La austeridad alimenta el desapego a Europa

La hora de la verdad se acerca a toda prisa, asegura el economista alemán Hans-Werner Sinn. Lo que no precisa es cuál es esa verdad que tan cercana está, que produce euroescépticos a la velocidad de la luz, somete la periferia de la UE a las prescripciones del centro y consagra un ambiente de angustiosa decrepitud en el que rivalizan el fundamentalismo neoliberal de unos con el populismo de otros, la inoperancia de bastantes con las voces de alarma de cuantos ven más cerca un estallido social de dimensiones impredecibles. La última encuesta difundida por el Real Instituto Elcano recoge un dato inquietante: la mitad de los alemanes creen que España no es un país de fiar. El clima en España con relación a la UE no es mejor: según el último Eurobarómetro, el 72% de los españoles están más bien en contra de la UE; en 2007 eran solo el 23%.

Cada vez que se suben a la tarima personajes como el comisario Olli Rehn, compendio de todas las ortodoxias que han condenado a la desesperanza a millones de europeos, esas cifras evolucionan a peor. Solo una desfachatez tecnocrática ilimitada explica cómo alguien que es partidario de que la austeridad se aplique a todas horas a mayor gloria del cuadro macroeconómico, aunque conlleve la destrucción masiva de empleos, puede luego decir que el gran empeño de España ha de ser crear puestos de trabajo para cortar la hemorragia del paro. Hace tiempo que en las facultades de Economía se enseña que el paro es consecuencia directa de la austeridad, que yugula la inversión e impide la creación de empleo, como se han hartado de demostrar algunas de las mejores cabezas de la economía mundial, ignoradas desde luego por el Banco Central Europeo, los estrategas de la campaña electoral de Angela Merkel y otros gestores de la crisis.

Si en este clima tormentoso aparecen en España las cifras de la encuesta de población activa (6,2 millones de parados), entonces suena a conclusión insostenible que “la única opción que queda es, por desagradable que pueda ser para algunos países, endurecer las restricciones presupuestarias en la zona del euro”, como sostiene Han-Werner Sinn, integrante del consejo asesor del Ministerio alemán de Economía. Porque el propio Sinn admite que “no es probable que los griegos y los españoles puedan soportar la presión de la austeridad económica durante mucho más tiempo”, pero es incapaz de fijar un techo a la austeridad. Más bien parece dejar este dato crucial al libre criterio de los acreedores que, no se olvide, fueron los primeros en engordar el perro del crédito barato y las plusvalías alocadas cuando la prosperidad parecía no tener fin.

El sanedrín europeo ha olvidado las enseñanzas de los padres fundadores, de mentes esclarecidas como la de Jacques Delors y de pragmáticos capaces de aplicar a Europa su sentido de Estado –François Mitterrand, Helmut Kohl, Felipe González, Romano Prodi– para dejar el día a día en manos de funcionarios de una grisura alarmante y, al mismo tiempo, reservar las grandes decisiones para las conferencias intergubernamentales, donde prevalece el nacionalismo de todos y el diktat de los poderosos (de Berlín en todo cuanto atañe a la economía). Es esta una realidad comprobable día a día que alimenta dos fenómenos:

-Un populismo euroescéptico vociferante y sin otro programa que decir no a todo –escúchese a Beppe Grillo–, pilotado por personajes cuya única virtud es haber pergeñado un recetario que atrae a las víctimas de la crisis, aunque probablemente es irrealizable; personajes que dicen hablar el lenguaje de la calle –a saber si es cierto–, dotados de un desparpajo ilimitado en la tribuna y de una simplicidad apabullante en cuanto han de bajar al detalle de la letra pequeña. A ese populismo se suma otro, encubierto y oportunista, con clásicos del engaño reconocidos como Silvio Berlusconi.

-La extrema derecha, asimismo euroescéptica, dispuesta a desempolvar las esencias patrias, librar el combate contra el extranjero, contra todo aquello que se sale de los apolillados programas identitarios y que, llegado el caso, está dispuesta a defender que la letra con sangre entra. Ahí están los matones de Amanecer Dorado en Grecia, la demagogia de Marine Le Pen en Francia, que se remonta nada menos que al legado de Juana de Arco para salir al rescate de la clase media, y quién sabe si la recién nacida Alternativa para Alemania, que de momento propone la disolución ordenada de la zona del euro.

