China y Estados Unidos oscurecen el futuro

La sesión anual de la Asamblea Nacional Popular (ANP) que se desarrolla en Pekín ha dejado al descubierto en toda su crudeza los efectos de la pandemia sobre la mayor de las economías emergentes, que pretende disputar la hegemonía a Estados Unidos, y el agotamiento del modelo resumido en el enunciado un país, dos sistemas. Por primera vez en casi 30 años de crecimiento a toda máquina, un primer ministro, Li Keqiang, ha renunciado a fijar un objetivo de crecimiento y, al mismo, se ha remitido a la aprobación de una ley de seguridad nacional para encauzar la crisis política en Hong Kong, acabar con la movilización secesionista y preservar el vigor de las finanzas en la antigua colonia británica.

¿Dos caras de una misma moneda o los problemas en Hong Kong son solo una preocupación menor? Seguramente, no porque la inmediata reacción de Estados Unidos a la eventual contracción de los derechos políticos de los hongkoneses vaticina nuevos motivos de tensión, con la más que probable afectación de las relaciones comerciales entre los dos países, sometidas a un régimen permanente de ducha escocesa. Basta tener presente que, en el mejor de los casos, la economía china crecerá en 2020 el 1,2%, muy lejos del 6,1% de 2019, según diferentes informes no oficiales recogidos por medios tan prestigiosos como Le Monde y The New York Times. Pero este crecimiento está sujeto a variables tan volátiles como la reactivación de los intercambios con la Unión Europea y el mantenimiento por Estados Unidos de las reglas del juego –proteccionista– acordadas durante la segunda mitad de 2019.

Las reservas expresadas por Lawrence Summers en otoño pasado sobre la consistencia del acuerdo para limitar la imposición de aranceles a los productos chinos en Estados Unidos y viceversa siguen siendo del todo pertinentes. “Hay cuestiones más profundas y más grandes que están frenando la rápida expansión global”, dijo entonces el exsecretario del Tesoro estadounidense, y entre ellas se cuenta sin duda la movilización social en Hong Kong, que hace tiempo dejó de ser flor de un día. Y hace aún más tiempo dejó de analizarse a la luz de sus dimensiones geográficas porque plantea una pregunta cuya respuesta resulta harto complicada: ¿hasta dónde puede dar de sí el experimento chino: capitalismo y globalización pilotados por un partido nominalmente comunista?

Los primeros años de este siglo se hicieron cálculos sobre las necesidades mínimas de crecimiento para que las grandes ciudades chinas absorbieran la mano de obra procedente del campo. La conclusión más compartida fue que por debajo de un crecimiento anual del 7% era poco menos que imposible que el mercado laboral diese cabida a los flujos migratorios. Es innecesario subrayar que las estadísticas de expansión de la economía para el año en curso quedarán muy por debajo de las necesidades y pueden empeorar sin remedio si rebrota la guerra comercial. De momento, el presidente Donald Trump ha adelantado que “actuará con fuerza” si la ANP aprueba la ley de seguridad.

La reacción de Trump confirma aquello que el profesor Daniel Innerarity analiza en Una teoría de la democracia compleja: la simplificación de los desafíos y la ineficacia y los riesgos que ello entraña. Al mismo tiempo, los problemas que afronta el modelo chino obligan a plantear una vez más en qué momento capitalismo y dictadura se convierten en realidades incompatibles. O, quizá, es preciso preguntarse por la necesidad que tiene el capitalismo de asentarse en regímenes deliberativos, a partir de un determinado estadio de desarrollo, mediante un pacto social que permita gestionar las tensiones sociales. Se trata de una cuestión que afectará directamente a la configuración de un nuevo mundo bipolar con un marco de referencia sustancialmente diferente al de la guerra fría.

Algunas señales de alerta están ahí, propiciadas por la gestión y la salida de la pandemia. Mientras el Gobierno de Estados Unidos insiste en que no le concierne comprometerse en nada que no responda a los intereses inmediatos del país, China multiplica sus gestos de complicidad –en apoyo de la OMS, suministrando material sanitario, embozando a los participantes en la ANP– y asistencia a la comunidad internacional. Con el efecto añadido de mejorar la imagen de un sistema autoritario, subrayar su eficacia y contrarrestar a los críticos. Que tal proceder neutralice las dudas sobre el recuento de muertes en China, el secretismo con que abordó el contagio del virus durante las primeras semanas y otras zonas oscuras de la crisis en curso, es algo que está por ver, pero, por el momento, la gestión china de la pandemia entusiasma a los partidarios confesos o encubiertos de las soluciones autoritarias.

Claro que el fenómeno es extrapolable a la fortuna que cosecha el apoyo de Trump a quienes se movilizan en Estados Unidos contra el confinamiento y las restricciones económicas. El entusiasmo patriotero de los manifestantes de Núñez de Balboa, envueltos en la bandera y difundiendo sandeces, se inspira en el nacionalismo, asimismo abanderado y ágrafo, de cuantos invocan los derechos individuales como gran y único argumento para comportarse como les plazca aunque pongan en riesgo la salud y la vida de sus compatriotas. Y esta escuela estadounidense de la desobediencia en nombre de los derechos del individuo –del individualismo exacerbado y de la cultura de frontera de los pioneros– se transmite a otros lugares mediante una emergente retórica ultraconservadora.

Ni el régimen chino y ni la Administración de Donald Trump son espejos en los que las democracias deban mirarse. Los dos modelos pugnan por contaminar el futuro con propuestas incompatibles con la sensatez y los equilibrios sociales, y ambos han convertido la recuperación económica en la gran ocasión de reclutar adeptos a su causa. El mayor problema para China es que, a causa de la pandemia, ha dejado de controlar algunas de las variables económicas que hicieron posible el milagro de su crecimiento imparable, y el mayor desafío para Estados Unidos es gestionar una economía con 40 millones de parados, cuyo futuro se oscurecerá aún más si el proteccionismo impuesto por la Casa Blanca y su oposición a ampliar las ayudas sociales se mantiene sin correcciones. El economista Paul Krugman lo ha resumido en muy pocas palabras: “Tras haber condenado ya a decenas de miles de ciudadanos a una muerte innecesaria, Trump y sus aliados se disponen a condenar a decenas de millones a privaciones innecesarias”. Estamos en el primer acto de la tragedia.

Sanders altera al ‘establishment’

Según se acerca la cita del supermartes, el establishment demócrata ha activado todos sus resortes para contener a Bernie Sanders y cerrar filas en torno a Joe Biden, a quien el segundo puesto logrado en las primarias de Nevada y varias encuestas que le son bastante favorables parecen augurarle un futuro más prometedor que el de hace unas semanas. Al mismo tiempo, entienden los asesores del Partido Demócrata que la hostilidad de la mayoría de medios hacia Sanders y la movilización de muchos de los mayores donantes de fondos influirá en el comportamiento de una parte del electorado. Algo que cabe poner en duda habida cuenta del dinamismo demostrado por el equipo de voluntarios que trabaja para el senador por Vermont, de la buena salud de las cuentas de campaña –el dinero no deja de fluir– y de la impresión que dejó el debate del último martes, cuando las arremetidas contra el veteranísimo político no parece que inquietaran a sus potenciales votantes.

El temor de los grandes donantes demócratas de que Bernie Sanders gane las primarias es que sea un candidato muy débil frente a Donald Trump. Para evitarlo, han multiplicado las muestras de apoyo a Joe Biden, pero crece la inseguridad y se ha apoderado de una parte del partido la sensación de que quizá ya es demasiado tarde. El semanario Time ha recogido esta idea no solo en el staff demócrata, sino muy especialmente entre donantes que ven en la campaña de Sanders una capacidad de movilización militante de la que los otros aspirantes carecen, especialmente en segmentos de votantes cuyo comportamiento puede ser determinante en las elecciones de noviembre, empezando por los menores de 30 años y continuando con diferentes minorías que sienten la presidencia de Trump como una agresión a sus intereses.

Time recoge, entre otras, la opinión de Jon Cooper, un donante centrista que apoya a Biden y que cree haber detectado un sentimiento de frustración en el partido por dos razones: porque ve a Sanders como seguro perdedor frente a Trump y porque la proliferación de candidatos moderados hace muy difícil que “uno de ellos sobresalga de la manada”. Resulta un poco sorprendente que cunda el desaliento con un número pequeño y no significativo de primarias celebradas hasta ahora, pero no es menos cierto que el debate del martes y la atmósfera que rodea a Sanders transmiten una sensación de seguridad que están lejos de poder exhibir los otros candidatos. Una seguridad que se basa en gran medida en una idea expresada por un consultor político: el senador ha conseguido muy pronto ser el favorito de todos los decepcionados.

