Incógnitas políticas de la pandemia

“El delirio histórico de Trump sobre el coronavirus” al que alude el editorial de The Washington Post del viernes, a cuatro meses justos de la elección presidencial, establece con bastante precisión las razones que han llevado a Donald Trump a hundirse en las encuestas. Y, al hacerlo, dibuja un marco de referencia aparentemente convincente para otros gobernantes que, anteponiendo las consideraciones económicas a cualesquiera otras de orden moral, han propiciado que el censo de bajas crezca de forma imparable. Frente a la idea de la ciudadanía del mundo, desarrollada en su día por el pensador italiano Norberto Bobbio, se han acogido a la ciudadanía nacional, más aún, a la identidad de grupo de sus votantes, para negar la realidad y emprender una huida hacia ninguna parte.

Una huida relativa, todo hay que decirlo, porque junto a una deformación persistente de la realidad, han adoptado costosas medidas para evitar en lo posible el descalabro económico y una crisis social que, aun así, se vaticina desmesurada. El empecinamiento de Trump en sumarse a la movilización de sus seguidores para obstaculizar las medidas de confinamiento y acabar cuanto antes con la congelación de la actividad no ha sido solo un disparate sanitario mayúsculo, sino que ha limitado la eficacia de los recursos federales destinados a paliar los efectos de la pandemia en la economía. Lo mismo le ha sucedido al primer ministro británico, Boris Johnson, cuyos índices de aceptación decrecen al mismo ritmo que asciende sin parar la cifra de muertos e infectados y se intuye que la consumación del brexit puede tener efectos desastrosos.

El caso de Jair Bolsonaro está en la misma línea, aunque su populismo destemplado erosiona a mayor velocidad su imagen. Solo el 30% de los brasileños considera que el presidente es un demócrata, según una encuesta hecha por Datafolha, el 58% lo percibe como alguien que respeta más a los ricos y el 60%, como un líder autoritario. Aunque logra que sus seguidores le arropen allí donde va, estos son cada vez menos, no solo a causa de los estragos y el miedo causados por la pandemia, sino por los escándalos que zarandean a su Gobierno y por su enfrentamiento permanente con las instituciones. Características del mandatario conocidas desde antes de su elección, pero más visibles cuando el fracaso de la gestión de la crisis ha dejado a la opinión pública en la desorientación más absoluta y a la economía, en caída libre.

Puede decirse que Donald Trump ha sido el guía de esa extraña idea según la cual se puede superar la devastación de la pandemia negando las dimensiones de la emergencia sanitaria. A partir de ahí, sus entusiastas seguidores han establecido pautas de comportamiento adaptadas a sus países, lo que en el caso de Brasil, con un pacto social lleno de carencias, ha implicado una aceleración de la crisis hasta llegar al momento actual, con un presidente progresivamente más aislado y más dispuesto a transgredir el orden constitucional. Cuando medios como O Globo, integrante tradicional del establishment, no pierden ocasión de arremeter contra el presidente, debe interpretarse que la situación es en extremo grave y el riesgo de descalabro, enorme.

El analista Fareed Zakaria sostiene que “los habilitadores republicanos de Trump” son los responsables del estado de la democracia en Estados Unidos. Una opinión que puede hacerse extensiva a otros lugares en los que la pandemia ha dejado al descubierto las costuras de entramados políticos disociados de la realidad o directamente sectarios. Los éxitos de la extrema derecha no obedecen solo a los efectos de la crisis del 2008 en la clase media, a las tensiones sociales enmascaradas por el último ciclo expansivo de la economía o al coste social de la globalización, tan elevado, sino que se deben también a la incapacidad de los partidos conservadores de reaccionar y defender su legado histórico, y al universo socialdemócrata de no plegarse sistemáticamente a las exigencias de los programas neoliberales.

