Crimea desorienta a Occidente

La anexión de Crimea por Rusia ha operado como el excitativo ideal para poner en marcha a los gabinetes de análisis, que pretenden dar respuesta a las preguntas que mantienen en vigilia permanente a las cancillerías de Occidente. Después del gesto de autoridad del presidente Vladimir Putin parece casi inconcebible que un especialista de solvencia de Charles A. Kupchan planteara hace solo cuatro años el ingreso de Rusia en la OTAN. Afirmaba Kupchan en las páginas del ejemplar de mayo-junio del 2010 de la publicación Foreign Affairs que se cometía “una equivocación histórica tratando a Rusia como un paria estratégico”, y le parecía deseable y verosímil “anclar a Rusia en un orden euroatlántico ampliado”.

Lo cierto es que en aquel momento, con Putin retirado momentáneamente en la función de primer ministro, se tenía la impresión de que había margen de maniobra para establecer cierto grado de complicidad con los gobernantes rusos a pesar de todos los pesares, aunque el texto de Kupchan, incluso entonces, sonó algo despegado de la realidad. Tenía más consistencia la opinión ya muy extendida de que la macroampliación de la UE hacia el este y el alistamiento en la OTAN de los antiguos socios de la URSS había equivalido a meter el dedo en el ojo del Kremlin. Y hoy se repite a todas horas que el rumbo seguido por el Occidente europeo para atraerse la voluntad de los países que un día fueron comunistas fue una estrategia contra Rusia a la que hay que sumar la determinación del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de poner en pie el escudo antimisiles en Polonia y la República Checa. El Centro Internacional de Estudios Estratégicos sostiene hoy este punto de vista con idéntico fundamento que los que llegaron a la misma conclusión antes de que se desencadenara la invasión de Crimea.

Si se está ante una versión revisada y puesta al día de la guerra fría o estamos ante algo genuinamente diferente, compete más a los especialistas en sacar punta a la jerga política que a los analistas de la situación. Cuando uno de ellos, Peter Baker, que escribe en The New York Times, se aproxima a la cuestión, pergeña un título que no saca de dudas: Si no es una guerra fría, es una vuelta a una rivalidad fría. “Si no estamos en la nueva guerra fría que algunos temen, parece probable que nos adentramos en un periodo sostenido de confrontación y alineación que será duro superar”, afirma Baker. Razones no le faltan para llegar esa conclusión a tenor de las opiniones recogidas por él entre antiguos funcionarios del Gobierno, a menudo sinceramente desorientados, reflejo fiel de la sorpresa de Occidente ante la determinación de Putin, aplicado en rectificar alguna de las consecuencias del hundimiento de la URSS y la proliferación de estados nuevos nacidos gracias a aquel cataclismo. Una desorientación resumida en una frase por Toby T. Gati, que trabajó en el Departamento de Estado durante la presidencia de Bill Clinton: “No sabemos cómo reaccionar a esto”.

Hay una sensación muy extendida de que, a diferencia de episodios anteriores en los que se tensó la cuerda, en esta ocasión no es posible destensarla con el consabido recurso a la diplomacia secreta y a la contención pública de los líderes pasado el momento de paroxismo. Si este método fue útil otras veces –después de la guerra de Georgia (verano del 2008), por ejemplo–, ahora no es posible aplicarlo, siquiera sea porque el dinamismo de Putin ha dejado en evidencia la debilidad de la diplomacia europea y de Estados Unidos, una vez quedó descartada la movilización efectiva de la OTAN. Y si no cabe una componenda para superar el momento, entonces es de temer, obligada por las circunstancias, una revisión in extenso de las relaciones de Estados Unidos y la UE con Rusia –algo así está sucediendo–, incluido cuanto atañe al ámbito militar.

Es este un camino lleno de riesgos, que requiere consumir dosis inagotables de realismo para evitar que se imponga una osadía irreflexiva del estilo de la de Kurt Volker, exembajador de Estados Unidos en la OTAN. Para Volker, es preciso establecer que “cualquier otro asalto a la integridad territorial de Ucrania, más allá de Crimea, representa una amenaza directa para la seguridad de la OTAN y tendrá una respuesta de la organización”. Para Yochi Dreazen, especialista de la revista Foreign Policy, “nuestra preocupación es que Rusia no quiera parar”. Para el exsecretario de Estado Henry Kissinger, resulta más útil acercarse al pensamiento y las convicciones de Putin, a quien conoce bien, para comprender que no podía ser indiferente a los sucesos que se desarrollaron en Ucrania. En general, para los analistas de situaciones de riesgo, una vez Occidente ha decidido aplicar sanciones económicas, carece de utilidad práctica la escalada verbal gratuita, que enrarece la atmósfera sin obtener ningún resultado.