La remisión a los decepcionados resulta quizá demasiado genérica para saber cuál es el alcance real de los apoyos que puede tener Sanders. Es más explícita de los riesgos que puede arrostrar la candidatura del senador la controversia que mantiene dividida al ala progresista del universo demócrata. Dos economistas ejemplifican tal división, ganadores ambos del Premio Nobel: Paul Krugman y Joseph Stiglitz. Mientras el primero niega en The New York Times que Sanders sea un socialista –“no quiere nacionalizar nuestras mayores industrias y reemplazar los mercados con una planificación centralizada”–, pero cree que autodefinirse socialista “será un regalo para la campaña de Trump”, el segundo se remite a algunas de las propuestas más llamativas del senador –sanidad universal gratuita, reforma radical de la enseñanza superior que acabe con el endeudamiento de los universitarios y sus familias– para concluir que su programa alarma a una parte significativa de los electores, que temen un aumento de la presión fiscal y una intromisión del Estado en su vida privada.

Lo cierto es que Sanders siempre ha dicho que es un socialista democrático, una etiqueta que a nadie desasosiega en Europa, pero en Estados Unidos altera el pulso la simple utilización de la palabra socialista y lleva el debate político a terrenos donde el recurso a la demagogia es una tentación permanente. Y no solo por parte de Donald Trump y su equipo, sino en el mundo liberal, equivalente a progresista, que entiende que la gestión y solución de problemas sociales no debe invadir la libre iniciativa de los individuos. Es este un sentimiento muy arraigado, que Sanders no violenta con su programa de la misma forma que el presidente Barack Obama no lo hizo con la reforma sanitaria, aunque lo atacaron justamente en esta dirección. Pero una cosa son los hechos y otra muy distinta, las emociones.

El comportamiento de los medios, incluso de tradición liberal como The Washington Post y la cadena MSNBC, está íntimamente relacionado con el calificativo socialista democrático que Sanders aplica a sus ideas y programa. Como si su dilatada carrera en el Congreso y su participación hasta la última curva en las primarias de 2016, que ganó Hillary Clinton, no fueran razones suficientes para considerarle un político integrado en el sistema cuyo éxito momentáneo en la convocatoria de 2020 se debe en parte al hartazgo de muchos ciudadanos, exhaustos con la presidencia de Trump y la vulgarización o degradación de la política que ha traído consigo. Más, claro está, la desinhibición de la ultraderecha y la inquietud de diferentes minorías que se sienten agredidas u olvidadas.

Cuando el digital Politico.com titula una de sus informaciones La campaña de Joe Biden aún no está muerta refleja al mismo tiempo una realidad y una esperanza. Porque detrás del exvicepresidente se cobija una poderosa maquinaria política y porque el deseo más extendido entre los forjadores de opinión es que la batalla por la presidencia la libre un representante acreditado del centro. Incluso el fichaje de Hillary Clinton por una red de emisoras de radio para que comente la campaña cabe interpretarlo en este sentido, porque todo el establishment, y no solo el demócrata, quiere ahuyentar cuanto antes las incógnitas de futuro que plantea Sanders.

Hasta ahora nadie se remite a precedentes históricos en los que un candidato no deseado, pero finalmente vencedor en la convención, fue dejado poco menos que a su suerte por el partido, pero el disgusto de la dirección demócrata con la candidatura del senador George McGovern en 1972 dio como resultado la mayor derrota de un aspirante a presidente: solo ganó en el estado de Massachusetts y en Washington DC. A casi medio siglo de distancia de aquellos hechos todo ha cambiado, pero quizá nunca más desde entonces el Partido Demócrata se ha sentido tan incómodo con un aspirante a participar en la carrera por la presidencia. El eco de la debacle de McGovern aún resuena hoy en el oído de los más veteranos: el eslogan del candidato America vuelva a casa –la guerra de Vietnam todo lo contaminaba– dio pie a que unos grafiteros llenaran algunas paredes con la frase George vete a casa. Salvo que el supermartes aclare el panorama, es muy aventurado predecir adónde puede llevar ahora al Partido Demócrata la intranquilidad de su núcleo duro.

 

China, ante una crisis de credibilidad

La orientación dada por el régimen chino a la gestión del coronavirus obliga una vez más a sopesar la naturaleza del sistema, su eficacia o debilidad, incluso su papel en la comunidad internacional cuando con harta frecuencia prevalecen la opacidad y el secretismo. Por mucho que la maquinaria de propaganda resucite viejos eslóganes, aliente el nacionalismo y pretenda desviar la atención hacia cuadros de segundo nivel del Partido Comunista y de la Administración –una misma cosa, en realidad–, lo cierto es que la cicatería y el retraso de Pekín a la hora de facilitar los datos esenciales de la epidemia han dificultado enormemente poner en marcha medidas preventivas y, de paso, han dado alas a una psicosis colectiva en todas partes, especialmente en Occidente. Un estado de ánimo, esto último, que obedece tanto a prejuicios arraigados durante generaciones como al comportamiento de las autoridades chinas, más afectas que nunca a la ancestral afición de la Ciudad Prohibida a ocultar o desvincularse de la realidad.

El desafortunado titular de The Wall Street JournalChina es el auténtico enfermo de Asia– que encabezaba un artículo firmado por el profesor Walter Russell Mead no invalida la consistencia de alguno de los argumentos desarrollados en él. En especial el que se refiere a la posibilidad de que el ADN del régimen chino desencadene algún día una catástrofe a gran escala: “Los estudiosos de la geopolítica y de los asuntos internacionales, sin mencionar a los líderes empresariales e inversores, deben tener en cuenta que el poder de China, por impresionante que sea, sigue siendo frágil. Un virus mortal o un contagio del mercado financiero podría transformar la perspectiva económica y política de China en cualquier momento”.

Los riesgos de paralización de sectores importantes de las economías desarrolladas, faltos de suministros y sin proveedores alternativos, justifican este temor incipiente. Lo justifican también las estadísticas crecientes de enfermos y fallecidos, las cuarentenas, la evacuación de personal destinado a China por inversores extranjeros y la imposibilidad de esclarecer a ciencia cierta cuándo tuvieron noticia en Pekín de los primeros casos de coronavirus, cuántas semanas tardaron en poner en antecedentes al resto del planeta y hasta qué punto el presidente Xi Jinping y su entorno optó por el encubrimiento, por esperar y ver en vez de informar y actuar a plena luz del día.

Aunque el China Daily, el periódico en inglés editado en Pekín, se prodiga en comentarios que aluden a prejuicios colonialistas en la reacción de Occidente –algo no descartable–, lo cierto es que el debate abierto se adentra en las peculiaridades del régimen comunista surgido en los primeros noventa como resultado del reformismo impulsado por Deng Xiaoping, que rescató a China del atraso y el ensimismamiento. Un debate al que se ha incorporado de forma más o menos explícita una parte de la opinión pública china, confinada en sus casas, con las escuelas cerradas, las calles vacías y una sensación generalizada de parálisis del tejido productivo. Un debate en el que, se quiera o no, se formula una vez más la gran pregunta: ¿cuáles son los límites o el futuro de un sistema pilotado por el Partido Comunista y entregado a un desarrollo acelerado de la economía capitalista? Planteado todo en los términos de un editorial del Financial Times: ¿puede una superpotencia económica y militar consagrarse como tal e impedir al mismo tiempo, de forma sistemática, la libertad de información y crítica?

El China Daily se centra en el ideario de algunos medios occidentales –“fue [el lenguaje] utilizado comúnmente por las fuerzas extranjeras que conquistaron China para justificar su trato inhumano con los chinos”– y se remite a las prácticas colonialistas de las potencias europeas en África: “Este idioma colonial también era común en África cuando los amos colonizadores consideraban que su religión, cultura y estilos de vida en general eran superiores a los de las personas ingenuas a las que percibían como enfermas e inmundas”. Y sin descartar que pueda haber una parte de verdad en el legado dejado por la cultura colonial en Occidente, asoma al mismo tiempo el análisis adelantado por el Fondo Monetario Internacional: la crisis abierta por el coronavirus puede dañar la de por sí débil recuperación económica.

