Trump o el desbarajuste como sistema

La destitución de Rex Tillerson refuerza la sensación de desbarajuste o improvisación en la Casa Blanca y subraya al mismo tiempo la inconsistencia de los nombramientos hechos por Donald Trump al ocupar la presidencia. Los medios liberales o simplemente ecuánimes entienden que el final de la carrera política de Tillerson obedece a la determinación presidencial de apoyarse solo en el círculo de leales que comparten con él el eslogan América primero por encima de cualquier otra consideración (The New York Times) y, al mismo tiempo o como resultado inmediato, pone en riesgo algunos de los pilares de la estabilidad internacional: el acuerdo nuclear con Irán (Politico.com), el precario sistema de equilibrios en Oriente Próximo y la colaboración con los aliados. Mientras los analistas, las publicaciones y las televisiones que arropan a Trump transpiran entusiasmo, una parte del Partido Republicano teme que en noviembre las elecciones castiguen la ejecutoria del presidente, no exenta de frivolidad.

Se dice que los nombramientos posteriores al 20 de enero del año pasado pretendieron satisfacer las expectativas de los diferentes sectores del republicanismo, desde la extrema derecha surgida del caldo de cultivo del Tea Party al ala conservadora más convencional e influyente durante décadas. Acaso fue una operación de maquillaje para poner en marcha la maquinaria, pero enseguida afloró la incomodidad de Trump con cuantos discreparon de su pensamiento. En poco más de un año, el presidente ha prescindido de una veintena de colaboradores de primer orden, sometidos a un enfoque enteramente personalista e imprevisible de los asuntos públicos, donde siempre han pesado más las opiniones de su hija Ivanka, una especie de primera dama bis al lado de Melania, y de Jared Kushner, marido de Ivanka y tanto o más conservador que el presidente. A pesar de su inexperiencia política, de los escándalos reales o supuestos que le persiguen desde el principio, Trump se ha rodeado de un limitadísimo equipo de fieles, dispuestos a poner en práctica un programa sin conexión argumental con sus predecesores.

Quizá sea cierto que nunca pensó el candidato republicano que ganaría las elecciones de noviembre del 2016, como afirma Michael Wolff en Fuego y furia, pero una vez lograda la victoria adecuó la tarea a su perfil egocéntrico, propio de un empresario acostumbrado a tambalearse en la cima, rehacerse y volver a empezar, y así varias veces en el transcurso de su dilatada biografía. Todas las reorganizaciones, destituciones, controversias con sus asesores y colaboradores se deben a la propensión presidencial a cambiar el paso sobre la marcha cuantas veces haga falta con tal de que prevalezca su propósito de desarmar parte sustancial de la herencia recibida de los últimos presidentes, especialmente de Barack Obama, obsesión permanente de la ultraderecha estadounidense.

Cuando un semanario tan conservador como The Weekly Standard describe el despido de Tillerson de forma especialmente rotunda, cabe suponer que el modus operandi del presidente incomoda incluso a sus alentadores de primera hora: “El despido del secretario de Estado, Rex Tillerson, fue un ejemplo de libro de texto sobre el enfoque de Donald Trump respecto a las decisiones de personal: abrupto, humillante y ejecutado desde una distancia segura”. Esta distancia de seguridad fue la cuenta personal de Trump en Twitter, el mismo canal por el que avanzó el nombre del sustituto, Mike Pompeo, un halcón obsesionado con Irán, y de la sucesora de este al frente de la CIA, Gina Haspel, una exagente de la casa partidaria de la tortura, tan parecida en sus rasgos esenciales a alguno de los personajes de la película La noche más oscura; personajes entregados a aplicar los llamados eufemísticamente “interrogatorios reforzados”, promovidos por la Administración de George W. Bush después del 11-S.

Una vez más, los acontecimientos dan la razón al escritor Richard Ford. Para él, la mayor diferencia entre Obama y Trump es que el primero se tomó la presidencia en serio, en actitud reflexiva, y el segundo cree poder manejarla según sus designios, sin utilizar el gran angular que requiere una ocupación tan compleja. Frente al compromiso internacional de combatir el cambio climático, con China y la Unión Europea al frente, el presidente invoca la necesidad de reactivar la industria para encubrir que sus inquietudes medioambientales tienden a cero; frente a la libertad de comercio promovida por la OMC, se remite a la necesidad de proteger a los productores estadounidenses de la competencia exterior; frente al compromiso iraní de aparcar el programa nuclear, se remite a una idea preconcebida: que el acuerdo de Obama con los ayatolás es el peor de todos los tratos posibles, aunque la información recogida sobre el terreno desmiente el aserto. Y así con todo: de la posesión de armas a la efervescencia supremacista; de la reforma sanitaria, denostada todos los días, a la construcción de una muralla en la frontera con México.

