dirigidas a complacer a quien haga falta, aunque sea a costa de cambiar las previsiones y los programas, acordar nuevos recortes y poner en  entredicho las cifras de hace apenas unas semanas. Ahí están la última corrección de Luis de Guindos y la última improvisación del Gobierno para que finalmente sea posible un alargamiento de los plazos para reducir el déficit, ahí está la llamativa rectificación introducida en las previsiones económicas, que incorpora los vaticinios hechos por instituciones internacionales –un decrecimiento del 1,5% para el 2013– y multiplica por tres los cálculos de la recesión adelantados por el Gobierno al empezar el año. Esa sensación de actuar à bout de souffle, sin más iniciativa que decir a todo que , sin más explicaciones que el argumentario manejado por los agitprop de turno, suministra munición a cuantos han comprendido que la batalla contra la idea de Europa puede rendir buenos réditos en un ambiente irrespirable.

Para cambiar el signo de los tiempos, haría falta corregir por lo menos cuatro déficits estructurales, que no son los que todos los días asoman en los telediarios:

  1. Déficit doble de soberanía. Los ciudadanos-contribuyentes perciben que los gobiernos han dejado de ser soberanos en la medida en que sus programas están sometidos a requisitos externos, pero, al mismo tiempo, tienen la certeza de que no existe una soberanía europea, sino la imposición innegociable de políticas decididas por algunos gobiernos europeos que, por la fuerza de los hechos –más exactamente, por medio de la coacción–, se convierten en políticas europeas que aplican sin rechistar funcionarios-políticos presos en una red de intereses (léase José Manuel Durao Barroso y su equipo de comisarios).
  2. Déficit democrático. La celebración regular de elecciones al Parlamento Europeo está lejos de constituir una gran ceremonia europea de la democracia. Ni la Comisión Europea responde a la aritmética parlamentaria ni la Cámara de Estrasburgo dispone de los poderes habituales de cualquier parlamento democrático. Por el contrario, el Parlamento Europeo es una institución gigantesca y carísima a cuyo control escapa el funcionamiento de una tecnocracia que actúa de espaldas a los europeos. Los contribuyentes no saben qué hacen, en nombre de qué o de quién, en función de qué intereses y al servicio de qué programas. “Ha desaparecido una parte importante de la democracia nacional que no se ha sustituido a escala europea”, han escrito Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca en varios diarios europeos.
  3. Déficit de tolerancia financiera. En los cinco años de crisis económica se ha pasado de la refundación del capitalismo, publicitada por Nicolas Sarkozy, la creación de una agencia europea de calificación y una reestructuración equilibrada de la zona del euro, a una aceleración de la unión económica, la unión bancaria y la cohesión fiscal dictadas por el Banco Central Europeo, previo paso por el Bundesbank, que consagran el empobrecimiento del sur, sin que, por lo demás, esté asegurado el cumplimiento de los programas de rescate y la devolución de la deuda. Antes al contrario, son mayoría los pronósticos que dan por seguro que los rescates, los ajustes y todo lo demás solo garantizan una cosa: que los deudores nunca se pondrán al día.
  4. Déficit de simetría. Muchas de las medidas aplicadas en el proceso de cambios aplicados en los países de la Eurozona han entrañado en la práctica un trato diferenciado. Cuando el profesor Sinn dice que una eventual salida de Alemania del euro “restablecería la línea del Rhin como frontera entre Francia y Alemania”, lleva razón, pero puede que esta frontera, incluso con el euro, se concrete a través del trato diferenciado de un país a otro. Basta recordar el blindaje de los bancos alemanes medianos y pequeños, en una situación comprometida en muchos casos, que escapan al control europeo. En términos generales, el equilibrio europeo ha descansado en el eje franco-alemán, pero ese eje se forjó con un material que emite señales de agotamiento a causa de la supremacía alemana y de la desorientación francesa. Por ahí empieza la asimetría.

Como afirma Tony Judt en Pensar el siglo XX, “el equilibrio para Keynes era un objetivo” que solo se podía hacer realidad si intervenía el Gobierno. Ese supuesto no es muy diferente a lo expresado varias veces por financieros como George Soros, convencidos de que el capitalismo solo es eficaz si funciona ordenadamente. Lo que está sucediendo en Europa es que los grandes actores de los mercados se han adueñado de una parte de los atributos de soberanía cuyo ejercicio estuvo tradicionalmente reservado a los gobiernos, con lo que se agravan los efectos de los déficits enumerados. Las preocupaciones sociales se han convertido en un incordio para el funcionamiento de unas finanzas globalizadas y los estados europeos, debilitados por la crisis, se han plegado a las exigencias y los objetivos de los actores financieros, que manejan modelos matemáticos en los que, invariablemente, el trabajo figura como una mercancía barata, favorecida la estrategia general por el escandaloso aumento del paro. En esas estamos.

Legitimidad en discusión

La portada del jueves de EL PERIÓDICO era suficientemente expresiva de la distancia entre el programa electoral del PP y la praxis política del Gobierno para considerarla un elemento más de discusión incorporado al debate que se ha abierto en Europa sobre la legitimidad moral de los gobernantes para tomar según qué medidas en según qué circunstancias. Solo aquellos que se den por satisfechos con la tesis de Max Weber sobre la legitimidad, según la cual esta se fundamenta en el ejercicio del poder conforme a las leyes, pueden sostener que no caben dudas ni discusiones. En cambio, cuantos dan por bueno el punto de vista del filósofo italiano Norberto Bobbio sobre la materia sienten que ha llegado el momento de poner en duda algunos supuestos. De acuerdo con Bobbio, “cuando el poder está en crisis, porque su estructura ha entrado en contradicción con el desarrollo de la sociedad, entra también en crisis el principio de legitimidad que lo justifica”.

