Trump ya tiene su ‘impeachment’

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha logrado reunir en muy pocos días todos los ingredientes de un verdadero Watergate bis. Primero, parece haber transgredido una ley federal en no menos de tres ocasiones al solicitar a gobiernos extranjeros que investiguen a los BidenJoe, posible candidato demócrata a la presidencia, y su hijo Hunter– para desgastar al patriarca de la familia. Segundo, los republicanos más afectos a la figura de Trump han dicho en público no ver mayor problema en la petición del presidente. Tercero, la Cámara de Representantes, con mayoría demócrata, ha instado la apertura del procedimiento de impeachment después de que durante meses se resistiera a dar el paso el establishment del partido, convencido de que es imposible la destitución del presidente a causa de la mayoría republicana en el Senado. Cuarto, un o una garganta profunda adscrita la CIA se dice que ha sido la que ha filtrado la información básica del affaire. Cinco, Trump ha contraatacado pidiendo que la CIA desvele la identidad del informante y ha hablado de caza de brujas (dijo lo mismo del Rusiagate, que sigue ahí).

Para el consejo editorial de The New York Times, el presidente poco menos que se ha disparado un tiro en el pie al pedir a China, en presencia de varios periodistas, que investigue a los Biden, porque se trata de una transgresión en público y con testigos de la ley federal que considera ilegal que una persona “conectada con una elección en Estados Unidos” solicite, acepte o reciba algo de valor de un extranjero. Si hasta la fecha las sospechas que recaían sobre Trump se remitían a dos conversaciones telefónicas –con Volodimir Kelenski, presidente de Ucrania, y con Scott Morrison, primer ministro de Australia–, la declaración pública de Trump debilita su línea de defensa frente a un electorado radicalmente dividido.

Para el periódico, “esto puede parecer autodestructivo”, algo así como alimentar el proceso de impeachment por quien es investigado por el Congreso; incluso puede entenderse como una “violación flagrante (…) de las noción estadounidense de juego limpio y decencia”. Pero este tiro al pie con testigos está lejos de asegurar un empeoramiento de la situación para Trump porque, como reconoce The New York Times, siempre hay detrás de sus actuaciones una operación de márketing político para que sus partidarios cierren filas y para que el Partido Republicano, entre distanciarse del presidente y arroparlo, se decida por el mal menor: blindarlo para no arriesgarse a perder la Casa Blanca.

El fiscal general, Richard Barr, y Rudolph Giuliani, abogado personal de Trump, actúan de acuerdo con esta doble lógica: cohesionar la franja de electores que dio el triunfo al presidente en 2016 y mantener cautiva de esta estrategia a la dirección republicana. De hecho, ambos personajes son dos figuras centrales en el ritual del impeachment, con el añadido de que Giuliani es un político avezado –fue alcalde de Nueva York– que conoce muy bien la letra menuda del oficio y desempeña en ocasiones el papel de enviado oficioso de Trump en gestiones más o menos irregulares.

Si de algo sirven los precedentes históricos, la utilización que Richard Nixon hizo del entramado judicial es harto ilustrativa de hasta qué punto la presidencia tiene a su disposición resortes para neutralizar o enmarañar la investigación. Nixon pudo prolongar su agonía política dos años, y si el 8 de agosto de 1974 presentó la dimisión fue porque la pestilencia del caso llevó al Partido Republicano a abandonarlo a su suerte. Algo bien distinto a lo que sucedió con el impeachment de Bill Clinton, que logró mantener a los demócratas a su lado, ganó la votación en el Senado y facilitó al partido argumentos para salir bien parado de las elecciones legislativas de 1998.

En la práctica, Trump se mira en el espejo de Clinton, en su capacidad para movilizar a los suyos y salir airoso del empeño, con la diferencia enorme de que en 1998 no estuvo en juego la presidencia y en 2020 sí lo estará. Una circunstancia que lleva al presidente a echar mano de una de sus armas preferidas: el lenguaje desabrido. Una forma de enfrentarse a los adversarios que destacó en las páginas de The Times Literary Supplement, durante la campaña de 2016, el escritor Richard Ford, crítico permanente y acerado del trumpismo: “Donald Trump no parece escuchar a las personas, especialmente a las personas que no corroboran lo que defiende (aunque parece escuchar insultos y le gusta burlarse y amenazar e incluso herir a los que considera que le insultan)”.

La posibilidad de que la personalidad del presidente y la trascendencia de la elección enturbien y desnaturalicen la campaña es tan cierta como que el Partido Demócrata, una vez ha dado el paso de buscar la destitución de Trump, fuerce la máquina para promover a Joe Biden como el candidato idóneo para conquistar la Casa Blanca frente a otros aspirantes con proyectos más radicales, pero menos vendible a las clases medias y que incluso desagradan a la facción demócrata más conservadora. Porque ambas partes saben que, con el impeachment de por medio, la victoria ya no dependerá solo de la capacidad de Trump de defenderse atacando y de la de Biden de hacer lo mismo, sino de la habilidad de los respectivos equipos para no alarmar a la opinión pública, con frecuencia incrédula y escéptica en medio del griterío de los políticos. Trump ya tiene su impeachment y su Watergate, pero eso no significa que estén cerca su destitución o su derrota.

