Rusia, de nuevo en la senda de Trump

El zarpazo yihadista del martes en Nueva York es útil al presidente Donald Trump para volver a la carga en su propósito de restringir al máximo la entrada de inmigrantes en Estados Unidos, en especial los que proceden de países de mayoría musulmana, pero es insuficiente para neutralizar el nuevo frente abierto por los tribunales en relación con la implicación rusa en la campaña del candidato presidencial republicano en las elecciones del 2016, de las que el miércoles próximo se cumplirá un año. La tragedia que precedió al desfile de Halloween por el centro de Manhattan volvió a subrayar la vulnerabilidad de las grandes ciudades, la generalización de la técnica del atropello masivo mediante un vehículo robado o alquilado –los casos de Barcelona y de Nueva York– y el previsible aumento de los golpes de mano en nombre del ISIS en cualquier parte, destinados a contrarrestar la derrota militar del Daesh en Siria e Irak. Pero la repercusión de las ocho muertes en un carril-bici es improbable que contrarreste las dudas cada vez mayores acerca de los compromisos privados adquiridos por Trump y su equipo con los gobernantes rusos.

El caso de Paul Manafort y sus asociados vuelve a alimentar las mismas suspicacias de siempre: ¿hasta dónde llegó la injerencia rusa en la campaña?, ¿qué intereses no conocidos hipotecan las decisiones de la Casa Blanca o pueden hacerlo?, ¿hasta qué punto la intromisión rusa alejó a Hillary Clinton de la presidencia y la acercó a Donald Trump?, ¿hasta dónde los intereses del millonario Trump interfieren en las decisiones del presidente Trump? No es solo que se multipliquen las voces que ponen en duda la capacidad y preparación del presidente para cumplir con su cometido, es que se pone asimismo bajo sospecha la transparencia de quienes contribuyeron a sentarlo en el Despacho Oval (Manafort fue director de campaña entre junio y agosto del 2016).

¿Quién es Manafort? Un lobista, un personaje cuyas convicciones políticas sintonizan con quien le paga en cada caso, así se trate de un aspirante a suceder a Barack Obama, de tres de sus antecesores –Gerald Ford, Ronald Reagan y George H. W. Bush, a quienes asesoró–, de los dictadores Ferdinand Marcos (Filipinas) y Mobutu Sesé Seko (Zaire, hoy República Democrática del Congo) y del líder guerrillero Jonás Savimbi (Angola), y más recientemente de Víktor Yanukóvich, expresidente ucraniano, un peón en el tablero de Vladimir Putin. Cuando un lobista representa en Estados Unidos los intereses de un Gobierno foráneo, la Ley de Registro de Agentes Extranjeros, en vigor desde 1938, obliga al interesado a dar cuenta de su trabajo ante la Administración, algo que Manafort no hizo al asumir la asesoría de Yanukóvich en compañía de su socio Rick Gates.

Manafort y Gates se han entregado al FBI y se encuentran bajo arresto domiciliario, acusados de actuar de acuerdo con los intereses de una potencia extranjera sin haberlo notificado, de blanquear dinero y de diez cargos más de acuerdo con la investigación realizada por el fiscal especial Robert Mueller. Para redondear el pastel, otro exasesor de Trump, George Papadopoulos, ha admitido que mintió con anterioridad y que mantuvo contactos con alguien del entorno del Kremlin que le prometió procurarle información relativa a algún trapo sucio de Hillary Clinton (correos electrónicos comprometedores). Todo francamente maloliente y que remite a la labor encubridora puesta al servicio de la presidencia por los colaboradores de Richard Nixon, urdidores o simples ejecutores de lo que entre 1972 y 1974 se conoció como caso Watergate. Como entonces, lo que se va sabiendo da a entender que la campaña republicana lo fue todo menos limpia.

Que el equipo de asesores de Hillary Clinton elaborara un dosier recopilatorio de la Russian connection, tan llamativo como de dudosa veracidad, no reduce el impacto que sobre la opinión pública y el prestigio de la presidencia tiene el proceso en curso. Porque mientras la excandidata demócrata carece de poder y recursos para interferir en la labor presidencial, Trump tiene en su mano todos los resortes para aplicar un programa presidencial ensombrecido por la sospecha, con el control de las dos cámaras del Congreso asegurado hasta noviembre del 2018. Que, por lo demás, tal control se ponga a menudo en duda por la incompatibilidad entre Trump y el republicanismo clásico no disipa los riesgos potenciales derivados de un vínculo nunca aclarado entre el Kremlin y la Casa Blanca, unos riesgos que apenas alteran el apoyo del que Trump disfruta entre el electorado republicano –alrededor del 78%–, mientras senadores críticos como John McCain, Jeff Flake y Bob Corker pierden peso o apoyos a un año de las elecciones legislativas.

La cadena de televisión Fox News, altavoz oficioso de Trump, ha encontrado en las revelaciones de The Washington Post sobre el dosier clintoniano un argumento definitivo para intensificar la campaña contra Robert Mueller, exigir que deje de husmear en la campaña de Trump y exigir al mismo tiempo que ponga proa a Clinton. “Es hora de desactivarlo, voltear las mesas y encerrarla [a Hillary Clinton]”, ha clamado Jeanine Pirro en la emisora ultraconservadora, mientras se acumulan las pruebas probablemente incriminatorias del ecosistema trumpiano. “Nixon hizo esto en 1973, despidiendo al fiscal especial Archibald Cox y provocando un bramido nacional de indignación”, recuerda Nicholas Kristof, pero el precedente histórico importa poco a un presidente que se siente a salvo con el apoyo de los defraudados por la globalización, por el precio pagado para superar la crisis y por la decadencia de una parte de la industria.

La utilización política de un atentado resulta siempre repulsiva, y la maniobra de Trump y su séquito no es una excepción. Es un síntoma elocuente de la degradación de una parte del establishment y del recurso permanente al oportunismo para imponer un programa de Gobierno que choca demasiadas veces con los tribunales, con la tradición política estadounidense y con la cultura liberal. Es posible que la hipoteca rusa en el mandato de Trump sea menos determinante de lo que se cree o se vislumbra a partir de informaciones fragmentadas, pero hasta que no se aclare el alcance real de la Russian connection la Casa Blanca seguirá envuelta en una atmósfera viciada que, en última instancia, favorece a Putin en diferentes escenarios –en Siria sin ir más lejos– y desorienta a los aliados de Estados Unidos, singularmente a los europeos. Y si cuanto permanece oculto o solo insinuado es tan definitivo como algunos pronostican, entonces las consecuencias futuras de la quiebra moral y política son imprevisibles.

 

La UE, en busca de su futuro

Vuelve la Unión Europea a preguntarse quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos con el desasosiego propio de un proyecto en crisis, consecuencia directa de una sociedad en crisis. Se preguntan los gestores de la UE si hay que seguir como hasta ahora para alcanzar un destino enigmático o indescifrable, si conviene volver al pasado del mercado único y poco más o es más atinado admitir que hay europeísmos y europeísmos y, en este caso, aceptar que quizá la respuesta se halle en una Europa a dos velocidades, aunque se ponga en riesgo la unidad de acción. Así cabe resumir las cinco opciones de futuro contenidas en el Libro blanco aprobado por la Comisión Europea y que deposita en manos de los estados para que sean sus gobernantes quienes indiquen el camino a seguir.

El procedimiento es razonable, pero los precedentes son desalentadores. En una atmósfera de pesimismo y provisionalidad a causa de las elecciones a la vista –Francia (abril-mayo) y Alemania (septiembre)–, cabe esperar un análisis confuso de los gobiernos, seguido de las consabidas discrepancias entre los grandes estados de la mitad occidental de la UE, el escepticismo del norte y el muy difuso europeísmo de los socios del este, metidos de hoz y coz en la recuperación del relato nacionalista que interrumpieron la segunda guerra mundial y las servidumbres de la guerra fría (dependencia de la Unión Soviética, economía planificada, partido único, etcétera).

Lo deseable sería que la cumbre convocada en París por François Hollande para reunir a Francia, Alemania, Italia y España en un debate que dé respuesta a la pregunta qué hacer fuese asimismo el punto de partido para sanear el ambiente, pero la debilidad de los convocados –un presidente con los días contados (Hollande), una cancillera al parecer declinante (Angela Merkel), un primer ministro de perfil bajo (Paolo Gentiloni) y Mariano Rajoy (presidente de un Gobierno minoritario)– presagia poco más que un catálogo de buenas intenciones, que no evitará los recelos de los no convocados, tan contrarios siempre a la concreción de un núcleo duro. Y a pesar de esa desconfianza y después del Brexit, la historia induce a pensar que sin un equipo directivo capaz de sobreponerse a las rivalidades nacionalistas, la UE tiende a desnaturalizarse, a aceptar como irremediable la cicatería de los europeístas a su pesar –Polonia, Hungría, la República Checa y otros–, las arengas populistas y el aplazamiento sine díe de la idea de unión entre diferentes.

La pregunta “¿quién gobernará en un mundo roto?”, formulada hace unas semanas por el profesor Dirk Helbing, puede trasladarse a Europa con pequeños retoques: ¿quién gobernará una Europa que tiende a romperse? Hay demasiadas amenazas en el horizonte para soslayar una respuesta imperiosamente necesaria, para corregir la distancia cada vez mayor entre las pulsiones de la opinión pública y las decisiones de los gobiernos (recuérdese la manifestación de Barcelona, tan reciente), para devolver a la política europea el prestigio que en su día tuvo mediante su capacidad para reinventarse.

La opinión muy extendida de que el poder está cambiando de manos a toda prisa a causa de la transformación de la economía, la degradación del Estado del bienestar después del hundimiento del universo comunista y el éxito momentáneo del modelo chino de expansión debiera llevar a la UE a algo más que a redactar un Libro blanco y sumergirse en la lógica estéril de las cumbres encadenadas que nada resuelven. Porque la claudicación de los grandes bloques ideológicos –democristianos, socialdemócratas y liberales– frente a los requisitos de las finanzas globales ha dañado la idea primigenia de los padres fundadores: el compromiso social para corregir las desigualdades. Ni siquiera se habla del capitalismo compasivo (días de Ronald Reagan) o de la refundación del capitalismo (excesos verbales de Nicolas Sarkozy), sino más bien del sometimiento de los programas políticos a las imposiciones de un modelo económico sin fronteras que escapa al control de las instituciones, cuando no condiciona su funcionamiento.

El vaticinio de Mark Leonard, director del European Council on Foreign Relations, de que los países occidentales deberán plantearse en un futuro inmediato la restitución del orden liberal frente al orden de facto surgido al margen de él, implica directamente a la UE frente al enfoque imprevisible que Donald Trump puede dar al asunto, secundado por el Gobierno de Theresa May, embarcada en reforzar una relación privilegiada con Estados Unidos al tiempo que negocia la deserción de la UE. Eso incluye subrayar el compromiso social de la organización y el de cada uno de sus estados, incluso en apartados tan incómodos para la contabilidad general como lo es el griego. Porque quizá es posible el futuro de la UE sin Grecia en términos superestructurales, o con Grecia convertida en un enfermo crónico, pero es improbable que en tal caso se restaure el prestigio institucional de la UE, ahora muy dañado por una resolución de la crisis que ha dejado demasiadas víctimas por el camino.