Tan cierto es que la Casa Blanca ha puesto en marcha un gran aparato de propaganda dentro de su particular guerra comercial con China como que demasiados analistas de muy variada orientación ven en el desarrollo de los acontecimientos diversas amenazas ciertas. Y si el nobel Paul Krugman teme más a los antiliberales que el comportamiento de la autoridades chinas, a otros les preocupa más algo que el mismo Krugman describe con detalle: “Es un país que no es democrático en absoluto, cada vez es menos libre; es un capitalismo muy controlado que supone un reto para el modelo occidental. Es algo a lo que nos tenemos que acostumbrar. Hay diferentes tipos de capitalismo y diferentes modelos políticos también. La historia no ha terminado, hay diferentes modelos ahí fuera y pueden adelantarnos”.

“La gobernanza de China se ha vuelto menos transparente en las dos décadas posteriores al estallido del SARS, con el periodismo de investigación y otros informes y evaluaciones independientes enfrentando mayores limitaciones”, escribe Aditya Bhattacharji, un prestigioso experto en sanidad global del think tank Eurasian Group. El diagnóstico no es tranquilizador y permite poner en duda la fiabilidad de las autoridades chinas como gestoras de asuntos que atañen a la comunidad internacional y no solo a sus conciudadanos. Lo que es tanto como poner en duda la consistencia del milagro chino, fundamentado en un comunismo que consagra y legitima el derecho a enriquecerse, y que, al mismo tiempo, prohíbe la crítica independiente y la disidencia.

Nunca antes una crisis sanitaria había tenido tantas implicaciones políticas. El coronavirus ha sentado ante el espejo el modelo chino y se han puesto de manifiesto sus debilidades, fiabilidad y limitaciones, acaso su viabilidad futura si la fábrica del mundo no acomoda su potencia económica a los mínimos de transparencia que, de forma más o menos explícita, reclama la comunidad internacional en casos como los de una epidemia cuya contención nadie puede afirmar que se ha conseguido. Al menos no hay noticia confirmada de ello y la inquietud está justificada, más allá de los prejuicios y el comportamiento extravagante de quienes se han dedicado en el último mes a señalar a las comunidades chinas en todo el mundo como potenciales transmisoras de la enfermedad, una forma de xenofobia apenas encubierta.

Grecia se entrega a la derecha

El revolcón electoral sufrido por el partido Syriza en las elecciones legislativas celebradas en Grecia el domingo último es el resultado de varios factores concatenados que llevaron a una parte importante de los votantes a confiar el futuro a quienes son en gran medida responsables de los quebrantos del presente. La victoria con mayoría absoluta de Nueva Democracia, el resorte político de las élites conservadoras, no es indicativo de un cambio sociológico, sino más bien consecuencia de la decepción sembrada por la izquierda radical, que en 2015 precisó solo medio año para pasar de prometer auxilio a los afligidos a aplicar el programa de austeridad más duro impuesto por la UE a uno de sus socios. Alexis Tsipras, a la sazón primer ministro, hizo un rápido viaje al realismo desde las promesas inalcanzables, presionado por Bruselas, por los acreedores, por el encarecimiento inasumible de los intereses de la deuda y por el riesgo de tener que sacar al país del euro y devastar su economía mucho más de lo que fue devastada en los años siguientes.

La aplicación de una cirugía de hierro al caso griego a pesar de no representar más que el 2% del PIB de la UE operó como un aviso para navegantes –especialmente meridionales– y desactivó uno de los frentes más dinámicos de la nueva izquierda europea. Al mismo tiempo, fijó un modelo de salida de la crisis –la UE, el BCE y el FMI, todas las siglas a una– que tuvo mucho de austericidio y puso al frente de las operaciones a gestores guiados por la ortodoxia económica germánica, mientras Paul Krugman publicaba un libro titulado ¡Acabad ya con esta crisis!, casi un grito desesperado Una especie de teoría de la redención soslayó el coste social que iba a tener el tratamiento prescrito a Grecia o, lo que es peor, hubo especial empeño en negar la toxicidad de la cura.

Que el presidente saliente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, diga ahora “no fuimos solidarios con Grecia, la insultamos”, de poco vale. En los peores momentos de la crisis, Tsipras y el ministro de Economía, Yanis Varoufakis, a menudo un provocador, fueron presentados ante la opinión pública europea como depositarios de todos los malos imaginables, como políticos que se negaban a aceptar la realidad: el país había quebrado. Tan cierto era que la situación de la economía griega era un caso clínico de libro como que los dos gobiernos que precedieron al de Syriza –de Nueva Democracia y del Pasok– eran los grandes responsables de la situación heredada por la nueva izquierda. Pero se impuso la idea del castigo ejemplar –la “austeridad irreflexiva”, dice Juncker– para evitar quizá que otras heterodoxias aquí y allí, en especial en el sur, siguieran los pasos de Syriza.

La gran paradoja hoy es que uno de los responsables del desastre, Nueva Democracia, que se dedicó a falsear el déficit y engañó a Bruselas mientras estuvo en el Gobierno, está de vuelta, dirigido por Kyriakos Mitsotakis, un apellido habitual en el conservadurismo griego. Al mismo tiempo, no deja ser lógico el retorno de la derecha habida cuenta de la decepción de los electores con la izquierda, el escepticismo creciente –la abstención superó el 40%– y la necesidad imperiosa de salir del agujero, sea cual sea la complejidad del problema y sea quien sea el ejecutante. Si los predicadores de la utopía se vieron forzados a aceptar el empobrecimiento sin límites, quizá los divulgadores del realismo, los líderes de la derecha, sean capaces de atenuar los efectos de una miseria invasiva que ha dejado al país en los huesos, piensan quienes con su voto hicieron posible el bandazo.

Cosa distinta es si es factible rescatar a Grecia de los rescates –un triste juego de palabras– con un programa que pone por delante la bajada de impuestos y de los tipos de interés, la paulatina recuperación de las pensiones y la dinamización de una economía que en 2018 creció el 1,8%, puede que un buen dato para un país encauzado, pero modestísimo en un entorno de pobreza extrema. El hecho de que las condiciones para los tres rescates que ha precisado Grecia se hayan traducido en una caída del PIB del 40%, un programa de privatizaciones a marchas forzadas y una caída permanente de la renta disponible inducen a pensar que aquello que ofrece Nueva Democracia a una población exhausta no se traducirá en la práctica en mucho más de lo ofertado los últimos cuatro años por un partido como Syriza, convertido en administrador ortodoxo de la crisis.

“Las ideologías llevan inevitablemente a la decepción, porque tienden a lo perfecto, que luego el contacto con la vida real hace imposible”, sostenía Enrique Tierno Galván. De tal manera que el mismo defensor de la utopía como una meta irrenunciable, entendía que la realidad, los datos de la realidad, son ineludibles. La gran lección griega es que, como temía el más heterodoxo de los alcaldes que ha tenido Madrid, si todo se fía en la utopía, lo más probable es que el despertar a la realidad, a la correlación de fuerzas, dé paso a una decepción desmovilizadora que alimente el pesimismo social, tan característico del pensamiento conservador y tan ajeno a la base electoral de la izquierda.

Un analista del diario conservador ateniense Kathimerini estima que la victoria de Nueva Democracia “confirma el regreso a la normalidad después de una larga década de crisis que dividió al país penosamente”. Lo que no detalla el articulista es qué entiende por normalidad, en qué se traducirá y a quién beneficiará. Acaso no puede hacerlo ni aventurar cifras porque, como en el hundimiento del Titanic, en la salida de la crisis griega, si la hay, coincidirán más náufragos que salvavidas y, en consecuencia, a muchas de las víctimas no les aguarda más futuro que el de ser víctimas crónicas. Alguien debía haber dicho esto durante la campaña y aportar cifras para un mayor esclarecimiento de la realidad; otra vez la realidad que no se puede eludir.

Un ‘impeachment’ muy lejano

Se preguntaba Miguel Ángel Bastenier en uno de los últimos artículos que publicó en El País si Donald Trump tiene política exterior, y concluía que cuando más cómodo se siente es cuando actúa como “jefe de una tribu, más que de presidente”. Se diría que su papel favorito es el de macho alfa, mientras que las sutilezas de un mundo complejo, globalizado, escapan a su propensión a los planteamientos binarios de los problemas dentro y fuera de Estados Unidos. En esta forma atropellada de dirigirse a la opinión pública, en ese léxico exento de matices, como si mediante la simplificación de sus mensajes en Twitter simplificara asimismo el alcance de los desafíos, cree haber encontrado Trump la manera de contrarrestar la supuesta conspiración –caza de brujas, la llama– que arremete contra él.