Aunque le echaron de la Casa Blanca hace unos meses, las decisiones que toma Trump revelan que sigue en vigor una de las máximas más conocidas de Steve Bannon, publicista de extrema derecha y estratega de cabecera del presidente hasta que decidió prescindir de él. La lucha hoy no es entre derecha e izquierda, sino entre nacionalistas y globalizadores, dice Bannon en cuanto tiene ocasión, y esta idea tan simple, propia de un populismo esquemático, impregna todas las decisiones del Despacho Oval, incluso cuando los versados en diferentes materias avisan de que se perpetrará un disparate, así sea reconociendo la capitalidad de Jerusalén mediante el traslado allí de la Embajada de Estados Unidos en Israel o imponiendo gravámenes a las importaciones de acero y aluminio. Es poco menos que imposible encontrar en la historia de la presidencia del país un primer año más desconcertante y errático, incluso entre aquellos inquilinos de la Casa Blanca que han pasado a los anales como ejemplos de lo que nunca debió suceder (Herbert Hoover, Richard Nixon y George W. Bush, tres de ellos).

Gary Younge, uno de los editores del periódico progresista británico The Guardian, no se ha andado por las ramas al describir la línea de conducta seguida por Trump y sus allegados: “La venalidad es tan barroca, la vulgaridad tan ostentosa, las inconsistencias tan severas, la incompetencia tan épica y las mentiras tan descaradas, que te deja sin palabras”. Cree Young que la presidencia se desmorona, pero junto a esta impresión de naturaleza política se manifiesta todos los días otra realidad: la mayoría de los votantes de Trump están encantados con los alardes presidenciales, y movilizaciones como las de los estudiantes contra la permisividad en la tenencia de armas les parecen inspiradas por un espíritu radical o, peor aún, por el contagio de socialistas europeos (no se citan nombres ni procedencia).

Puede que sea verdad que se asiste a un desmoronamiento de la presidencia, es cierto que el índice de popularidad de Trump al cumplir su primer año de mandato era insólitamente bajo, pero mientras siga disfrutando del colchón de adeptos detectado por las encuestas, tiene muchas posibilidades de salir airoso de la prueba electoral de noviembre. En una sociedad tan radicalmente dividida como la estadounidense, más importa conservar los votantes captados que andar a la trabajosa búsqueda del consenso nacional, siempre tan indeterminado y volátil, que Obama persiguió con escasa fortuna. Y Trump, carente de otras virtudes, tiene la de resistir a los adversarios detrás de un muro infranqueable de seguidores que juzgan necesario demoler las convenciones políticas que se olvidaron de ellos. En este tablero juega el presidente la partida.

 

Trump, un líder para tiempos oscuros

Solo las encuestas de Los Angeles Times sin asomo de duda, el profesor Allan Lichtman, acertante invariable desde hace 32 años, y el documentalista Michael Moore el pasado mes de julio pronosticaron que el vencedor del 8 de noviembre sería Donald Trump. En el caso del periódico californiano, su muestra demostró ser la mejor de cuantas manejaron los medios para vislumbrar el futuro; en el del universitario volvió a funcionar su cuestionario de 13 preguntas; en el acierto de Moore se concretó el conocimiento profundo que tiene de su país, tan presente en Capitalismo: una historia de amor. La sorpresa de la madrugada del miércoles fue una impugnación sin precedentes en Estados Unidos acerca de la utilidad de los sondeos, pero fue también un baño de realismo social que hubieron de encajar a un tiempo todos los grandes medios informativos, salvo Fox News, favorable a Trump, la gran mayoría de la comunidad académica y los defensores de la teoría del mal menor, que debía allegar votos a Hillary Clinton, poco apreciada por sus conciudadanos, pero preferible siempre al candidato republicano. Pocos, como Moore, supieron medir la intensidad del mar de fondo que sacude a las sociedades occidentales y ha llegado con fuerza inusitada a las costas de Estados Unidos para teñir el mapa de la nación con el rojo característico de los republicanos a pesar de la división profunda del partido, un dato nada desdeñable.