Es más fructífero sacar conclusiones objetivables y extraer algunas lecciones, de acuerdo con la radiografía realizada por Piotr Smolar en Le Monde:

  1. La operación de Crimea “marca la afirmación de una Rusia desacomplejada frente a un Occidente que cree arruinado, militarmente impotente y corrompido en el ámbito moral”.
  2. No hay dos bloque cara a cara, “sino un vacío, una ausencia de autoridad, un mundo roto, puesto a subasta”. En este panorama, consecuencia de una perturbadora falta de liderazgo global, “los náufragos” son los europeos, que mantienen una tupida trama de intereses económicos con Rusia.
  3. Ha dejado de ser viable a corto plazo el propósito de Obama de relanzar las relaciones con Rusia y, en cambio, ha quedado maltrecha la capacidad de anticipación de la Casa Blanca.
  4. El precio de los riesgos que asume Putin para saciar “la sed de revancha geopolítica de una parte de las élites” puede recaer sobre la sociedad rusa, en general, y muy particularmente sobre la disidencia en cuanto esta vuelva a dar señales de vida, una vez atemperados los ardores nacionalistas.

Conclusión de Smolar: “Doctrina militar, organizaciones supranacionales, intercambios comerciales, alianzas: todo parece que de pronto debe revisarse”. Parece que el sistema que siguió a la liquidación de los regímenes comunistas de Europa ha dejado de ser eficaz, ha puesto al descubierto debilidades estructurales de todas clases y justifica que, a causa de la desorientación subsiguiente, surjan dudas en cuanto al camino seguido por Occidente. Pero también en cuanto a la capacidad rusa de mantener el desafío sin dañar la economía. Hasta la fecha, los logros de la política exterior de Putin no han castigado las finanzas; ahora, en cambio, pueden resultar perjudicadas.

¿Adónde puede llevar una revisión exhaustiva del sistema? ¿Cuál debe ser el límite? Cuando el pensador francés Raymond Aron publicó Paz y guerra entre las naciones (1962) se tendió a achacarle cierto desprecio por el derecho internacional en favor de la potencia de los estados. En aquel mundo bipolar, sometido a la pugna a escala planetaria entre Estados Unidos y la URSS, lo que hizo Aron fue un ejercicio de realismo que quizá hoy, medio siglo después, deba realizarse de nuevo, aunque el coste del ejercicio sea reconocer que, salvo contadísimos casos, las apelaciones al derecho internacional tienden a encubrir la violación del mismo. Poco importa que esto se corresponda con la guerra fría o con una situación nueva, compleja y arriesgada que todavía no tiene nombre.

 

Berlusconi se somete a referendo

Vuelve Silvio Berlusconi. Vuelven la astracanada, el chiste fácil, la comicidad decadente y hortera del peor cine italiano, la cochambre de Mediaset y un mundo exento de grandeza y propósitos honrados. Pero vuelve, por encima de todo, la manipulación de los mecanismos democráticos, utilizados por un político convicto para salvar la piel, aunque para ello tenga que recurrir al catálogo de artimañas que le han hecho famoso. La decisión de Berlusconi de competir en las elecciones de febrero y la dimisión de Mario Monti, privado del apoyo de los parlamentarios del Pueblo de la Libertad (PdL, por sus siglas en italiano), abren la puerta al populismo desenfrenado y las opiniones alocadas –“la prima de riesgo es una estafa que no importa a nadie”–, el oportunismo de los mercados y la desconfianza de todo el mundo con relación al euro, aunque las encuestas pronostiquen un batacazo de Il Cavaliere.

Lo único que cuenta en Italia a partir de ahora y hasta el día de las elecciones es “de parte de quién se está, no qué se hace (…) se juega a berlusconianos contra antiberlusconianos por sexta vez consecutiva”, como ha escrito Antonio Polito en el Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán. “Berlusconi dice que ha vuelto para vencer. Que crea o no sus propias palabras es irrelevante. Lo que cuenta es que la última cruzada berlusconiana se traduce en un elemento de fuerte desestabilización del cuadro político”, añade Stefano Folli en Il Sole 24 Hore, barómetro de la economía italiana. Y en el seno de esta polarización radical, preñada de comportamientos ajenos a las muy a menudo indescifrables sutilezas de la política italiana, alienta algo aún peor: la pretensión de Berlusconi de convertir las elecciones legislativas en un referendo sobre su persona, sobre Europa, sobre el funcionamiento de las estructuras de la UE, sobre las exigencias hechas a Italia por la Eurozona; alienta la pretensión de Berlusconi de utilizar las elecciones como el instrumento de una vendetta por su salida del Gobierno en noviembre del año pasado y la llegada de Monti.

