Bárcenas se adueña del micrófono

Resumen de lo publicado entre poco antes y poco después de que Luis Bárcenas saliera de la cárcel previo pago de una fianza de 200.000 euros, que a muchos les parecen pocos menos que simbólicos, pero que se ajustan a derecho según conviene decir en aras de la corrección política y los buenos modales. Vayamos al resumen:

Los bancos andorranos no quieren testificar en el Parlamento catalán sobre las cuentas de Pujol, los dineros de los Pujol o al menos de algunos de los Pujol.

Carlos Floriano, del PP, dice de Luis Bárcenas: “Este señor nos engañó”. Pero el tal señor recibió el aliento decidido de Mariano Rajoy para que resistiese como un jabato.

No pasa un día sin un Gürtel ni semana sin imputación.

Juan Carlos Monedero, de Podemos, promete aclarar cuanto convenga de sus ingresos por trabajos facturados si se lo autoriza… Venezuela.

Tania Sánchez, de IU, tendrá que renunciar a su candidatura por Madrid si resulta imputada en un confuso caso de subvención pública de actividades privadas en las que aparece su hermano.

Susana Díaz, del PSOE andaluz, con el lío de los ERE de por medio (una burrada de millones), sopesa convocar elecciones para obtener la legitimación de las urnas antes de disputar el despacho del PSOE en Madrid a Pedro Sánchez.

Un juez requisa los contratos con la red Púnica en varias dependencias del Gobierno de la Comunidad de Madrid (las sospechas alcanzan a colaboradores directos de Ignacio González, presidente madrileño).

El matrimonio Urgandarín-Borbón vende por seis millones de euros el palacete de Pedralbes, en parte embargado.

Oriol Pujol da a entender que todos son inocentes (entiéndase, los Pujol).

El llamado caso Palau anda atascado en un galimatías procesal que quizá tenga justificación técnica, pero carece de justificación social.

Artur Mas se dispone a aprobar un presupuesto, apoyado por ERC, que incluye ingresos virtuales (dependen de la caja del Estado).

Mariano Rajoy y su séquito están exultantes con las cifras de empleo del 2014, pero resulta que hay más de cinco millones de desocupados, la tasa de paro se mantiene en el 23,7% y en 1,7 millones de hogares nadie tiene un puesto de trabajo.

Y así se podría seguir muchas líneas más a riesgo, claro, de sembrar el aburrimiento cuando no la depresión.

Datos de Transparencia Internacional correspondientes al año 2013.

Datos de Transparencia Internacional correspondientes al año 2013.

El filósofo Daniel Innerarity dice: “Si ponemos el foco en la corrupción, existe el riesgo de pensar que, si no la hay, la política funciona bien. Y a mí me preocupa más la política que no funciona bien cuando no hay corrupción. La política es un instrumento para dar solución a los problemas, por lo que no se trata tanto de un problema de rearme moral, sino de construir un sistema inteligente de gobierno”. El razonamiento resulta impecable, pero a la opinión pública, a los electores, a los contribuyentes, a los ciudadanos, a los votantes, a los administrados les resulta cada día más difícil comprender o aceptar que los administradores son servidores abnegados en su inmensa mayoría; los administrados circulan con la reserva de confianza bajo mínimos y cada día les viene más cuesta arriba admitir que eso de la corrupción es un submundo en el que se ha refugiado una minoría para enriquecerse a costa de la mayoría y de expandir el desprestigio de la política.

Innerarity sostiene, además, a propósito de la corrupción: “Se erosiona la única autoridad por encima de los técnicos, de los expertos. Indirectamente, esa crítica furibunda contra la clase política, a la que algunos quisieran ver fuera de juego, otorga una autoridad a técnicos y expertos que no deberían tener”. Eso está sucediendo ahora, y es un refugio ideal para que gobernantes mediocres y gestores osados se apareen y arrinconen la política, el viejo arte de afrontar los retos de cada época más allá de los libros de contabilidad y de las estadísticas interesadas. Cuanta menos política, más tecnocracia; cuanta menos política, más hojas de Excel, más Fondo Monetario Internacional y desmantelamiento del Estado de bienestar bajo el epígrafe de reformas.