Vio Moore cinco razones para la victoria futura de Trump:

  1. Las ‘mates’ del Medio Oeste o bienvenidos a nuestro ‘Brexit’ del cinturón de óxido. Fueron determinantes en la victoria de Trump los estados que en el pasado precisaron mano de obra intensiva en la gran industria: automóvil, acero, bienes de equipo y otros sectores.
  2. La última batalla del hombre blanco enojado. El voto del hombre blanco golpeado por la salida de la crisis y que afronta el futuro con una sensación de incertidumbre y vulnerabilidad cayó del lado de Trump, reforzado por el del 54% de las mujeres blancas.
  3. El problema Hillary Clinton. El perfil de una mujer preparada e inteligente, pero casi siempre distante y a menudo soberbia, tenida por la viva imagen del establishment en un ambiente poco propicio para las familias patricias y las élites políticas, señaladas por los estrategas de campaña de Trump como las responsables de todos los males de la nación. Una encuesta reveló que el 70% de los electores la consideran “mentirosa y deshonesta”.
  4. El voto deprimido de Bernie Sanders. Los seguidores del senador en las primarias se dividieron el martes entre los que hicieron un gran esfuerzo para optar por Clinton y los que prefirieron quedarse en su casa. Para estos últimos, careció de sentido la opción del mal menor.
  5. El efecto Jesse Ventura. Esto es, muchos de cuantos decidieron votar por Trump entendieron que la elección permitía enviar un mensaje de protesta contra sus victimarios o contra quienes creen que lo son, de la misma manera que la victoria en Minnesota del luchador Jesse Ventura en 1998, que fue elegido gobernador del estado, se interpretó como la consecuencia de un acto de rebeldía de la mayoría de votantes contra el establishment local.

Algo consustancial con los equilibrios sociales en los países occidentales se ha quebrado y no lo detectan las encuestas. Se respira una atmósfera de profunda contrariedad por el precio desorbitante de la salida de la crisis después de pagar un precio asimismo desorbitante cuando estalló –paro, recesión, inseguridad, fragmentación del mercado de trabajo, entre otras causas de desasosiego–; el pacto social de la posguerra ha saltado por los aires y la economía global da la impresión –acaso es más que una impresión– de que persigue solo la eficacia (la rentabilidad) y renuncia a la equidad. Mientras tanto, arraigan en sociedades castigas, envejecidas, desorientadas y sin grandes líderes la entera gama de prejuicios asociados a las crisis de identidad: racismo, xenofobia, islamofobia, miedo al otro, oposición a los flujos migratorios, proteccionismo y nacionalismo exacerbados y otras lacras propias de tiempos oscuros.

Es cierto que Trump carece de experiencia política, que no es un líder con la cultura cosmopolita y refinada que distingue a Clinton, pero ha demostrado poseer el instinto primario de un presentador de reality show que sabe echar sal a la herida para que salten las lágrimas cuando decae la audiencia. Trump hizo “una campaña que se parecía más al nacionalismo europeo que al conservadurismo estadounidense”, escribió uno de los cronistas de The New York Times al día siguiente de la elección, y ese fue un acierto suyo porque ajustó el mensaje a la reclamación perentoria de volver a las esencias, intuida en las filas de la baja clase media blanca, que no ha sacado partido del éxito macroeconómico de Barack Obama durante sus dos mandatos.

Ese enojo extremo, inductor de un voto oculto no detectado por las encuestas, no fue percibido por Clinton o no fue tenido en cuenta por su equipo de campaña. Lo que Clinton no entendió es el título del análisis electoral publicado por la escritora Kathleen Parker en The Washington Post. La idea central de Parker, y con ella la de muchos otros, es que la elección de 2016 se planteó como un referéndum sobre la herencia de Obama, y la candidata demócrata insistió en que ella era la depositaria del legado del presidente saliente. “La promesa de Clinton de continuar las políticas de Obama fue una agenda suicida –escribe Parker– para una mayoría de estadounidenses, especialmente para aquellos cuyas vidas no mejoraron durante la recuperación económica en los últimos ocho años”. Insistir en la preservación de la herencia recibida no era solo innecesario, sino que a la postre fue contraproducente.