Norberto Bobbio

Norberto Bobbio (Turín, 1909-2004): "El Estado será más o menos legítimo en la medida en que realice el valor de un consenso manifestado libremente por parte de una comunidad de hombres autónomos y conscientes". ('Diccionario de política')

¿En esas estamos? Juan Alberto Belloch (PSOE), alcalde de Zaragoza, sostiene que “la mayoría absoluta del PP descansa sobre un vacío de legitimidad”, toda vez que “ni uno solo de los programas del PP se está realizando”. Incluso si se admite que la opinión de Belloch obedece a una decantación política evidente, debe aceptarse que manifiesta una opinión ampliamente extendida y que constituye el meollo del asunto: ¿acaso una victoria electoral, con mayoría absoluta o sin ella, otorga un cheque en blanco para actuar en dirección absolutamente contraria a lo prometido? Y, si no es así o, aun peor, si los redactores del programa eran conscientes de que no se podía aplicar y armaron un artificio político con un objetivo meramente electoral, ¿se produce una quiebra de la legitimidad democrática, aunque, como en el caso español, la elección fuera escrupulosamente limpia y los procedimientos seguidos para aprobar los recortes se atengan rigurosamente a la ley?

La discusión trasciende con mucho el hachazo dictado por la tecnocracia germano-bruselense y los mercados, y aplicado por el Gobierno de Mariano Rajoy, porque la misma pregunta se formula en muchos lugares, salvo en los foros poseídos por el fundamentalismo contable neoliberal o por aquellos que creen a pies juntillas que no hay posible alternativa viable al recetario de la cancillera Angela Merkel, salvo el precipicio de la quiebra financiera del Estado. Se lo pregunta la comunidad académica en Italia, a pesar de que Mario Monti ha obtenido un apoyo bastante multicolor en el Parlamento; se lo preguntan en Grecia, donde la gran coalición se ha puesto manos a la obra a pesar de que el país se precipita por el pozo de la miseria. Se lo preguntan, en suma, cuantos creen que Europa ha tomado el peor de todos los caminos posibles y arriesga degradar la preservación de la democracia representativa como sistema político.

El pensador alemán Jürgen Habermas expresó claramente sus temores en los mejores días del dúo Merkozy: “Si no me equivoco, intentan consolidar el federalismo ejecutivo implícito en el Tratado de Lisboa en un control intergubernamental del Consejo Europeo contrario al tratado. Con un régimen así sería posible transferir los imperativos de los mercados a los presupuestos nacionales sin ninguna legitimación democrática”. Algo de eso sospechamos en España, aunque Nicolas Sarkozy haya perdido la presidencia de Francia. Hay tal asimetría en el impacto social de las medidas aprobadas por el Gobierno, que en la práctica institucionalizan la pobreza entre millones de personas y, por esta razón, hacen dudar legítimamente –esta vez sí– de que cuentan con un apoyo social razonable, ya que carecen de la coartada del anuncio previo en la campaña electoral, durante la cual los propagandistas de la derecha se dedicaron a prometer todo lo que después no han podido cumplir.

Jürgen Habermas

Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929): "Angela Merkel y Nicolas Sarkozy han llegado a un acuerdo entre el liberalismo económico alemán y el estatismo francés, que tiene un contenido totalmente distinto".

Habermas se refiere a una “Europa posdemocrática” o “vía posdemocrática” en cuyo seno la traducción de la democracia en medidas concretas depende de factores externos a los programas de los partidos y al propósito de los gobiernos. En esa realidad posdemocrática, las instituciones reducen su función a la configuración de una mayoría dispuesta a poner en práctica las medidas estipuladas por terceros, carentes de representación democrática y subordinados a intereses externos al Estado, a sus necesidades y a las de los ciudadanos, pero dotados de un mecanismo de presión inapelable: un sistema financiero globalizado, opaco y fuera de control.

“Un Estado será más o menos legítimo en la medida en que realice el valor de un consenso manifestado libremente por parte de una comunidad de hombres autónomos y conscientes”, dejó escrito Bobbio en el Diccionario de política. ¿Se da este “consenso manifestado libremente” en la aplicación del hachazo o es fruto de un cambio de rumbo sobre la marcha, algo así como cambiar las reglas del juego una vez empezada la partida? ¿Se ha fijado el Gobierno español algún imperativo categórico moral o el imperativo presupuestario es el único que cuenta? Si es así, ¿se da por satisfecho el Gobierno con constituirse en una entidad meramente caritativa mientras el Estado social y democrático de derecho, que figura definido en la Constitución, se desdibuja y los impuestos se convierten en un mecanismo de redistribución de la pobreza?

