Obama y compañía

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, acompañados de sus respectivas familias, celebran la victoria en Chicago la madrugada del miércoles.

La victoria obtenida el martes por el presidente Barack Obama ha consolidado el núcleo electoral constituido por un nuevo mapa de minorías, bastante diferente al que manejaron los sociólogos desde los días de Franklin D. Roosevelt hasta la derrota de Michael Dukakis en 1988. El perfil del electorado que llevó a Bill Clinton a la Casa Blanca y a punto estuvo de repetir el resultado con Al Gore en el 2000 fue un anticipo de las minorías transversales que hicieron posible la elección de Obama en el 2008 y su relección ahora. El Partido Demócrata de los sindicatos, el mundo de la cultura y la industria del espectáculo, la clase media urbana y una parte importante de la comunidad afroamericana se ha enriquecido con electorados con una composición interna más heterogénea, interclasista si se quiere; sigue siendo el partido de las minorías, pero de minorías con una mayor complejidad social. Al decir que la mayoría de mujeres, de jóvenes entre los 18 y 29 años, de hispanos, de homosexuales y de movimientos sociales independientes votaron por Obama, se afirma a un tiempo que el presidente ha logrado extender su base electoral más allá de los límites tradicionales. Así, el apoyo del AFL-CIO se ha diluido, pero ha aparecido el de los blue collars, una etiqueta más amplia; los demócratas mantienen la influencia en la clase media, pero esta ha decrecido 20 puntos –hace 40 años englobaba al 71% de la población y hoy incluye solo al 51%– y en su lugar aparecen las clases emergentes vinculadas a la nueva economía.

Esta cualidad inclusiva del Partido Demócrata se halla en las antípodas del perfil exhibido por el Partido Republicano durante la campaña, incluso después de limar las aristas más cortantes del conservadurismo a ultranza impuesto por el Tea Party a través de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia. Al mismo tiempo, la diversidad social y cultural convierte a los demócratas en un colectivo más expuesto a la crítica y a las contradicciones, como ha explicado Ross Douthat en su blog en The New York Times. Pero la misma comentarista admite que, por el momento, las virtudes inclusivas de la propuesta de Obama mantienen desorientados a los republicanos, que solo son un adversario cuando entienden cómo construyó Obama su mayoría, “por qué los votantes se unieron y por qué la mayoría conservadora de los tiempos de Reagan y Bush lo descifró”.

El éxito de Obama se resume en un dato rotundo: es el primer presidente demócrata desde Roosevelt que consigue ganar con más del 50% de los votos populares. En cambio, Mitt Romney no ha obtenido ni un solo voto electoral más de los 206 que le adjudicaron las encuestas más solventes hasta el día antes de la elección. A Romney le perjudicó tanto la imagen proyectada por el Partido Republicano, demasiado blanco, demasiado viejo y demasiado masculino, como ha recogido EL PERIÓDICO, como el lastre ultraconservador en el debate de la moral y los valores. Las proclamas antiabortistas, la brega contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, todo cuanto hace referencia a la autonomía del individuo en el ámbito más íntimo, dañaron tanto la campaña de Romney como la incapacidad del equipo de campaña de comprender que la demografía de la nación ha sufrido un cambio profundo e irreversible. Creyeron los republicanos que con los argumentos de ayer se puede vencer hoy, según interpreta Douthat: “[Romney] fue finalmente derrotado menos por sus propias limitaciones como líder y más por el hecho de que su partido no quiso reinventarse, prefirió creer que la retórica y las posiciones de 1980 y 1984 –triunfos de Ronald Reagan– podían ganar de nuevo en la América del 2012”.