Dicho de otra forma, la elección se planteó como “la batalla entre lo rural y lo urbano, entre quienes quieren dejar las cosas como están y quienes no forman parte de tal orden y quieren uno nuevo”, sostiene el analista Andrew Rosenthal. En ambos casos ganó Trump: en la llamada América profunda, por la sensación de que la tierra se mueve bajo sus pies sin que nadie haga nada; en los degradados paisajes urbanos del cinturón de óxido, porque el sueño americano –un eslogan o una ilusión– parece haberse desvanecido en la densa atmósfera de las nuevas tecnologías y de las finanzas globales, concentradas en los prósperos estados del noreste y en la costa del Pacífico. Basta contemplar el mapa político que ha dejado la elección de presidente para colegir que Clinton fue sobre todo la candidata de la nueva economía, de los nuevos empleos, de la sociedad posindustrial, y Trump fue en especial el líder proteccionista que quiere cambiar las reglas del juego, sin que se sepa, por lo demás, cómo y con quiénes piensa hacerlo sin poner a Wall Street en un grito.

Tampoco hay demasiadas pistas ciertas acerca de qué propósitos animan a Trump en otros campos, salvo las vaguedades difundidas durante la campaña. Solo algo es seguro: la mutación ideológica del republicanismo iniciada con la revolución conservadora de Ronald Reagan se ha consumado este último martes con una intensidad y en unos términos que solo los neocon muy convencidos, los ideólogos del Tea Party y los profetas de las nuevas iglesias evangélicas pudieron vislumbrar en el pasado. Ese partido de Donald Trump y Mike Pence es tan diferente del de John McCain y Mitt Romney, de Colin Powell y de George H. W. Bush, que se reflejan en él la división social, la fractura que atestigua el cómputo de votos populares –un empate técnico con unos miles de papeletas más para Clinton–, las protestas contra el vencedor que siguieron al escrutinio y esa alarma generalizada ante un personaje imprevisible, del todo desconocido, capaz hasta ahora de cualquier descortés inconveniencia sin que le tiemble la voz.

A cambio de no saber qué futuro deparará el relevo en la Casa Blanca, el populismo ultraconservador dispone desde el martes de un líder de referencia a escala planetaria. De Marine Le Pen a Vikton Orbán, por citar a dos entre muchos, la ultraderecha tiene un espejo donde mirarse, tiene una técnica electoral en la que inspirarse para porfiar en ese gran cambio en curso que desafía los usos democráticos, la convivencia entre diferentes, el mestizaje cultural y el recurso al pacto para no caer en el autoritarismo destemplado. Este parece ser el signo de estos días confusos: proveer de argumentos a la extrema derecha para que sume cada día nuevos adeptos a su causa, que no es la de la mayoría aunque sus líderes así lo venden. ¿O acaso Trump no es tan del establishment como Clinton, como todos los presidentes desde George Washington? Como ha dicho el escritor Richard Ford, pronto echaremos en falta a Obama.

Una campaña medicalizada

El espectáculo de la campaña electoral en Estados Unidos ha ganado en confusión a través de la proliferación de partes médicos, del debate sobre la salud de los candidatos y de la música de fondo de los talk show de las grandes cadenas de televisión, que se han sumado con entusiasmo a la evaluación de los análisis clínicos de dos veteranos como Hillary Clinton (68 años) y Donald Trump (70 años). La obsesión posmoderna por parecer más joven de lo que realmente se es se ha adueñado del alma de la campaña, y todo se quiere que gire en torno a la opinión y a los informes de los facultativos. Desde el general Washington hasta nuestros días ha tenido el país presidentes de todas las edades y nunca ha sido la edad el dato esencial para sopesar su competencia: los ha habido en forma o con la salud muy quebrantada (así Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt), pero lo que de todos ellos se recuerda, de los sanos y de los dolientes, es lo que hicieron o dejaron de hacer, no sus visitas a la consulta o a la farmacia; los hubo también con un aspecto inmejorable a pesar de sus muchos achaques (John F. Kennedy) y otros alicaídos, pero con una salud de hierro (James Buchanan, según parece). De forma que cuanto se dice, escribe y analiza desde el desvanecimiento de Clinton en Nueva York la calurosa mañana del día 11 es comprensible a veces y chocante casi siempre.

La última encuesta elaborada por The New York Times y la cadena de televisión CBS acerca a Trump a solo dos puntos de Clinton –46% en intención de voto frente a 44%–, a todas luces un empate técnico, pero cuesta dar por buena la interpretación inicial de que el acercamiento del republicano a la demócrata se debe a la neumonía no revelada en primera instancia por esta, o quizá ocultada por el equipo de campaña para no alarmar a votantes indecisos o convencidos de que mejor es sentar en el Despacho Oval a un joven presumiblemente duradero que a alguien con una larga biografía tras de sí. Puede, en cambio, que la ocultación o silenciamiento de la neumonía, más que la enfermedad misma, haya dañado de momento las expectativas de Clinton, y es también muy posible que el encubrimiento de todo con el aducido golpe de calor haya sido de gran ayuda para el republicano.