“Contra lo que solemos pensar, la historia se repite siempre, solo que se repite de formas tan distintas que a veces es difícil reconocerla. Ahora ni siquiera es difícil: ahora, sobre todo después de que los británicos hayan cometido el disparate de aislarse de Europa, como si fueran españoles del siglo XVII, y después de que los norteamericanos le hayan entregado el poder a un demagogo siniestro, casi se ha convertido en un cliché comparar nuestra época con la de los años treinta, hasta el punto de que algunos historiadores se han sentido obligados a recordar las diferencias entre ambas”, dijo el escritor Javier Cercas el 7 de diciembre al recibir el Premio al Libro Europeo por El impostor. Cercas ha dicho con frecuencia que “una Europa unida es la única utopía razonable”, y, claro, hay diferencias entre la pestilencia los años treinta y los populismos vociferantes de nuestros días, porque los colchones sociales, aunque averiados, siguen ahí. Pero si la UE se pliega a exigencias que aumenten el censo de vulnerables –ya son legión y no paran de crecer–, entonces todo es posible, incluso que se haga realidad el juego de palabras de George Bernard Shaw, citado por Cercas: “Lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia”. Para el caso, la vuelta a una Europa dislocada y sin peso, incapaz de desagraviar a los sacrificados en el altar de la austeridad y de una visión meramente contable de la UE.

May, pareja de Trump

Las características generales del Brexit expuestas el martes por Theresa May, primera ministra del Reino Unido, y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump tres días después han alentado el pesimismo en los foros internacionales, en el mundo académico y entre los analistas del futuro inmediato. Al mismo tiempo, una opinión pública entre incrédula, sorprendida y escéptica se tienta la ropa mientras proliferan los diagnósticos catastrofistas y las profecías apocalípticas. ¿Exageración, alarmismo, ganas de hablar por no callar? “Confieso tener muchos problemas para mantenerme optimista”, declara Stephen Martin Walt, profesor de la Universidad de Harvard, al semanario progresista francés L’Obs (Le Nouvel Observateur para los clásicos). Peor aún, en los objetivos de Trump y May avizora que “se reúnen todos los ingredientes de un desastre”.

Se diría que un nacionalismo destemplado y agresivo pretende suplantar la globalización, tan llena de imperfecciones como de posibilidades. El “Brexit is Brexit” descrito por May es “Brexit is hard Brexit” –sin posibilidades de adaptar la salida al modelo de asociación de Noruega y Suiza con la UE–; el proteccionismo prometido por Trump pone el sistema de intercambios económicos tutelado por la Organización Mundial de Comercio bajo la amenaza de una guerra comercial de imprevisible virulencia. Los promotores de cambios tan radicales como los que se avecina han puesto en marcha mecanismos que, salvo rectificación, conducen directamente a un clima permanente de confrontación y desconfianza, con la UE, China y las economías emergentes obligadas a seguir una senda que es la contraria a la se entendía consolidada con la apertura de los mercados.

Frente a la unión aduanera y el mercado único, May plantea un juego de manos imposible: mantener un diálogo o relación fluidos con la UE sin disponer de ninguna de las herramientas que lo hacen posible. Frente a la herencia de Barack Obama –recuperación de la economía a través, entre otros instrumentos, de la fluidez en los intercambios comerciales– Trump predica un proteccionismo resumido en una simplificación tan llamativa como superficial: para que los BMW sigan siendo habituales en la Quinta Avenida de Nueva York deben verse Chevrolet por la Unter der Linden de Berlín. En ambos casos, la banalización de las propuestas no desfigura ni la hondura ni los riesgos asociados a ellas, entre otros el de un choque de trenes –Estados Unidos y China– y otro choque no menos ruidoso entre el Reino Unido y las grandes economías europeas. Ahí están las palabras de Xi Jinping en Davos, de Angela Merkel y de François Hollande para deducir sin esfuerzo que nada bueno se oculta a la vuelta de la esquina.

El profesor Philippe Legrain, de la London School of Economics, asesor durante tres años de José Manuel Durao Barroso, anterior presidente de la Comisión Europea, comparte una idea bastante extendida fuera de las filas del Brexiteers: en ningún lugar está escrito que el apoyo de Trump a la salida del Reino Unido de la UE sea finalmente favorable a los planes de May. El planteamiento general de la primera ministra es cerrar acuerdos bilaterales de comercio, en especial con Estados Unidos, pero tal propósito se compagina mal con el de la nueva Casa Blanca de corregir el déficit comercial con sus principales competidores. Dicho de forma resumida: la industria británica exporta bastante más a Estados Unidos de lo que la industria estadounidense vende al Reino Unido. Brexit en Trumpland se titula el artículo en el que Legrain advierte de la contradicción entre lo que proyecta May y lo que promete el presidente.

El financiero George Soros, que apoyó a Hillary Clinton, ha hecho dos vaticinios en Davos: que Donald Trump “es un estafador y fracasará” y que los británicos “pronto se darán cuenta de que tomaron una decisión equivocada y que les lleva en una mala dirección”. Aun reconociendo a Soros su demostrada habilidad para prever el futuro, sus palabras se antojan sobre todo un reflejo de sus deseos. Ni Donald Trump se encontrará todos los días la vía pública tomada por sus detractores ni la victoria de Hillary Clinton en votos –cerca de tres millones más que su oponente– neutraliza la mayoría republicana en las dos cámaras del Congreso. Y aún menos parece que Theresa May y su Brexit duro deban afrontar alguna respuesta seria de la calle a pesar de que el 52% de los partidarios de la salida de la UE lo son también de mantenerse en el mercado único, al que ella renuncia.

El poder es, además de un afrodisíaco, un eficaz mecanismo de persuasión. Si antes de jurar el cargo Trump logró que algunas compañías que pensaban invertir en México dieran marcha atrás, temerosas de tener que afrontar alguna forma de penalización, ¿qué no sucederá a partir de ahora? Cosa distinta es la negociación del Brexit –aquí la persuasión no cuenta– a partir de la aplicación del artículo 50 del Tratado de la Unión, un proceso sin precedentes, lleno de dificultades técnicas, inevitablemente afectado por el clima político, siempre cambiante, y que en teoría deberá cerrarse en menos de dos años a partir de marzo próximo. Philippe Legrain es categórico: “Es imposible negociar y ratificar un acuerdo comercial sector por sector” con tan poco tiempo. ¿Qué coste político puede tener para May llegar a 2019 con la negociación abierta?

El periódico alemán Die Welt, siempre moderado, ve en los propósitos de May el aislamiento del Reino Unido. La Repubblica, expresión del pensamiento socialdemócrata en Italia, entiende que el Gobierno británico quiere levantar un muro. Le Monde, europeísta sin fisuras, interpreta que la estrategia de Trump contra Europa ha envalentonado a la primera ministra, que porfía por construir un vínculo nuevo y diferente con Estados Unidos. ¿La complicidad de antaño entre Margaret Thatcher y Ronald Reagan inspira a los herederos del conservadurismo más conservador? ¿Vuelve la agresividad de las identidades nacionales para cuartear la aldea global?

Detrás de tantas incertidumbres concatenadas asoma el fantasma de la inestabilidad política y de los mercados, una agudización de la crisis que zarandea el proyecto europeo y una fractura aún más profunda en la sociedad estadounidense, cuya foto fija más reciente es la composición de la multitud que asistió al juramento de Trump, tan llena de ausencias destacadas. Hay en todo ello muchos motivos para el desasosiego, para que cunda la impresión de que se inicia la marcha más o menos larga y decidida hacia una tierra desconocida, que no figuraba en los planes de los think tank hace solo cinco años. Hay también en todo ello una confirmación del lóbrego vaticinio que hicieron intelectuales progresistas de diferentes tradiciones políticas a raíz de la crisis económica aún vigente: el éxito contable de la globalización es un enorme fracaso social a causa de la desregulación sin cautelas, la presión del mundo financiero, la revolución tecnológica y la devaluación del trabajo. Nadie diría que la enfermedad es pasajera y pronto remitirá la amenaza contra la esencia de las sociedades abiertas.

Trump, un líder para tiempos oscuros

Solo las encuestas de Los Angeles Times sin asomo de duda, el profesor Allan Lichtman, acertante invariable desde hace 32 años, y el documentalista Michael Moore el pasado mes de julio pronosticaron que el vencedor del 8 de noviembre sería Donald Trump. En el caso del periódico californiano, su muestra demostró ser la mejor de cuantas manejaron los medios para vislumbrar el futuro; en el del universitario volvió a funcionar su cuestionario de 13 preguntas; en el acierto de Moore se concretó el conocimiento profundo que tiene de su país, tan presente en Capitalismo: una historia de amor. La sorpresa de la madrugada del miércoles fue una impugnación sin precedentes en Estados Unidos acerca de la utilidad de los sondeos, pero fue también un baño de realismo social que hubieron de encajar a un tiempo todos los grandes medios informativos, salvo Fox News, favorable a Trump, la gran mayoría de la comunidad académica y los defensores de la teoría del mal menor, que debía allegar votos a Hillary Clinton, poco apreciada por sus conciudadanos, pero preferible siempre al candidato republicano. Pocos, como Moore, supieron medir la intensidad del mar de fondo que sacude a las sociedades occidentales y ha llegado con fuerza inusitada a las costas de Estados Unidos para teñir el mapa de la nación con el rojo característico de los republicanos a pesar de la división profunda del partido, un dato nada desdeñable.

Vio Moore cinco razones para la victoria futura de Trump:

  1. Las ‘mates’ del Medio Oeste o bienvenidos a nuestro ‘Brexit’ del cinturón de óxido. Fueron determinantes en la victoria de Trump los estados que en el pasado precisaron mano de obra intensiva en la gran industria: automóvil, acero, bienes de equipo y otros sectores.
  2. La última batalla del hombre blanco enojado. El voto del hombre blanco golpeado por la salida de la crisis y que afronta el futuro con una sensación de incertidumbre y vulnerabilidad cayó del lado de Trump, reforzado por el del 54% de las mujeres blancas.
  3. El problema Hillary Clinton. El perfil de una mujer preparada e inteligente, pero casi siempre distante y a menudo soberbia, tenida por la viva imagen del establishment en un ambiente poco propicio para las familias patricias y las élites políticas, señaladas por los estrategas de campaña de Trump como las responsables de todos los males de la nación. Una encuesta reveló que el 70% de los electores la consideran “mentirosa y deshonesta”.
  4. El voto deprimido de Bernie Sanders. Los seguidores del senador en las primarias se dividieron el martes entre los que hicieron un gran esfuerzo para optar por Clinton y los que prefirieron quedarse en su casa. Para estos últimos, careció de sentido la opción del mal menor.
  5. El efecto Jesse Ventura. Esto es, muchos de cuantos decidieron votar por Trump entendieron que la elección permitía enviar un mensaje de protesta contra sus victimarios o contra quienes creen que lo son, de la misma manera que la victoria en Minnesota del luchador Jesse Ventura en 1998, que fue elegido gobernador del estado, se interpretó como la consecuencia de un acto de rebeldía de la mayoría de votantes contra el establishment local.