El profesor Javier Sádaba afirmó el 16 de julio en Onda Cero: “La legitimidad democrática es inseparable de la moral”. Y fue aún más allá: “Cuando alguien ha prometido en un programa algo, ha hecho un pacto con los electores y, si no lo cumple, eso desde luego es inmoral y está perdiendo legitimidad (…) No vale decir no me gusta, pero lo hago”. Incluso es posible admitir que no todo lo prometido se puede cumplir; en cambio es bastante menos admisible hacer justo lo contrario de lo que se prometió. Visto así existe desde luego alguna forma de imperativo categórico, que en el caso que nos ocupa ha saltado por los aires; visto así no es posible aplicar sistemáticamente una moral de situación ajena a todo compromiso cuyas consecuencias recaen en el segmento más indefenso y dañado de la población. Visto de esta forma no estrictamente instrumental o formalista, la legalidad de los procedimientos se antoja claramente insuficiente para legitimar las decisiones que se adoptan de igual forma a como la aplicación irreprochable y textual del derecho se aleja muchas veces de la justicia (valga para comprobarlo la epidemia de desahucios).

Los gobiernos europeos, en general, se han mantenido al margen de este tipo de digresiones, y el español no es una excepción. Salvo la actitud del presidente de Francia, François Hollande, cuya estación de llegada no se vislumbra, los demás gobernantes han optado por la funcionalidad –puede que eficacia– de las decisiones que adoptan, y han obviado una cuestión capital, planteada por pensadores y politólogos a raíz de la crisis y del desmantelamiento del Estado del bienestar, siempre negado y tozudamente evidente: ¿cómo es posible lograr el equilibrio entre democracia, legitimidad y funcionalidad? El profesor Daniel Innerarity, de la Universidad del País Vasco, plantea el problema de una forma por demás transparente: “La globalización está despolitizada, discurre sin dirección o con una dirección no democrática, impulsada por procesos ingobernables o con autoridades no justificadas. Numerosas materias de decisión se están desacoplando del espacio de la responsabilidad estatal y democrática, lo que plantea dificultades de legitimidad y aceptación”.

Daniel Innerarity

Daniel Innerarity (Bilbao, 1959): "¿Cómo se justifican demcráticamente las presiones de los mercados especulativos, las prohibiciones para que ciertos países desarrollen determinados armamentos o las exigencias europeas de austeridad presupuestaria?"

La despolitización a la que alude Innerarity es la más preocupante de todas porque es extremadamente política. La paradoja obedece al hecho de que el funcionamiento de la economía globalizada, de las tecnofinanzas y de la especulación financiera escapa al control y reglamentación de la política institucionalizada, pero constituye una superestructura con una ideología concreta que persigue reducir el Estado a su más mínima expresión y desviar a la iniciativa privada el grueso de la gestión de los servicios distintivos del Estado del bienestar. Todo ello aliñado con la correspondiente prédica referida a la ineficacia del Estado como prestatario de servicios, aunque la realidad desmienta por completo tal aseveración, caso de la sanidad pública en España, por poner solo un ejemplo.

La pregunta que se formula Innerarity es tan sutil como perturbadora: “¿hay alguna vía intermedia entre la tecnocracia y la demagogia?” Las referencias parlamentarias de la última semana parecen haber encorsetado el mensaje del Gobierno español entre la pura realidad contable y el recurso a la soberbia absolutista de Luis XIV: “Después de mí, el diluvio”. Algo bastante diferente a la contención en las formas y el léxico de Mario Monti, mucho más a salvo de las críticas gracias a una rara mezcla de conocimientos técnicos y tradición humanista que se echa muy en falta en esta esquina de la UE. Cuando suena en el Congreso la voz de la vulgaridad más abyecta –“que se jodan”–, es casi un sarcasmo contentarse con afirmar que manca finezza (la del profesor Monti). Vuelva pues la inquietante pregunta: “¿hay alguna vía intermedia entre la tecnocracia y la demagogia?”

Es de desear que la haya y que, a pesar de todos los pesares, alguien piense en algún momento que no se puede echar por la borda la inquietud social que ha impregnado la política española desde la restauración democrática. Esa inquietud es un ingrediente más, y no menor, de la legitimación del poder, pero también es el único agarradero al alcance de los más vulnerables, porque su vida cotidiana depende de preservar el cumplimiento de las leyes que los protegen –el Estado del bienestar– y de la compasión de los poderosos y de quienes gobiernan, que no siempre coinciden en las mismas personas. Si alguien duda de que es este un imperativo categórico legitimador, que se remita al artículo publicado el último domingo por el profesor Reyes Mate y anote en un cuaderno: “Eso que unos autosuficientes ministros presentan como ‘valientes medidas que hay que tomar y que este Gobierno tomará’ (la vicepresidenta Soraya dixit) significa de hecho humillación para padres sin trabajo ante sus hijos, miseria en la familia, enfermedad para muchos, hambre en algunos casos, angustia, renuncia a proyectos de vida…”. ¿Alguien es capaz de ponerlo en duda sin recurrir al cinismo?

 

Hollande agita la crisis de la UE

Solo la versión más garbancera de la prensa española de derechas ha despachado con cuatro brochazos el significado de la elección de François Hollande –Fernando Sánchez Dragó lo ha llamado “bobo ilustrado”–, cuyo mandato se iniciará el próximo martes. Incluso moderó sus ímpetus el semanario británico The Economist (conservador), que alarmado de antemano por un posible triunfo socialista en Francia tildó al candidato de “peligroso” por creer “genuinamente en la necesidad de crear una sociedad más justa”, pero unas horas después de acabado el escrutinio despidió al presidente saliente sin demasiados miramientos: “La tragedia de la presidencia de Sarkozy es que parece que al final él fue su peor enemigo. Disparó en tantas direcciones que dejó confundidos a los franceses, mareados y agotados. Pareció incapaz de canalizar su energía en una dirección coherente. Absolutamente convencido de todo lo que hizo, luego se convirtió en el defensor apasionado de todo lo contrario”.