Al hilo de argumentos similares, el analista Joel Benenson llega a la conclusión de que el triunfo de Obama no fue el propiciado por el cambio experimentado en la demografía estadounidense, sino más bien por una nueva moral colectiva combinada con el empeño de rescatar a la clase media de la postración: “Ganó porque articuló un conjunto de valores que definen una América en la que la mayoría de nosotros desea vivir”. La coalición de Obama, llamada así por la antes citada Ross Douthat, habría empezado a configurarse en 1972, cuando George McGovern fue el candidato demócrata a la presidencia, derrotado con estrépito por Richard Nixon, pero en aquel tiempo aún alentaba en el seno de la sociedad estadounidense la inercia política wasp (white, anglosexon and protestant) por encima de cualquier otra. Hoy la textura  social dominante es muy diferente.

Romney Ryan

Cartel electoral de Mitt Romney y Paul Ryan.

Los republicanos no percibieron el cambio o se vieron arrastrados por la escala de valores inspirada por la herencia wasp, que el Tea Party administra. No se percataron de que muchos votantes estaban dispuestos a contestar con un a la más elemental y repetida de todas las preguntas: ¿estoy hoy mejor que hace cuatro años? Incluso en una publicación tan declaradamente conservadora como el semanario Time, E. J. Dionne Jr. ha reconocido que el presidente ha dado la vuelta a las tendencias heredadas: “Se han creado 4,5 millones de empleos desde enero del 2010, la bolsa ha doblado su valor desde su índice más bajo y el mercado de la vivienda se ha estabilizado. Mitt Romney pudo prometer 12 millones más de empleos en los próximos cuatro años porque las políticas de Obama han marcado el camino para producirlos gracias a un renacimiento de la industria, un aumento de las exportaciones y una nueva oleada de investigación e innovación”.

En términos parecidos analiza Thomas L. Friedman el error cometido por los republicanos al considerar que el reformismo económico de Obama era el flanco más débil del presidente: “Un país con cerca del 8% de paro prefirió dar al presidente una segunda oportunidad antes que a Mitt Romney la primera. El Partido Republicano necesita hoy sincerarse consigo mismo”. Cabe añadir que solo Roosevelt, durante la gran depresión logró la relección con una tasa de paro superior al 7%. Y también fue Roosevelt el primer gran convencido de que sin la implicación del Estado no había salida a la crisis, un convencimiento idéntico al que ahora exhibe Obama frente al propósito republicano de recortar el Estado para dejar más recursos en manos privadas. El objetivo de Romney es lograr la reactivación económica enseguida, aunque el precio sea una inquietante fractura social; el de Obama es fundamentar el crecimiento en una vuelta a la cohesión social. Obama es un pragmático ilustrado sin antecedentes en el mundo financiero; Romney, un financiero conservador urgido por la cuenta de resultados y por los ideólogos del Tea Party.

Leo Strauss

El filósofo conservador Leo Strauss (Kirchain, Alemania, 1899-Annapolis, EEUU, 1973), intérprete del pensamiento político de Platón y Aristóteles.

Las élites republicanas, instruidas en el conservadurismo compasivo, reconocen en privado que la alianza con el Tea Party ha resultado desastrosa. Alexander Burns y Jonathan Martin explican en la web politico.com que han recogido en los pasillos republicanos la opinión de algunos veteranos del partido que ven cómo parte de la base “está envuelta en un universo mental paralelo, con Fox News como su única fuente de información  de confianza y la memoria del deslizamiento conservador del 2010 como su marco básico para entender la política”. Este distanciamiento de la realidad circundante tiene que ver con la dualidad social estadounidense, configurada por el papel que desempeñan el Gobierno y los programas federales y por el peso del poder local en los estados poco poblados, tan alejados de Washington como de los grandes debates acerca de la sociedad del futuro.

