Las presidenciales de EEUU y Francia alientan el debate sobre el laicismo

La separación de la religión y el Estado, el perfil mismo del Estado laico, se ha colado en las campañas electorales de Estados Unidos y Francia con el vigor y la pasión militante que suele acompañar la controversia histórica entre la manifestación de las creencias y la gestión de los asuntos públicos. Que suceda precisamente en Estados Unidos y en Francia, dos de los estados con una más antigua y arraigada tradición laica, confiere a los debates una mayor significación: los padres fundadores que encabezaron la epopeya nacional de la independencia en las colonias de Nueva Inglaterra dieron al nuevo Estado una Constitución que establece que la religión no puede interferir en la política; en Francia, además de la tradición laica, de muy largo recorrido, la ley aprobada en 1905 consagra la separación entre los ámbitos religioso y civil.

Claro que, en paralelo, se han desarrollado realidades en parte contradictorias con el espíritu de las leyes. La primera es que la estadounidense es la sociedad occidental más apegada a la práctica religiosa y a la influencia intelectual de la religión en la vida cotidiana y en la academia: defensores del creacionismo y del diseño inteligente, telepredicadores a la carta, megachurch en muchos lugares, impugnación permanente de las políticas del cuerpo –anticonceptivos, aborto, eutanasia, uniones homosexuales– y altos índices de asistencia a los oficios religiosos. Nadie puede sorprenderse si luego aparece Rick Santorum, fundamentalista católico, aspirante a la candidatura republicana en las presidenciales de noviembre, y declara que la defensa del laicismo hecha por John F. Kennedy, asimismo católico, en la campaña de 1960, le provoca ganas de vomitar. Resulta tan poco sorprendente que Stanley Fish, profesor de Derecho en varias universidades de Estados Unidos, que se define como un antifundamentalista, ha publicado en el liberal The New York Times una larga digresión con el título Rick Santorum no está loco. Recuerda Fish a respetados jueces como William O. Douglas, que en 1952 formuló la siguiente idea: “Somos un pueblo religioso cuyas instituciones dar por supuesto un ser supremo”. O a otros, como Potter Stewart, que llegó a advertir de la “amenaza de la religión del secularismo”.

El último eslogan de Mitt Romney, que encabeza el recuento de delegados en las primarias celebradas hasta la fecha, se limita a reclamar Más empleos, menos deuda, Gobierno más pequeño, pero él no pierde ocasión de recordar la primera enmienda de la Constitución, que consagra la libertad de expresión y, por esta razón, da por supuesto que autoriza la presencia de la religión en las instituciones. Romney, mormón, fue misionero de esta iglesia en Francia entre 1966 y 1968, y está más cerca de la religiosidad militante que del pragmatismo reformista que exhibió en sus días de gobernador en el estado de Massachusetts. Las convicciones personales, pero también la rentabilidad electoral en la América más conservadora, justifican este comportamiento.

William Kristol, una de las referencias permanentes del pensamiento neocon y muy apegado a la prédica de Santorum, sostiene en The Weekly Standard, de la que es editor: “Santorum necesita ser el portavoz de la gente frente al establishment, del Tea Party frente a la élite del GOP –Grand Old Party–, del espíritu del 2010 frente al espíritu del 2008 (victoria de Barack Obama)”. Aunque Kristol no cita la religión ni impugna explícitamente el Estado laico, la invocación del Tea Party es suficiente. Porque en este movimiento profundamente conservador, que se ha adueñado de la atmósfera de la campaña republicana, el pensamiento de los presidentes James Madison y Thomas Jefferson, recordado constantemente por los partidarios de la tradición laica, es una molesta referencia del pasado. Ni que decir tiene que en el campo republicano nadie se acuerda del reverendo Roger Williams, pastor baptista que en el siglo XVII asentó en el territorio de Rhode Island la separación entre la fe y la política, se pronunció en defensa de la libertad de conciencia y fue el primero en levantar “un muro de separación entre la religión y el Estado”.

Romney no ha conseguido desvanecer la impresión de que es un apparatchik, un genuino representante de la burocracia política de siempre, y ni siquiera su triunfo del martes en seis estados, incluido Ohio, le permite darse un respiro. “Si alguien ganó el supermartes, fue –por los pelos– Rick Santorum en virtud de sus victorias en Tennessee y Oklahoma, y su magnífico resultado en Ohio (38% para Romney, 37% para Santorum)”, ha escrito en el semanario liberal Newsweek Michael Tomasky. ¿En qué se basa el analista para considerar ganador a Santorum? En que ahora vienen las primarias de Alabama, Mississippi, Kansas y Missouri, donde la vertiente religiosa, unida a la defensa del Estado pequeño, rendirán más intereses que entre los blues collar de la industriosa Ohio.