Mario Monti y Silvio Berlusconi

Mario Monti y Silvio Berlusconi, el 15 de noviembre del 2011, día del traspaso de poderes.

“La lucha nunca es entre el bien y el mal; es la de lo preferible contra lo detestable”, sentenció en su día el pensador francés Raymond Aron. En esas se encuentra Italia. Europa no es el mejor de los ejemplos posibles de cómo afrontar una crisis sin dañar irreversiblemente a los más débiles; la legitimidad del Gobierno tecnocrático de Monti, votado en su día en el Parlamento, establece un precedente inquietante porque no se puede desligar de la presión ejercida por el sistema financiero sobre la economía italiana; la germanización de la economía europea, en fin, tiene consecuencias desastrosas. Pero Berlusconi es el peor de todos los agentes políticos imaginables para abrir el debate: carece de la probidad mínima exigible a cualquier dirigente para presentarse como alternativa a los que ahora pilotan la nave.

¿Facilita eso las cosas a sus adversarios? Las encuestas dicen que sí. Según los datos que maneja Ilvo Diamanti en La Repubblica, el diario de referencia de la Italia progresista, el PdL ha perdido en dos años 12 puntos en intención de voto –del 30% al 18%–, Angelo Alfano, sucesor de Berlusconi al frente del partido, ha sido incapaz de “nadar solo” y de evitar la división y, lo que es aún peor, solo el 44% de los electores del PdL quieren ver a Berlusconi en el sillón de primer ministro. Al mismo tiempo, los sondeos concluyen que el PdL “no tiene raíces en el territorio”, sino que es el partido personal de Berlusconi, “donde las relaciones entre el líder y su pueblo son por identificación personal y a través de los medios”. “Imposible para otros interpretar el mismo papel”, sostiene Diamanti. Aun así, siempre hay un pero: no ha dado tiempo de reformar el sistema electoral pergeñado por Berlusconi y cabe la posibilidad de que una victoria del Partido Democrático (PD) –38% de intención de voto– no sea suficiente para constituir una mayoría estable en alianza con algún otro partido.

Berlusconi Merkel

Angela Merkel y Silvio Berlusconi, en el último Consejo Europeo al que este asistió, en octubre del 2011.

El horizonte de una Italia inestable, sometida a la charcutería política que tanto agrada a Berlusconi, pone los vellos como escarpias a los gestores europeos. “El mensaje es claro: a Alemania y al resto de la UE le gustaría ver a Monti continuar. Y los aterroriza que Berlusconi pueda volver a tomar las riendas del Gobierno italiano”, afirman en su blog de Der Spiegel Carsten Volkery y Philipp Wittrock, que recuerdan la animadversión de la cancillera Angela Merkel “por los machos en general” (la palabra machos figura en español en el original). Aquello que para muchos italianos durante bastantes años ha sido suficiente para llevarlo al palacio Chigi, el éxito en los negocios de Berlusconi, no lo es para el resto de gobernantes europeos, según se destaca en un perfil del exprimer ministro emitido por la BBC. El apoyo unánime dispensado el jueves a Monti en Bruselas por el Partido Popular Europeo, internacional del pensamiento conservador, no ofrece dudas en cuanto a la opinión que le merece Berlusconi, presente en la reunión: es un cuerpo extraño que induce los peores presagios.

¿Qué puede hacer Monti después de presentar la dimisión? “Se puede decir que el presidente del Gobierno técnico ha salido de escena y ha nacido el Monti hombre político. Porque el gesto, por cómo se ha formalizado y por el contexto en el que ha madurado, está sin duda lleno de significados políticos. Consolida el centroizquierda, se ha dicho, contra el peligro de que lo haga antes el berlusconismo lepenista”, afirma Stefano Folli. “Se ha convertido en el actor protagonista”, sostiene el articulista de La Repubblica. Pero –un pero más– pudiera suceder que el laberinto italiano fuese demasiado complejo incluso para un italiano –Monti– más habituado al rigor académico y a los registros contables que a la esgrima palaciega.