Menos comedido que los periodistas de politico.com, John Nichols afirma en la revista progresista The Nation que el reclutamiento de Paul Ryan para acompañar a Mitt Romney ha dado un “resultado miserable”. Decir Ryan es decir Tea Party, y ahí radica una de las grandes incógnitas: descifrar hasta qué punto la extrema derecha perjudicó las aspiraciones republicanas en igual o mayor medida que la capacidad del presidente para agavillar una mayoría social. Thomas L. Friedman pronostica que si el centro derecha no se desembaraza de la extrema derecha, el Partido Republicano “esta condenado a ser un partido minoritario durante mucho tiempo”. Dicho de otra forma por Jennifer Rubin en su blog en el liberal The Washington Post, que pidió sin tapujos el voto para Obama: “Si el partido va totalmente a la derecha, con una selección de candidatos aún menos atractivos para las mujeres, las minorías y una sociedad cada vez más secularizada, es difícil ver cómo mejorará su situación”. En el mismo periódico, Stephen Stromberg concluye que de persistir en la promoción de personalidades como Paul Ryan, el Grand Old Party (GOP) no hará otra cosa que “dar permiso a los derechistas para ser más firmes y más imprudentes en su oposición a Obama”.

Irving Kristol

Portada de la revista ‘Esquire’ de febrero de 1979 dedicada al politólogo conservador Irving Kristol. “Este intelectual desconocido es el padrino de la más poderosa nueva fuerza política en América: el neoconservadurismo”, dice el titular.

El analista Jonathan Haidt, extremadamente crítico con el funcionamiento de la maquinaria de los partidos, saca a relucir la incapacidad de muchos dirigentes de anteponer el interés nacional al del partido, de favorecer un auténtico debate de ideas. “Esto es muy malo –comenta Haidt– porque amplifica otros problemas como la crisis de la deuda, la falta de una política de inmigración racional y el envejecimiento de nuestras infraestructuras”. Pero alimenta también la desconfianza hacia el sistema, condenados los electores a soportar el espectáculo de la pelea del poder por el poder. Un mecanismo de distanciamiento de la política que, después de la derrota, intentan frenar los republicanos con la oferta de diálogo lanzada el jueves por John Boehner, su líder en la Cámara de Representantes, alguien que, por lo demás, se distinguió en la anterior legislatura por su cerrazón.

Los editores de la revista National Review, difusora de la causa republicana, ven en la derrota el inicio de un largo periodo de estancamiento electoral si los conservadores no van más allá del análisis demográfico de los resultados. “Hasta que los conservadores no diseñen una agenda nacional y la forma de venderla, que vincule los principios de un Gobierno pequeño con resultados atractivos, estarán en grandes dificultades para mejorar su situación con las mujeres, los latinos, los blancos o los jóvenes –escriben los editores–. Y los conservadores serán muy imprudentes si cuentan con la mera disponibilidad de jóvenes militantes conservadores carismáticos para maquilar este problema”. Diríase que la publicación propone un compromiso ideológico más detallado, pero esta primera impresión se desvanece cuando asoma el pragmatismo a ultranza: mantener a Todd Akin, el del aborto legítimo, en la carrera por un escaño en el Senado es presentado como un error y la insistencia en introducir una enmienda en la Constitución que impida los matrimonios homosexuales, como una empresa quijotesca.

Los depositarios de la herencia intelectual de Leo Straus, Irving Kristol y el resto de precursores del neoconservadurismo abundan en la necesidad de oponer una resistencia sin tregua al reformismo de Obama. “El presidente ha retratado a Romney como el extremista. La lección debe ser clara: cuando los republicanos no luchan, simplemente permiten a los liberales demócratas que parezcan centristas”, afirma Jeffrey H. Anderson en The Weekly Standard, el semanario fundado por William Kristol a la medida del pensamiento neocon. Y ahí reside una de las grandes divergencias entre los republicanos clásicos y sus compañeros de viaje: los primeros reniegan de la lucha sin cuartel y abogan por el compromiso bipartidista; los segundos ponen por delante la derrota del adversario aunque la nación corra el riesgo de precipitarse por el abismo fiscal (fiscal cliff), algo que puede suceder las próximas semanas si en el Congreso no se concreta un pacto que lo evite.