El ciclo empezó con el Tea Party y la colonización neocon del Partido Republicano, siguió con las recetas de austeridad impuesta en la Unión Europea por Alemania y sus acompañantes habituales y culminó con el retroceso de la izquierda en el ecosistema político latinoamericano, lastrada por la corrupción, la ineficacia y los desafíos de una derecha ansiosa de revancha. El coronavirus ha sacado todo esto a la superficie y la incógnita está en saber si el coste de la pandemia llevará aparejado un descenso significativo de la extrema derecha o, por el contrario, las proclamas nacionalistas atraerán nuevas voluntades. De hecho, la pandemia ha puesto de manifiesto la fragilidad de la democracia, su vulnerabilidad “cuando los demagogos hablan y crean masas de seguidores que emplean su mismo lenguaje”, de acuerdo con el análisis de Hanna Arendt, citada por Cristina Casabón en un artículo publicado en Letras Libres en septiembre del 2019.

¿El efecto bandera puede favorecer a Trump, Johnson, Bolsonaro y compañía a pesar de sus errores manifiestos? Una respuesta categórica es imposible. Que Joe Biden le saque a Trump en las encuestas una ventaja media de más de nueve puntos, que Johnson responda de forma deslavazada a los requerimientos laboristas y que Bolsonaro siga su particular cruzada contra todo lo que se mueve en su contra no significa que deba traducirse en un cambio a corto plazo de liderazgos políticos, como por lo demás es fácil comprobar en Europa en países como Polonia, donde la extrema derecha sale indemne de las urnas, bien es verdad que sin que el populismo haya secundado allí las extravagancias que Trump ha convertido en guía para adeptos. Hay en este extraño momento tantas variables por despejar que las incógnitas planteadas dan pie a nuevas incógnitas y solo muy de vez en cuando, a respuestas… inevitablemente inciertas.

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La crisis de la política desfigura Europa

Dice el profesor Daniel Innerarity que “la democracia está bastante bien” y que “lo que está mal es la política”, una forma concisa, provocativa si se quiere, de describir dentro de qué laberinto transita Europa –Occidente en general– después de una crisis que ha desfigurado su rostro. Esto es, siguiendo con el razonamiento de Innerarity, la tradición democrática salvaguarda los derechos a protestar, a votar, a opinar, a ir de un sitio a otro, a mandar un twit, en general a expresarse y a vigilar los poderes públicos, a veces de una forma radical e innovadora, pero falla la política, “la capacidad de recoger todas esas reivindicaciones caóticas, a veces contradictorias e incluso incompatibles, y darles un formato positivo”, según manifestó el último lunes en el programa Millennium de La 2, emitido en horario solo apto para insomnes.

La mezcla de escepticismo, desconfianza y auge de la extrema derecha, tan visible en las elecciones celebradas en Europa durante el 2017, le dan en gran parte la razón: las referencias clásicas de la política han dejado de producir ideas nuevas y en su lugar se han dedicado a gestionar miedos colectivos –los flujos migratorios, el desafío islamista, la degradación del mercado de trabajo, etcétera– y a someterse a las exigencias de la economía global. Mientras, los movimientos sociales surgidos durante el desenlace de la crisis –el 15-M en España, fenómenos de similar naturaleza en otros lugares– han quedado como “una indignación un poco improductiva, como un gesto desesperado o desesperanzado porque lo que no está bien es la política” (otra vez Innerarity). La política no funciona para encauzar inquietudes y situaciones nuevas.

La crisis del sistema de partidos en varios países se atiene a la doble lógica de desgaste e ineficacia de organizaciones incapaces de interpretar los mensajes que envían los movimientos sociales, las oenegés, la comunidad académica y los medios de comunicación. En Francia dispone de mayoría absoluta un partido creado deprisa y corriendo por el presidente Emmanuel Macron al tiempo que los instrumentos clásicos de la derecha y de la izquierda languidecen o se enfrascan en estériles batallas internas. En Alemania, la formación de Gobierno es un calvario para regocijo de Alternativa para Alemania, un grupo de extrema derecha tan cercano a los peores momentos de la historia del país que causa desasosiego imaginarlo como primer partido de oposición subido a la tribuna de oradores del Bundestag. En España, el salto de un bipartidismo imperfecto a un tetrapartidismo no menos imperfecto resulta escasamente productivo o atractivo para una sociedad decepcionada, con las heridas de la crisis sin curar. En Austria y Holanda, el populismo ultra lleva a los partidos que no lo son o no lo fueron a abrazar el canon ultraconservador; en Polonia, Hungría y otros lugares la prédica ultranacionalista gana adeptos sin cesar.