Algo consustancial con los equilibrios sociales en los países occidentales se ha quebrado y no lo detectan las encuestas. Se respira una atmósfera de profunda contrariedad por el precio desorbitante de la salida de la crisis después de pagar un precio asimismo desorbitante cuando estalló –paro, recesión, inseguridad, fragmentación del mercado de trabajo, entre otras causas de desasosiego–; el pacto social de la posguerra ha saltado por los aires y la economía global da la impresión –acaso es más que una impresión– de que persigue solo la eficacia (la rentabilidad) y renuncia a la equidad. Mientras tanto, arraigan en sociedades castigas, envejecidas, desorientadas y sin grandes líderes la entera gama de prejuicios asociados a las crisis de identidad: racismo, xenofobia, islamofobia, miedo al otro, oposición a los flujos migratorios, proteccionismo y nacionalismo exacerbados y otras lacras propias de tiempos oscuros.

Es cierto que Trump carece de experiencia política, que no es un líder con la cultura cosmopolita y refinada que distingue a Clinton, pero ha demostrado poseer el instinto primario de un presentador de reality show que sabe echar sal a la herida para que salten las lágrimas cuando decae la audiencia. Trump hizo “una campaña que se parecía más al nacionalismo europeo que al conservadurismo estadounidense”, escribió uno de los cronistas de The New York Times al día siguiente de la elección, y ese fue un acierto suyo porque ajustó el mensaje a la reclamación perentoria de volver a las esencias, intuida en las filas de la baja clase media blanca, que no ha sacado partido del éxito macroeconómico de Barack Obama durante sus dos mandatos.

Ese enojo extremo, inductor de un voto oculto no detectado por las encuestas, no fue percibido por Clinton o no fue tenido en cuenta por su equipo de campaña. Lo que Clinton no entendió es el título del análisis electoral publicado por la escritora Kathleen Parker en The Washington Post. La idea central de Parker, y con ella la de muchos otros, es que la elección de 2016 se planteó como un referéndum sobre la herencia de Obama, y la candidata demócrata insistió en que ella era la depositaria del legado del presidente saliente. “La promesa de Clinton de continuar las políticas de Obama fue una agenda suicida –escribe Parker– para una mayoría de estadounidenses, especialmente para aquellos cuyas vidas no mejoraron durante la recuperación económica en los últimos ocho años”. Insistir en la preservación de la herencia recibida no era solo innecesario, sino que a la postre fue contraproducente.

Dicho de otra forma, la elección se planteó como “la batalla entre lo rural y lo urbano, entre quienes quieren dejar las cosas como están y quienes no forman parte de tal orden y quieren uno nuevo”, sostiene el analista Andrew Rosenthal. En ambos casos ganó Trump: en la llamada América profunda, por la sensación de que la tierra se mueve bajo sus pies sin que nadie haga nada; en los degradados paisajes urbanos del cinturón de óxido, porque el sueño americano –un eslogan o una ilusión– parece haberse desvanecido en la densa atmósfera de las nuevas tecnologías y de las finanzas globales, concentradas en los prósperos estados del noreste y en la costa del Pacífico. Basta contemplar el mapa político que ha dejado la elección de presidente para colegir que Clinton fue sobre todo la candidata de la nueva economía, de los nuevos empleos, de la sociedad posindustrial, y Trump fue en especial el líder proteccionista que quiere cambiar las reglas del juego, sin que se sepa, por lo demás, cómo y con quiénes piensa hacerlo sin poner a Wall Street en un grito.

Tampoco hay demasiadas pistas ciertas acerca de qué propósitos animan a Trump en otros campos, salvo las vaguedades difundidas durante la campaña. Solo algo es seguro: la mutación ideológica del republicanismo iniciada con la revolución conservadora de Ronald Reagan se ha consumado este último martes con una intensidad y en unos términos que solo los neocon muy convencidos, los ideólogos del Tea Party y los profetas de las nuevas iglesias evangélicas pudieron vislumbrar en el pasado. Ese partido de Donald Trump y Mike Pence es tan diferente del de John McCain y Mitt Romney, de Colin Powell y de George H. W. Bush, que se reflejan en él la división social, la fractura que atestigua el cómputo de votos populares –un empate técnico con unos miles de papeletas más para Clinton–, las protestas contra el vencedor que siguieron al escrutinio y esa alarma generalizada ante un personaje imprevisible, del todo desconocido, capaz hasta ahora de cualquier descortés inconveniencia sin que le tiemble la voz.

A cambio de no saber qué futuro deparará el relevo en la Casa Blanca, el populismo ultraconservador dispone desde el martes de un líder de referencia a escala planetaria. De Marine Le Pen a Vikton Orbán, por citar a dos entre muchos, la ultraderecha tiene un espejo donde mirarse, tiene una técnica electoral en la que inspirarse para porfiar en ese gran cambio en curso que desafía los usos democráticos, la convivencia entre diferentes, el mestizaje cultural y el recurso al pacto para no caer en el autoritarismo destemplado. Este parece ser el signo de estos días confusos: proveer de argumentos a la extrema derecha para que sume cada día nuevos adeptos a su causa, que no es la de la mayoría aunque sus líderes así lo venden. ¿O acaso Trump no es tan del establishment como Clinton, como todos los presidentes desde George Washington? Como ha dicho el escritor Richard Ford, pronto echaremos en falta a Obama.

La galopada de Trump alarma

Conforme avanzan las primarias en Estados Unidos crece el desconcierto en la dirección del Partido Republicano, que observa con estupor cómo la única alternativa verosímil a las extravagancias ultraderechistas de Donald Trump es el programa rematadamente ultraderechista de Ted Cruz. Si en otro tiempo Marco Rubio hubiese parecido una rareza en la tradición política republicana, hoy es el único aspirante que cuenta con el apoyo del aparato, pero, al mismo tiempo, es quien peor lo tiene ante sus contrincantes, compendio variopinto de demagogia, populismo y propuestas hirientes para demasiadas minorías. Cada día son más las voces republicanas que reclaman frenar a Trump con la promoción de un candidato que, en el momento de la convención, lo aparte de la carrera, pero es improbable que, en tal situación, renunciara el empresario a seguir adelante, a disputar la presidencia, aunque fuera a costa de dividir el voto conservador.

Los republicanos corren un gran riesgo al buscar atajos para neutralizar el desenlace de las primarias hasta el momento. Trump no tiene rival y ha sido capaz de movilizar a segmentos de población dañados por la crisis, que ven en las nuevas realidades sociales –inmigración, ascenso de las minorías no blancas, ampliación de la sanidad pública y otros rasgos del presente– la causa de sus males cuando las estadísticas indican que el país ha superado el descalabro económico y el paro anda por el 5%. Pero el riesgo no es menor para los republicanos si aceptan resignados el triunfo de Trump y ponen a su disposición la maquinaria del partido para llegar a noviembre y disputar la Casa Blanca al Partido Demócrata. Y no es menor porque, si sucede lo que prevén las encuestas más depuradas, que Trump es seguro perdedor frente a Hillary Clinton, el núcleo dirigente republicano resultará profundamente dañado, muchos de sus prohombres tenderán a abandonar la nave y dejarán el camino expedito a una combinación poco menos que heteróclita de neocons, teóricos del Tea Party, libertarios ultra, fundamentalistas cristianos y otros especímenes de difícil catalogación.

El profesor de la Universidad de Berkeley Robert Reich ha colgado esta semana en su blog un artículo dedicado a Trump con el muy significativo título de El fascista americano. Confiesa Reich que hasta la fecha se había resistido a utilizar la palabra fascista para referirse al aspirante republicano, pero entiende que “finalmente ha alcanzado un punto en el que el paralelismo entre su campaña presidencial y los fascistas de la primera mitad del siglo XX –figuras espeluznantes como Benito Mussolini, Josef Stalin, Adolf Hitler, Oswald Mosley y Francisco Franco– es demasiado evidente para pasarlo por alto”. La causa principal no es que haya citado a Mussolini o haya invitado a sus seguidores a levantar el brazo derecho de forma “escalofriantemente similar” al saludo nazi, sigue el autor, sino que, como los líderes fascistas del pasado, “Trump ha concentrado su campaña en el odio de los trabajadores blancos que durante años han perdido seguridad económica y son presa fácil para demagogos que buscan levantar su propio poder utilizando a otros como chivo expiatorio”.

El análisis de Reich puede parecer tocado por los excesos verbales, pero se trata de un intelectual solvente, especialista en políticas públicas, miembro de un claustro de prestigio y que transmite en gran medida las inquietudes de los liberales estadounidenses, una franja ideológica bastante transversal y que no puede atribuirse solo al universo del Partido Demócrata. Hay demasiados indicios para pensar que la jerga y las actitudes de Trump son solo una pose; la crispación sonriente del candidato induce a considerar que sus andanadas no son fuegos de artificio, sino que realmente pretende demoler algunos de los pilares sociales de un país muy complejo que hace ocho años, cuando arreciaba la crisis económica y la clase media se tambaleaba, llevó a la Casa Blanca a Barack Obama, un reformista moderado… y negro. Porque el éxito de Trump no puede deslindarse del color biológico de Obama, además del político, y de la suposición –mera suposición– de que una victoria de Hillary Clinton será más de lo mismo, aunque la piel sea blanca.

La movilización de latinos que pueden solicitar la ciudadanía estadounidense y votar en noviembre si antes se la conceden, recogida por The New York Times, es una señal elocuente de la alarma provocada por Trump, pero también de la fractura política cada vez más profunda entre dos versiones diametralmente opuestas de Estados Unidos. Dos frases recogidas por el periódico de labios de una residente de ascendencia mexicana son por demás significativas: “Quiero votar para que no gane Trump” y “no nos gusta”. Es decir que importa poco quién sea el candidato demócrata, lo único que cuenta es que el republicano salga derrotado; da lo mismo que el adversario de Trump sea Hillary Clinton o Bernie Sanders, aunque sus perfiles políticos son muy diferentes y las posibilidades republicanas, al parecer, serían mayores si, contra todo pronóstico, el senador por Vermont se impusiera a la exsecretaria de Estado.

El último debate entre demócratas ha puesto de manifiesto la distancia ideológica entre los dos aspirantes y, al mismo tiempo, ha hecho aflorar cierto nerviosismo en el campo de Clinton, que no esperaba de Sanders tal capacidad de resistencia y de sumar delegados. El dato significativo de que durante las 24 horas siguientes a su triunfo en el estado de Michigan recaudó cinco millones de dólares en donaciones a través de internet no hace más que subrayar que, si no hay partido, sí habrá al menos, cuando empiece la convención, la necesidad de que Clinton asuma alguna forma de compromiso político para recoger capítulos del programa de Sanders y atraerse así a quienes a él votan ahora y pudieran tener la tentación de abstenerse, llegado el 8 de noviembre, al no reconocerse en la candidata a ocupar la Casa Blanca, asociada siempre a la élite financiera de Wall Street.