Romney no es el arquetipo del conservador clásico, pero tampoco es alguien que tiene como única referencia las enseñanzas de la escuela dominical. De forma que debió resultarle especialmente doloroso leer el comentario tajante de Richard Cohen en The Washington Post al día siguiente de la derrota: “Mitt Romney podía haber ganado. Tenía el oponente adecuado, pero el partido político equivocado”. Las cifras solo confirman en parte esta afirmación: en el 2008, el senador John McCaine quedó a 10 millones de votos del senador Barack Obama; el martes, tres millones de votos separaron a Obama y Romney. Quienes ven la botella medio llena pueden afirmar sin equivocarse que el giro ideológico republicano ha consolidado un núcleo de electores con futuro; quienes la ven medio vacía piensan que las filas de Obama han resistido cuatro años de desgaste, las deserciones han sido escasas y, tan importante como eso, los más de 8,5 millones de votos perdidos por el presidente han engordado la abstención antes que las expectativas republicanas. Pueden ser muchos los defraudados por Obama, pero son muchas más las víctimas de la crisis a las que asusta la perspectiva de que los republicanos se hagan cargo de la situación inspirados por el Tea Party. Obama y compañía cotizan al alza incluso cuando pierden votos. ¿Es cierto que lo mejor está por venir?

 

Watergate, las alcantarillas del poder

Al cumplirse 40 años del asalto al cuartel general del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington sigue vigente la pregunta que formuló el senador Sam Ervin al entregar a la Cámara el informe definitivo del caso: ¿qué fue Watergate? Los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward, que el día 8 firmaron conjuntamente por primera vez en 36 años en las páginas de The Washington Post, sostienen que el caso Watergate “fue las cinco guerras de Nixon”. Los historiadores revisionistas se esfuerzan en probar que se trató de una conspiración tramada por el establishment de Washington contra alguien que no era de los suyos. Los estudiosos de la personalidad de Richard M. Nixon aseguran que su mandato (20 de enero de 1969-9 de agosto de 1974) se caracterizó por una desconfianza acérrima hacia cuantos le rodeaban, hacia sus adversarios políticos y hacia el aparato de poder que sobrevive a todos los presidentes.

Las cinco guerras a las que se refieren Woodward y Bernstein apuntaron contra el movimiento antibelicista –quienes se oponían a la guerra de Vietnam–, contra los medios de comunicación –con el aderezo del conocido antisemitismo del presidente–, contra los demócratas, contra la justicia y, después de dimitir, contra la historia. Y resumen qué significaron “las cinco guerras de Nixon” en la siguiente frase: “El Watergate fue un asalto descarado y atrevido, dirigido por el propio Nixon contra el corazón de la democracia estadounidense: la Constitución, nuestro sistema de elecciones libres y el imperio de la ley”. Sin embargo, esa rotundidad de juicio no es tal al final del libro El hombre secreto, escrito por Woodward en el 2005 después de desvelarse que Garganta Profunda era Mark Felt, un exalto cargo del FBI que se sintió despechado y que fue el confidente que proporcionó pistas definitivas a los periodistas del Post para tumbar a Nixon. “Nunca hay una versión final de la historia”, sentencia Woodward.

Los datos esenciales son de sobra conocidos. El 17 de junio de 1972, cinco individuos asaltaron las oficinas del Partido Demócrata en Washington con el propósito de colocar micrófonos. El portavoz de la Casa Blanca, Ronald Ziegler, quisó quitar importancia al asunto y describió el suceso como “un robo de tercera”. En la edición del Post del día 19, Woodward y Bernstein encabezaron la primera información que firmaron juntos con la siguiente revelación: “Uno de los cinco hombres arrestados la madrugada del sábado en el intento de colocar micrófonos en el cuartel general del Comité Nacional Demócrata es un asalariado del coordinador de seguridad del comité para la relección del presidente Nixon”. El dato definitivo apareció publicado el 1 de agosto: “Un cheque de caja de 25.000 dólares, destinado aparentemente a la campaña para la relección del presidente Nixon, fue ingresado en abril en la cuenta bancaria de uno de los cinco hombres arrestados en el asalto a la sede nacional demócrata, el 17 de junio”. A partir de aquel momento, los periodistas siguieron el rastro del dinero, de acuerdo con las indicaciones de Garganta Profunda, y dejaron al descubierto las actividades encubiertas dirigidas desde la Casa Blanca. Sus pesquisas permitieron  conocer en última instancia la existencia de las famosas cintas en las que Nixon grabó las conversaciones con sus colaboradores, una prueba inculpatoria definitiva de los manejos al margen de la ley del presidente, que se vio obligado a dimitir.