La democracia funciona, pero la política se ensimisma y desoye las voces que creen indispensable una mise à jour. Jean Daniel recogió el año pasado, en uno de sus comentarios en el semanario L’Obs, párrafos como el que sigue de la introducción de Pierre Rusch para el libro La idea del socialismo, del alemán Axel Honneth: “Hace menos de cien años, el socialismo era un movimiento tan pujante en el seno de la sociedad moderna que no había ningún gran representante de las teorías sociales que no estimara necesario consagrarle un estudio profundo”. Para John Stuart Mill, Emile Durkheim y Max Weber, explica el prologuista, el socialismo era “un desafío intelectual que sin duda acompañaría de forma duradera al capitalismo”. “Hoy las cosas dejaron de ser así”, añade.

En parecidos términos se expresa Fareed Zakaria desde el campo liberal en un artículo publicado en The Washington Post: Estados Unidos ha decidido dejar de ser el instrumento que da forma al mundo mediante un multilateralismo de amplio espectro. Si para el pensamiento liberal y conservador europeo, la inspiración vino de Estados Unidos en muchas ocasiones desde el final de la segunda guerra mundial, con Donald Trump en la Casa Blanca todo es completamente diferente. Zakaria se refiere a esta nueva situación como un problema “casi existencial” para dirigentes como el socialdemócrata alemán Sigmar Gabriel, y aporta un dato determinante para entender el alcance del repliegue estadounidense, su ausencia de la política exterior salvo cuando es estrictamente necesario: Donald Trump es “el primer presidente en cerca de un siglo en cumplir su primer año en el cargo sin haber celebrado una cena de Estado con un líder extranjero”.

Norberto Bobbio explicó a principios de siglo la quiebra del modelo liberal, antiperfeccionista, porque “cree que la historia de la libertad es una historia de continuos pasos del bien al mal, de intentos logrados y fallidos”, en favor de las utopías reaccionarias, que persiguen un fin último predeterminado y, en este sentido cabe calificarlas de perfeccionistas. En estas utopías, acaso distopías, “de transformación radical de la sociedad está implícita una idea antiliberal”, sostuvo Bobbio. Y no hay duda de que en el seno de este pretendido perfeccionismo ultraconservador, donde los equilibrios sociales deben funcionar como un mecanismo de relojería, sucumbe el dinamismo social, esa característica de las sociedades abiertas en las que nada está escrito de antemano, ni siquiera los rasgos de identidad que el nacionalismo de última generación ha resucitado para reconstruir comunidades homogéneas y contener el mestizaje a medio y largo plazo, fruto de los flujos migratorios que tienen como destino Europa.

En un seminario celebrado en noviembre en Madrid por el Comité Económico y Social de la Unión Europea se debatió largamente cuál debería ser el papel de los movimientos sociales frente al auge populista ultraconservador y a la crisis de la política, un factor siempre implícito en las discusiones. De aquellas reflexiones en voz alta surgió una conclusión bastante repetida: Europa arriesga su identidad política si las instituciones, los resortes políticos de que dispone, no dan con la tecla que permita poner a salvo, con errores y aciertos, su condición de sociedad acierta, antiperfeccionista puede decirse. “No nos engañemos –afirma Daniel Innerarity en una entrevista en La Vanguardia–: en última instancia son los Estados y sus democracias quienes están en cuestión en este proceso. La integración europea comenzó después de la segunda guerra mundial como un instrumento para salvar al Estado de los excesos del nacionalismo. El desafío actual es continuar esta misión en un mundo muy diferente”. Una empresa urgente y al mismo tiempo compleja en pleno cambio del modelo productivo, condicionado todo por la primacía de las finanzas globales sobre cualquier otra consideración.