No hay en el bando demócrata la misma tensión ambiental que en el republicano, pero el paseo militar de Hillary Clinton que se presumía no hace tanto tiempo no se ha confirmado durante estos dos primeros meses de primarias. No hay en la dirección demócrata la preocupación palpable, permanente, de los barones republicanos, pero no puede disimular su deseo de que se confirme cuanto antes la victoria de la exprimera dama para poner en marcha la operación destinada a ahuyentar de las urnas a una parte del electorado conservador que nunca votará demócrata, pero que entre apoyar a Trump y quedarse en casa, puede preferir esto último, aunque sea a costa de dar la victoria a la candidata rival. A la hora de la verdad, quizá no será esta una reacción muy extendida, pero puede producirse si la oratoria del multimillonario sigue por los mismos derroteros desabridos de hasta la fecha.

Tales cábalas parten del convencimiento de que en una sociedad educada en la democracia, el comportamiento de Trump rompe el vínculo tradicional de un segmento de electores con la militancia o la simple simpatía por un partido. El profesor Reich sostiene: “Los ataques verbales incendiarios de Trump contra los inmigrantes mexicanos y los musulmanes, incluso su resistencia a distanciarse de David Duke y del Ku Klux Klan, siguen el viejo guion fascista”. Pero ¿qué sucedería si, en la práctica, la fractura social y la división política, las dimensiones de la América blanca que se siente agraviada, fuesen mayores de lo recogido en sondeos y estadísticas? Todo vaticinio es arriesgado. Lo único cierto es que ha pasado a mejor vida la sólida coalición conservadora forjada por Ronald Reagan hace casi 40 años, y los republicanos experimentan su mayor crisis de identidad y cohesión interna desde los aciagos días de la dimisión de Richard Nixon. Noviembre queda demasiado lejos para predecir si esto ayuda o debilita a Trump en su galopada.

 

Terremoto republicano, efervescencia demócrata

El Tea Party se ha cruzado en el camino de la presentación de las memorias de Hillary Clinton, un acontecimiento con aires de estreno mundial de una superproducción de Hollywood y gran profusión de efectos especiales. Lo mismo ha sucedido con la efervescencia socialdemócrata –llamada populista, sin connotación negativa alguna– en el Partido Demócrata a dos años y medio del relevo en la Casa Blanca. Y aun el republicanismo clásico ha tenido que pasar por la misma experiencia cuando, no sin cierta precipitación, creía haber domeñado a la extrema derecha con algunos éxitos en las primarias correspondientes a las elecciones legislativas de noviembre que renovarán la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de Estados Unidos. La victoria de Dave Brat, un economista ultraconservador perfectamente desconocido, sobre Eric Cantor, el presidente de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, en las primarias del 7º distrito del Estado de Virginia ha puesto patas arriba lo que el establishment de Washington y los aparatos de los dos grandes partidos entienden que es el fundamento del sistema parlamentario de Estados Unidos.

Para calibrar la fuerza del golpe propinado por el Tea Party al clásico esquema bipartidista basta apuntar un dato: nunca desde 1899 se había dado el caso de que un líder del Congreso fuese desbancado de la carrera electoral en unas primarias. El éxito de los ultraconservadores, vestidos con los ropajes de un grupo antisistema que aspira a cambiar las reglas del juego en el Congreso después de colonizar al Partido Republicano, no preocupa solo a quienes lo dirigen, sino a los estrategas demócratas. Alguno de ellos ha confesado a la web Politico.com que los republicanos precisarán que alguien les eche una mano para evitar la implosión, la fractura o la desnaturalización de su cultura política. La alarma demócrata es doble: en primer lugar, responde al temor de que de las elecciones de noviembre salga una Cámara de Representantes polarizada hasta el paroxismo; en segundo lugar, es tributaria del rumbo desquiciado que puede adquirir la campaña de las presidenciales del 2016 (Hillary Clinton es una de las grandes fijaciones de los muy, muy conservadores).

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

“¿Es posible que Eric Cantor no sea lo bastante conservador?”, se pregunta en su blog Sam Stein. La respuesta puede estar contenida en una columna de Adam Kirk Edgerton reproducida por la edición estadounidense de The Huffington Post: “[Los neoconservadores] creen, como dijo Ronald Reagan de forma ruinosa, que el Gobierno es el problema. La consecuencia de esta ideología insana es la elección del Tea Party, que no está interesado en absoluto en gobernar, sino en desmantelar el Gobierno”. Entiéndase bien, desmantelar no significa abolir, sino reducir el Gobierno a su más mínima expresión, limitar al máximo su capacidad de intervenir y dejar al individuo sometido a las obligaciones que él mismo se impone.

Esa aproximación a un individualismo sin concesiones no es de hoy ni de ayer, sino que se remonta a los primeros días de la independencia, a la desconfianza casi orgánica de sucesivas oleadas de inmigrantes europeos, víctimas en muchos casos de los resortes del poder de los estados europeos, que cruzaron el océano en busca de una tierra en la que la presión del Estado fuese lo menos perceptible posible. Luego, en la práctica, Estados Unidos se articuló como una formidable máquina de poder institucionalizado, y su consolidación como gran potencia descansó en la robustez del Estado, como han significado tantos autores, pero en el pensamiento conservador bajo influjo de iglesias evangélicas poco jerarquizadas y apegadas a la literalidad del mensaje bíblico, prevaleció el mito del individuo, dueño absoluto de su destino.

Dave Brat, la última estrella en la constelación 'neocon'.

Dave Brat, la última estrella en la constelación ‘neocon’.

Si al trasfondo ideológico del Tea Party se añade la inquina permanente que el mundo neoconservador siente por el presidente Barack Obama desde el día siguiente a su elección, por lo que representa, por el moderado reformismo social que practica –la reforma sanitaria es el mayor de los motivos de polémica–, por la iniciativa para rectificar los aspectos menos presentables de la leyes que pautan los movimientos migratorios, entonces se llega a la jornada del martes y a la derrota de Cantor. Un desenlace envenenado, inesperado y de difícil gestión para el aparato republicano, que creía tener en Cantor al sucesor natural de John Boehner para presidir la Cámara de Representantes, y quizá a un buen aspirante para enfrentarse a Hillary Clinton en noviembre del 2016, y ahora siente que un terremoto ha movido la tierra bajo sus pies y ha dejado en mantillas el partido del no, etiqueta-resumen a la que Ryan Grim recurre para definir el comportamiento del Partido Republicano durante la última legislatura. Una estación de llegada que, como ha explicado en The New York Times Peter T. King, diputado republicano por un distrito del estado de Nueva York, “moverá al partido más hacia la derecha, lo que nos hará más marginales como partido nacional”.

Lo que dice King en esencia es que todos los esfuerzos del republicanismo clásico para atender los requerimientos del Tea Party han sometido al partido a un conservadurismo muy alejado de su tradición política, y presentar credenciales propias de la extrema derecha es incompatible con la pretensión de dirigirse a toda la nación. Después de algunas victorias significativas de candidatos republicanos sobre aspirantes del Tea Party –los senadores John Cornyn (Texas) y Mitch McConnell (Kentucky)–, el triunfo de Brat ha puesto una nueva estrella en el firmamento neocon al lado de los senadores Ted Cruz (Texas) y Mike Lee (Utah), ha amortizado la recuperación momentánea del republicanismo de toda la vida y lo lleva por una senda que, con la vista puesta en la elección de presidente en el 2016 conduce al partido, según su parecer, a una derrota poco menos que segura. Figuras de la talla y la proyección del senador John McCain, excandidato a la presidencia, son de este parecer y el pesimismo se ha extendido como reguero de pólvora en el staff republicano.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Los analistas que trabajan para el GOP (Grand Old Party) opinan que es claramente insuficiente fundamentar una campaña contra Hillary Clinton basada en la salud, la edad y el paso de la posible candidata por el Departamento de Estado durante el primer mandato de Obama. La presidencia de este, con todas sus limitaciones y motivos para desencantar a muchos de sus seguidores, ha consolidado más que nunca el papel del Partido Demócrata como el de las minorías, incluso ha penetrado bastante en la opinión pública la idea de que el partido del no ha impedido llevar a la práctica algunas iniciativas presidenciales de gran alcance, y la acusación de socialista dirigida al presidente ha dejado de impresionar a una opinión pública curada de espantos. Los índices de popularidad de Obama en torno al 45% están por debajo de las expectativas manejadas por los estrategas demócratas después de la reelección, pero los asesores republicanos se encuentran en una situación más desalentadora: no saben cuál es el mejor camino para atraer a una parte de las clases medias urbanas sin las que la victoria no es posible.

Como cuenta Jay Newton-Small en el semanario Time, de orientación conservadora, la salida de Cantor crea un vacío de liderazgo republicano en el Congreso. Esa es la sensación dentro y fuera del partido, un estado de ánimo que difícilmente puede contrarrestarse con el recetario neocon de Brat, sus ataques a Cantor en tanto que “partidario sólido del gran Gobierno”; en tanto que presunto defensor de abrir la frontera a la inmigración y decretar una amnistía para los millones de residentes extranjeros en Estados Unidos que no han regularizado su situación. Ni siquiera el episodio del asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi (Libia) el 11 de septiembre del 2012, que costó la vida al embajador Chris Stevens y a tres funcionarios, es suficiente para llevar a Clinton contra la cuerdas. Más bien parece una aventura arriesgada porque si, como apuntan algunos medios, la exsecretaria de Estado supera la prueba, aumentarán exponencialmente sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

¿Puede el ala izquierda demócrata atenuar los temores republicanos en la medida en que imponga su toque populista a las primarias para elegir el candidato a la presidencia? Habida cuenta de la vinculación de la senadora Elizabeth Warren y de otros miembros destacados de esta facción al programa máximo expuesto en su día por Obama, es poco probable que el Partido Demócrata acoja una lucha fratricida. El recuerdo vivísimo del coste que tuvo para el partido la división interna en los días de la candidatura de George McGovern (1972) y de Walter Mondale (1984) se impone a otras consideraciones de índole personal, y aún pesa en el ánimo colectivo de los demócratas que un candidato con todos los atributos del ala progresista como Al Gore no llegó a la Casa Blanca a causa de los oscuros manejos que contaminaron el escrutinio de Florida en el año 2000 (elección de George W. Bush).

Un exasesor de los republicanos teme que, a corto plazo, el apoyo de la cadena Fox, de los periódicos de Rupert Murdoch y de los agitadores de la galaxia audivisual –Glenn Beck, Laura Ingraham y otros– sea insuficiente para llegar a noviembre con la posibilidad cierta de mejorar la mayoría que hoy tienen los republicanos en la Cámara de Representantes. Puesto que la casilla de salida es la mayoría presente, el estado mayor republicano parte del supuesto de que se podrá mantener, pero sostiene este exasesor que lo peor que les puede pasar a los candidatos republicanos es encarnar en la vida real la caricatura neocon que difunden muchos medios de comunicación añorantes del bipartidismo sin extravagancias del pasado.

El enfoque que Brat da a la política justifica estos temores. “Dios actuó en mi nombre a través de la gente”, declaró después de la victoria, y al recurrir a la intercesión divina para explicar las razones de su elección se acercó a aquella secuencia de una teleserie en la que dos amigos, acodados en la barra de un bar, siguen, entre cerveza y cerveza, un discurso televisado de Bush hijo. “¿Quién es ese tipo que dice cosas tan raras?”, pregunta uno de ellos. Y el otro se encoge de hombros y responde: “No sé. Yo no le he votado”.