Pero, más allá de los datos esenciales del caso, caben otras preguntas además de la del senador Ervin. Preguntas que atañen al papel desempeñado por Woodward y Bernstein, a cuál era el clima político en Washington a raíz de la diplomacia secreta practicada por Nixon por China y Rusia, a qué daños sufrió el sistema y, por último, a por qué Nixon cedió a sus instintos.

Woodward y Bernstein

Más allá de la admiración suscitada por los dos periodistas que desvelaron el escándalo, es forzoso preguntarse si las técnicas convencionales del periodismo de investigación les hubiesen permitido llegar hasta donde lo hicieron sin el concurso de un funcionario herido en su amor propio, tal como explicó en mayo del 2005 el abogado John O’Connor al publicar la historia de su cliente Mark Felt en la revista Vanity Fair con el título Yo soy el tipo al que solían llamar Garganta Profunda: “A pesar de que era una criatura de Washington, estaba agotado por años de batallas burocráticas, era un hombre desencantado con la mentalidad de navaja de la Casa Blanca de Nixon y sus tácticas de politización de los organismos gubernamentales”. En realidad, la versión de O’Connor soslaya el hecho definitivo de que Felt albergaba el deseo de llegar a la cima del FBI, pero finalmente el puesto de director no fue para él. Y en el primer libro escrito por los periodistas, Todos los hombres del presidente, la consistencia del gran reportaje, en la mejor tradición de la prensa anglosajona, no permite aventurar los resortes que pusieron en movimiento a Garganta Profunda.

Woodward y Bernstein

Carl Bernstein y Bob Woodward, frente a la Casa Blanca en los días del 'caso Watergate'.

Dicho de otra forma: sin la contribución de Felt, las pesquisas de los periodistas se habrían atascado como sucedió a sus compañeros en otros medios. Sin el empujón de Felt, el camino hacia los despachos de la Casa Blanca habría sido poco menos que imposible. En cuanto a Garganta Profunda, la decisión de desvelar su identidad a pesar del acuerdo de confidencialidad con Woodward y Bernstein le alejó del personaje mitológico con sólidas convicciones políticas, movido por razones éticas: cedió a las presiones de su familia para que lo contara todo antes de morir –estaba a punto de cumplir 92 años– a cambio de un sustancioso contrato de exclusiva. El compromiso de confidencialidad era tan sólido que Ben Bradlee, director del Post en los días del escándalo, explica lo siguiente en su libro La vida de un periodista (1996): “Solo después de la dimisión de Nixon y del segundo libro de Woodward y Bernstein, Los días finales, sentí la necesidad de conocer el nombre de Garganta Profunda. Y lo supe un día de primavera en un banco de la plaza MacPherson durante la hora de la comida. Nunca se lo he dicho absolutamente a nadie (…) El hecho de que su identidad haya permanecido en secreto durante todos estos años es desconcertante, y verdaderamente extraordinario”.