El hartazgo de las mujeres toma la calle

Las versiones más sórdidas del sexo han acompañado desde la noche de los tiempos el ejercicio del poder, de la peor versión del poder, para mayor precisión. Nada de lo que ahora se descubre y agita las conciencias es nuevo u original, sino más bien una constante histórica, casi siempre oculta bajo la apariencia de honorabilidad perseguida por sus perpetradores. De las presuntas miserias morales de Donald Trump a las también presuntas del senador Pedro Agramunt, queda al descubierto una historia completa de malas artes entre bastidores. De las fechorías de Harvey Weinstein al abuso detrás del brillo diamantino del jurado del Premio Nobel de Literatura, el hilo conductor es siempre el mismo: el sometimiento de la autonomía y la seguridad de las mujeres por decisión de hombres poderosos.

Al mismo tiempo, se reducen los espacios de impunidad de los asaltantes y acosadores del sexo. La movilización alcanza dimensiones hasta ahora desconocidas y hay en ello una impugnación general del orden social. Cuando la Academia Sueca cancela el Nobel de Literatura un año, no reconoce solo la necesidad de sanear la institución, sino que admite también la urgencia perentoria de restaurar la decencia, de garantizar que los dorados de los salones donde se entrega el premio dejarán de ser encubridores de una realidad vergonzosa. Aplazar un año la concesión del Nobel de Literatura de 2018 tiene además un enorme valor simbólico, porque pocos actos sociales están tan íntimamente vinculados a la cultura del establishment, sea cual sea el perfil del ganador. La liturgia laica del Nobel se asocia sin mayor esfuerzo a los rituales del poder –político, económico, cultural–, bajo escrutinio de una variada gama de mujeres en el pasado y en el presente, decididas a pensar por sí mismas y a hacerse oír.

La capacidad de movilización transversal de la vanguardia feminista, cada vez más poblada, resquebraja las convenciones, obliga a revisar a toda prisa los ingredientes de la igualdad y fuerza al universo conservador a un aggiornamento acelerado. Hay en cuanto ha sucedido durante el último año una señal de hartazgo colectivo, de exigencia de responsabilidades y de reparación de daños en la que chirrían como los frenos de un viejo coche la sentencia disparatada de La Manada, exageraciones como la de Mario Vargas Losa –el feminismo es “el más resuelto enemigo de la literatura”, escribió– y opiniones encaminadas con harta frecuencia a épater le bourgeois. La discusión del status quo de la mujer en sociedades abiertas ha ocupado la tribuna y eso, cabe presumir, no tiene vuelta de hoja, es una característica del presente con mucho futuro (parafraseando a Gabriel Celaya, el feminismo es un arma cargada de futuro).

En el preciso momento en el que el exalcalde de Nueva York Rudolph Giuliani reconoce en un estudio de Fox News (derecha recalcitrante) que Donald Trump reembolsó a uno de sus abogados los 130.000 dólares pagados a la actriz de cine porno Stormy Daniels a cambio de su silencio, es insostenible la teoría de la conspiración –caza de brujas–, tan invocada por el presidente. En cambio, gana enteros otra mucho más simple y verosímil: la de un millonario convencido de que todo es posible y de que todo el mundo tiene un precio haya o no sexo de por medio. Se desmorona así la operación encaminada a crear universos paralelos, a encubrir con una realidad virtual otra perfectamente real, penalmente perseguible o moralmente reprobable (a saber en qué apartado encaja mejor el caso Trump-Daniels).

Cuando el senador del PP Pedro Agramunt echa mano de respuestas chungas para zafarse de sus acusadores en el Consejo de Europa a nadie convence dentro y fuera de la institución, dentro y fuera de su partido. Así sucede también con aquellos, no demasiados, que en Hollywood y otros vecindarios del show business han querido salir al paso de revelaciones oprobiosas echas por mujeres. Que en un número indeterminado de casos haya salido mal parada la presunción de inocencia –un daño difícilmente reparable– subraya la radicalidad del momento, la aceleración histórica promovida en Occidente por las mujeres y con un poder de expansión enorme porque se ha convertido en un artículo informativo de primera magnitud, difundido en todas direcciones en la aldea global.

“Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”, dejó dicho Simone de Beauvoir. Puede que esta suerte de fatalismo se haya quebrado en el último decenio al madurar un proceso de cambio aparentemente irreversible. Al mismo tiempo, toma cuerpo la convicción de Shahida el Baz, y con ella de otras muchas autoras, según la cual “la liberación de los hombres está íntimamente ligada a la de las mujeres”. La mutación del ADN en las manifestaciones del primero de mayo lo atestigua al equipararse las reivindicaciones clásicas de la jornada en la calle con las exigencias de las mujeres, secundadas por los hombres. Hay en todo ello una parte de escenografía apresurada, de complicidad masculina reciente, pero se dan también señales inequívocas de un cambio de paradigma que la decisión de la Academia Sueca no hace más que confirmar.