Thatcher o la aversión social

“Ella cambió el paisaje político no solo en nuestro país, sino en el resto del mundo”.

David Cameron, primer ministro del Reino Unido.

Reagan-Thatcher

Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Camp David, en diciembre de 1984.

El impacto que tuvo Margaret Thatcher en el pensamiento conservador del último tercio de siglo XX se refleja estos días en la sensación de orfandad que transmiten cuantos alaban la liberalización de la economía británica que promovió la dama de hierro durante los 11 años que vivió en Downing Street. Detrás de la propuesta neocon del presente alientan el capitalismo popular de la líder fallecida el lunes, el conservadurismo compasivo que encabezó Ronald Reagan y la nebulosa doctrinal de la que sobresale la figura de Milton Friedman. Pero, a diferencia de la mayoría de profetas del nuevo liberalismo, la praxis política de la exprimera ministra resultó ser de una contundencia hasta entonces insólita en las formas, capaz de acumular amores y odios conforme avanzaba el desmantelamiento del statu quo social construido después de la guerra.

Resulta harto arriesgado ir más allá y atribuir a Thatcher las virtudes de una visionaria que fue consciente de la incompatibilidad entre el sistema financiero internacional y el Estado del bienestar, que la crisis ha puesto de manifiesto. Tan en lo cierto están los neoliberales de hoy al considerarse los herederos doctrinales del thatcherismo como exagerado resulta imaginar a la primera ministra, en la década de los 80, vislumbrando las exigencias de la economía global y las debilidades del pacto social sobre el que se construyó la recuperación de Europa durante la posguerra de la mano de dirigentes democristianos y socialdemócratas. Thatcher no fue una ideóloga en el sentido de una intelectual que elabora un cuerpo doctrinal propio, sino una líder enérgica dispuesta a aplicar un programa económico de corte ultraliberal.

“No soy una política de consenso; soy una política de convicción”, le dijo Thatcher a la exprimera ministra ucraniana Yulia Timoshenko, según recuerda esta en un artículo enviado desde la cárcel de Jarkiv. Las convicciones a las que en ningún caso estuvo dispuesta a renunciar fueron la causa de adhesiones y críticas irreconciliables, hasta el punto de que un estudio elaborado por YouGov, un think tank británico, dio el siguiente resultado: el inquilino de Downing Street más valorado de la posguerra –la expresión utilizada fue “el más grande”– es Margaret Thatcher, pero, al mismo tiempo, es también ella quien encabeza la lista de los considerados peores. Esa condición de divisora social tiene su reflejo en los elogios fúnebres institucionales y los mensajes que circulan por la red; en los añorantes que recuerdan la revolución conservadora como un gran hito y en los que otorgan a Thatcher el perfil de un ángel exterminador. “Algunos de nosotros deseamos alguna vez que estuviera dispuesta a regresar”, declaró el obispo anglicano John Pritchard al rendir homenaje a Thatcher. “Maggie trabaja ahora en un plan para privatizar el infierno”, dejó escrito en Twitter el cómico Mick Ferry.

Thatcher Malvinas

Visita de Margaret Thatcher a las islas Malvinas en 1982, recién acabada la guerra.

Aprecio y desprecio al 50%. Quizá sea cierto, como dice el analista Joe Twyman, que la totalidad de los políticos en ejercicio del Reino Unido, con independencia de su registro ideológico, son hijos de Thatcher para lo bueno y para lo malo. Y si se admite que esta es su gran herencia, entonces se comprende mejor que desde los días de la dama de hierro hasta hoy no haya dejado de llevarse a la práctica la corrección neoliberal del pacto social de la posguerra, incluso durante el largo mandato del laborista Tony Blair, favorecida la operación por las recetas anticrisis, asimismo neoliberales, puestas en marcha por la Unión Europea en nuestros agitados días.

Jan Royall, líder laborista en la Cámara de los Lores, abunda en la naturaleza de Thatcher en tanto que polarizadora de pasiones hasta el extremo de “provocar ira”. Esa es quizá la más perturbadora característica de la exprimera ministra: careció de voluntad de pacto, una virtud imprescindible para tranquilizar los espíritus. Creyó firmemente en lo que hacía, vio siempre el poder del Estado como un problema y no como una herramienta para atemperar las desigualdades y puso con frecuencia a sus correligionarios del Partido Conservador en la disyuntiva de seguirla o dar pie a que se reprodujera la atmósfera de crisis de los años 70. Si el Partido Laborista, desgarrado por luchas internas inacabables, hubiese sido otro, el margen de maniobra de Thatcher habría sido menor, pero la desorientación de su gran adversario político, la radicalización de los sindicatos y el episodio de patriotismo febril propiciado por la guerra de las Malvinas le facilitaron las cosas. Tuvo “una profunda aversión al statu quo [social]”, como ha dicho el viceprimer ministro Nick Clegg en los Comunes, pero pudo mantenerse en el empeño sin concesiones porque dispuso de un ecosistema político muy favorable.

El mayor reproche que se puede hacer a Thatcher es que nunca se mostró preocupada por el coste social de su programa económico. Antepuso la idea de que “el problema con el socialismo –se refería a las políticas de los laboristas– es que con el tiempo se le acaba el dinero de los demás” a toda reflexión tendente a mejorar el reparto de la riqueza. La revista conservadora estadounidense National Review no encuentra en ello ningún obstáculo para atribuir a la exprimera ministra la virtud de haber introducido reformas en el mercado en un periodo de dificultades”, y el ensayista Walter Russell Mead, neoliberal, no anda a la zaga en el elogio: “La mayor contribución de Thatcher fue poner al descubierto los límites del modelo social de la posguerra”. Otros muchos, a ambos lados del Atlántico, se sienten halagados cuando se les llama thatcheristas, algo que predijo la interesada: “Históricamente, la expresión thatcherismo se tendrá por un cumplido”.

Heath Thatcher

Edward Heath, de convicciones europeístas, y Margaret Thatcher, en la conferencia del Partido Conservador, el 7 de octubre de 1998.

Hay bastante soberbia en ese vaticinio –aunque lo cierto es que ni siquiera la figura de Winston Churchill dispone en la jerga política internacional de un ismo derivado de su apellido–, pero Thatcher nunca fue una líder contenida y sus once años abundan en ejemplos, de la neutralización de los sindicatos a la supresión del vaso de leche en las escuelas; de su antieuropeísmo vociferante, aunque no siempre taxativo, a la intervención en las Malvinas; de la crisis de las huelgas de hambre de presos del IRA al apoyo dado a Estados Unidos para que la URSS abandonara Afganistán. Nunca se anduvo con medias tintas en todo aquello que constituyó la columna vertebral de su política y nunca mostró mayor preocupación por las pulsiones de la opinión pública que, todo hay que decirlo, no siempre le fue hostil, sino al contrario. Nunca le pareció adecuado a aquella mujer de convicciones acercarse al enunciado de Harold MacMillan, un conservador clásico que fue primer ministro 20 años antes que ella: “La reflexión calmada y tranquila desenreda todos los nudos”. En cierto sentido, rescató del archivo de tópicos nacionales “el orgullo de ser británico” frente a la posibilidad admitida por Edward Heath, un conservador incomprendido, de salvar el legado británico mediante el recurso a Europa.

Si no se profesa la fe thatcherista y confesiones próximas, no hay forma de comprender cómo es posible afirmar: “No existe eso de la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. Si se comulga con esta visión del mundo, todo cuanto hizo al frente del Gobierno está doctrinalmente justificado, aunque no haya forma de encontrar respuesta a la gran pregunta: ¿cómo aliviamos las desigualdades si pensamos siempre en individuos y nunca en sociedades? De la misma manera que se achaca al desarrollo de una parte del pensamiento marxista el olvido del individuo, a los seguidores del liberalismo finisecular se les pude oponer el olvido del valor de lo público, de lo comunitario, de lo colectivo, de los factores de corrección que deben aliviar los riesgos de exclusión social. Porque, si no existen: ¿cómo se puede evitar la fractura social?

Esa es hoy una pregunta que se formula todos los días en Estados Unidos, donde la herencia neocon entiende que la redención del individuo está en el individuo mismo y no en la sociedad, sean cuales sean los costes sociales, mientras el reformismo social, los programas de apoyo a la clase media promovidos por Barack Obama y las escuelas neokeynesianas quieren rescatar del olvido el valor de lo público, que incluye socializar la solución de algunos problemas. Frente a un planteamiento de esas características, Thatcher prefirió remitirse al viejo pragmatismo anglosajón, que incluye la muy arraigada creencia de que el todo es la suma de las partes y no una realidad en sí misma; Thatcher buscó la puerta de salida de los males británicos en la presunción de que la sociedad es la suma de individuos. De ahí el entusiasmo en los elogios a la exprimera ministra de una pesimista social como Sarah Palin, que se ve a sí misma como la nueva Margaret Thatcher, algo que a la dama de hierro seguramente no le habría hecho ninguna gracia.

 

 

Obama y compañía

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, acompañados de sus respectivas familias, celebran la victoria en Chicago la madrugada del miércoles.

La victoria obtenida el martes por el presidente Barack Obama ha consolidado el núcleo electoral constituido por un nuevo mapa de minorías, bastante diferente al que manejaron los sociólogos desde los días de Franklin D. Roosevelt hasta la derrota de Michael Dukakis en 1988. El perfil del electorado que llevó a Bill Clinton a la Casa Blanca y a punto estuvo de repetir el resultado con Al Gore en el 2000 fue un anticipo de las minorías transversales que hicieron posible la elección de Obama en el 2008 y su relección ahora. El Partido Demócrata de los sindicatos, el mundo de la cultura y la industria del espectáculo, la clase media urbana y una parte importante de la comunidad afroamericana se ha enriquecido con electorados con una composición interna más heterogénea, interclasista si se quiere; sigue siendo el partido de las minorías, pero de minorías con una mayor complejidad social. Al decir que la mayoría de mujeres, de jóvenes entre los 18 y 29 años, de hispanos, de homosexuales y de movimientos sociales independientes votaron por Obama, se afirma a un tiempo que el presidente ha logrado extender su base electoral más allá de los límites tradicionales. Así, el apoyo del AFL-CIO se ha diluido, pero ha aparecido el de los blue collars, una etiqueta más amplia; los demócratas mantienen la influencia en la clase media, pero esta ha decrecido 20 puntos –hace 40 años englobaba al 71% de la población y hoy incluye solo al 51%– y en su lugar aparecen las clases emergentes vinculadas a la nueva economía.

Esta cualidad inclusiva del Partido Demócrata se halla en las antípodas del perfil exhibido por el Partido Republicano durante la campaña, incluso después de limar las aristas más cortantes del conservadurismo a ultranza impuesto por el Tea Party a través de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia. Al mismo tiempo, la diversidad social y cultural convierte a los demócratas en un colectivo más expuesto a la crítica y a las contradicciones, como ha explicado Ross Douthat en su blog en The New York Times. Pero la misma comentarista admite que, por el momento, las virtudes inclusivas de la propuesta de Obama mantienen desorientados a los republicanos, que solo son un adversario cuando entienden cómo construyó Obama su mayoría, “por qué los votantes se unieron y por qué la mayoría conservadora de los tiempos de Reagan y Bush lo descifró”.