En el epílogo escrito por Bernstein para el libro de Woodward en el que cuenta su relación con Felt, el ya citado El hombre secreto, hay un propósito manifiesto de rebajar el papel central de Garganta Profunda: “Lo que nos permitió penetrar en el secreto de la presidencia de Nixon fue la convergencia de todas las fuentes y su posición de testigos de primera mano en todos los niveles, y no la información facilitada por una sola”. Pero persiste la duda acerca de las posibilidades que tenían de avanzar sin su famoso confidente, prevalece la incógnita sobre qué intereses guiaron los pasos de Felt, todo lo cual no afecta al hecho de que el trabajo de Woodward y Bernstein se mantiene como la pieza de referencia universal del periodismo de investigación en el escándalo político más difundido y estudiado del siglo XX. A lo que debe añadirse la independencia de criterio y la valentía de la editora de The Washington Post, Katharine Graham, y del equipo de dirección del periódico para capear el temporal, apoyar a los periodistas y resistir todas las presiones.

La atmósfera de Washington

Cuenta Graham en sus memorias Personal History: “Durante estos meses, las presiones sobre el Post para parar y desistir fueron intensas e incómodas. Yo me sentía acosada. Muchos de mis amigos se quedaron perplejos con el enfoque de nuestras informaciones. Joe Alsop [un famoso columnista] me estaba presionando todo el tiempo. Y tuve un encuentro casual, penoso, con Henry Kissinger, justo antes de la elección. ‘¿Qué te pasa? ¿No crees que seamos reelegidos?’, me preguntó Henry. Los lectores también me escribían, acusando al Post de segundas intenciones, mal periodismo y falta de patriotismo”.

Nixon y Kissinger

Richard Nixon y Henry Kissinger, en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Kissinger fue el arquitecto del acercamiento diplomático a China y la URSS. El presidente viajó a Pekín en febrero de 1972 para entrevistarse con Mao Zedong y en mayo de mismo año firmó en Moscú los acuerdos SALT-1 con el líder soviético Leonid Breznev. En ambos casos, la iniciativa de la Casa Blanca disgustó a una parte de los equipos que en los departamentos de Defensa y Estado habían gestionado hasta la fecha la guerra fría. En no menor medida pesó sobre la Administración de Nixon la división entre los partidarios de acelerar el acuerdo para una salida honorable de Vietnam y quienes creían que había que mantener la guerra a pesar de la fractura social que había provocado. Estos últimos tenían a su favor la debilidad de la candidatura demócrata para las presidenciales de 1972: el senador George McGovern era combatido en el seno de su propio partido y sus promesas de salir de Vietnam a toda prisa no le hicieron despegar nunca en las encuestas.

El clima de rebelión en las filas demócratas era de tal naturaleza que se constituyó una asociación llamada Demócratas por Nixon, dirigida por John Connally, a la que se sumaron sobre todo demócratas del sur descontentos con las inquietudes sociales y las políticas de integración racial que defendía McGovern. La prueba definitiva de que el candidato demócrata estuvo siempre a merced de los acontecimientos fue el resultado que obtuvo el 7 de noviembre de 1972: solo ganó en Massachusetts y en el Distrito de Columbia; en los otros 49 estados el triunfo fue para Nixon.

Así pues, ¿debía temer Nixon que alguien le moviera la silla? Lo único cierto es que cuando creció el escándalo y empezaron a caer sus colaboradores más próximos, el presidente apareció huérfano de apoyos. Tal como refleja el libro de Woodward y Bernstein Los días finales, Nixon experimentó la soledad de alguien dejado a su suerte por los poderes de facto y las instituciones, y eso multiplicó la fuerza de los demócratas de tal manera que en la votación del Senado que aprobó abrir el procedimiento de impeachment  (encausamiento), seis republicanos votaron a favor. “Nixon nunca tuvo a nadie a su lado, ni siquiera en sus mejores momentos. Era un profesional astuto, pero no le caía simpático a nadie; era la antítesis de Kennedy y su famosa empatía”, declaró años después de la dimisión de Nixon uno de los periodistas que siguió la campaña presidencial de 1972. El actor Anthony Hopkins reflejó hasta la angustia el estado de ánimo atormentado del presidente en su magnífico trabajo en Nixon, del director Oliver Stone.