Frente a la idea de un orden mundial 2.0 en el que todo está interconectado, sigue vendiendo Trump a sus seguidores el American first, aunque el 60% de los estadounidenses se declaran contrarios a la gestión del empresario solo cinco meses después de instalarse en la Casa Blanca, casi un asalto. Escribió Richard N. Haas, presidente del think tank Council on Foreign Relations, a poco de que Trump ocupara el Despacho Oval: “Las realidades de hoy exigen actualizar el sistema operativo –un orden mundial 2.0– basándose en la obligación soberana, la noción de que los estados soberanos no solo tienen derechos, sino también obligaciones hacia los demás”. Tal matiz no figura en el catálogo de preocupaciones del presidente a pesar de que las obligaciones –la lucha contra el cambio climático, una de ellas; la libertad de comercio, otra– son consustanciales a la globalización, a la noción última de que no hay compartimentos estancos, torres de marfil o jaulas de cristal a salvo de contingencias planetarias de efectos catastróficos, empobrecedores, al menos.

Detrás de todo ello, alienta un nacionalismo lleno de sonoros enunciados, pero de difícil concreción; un nacionalismo suficiente para captar el voto de las víctimas primeras de la crisis económica y de la desindustrialización, pero que con harta frecuencia se antoja destinado a encubrir un conflicto de intereses en el corazón del Estado. Salvo imperdonable ingenuidad, no hay forma de separar los objetivos empresariales de Donald Trump y su familia –la hija Ivanka, first daughter, acaso, y Jared Kushner, su marido– de los políticos del presidente en Estados Unidos y más allá. Algo que recuerda tanto el caso de Silvio Berlusconi, tan estudiado, que parece una nueva versión, puede que el plagio de una teleserie con muy parecidos actores y guionistas, rodada en inglés, por supuesto (un inglés bastante vulgar y poco trabajado, dicho sea de paso).

¿Es suficiente este populismo ultraconservador para salir al cruce de sospechas cada vez mayores acerca de los manejos poco escrupulosos de Trump? ¿Puede salvarle del impeachment, citado abusivamente, la posverdad ocultadora de la verdad, de los hechos empíricamente demostrables si es que existen tales hechos o embrollos o marañas? De momento, la deposición de James Comey, el director del FBI destituido por el presidente, ante el Comité de Inteligencia del Senado, deja a Trump aparentemente muy cerca de una futura acusación de obstrucción a la justicia, y el trabajo del fiscal especial Robert Mueller abunda en idéntica dirección a propósito de los intentos de la Casa Blanca de cercenar la investigación de la trama rusa durante la campaña electoral del presidente y en fechas posteriores. Para completar el cuadro, la relevancia que está adquiriendo la figura de Marc E. Kasowitz, abogado personal de Donald Trump, recuerda mucho la que en su día tuvo Herbert W. Kalmbach, abogado personal de Richard Nixon durante el escándalo Watergate.

Dicho esto, no puede soslayarse el hecho histórico de que solo en dos ocasiones la mecánica del impeachment ha llegado hasta el final y en ambas pararon el golpe los presidentes: Andrew Johnson en 1868 y Bill Clinton en 1999. El tercer caso, el más recordado y citado ahora, es el de Nixon, que presentó la dimisión el 8 de agosto de 1974 y evitó someterse a la preceptiva votación, fue perdonado por su sucesor, Gerald Ford, y tuvo tiempo de rehabilitar su figura ante el establishment de Washington o eso pareció al cabo de unos años. Y la historia pesa mucho, los precedentes son una referencia y los republicanos tienen mayoría en ambas cámaras del Congreso, un dato fundamental por más que el republicanismo clásico reniegue de un presidente tan improbable como Trump, tan sujeto a un programa indescifrable no solo en política exterior, que sin duda lo es, sino en el resto de apartados que indican cuáles son los objetivos tangibles de una Administración.

Que el presidente dé muestras reiteradas de desconocer la división de poderes –al menos, lo aparenta–, el sistema de contrapesos institucionales diseñado por los padres de la nación y los límites de la presidencia a pesar de la amplitud de sus atribuciones no significa que se avizore un impeachment a la vuelta de la esquina. “Sobre Trump y sus intereses con Rusia hay muchas sospechas, pero a fecha de hoy es pronto para plantear su destitución. Hay que encontrar las pruebas y demostrarlas”, ha declarado a EL PERIÓDICO Bob Woodward, develador del caso Watergate junto con su compañero Carl Bernstein. “No se pueden establecer paralelismos. Nixon estaba dispuesto a romper la ley y no le importaba hacerlo de forma agresiva y constante (…) Esto no lo hemos visto aún en el actual presidente. A fecha de hoy, Trump es una incógnita”, dice Woodward, esto es, no hay pruebas para fundamentar una acusación, un requisito ineludible.

Todas las teorías para sustituir al presidente eluden o apenas insisten en el doble principio acusatorio, competencia de la fiscalía, y probatorio más allá de toda duda razonable. Los juegos recreativos que sitúan al vicepresidente Mike Pence en la Casa Blanca antes de las elecciones legislativas de noviembre del 2018 y a Paul Ryan, líder de la Cámara de Representantes, en la vicepresidencia obedecen más al deseo de quienes fabulan que a la posibilidad cierta de que los acontecimientos se desarrollen de acuerdo con este guion. Ni siquiera se atreve a ir tan lejos alguien con opiniones tan contundentes contra Trump como Paul Krugman –“Su combinación de revanchismo mezquino y descarada indolencia, lo hace inepto para el cargo. Y eso es un enorme problema. Piensen por un minuto cuánto daño ha hecho este hombre en múltiples frentes en solo cinco meses”–; más bien teme que costará mucho moverle la silla por clamorosos que sean sus errores o desmanes.

Como explica el profesor Jan-Werner Mueller, de la Universidad de Princeton, el populismo es la negación del pluralismo, sustituido por el concepto de pueblo unido; este es el gran éxito de Donald Trump en lo que lleva de mandato. Y añade: “Hasta hoy, ningún ala derecha del populismo ha alcanzado el poder en Europa Occidental o en Estados Unidos sin la colaboración de las élites conservadoras instaladas”. Quiere decirse que Trump llegó a la Casa Blanca con el apoyo más o menos entusiasta del 90% de los votantes que se declaran republicanos a pesar de que muchos albergaban dudas sobre la solvencia del candidato, y las encuestas indican que apenas ha decrecido el entusiasmo entre los electores de base, sin que les importen demasiado las flagrantes contradicciones presidenciales entre los eslóganes y la praxis, entre el interés general y los intereses de sus empresas. Carece de sentido insistir con la hipótesis del impeachment a corto plazo salvo que el fiscal especial levante el pico de la alfombra y dé con las pistolas humeantes (la prueba irrefutable) del Rusiagate o con la pista oculta de los negocios trumpianos (“siga la pista del dinero”, le dijo Garganta Profunda a Bob Woodward en mitad de la tormenta del Watergate). Todo lleva su tiempo.

Trayectoria de colisión en EEUU

La tormenta desatada por Donald Trump antes de cumplir dos semanas en la Casa Blanca tendría la apariencia de un sainete o una comedia de enredo si no fuese porque es motivo de alarma generalizada dentro y fuera de Estados Unidos. En la memoria colectiva de la comunidad internacional no hay ninguna referencia remotamente parecida a la sensación de que el sistema está siendo agredido desde dentro por un presidente que, en un editorial de esta semana en The New York Times, se tacha de incompetente. Ni siquiera la desafortunada y aguerrida presidencia de George W. Bush transmitió tantos riesgos ciertos como la de Trump, apenas iniciada, pero que amenaza con minar todas las convenciones imaginables, con debilitar las relaciones con Europa y con envalentonar a la extrema derecha en todas partes, que dispone ahora de un símbolo con poder para ajustar sus mensajes y estrategias.

La reacción reprobatoria del expresidente Barack Obama, a tan pocos días de dejar el Despacho Oval, es un gesto comprensible frente a la zozobra de unas instituciones que parecen condenadas a convertirse en herramientas de un sectarismo grosero, frente a unas relaciones sociales obligadas a soportar una atmósfera irrespirable y frente a la pretensión del equipo de Trump de someter el Estado a un programa que Paul Krugman estima que es fruto de la ignorancia. Esto es: al mismo tiempo que el presidente enardece a la ultraderecha populista, xenófoba y aislacionista-nacionalista hasta ser su fuente de inspiración, Obama lleva camino de asumir el papel de referencia para los defensores de las sociedades abiertas, quizá, lisa y llanamente, de las sociedades sostenibles, ya que no armoniosas.