Comportamientos irresponsables como el del semanario Der Spiegel y otros medios alemanes, que propalaron el infundio de que los ciudadanos de los socios meridionales de la UE son más ricos que los del norte, incrementan la propensión a que el encaje de las piezas europeas resulte imposible. La mentira de la pobreza. Cómo los países europeos en crisis esconden su riqueza, este fue el titular que alarmó incluso a la cancillera Merkel y la obligó a desmentir al semanario, que cambió de dirección a principios de abril para envolverse inmediatamente en la bandera y publicar una sarta de disparates y de estadísticas sesgadas.

En igual o mayor medida contribuyen al creciente desapego europeísta las maniobras orquestales dirigidas a complacer a quien haga falta, aunque sea a costa de cambiar las previsiones y los programas, acordar nuevos recortes y poner en  entredicho las cifras de hace apenas unas semanas. Ahí están la última corrección de Luis de Guindos y la última improvisación del Gobierno para que finalmente sea posible un alargamiento de los plazos para reducir el déficit, ahí está la llamativa rectificación introducida en las previsiones económicas, que incorpora los vaticinios hechos por instituciones internacionales –un decrecimiento del 1,5% para el 2013– y multiplica por tres los cálculos de la recesión adelantados por el Gobierno al empezar el año. Esa sensación de actuar à bout de souffle, sin más iniciativa que decir a todo que , sin más explicaciones que el argumentario manejado por los agitprop de turno, suministra munición a cuantos han comprendido que la batalla contra la idea de Europa puede rendir buenos réditos en un ambiente irrespirable.

Para cambiar el signo de los tiempos, haría falta corregir por lo menos cuatro déficits estructurales, que no son los que todos los días asoman en los telediarios:

  1. Déficit doble de soberanía. Los ciudadanos-contribuyentes perciben que los gobiernos han dejado de ser soberanos en la medida en que sus programas están sometidos a requisitos externos, pero, al mismo tiempo, tienen la certeza de que no existe una soberanía europea, sino la imposición innegociable de políticas decididas por algunos gobiernos europeos que, por la fuerza de los hechos –más exactamente, por medio de la coacción–, se convierten en políticas europeas que aplican sin rechistar funcionarios-políticos presos en una red de intereses (léase José Manuel Durao Barroso y su equipo de comisarios).
  2. Déficit democrático. La celebración regular de elecciones al Parlamento Europeo está lejos de constituir una gran ceremonia europea de la democracia. Ni la Comisión Europea responde a la aritmética parlamentaria ni la Cámara de Estrasburgo dispone de los poderes habituales de cualquier parlamento democrático. Por el contrario, el Parlamento Europeo es una institución gigantesca y carísima a cuyo control escapa el funcionamiento de una tecnocracia que actúa de espaldas a los europeos. Los contribuyentes no saben qué hacen, en nombre de qué o de quién, en función de qué intereses y al servicio de qué programas. “Ha desaparecido una parte importante de la democracia nacional que no se ha sustituido a escala europea”, han escrito Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca en varios diarios europeos.
  3. Déficit de tolerancia financiera. En los cinco años de crisis económica se ha pasado de la refundación del capitalismo, publicitada por Nicolas Sarkozy, la creación de una agencia europea de calificación y una reestructuración equilibrada de la zona del euro, a una aceleración de la unión económica, la unión bancaria y la cohesión fiscal dictadas por el Banco Central Europeo, previo paso por el Bundesbank, que consagran el empobrecimiento del sur, sin que, por lo demás, esté asegurado el cumplimiento de los programas de rescate y la devolución de la deuda. Antes al contrario, son mayoría los pronósticos que dan por seguro que los rescates, los ajustes y todo lo demás solo garantizan una cosa: que los deudores nunca se pondrán al día.
  4. Déficit de simetría. Muchas de las medidas aplicadas en el proceso de cambios aplicados en los países de la Eurozona han entrañado en la práctica un trato diferenciado. Cuando el profesor Sinn dice que una eventual salida de Alemania del euro “restablecería la línea del Rhin como frontera entre Francia y Alemania”, lleva razón, pero puede que esta frontera, incluso con el euro, se concrete a través del trato diferenciado de un país a otro. Basta recordar el blindaje de los bancos alemanes medianos y pequeños, en una situación comprometida en muchos casos, que escapan al control europeo. En términos generales, el equilibrio europeo ha descansado en el eje franco-alemán, pero ese eje se forjó con un material que emite señales de agotamiento a causa de la supremacía alemana y de la desorientación francesa. Por ahí empieza la asimetría.