La razón principal del cambio de registro es de sobra conocida: nada será como antes en la UE por más empeño que ponga la cancillera de Alemania, Angela Merkel, en afectar que todos los ingredientes de la austeridad a ultranza son intocables. Se acabó Merkozy y seguramente llega Merkollande, acaso con más peso del entramado institucional comunitario y menos opacidad intergubernamental, se adelanta al 23 la cumbre europea que abordará fórmulas de crecimiento y, por lo demás, en ningún lugar está escrito que un eje franco-alemán socialista-conservador deba funcionar peor y ser menos útil que su predecesor conservador-conservador.

Mitterrans Hollande

Cartel electoral en el que se asocia la imagen de Hollande a la de Mitterrand, que fue su mentor político en los años 80.

Los antecedentes históricos inducen a pensar exactamente lo contrario. Los dúos Valéry Giscard d’EstaingHelmut Schmidt –liberal conservador-socialdemócrata– y François MitterrandHelmut Kohl –socialista-conservador– engranaron bastante mejor que otros monocolores como el formado por Kohl y Jacques Chirac y el desaparecido el domingo a causa de la derrota de Nicolas Sarkozy, con todos los rasgos de un matrimonio de conveniencia, obligado a simular una gran complicidad por la fuerza de los hechos. Para Hollande no es aventurado imaginar que es una referencia permanente la orientación que Mitterrand dio a las relaciones con Alemania: el primer presidente socialista de la V República (1981-1995) y Jacques Delors, expresidente de la Comisión Europea, son dos de sus más reconocidas fuentes de inspiración.

Aun en el caso de que los antecedentes históricos no conspiren a favor de la coordinación franco-alemana, los requerimientos de ahora mismo la hacen imprescindible, con el galimatías griego en primer lugar y sin asomo de que el electorado corrija el tiro si en junio hay nuevas elecciones. Aunque el diario conservador alemán Die Welt lamente con pasión militante que “el problema real se encuentra en François Hollande”, lo cierto es que sin el nuevo presidente es imposible encontrar una salida a tres problemas concatenados: los desequilibrios presupuestarios, la montaña rusa de la deuda y la consolidación del euro. Dice bien Clemens Wergin en el mismo periódico cuando afirma: “Los resultados de las elecciones también son una derrota para Alemania. Griegos y franceses se han rebelado contra lo que perciben como una imposición alemana y los dictados de la reforma”.

Pero esta no es la única percepción que marca el futuro. La otra es la recogida por The New York Times en los despachos de Wall Street: los inversores temen que la situación de la economía francesa contamine el núcleo duro de la UE, en el que figura junto a Alemania y los países nórdicos, y que enlace con “las débiles economías grandes de España e Italia, y con los problemas del borde sur de Europa”. De ahí que el prestigioso economista Jacques Attali, íntimo colaborador de Mitterrand, haya dirigido el siguiente consejo a Hollande desde las páginas del semanario centrista francés L’Express: “El principal desafío del mandato que empieza será justamente la supervivencia de la Unión Europea: más que nunca, está amenazada de ruptura porque el euro no puede resistir sin el apoyo de un presupuesto europeo de inversiones. Y es la Unión, y solo ella, la que permitirá establecer los márgenes de maniobra financiera necesarios para los eurobonos, para financiar el crecimiento, es decir, el empleo, las transferencias sociales y las inversiones públicas”.

Las características específicas de la economía francesa plantean en sí mismas un enorme desafío para la corrección del tiro en el seno de la UE. Nada menos que el 55% del PIB de Francia depende del gasto público y el crecimiento, así en el sector público como en el privado, está a expensas del dinamismo presupuestario. Se trata de un caso único en la eurozona que responde a la herencia dejada por los dos grandes pilares ideológicos de la V República, los presidentes De Gaulle y Mitterrand, cuyos principios generales nadie pretende revisar por el riesgo de profunda crisis social que entrañaría tal empresa. Otra cosa es que Hollande se vea urgido a enviar señales de corrección de los desequilibrios para que los mercados se tranquilicen y Alemania acepte que si el crecimiento no contrapesa la austeridad, la crisis se convertirá en el mal crónico de Europa. “Para negociar con el resto de Europa, Francia debe dar prueba rápidamente de su voluntad y de su capacidad de reducir su deuda y su déficit”, ha escrito Erik Izraelewicz, director del progresista Le Monde.

Toda la tramoya de la campaña electoral quedó guardada en un almacén en cuanto se supo el nombre del vencedor y lo que ahora importa es ajustar las promesas a la realidad. “No es preciso dejarse encerrar en un programa, por razonable que sea –sostiene Laurent Joffrin, director del semanario de izquierdas Le Nouvel Observateur–. Para enderezar el país, es necesario un poder de salud pública, inflexible y pragmático a la vez. Una reactivación europea, una reforma francesa: todo esto es bueno y necesario. Pero es preciso no retroceder ante la confrontación con las feudalidades financieras o los dogmatismos de Bruselas. Ni frente a las medidas dolorosas: es preciso también hacer el Estado más eficaz y menos costoso, salvo que sucumbamos bajo el peso de la deuda; será preciso animar a la empresa, que crea empleos; será preciso flexibilizar el mercado de trabajo, que protege a los protegidos y humilla a los excluidos del empleo”.