Dentro de la tradición democrática estadounidense es explicable la decisión del profesor Peter Singer, de la Universidad de Princeton, de no bajar a la calle a protestar hasta que Trump empezara a gobernar, pero transcurrida una semana desde el 20 de enero se movilizó ante los disparates acumulados por un rosario de órdenes ejecutivas radicales, alterado en sus más profundas convicciones por la capacidad destructora de la nueva Administración. En idéntico sentido, la pronta reaparición de Obama en la escena política no tiene precedente en la biografía de los presidente que dejaron de serlo, un dato que subraya la gravedad del momento, la preocupación por la suerte que puede correr un sistema que funciona mediante un complejo engranaje de contrapesos y controles que el equipo de Trump se manifiesta dispuesto a alterar. Dicho de otra forma: si no cambia Trump o se ve obligado a echar el freno, lo que realmente cambiará será la lógica de un modelo con bastante más de dos siglos de vida.

En la mar arbolada por la que navega Trump, las contradicciones resaltan la insensatez del programa puesto en marcha. Así resulta que ninguno de los siete países de mayoría musulmana recogidos en una lista negra ha tenido nunca arte ni parte en los zarpazos del terrorismo yihadista en territorio estadounidense, pero no figuran en la relación ni Arabia Saudí ni Egipto, de donde eran los muyahidines que desataron la tragedia del 11-S: 15 eran saudís y cuatro, egipcios. Así sucede también que el presidente ha abierto las puertas del Consejo de Seguridad Nacional al intemperante Steve Bannon –ultraderechista de manual–, pero ha restringido su participación en él al jefe del Estado Mayor, el general Joseph Dunford Jr., y al director de la Inteligencia Nacional, Dan Coats, que por definición son parte comprometida en las políticas de seguridad. Y así se puede seguir con las muy difundidas acometidas dialécticas de Trump con relación a Europa –nombrar para la embajada ante la UE a un antieuropeísta reconocido como Ted Malloch es un gesto desafiante –, con el famoso muro en la frontera con México, con esa habilidad especial para arremeter contra los aliados históricos de Estados Unidos y excitar los ánimos entre sus adversarios, asimismo históricos, salvo Rusia.

“Como demostró su primera semana en el cargo, Trump no tiene conocimientos básicos de la toma de decisiones de seguridad nacional, no tiene sofisticación alguna para la gobernanza y aparentemente poca comprensión de lo que se necesita para liderar a una nación grande y diversa”, afirma el editorialista de The New York Times en el mismo texto en el que tacha al presidente de incompetente. Pero acaso no sea esta opinión lo más llamativo, sino la posibilidad de que se concrete algo así como una presidencia paralela o en la sombra, compartida por dos asesores o colaboradores de Trump tan inexpertos y poco dados a las sutilezas como Bannon y Jared Kushner, yerno del presidente. En todo caso, rompe con una constante en las presidencias, por lo menos desde John F. Kennedy: salvaguardar el Consejo de Seguridad Nacional de la pugna política en caliente mediante la colonización del organismo por agitadores de la confianza del presidente, situados en el mismo plano que el consejero de Seguridad Nacional –en el presente, Michael Flynn– y el secretario de Defensa –hoy, James Mattis–, a quienes se supone expertos en la materia.

Portada de esta semana de 'The Economist'.

Portada de esta semana de ‘The Economist’.

Para una opinión pública en la que son mayoría los partidarios de Hillary Clinton –sacó casi tres millones de votos más que Trump–, pero quedó en minoría en el Colegio Electoral, es poco menos que una afrenta el nombramiento de Bannon y su influencia en cuanto ha hecho la Casa Blanca desde el 20 de enero. Ni reúne títulos para fijar el rumbo ni habilidad para evitar que cada decisión desate una tormenta, para que no dibuje una trayectoria de colisión que haga saltar por los aires algunas de las constantes vitales de la política estadounidense. “¿Cuál es el rumbo?”, se pregunta un comentarista en The Guardian. El de Un insurgente en la Casa Blanca, responde The Economist en su titular de portada de esta semana con una ilustración de Trump a punto de lanzar un cóctel molotov contra cualquiera de los numerosos objetivos señalados por él.

Las apelaciones a la prudencia de prestigiosos analistas, como David Ignatius en The Washington Post, concuerdan con el anhelo de que el insurgente atenúe su fogosidad y entienda que, si no se modera, con amenazas dirigidas a Irán o con ataques en Yemen fruto de una improvisación que persigue el impacto emocional inmediato, alimentará con gasolina situaciones de por sí incendiarias. La preocupación del republicanismo clásico por el salto en el vacío, por la convicción de muchos colaboradores de Trump de que el país debe administrarse como una empresa, por el comportamiento irreflexivo del nuevo Gobierno en áreas muy sensibles para la seguridad y la cohesión social, traduce la intranquilidad de una nación enfrentada a sus peores presagios dentro y fuera del pensamiento conservador. Porque al contrario de la lógica política, que sostiene que una gran potencia debe ser previsible salvo en momentos excepcionales, la Administración de Trump se ha convertido en un ente imprevisible a fuerza de llevar a la práctica promesas electorales que pocos creyeron que osara cumplir si lograba la victoria el 8 de noviembre. Se dijo que el triunfo obligaría a Trump a contenerse, pero no ha sido así: para sorpresa de la mayoría, pocas veces habló a humo de pajas, aunque su oratoria fuese –sea– abrupta y desordenada.

Trump ha cogido las riendas con el desparpajo inconsciente de quien cree que puede modelar la realidad a su antojo. Quizá porque en la teoría y la práctica de la difusión de realidades alternativas –la posverdad y demás técnicas de intoxicación informativa–, los hechos importan poco, no conviene atenerse a ellos y es preferible actuar como si fuesen otros diferentes a los percibidos por la mayoría como reales o cercanos a la realidad. Que eso pueda llevar a la larga a una crisis de Estado parece importar poco a quienes han alcanzado la cima del poder después de trasgredir muchas reglas que hasta la fecha siempre fueron respetadas. He aquí el punto de inflexión del 2017 vaticinado para la historia de Estados Unidos y para la del mundo por el nobel Joseph Stiglitz. Cuando lo dijo por primera vez, pareció una exageración, pero es evidente que no lo fue.

 

Trump, lastrado por la sospecha

“Las normas democráticas han sido y siguen siendo violadas, y cualquiera que rehúse reconocer esta realidad es en efecto cómplice de la degradación de nuestra república”, sostiene el nobel de Economía Paul Krugman en un artículo publicado por The New York Times con el expresivo título La elección corrompida. ¿A qué se refiere Krugman? A la movilización de hackers rusos que interfirieron en la campaña electoral en favor o apoyo de Donald Trump, un caso de deslegitimación moral agrandado con el extraño comportamiento del FBI, que diez días antes de la elección insinuó que podía disponer de nuevas pruebas que inculpaban a Hillary Clinton, pruebas que finalmente resultaron ser inexistentes. Conclusión: “El resultado fue ilegítimo de manera significativa: el ganador fue rechazado por el público y ganó el Colegio Electoral solo gracias a la intervención extranjera y al comportamiento burdo, inapropiado y partidista de los organismos nacionales de seguridad”, escribe Krugman.

Acaso sea este el artículo más duro dedicado a Trump desde su victoria del 8 de noviembre, y en él se aborda un factor primordial de la praxis política en democracia: la distinción o diferencia entre lo legal y lo legítimo. No hay en el triunfo de Trump asomo de manipulación de las papeletas o adulteración de los recuentos más allá de los inevitables errores mecánicos en un proceso en el que participan decenas y decenas de millones de ciudadanos. Pero hay demasiados datos que inducen a pensar, incluso a afirmar, que el presidente electo llegará al Despacho Oval por el tortuoso camino de la manipulación de la opinión pública trazado a la vez por una potencia extranjera y por una parte de la comunidad de inteligencia, inequívocamente decantada hacia el candidato republicano.

El nombramiento de Rex Tillerson, presidente de Exxon-Mobil y en muy buena relación con Vladimir Putin, induce a pensar que nada es casual en esta historia de interferencias en un proceso electoral que es el que entraña más consecuencias a escala planetaria. Mientras el Gobierno ruso apoya la condena al martirio decretada por el presidente de Siria, Bashar al Asad, para los habitantes de Alepo, ni una sola voz ni un solo gesto sale de la torre Trump, cuartel general del presidente electo. Nadie dice nada en el universo trumpiano para pedir que se detenga la carnicería, y la situación no es esta por respeto a la iniciativa diplomática de la Administración de Barack Obama –creerlo sería de una ingenuidad inexcusable–, sino porque Trump se dispone a cambiar por completo el marco de referencia de Estados Unidos en el mundo. Sin sopesar ni por un instante que con una diferencia de bastante más de dos millones de votos a favor de Hillary Clinton puede sostenerse sin equivocación que la mayoría en Estados Unidos se opone al giro que barrunta.