Nada del todo nuevo bajo el sol. Maquiavelo escribió en los Discursos: “Adviértase también la facilidad con que los hombres se corrompen, y cambian de costumbres, aunque sean buenos y bien educados, trocando en malas sus buenas costumbres. Bien estudiados tales sucesos por los legisladores en las repúblicas o en los reinos, les inducirán a dictar medidas que refrenen rápidamente los apetitos humanos y quiten toda esperanza de impunidad a los que cometan faltas arrastrados por sus pasiones”. Lo que sucede hoy –los días de Maquiavelo no fueron muy diferentes en ese aspecto– es que quienes dicen ocuparse de atajar la corrupción albergan, al mismo tiempo, la preocupación de salir trasquilados, de que aquello pensado para sanear la vida pública se vuelva contra ellos o sus allegados políticos a través de una trama de intereses que quizá no controlan o de la que simplemente desconocen la existencia (es último es poco creíble).

Maquiavelo cree incluso preferible confiar en “hombres montaraces” –de nuevo, los Discursos– para fundar una república (entiéndase un Estado de nueva planta) que aquellos de “corrompidas costumbres” que acumulan la experiencia de quienes están avezados en ejercer el poder. A saber si al autor de El príncipe tendría por adecuado cambiar los “hombres montaraces” por recién llegados sin mayor experiencia de gestión política que las tertulias y las aulas universitarias ni más avales que sus promesas bien intencionadas, para el caso Pablo Iglesia y su equipo de Podemos. Pareciera que es ese un ropaje muy sucinto para afrontar el rearme moral que Innerarity no cree primordial, aunque quizá los votantes lo estiman indispensable para superar la insoportable levedad del ser que se ha adueñado de una comunidad decepcionada, desencantada, quizá desesperanzada, aunque Luis de Guindos coseche en Davos felicitaciones de muy variada procedencia, tributarias la mayoría del recetario contra la crisis redactado por los economistas del Bundesbank.

El filósofo Emilio Lledó declaró a El País el 15 de noviembre del 2011, cuando ya llovían chuzos de punta a causa de la corrupción, aunque menos que hoy: No podemos dejar el país en manos de una política con una parte regida por oportunistas y por indecentes. Que el imperio de la indecencia domine en la política es intolerable; ese imperio es fruto del dominio de ciertas oligarquías que piensan que lo único que hay que hacer es ganar dinero y crear ideologías aptas para que esa oligarquía siga con poder”. Pero al escuchar los noticiarios y leer los periódicos desde que Luis de Bárcenas agarró el micrófono a las puertas de la cárcel es difícil sustraerse a la idea de que la agenda política la marca la indecencia de quienes están dispuestos a poner el plato de detritus frente al ventilador para ensuciar a todo el mundo y, de paso, aligerar su cargamento de porquería. Porque al sembrar la sospecha en todas direcciones y socavar el prestigio de todo el mundo, con fundamento o sin él, todos los Bárcenas que hoy se pasean por los juzgados inducen a una opinión pública aturdida a concluir que todos son lo mismo, que ellos no han hecho ni más ni menos que lo que han hecho los demás: llenarse los bolsillos con comisiones, concursos amañados, black cards, cuentas en paraísos fiscales o cualquier otra desvergüenza imaginable o por descubrir.

Esa idea de que todos son lo mismo, de que todos frecuentan la misma alcantarilla, es profundamente reaccionario, antidemocrático e inmoral, pero suma cada día más adeptos y no hay otra forma de salirse de ella que atender a quienes como Antonio Sitges-Serra en este periódico reclaman a los políticos, a los que hasta ahora han dispuesto del poder y a cuantos puedan verse en el futuro en parecida situación, “un propósito de enmienda” que les autorice a ganarse “nuestra confianza y nuestro voto”. Esta petición o ruego tan sencillo, manifestar “un propósito de enmienda”, se halla en las antípodas de la peor versión de la charcutería política que asoma por todas partes, de la política de bajos vuelos pergeñada por gabinetes de asesores encargados de buscar la forma de retener el poder o de conquistarlo mediante las encuestas, los sondeos y los programas que se olvidan en cuenta se apagan los focos al final de cada campaña y empieza el recuento de votos. Se halla, asimismo, en las antípodas del rictus forzado de Rajoy al llegar a la convención del PP mientras Bárcenas seguía con sus declaraciones envenenadas y marcaba el tempo a la orquesta.