El sistema, a prueba

El recorrido que siguió el caso Watergate de las páginas de los periódicos a los tribunales y el Congreso, así como la decisión final del presidente de dimitir para evitar el impeachment, dividió la opinión de los expertos en cuanto a la buena salud del sistema. Porque tan cierto es que el equilibrio de poderes respondió al desafío, como que todos los mecanismos de control efectivo del Ejecutivo fallaron y fueron por detrás de los acontecimientos revelados por la prensa hasta que el escándalo adquirió dimensiones de convulsión nacional. Es más, probablemente nada hubiese sucedido si el asalto a las oficinas demócratas se hubiese podido saldar con el enjuiciamiento de los cinco hombres detenidos el 17 de junio de 1972. El “robo de tercera” de Ronald Ziegler se hubiese consagrado como la versión oficial y única.

Nixon y Ford

Gerald Ford, poco después de haber sido nombrado vicepresidente por Richard Nixon.

“Si nos fijamos en la transformación en dos años en el contexto de Watergate, vemos la creación y la resolución de una crisis social fundamental, una resolución en la que participa la más profunda ritualización de la vida política. Para lograr ese status religioso, hubo una generalización extraordinaria de la opinión pública vis-à-vis con una amenaza política que se inició en el centro mismo del poder establecido”, ha escrito Jeffrey C. Alexander, profesor de Sociología en la Universidad de Yale en The meanings of social life. La afirmación de Alexander se corresponde tanto con la realidad como el hecho de que en la primavera de 1973, con el escándalo ocupando todos los canales informativos, la mitad de los estadounidenses admitían no tener conocimiento del caso Watergate o, peor aún, lo consideraban una invención de los periódicos. En consecuencia, no sentían mayor necesidad de que reaccionaran las instituciones ni tenían la sensación de que el sistema se enfrentara a una prueba de resistencia.

Si esto fue así hasta muy avanzados los acontecimientos, el perdón otorgado por Gerald Ford a su predecesor por cualquier asunto relacionado con las investigaciones y procesos abiertos en relación con el Watergate tampoco suscitó grandes controversias fuera del mundo académico y de la pugna partidista. Pero aún hoy persisten las dudas sobre la consistencia jurídica del perdón, que los constitucionalistas liberales estiman que fue una extralimitación de un privilegio presidencial –conceder indultos–, aplicable solo a condenados. Nixon estaba lejos de haber sido formalmente condenado –dimitió para no ser encausado– y, por lo tanto, la decisión de Ford suscita todo tipo de reservas.

Nadie discute a Ford que con su atrevimiento legal evitó que las secuelas del escándalo Watergate se eternizaran y perturbaran el funcionamiento de las instituciones. Si los tribunales ordinarios hubiesen podido seguir con alguna forma de enjuiciamiento que afectara a Nixon, por ejemplo a partir de las pruebas obtenidas contra él en causas seguidas contra sus colaboradores, el trauma nacional se habría prolongado y los efectos políticos habrían sido devastadores. Si la guerra de Vietnam y la dimisión de un presidente fueron en gran medida la definitiva pérdida de la inocencia de la sociedad estadounidense, como tantas veces se ha dicho, llevar a Nixon ante el juez hubiese resultado demoledor para la confianza de los ciudadanos en el sistema.

¿Cómo era Nixon?

Hay algunos momentos en la vida de Richard M. Nixon que permiten sacar alguna conclusión acerca de su personalidad, pero en general su perfil es indescifrable. Woodward y Bernstein afirman al final de su artículo del día 8 de este mes: “Su odio provocó su caída. Nixon captó aparentemente esa idea, pero fue demasiado tarde. Él se había destruido a sí mismo”. El propio Nixon admitió en 1977, en su famosa entrevista por entregas con el periodista David Frost, que dijo no “en un primer momento a cometer el delito de obstrucción a la justicia”, pero acto seguido se exoneró de cualquier responsabilidad futura con una afirmación del todo discutible: “La dimisión fue un impeachment voluntario”. Con los años porfió para que arraigara la idea de que se había exagerado la gravedad del caso y gozó de una sorprendente rehabilitación pública sin que, por los demás, admitiera nunca que quiso situarse más allá de la ley y del orden institucional.