Otra vez lo legal y lo legítimo: el Colegio Electoral está legitimado para dar la presidencia a Trump, pero él no lo está para soslayar en qué condiciones se produjo la victoria y a quién votaron más ciudadanos el 8 de noviembre. Hay demasiadas sospechas de injerencias extraelectorales en el éxito de Trump como para aceptar que el único parámetro que debe tenerse en cuenta es aquel que se ciñe escrupulosamente a lo que establecen la Constitución y las leyes. De hacerlo, se alimenta la desconfianza en el sistema y el enconamiento del debate político entre bandos antagónicos.

Sin recurrir necesariamente a la propensión apocalíptica de Noam Chomsky o a un posible “fascismo amistoso”, vaticinado por Bertram Gross en 1980, la comunidad académica, el mundo de la cultura, las sociedades urbanas de las dos costas y la juventud ilustrada de Estados Unidos participan con preocupación en este doble debate: el de la legitimidad moral y el de los riesgos de fractura social. Las referencias que llegan de Europa son alarmantes: el populismo nacionalista, excluyente y xenófobo está ahí para disputar la hegemonía política a la tradición liberal, a las sociedades abiertas sustentadas en el pluralismo político, la diversidad y el respeto a la autonomía de los individuos. Y este trasfondo preocupa tanto o más que la victoria misma de Trump porque fija un rumbo que pretende contener el mestizaje cultural, la economía global y el multilateralismo, realidades todas ellas llenas de problemas, pero preferibles al sectarismo, el proteccionismo y un aislacionismo de geometría variable (business is business).

Al mismo tiempo, se antoja inquietante el papel desempeñado por las nuevas plataformas de comunicación, que quizá sean también de desinformación. La posverdad reina en las redes sociales, y el fact checking (comprobación de los hechos o de los datos) practicado por algunos medios tiene un impacto modesto en medio del ruido imperante en la aldea global. Hay ahí también un factor de deslegitimación o de manipulación a gran escala, una violación de las reglas del juego, que cada día está más presente en las campañas electorales y que en la de Estados Unidos fue moneda corriente. De la misma manera, la simplificación en el enunciado de los problemas, un rasgo tan característico de Trump, alarma a cuantos creen que las recetas milagrosas llevan directamente al fracaso y a la frustración a muchos de cuantos creyeron que el candidato republicano acudía al rescate de la clase media blanca, empobrecida por el impacto en los tejidos industrial y de servicios de la crisis económica del 2007-2008 y sucesivos años.

Cuando opina Joseph Stiglitz, otro nobel de Economía, que el programa de Trump no se sostiene y es un retroceso, lo hace a la luz de las cifras de crecimiento de Estados Unidos durante el último cuatrienio, de la reducción del paro, a un paso del pleno empleo, y del saneamiento del sistema financiero. Que Stiglitz esté o no en lo cierto solo el tiempo lo confirmará, en cambio parece inexcusable que Trump abra la puerta, como pide el ilustre economista, a políticas bipartidistas que serenen los ánimos dentro y fuera de Estados Unidos. Son demasiados los elementos concordantes que permiten afirmar que la gran superpotencia sigue siéndolo, pero no es la hiperpotencia que siguió al hundimiento de la Unión Soviética, sino otra necesitada del concurso de terceros para contrarrestar la competencia de sus adversarios históricos o recién llegados.

La agitación en los medios informativos liberales no es una pose, sino el reflejo de un clima social exacerbado por las pasiones políticas y los tics autoritarios o despectivos de Trump, por la sospecha cada vez más verosímil de que ocupará el poder lastrado por las dudas morales que suscita su triunfo. El anuncio de Barack Obama a un mes escaso de dejar la presidencia de que la intromisión de Rusia en la campaña no quedará sin respuesta no hace más que calentar el ambiente, pero acaso sea su determinación de esclarecer y responder a lo sucedido el último servicio que puede prestar a una sociedad dividida entre los aturdidos por el resultado del 8 de noviembre y los entusiasmados con la derrota de Clinton, dos versiones irreconciliables de Estados Unidos.

EEUU, la gran fractura

Al encarar la recta final de la campaña electoral en Estados Unidos, a la bolsa le vinieron las angustias: Donald Trump podía ganar, según las encuestas, aunque las diferencias entre la mejor para el republicano (la de Los Angeles Times, seis puntos de ventaja) y la más favorable para Hillary Clinton (la de Reuters, seis puntos de ventaja) fijaban los límites de una horquilla demasiado amplia para deducir que la intervención en la campaña del director de FBI, James Comey, había cambiado básicamente las coordenadas de la elección. Al día siguiente, jueves, la web politico.com hacía pública su propia encuesta y descartaba la existencia de un voto oculto republicano que emergerá el día 8 y The Hunffington Post, otro medio digital con información de primera mano, publicaba un comentario en el que se decía textualmente. “Mucha gente está preparada para alucinar, pero la carrera se mantiene en el lugar que estaba”.

Diríase que la histeria de la campaña se había trasladado a Wall Street, donde echaban la cuenta de cuál puede ser el impacto inicial de una victoria de Trump: pérdida de 13 puntos del índice Dow Jones. Una barbaridad contable, menor en todo caso a la incertidumbre internacional frente a un presidente imprevisible, sin ninguna experiencia política y con una especial habilidad para sembrar la alarma. En esta situación, cobra todo el sentido la afirmación de Paul Krugman hace unas semanas en un artículo en The New York Times: “La obsesión de los medios [las televisiones, sobre todo] por las falsas equivalencias ha impulsado una candidatura sin sentido”. El desafío de Trump quizá haya sido posible en gran medida gracias a otro caso de histeria colectiva: aventar sus despropósitos con el fin de combatirlos, aunque finalmente ha sido una herramienta de propagación de su candidatura que ha movilizado a la América profunda, blanca y defraudada, mientras a Clinton se le han reprochado debilidades que no se han echado en cara a ningún candidato varón, especialmente el hecho de que sea representante genuina del establishment. ¿Acaso no lo fueron todos los presidentes, incluidos los más liberales, simpáticos, populares o eminentes aportados por los dos grandes partidos a la historia del país?

Las encuestas han perdido fiabilidad porque recogen todas el efecto momentáneo de episodios que actúan como excitativos de una opinión pública muy desencantada con los manejos y golpes bajos de una campaña insólita. El desencanto no es solo una deducción académica fruto de la atmósfera que se respira: se pone de relieve en un sondeo difundido el viernes por el Times de Nueva York sobre el estado de ánimo de los electores. El reproche más repetido –ocho de cada diez votantes– es que la campaña ha sido “más repulsiva que interesante” y, algo aún peor, ni Clinton ni Trump transmiten una imagen fiable: “Son vistos como deshonestos y la mayoría de votantes tienen una opinión desfavorable de ellos”. Uno de los dos será el vencedor –alguien debe ganar, no hay otra–, y para él serán la música, los focos y el confeti, pero todo quedará empañado por esa teoría del mal menor, cada día menos teoría y más realidad, según la cual a nadie entusiasmará el próximo presidente, será algo así como un mal consentido, aceptado de antemano, porque no queda más remedio.

En este juego de lo irremediable, ya que no cabe lo deseable o lo políticamente atractivo, Hillary Clinton tiene un mayor margen de maniobra: al ponderar la mayoría de sondeos publicados hasta la fecha, la candidata demócrata aparece con un 86% de posibilidades de ser presidenta y Donald Trump, con solo el 14%. Según uno de los muchos asesores que auscultan el cuerpo electoral, el convencimiento de que solo ella garantiza la continuidad de los programas sociales de Barack Obama explica la ventaja que saca en ese cálculo de posibilidades hecho a una semana del gran día. Pero quizá también tenga que ver el hecho de que 26 millones de estadounidense ya han votado en urnas electrónicas, muchos de ellos antes del último rifirrafe de los correos en manos del FBI, un hecho insólito acorde con una campaña asimismo insólita. O acaso lo realmente determinante sea que Trump neutraliza parte de su capacidad de movilización con su incapacidad para respetar las reglas más elementales de la política convencional.