¿Son suficientes las herramientas ideológicas que maneja Santorum para disputar la nominación a Romney? James Taranto, el comentarista más leído de la web del conservador The Wall Street Journal, responde a esta pregunta con otra no menos inquietante: ¿el conservadurismo se ha hecho obsoleto? Dicho de otra forma: la orientación de la campaña de los candidatos republicanos, ¿es la adecuada para movilizar al electorado independiente en noviembre? Da qué pensar la respuesta de una joven en un reportaje emitido por la BBC: “Creo en Dios, pero no pienso en él a todas horas”.

La identidad francesa

La efervescencia religiosa en la campaña francesa está íntimamente relacionada con el debate abierto por el presidente Nicolas Sarkozy, referido a la recuperación de las señas de identidad nacionales, y con los vaticinios de las encuestas, que pronostican la victoria del socialista François Hollande el 6 de mayo. También en Francia vale formular la pregunta de James Taranto, aunque por razones diferentes a las de Estados Unidos. El equipo de campaña de Sarkozy y su Gobierno han abierto la caja de los truenos de la defensa de la neutralidad del Estado en materia religiosa, pero, al hacerlo, han puesto en marcha una defensa confesional del laicismo, que opone a la presencia en el espacio público de las confesiones importadas, en especial la musulmana. El objetivo es arañar votos al Frente Nacional, de Marine Le Pen, pero en las filas del pensamiento conservador tradicional cunde la desorientación o aflora la crítica interna.

Cuando el primer ministro François Fillon sostiene que las religiones deben reflexionar sobre “sus costumbres más ancestrales”, y pone como ejemplo las carnicerías halal y kosher, de las comunidades musulmana y judía, respectivamente, sale inmediatamente a escena la eurodiputada Rachida Dati, educada en el islam y rescatada por Sarkozy para esta campaña, y acusa a Fillon de tener “un concepto loco del laicismo que no es el del presidente de la República”. Cuando el ministro del Interior, Claude Guéant, pisa terreno parecido, lleva a los intelectuales más respetados a recordar que la neutralidad del Estado en materia religiosa es la única garantía de respeto para todas las confesiones. Así lo ha hecho Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur: “La laicidad no ha sido nunca el descreimiento y jamás ha estigmatizado la religión. Es lo contrario. Incluso si en sus inicios se concibió para limitar la hegemonía de la Iglesia católica, se transformó en una disposición jurídica que garantiza la libertad de todas las religiones, pero también el derecho a no creer. Los artesanos de la ley de 1905 estaban lejos de ser todos unos descreídos (…) Para ellos, se redujo a una fuerte y simple proclamación: la separación total de la Iglesia y el Estado”.

Daniel y otros muchos suscriben el principio según el cual “cuando se trata de llevar el velo o de rezar en la calle, cabe sostener que la práctica de la fe debe ser un asunto privado y limitarse a la intimidad del hogar o de los lugares de culto”. Pero disienten radicalmente de la operación de Sarkozy, que apunta a una cristianización de la defensa de la identidad nacional, aunque el pretexto sea la salvaguarda del Estado laico. Sihem Habchi, expresidenta de la asociación Ni Putas Ni Sumisas, sostiene que los relativistas de izquierda y de derecha y los islamistas persiguen el mismo objetivo, y apunta a Sarkozy y su círculo: “En nuestro tiempo, en el nivel más alto del Estado, se legitima esta demolición de la laicidad organizada, reduciendo los valores universales a la protección de la sociedad occidental y de sus raíces cristianas (…) ¿Cómo pretender que nuestros valores, cívicos e ilustrados, son universales si no somos capaces de demostrar antes que son universalizables”.

La profesora Karen Armstrong afirma en Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam, publicado en el 2004: “En Norteamérica, la religión ha liderado la oposición durante mucho tiempo. Su ascenso y caída siempre han sido cíclicos y los acontecimientos de los últimos años indican que todavía hay un estado de guerra incipiente entre los conservadores y los liberales, que a veces llega a ser aterradoramente explícito”. ¿Puede pasar Francia por una experiencia similar si se concretan los riesgos de fractura social derivados de las oleadas migratorias?