“El conformismo es una ideología peligrosa”, declaró el gran periodista y pensador francés Jean Daniel en el 2008. Y el conformismo, debe añadirse, es una forma de pesimismo o de sometimiento, puede que de fatalismo, que alimenta en gran medida el rumbo tomado por la política, sometida a las exigencias implacables de los finanzas globales y al diagnóstico de los tecnócratas. Pero alimentado también por la sensación de impunidad –quizá inexacta o exagerada, pero sensación al fin– de la que disfrutan los Bárcenas de toda ralea, una sensación acrecentada por la salida de la cárcel del exsenador, cuya justificación jurídica, en principio, no hay que poner en duda, aunque mueva a muchos a ver en ella un trato de favor o una mayor comprensión que no alcanza a otros procesados en causas que provocaron menor escándalo, alarmaron menos o simplemente no llegaron a conocimiento de la opinión pública. Serían un gran logro que antes de las elecciones de mayo se impusiera la movilización regeneradora al conformismo para evitar que sean los Bárcenas de turno quienes dicten las reglas de campaña.

Señales de alarma en Europa

La pregunta del millón de dólares que inevitablemente sigue a los resultados del último domingo en la UE es esta: ¿los gobernantes europeos son conscientes de las dimensiones del terremoto? O la pregunta es esta otra: ¿al correr del tiempo, los historiadores escribirán, como ha pronosticado Timothy Garton Ash, que la cita del 25 de mayo “fue la señal de alarma que Europa no oyó”? Si la respuesta a la primera pregunta es afirmativa, aún queda otra por responder no menos comprometida: ¿se conformarán con meros retoques cosméticos, se supone que para ganar tiempo al tiempo? Si la respuesta es, de nuevo afirmativa, los pasos se dirigen inexorablemente hacia la segunda pregunta. Si la respuesta a la primera pregunta es negativa, la estación de llegada es, una vez más, la segunda. Esto es, salvo una vigorosa reacción de los grandes estados de Europa, seguirá creciendo el conglomerado de partidos que impugna la UE realmente existente o, aún peor, es su enemigo declarado y aspira a salirse de ella. A corto plazo, puede suceder una de estas dos cosas: que las elecciones nacionales, con menos abstención, corrijan el sentido del voto en muchos países y el statu quo tenga continuidad, con pequeños retoques al alza para los partidos situados a derecha e izquierda del núcleo democracia cristiana-liberalismo-socialdemocracia y marcas similares o que una mayor participación no haga más que subrayar la dimensión de los cambios apuntados en las elecciones europeas. En el primer caso, los partidos de la casta, en expresión de Pablo Iglesias (Podemos), podrán mantener las políticas dictadas hasta el presente para conllevar la crisis económica; en el segundo supuesto, la crisis de identidad, que ya hoy parece un terremoto, puede hacer de Europa un rompecabezas ingobernable, agitado por un descontento crónico, militante y quién sabe si organizado. Si la opción que toman los gobiernos, y que condicionará los trabajos de la nueva Comisión, es forzar el lenguaje para vender cambios lampedusianos como una rectificación de lo hecho hasta la fecha, entonces habrá que ver la capacidad de resistencia del entramado europeo ante la reacción social. La exprimera ministra de Francia Edith Cresson, a la que nadie puede definir como radical, al analizar la victoria obtenida por el Frente Nacional (extrema derecha) en su país echa mano de algunas ideas que son aplicables a otros muchos estados con la partida políticamente profundamente alterada por las urnas europeas. “[El resultado] traduce la gran decepción de los franceses con relación a los partidos, diría incluso que la desesperación sentida ante los caminos sin salida trazados por las políticas precedentes. Los franceses son capaces –afirma Cresson– de apretarse el cinturón por solidaridad, a la espera de días mejores, pero cuando ven que no llegan, viven este sacrificio como una traición”. ¿Alguien puede dudar de que los sacrificios dictados por Europa no han provocado sentimientos parecidos a los descritos por Cresson no solo en Francia, sino también en el sur europeo en general, que han llevado a muchos ciudadanos a quedarse en casa o a renegar de su decantación política tradicional y emitir un voto de protesta y hartazgo a favor de opciones políticas hasta la fecha marginales y, en muchos casos, perfectamente democráticas? La perspectiva de una gran coalición del PPE y el PSE, encabezada por el luxemburgués Jean-Claude Juncker, que parece la salida más que probable a la aritmética del Parlamento Europeo, puede poner de acuerdo a los estados y alegrar las bolsas, pero es dudoso que sirva para atenuar la desafección, cuando no desconfianza, de muchos europeos. Es decir, no de los euroescépticos o los eurófobos, que