El éxito de Obama se resume en un dato rotundo: es el primer presidente demócrata desde Roosevelt que consigue ganar con más del 50% de los votos populares. En cambio, Mitt Romney no ha obtenido ni un solo voto electoral más de los 206 que le adjudicaron las encuestas más solventes hasta el día antes de la elección. A Romney le perjudicó tanto la imagen proyectada por el Partido Republicano, demasiado blanco, demasiado viejo y demasiado masculino, como ha recogido EL PERIÓDICO, como el lastre ultraconservador en el debate de la moral y los valores. Las proclamas antiabortistas, la brega contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, todo cuanto hace referencia a la autonomía del individuo en el ámbito más íntimo, dañaron tanto la campaña de Romney como la incapacidad del equipo de campaña de comprender que la demografía de la nación ha sufrido un cambio profundo e irreversible. Creyeron los republicanos que con los argumentos de ayer se puede vencer hoy, según interpreta Douthat: “[Romney] fue finalmente derrotado menos por sus propias limitaciones como líder y más por el hecho de que su partido no quiso reinventarse, prefirió creer que la retórica y las posiciones de 1980 y 1984 –triunfos de Ronald Reagan– podían ganar de nuevo en la América del 2012”.

Al hilo de argumentos similares, el analista Joel Benenson llega a la conclusión de que el triunfo de Obama no fue el propiciado por el cambio experimentado en la demografía estadounidense, sino más bien por una nueva moral colectiva combinada con el empeño de rescatar a la clase media de la postración: “Ganó porque articuló un conjunto de valores que definen una América en la que la mayoría de nosotros desea vivir”. La coalición de Obama, llamada así por la antes citada Ross Douthat, habría empezado a configurarse en 1972, cuando George McGovern fue el candidato demócrata a la presidencia, derrotado con estrépito por Richard Nixon, pero en aquel tiempo aún alentaba en el seno de la sociedad estadounidense la inercia política wasp (white, anglosexon and protestant) por encima de cualquier otra. Hoy la textura  social dominante es muy diferente.

Romney Ryan

Cartel electoral de Mitt Romney y Paul Ryan.

Los republicanos no percibieron el cambio o se vieron arrastrados por la escala de valores inspirada por la herencia wasp, que el Tea Party administra. No se percataron de que muchos votantes estaban dispuestos a contestar con un a la más elemental y repetida de todas las preguntas: ¿estoy hoy mejor que hace cuatro años? Incluso en una publicación tan declaradamente conservadora como el semanario Time, E. J. Dionne Jr. ha reconocido que el presidente ha dado la vuelta a las tendencias heredadas: “Se han creado 4,5 millones de empleos desde enero del 2010, la bolsa ha doblado su valor desde su índice más bajo y el mercado de la vivienda se ha estabilizado. Mitt Romney pudo prometer 12 millones más de empleos en los próximos cuatro años porque las políticas de Obama han marcado el camino para producirlos gracias a un renacimiento de la industria, un aumento de las exportaciones y una nueva oleada de investigación e innovación”.

En términos parecidos analiza Thomas L. Friedman el error cometido por los republicanos al considerar que el reformismo económico de Obama era el flanco más débil del presidente: “Un país con cerca del 8% de paro prefirió dar al presidente una segunda oportunidad antes que a Mitt Romney la primera. El Partido Republicano necesita hoy sincerarse consigo mismo”. Cabe añadir que solo Roosevelt, durante la gran depresión logró la relección con una tasa de paro superior al 7%. Y también fue Roosevelt el primer gran convencido de que sin la implicación del Estado no había salida a la crisis, un convencimiento idéntico al que ahora exhibe Obama frente al propósito republicano de recortar el Estado para dejar más recursos en manos privadas. El objetivo de Romney es lograr la reactivación económica enseguida, aunque el precio sea una inquietante fractura social; el de Obama es fundamentar el crecimiento en una vuelta a la cohesión social. Obama es un pragmático ilustrado sin antecedentes en el mundo financiero; Romney, un financiero conservador urgido por la cuenta de resultados y por los ideólogos del Tea Party.

Leo Strauss

El filósofo conservador Leo Strauss (Kirchain, Alemania, 1899-Annapolis, EEUU, 1973), intérprete del pensamiento político de Platón y Aristóteles.

Las élites republicanas, instruidas en el conservadurismo compasivo, reconocen en privado que la alianza con el Tea Party ha resultado desastrosa. Alexander Burns y Jonathan Martin explican en la web politico.com que han recogido en los pasillos republicanos la opinión de algunos veteranos del partido que ven cómo parte de la base “está envuelta en un universo mental paralelo, con Fox News como su única fuente de información  de confianza y la memoria del deslizamiento conservador del 2010 como su marco básico para entender la política”. Este distanciamiento de la realidad circundante tiene que ver con la dualidad social estadounidense, configurada por el papel que desempeñan el Gobierno y los programas federales y por el peso del poder local en los estados poco poblados, tan alejados de Washington como de los grandes debates acerca de la sociedad del futuro.

Menos comedido que los periodistas de politico.com, John Nichols afirma en la revista progresista The Nation que el reclutamiento de Paul Ryan para acompañar a Mitt Romney ha dado un “resultado miserable”. Decir Ryan es decir Tea Party, y ahí radica una de las grandes incógnitas: descifrar hasta qué punto la extrema derecha perjudicó las aspiraciones republicanas en igual o mayor medida que la capacidad del presidente para agavillar una mayoría social. Thomas L. Friedman pronostica que si el centro derecha no se desembaraza de la extrema derecha, el Partido Republicano “esta condenado a ser un partido minoritario durante mucho tiempo”. Dicho de otra forma por Jennifer Rubin en su blog en el liberal The Washington Post, que pidió sin tapujos el voto para Obama: “Si el partido va totalmente a la derecha, con una selección de candidatos aún menos atractivos para las mujeres, las minorías y una sociedad cada vez más secularizada, es difícil ver cómo mejorará su situación”. En el mismo periódico, Stephen Stromberg concluye que de persistir en la promoción de personalidades como Paul Ryan, el Grand Old Party (GOP) no hará otra cosa que “dar permiso a los derechistas para ser más firmes y más imprudentes en su oposición a Obama”.

Irving Kristol

Portada de la revista ‘Esquire’ de febrero de 1979 dedicada al politólogo conservador Irving Kristol. “Este intelectual desconocido es el padrino de la más poderosa nueva fuerza política en América: el neoconservadurismo”, dice el titular.

El analista Jonathan Haidt, extremadamente crítico con el funcionamiento de la maquinaria de los partidos, saca a relucir la incapacidad de muchos dirigentes de anteponer el interés nacional al del partido, de favorecer un auténtico debate de ideas. “Esto es muy malo –comenta Haidt– porque amplifica otros problemas como la crisis de la deuda, la falta de una política de inmigración racional y el envejecimiento de nuestras infraestructuras”. Pero alimenta también la desconfianza hacia el sistema, condenados los electores a soportar el espectáculo de la pelea del poder por el poder. Un mecanismo de distanciamiento de la política que, después de la derrota, intentan frenar los republicanos con la oferta de diálogo lanzada el jueves por John Boehner, su líder en la Cámara de Representantes, alguien que, por lo demás, se distinguió en la anterior legislatura por su cerrazón.

Los editores de la revista National Review, difusora de la causa republicana, ven en la derrota el inicio de un largo periodo de estancamiento electoral si los conservadores no van más allá del análisis demográfico de los resultados. “Hasta que los conservadores no diseñen una agenda nacional y la forma de venderla, que vincule los principios de un Gobierno pequeño con resultados atractivos, estarán en grandes dificultades para mejorar su situación con las mujeres, los latinos, los blancos o los jóvenes –escriben los editores–. Y los conservadores serán muy imprudentes si cuentan con la mera disponibilidad de jóvenes militantes conservadores carismáticos para maquilar este problema”. Diríase que la publicación propone un compromiso ideológico más detallado, pero esta primera impresión se desvanece cuando asoma el pragmatismo a ultranza: mantener a Todd Akin, el del aborto legítimo, en la carrera por un escaño en el Senado es presentado como un error y la insistencia en introducir una enmienda en la Constitución que impida los matrimonios homosexuales, como una empresa quijotesca.

Los depositarios de la herencia intelectual de Leo Straus, Irving Kristol y el resto de precursores del neoconservadurismo abundan en la necesidad de oponer una resistencia sin tregua al reformismo de Obama. “El presidente ha retratado a Romney como el extremista. La lección debe ser clara: cuando los republicanos no luchan, simplemente permiten a los liberales demócratas que parezcan centristas”, afirma Jeffrey H. Anderson en The Weekly Standard, el semanario fundado por William Kristol a la medida del pensamiento neocon. Y ahí reside una de las grandes divergencias entre los republicanos clásicos y sus compañeros de viaje: los primeros reniegan de la lucha sin cuartel y abogan por el compromiso bipartidista; los segundos ponen por delante la derrota del adversario aunque la nación corra el riesgo de precipitarse por el abismo fiscal (fiscal cliff), algo que puede suceder las próximas semanas si en el Congreso no se concreta un pacto que lo evite.

Romney no es el arquetipo del conservador clásico, pero tampoco es alguien que tiene como única referencia las enseñanzas de la escuela dominical. De forma que debió resultarle especialmente doloroso leer el comentario tajante de Richard Cohen en The Washington Post al día siguiente de la derrota: “Mitt Romney podía haber ganado. Tenía el oponente adecuado, pero el partido político equivocado”. Las cifras solo confirman en parte esta afirmación: en el 2008, el senador John McCaine quedó a 10 millones de votos del senador Barack Obama; el martes, tres millones de votos separaron a Obama y Romney. Quienes ven la botella medio llena pueden afirmar sin equivocarse que el giro ideológico republicano ha consolidado un núcleo de electores con futuro; quienes la ven medio vacía piensan que las filas de Obama han resistido cuatro años de desgaste, las deserciones han sido escasas y, tan importante como eso, los más de 8,5 millones de votos perdidos por el presidente han engordado la abstención antes que las expectativas republicanas. Pueden ser muchos los defraudados por Obama, pero son muchas más las víctimas de la crisis a las que asusta la perspectiva de que los republicanos se hagan cargo de la situación inspirados por el Tea Party. Obama y compañía cotizan al alza incluso cuando pierden votos. ¿Es cierto que lo mejor está por venir?