Escalada sin freno hacia el 1-O

Llegados a este punto, una semana antes del día D del referéndum, cabe decir que la intensidad de la confrontación o el enfrentamiento se agrava, la desorientación atenaza a bastantes y la calle se calienta entre cánticos, registros, pancartas, detenciones, proclamas y muestras de cabreo con la música tintineante de las cacerolas caída la noche. Nadie es inocente en este mecanismo de acción-reacción puesto en marcha hace años, con responsabilidades compartidas desde que el PP impugnó el Estatut y el andamiaje empezó a zarandearse; nadie puede sentirse satisfecho con la senda elegida ni exhibir una superioridad moral inexistente en nombre de un respeto casi sobrenatural a la ley o de una defensa virginal de la democracia con atributos (el derecho a decidir). Nadie ha renunciado a recurrir a los agit-prop, a los analistas de cabecera reclutados por los medios públicos para defender con ahínco, desde la trinchera más que desde la razón, lo defendible y lo que acaso no lo es, o eso le parece al adversario (esperemos que no enemigo).

Todo vale para que bulla el caldo. Un comentarista o tertuliano, o agitador, o lo que sea dice en una televisión de extrema derecha, después de tener noticia de que Corea del Norte dispone de un misil balístico que puede alcanzar Barcelona (a saber si es cierto): “No hay huevos, Kim. Dispara que ganamos todos”. Inmediatamente, el futbolista Gerard Piqué agarra el móvil y tuitea: “A estos no los vais a visitar, ¿no?” (se refiere a las detenciones de funcionarios de la Generalitat). Va Irene, el personaje de Cayetana Guillén Cuervo en El ministerio del tiempo, suelta que “ser independiente no está bien visto en este país” y ha de salir enseguida el guionista a apagar el fuego en las redes: “No os tiréis a la piscina que no hay agua” (la frase fue escrita, recuerda, mucho antes de los rigores de estos días de autos tan acalorados). Toma nota del lío en curso el alcalde de Marinaleda (Sevilla), Juan Manuel Sánchez Gordillo, y se apresura a agitar una estelada a 939 kilómetros de Barcelona. Y así.

Más allá del choque de poderes, de los cálculos electorales de cada bando –del Gobierno y del Govern, al mismo tiempo o por separado; de los partidos y de sus ideólogos, si los hay–, de la profusión de consignas, de nacionalismos enfrentados, surge la capacidad de movilización de la política de las emociones, tan alejada de la política de lo verosímil, de lo eficaz y de lo útil. La razón –de nuevo la razón– induce a pensar que ambas partes, el Gobierno y el Govern, debieran optar por una negociación sin apriorismos, pero luego trazan en las ruedas de prensa líneas rojas que sus potenciales interlocutores dicen no poder aceptar; la razón lleva a desear que nadie rompa la baraja o se oculte detrás de las togas (Margarita Robles dixit), pero todo esto sucede con profusión de gestos airados, declaraciones hirientes y la sensación muy extendida de que a cada hora que pasa es más difícil dar con un atajo en medio del laberinto.

“La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano, como la existencia del individuo es una afirmación perpetua de vida”, afirmó Ernest Renan en la famosa conferencia ¿Qué es una nación?, que pronunció en la Sorbona en 1882. A tal idea se acogen ambas partes cuando entienden que España gana todos los días ese plebiscito cotidiano (tesis del Gobierno) a través del respeto colectivo a la Constitución o que quien lo gana es Catalunya mediante el apoyo popular a lo votado en el Parlament el 6 y el 7 de septiembre (tesis del Govern). En ambos casos se recurre a una simplificación que no hace sino ahondar en la crisis, alimentar la escalada y desoír las razones del adversario (esperemos que no enemigo), mientras en todas partes surge la misma pregunta: y el 2-O, ¿qué?

Nadie tiene una respuesta y si alguien la tiene, no da pistas. Entretanto, a ambos lados de la divisoria crece la impaciencia a lomos de la incertidumbre. Alguien recuerda en Twitter la frase de Albert Einstein: “El nacionalismo es una enfermedad infantil, es el sarampión de la humanidad”, pero nadie se da por aludido, aunque el componente nacionalista es consustancial a la escalada en curso y todas las intervenciones llevan su sello. Hay un timbre nacionalista no reconocido, además de una inexactitud histórica, en la afirmación de Mariano Rajoy de que España es la nación más antigua de Europa; lo hay asimismo, en este caso aceptado, en la oratoria de Carles Puigdemont y sus aliados. Lo hay de forma manifiesta en la profusión de banderas en los balcones y en el argumentario desarrollado para la ocasión por los implicados en el problema (gobiernen o sean oposición).

