Una campaña medicalizada

El espectáculo de la campaña electoral en Estados Unidos ha ganado en confusión a través de la proliferación de partes médicos, del debate sobre la salud de los candidatos y de la música de fondo de los talk show de las grandes cadenas de televisión, que se han sumado con entusiasmo a la evaluación de los análisis clínicos de dos veteranos como Hillary Clinton (68 años) y Donald Trump (70 años). La obsesión posmoderna por parecer más joven de lo que realmente se es se ha adueñado del alma de la campaña, y todo se quiere que gire en torno a la opinión y a los informes de los facultativos. Desde el general Washington hasta nuestros días ha tenido el país presidentes de todas las edades y nunca ha sido la edad el dato esencial para sopesar su competencia: los ha habido en forma o con la salud muy quebrantada (así Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt), pero lo que de todos ellos se recuerda, de los sanos y de los dolientes, es lo que hicieron o dejaron de hacer, no sus visitas a la consulta o a la farmacia; los hubo también con un aspecto inmejorable a pesar de sus muchos achaques (John F. Kennedy) y otros alicaídos, pero con una salud de hierro (James Buchanan, según parece). De forma que cuanto se dice, escribe y analiza desde el desvanecimiento de Clinton en Nueva York la calurosa mañana del día 11 es comprensible a veces y chocante casi siempre.

La última encuesta elaborada por The New York Times y la cadena de televisión CBS acerca a Trump a solo dos puntos de Clinton –46% en intención de voto frente a 44%–, a todas luces un empate técnico, pero cuesta dar por buena la interpretación inicial de que el acercamiento del republicano a la demócrata se debe a la neumonía no revelada en primera instancia por esta, o quizá ocultada por el equipo de campaña para no alarmar a votantes indecisos o convencidos de que mejor es sentar en el Despacho Oval a un joven presumiblemente duradero que a alguien con una larga biografía tras de sí. Puede, en cambio, que la ocultación o silenciamiento de la neumonía, más que la enfermedad misma, haya dañado de momento las expectativas de Clinton, y es también muy posible que el encubrimiento de todo con el aducido golpe de calor haya sido de gran ayuda para el republicano.

Forma parte de la tradición política de Estados Unidos que la opinión pública soporta mejor a los líderes que reconocen sus debilidades y errores que a aquellos que los ocultan o los ensombrecen con falsedades. Padecer una neumonía no es ni una debilidad ni un error; disimularla, ocultarla o comunicarla a destiempo ha tenido mala acogida. Y si así ha sido es porque una parte de los ciudadanos han entendido que se quería construir un relato alejado de la realidad; nadie mintió o eso parece, pero el equipo de Clinton puso manos a la obra para difuminar los hechos.

Lo cierto es que mientras en el republicanismo clásico –Colin Powell, el último– se multiplican los testimonios desaprobatorios de la verborrea de Trump, este se ha sentido liberado por unos días de ahondar en el debate ideológico y programático gracias a la relevancia de los historiales médicos. A menos de ocho semanas de la gran cita, con tres debates televisados en el horizonte y el partido en un grito por sus desplantes imprevisibles, Trump siente que recobra el aliento y, como ha dicho uno de sus asesores, cree haber demostrado que está en mejor situación para “resistir el desgaste de la presidencia” –en el sentido de desgaste físico, de corredor de fondo– que su oponente. La duración de este impulso inesperado es una incógnita que en gran parte despejará el vigor con el que Clinton regrese a la arena después de su obligado retiro neumónico.

Aun dando por descontado que los electores tienen derecho a estar informados del estado de salud de los candidatos, al menos de una forma genérica, y que estos tienen la obligación de aportar una información fiable y concreta, la disputa o la polémica pone de manifiesto la falta de complicidad de los candidatos con los ciudadanos (falta de empatía se dice ahora con bastante imprecisión). Cualquier pretexto es bueno para dudar de su cercanía a quienes deben votarlos, y cualquier suceso inesperado degrada su imagen o la pone en entredicho. Es esta una situación infrecuente en la elección de presidente, incluso en contiendas tan poco atractivas como la de 1968 entre Richard M. Nixon y Hubert H. Humphrey, dos personajes poco dotados para las relaciones públicas. Algo irremediablemente cansino ensombrece la campaña en curso como si se tratara de un rito que debe cumplirse a toda costa, pero que no logra atraer a la feligresía después del impacto emocional de las dos elecciones de Barack Obama.

El escritor Richard Ford pronostica que los estadounidenses echarán de menos a Obama en cuanto se acoja a su retiro prematuro y obligado. “En nuestro absurdo momento histórico y político, con sus candidatos de concurso de antibelleza –el estridente, demagogo, casi cómico Donald Trump, y la pasmada gritona Hillary Clinton, con sus palmaditas en la espalda–, es un alivio que Obama no se tome a la ligera su puesto de presidente”, afirma Ford. Pero resulta más concluyente que esa probable frivolización del trabajo presidencial acometida por los aspirantes la creencia de Ford en que “no hace falta saber quién es o qué es de verdad” Obama y, en cambio, hay una necesidad perentoria de desvelar quién o qué son los políticos que pugnan por sucederlo. Y no hay forma de llegar al fondo, de saberlo de una forma aproximada, porque es infranqueable la distancia que los separa de todos los auditorios, incluidos los agavillados por sus seguidores.

Los esfuerzos por simplificar la campaña –Trump, el outsider frente a Clinton, la profesional– contribuyen a fomentar la atmósfera de desorientación en la que han irrumpido los informes médicos. El semanario Time se atiene al dato de que los humoristas que presentan los programas nocturnos de más audiencia han tomado partido y Trump va perdiendo, pero Trump aparece en un canal de gran audiencia para certificar, papel en mano, que todos sus problemas de salud se reducen a algo de sobrepeso y un índice de colesterol inadecuado. Mientras, los asesores de Clinton prevén que Trump saldrá mal parado de los tres debates televisados, pero los que preparan al republicano creen que las dotes histriónicas de su jefe neutralizarán las cualidades oratorias de su adversaria. Todo tiene un aire superficial, bastante alejado de aquello que se tiende a pensar que es lo sustancial para decidir el voto: qué proponen los candidatos, a quién favorece y cómo se consigue. O eso al menos se creyó hasta la fecha, no ahora, según se ve.