Este realismo poselectoral no excluye la confrontación política que se avecina dentro y fuera de Francia. La interior se sustanciará a la vuelta de un mes, cuando se hayan celebrado las elecciones legislativas –10 y 17 de junio–, que son en la práctica la tercera vuelta de las presidenciales. La exterior tiene dos citas a pocos días vista: la reunión del G-8 en Camp David –18 y 19 de mayo– y la convocada el 23 en Bruselas para que los socios de la UE debatan qué mecanismos de crecimiento pueden ponerse en marcha para rescatar al continente de la recesión. La batalla electoral se dilucidará entre la necesidad de Hollande de disponer de una mayoría holgada en la Asamblea Nacional y la necesidad de la derecha clásica, englobada por la heteróclita formación  de los herederos del gaullismo (UMP) e impugnada por la extrema derecha (Frente Nacional), de no iniciar una larga travesía del desierto con todas las instancias de poder en manos de la izquierda. La discusión económica se atendrá a la resistencia de Alemania a introducir medidas anticíclicas para salir de la crisis (vía estadounidense) o a que las acepte con la boca pequeña y bajo denominaciones que no hieran a nadie.

¿Es posible el cambio, aunque sea limitado? Esto mismo se pregunta Nicolas Démorand, director del diario izquierdista Libération: “¿Podrá Francia doblegar el consenso de Berlín o ya no tiene bastante influencia en Europa? El quinquenato se juega y se jugará sobre este asunto, que excede de lejos las fronteras desaparecidas de nuestro país, pero dibuja el único camino posible para ponerlo de nuevo en movimiento”. Si son ciertas las sospechas del analista conservador Pierre Rousselin de que los colaboradores de Hollande se pusieron en contacto durante la campaña con los asesores de Merkel “para que no se tomaran al pie de letra las opiniones” del candidato, la suerte está echada, la pregunta de más arriba carece de sentido y la cancillera no cejará: “Quiere atar corto toda tentativa de Francia de sustraerse a sus obligaciones de vuelta al equilibrio presupuestario. Quiere levantar toda ambigüedad antes de que la campaña de las legislativas desencadene una nueva deriva electoralista”, afirma Rousselin en el conservador Le Figaro. Así, Francia habría entrado el domingo “en la era de la ilusión, es decir, de la catástrofe, como decía Bayrou antes de alinearse (con Hollande), o de la falsa promesa, es decir, de la mentira”, según el vaticinio apocalíptico del analista Philippe Tesson.

En la trinchera neoliberal suscriben este diagnóstico hasta la última letra. Esto es, bien aplica Hollande sus propósitos de neutralizar los efectos de la austeridad con fórmulas de crecimiento, y Francia se convierte al poco tiempo en el nuevo homme malade de Europa, bien se olvida de los eslóganes de campaña y se suma al programa prescrito por los economistas de Berlín, y en este caso el país puede levantar cabeza. La opinión del profesor de Economía Internacional Theo Vermaelen en la revista estadounidense Forbes es uno de tantos ejemplos de lo antedicho: “Por supuesto, mi pesimismo se basa en el supuesto de que Hollande hará lo que dijo que haría. Aún tengo esperanza de que simplemente mintiera para ser elegido”. El pulso es apasionante y el desenlace afectará a toda Europa, pero en el punto de partida de Hollande figura una referencia insoslayable: los dos presidentes de la V República que no han resultado reelegidos –Giscard d’Estaing (1974-1981) y Sarkozy– son también aquellos más alejados de la tradición socioeconómica francesa y más próximos al pensamiento liberal de matriz anglosajona. El dato no es una anécdota.

Sarkozy, aprendiz de brujo

El resultado obtenido por Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional (FN), en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Francia, ha sentado al país ante una triple realidad: la extrema derecha es una fuerza pujante, la derecha convencional la ha legitimado con la radicalización de los mensajes de Nicolas Sarkozy y el desastre puede consumarse en las legislativas de junio si el FN logra sentar un nutrido grupo de diputados en la Asamblea Nacional. Poco consuelo es comprobar que el auge de la extrema derecha no es un fenómeno exclusivamente francés, sino que cruza Europa de parte a parte, cuando el peligro que corre la derecha serena es verse arrastrada hasta las trincheras de la xenofobia y el antieuropeísmo sin que, por lo demás, el presidente Sarkozy se muestre dispuesto a rectificar el tiro. Por el contrario, insiste en atraer al electorado de Le Pen para corregir el vaticinio de las encuestas, que anuncian una victoria holgada del socialista François Hollande el 6 de mayo.

Portada de 'L'Humnité'

Portada del periódico comunista 'L'Humanité' del 25 de abril.

“El primero de mayo organizaremos la fiesta del trabajo, pero la fiesta del verdadero trabajo –anuncia Sarkozy–, la de aquellos que trabajan duro, la de aquellos que corren riesgos, que sufren y que no quieren que, cuando no se trabaja, se pueda ganar más que cuando se trabaja”. Alarma inmediata, portada sangrante en el diario comunista L’Humanité: fue el mariscal Pétain, deshonra de Francia, quien dio a la celebración del primero de mayo el nombre de fiesta del trabajo. ¿Forma esto parte de la estrategia de campaña diseñada por Patrick Buisson? Nadie ha dicho lo contrario y los antecedentes del personaje inducen a pensarlo: fue educado en el aprecio por el mensaje de Charles Maurras, fundador de Action Française, y es el urdidor del manual de argumentos que maneja el estado mayor de la Unión para un Movimiento Popular (UMP) destinado a justificar el incansable acercamiento del presidente a las tesis del FN.