 

Romney se marca solo

Mitt Romney se marca solo, como en ocasión no muy afortunada dijo Helenio Herrero de Juanito, jugador del Real Madrid. Para desespero del universo conservador estadounidense, la campaña del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos es un compendio insólito de equivocaciones, pasos en falso, rectificaciones poco convincentes y confusión creciente que tienen un fiel reflejo en las encuestas, tanto a escala federal como en los estados clave, en todos los cuales el presidente Barack Obama disfruta de ventajas confortables. Mientras Paul Ryan, el compañero de ticket de Romney, sigue con su prédica del Estado empequeñecido y la superpotencia engrandecida en todas partes, la derecha clásica se muestra desolada por el secuestro del Partido Republicano a manos del Tea Party, por la rendición con armas y bagajes del GOP (Grand Old Party) a la extrema derecha. La debilidad de la estrategia y de la aceptación popular de Romney son tan llamativas que han dejado de tener importancia los disparates de otros candidatos republicanos –no solo Todd Akin, diputado por Missouri y candidato al Senado–, zarandeados por la intelligentsia liberal, porque lo que de verdad aturde a los conservadores sensatos es que no hay forma de que el oponente de Obama establezca un programa electoral a la búsqueda del cual salió David E. Sanger en mayo y que, al igual que entonces, se mantiene en una nebulosa llena de inconcreciones, contradicciones y lugares comunes.

Cartel Romney

Este cartel apareció en el exterior de la convención republicana y ataca las contrataciones exteriores. Las tres leyendas dicen: 'Plan de empleo de Romney: 39.000 empleos para México'; 'Plan de empleo de Romney: 26.000 empleos para la India'; 'Plan de empleo de Romney: 73.000 empleos para China'.

Desde antes de la convención de Tampa, Romney abusó del flip-flop (cambios bruscos de opinión), volteretas de campaña que disgustan bastante a los votantes independientes, y dejó la iniciativa ideológica en manos de Ryan. Este tampoco evitó rectificar y cambiar de dirección, pero la militancia de sus seguidores, movilizados por el viento de popa del Tea Party, neutralizó el desgaste del personaje. Al mismo tiempo, las dos caras de la candidatura republicana perseveraron en opinar en direcciones opuestas en asuntos tan importantes como la posibilidad de abortar en caso de violación, la exigencia a China de que corrija la cotización falseada de su moneda o la petición cursada a Obama de que destinara cerca de 800 millones de dólares a estimular la economía. Y así fue cómo, mediado agosto, el periódico USA Today, de registro conservador, adelantó que los 90 millones de electores que en aquel entonces estaban decididos a ir a votar en noviembre preferían a Obama antes que a Romney en una proporción de 2 a 1, un resultado muy por encima de los pronósticos de los encuestadores en el “oscuro camino a la Casa Blanca” (Charles M. Blow en The New York Times), un dato que había tiempo para corregir mediante el efecto convención, que nunca se produjo, y el supuesto desparpajo del aspirante para llegar a los tres debates televisados con algunos triunfos en la mano. No sucedió nada de lo esperado.

Con ser esto grave, no es lo peor. Lo verdaderamente perturbador para el pensamiento conservador clásico norteamericano es que Romney ha incurrido en errores flagrantes en el enfoque emocional de la campaña: despreciar al 47% de los votantes, que dependen de ayudas o programas federales, dar por liquidada la negociación de un Estado palestino, resistirse a hacer públicas sus declaraciones de renta del último decenio, aprovechar la muerte en Bengasi (Libia) del embajador Christopher Stevens y tres funcionarios más para atacar al Gobierno, verter opiniones infantiles sobre la seguridad de los aviones y otros deslices injustificables. David Winston, principal asesor de los republicanos en la Cámara de Representantes, ha realizado un estudio de campo entre los votantes para saber qué les importa más para decidir el voto: si están mejor que hace cuatro años o si estarán mejor en el futuro. El 77% se deja guiar por las perspectivas de futuro y solo el 18%, por lo sucedido durante los últimos cuatro años. Como ha escrito Alexander Burns, autor de un análisis finísimo de las campañas demócrata y republicana, el eslogan de Obama es Adelante, y su equipo “ha hablado intermitentemente acerca de ganar el futuro”. Según lo ve Burns, “el resultado ha sido una lucha asimétrica de mensajes, con Obama mirando hacia adelante y Romney insistiendo mucho en el pasado y en el presente”.

Cartel impuestos

Cartel contra el programa fiscal de Mitt Romney. Dicen los textos: 'El plan de impuestos de Romney en una página. ¿Gana más de 200.000 dólares al año? Sí->sus impuestos bajan. No->sus impuestos suben'.

La situación es tan manifiestamente grave a ojos del republicanismo tradicional que una figura tan desdibujada como Dan Quayle, apenas recordado a pesar de haber sido cuatro años vicepresidente con George H. W. Bush (1989-1993), ha manifestado su preocupación por la marcha de la campaña: “Romney quizá intenta ganar el voto indeciso, pero no modifica sus puntos de vista”, ha declarado a Fox News, una cadena de televisión opuesta a la más mínima distracción progresista. Más contención imposible en alguien que sufrió en carne propio el dinamismo de Bill Clinton en la campaña de 1992 y dejó para la historia la siguiente frase recogida por The Miami Herald: “Si gobierna tan bien como hizo la campaña, el país irá por el buen camino”. De lo que es fácil inferir que si Romney llegará a gobernar con la misma impericia mostrada hasta la fecha, Estados Unidos conocería días difíciles.

Clarence Page plantea en el conservador Chicago Tribune el problema republicano con bastantes menos miramientos: “Mientras la convención nacional demócrata es recordada por el expresidente Bill Clinton, que vendió la presidencia de Obama mejor de lo que Obama suele hacerlo, la convención republicana se recuerda sobre todo por la conversación de Clint Eastwood con una silla vacía”. La comparación es tan absolutamente demoledora que es más que comprensible el grito de alarma lanzado a través de su blog por Peggy Noonan, que fue redactora de discursos de Ronald Reagan y a la que se refiere Page junto a otro ilustre analista republicano, Rod Dreher, de The American Conservative. El texto de Noonan es tan rotundo –“es hora de admitir que la campaña de Romeny es del todo incompetente”– que su difusión en la edición digital del súmmum de la prensa conservadora, The Wall Street Jornal, ha abierto otra brecha en la campaña de Romney.

Entre tanto, Paul Ryan, portavoz de un derechismo sin complejos, sigue con su retórica desbordada, al servicio de un nacionalismo que casa mal con el multilateralismo promovido por la Casa Blanca. “Si somos fuertes –clama Ryan–, nuestros adversarios no nos probarán y nuestros aliados nos respetarán”. Incluso el muy conservador The Miami Herald cree que no es este el mejor camino para atraer un electorado sumido en las estrecheces económicas del presente y poco inclinado a apoyar ensoñaciones imperiales en el futuro. En la campaña de Ryan, que arrastra inevitablemente la de Romney, parece imponerse un mesianismo trasnochado que desaprovecha los efectos de la crisis sobre la vida cotidiana de la clase media y ni siquiera cuando Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, anuncia compras masivas de deuda mediante el viejo sistema de poner en marcha la máquina de imprimir dólares, es capaz de sacar partido a la operación durante más de 24 horas.

Cartel Seals

Cartel contra la candidatura republicana en el que se lee: 'Los seals apartaron una amenaza a América. Aparta la otra en noviembre'. La primera amenaza se refiere a Osama bin Laden; la segunda, a Mitt Romney.

Los conservadores que temen lo peor piden a los estrategas de Romney que el candidato disponga de un plan y lo exponga, que sea “persuasivo e irrestible”, en expresión del encuestador republicano Whit Ayres, citado por Alexander Burns en el análisis colgado en Politico.com. Pero el último plan, destinado a presentar una alternativa a la política exterior de Obama, se ha estrellado contra el hecho insuperable de que el electorado no está interesado en los entresijos de la diplomacia y sí, en cambio, en los pormenores de la reforma sanitaria, las ayudas a los desempleados, el crecimiento de la actividad industrial y el final verosímil de la pesadilla que empezó hace cinco años con la sacudida de las subprimes. Y los encuestados en Ohio, Florida y Pensilvania –sondeo de la Universidad de Quinnipiac para The New York Times y la CBS–, que otorgan a Obama una ventaja sobre Romney de entre 9 y 12 puntos, confirman que aquello que realmente les importa es aquello en lo que el presidenciable republicano es menos convincente o se muestra más alejado de la realidad.

¿Puede haber algo peor que los vaticinios de las encuestas? El periodista Jean-Sébastien Stehli, formado en Estados Unidos, se refiere a ello en las páginas del diario francés Le Figaro, adscrito al campo conservador: “Lo más duro para Romney es que incluso entre quienes dicen sentirse decepcionados por Obama son más y más numerosos los que desean su relección. El desafío de Romney es pues doble: convencer a los indecisos, si aún los hay, y atraerse a quienes se han hecho a la idea estas últimas semanas de un segundo mandato de Obama”. Pero, como indica Stehli, cabe preguntarse si hay indecisos. Y la tendencia es considerar que no quedan muchos, y en todo caso no es posible pensar que pueden inclinarse masivamente por uno u otro candidato salvo que se produzca la siempre temida sorpresa de octubre, que erosione la figura del presidente.

Los riesgos que corre el Partido Republicano son enormes si Romney no levanta el vuelo y, si no logra la victoria, consigue al menos una derrota honrosa. Clarence Page recuerda el panorama al día siguiente de que Lyndon B. Johnson venciera a Barry Goldwater en 1964, las guerras intestinas en que se sumió el partido. El establishment republicano siente hoy que, incluso conservando la mayoría en la Cámara de Representantes –algo perfectamente posible–, serán devastadoras las consecuencias de las tensiones entre el núcleo tradicional del partido y el bloque más derechista, abrazado al Tea Party. Este establishment, que quisiera encontrar una figura confortable del perfil que, cada uno a su manera y de acuerdo con su tiempo, tuvieron Dwight D. Eisenhower (1953-1961) y Ronald Reagan (1981-1989), está convencido de que el extremismo desorbitado conduce directamente a la derrota.

El analista Alex Castellanos, que asesoró a Romney en la campaña del 2008, sostiene que “un trabajo del presidente es ser Moisés”, ocupado en llevar a la nación a la tierra prometida. Evocaciones bíblicas al margen, los poderes que la Constitución confiere al jefe del Ejecutivo son de tal calibre que el electorado tiende a desconfiar por principio de quien rehúye el compromiso. Si, además, resulta que multiplica las muestras de desconfianza el sector social que se supone que ha de apoyar a un candidato –los conservadores en el caso de Romney–, es inevitable dudar de las posibilidades que tiene el interesado de salir airoso del lance. Como señalan cuantos siguen la campaña al minuto, Obama pecha con el desgaste de cuatro años con más promesas que resultados, pero retiene grosso modo el apoyo de las minorías que lo llevaron a la Casa Blanca y mantiene tras de sí un partido razonablemente cohesionado; Romney, por el contrario, ha retraído a un segmento de electores alarmado por la suma de fundamentalismos que se han adueñado del Partido Republicano y no ha incorporado hasta ahora a los independientes defraudados por el moderado reformismo de Obama. Romney recuerda más al profeta extraviado en el Sinaí que a quien condujo a los suyos hasta las puertas de Canaán.