Forma parte de la tradición política de Estados Unidos que la opinión pública soporta mejor a los líderes que reconocen sus debilidades y errores que a aquellos que los ocultan o los ensombrecen con falsedades. Padecer una neumonía no es ni una debilidad ni un error; disimularla, ocultarla o comunicarla a destiempo ha tenido mala acogida. Y si así ha sido es porque una parte de los ciudadanos han entendido que se quería construir un relato alejado de la realidad; nadie mintió o eso parece, pero el equipo de Clinton puso manos a la obra para difuminar los hechos.

Lo cierto es que mientras en el republicanismo clásico –Colin Powell, el último– se multiplican los testimonios desaprobatorios de la verborrea de Trump, este se ha sentido liberado por unos días de ahondar en el debate ideológico y programático gracias a la relevancia de los historiales médicos. A menos de ocho semanas de la gran cita, con tres debates televisados en el horizonte y el partido en un grito por sus desplantes imprevisibles, Trump siente que recobra el aliento y, como ha dicho uno de sus asesores, cree haber demostrado que está en mejor situación para “resistir el desgaste de la presidencia” –en el sentido de desgaste físico, de corredor de fondo– que su oponente. La duración de este impulso inesperado es una incógnita que en gran parte despejará el vigor con el que Clinton regrese a la arena después de su obligado retiro neumónico.

Aun dando por descontado que los electores tienen derecho a estar informados del estado de salud de los candidatos, al menos de una forma genérica, y que estos tienen la obligación de aportar una información fiable y concreta, la disputa o la polémica pone de manifiesto la falta de complicidad de los candidatos con los ciudadanos (falta de empatía se dice ahora con bastante imprecisión). Cualquier pretexto es bueno para dudar de su cercanía a quienes deben votarlos, y cualquier suceso inesperado degrada su imagen o la pone en entredicho. Es esta una situación infrecuente en la elección de presidente, incluso en contiendas tan poco atractivas como la de 1968 entre Richard M. Nixon y Hubert H. Humphrey, dos personajes poco dotados para las relaciones públicas. Algo irremediablemente cansino ensombrece la campaña en curso como si se tratara de un rito que debe cumplirse a toda costa, pero que no logra atraer a la feligresía después del impacto emocional de las dos elecciones de Barack Obama.

El escritor Richard Ford pronostica que los estadounidenses echarán de menos a Obama en cuanto se acoja a su retiro prematuro y obligado. “En nuestro absurdo momento histórico y político, con sus candidatos de concurso de antibelleza –el estridente, demagogo, casi cómico Donald Trump, y la pasmada gritona Hillary Clinton, con sus palmaditas en la espalda–, es un alivio que Obama no se tome a la ligera su puesto de presidente”, afirma Ford. Pero resulta más concluyente que esa probable frivolización del trabajo presidencial acometida por los aspirantes la creencia de Ford en que “no hace falta saber quién es o qué es de verdad” Obama y, en cambio, hay una necesidad perentoria de desvelar quién o qué son los políticos que pugnan por sucederlo. Y no hay forma de llegar al fondo, de saberlo de una forma aproximada, porque es infranqueable la distancia que los separa de todos los auditorios, incluidos los agavillados por sus seguidores.

Los esfuerzos por simplificar la campaña –Trump, el outsider frente a Clinton, la profesional– contribuyen a fomentar la atmósfera de desorientación en la que han irrumpido los informes médicos. El semanario Time se atiene al dato de que los humoristas que presentan los programas nocturnos de más audiencia han tomado partido y Trump va perdiendo, pero Trump aparece en un canal de gran audiencia para certificar, papel en mano, que todos sus problemas de salud se reducen a algo de sobrepeso y un índice de colesterol inadecuado. Mientras, los asesores de Clinton prevén que Trump saldrá mal parado de los tres debates televisados, pero los que preparan al republicano creen que las dotes histriónicas de su jefe neutralizarán las cualidades oratorias de su adversaria. Todo tiene un aire superficial, bastante alejado de aquello que se tiende a pensar que es lo sustancial para decidir el voto: qué proponen los candidatos, a quién favorece y cómo se consigue. O eso al menos se creyó hasta la fecha, no ahora, según se ve.