TWP

Portada de 'The Washington Post' del 9 de agosto de 1974 que da cuenta de la dimisión de Richard Nixon.

Quizá la idea del personaje permanentemente disgustado consigo mismo y con todo el mundo resuma el rasgo más característico de su personalidad desde que empezó su carrera política. El hijo de un modesto agricultor de Yorba Linda (California) se sintió siempre como un outsider incluso cuando llegó a la Casa Blanca, el vicepresidente que suplió con eficacia las ausencias de Dwight D. Eisenhower (1953-1961) debidas a achaques de salud fue superado por el don de gentes y la brillante oratoria de John F. Kennedy en la campaña de 1960, el correoso abogado educado en la lógica del derecho dio su consentimiento a las peores prácticas, pero en la hora de la despedida, la mañana del 9 de agosto de 1974, pronunció un discurso intimista en el transcurso del cual recordó a su padre.

Al día siguiente, un periodista escribió que en su último día en la Casa Blanca Nixon se mostró tan “incómodo y forzado” como en los cinco años y medio anteriores. Sin embargo, aquellas palabras improvisadas del adiós, rodeado de su familia, no estuvieron exentas de cierta patética grandeza: “Recuerdo a mi padre –dijo–. ¿Sabéis qué era? Al principio, conductor de tranvías, después granjero y más tarde propietario de un limonar. Os aseguro que aquel era el limonar más pobre de California. Lo vendió antes de que descubrieran petróleo en el terreno”. La sonrisa forzada de aquellos últimos minutos en la Casa Blanca fue parecida a la que siempre mostró en sus comparecencias públicas, demasiadas veces gélidamente distantes, como la de aquella rueda de prensa posterior a la dimisión de sus ayudantes John D. Haldeman y H. R. Ehrlichman –“dos de los mejores funcionarios públicos que he tenido el privilegio de conocer”–, el 30 de abril de 1973. Quiso ser irónico y mantenerse distendido, pero pareció altivo y desafiante a los periodistas que se encontraban allí. “Caballeros, hemos tenido nuestros desacuerdos en el pasado, y espero que me traten pésimamente cada vez que me equivoque”, soltó Nixon. Nadie rió.

Cuatro décadas después de que se representara el primer acto de aquel gran fresco de las alcantarillas del poder que fue el caso Watergate parece tan irrefutable que Nixon violentó las más elementales normas de la prudencia política, la contención y el respeto a la ley como que, en el ambiente enrarecido y adverso que nunca le abandonó, tomó decisiones similares a las de muchos de sus predecesores y sucesores, pero pagó por ello un precio que otros eludieron. “El que es elegido príncipe con el favor popular debe conservar al pueblo como amigo”, escribió Maquiavelo. Nixon nunca lo logró.

Los nombres del ‘caso Watergate’.

Libros:

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Todos los hombres del presidente. La primera edición en español data de septiembre de 1974 y apareció con el título El escándalo Watergate (Editorial Euros).

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Los días finales. La primera edición en español data de octubre de 1976 (Editorial Argos).

LEWIS, Chester y otros: Watergate. Aymá Editores. Barcelona, junio de 1974. Elaborado por el equipo de reporteros del dominical de Londres Sunday Times.

WOODWARD, Bob: El hombre secreto. Inédita Editores. Barcelona, noviembre del 2005. Incluye al final el texto de Carl Bernstein La valoración de un periodista.

Películas:

Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula. 1976.

Nixon, de Oliver Stone. 1995.

Frost/Nixon, de Ron Howard. 2008.