Como afirma Tony Judt en Pensar el siglo XX, “el equilibrio para Keynes era un objetivo” que solo se podía hacer realidad si intervenía el Gobierno. Ese supuesto no es muy diferente a lo expresado varias veces por financieros como George Soros, convencidos de que el capitalismo solo es eficaz si funciona ordenadamente. Lo que está sucediendo en Europa es que los grandes actores de los mercados se han adueñado de una parte de los atributos de soberanía cuyo ejercicio estuvo tradicionalmente reservado a los gobiernos, con lo que se agravan los efectos de los déficits enumerados. Las preocupaciones sociales se han convertido en un incordio para el funcionamiento de unas finanzas globalizadas y los estados europeos, debilitados por la crisis, se han plegado a las exigencias y los objetivos de los actores financieros, que manejan modelos matemáticos en los que, invariablemente, el trabajo figura como una mercancía barata, favorecida la estrategia general por el escandaloso aumento del paro. En esas estamos.

Berlusconi se somete a referendo

Vuelve Silvio Berlusconi. Vuelven la astracanada, el chiste fácil, la comicidad decadente y hortera del peor cine italiano, la cochambre de Mediaset y un mundo exento de grandeza y propósitos honrados. Pero vuelve, por encima de todo, la manipulación de los mecanismos democráticos, utilizados por un político convicto para salvar la piel, aunque para ello tenga que recurrir al catálogo de artimañas que le han hecho famoso. La decisión de Berlusconi de competir en las elecciones de febrero y la dimisión de Mario Monti, privado del apoyo de los parlamentarios del Pueblo de la Libertad (PdL, por sus siglas en italiano), abren la puerta al populismo desenfrenado y las opiniones alocadas –“la prima de riesgo es una estafa que no importa a nadie”–, el oportunismo de los mercados y la desconfianza de todo el mundo con relación al euro, aunque las encuestas pronostiquen un batacazo de Il Cavaliere.

Lo único que cuenta en Italia a partir de ahora y hasta el día de las elecciones es “de parte de quién se está, no qué se hace (…) se juega a berlusconianos contra antiberlusconianos por sexta vez consecutiva”, como ha escrito Antonio Polito en el Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán. “Berlusconi dice que ha vuelto para vencer. Que crea o no sus propias palabras es irrelevante. Lo que cuenta es que la última cruzada berlusconiana se traduce en un elemento de fuerte desestabilización del cuadro político”, añade Stefano Folli en Il Sole 24 Hore, barómetro de la economía italiana. Y en el seno de esta polarización radical, preñada de comportamientos ajenos a las muy a menudo indescifrables sutilezas de la política italiana, alienta algo aún peor: la pretensión de Berlusconi de convertir las elecciones legislativas en un referendo sobre su persona, sobre Europa, sobre el funcionamiento de las estructuras de la UE, sobre las exigencias hechas a Italia por la Eurozona; alienta la pretensión de Berlusconi de utilizar las elecciones como el instrumento de una vendetta por su salida del Gobierno en noviembre del año pasado y la llegada de Monti.

Mario Monti y Silvio Berlusconi

Mario Monti y Silvio Berlusconi, el 15 de noviembre del 2011, día del traspaso de poderes.

