Lo peor está por llegar

Cualquier previsión de daños y consecuencias a escala internacional hecha antes del inicio de la invasión de Ucrania, ha quedado superada por las dimensiones de la guerra. Es bastante dudoso que el presidente Vladimir Putin previera que el desarrollo de los combates sería el que está siendo, aunque él sostenga en público, para consumo interno, que todo progresa según lo esperado. Es asimismo improbable que antes de que sonara el primer disparo alguien en su sano juicio creyera que el Kremlin agitaría el espantajo del arma nuclear. No hay duda tampoco de que ni los europeístas más entregados podían estimar posible el reflejo unitario de la Unión Europea a la hora de responder a Putin; la determinación de la OTAN de activar planes específicos dentro de su territorio. Lo único seguro y cierto antes de la guerra era que los daños económicos iban a ser cuantiosos y seguramente de larga duración cuando parecía que la recuperación económica enfilaba el sendero de los buenas noticias.

El periodista ucraniano Dmitri Gordon declaró a la emisora Eco de Moscú, clausurada el martes por el Gobierno ruso, que Putin “nunca ha entendido nada”, que creía segura una rápida claudicación de su país frente a la aplastante superioridad del Ejército ruso. Una apreciación que lleva a Laure Mandeville, una analista del diario francés Le Figaro a concluir que, por de pronto, el presidente ruso “se encuentra sumergido en un desastre estratégico, político y personal que él mismo ha orquestado”. Se encuentra en un cul-de-sac, según la misma autora, y se ve obligado a prolongar la guerra, a salirse de su zona de confort  y aceptar la conversión de Rusia en un Estado paria que ni siquiera logró en la Asamblea General de la ONU que China y Venezuela votarán en contra de la resolución aprobada.

Sea o no cierto este cul-de-sac, le quedan a Putin recursos para acelerar la progresión de sus soldados, pero es indudable que se ha visto sorprendido por la marcha de la guerra, los efectos inmediatos de las sanciones y la posibilidad de que sea cierta una encuesta realizada en condiciones por lo menos azarosas, según la cual solo el 34% de los rusos apoyan el ataque. En realidad, poco importan esos datos a una estructura de poder con objetivos genuinamente imperiales, de acuerdo con la herencia recibida de la tradición zarista, que diseñó un plan que excluyó desde el principio la posibilidad de un desenlace negociado de la crisis. Importan, esos sí, los riesgos inherentes a una escalada que entraña más peligros a cada día que pasa.

Por eso es tan importante la reactivada unión de los europeos frente a un futuro imprevisible y seguramente muy costoso en términos humanos y materiales. Lleva razón Caroline de Gruyter cuando en un artículo publicado en The Guardian afirma: “Esta guerra refuerza, con un sobresalto, la propia razón de ser de la UE como proyecto de paz. Después del 24 de febrero, nadie podrá volver a decir que el credo fundacional de la UE, Nunca más, está obsoleto y que la UE necesita una nueva narrativa para ayudar a las generaciones más jóvenes, que no recuerdan la guerra, a relacionarse con la integración europea”. Ese Nunca más que alumbró el Tratado de Roma (1958) hacía y hace referencia a la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, que dejó Europa en ruinas. Por eso no es posible hacer a Putin más concesiones de las que aconsejan las leyes del equilibrio del terror: la destrucción mutua asegurada sigue ahí, a ambos lados de la divisoria, como una amenaza para toda la humanidad.

Si mucho de lo que puede suceder en las próximas semanas y meses “dependerá del precio que Occidente esté dispuesto a pagar para contener a Rusia”, como afirma el profesor del IESE Xavier Vives, la unidad europea será un factor fundamental, quizá con algunos costes inducidos por los países más reacios a ceñirse al marco de referencia de los socios anteriores a la gran ampliación hacia el este, que ahora desempeñan un papel fundamental en la acogida de refugiados y acaso mañana reclamen a los demás socios de la UE que sean menos exigentes con ellos. El clima político en Europa ha cambiado para un largo periodo de incertidumbres y reajustes que, sean cuales sean los términos en los que acabe la guerra, condenan a los adversarios a una nueva guerra fría, con reglas nuevas y una acusada tendencia a la inestabilidad.

Es imposible suturar la herida son las reglas anteriores al 24 de febrero, recoser la tela rasgada como si tal cosa. Ni siquiera la desaprobación de parte de las élites rusas a desencadenar un ataque puede suavizar el perfil básico de la nomenklatura asentada en el Kremlin, con el respaldo momentáneo de los oligarcas, una camarilla de multimillonarios que han amasado enormes fortunas en un espacio de tiempo insólitamente corto. Lo que se vislumbra en el horizonte son relaciones basadas en la desconfianza, incluso si es cierta la hipótesis que baraja Nigel Gould-Davies, del Instituto Internacional de Estadios Estratégicos, en el diario digital Moscow Times: “La invasión se perfila como un gran error estratégico. A medida que se acentúa la resistencia de Ucrania, el aislamiento internacional de Rusia y el aislamiento de Putin dentro de Rusia, el Kremlin de repente se encuentra mucho más débil en todos los frentes políticos”. Pero tal aislamiento, de existir, está lejos, de momento, de afectar a la capacidad del presidente para imponer su criterio a todas las instancias de poder.

En la división clásica entre guerras de necesidad y guerras de elección, la de Ucrania debe encasillarse en esta última categoría. Vladimir Putin nunca consideró la posibilidad de ajustar Ucrania a sus designios por una vía no cruenta y ahora no le queda más opción que apuntarse una victoria total. No le importa el precio a pagar, solo le importa alcanzar el objetivo que se ha fijado: ocupar Ucrania y ponerla al servicio de su estrategia de seguridad. Que tal estrategia tenga futuro depende en igual medida de la reacción unitaria de Occidente y del daño que infrinja a los intereses de los oligarcas y a la vida cotidiana de los ciudadanos rusos, sumergidos en un baño permanente de desinformación. De momento, como ha dicho Emmanuel Macron, lo peor está por llegar.