desean darse de baja del club, sino de aquellos europeístas que han llegado a la conclusión de que esta Europa no va con ellos. Redundar en la austeridad, los recortes, la mutilación del Estado del bienestar, el empobrecimiento de las clases medias y las exigencias de la economía financiera, que ha sido la constante del último quinquenio, defendida con entusiasmo por la Comisión presidida por José Manuel Durao Barroso, acrecentará el descontento y agravará la imagen que devuelve la UE cuando se mira al espejo: una superestructura insensible a cuanto queda fuera de los balances contables. Si la gran coalición sale adelante sin contrapartidas para suturar las heridas del paro juvenil, del crédito ausente, de las empresas dejadas a su suerte y de otras lacras de la crisis, no se hará realidad uno de los requisitos para el futuro: disponer de una Comisión que, como reclama el exeurodiputado francés Philippe Herzog, presidente del think tank Confrontations Europe, esté “rehabilitada y reformada para servir al interés general”. Porque, he ahí la gran decepción de muchos europeos, cada día está más extendida la creencia de que la UE ha dejado a un lado el interés general para abordar una reforma radical del pacto social que hasta la fecha ha distinguido el modelo europeo. Para los sistemas de partidos surgidos de este modelo o autores de este modelo, la quiebra del mismo entraña la del propio sistema, y cuando un sistema consolidado de partidos salta por los aires, lo que sigue es una profunda crisis de confianza con alternativas personalistas. El ejemplo del hundimiento de la Cuarta República en Francia, que fue sustituido por un orden político que orbitó alrededor del general Charles de Gaulle y sus herederos ideológicos hasta la victoria de François Mitterrand en 1981, más de veinte años más tarde, y la crisis del sistema de partidos en Italia, que hizo de Silvio Berlusconi la referencia permanente de la marcha de la política, son precedentes dignos de tenerse en cuenta. Con la particularidad en nuestro azaroso presente de que la tendencia es la fragmentación política, la existencia de parlamentos multicolor que, como el que salió elegido el día 25, vaticina un futuro llenó de dificultades para constituir mayorías estables y cohesionadas para gobernar. Es del todo lícito quedarse en el formalismo de la gran coalición en Bruselas, y de otras grandes coaliciones a escala nacional, como la que gobierna en Alemania, ateniéndose a las sumas y restas de votos y al juego de las mayorías y de las minorías, pero hacerlo es no prestar atención a las preferencias apuntadas en las urnas. La pérdida de diputados experimentada por el PPE y el PSE es una tendencia a escala europea, el éxito del UKIP en el Reino Unido lo es también en un entorno profundamente receloso de la construcción política de Europa; el resultado de Podemos e Izquierda Unida, en España, y el de Syriza, en Grecia, indica una dirección; el resultado, en sentido contrario, del FN, en Francia, y Amanecer Dorado, en Grecia, autoriza toda clase de preocupaciones; la proliferación de agrupaciones variopintas –pro y anti, progresistas o radicalmente reaccionarias– induce a suponer que la política refleja cada vez más la fragmentación social. Las grandes corrientes de pensamiento tradicionales en la política europea de los últimos sesenta o setenta años aparecen zarandeadas por otras de nuevo cuño que, liberadas del compromiso y el desgaste de gobernar, cuentan sus apariciones por éxitos. Al mismo tiempo, la desinhibición de algunos líderes subidos en la cresta de la ola de los sondeos favorables les pone a resguardo de situaciones que, en otras condiciones, les saldrían carísimas en votos. Así se explica que Marine Le Pen haya cosechado un resultado espectacular a los pocos días de que su padre afirmara que el señor Ébola puede solucionar en tres meses los problemas demográficos de África. Ha dejado de ser eficaz la invocación de la responsabilidad para justificar algunas medidas incluidas en los programas de austeridad europeos. Mientras los gobernantes que las han llevado a la práctica recurren a su sentido de la responsabilidad para dar contenido ético a las medidas adoptadas, quienes sienten sus efectos han llegado a la conclusión de que son víctimas de un despropósito, cuando no de un engaño, de un juego en el que no quieren participar o en el que han decidido participar como adversarios de quienes suponen son los causantes de sus desventuras. Quizá, en último término, el mejor resultado derivado de la transformación social inducida por la crisis económica sea el final de los cheques en blanco, de esa tendencia cada vez más extendida en virtud de la cual los partidos tienden a guardar sus programas electorales bajo siete llaves en cuanto llegan al poder. ¿Han captado el mensaje los líderes europeos?