A la medida de Obama

El Partido Demócrata ha vuelto a fiar su suerte en la mezcla de emotividad, pragmatismo, diversidad cultural y unos gramos de utopía social que tan bien maneja el presidente Barack Obama. La convención de Charlotte (Carolina del Norte) ha reunido y combinado estos ingredientes con una asombrosa facilidad y eficacia, desde el recuerdo al senador Edward Kennedy, fallecido en el 2009, a la oratoria desbordada del candidato a la reelección y al servicio impagable rendido por Bill Clinton, cada día mejor expresidente y más útil a los suyos en los momentos decisivos. Este es el partido de Obama, con toda la grandeza del 2008, pero también con todos los lastres de cuatro años con la economía en la uvi y los republicanos movidos por un único sentimiento: acabar con el moderado reformismo promovido por el presidente.

Este es el Partido Demócrata de Obama porque quizá es el único posible cuando el déficit público acumulado se eleva a 16 billones de dólares, el paro no baja del 8% y es urgente acudir al rescate de la clase media sin dejar a su suerte a los pobres de solemnidad. Este es el Partido Demócrata de Obama con todas las contradicciones que atesora por ser el refugio ineludible de las minorías y verse obligado todos los días del año a poner una vela a Dios y otra al diablo. Este es el Partido Demócrata de Obama, que recurre al realismo cuando los rivales se alarman por el estado de las finanzas federales –“es más que la deuda por habitante en Portugal, Italia, España y Grecia”, recuerda el senador republicano por Alabama Jeff Sessions–, y se nutre del experimentado argumentario de David Axelrod, asesor de cabecera de la Casa Blanca: “No se puede equilibrar el presupuesto a corto plazo porque podría desplomarse la economía”. Este es, en fin, el partido de un presidente que aspiró a formar un Gobierno de los adversarios, a imitación de Abraham Lincoln, y al final tuvo que convivir con la hostilidad sin tregua de los republicanos y la consiguiente polarización.

Newsweek

Portada de 'Newsweek' con el título 'Sal de la carretera, Barack' y el subtítulo '¿Por qué necesitamos un nuevo presidente?'.

No hay mejor ejemplo de esa polarización, en las antípodas de las políticas bipartidistas que precisa Estados Unidos, que la sorprendente portada del 27 de agosto dedicada por el semanario liberal Newsweek a un trabajo del historiador del claustro de Harvard Niall Ferguson, ejercicio sorprendente de provocación periodística titulado Sal de la carretera, Barack y subtitulado de forma no menos contundente ¿Por qué necesitamos un nuevo presidente? Ante la sorpresa y, por qué no, la indignación de los estrategas demócratas, Newsweek puso cuatro páginas a disposición del autor de un libro con un título tan expresivo como Civilization: The West and the Rest (Civlización: Occidente y el resto) para que denostara los cuatro años de Obama con una afirmación contundente: “El presidente rompió sus promesas y el sendero de Romney-Ryan hacia la prosperidad es nuestra única esperanza”.

¿Dónde reside, según Ferguson, el desastre perpetrado por el presidente? En la administración de las cuentas públicas, lo cual incluye la reforma sanitaria, que causa alarma en la clase media. “El fallo de liderazgo en política económica y fiscal –escribe Ferguson– durante los pasados cuatro años ha tenido consecuencias geopolíticas. El Banco Mundial espera que el crecimiento sea apenas del 2% en el 2012. China crecerá cuatro veces más; la India, tres veces más deprisa. Para el 2017, el Fondo Monetario Internacional predice que el PIB de China sobrepasará el de Estados Unidos”. La narración de Ferguson de los problemas económicos llega a un puerto impensable en las páginas de una publicación liberal: “Conozco, me gusta y admiro a Paul Ryan [el candidato republicano a la vicepresidencia]. Para mí, lo que tiene a su favor es simple: es el único de un puñado de políticos en Washington que es auténticamente sincero acerca de la rectificación de la crisis fiscal del país”. Y enseguida recurre al gran temor que alienta en las filas conservadores, la europeización de los males de Estados Unidos, “con un crecimiento bajo, desempleo alto, una deuda incluso mayor y una real decadencia geopolítica”. Conclusión final acerca de qué está en juego el 6 de noviembre: “Es una elección entre les États Units y la república del Himno de Batalla [canción patriótica del siglo XIX]”.

Al margen de la grandilocuencia de Ferguson, envuelto en la bandera, de que Ryan se ha convertido a todos los efectos en el director ideológico de la campaña republicana, lo cierto es que una parte de la clase media, dañada por la crisis y desorientada, suscribe las ideas del ensayista y teme que el futuro sea peor que el presente. Para contrarrestar a los muñidores del desencanto, una de las grandes bazas de que dispone Obama es el recurso al pasado, a la popularidad de Clinton, a los días felices del final de la guerra fría y el superávit presupuestario (William McGurn en The Wall Street Journal). Importa relativamente poco que Richard Cohen escriba en las páginas de The Washington Post que “el presidente tiene muchos enemigos; uno de ellos, sorprendentemente, es él mismo”, si después sube a la tribuna Bill Clinton y expone la idea esperada: ni él ni ninguno de sus predecesores hubiera enderezado en cuatro años la situación heredada. Heredada, ¿de quién? De George W. Bush, que vació la caja en un esfuerzo de guerra insensato y estéril; el mismo Bush ausente de las referencias históricas del pasado republicano para no invocar los fantasmas del desprestigio, el desastre de Irak, la tragedia del Katrina y los diques de Nueva Orleans y el enorme error de cálculo que cometió al dejar caer Lehman Brothers cuando la metástasis de las subprime había minado el sistema financiero global.

Claro que Obama no tiene bastante con el gancho de Clinton y sus dotes de orador sin rival. Porque, en última instancia, las encuestas coinciden en que la clase media da por descontado el legado de Bush y solo desea que alguien salve los muebles, aunque sea mediante el regreso republicano y la contracción del Estado a su mínima expresión. Según un informe de agosto del prestigioso Pew Center, citado por The Charlotte Observer, el periódico de la ciudad que acogió la convención demócrata, la clase media es más pequeña, se ha empobrecido y es más pesimista. Taylor Batten, del mismo diario, cita unas declaraciones hechas a Los Angeles Times por Paul Taylor, del Pew Center, que insinúan el riesgo de fractura social: “La idea de que somos una sociedad con una amplia clase media, con mucha movilidad económica y social y que cree que cada generación está mejor que la anterior, es algo que forma parte del núcleo de lo que significa ser americano. Pero esa no seguirá siendo la situación (…) Sin una respuesta del próximo presidente y del Congreso, es posible que la clase media se desgaste aún más”.

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, que trabajan juntos diariamente entre cuatro y seis horas.

Para los analistas Edward-Isaac Dovere y Darren Samuelsohn, ahí entra en juego el “factor Joe Biden”, otra de las grandes bazas de Obama. Biden no es un ideólogo, tampoco es un líder y mucho menos un orador a la altura de la tradición demócrata, pero es un profesional, un legislador experimentado que conoce la letra menuda de Washington y es “hijo de la clase media de América”. Biden es tan imprescindible para dar la batalla en el Congreso después de que la brillante Nancy Pelosi perdiera la presidencia de la Cámara de Representantes en las legislativas del 2010, que hubo de archivarse el gran proyecto de los estrategas demócratas para estas elecciones: situar a Hillary Clinton en la vicepresidencia, para saltar a la carrera presidencial en el 2016, y enviar a Biden al Departamento de Estado, donde estaría en su salsa. De entre los colaboradores más próximos de Obama, Biden es el que mejor puede responder con convicción a la pregunta que se formula todos los días la clase media urbana: ¿estamos mejor ahora que hace cuatro años? Y Obama precisa del olfato de Biden, como cuentan Dovere y Samuelshon: “Entre las sesiones informativas y otras reuniones, Obama y Biden ocupan normalmente de cuatro a seis horas diarias, con Obama pidiendo casi siempre la opinión de Biden”.

Claro que Biden tampoco es suficiente. Aunque los sondeos aseguran que Obama es el favorito de la minoría negra –una obviedad–, las mujeres, los hispanos y cuantos dependen para subsistir de un programa federal –aunque la mayoría de esta franja de población no se inscribe para votar–, “dos tercios de los votantes, con sensatez suficiente, piensan que el país va por el camino equivocado”, según Robert L. Borosage, presidente del conservador Instituto para el futuro de América. Es decir, piensan que el país está peor que hace cuatro años, algo que facilita el mensaje de Mitt Romney, el aspirante republicano. “La esencia del mensaje de Romney es: la economía apesta; Obama ha fallado; soy un hombre de negocios; puedo arreglar esto”, escribe Borosage en su blog.

A lo que el analista y exasesor de la Casa Blanca Keith Boykin responde: “Hace cuatro años, Estados Unidos estaba empantanado en dos guerras costosas y mortíferas, la economía perdía 800.000 empleos al mes, la bolsa se ​​estrelló, Wall Street tuvo que ser rescatado con 700.000 millones [de dólares], la industria del automóvil estaba a punto de hundirse y, de diferentes maneras, el terror nos recordó la amenaza persistente de Osama Bin Laden”. Un laberinto del que cree que Obama ha dado con la salida: “Hemos terminado la guerra en Irak, creado 4,5 millones de empleos nuevos, se duplicó el índice industral Dow Jones, que generó ganancias récord para la industria del automóvil, y hemos acabado con Osama Bin Laden”. ¿Es este un análisis verosímil del presente o se trata de la opinión de alguien que prefiere ver la botella medio llena, mientras Borosage la ve medio vacía, por no decir vacía del todo?

Ross Douthat, un analista de pluma sensible, llega a una conclusión en el liberal  The New York Times alejada de toda militancia: “Los tiempos son difíciles y el camino de la reeleción, duro, pero este es el Partido Demócrata de Obama tanto como los republicanos fueron el partido de Ronald Reagan en los años 80”. Que esa personalización del partido resulte atractiva y convincente para los votantes independientes, es algo diferente, acaso inescrutable, porque, como indica Douthat, las campañas del presidente y de Romney “parecen destinadas mucho más a movilizar a las bases que a apoderarse de cualquier tipo de centro”. Dicho de otra forma, las campañas están poseídas por una radicalización en la que cuentan más los gestos que los datos. Es difícil compartir la opinión del profesor Niall Ferguson de que Obama se enfrenta a su némesis (Romney), “un político que cree más en el contenido que en la forma, más en la reforma que en la retórica” –en la convención estuvo bastante retórico–, pero no es más fácil creer que los tres debates televisados que aguardan a los candidatos “descubrirán al verdadero Romney y lo dejarán fuera de combate”, una opinión deslizada en Charlotte por un empleado del Partido Demócrata.

Todo es más endiabladamente complejo. Quizá por eso la militancia que acudió a Charlotte no pudo resistirse a la parábola de la venida del mesías, Edward Kennedy, cuando apareció en la pantalla gigante de la convención (Kennedy logró el 58% de los votos frente al 41% de Romney en la elección de 1994 de un escaño en el Senado por Massachusetts). “Es como si regresara para ayudarnos a vencer a Mitt una veces más”, dijo Karen Packer, delegada de Portland (Oregón), según recogió John Nichols en la web del mensual progresista The Nation. Este también es el partido de Obama.

Obama Romney

Evolución del apoyo a Barack Obama y Mitt Romney desde diciembre del 2011 a agosto del 2012 (antes de las convenciones), según un estudio de Gallup.