“La lucha nunca es entre el bien y el mal; es la de lo preferible contra lo detestable”, sentenció en su día el pensador francés Raymond Aron. En esas se encuentra Italia. Europa no es el mejor de los ejemplos posibles de cómo afrontar una crisis sin dañar irreversiblemente a los más débiles; la legitimidad del Gobierno tecnocrático de Monti, votado en su día en el Parlamento, establece un precedente inquietante porque no se puede desligar de la presión ejercida por el sistema financiero sobre la economía italiana; la germanización de la economía europea, en fin, tiene consecuencias desastrosas. Pero Berlusconi es el peor de todos los agentes políticos imaginables para abrir el debate: carece de la probidad mínima exigible a cualquier dirigente para presentarse como alternativa a los que ahora pilotan la nave.

¿Facilita eso las cosas a sus adversarios? Las encuestas dicen que sí. Según los datos que maneja Ilvo Diamanti en La Repubblica, el diario de referencia de la Italia progresista, el PdL ha perdido en dos años 12 puntos en intención de voto –del 30% al 18%–, Angelo Alfano, sucesor de Berlusconi al frente del partido, ha sido incapaz de “nadar solo” y de evitar la división y, lo que es aún peor, solo el 44% de los electores del PdL quieren ver a Berlusconi en el sillón de primer ministro. Al mismo tiempo, los sondeos concluyen que el PdL “no tiene raíces en el territorio”, sino que es el partido personal de Berlusconi, “donde las relaciones entre el líder y su pueblo son por identificación personal y a través de los medios”. “Imposible para otros interpretar el mismo papel”, sostiene Diamanti. Aun así, siempre hay un pero: no ha dado tiempo de reformar el sistema electoral pergeñado por Berlusconi y cabe la posibilidad de que una victoria del Partido Democrático (PD) –38% de intención de voto– no sea suficiente para constituir una mayoría estable en alianza con algún otro partido.

Berlusconi Merkel

Angela Merkel y Silvio Berlusconi, en el último Consejo Europeo al que este asistió, en octubre del 2011.

El horizonte de una Italia inestable, sometida a la charcutería política que tanto agrada a Berlusconi, pone los vellos como escarpias a los gestores europeos. “El mensaje es claro: a Alemania y al resto de la UE le gustaría ver a Monti continuar. Y los aterroriza que Berlusconi pueda volver a tomar las riendas del Gobierno italiano”, afirman en su blog de Der Spiegel Carsten Volkery y Philipp Wittrock, que recuerdan la animadversión de la cancillera Angela Merkel “por los machos en general” (la palabra machos figura en español en el original). Aquello que para muchos italianos durante bastantes años ha sido suficiente para llevarlo al palacio Chigi, el éxito en los negocios de Berlusconi, no lo es para el resto de gobernantes europeos, según se destaca en un perfil del exprimer ministro emitido por la BBC. El apoyo unánime dispensado el jueves a Monti en Bruselas por el Partido Popular Europeo, internacional del pensamiento conservador, no ofrece dudas en cuanto a la opinión que le merece Berlusconi, presente en la reunión: es un cuerpo extraño que induce los peores presagios.

¿Qué puede hacer Monti después de presentar la dimisión? “Se puede decir que el presidente del Gobierno técnico ha salido de escena y ha nacido el Monti hombre político. Porque el gesto, por cómo se ha formalizado y por el contexto en el que ha madurado, está sin duda lleno de significados políticos. Consolida el centroizquierda, se ha dicho, contra el peligro de que lo haga antes el berlusconismo lepenista”, afirma Stefano Folli. “Se ha convertido en el actor protagonista”, sostiene el articulista de La Repubblica. Pero –un pero más– pudiera suceder que el laberinto italiano fuese demasiado complejo incluso para un italiano –Monti– más habituado al rigor académico y a los registros contables que a la esgrima palaciega.

En el Corriere della Sera vislumbran tres alternativas posibles para Monti:

  1. Retirarse de igual modo a como lo hizo el general Charles de Gaulle, aislado de los partidos de la Cuarta República francesa, “a la espera de que una nueva emergencia lo reclame”.
  2. Convertirse en garante de un futuro Gobierno de la izquierda, que “tendrá necesidad de hacerse avalar, visto que sus credenciales en Europa y en los mercados no son suficientes”.
  3. Apostar que detrás suyo hay “una Italia que considera este año un inicio, no un paréntesis”, en cuyo caso debería participar en las elecciones por cuenta propia y no de terceros.
Bersani Monti

Pier Luigi Bersani y Mario Monti pueden ser el eje del Gobierno de centroizquierda posterior a las elecciones legislativas de febrero.