Maurras, Pétain, unas gotas del populismo menestral legado por Pierre Poujade en los años 50, recuerdos ominosos que han dado pie a reacciones exaltadas. “Estoy asustado. No me preocupa nada que Nicolas Sarkozy intente recuperar los electores de Marine Le Pen. Pero, tal como lo hace, recuerda verdaderamente el petenismo: está la oposición entre los verdaderos y los falsos trabajadores, el ataque contra las instituciones intermedias; está todo. Es peor que el discurso de la propia Marine Le Pen”, sostiene Jean-François Kahn, fundador del semanario Marianne, que ha difundido un breve manifiesto para “cortar el paso al aprendiz de brujo”.

El politólogo Jean Daniel, referencia permanente del pensamiento progresista europeo, llama la atención en el semanario Le Nouvel Observateur sobre el significado del resultado obtenido por la candidata del FN: “El éxito de Marine Le Pen no pone en peligro la victoria de la izquierda. Es simplemente un deshonor para Francia. Nuestro país, desde hace siglos, exporta revoluciones. Ahora arriesga ponerse al frente de todos los movimientos populistas y xenófobos de Europa (…) Marine Le Pen ha percibido a propósito de estos dramas (los asesinatos de Montauban y Toulouse cometidos por un fundamentalista islámico) que un viento soplaba en su dirección, y decidió tomar de nuevo la antorcha, abandonada durante un tiempo, de la lucha contra la inmigración y la inseguridad”.

¿Debía Sarkozy hacer algo distinto a rendirse a esta estrategia y entablar con su contrincante una carrera de ofertas populistas? A la vista de la desorientación de parte del electorado conservador de tradición gaullista, del germen de la división en el seno de la UMP y de las expectativas para las legislativas de junio, parece que sí. De acuerdo con la encuesta publicada por Les Échos, según la cual el 64% de los electores de la UMP son partidarios de un acuerdo con el FN en junio, y del tono trágico empleado por el candidato-presidente para seducir a los votantes atraídos por Le Pen –les aplica los apelativos de sufrientes y angustiados–, se diría que no. En todo caso, los datos que se desprenden del escrutinio del día 22 indican que las maniobras presidenciales dejan mucho que desear. Valgan algunos ejemplos para ilustrarlo:

Chiste de Delucq

Dibujo de Delucq difundida por 'Le Huffington Post'. Sarkozy, disfrazado de Juana de Arco, dice: "Voy a expulsar el falso trabajo de Francia".

·En Donzère, la ciudad donde Éric Besson, tránsfuga del PS captado para la causa sarkozyana en el 2007, puso en circulación el debate –de infausto recuerdo– sobre la identidad nacional, el FN sumó más votos que la UMP.

·En Meaux, la ciudad de Jean-François Copé, secretario general de la UMP, Hollande superó a Sarkozy.

·Marine Le Pen ha salido tan fortalecida de la prueba que el 1 de mayo se sentirá inclinada a recomendar el voto en blanco, aunque las encuestas dicen que el grueso de sus electores piensa apoyar a Sarkozy. La líder del FN lo enunció con palabras escuetas en la emisora pública de televisión France 2: “Ya no creo en la sinceridad de Nicolas Sarkozy. Y muchos de cuantos han confiado en mí han dejado de creer en sus posiciones”. Se impone la idea de que tiene al alcance de la mano la oportunidad de reorganizar radicalmente la derecha de pies a cabeza.

·La radicalización del presidente complica enormemente las cosas al centrista François Bayrou, líder del MoDem, para que el 2 de mayo pida a sus votantes –9,13% en la primera vuelta– que el 6 se inclinen por Sarkozy.

·Si el FN repite el 10 de junio los resultados de ahora, la multiplicación de elecciones triangulares –tres candidatos en la segunda vuelta– el 17 dividirá el voto de la derecha en provecho de una izquierda que, salvo sorpresas, pondrá en marcha la maquinaria de los désistement (apoyos a los candidatos progresistas más votados en la primera vuelta). Basta que se repita la lógica seguida por Jean-Luc Mélenchon y Eva Joly la noche del último domingo.

Charles Jaigu, cronista en el Elíseo del periódico conservador Le Figaro, sostiene que si Sarkozy hubiese diseñado otra campaña, “habría hecho correr al país el riesgo de un segundo 21 de abril, que esta vez opondría François Hollande a Marine Le Pen”. Jaigu se refiere al 21 de abril del 2002, cuando Jean-Marie Le Pen quedó en segundo lugar en la primera vuelta de las presidenciales, por delante del socialista Lionel Jospin, y disputó la relección a Jacques Chirac dos semanas más tarde. Claro que Chirac, que obtuvo el 80% de los votos de la segunda vuelta porque la izquierda en bloque se movilizó contra a extrema derecha, desacreditó esta línea argumental en el mismo momento en que anunció que pensaba votar a Hollande y, al hacerlo, inclinó a otras personalidades de la Francia conservadora a dar su voto al aspirante socialista.

En resumen, Sarkozy se ha excedido incluso para la derecha-derecha, y aún más para la derecha moderna y con inquietudes sociales en cuyas filas figuran personajes como la senadora Chantal Jouanno, denostada ahora por Sarkozy y Copé, que ha expresado un temor y ha hecho un anuncio. Al semanario centrista Le Point ha manifestado sus recelos: “Temo que la derechización sea un espejismo doloroso”. A través de su cuenta en Twitter ha adquirido un compromiso público: “Mis principios son claros: en las legislativas, si no hay otra alternativa entre el FN y el PS, mi responsabilidad será votar al PS”. Lo que colea detrás de la corriente de opinión que representa la senadora es el propósito de una parte de los herederos del gaullismo de impedir que se banalice la extrema derecha, los peligros que entraña y la amenaza que se cierne sobre el bloque conservador, entre la implosión y la explosión (depende de cómo se concrete).