En el Corriere della Sera vislumbran tres alternativas posibles para Monti:

  1. Retirarse de igual modo a como lo hizo el general Charles de Gaulle, aislado de los partidos de la Cuarta República francesa, “a la espera de que una nueva emergencia lo reclame”.
  2. Convertirse en garante de un futuro Gobierno de la izquierda, que “tendrá necesidad de hacerse avalar, visto que sus credenciales en Europa y en los mercados no son suficientes”.
  3. Apostar que detrás suyo hay “una Italia que considera este año un inicio, no un paréntesis”, en cuyo caso debería participar en las elecciones por cuenta propia y no de terceros.
Bersani Monti

Pier Luigi Bersani y Mario Monti pueden ser el eje del Gobierno de centroizquierda posterior a las elecciones legislativas de febrero.

Cada una de las opciones entraña riesgos ciertos. Emular a De Gaulle podría apartar a Monti para siempre de la vanguardia política; dicho sea de paso, quizá lo desea. Ser el introductor de un Gobierno de centroizquierda inspirado en el programa del PD podría obligarle a perseverar en un funambulismo bastante alejado de la imagen que se tiene de Monti. Debutar en las urnas a pecho descubierto sería una jugada llena de riesgos. Pero Pier Luigi Bersani, líder del PD, que se forjó como ministro en gobiernos encabezados por políticos poco dados a la grandilocuencia –Masimo D’Alema, Giuliano Amato y Romano Prodi–, es seguramente el compañero de aventura más atemperado para que renuncie a la retirada, desista de la aventura en solitario y pruebe suerte, en cambio, en el reformismo contenido.

“Tendremos la mayoría, dialogaremos con el centro”, ha dicho Bersani a la CNBC, definiéndose él mismo como un dirigente de centroizquierda que comprende que debe contenerse el gasto. ¿Necesidad de tranquilizar, realismo sin más? Un poco de ambas cosas: el PD ha sido el punto de apoyo más firme de Monti para sacar adelante su programa técnico, pero Berlusconi ha desenterrado el hacha de guerra y los medios que le son afines volverán con la cantinela de que, detrás de Bersani, están los comunistas, el Estado depredador y la persecución de los jueces. Una respuesta de Bersani a una pregunta sobre el presunto germanocentrismo de Monti, invocado por Berlusconi, resume la previsible orientación de la campaña del PD y los guiños al primer ministro en funciones: “Me parece una estupidez, francamente. Pienso que la prima de riesgo es preocupante, pienso que es preciso discutir con Alemania como amigos, de igual a igual, de forma amistosa”.

Los sondeos dicen que la alianza del centroizquierda, con Monti de valedor, más el apoyo mayoritario de la comunidad católica y el debilitamiento de Italia de los Valores (IdV, por sus ligas en italiano), de Antonio Di Pietro, es el bloque con más posibilidades de neutralizar el 15% que ahora mismo le dan las encuestas a Berlusconi, pero… Un tercer pero: no hay forma de saber cuál es la dimensión real del voto berlusconiano oculto, que lo mismo se puede encontrar en la clase media deprimida de las grandes ciudades que en las filas de los decepcionados por la Liga Norte, los votantes resentidos con el posibilismo del PD y aun entre los votantes católicos que siguen viendo en Bersani y los suyos a los descendientes de Enrico Berlinguer en primer grado de consanguinidad. Es decir, hay un margen de error que puede ser favorable a Il Cavaliere.

“Si los italianos eligen otra vez a Berlusconi, entonces es que se merecían a Mussolini a pesar de que quieren hacerlo olvidar”, ha escrito en un twit Pierre Bergé, accionista del diario Le Monde y de Le Huffington Post, la versión francesa del portal fundado en Estados Unidos. La frase resulta ocurrente, pero es acaso en exceso desabrida. Hila más fino Massimo Cacciari, filósofo y exalcalde de Venecia: “Este personaje es digno de un autor de verdad. Un autor que entiende la relación íntima con los aspectos trágicos de nuestro tiempo, porque el personaje cómico debe poderlos revelar a través de su propio comportamiento. Y este es el caso, si reflexionamos seriamente, de los rasgos narcisistas, hasta cierto punto delirantes, del tipo Berlusconi. Todo parece dispuesto por él en términos de valor de uso y de cambio. Cada cosa existe para adquirirse y disfrutarse despreocupadamente, lista para pasar a otro. El ritmo de la vida es el del movimiento del dinero, de la ‘puta universal de la humanidad’, en palabras de Shakespeare”. La patria de la commedia dell’arte no merece un bufón tan zafio.