Cada una de las opciones entraña riesgos ciertos. Emular a De Gaulle podría apartar a Monti para siempre de la vanguardia política; dicho sea de paso, quizá lo desea. Ser el introductor de un Gobierno de centroizquierda inspirado en el programa del PD podría obligarle a perseverar en un funambulismo bastante alejado de la imagen que se tiene de Monti. Debutar en las urnas a pecho descubierto sería una jugada llena de riesgos. Pero Pier Luigi Bersani, líder del PD, que se forjó como ministro en gobiernos encabezados por políticos poco dados a la grandilocuencia –Masimo D’Alema, Giuliano Amato y Romano Prodi–, es seguramente el compañero de aventura más atemperado para que renuncie a la retirada, desista de la aventura en solitario y pruebe suerte, en cambio, en el reformismo contenido.

“Tendremos la mayoría, dialogaremos con el centro”, ha dicho Bersani a la CNBC, definiéndose él mismo como un dirigente de centroizquierda que comprende que debe contenerse el gasto. ¿Necesidad de tranquilizar, realismo sin más? Un poco de ambas cosas: el PD ha sido el punto de apoyo más firme de Monti para sacar adelante su programa técnico, pero Berlusconi ha desenterrado el hacha de guerra y los medios que le son afines volverán con la cantinela de que, detrás de Bersani, están los comunistas, el Estado depredador y la persecución de los jueces. Una respuesta de Bersani a una pregunta sobre el presunto germanocentrismo de Monti, invocado por Berlusconi, resume la previsible orientación de la campaña del PD y los guiños al primer ministro en funciones: “Me parece una estupidez, francamente. Pienso que la prima de riesgo es preocupante, pienso que es preciso discutir con Alemania como amigos, de igual a igual, de forma amistosa”.

Los sondeos dicen que la alianza del centroizquierda, con Monti de valedor, más el apoyo mayoritario de la comunidad católica y el debilitamiento de Italia de los Valores (IdV, por sus ligas en italiano), de Antonio Di Pietro, es el bloque con más posibilidades de neutralizar el 15% que ahora mismo le dan las encuestas a Berlusconi, pero… Un tercer pero: no hay forma de saber cuál es la dimensión real del voto berlusconiano oculto, que lo mismo se puede encontrar en la clase media deprimida de las grandes ciudades que en las filas de los decepcionados por la Liga Norte, los votantes resentidos con el posibilismo del PD y aun entre los votantes católicos que siguen viendo en Bersani y los suyos a los descendientes de Enrico Berlinguer en primer grado de consanguinidad. Es decir, hay un margen de error que puede ser favorable a Il Cavaliere.

“Si los italianos eligen otra vez a Berlusconi, entonces es que se merecían a Mussolini a pesar de que quieren hacerlo olvidar”, ha escrito en un twit Pierre Bergé, accionista del diario Le Monde y de Le Huffington Post, la versión francesa del portal fundado en Estados Unidos. La frase resulta ocurrente, pero es acaso en exceso desabrida. Hila más fino Massimo Cacciari, filósofo y exalcalde de Venecia: “Este personaje es digno de un autor de verdad. Un autor que entiende la relación íntima con los aspectos trágicos de nuestro tiempo, porque el personaje cómico debe poderlos revelar a través de su propio comportamiento. Y este es el caso, si reflexionamos seriamente, de los rasgos narcisistas, hasta cierto punto delirantes, del tipo Berlusconi. Todo parece dispuesto por él en términos de valor de uso y de cambio. Cada cosa existe para adquirirse y disfrutarse despreocupadamente, lista para pasar a otro. El ritmo de la vida es el del movimiento del dinero, de la ‘puta universal de la humanidad’, en palabras de Shakespeare”. La patria de la commedia dell’arte no merece un bufón tan zafio.