Es de temer que de ahora al día D todo empeore, incluidas las pulsiones nacionalistas envueltas en dos banderas y en la remisión al heroísmo de los antepasados. Algo que lleva inexorablemente a la confrontación crónica, de acuerdo con el diagnóstico del filósofo italiano Norberto Bobbio: hablar o volver a combatir. En el caso hispano-catalán, hablar o seguir en ese viaje a ninguna parte que tensa las relaciones sociales, las perspectivas económicas, la convivencia entre ciudadanos y la inquina entre discrepantes. Hablar o volver a combatir, hablar o seguir como estamos, sumergidos en una discordia permanente en la que cada parte cree ser depositaria de lo cierto, de lo noble, de lo honrado, de lo decente, de aquello que no admite discusión porque lo dice un juez o tribunal, porque así lo aprobaron unos diputados, porque así se entiende en el derecho internacional o porque así es la democracia y cualquier opinión alternativa está cargada de impurezas. Todo verdades parciales, medias verdades, verdades incompletas que condenan a los litigantes a seguir litigando. En esas estamos.

Pasaje a Tangentópolis

Tangente. Palabra italiana que se aplica a la propina o soborno percibido por un político a cambio de favores.

Tangentópolis. Nombre con el que se conoce las redes de corrupción política puestas al descubierto por los tribunales de Italia en los años 90.

 

Salvo que alguien esté en condiciones de demostrar que una mano negra ha colocado el plato de porquería delante del ventilador para que salpique a todo el mundo, la multiplicación de casos de corrupción en España nos conduce directamente a una crisis del Estado y de los valores democráticos. Es insoportable la pestilencia que emana de los basureros y no hay teoría conspirativa de la historia capaz de desviar la atención acerca del hecho cierto de que los partidos –al menos, muchos de ellos– en todos los peldaños del poder se deslizan por la pendiente de la deslegitimación. La sospecha generalizada se ha adueñado del argumento de la tragedia, y no hay forma de dejar a salvo a los inocentes si antes no se produce la condena de los culpables; no hay manera de que el deshonor quede acotado a los tramposos si los partidos no actúan con diligencia, limpian la casa de parásitos y se dejan de circunloquios para salvar los muebles.

Es profundamente reaccionario sostener que todos los políticos son iguales –como asegurar que todas las mujeres son iguales, que todos los hombres son iguales, que todos los empresarios son iguales, y así sucesivamente–, porque niega la originalidad genuinamente única de cada individuo, pero una de las consecuencias inmediatas en un ambiente dominado por la sospecha universal es que justamente los pareceres más reaccionarios son los que finalmente se adueñan de la opinión pública y la manipulan a su antojo. Desde luego, no todos los políticos son iguales, pero hace falta saber hasta el último apellido de cuantos deshonran al colectivo en el Gobierno, los partidos, los sindicatos, los ayuntamientos, las comunidades autónomas y cualquier otra instancia de poder en la que quepan el latrocinio, la comisión, el favor, el escándalo, la doble contabilidad con su correspondiente doble moral: la ejemplar, que forma parte de la propaganda y la labor de los agitprop; la de situación, que se extiende como una epidemia en los salones del poder y aledaños.

Innerarity

Daniel Innerarity vaticina que en un mundo sin política “perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer”.