Al repasar los diferentes cambios climáticos en la política de Estados Unidos desde el final de la segunda guerra mundial no hay forma de encontrar un aire más viciado, un encono mayor que el de ahora, ni siquiera en los peores días de la guerra de Vietnam, del escándalo Watergate, de la crisis de los rehenes de Irán, del caso Lewinsky, del escrutinio bajo sospecha de Florida en el 2000 que hizo presidente a George W. Bush, de la guerra de Irak y de tantos otros acontecimientos que tensaron las cuerdas. La división es la norma, las políticas bipartidistas apenas tienen sitio en el campo de minas sembrado por ambos bandos, más quizá por el republicano, colonizado por un pensamiento neocon más radical a cada día de pasa; el problema racial reverdece y el llamado por Gunnar Myrdal “gran dilema de América” sigue ensangrentado la calle y desorienta a cuantos creyeron que la elección de Obama cerraba suave y definitivamente el ciclo histórico que empezó con la guerra de secesión, la abolición de la esclavitud y el asesinato de Abraham Lincoln. Algo pesadamente agobiante dicta la agenda y excluye la posibilidad de una reparación de los daños –suturar las heridas de una sociedad fracturada–, sea quien sea el vencedor el próximo martes.

Ni siquiera el dato histórico de que por primera vez una mujer puede ocupar el Despacho Oval tiene la capacidad de movilización política que en su día tuvo la posibilidad de elegir por primera vez a un presidente negro. Han movilizado más al feminismo político las bravuconadas de Trump que los mítines de Clinton; ha habido mayor empeño en la movilización feminista, de larga tradición en Estados Unidos, para desgastar a Trump y sacar a relucir su vertiente machista y rijosa que para apoyar a una de las suyas (o eso creo ser Clinton). En realidad, solo la necesidad de contener a Trump ha llevado al feminismo político a sumarse a la causa de Clinton –otro gesto que debe incluirse en la política del mal menor–, no ha sido la demócrata la que ha cautivado al feminismo con su biografía y mensaje. “No soy tan narcisista como para decir que no puedo ir a votar a Hillary Clinton”, ha dicho Angela Davis, con un único objetivo: “La prioridad para la gente negra en esta elección debe ser parar a Donald Trump”. Ni entusiasmo ni militancia, solo pragmatismo.

¿Puede construirse el futuro sobre este y otros pragmatismos perentorios? ¿Puede apelarse a la serenidad de los contendientes mientras la contienda se encanalla? Ambas preguntas son casi mera retórica. Ninguna de las heridas empezará a cicatrizar el día 9, ni siquiera si los candidatos –al menos, el vencedor– apelan a la unidad de la nación (no es seguro que lo hagan). Quizá la única ventura de este año electoral alocado será que, por fin, conocido el ganador, habrán dejado de escucharse insultos, exabruptos y frases altisonantes. ¿O no, o puede que el día siguiente y los sucesivos sean la continuación de lo oído hasta ahora, tan desabrido?

Escribe el respetado anaista Fareed Zakaria sobre Trump en The Washington Post: “Es un peligro para la democracia americana. Y por esta razón votaré el martes contra él”. El mal menor una vez más; la división como norma antes y después de conocer al vencedor.

El ‘efecto Trump’

La alocada acumulación de candidatos que aspiran a la nominación republicana para disputar a Hillary Clinton la Casa Blanca el 8 de noviembre del próximo año alarma al conservadurismo clásico y envalentona a los estrategas de los aspirantes menos convencionales, con el extravagante ultraconservador Donald Trump en primer lugar. Mientras la mayoría de encuestas no dejan de pronosticar que la candidata in péctore de los demócratas ganaría a cualquier aspirante republicano si hoy se celebraran elecciones, el viejo partido –GOP (Grand Old Party)– ha malgastado los dos primeros debates de sus aspirantes con digresiones absurdas, argumentos falaces y la sensación de que, en medio de la farsa, los asesores afectos al Tea Party son los que mejor se mueven. Como ha escrito Paul Krugman, “ahora tenemos unos candidatos presidenciales [republicanos] que hacen que Bush parezca Lincoln”, y que su hermano Jeb, cabe añadir, se perfile como el menos inconsistente de todos ellos.

Empujados o condicionados por el efecto Trump, si así puede llamarse, los precandidatos republicanos parecen haber llegado a la conclusión de que cuanto más a la derecha se instalen, más posibilidades tendrán en las primarias que empiezan en enero. Esa suposición choca con dos precedentes que atestiguan que, en efecto, esa estrategia vale para ganar la nominación, pero es insuficiente, cuando no dañina, para llegar a la presidencia. El error en el 2008 del senador John McCain, un republicano clásico, de unir su suerte a la de la gobernadora Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia, representante de un conservadurismo rudimentario y ágrafo, resulta tan ilustrativo como el de Mitt Romney en 2012, que formó ticket con Paul Ryan, un neocon subido al tren de la austeridad y la restricción del gasto público. Si McCain y Romney perdieron claramente frente a Barack Obama, a pesar de recluir a la ultraderecha en la vicepresidencia, ¿cuál podría ser el resultado si el candidato respondiera a los parámetros de Donald Trump o a los de alguien de su misma cuerda?

Steve Schmidt, asesor político de McCain en la campaña del 2008, cree ver en la debilidad financiera de candidatos inexpertos como Ben Carson y Carly Fiorina un vivero de votos para Donald Trump antes que para políticos profesionales como Jeb Bush, Marco Rubio, Ted Cruz o Chris Christie, integrantes del establishment republicano, aunque de los cuatro, solo Bush forma parte de la aristocracia del partido. El análisis de Schmidt parte de la idea de que los políticos convencionales, incluso los vinculados al Tea Party y opuestos frontalmente al reformismo moderado de Barack Obama, arrastran el desprestigio de las derrotas de 2008 y 2012, y su incapacidad para bloquear las iniciativas de la Casa Blanca más aborrecibles a ojos del electorado ultraconservador: la reforma sanitaria, el acuerdo con Irán, las relaciones diplomáticas con Cuba, los programas relacionados con el cambio climático y el control de las emisiones de gases, la política migratoria, etcétera. Sea o no acertado el argumento de Schmidt, lo cierto es que Donald Trump es de largo el precandidato con mayor capacidad de movilización y recaudación a pesar de la tosquedad de su comportamiento y de sus argumentos.

Lo que resulta impredecible es cuál es la capacidad de destrucción de un candidato como Trump o de un candidato como Bush sometido a las exigencias del sistema planetario de Trump. En la película Game change, reconstrucción de la campaña de Sarah Palin (Julianne Moore), John McCain (Ed Harris) le pide a su compañera de candidatura, después de reconocer la derrota frente a Obama, que no se alíe con quienes pueden destruir el partido. Hoy sigue vigente ese temor a que una derechización sin freno lo ponga en riesgo; “la profunda preocupación por mi país”, expresada en un blog por un votante republicano, coronel retirado, refleja en términos muy sencillos un estado de ánimo muy extendido entre el republicanismo tradicional.

La quincena aproximada de precandidatos que parecen dispuestos a probar suerte contribuye a sembrar la inquietud, porque salvo en el caso de Trump –las encuestas le atribuyen un apoyo ligeramente por encima del 25%–, fragmenta el voto hasta lo indecible. Con el efecto añadido de que candidatos con posibilidades frente a Hillary Clinton o frente al vicepresidente Joe Biden, si finalmente opta a la nominación demócrata, tienen en cambio poco respaldo entre la militancia del partido –por debajo del 17%–, lo que en ningún caso les permitiría obtener la nominación republicana. Así, mientras un articulista de The Washington Post se pregunta dónde están las nuevas caras de los demócratas, un editorial de hace varias semanas lamentaba la ausencia de “republicanos reconocibles” en los prolegómenos de la larga carrera a la Casa Blanca. Como si todo lo que hasta la fecha ha aportado el desafío de Trump fuese la desnaturalización acelerada del partido a causa del deseo incontenible de liquidar la herencia de Obama y abundar en las recetas más derechistas, resumidas en el mantra menos Gobierno, menos Washington.

La consolidación de algunas figuras que cree ver Joe Klein, columnista del semanario Time, detrás de la confusión que se ha adueñado del escenario, parte de la idea de que Trump se ha convertido en un pesado que distorsiona la precampaña, pero no impide que se prefigure un reparto de papeles con Ted Cruz a la derecha, Jeb Bush y John Kasich en el centro y una posición intermedia para Marco Rubio, un neocon tenaz que no recurre al vitriolo para combatir a sus adversarios. Lo malo para quienes aspiran a racionalizar la lucha es que Trump dobla las expectativas de voto de todos ellos, ninguno tiene garantizado el apoyo mayoritario de un segmento concreto de los electores del partido y, además, su fortuna personal le confiere al pesado una autonomía de la que carecen sus oponentes.