El director de la redacción del semanario L’Express, Christophe Barbier, considera inútiles los esfuerzos de Sarkozy para debilitar al FN: “El populismo protestatario tiene una sola cabeza, que es la de Marine”. El presidente desdeña a quienes lo critican e insiste en que su propósito es atraerse a seis millones y medio de franceses –cuantos votaron a Le Pen–, sin atender a más consideraciones. Gérard Courtois da a entender en las páginas del progresista Le Monde que Sarkozy ha logrado lo contrario de lo que perseguía: “Todo sucede como si, lejos de secar al Frente Nacional, Nicolas Sarkozy en realidad haya banalizado y desculpabilizado de alguna forma sus ideas y sus propuestas. Hasta el punto de que es evidente que numerosos electores han preferido el original a la copia, de acuerdo con la esperanza a menudo formulada por Jean-Marie Le Pen”. Sylvie Pierre-Brossolette, en Le Point, va incluso más allá y transmite una imagen no exenta de patetismo: no solo para muchos es preferible el original a la copia, sino que “Sarkozy ha hecho trampas consigo mismo”.

¿Errores estratégicos? ¿Ausencia de principios? La respuesta que da a estos interrogantes Joël Roman en el periódico católico La Croix es perturbadora para el equipo de campaña del aprendiz de brujo: “A cuantos evocan el precedente de las relaciones entre François Mitterrand y los comunistas, a los que hizo descender aliándose con ellos, se les puede subrayar que él actuó a la inversa: no hizo ninguna concesión programática, lo que por lo demás explica por qué la alianza fue provechosa para los socialistas”… ¡Qué tiempo aquel de Maquiavelo!

 

 

 

Las presidenciales de EEUU y Francia alientan el debate sobre el laicismo

La separación de la religión y el Estado, el perfil mismo del Estado laico, se ha colado en las campañas electorales de Estados Unidos y Francia con el vigor y la pasión militante que suele acompañar la controversia histórica entre la manifestación de las creencias y la gestión de los asuntos públicos. Que suceda precisamente en Estados Unidos y en Francia, dos de los estados con una más antigua y arraigada tradición laica, confiere a los debates una mayor significación: los padres fundadores que encabezaron la epopeya nacional de la independencia en las colonias de Nueva Inglaterra dieron al nuevo Estado una Constitución que establece que la religión no puede interferir en la política; en Francia, además de la tradición laica, de muy largo recorrido, la ley aprobada en 1905 consagra la separación entre los ámbitos religioso y civil.

Claro que, en paralelo, se han desarrollado realidades en parte contradictorias con el espíritu de las leyes. La primera es que la estadounidense es la sociedad occidental más apegada a la práctica religiosa y a la influencia intelectual de la religión en la vida cotidiana y en la academia: defensores del creacionismo y del diseño inteligente, telepredicadores a la carta, megachurch en muchos lugares, impugnación permanente de las políticas del cuerpo –anticonceptivos, aborto, eutanasia, uniones homosexuales– y altos índices de asistencia a los oficios religiosos. Nadie puede sorprenderse si luego aparece Rick Santorum, fundamentalista católico, aspirante a la candidatura republicana en las presidenciales de noviembre, y declara que la defensa del laicismo hecha por John F. Kennedy, asimismo católico, en la campaña de 1960, le provoca ganas de vomitar. Resulta tan poco sorprendente que Stanley Fish, profesor de Derecho en varias universidades de Estados Unidos, que se define como un antifundamentalista, ha publicado en el liberal The New York Times una larga digresión con el título Rick Santorum no está loco. Recuerda Fish a respetados jueces como William O. Douglas, que en 1952 formuló la siguiente idea: “Somos un pueblo religioso cuyas instituciones dar por supuesto un ser supremo”. O a otros, como Potter Stewart, que llegó a advertir de la “amenaza de la religión del secularismo”.

El último eslogan de Mitt Romney, que encabeza el recuento de delegados en las primarias celebradas hasta la fecha, se limita a reclamar Más empleos, menos deuda, Gobierno más pequeño, pero él no pierde ocasión de recordar la primera enmienda de la Constitución, que consagra la libertad de expresión y, por esta razón, da por supuesto que autoriza la presencia de la religión en las instituciones. Romney, mormón, fue misionero de esta iglesia en Francia entre 1966 y 1968, y está más cerca de la religiosidad militante que del pragmatismo reformista que exhibió en sus días de gobernador en el estado de Massachusetts. Las convicciones personales, pero también la rentabilidad electoral en la América más conservadora, justifican este comportamiento.