Daniel Innerarity ha escrito esta semana en El País: “En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer”.  Un mundo sin política sería profundamente injusto, arbitrario y asimétrico porque, como dice el articulista, la política es el único salvoconducto del ciudadano medio hacia un orden social equitativo, garantizado por las leyes, la neutralidad del Estado y la honradez de los gobernantes. Lo que ocurre es que la misma sociedad necesitada de la política y de los políticos, reniega de estos cuando los bochornos se repiten con frecuencia diaria, cuando quienes un día prometieron dimitir si les alcanzaba algún escándalo, se niegan a hacerlo cuando les ha alcanzado, cuando no hay forma de saber dónde acaba la verdad y empiezan las maniobras de intoxicación, cuando los partidos se cierran como las valvas de un molusco para evitar el escrutinio público, cuando los tribunales son tan parsimoniosamente lentos que dejan de cumplir con uno de los requisitos básicos: que la justicia se administre de la forma más rápida posible. Y así resulta que se contabilizan en España más de 400 políticos imputados, pero muchos de ellos siguen en sus puestos, otros hibernan en una especie de limbo condescendiente con los pecadores y solo unos pocos han sido condenados, y penan por ello, o han sido exonerados de toda culpa.

En Italia saben bastante de todo esto. A principios de los años 90, la primera república reventó por las costuras y a aquel régimen construido a la medida de las miserias de la guerra fría, las exigencias de la Mafia y la necesidad de levantar la economía a toda prisa para neutralizar el ascenso de la izquierda y los sindicatos se lo llevó la riada provocada por los jueces y fiscales reunidos en lo que se denominó Mani Pulite –nada que ver con el nombre del minisindicato de extrema derecha Manos Limpias que acude con frecuencia a los juzgados de guardia–, el Estado zozobró, en plena tempestad dejaron de existir la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, un primer ministro, Bettino Craxi, se exilió en Túnez, donde murió en el 2000, y, en medio de todo aquello, un financiero bajo sospecha fijó la agenda política de los siguientes 20 años, desde el Gobierno o desde la oposición. Así empezó el reinado de Silvio Berlusconi, durante la digestión de Tangentópolis y el alumbramiento de la segunda república; así fue como un populismo zafio se impuso a las grandes corrientes ideológicas de la posguerra. Y así es como hoy el berlusconismo es capaz de meter en la campaña de unas elecciones cruciales (24 y 25 de febrero) el fichaje de Mario Balotelli por el Milan, propiedad de Il Cavaliere, como una variable que puede elevar hasta dos puntos la intención de voto del Pueblo de la Libertad.

Paolo Flores

Paolo Flores d’Arcais: “Ahora ya está claro para todo el mundo que Berlusconi y su partido (como, por lo demás, la Liga Norte, una vez más aliada suya) nada tienen que ver con la democracia”.

El comportamiento observado en Italia se asemeja mucho al que parece imponerse aquí; la lógica de Tangentópolis también era muy parecida a las tramas de corrupción, comisiones, intercambio de favores, financiación irregular de los partidos y fuentes de ingresos inconfesables. La infección en Italia dañó la espina dorsal del Estado y el relato de los acontecimientos en España va por el mismo camino. En vez de hacer limpieza, se intenta limitar los daños y, mientras tanto, la opinión pública asiste atónita a la multiplicación de explicaciones que a nadie convencen, sino que, por el contrario, abonan la desconfianza y la sospecha y, de paso, inducen a algunos a buscar soluciones milagrosas, caldo de cultivo del populismo. Por eso Berlusconi se atreve a decir que “Mussolini hizo cosas buenas”, porque no afecta a sus expectativas electorales.

“Ahora ya está claro para todo el mundo que Berlusconi y su partido (como, por lo demás, la Liga Norte, una vez más aliada suya) nada tienen que ver con la  democracia, ni tan siquiera en su acepción de derechas, sino que constituyen, por el contrario, la versión italiana del lepenismo (o del putinismo, si se prefiere): la agresión populista, alimentada incluso de racismo, y si es necesario de clericalismo, contra la constitución republicana”,  afirma el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais. Pero antes el Estado se vio sometido a la demagogia y al escándalo, al desprestigio y a la burla, sin que Italia pudiera evitar en buenas condiciones una sola de las epidemias desencadenadas por la crisis económica. Por el contrario, la política proyectó sobre la sociedad la sombra de un individualismo recalcitrante, obsceno, y el Gobierno dejó de tutelar los valores y principios de la democracia que Norberto Bobbio incluyó en su día en El futuro de la democracia.