El Partido Republicano dispone del gran capital político de la mayoría en las dos cámaras del Congreso, pero corre el riesgo de gastarlo en fuegos de artificio a causa del recurso permanente al no. Quien aspira a encabezar el Ejecutivo no debe solo tener su propio programa, sino que ha de demostrar su voluntad de compromiso para acordar soluciones bipartidistas para problemas concretos, algo que forma parte de la tradición política de Estados Unidos, pero que el republicanismo apenas ha practicado durante los dos mandatos de Obama. Y aunque nada garantiza la victoria ni presagia la derrota a más de un año de distancia del día D, la coincidencia cuatrienal de la elección del presidente con la renovación de toda la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado entraña más riesgos que las elecciones legislativas de midterm (a mitad de un mandato presidencial). De ahí, también, la alarma de los más veteranos, de aquellos que temen que el efecto Trump asuste a una parte del electorado y se quede en casa o, lo que sería peor, cambie el color de su voto.

Nadie ganará en Grecia

Todos los referéndums se convocan con el propósito de ganarlos, y el de este domingo en Grecia no es una excepción, aunque a causa de la confusión que envuelve la crisis griega, la victoria del Gobierno de Alexis Tsipras radica en el no (a la propuesta de los acreedores) y la derrota se halla en el . No es esta la primera ni la mayor de las confusiones. También resulta francamente oscuro el hecho de que se someta a referéndum un programa de actos que, en la práctica, el convocante da por vencido e inservible y trabaja sobre la hipótesis de una nueva propuesta incompatible con la que se votará. Y no lo es menos que a solo tres días del referéndum se divulgue un informe del FMI que, grosso modo, alerta de que la deuda griega es inasumible –¡gran descubrimiento!– , muy probablemente harán falta 51.500 millones de euros adicionales para suturar la herida y, claro, será precisa una quita que aligere la montaña de millones que se supone debe salir del bolsillo del contribuyente griego de aquí a la eternidad.

Esa confusión o propensión a violentar la lógica tiene que ver en gran medida con la tendencia a abordar la crisis desde planteamientos binarios: la propuesta de la troika, ahora ya no llamada así, y la de Tsipras-Varoufakis; la supuesta solidez conceptual del establishment europeo (conservadores, liberales y socialdemócratas) y la heterodoxia presuntamente utópica de Syriza; la intolerancia alemana frente a intolerancia griega; la hipotética insensibilidad social de la derecha frente a las presumibles inquietudes sociales de la nueva izquierda. Y así hasta llegar a un punto de no retorno, a este referéndum con el que, gane el o gane el no, nadie ganará al final de un portentoso error de cálculo colectivo, aquel que llevó a las acreedores a creer que, a última hora, el Gobierno griego cedería mediante un apaño presentable a sus votantes, y aquel otro que indujo a Syriza a medir mal sus fuerzas y a pensar que, con la suerte del euro en juego, o eso creyó, era posible lograr un acuerdo menos gravoso que los suscritos por los gobiernos que le precedieron. Nadie es inocente en ese disparate ejemplar que subraya la precariedad de fondo del proyecto europeo en cuanto se complican las cosas y, como en este caso, se ausenta la política y todo se circunscribe al análisis económico.

Debió de tenerse por mal presagio la opinión vertida hace unos días por Luis de Guindos al adelantar que la solución al problema debía ser económica y no política. Podía haber dicho, pero no lo dijo, que el desenlace debía ser a un tiempo político y económico; debía haber poseído el ánimo de ambas partes que la argumentación política de la salida de la crisis debía legitimar la económica, así en Atenas como en Bruselas, pero no fue así. Lo que sucedió, en cambio, es que los gobiernos de los países baqueteados por la salida de la crisis hasta extremos de sobra conocidos, España entre ellos, se aplicaron en reclamar a Grecia hasta el último céntimo de la deuda y, otra vez España, aprovecharon de paso el momento para desacreditar a fuerzas emergentes que, con más o menos fundamento, aplauden al Gobierno griego y quizá antes de Navidad sean determinantes en el resultado de las elecciones legislativas para configurar una nueva mayoría.

Resulta revelador que, en medio de la crisis del euro, el presidente Mariano Rajoy no deje pasar ocasión para asaetear a Alexis Tsipras con sus críticas, como si fuese con él con quien deberá medir sus fuerzas antes de acabar el año. Resulta revelador porque, en la estrategia conservadora europea, la ruina del primer ministro griego equivale a la de Podemos y, por extensión, a la de todos los movimientos políticos emergentes que ponen en duda la orientación de la cultura político-económica hegemónica en la Unión Europea. La única forma de neutralizar a los adversarios del modelo es garantizar el fracaso de toda alternativa y desprestigiar a sus aliados, a cuantos estiman, como el partido de Pablo Iglesias, que el referéndum es un recurso democrático y una manifestación de soberanía.

Esa cicatería conservadora de vuelo gallináceo salió reforzada con los excesos verbales de los negociadores griegos, su desprecio por los requisitos técnicos de la negociación y su dificultad para aceptar la realidad, unida a la ortodoxia de los eurócratas y a la suposición de que, con las cifras de crecimiento del PIB griego antes de la victoria de Syriza, era posible a medio plazo solventar la crisis (nadie se molestó en calcular la cuantía de los costes sociales al final del camino). La arquitectura del euro descansa sobre supuestos en las antípodas neokeynesianas que han llevado a Paul Krugman y a Joseph Stiglitz a declararse partidarios de que los griegos den la victoria al no. El plan expuesto por Jean-Claude Juncker al inicio de su mandato para reactivar la economía no es más que un tímido mecanismo de corrección de las servidumbres impuestas por Alemania a todos los europeos: austeridad y contención del gasto. El euro no es, como el dólar, la moneda única de un Estado único, sino la moneda única de 19 estados que están lejos de presentar un mismo o parecido perfil.

La camisa de fuerza económica que Krugman ve para Grecia en el euro responde, en gran medida, a la imposibilidad que tiene Grecia de actuar con su moneda tal cómo podría hacerlo si no fuese la de otros 18 estados. Pero Grecia no puede prescindir de esa camisa de fuerza sin grave quebranto. Resucitar la dracma significaría poner en circulación una divisa sin apenas valor de mercado, algo que no escapa al análisis de la situación que hacen muchos ciudadanos griegos cuando, en medio de la pesadilla, prefieren seguir en el euro a embarcarse en aventuras de final más que incierto, de ahí el empate técnico del con el no a pesar de la popularidad de la que aún disfruta el Gobierno de Tsipras, que promueve el no. De ahí, también, el empeño de Barack Obama de mantener a Grecia en el euro para evitar que, acuciado por la asfixia económica, se rinda a los cantos de sirena de Rusia y debilite el flanco sudeste de la OTAN en compañía que no aliada con Turquía.

De forma que si alguien se siente vencedor la madrugada del lunes deberá manifestar su alegría sin mencionar las consecuencias de su victoria porque, de hacerlo, quedará al descubierto que tal victoria es inexistente. Sí gana el no, el Gobierno de Tsipras volverá a la negociación con un nuevo plan, renegociación de la deuda incluida, que sus interlocutores no aceptan con el beneplácito de Alemania, y con el 20 de julio como nueva fecha decisiva (pagos por valor de más de 3.000 millones).Si gana el , quizá los acreedores echen las campanas al vuelo, pero se abrirá en Grecia un periodo de provisionalidad con la probable caída del Gobierno, creciente inestabilidad y quizá una inevitable convocatoria electoral, una situación incompatible con la dinámica de negociaciones que requiere el momento. Horizontes lúgubres encerrados en nubes de tormenta, con el corralito camino del corralón y el futuro del euro, de las primas de riesgo y de la solvencia de otros socios de la moneda única prendido con alfileres.

Puede que haya quienes ven en esa crisis cada vez más compleja el momento ideal para la catarsis de la que debe salir reforzada la identidad europea y la complicidad entre socios. Pero ese enfoque parece fruto de un exceso de optimismo porque se antoja imposible que cuanto está sucediendo no cause algún daño a la moneda única, a la complicidad necesaria entre estados y al apego de muchos europeos hacia la Unión Europea. Sobre todo si el establishment se obstina en presentar su recetario como el único posible y, diciéndolo o sin decirlo, deslegitima cualquier otra opinión que se salga de lo que ahora todo el mundo llama mainstream, que no quiere decir otra cosa que corriente dominante. Una corriente que, no por ser mayoritaria, es seguro que sea la única que está en lo cierto, la única posible, la única que redundará en una vida mejor para los ciudadanos por más que así se presente.