William Kristol, una de las referencias permanentes del pensamiento neocon y muy apegado a la prédica de Santorum, sostiene en The Weekly Standard, de la que es editor: “Santorum necesita ser el portavoz de la gente frente al establishment, del Tea Party frente a la élite del GOP –Grand Old Party–, del espíritu del 2010 frente al espíritu del 2008 (victoria de Barack Obama)”. Aunque Kristol no cita la religión ni impugna explícitamente el Estado laico, la invocación del Tea Party es suficiente. Porque en este movimiento profundamente conservador, que se ha adueñado de la atmósfera de la campaña republicana, el pensamiento de los presidentes James Madison y Thomas Jefferson, recordado constantemente por los partidarios de la tradición laica, es una molesta referencia del pasado. Ni que decir tiene que en el campo republicano nadie se acuerda del reverendo Roger Williams, pastor baptista que en el siglo XVII asentó en el territorio de Rhode Island la separación entre la fe y la política, se pronunció en defensa de la libertad de conciencia y fue el primero en levantar “un muro de separación entre la religión y el Estado”.

Romney no ha conseguido desvanecer la impresión de que es un apparatchik, un genuino representante de la burocracia política de siempre, y ni siquiera su triunfo del martes en seis estados, incluido Ohio, le permite darse un respiro. “Si alguien ganó el supermartes, fue –por los pelos– Rick Santorum en virtud de sus victorias en Tennessee y Oklahoma, y su magnífico resultado en Ohio (38% para Romney, 37% para Santorum)”, ha escrito en el semanario liberal Newsweek Michael Tomasky. ¿En qué se basa el analista para considerar ganador a Santorum? En que ahora vienen las primarias de Alabama, Mississippi, Kansas y Missouri, donde la vertiente religiosa, unida a la defensa del Estado pequeño, rendirán más intereses que entre los blues collar de la industriosa Ohio.

¿Son suficientes las herramientas ideológicas que maneja Santorum para disputar la nominación a Romney? James Taranto, el comentarista más leído de la web del conservador The Wall Street Journal, responde a esta pregunta con otra no menos inquietante: ¿el conservadurismo se ha hecho obsoleto? Dicho de otra forma: la orientación de la campaña de los candidatos republicanos, ¿es la adecuada para movilizar al electorado independiente en noviembre? Da qué pensar la respuesta de una joven en un reportaje emitido por la BBC: “Creo en Dios, pero no pienso en él a todas horas”.

La identidad francesa

La efervescencia religiosa en la campaña francesa está íntimamente relacionada con el debate abierto por el presidente Nicolas Sarkozy, referido a la recuperación de las señas de identidad nacionales, y con los vaticinios de las encuestas, que pronostican la victoria del socialista François Hollande el 6 de mayo. También en Francia vale formular la pregunta de James Taranto, aunque por razones diferentes a las de Estados Unidos. El equipo de campaña de Sarkozy y su Gobierno han abierto la caja de los truenos de la defensa de la neutralidad del Estado en materia religiosa, pero, al hacerlo, han puesto en marcha una defensa confesional del laicismo, que opone a la presencia en el espacio público de las confesiones importadas, en especial la musulmana. El objetivo es arañar votos al Frente Nacional, de Marine Le Pen, pero en las filas del pensamiento conservador tradicional cunde la desorientación o aflora la crítica interna.

Cuando el primer ministro François Fillon sostiene que las religiones deben reflexionar sobre “sus costumbres más ancestrales”, y pone como ejemplo las carnicerías halal y kosher, de las comunidades musulmana y judía, respectivamente, sale inmediatamente a escena la eurodiputada Rachida Dati, educada en el islam y rescatada por Sarkozy para esta campaña, y acusa a Fillon de tener “un concepto loco del laicismo que no es el del presidente de la República”. Cuando el ministro del Interior, Claude Guéant, pisa terreno parecido, lleva a los intelectuales más respetados a recordar que la neutralidad del Estado en materia religiosa es la única garantía de respeto para todas las confesiones. Así lo ha hecho Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur: “La laicidad no ha sido nunca el descreimiento y jamás ha estigmatizado la religión. Es lo contrario. Incluso si en sus inicios se concibió para limitar la hegemonía de la Iglesia católica, se transformó en una disposición jurídica que garantiza la libertad de todas las religiones, pero también el derecho a no creer. Los artesanos de la ley de 1905 estaban lejos de ser todos unos descreídos (…) Para ellos, se redujo a una fuerte y simple proclamación: la separación total de la Iglesia y el Estado”.

Daniel y otros muchos suscriben el principio según el cual “cuando se trata de llevar el velo o de rezar en la calle, cabe sostener que la práctica de la fe debe ser un asunto privado y limitarse a la intimidad del hogar o de los lugares de culto”. Pero disienten radicalmente de la operación de Sarkozy, que apunta a una cristianización de la defensa de la identidad nacional, aunque el pretexto sea la salvaguarda del Estado laico. Sihem Habchi, expresidenta de la asociación Ni Putas Ni Sumisas, sostiene que los relativistas de izquierda y de derecha y los islamistas persiguen el mismo objetivo, y apunta a Sarkozy y su círculo: “En nuestro tiempo, en el nivel más alto del Estado, se legitima esta demolición de la laicidad organizada, reduciendo los valores universales a la protección de la sociedad occidental y de sus raíces cristianas (…) ¿Cómo pretender que nuestros valores, cívicos e ilustrados, son universales si no somos capaces de demostrar antes que son universalizables”.

La profesora Karen Armstrong afirma en Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam, publicado en el 2004: “En Norteamérica, la religión ha liderado la oposición durante mucho tiempo. Su ascenso y caída siempre han sido cíclicos y los acontecimientos de los últimos años indican que todavía hay un estado de guerra incipiente entre los conservadores y los liberales, que a veces llega a ser aterradoramente explícito”. ¿Puede pasar Francia por una experiencia similar si se concretan los riesgos de fractura social derivados de las oleadas migratorias?