¿Cómo es posible salir con daños asumibles de un laberinto así? María Dolores de Cospedal se queda corta cuando se remite a “que cada palo aguante su vela”. Se queda muy corta porque, en realidad, debiera haber dicho “que cada partido, institución o similar aguante su vela”. Porque no es un problema de individuos que campan por sus respetos: la corrupción se difunde a la velocidad de la luz cuando, como es el caso, dispone de redes complejas gestionadas por desaprensivos que, en los casos menos graves, buscan recursos donde sea para financiar al partido y, en los más sonrojantes, buscan la forma de llenarse los bolsillos. Cuando coinciden ambos objetivos, el índice de podredumbre crece en progresión geométrica. Si a ellos se suma la utilización oportunista de una institución a la que la Constitución confiere una naturaleza excepcional –la Corona–, se pasa en un suspiro de la sorpresa y el desagrado al vértigo.

Cacciari

Massimo Cacciari: “La discusión no ha de versar solo sobre quién va a ganar, sino sobre los peligros que amenazan al sistema”.

Del caso Palau al caso Bárcenas, del caso Pallarols al caso Mulas, del caso Gürtel a la operación Clotilde, del embargo preventivo de la sede de CDC al caso de los ERE en Andalucía, del caso Urdangarín al caso Matas, del caso… Demasiados casos para no recordar estas palabras de Massimo Cacciari, otro brillante pensador italiano, pronunciadas en 2001, durante la campaña de las legislativas de aquel año: “La discusión no ha de versar solo sobre quién va a ganar, sino sobre los peligros que amenazan al sistema”. El mayor de todos ellos es que finalmente se produzca un pacto implícito en el seno del establishment político que arrincone el imperativo categórico kantiano y ponga en su lugar un relativismo moral destinado a justificar las peores lacras del sistema. Agravado en el caso español por las debilidades estructurales puestas de manifiesto por la crisis económica y la tensión centro-periferia concretada en el soberanismo de una parte del arco parlamentario catalán.

Este agravamiento pesa tanto en la conciencia colectiva de la sociedad española, enfrentada a la peor crisis moral de los tres últimos decenios, como en la imagen exterior que proyecta, empeorada por el silencio de Mariano Rajoy. No es ni mucho menos episódico que la portada de la edición digital del Financial Times del jueves colocara en lo alto la información publicada aquel mismo día por El País. Fácil es concluir que las grandes preguntas subyacentes estaban meridianamente claras: ¿se puede confiar en un Gobierno bajo sospecha obligado a tomar cada día decisiones impopulares?, ¿cuál es la solvencia de unos gobernantes que pueden sentirse tentados a rebajar la tensión interior mediante la relajación de la austeridad?, ¿qué sorpresas nos aguardan?, ¿qué fuerzas políticas pueden sacar partido del escándalo que zarandea al PP? No hace falta decir que el altavoz de la City no es precisamente un entusiasta de la unión política de Europa y desconfía por principio del sur, pero, aun así, no le faltan razones al periódico para abrir interrogantes llenos de sentido común, compartidos por el resto de las grandes cabeceras de la aldea global. En este caso no vale decir que “el infierno son los otros” (el sufrimiento viene de fuera), como se afirma en el famoso pasaje de A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre.

Tom Wicker

Tom Wicker retrató a Richard Nixon como alguien que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública.

El periodista Tom Wicker publicó en 1991 Uno de los nuestros: Richard Nixon y el sueño americano, un libro donde, según Carlos Fuentes en su ensayo póstumo Personas, se retrata al presidente como alguien que “no era extraño al bien y al mal –la ética– de Estados Unidos, sino un hombre eternamente insatisfecho que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública”, y que “involucró a la nación entera en el caso Watergate”. Esa es quizá la peor consecuencia de la corrupción, real o presunta: que al multiplicarse y extenderse lleva a todo el mundo a compartir la sensación de que vive en un lodazal, de que forma parte de una estructura política moralmente indefendible en la que solo tiene sentido preocuparse de las necesidades e intereses de uno mismo y olvidarse de la comunidad. Ese es el riesgo que se corre aquí y ahora en esa ceremonia de la confusión y de las medias verdades donde no solo está en juego el prestigio de algunas personas, sino el del entramado institucional sobre el que descansan la democracia como sistema y la solidaridad como compromiso moral.