Información frente a populismo

“Soy lo bastante viejo para recordar cuando lo mejor acerca del populismo fue que no fue popular”, recuerda Chris Patten, canciller de la Universidad de Oxford, en un artículo difundido esta semana por diferentes medios. Hay en las primeras líneas del texto, titulado Populismo contra los medios, una sombra de añoranza muy parecida a la que se proyecta sobre una gran variedad de cabeceras, emisoras de radio, canales de televisión, plataformas digitales y toda clase de canales informativos que, de repente, sienten haber asumido el papel de última frontera frente a las estrategias de intoxicación informativa puestas en marcha por los conglomerados populistas que encabezan el asalto a las sociedades abiertas, a los valores de la democracia y al derecho a discrepar.

Mientras el diplomático español Emilio Menéndez del Valle se pregunta, sin asomo de retórica o provocación, si “está el régimen que Donald Trump comienza a establecer en EE.UU. a medio camino entre el tinglado de Putin y el de Xi”, el diario The Washington Post, una de las Biblias liberales de Estados Unidos, crea un equipo para desvelar las mentiras construidas por el equipo presidencial. Mientras Marine Le Pen, líder ultra francesa, fuerza una situación imposible en Beirut al visitar una mezquita, varias televisiones salen al paso de la provocación y se ocupan de recordar que mujeres con responsabilidades de gobierno o representación, han accedido a cubrirse la cabeza, entendiendo que el huevo muchas veces es más importante que el fuero. Mientras el corresponsal de Die Welt en Turquía, Deniz Yücel, es detenido bajo una extravagante acusación de terrorismo después de informar sobre la existencia de correos electrónicos comprometedores para un ministro, familiar del presidente Recep Tayyip Erdogan, varios periódicos europeos se movilizan para conjurar la arbitrariedad. Por no hablar de las autoridades de Polonia y Hungría, “ejemplos preocupantes de políticos que utilizan la retórica nacionalista y populista para alcanzar objetivos que apestan a autoritarismo incipiente”, dice Patten.

La diferencia entre Trump y Le Pen, por un lado, y Erdogan o los gobernantes húngaros y polacos, por otro, es que mientras estos últimos pertenecen a democracias degradadas (Turquía) o recién llegadas, las tradiciones democráticas en Estados Unidos y Francia cubren un muy largo recorrido. Puede decirse que el presidente de Estados Unidos y la líder del Frente Nacional han crecido en dos de las culturas democráticas más antiguas e influyentes, piedras sillares de las sociedades abiertas, de los regímenes deliberativos y de la libertad de opinión. Y en ambos casos, sin embargo, ven en el papel desempeñado por los medios, en el control de la prensa sobre el funcionamiento del sistema, el “partido de la oposición” en palabras de Steve Bannon, un demagogo de ultraderecha instalado por Trump en el Casa Blanca y en el Consejo de Seguridad Nacional.

Así es cómo la misión de la prensa en sociedades con un reparto pautado del poder ha cobrado de pronto una relevancia desconocida, más próxima a los periodos de excepción –la guerra de Vietnam, el caso Watergate, la transición española, entre otros momentos– que aquellos otros que transcurren sin grandes sobresaltos. Donald Trump ha activado los resortes de la contestación en los términos descritos por Antonio Franco el último viernes en EL PERIÓDICO: “Lo único que vertebra a quienes le plantan cara son las verdades que explican algunos medios de comunicación. Por eso el nuevo presidente los insulta y ha abierto un debate nacional sobre su legitimidad con dos eslóganes: Deben mantener la boca cerrada y Son los enemigos internos del país”.

En la agresividad ejercida desde el Despacho Oval advierte Patten una guerra contra los medios, y en la obsesión de considerar noticias falsas todas las que se apartan del halago, percibe el germen de una situación muchas veces repetida: “En los sistemas autoritarios o casi autoritarios, los medios se ven siempre como una amenaza, cuando no como objetivos para la represión”. Al mismo tiempo, los grandes medios razonablemente independientes adoptan una doble posición defensiva (de protección) y de escrutinio permanente de cuanto procede del poder. Una actitud muy próxima a la “moral del inconformista”, en expresión de Michel Foucault; una forma de contrarrestar la realidad virtual en construcción mediante hechos alternativos, un eufemismo desvergonzado que encubre lo que no son más que falsedades.

“Pensar es duro. La verdad es complicada. El enfoque es frágil. No hay duda: los tuits son excelentes para robar nuestra atención”, escribe el profesor Marty Kaplan. Pero aclara enseguida que la última frase no es un halago; es más bien una certificación, cabría añadir: la profusión de mensajes de 140 caracteres, una cadena interminable de parainformaciones, no da respiro a los seguidores, es una forma como cualquier otra de desviar la atención, de enturbiar la realidad sustentada en datos y de bloquear los mecanismos de análisis de los acontecimientos. Frente a esta fenomenología de lo que no da tiempo a comprobar, los medios cumplen una función crucial de esclarecimiento, sin que en ningún caso puedan pretender que son depositarios de una verdad absoluta e indiscutible, una característica de los tuiteros compulsivos que operan desde los despachos del poder o en su nombre.

Al mismo tiempo, los medios se asignan en muchas ocasiones la misión contraria al acercamiento a la realidad empírica: desafían algunos de los valores que desde hace mucho tiempo apuntalan “la salud y la vitalidad de la democracia”, subraya Chris Patten. Se refiere el articulista a algunos periódicos e informativos británicos a propósito del Brexit, pero no resulta especialmente difícil hacer extensivo el panorama a otros lugares, así se trate de Fox News, de la prensa que pilota Rupert Murdoch o de las televisiones rusas, controladas desde el despacho de Vladimir Putin sin ningún disimulo. No se trata de deslegitimar el pensamiento conservador frente al progresista, de ver en todas partes el fantasma del populismo o de poner bajo sospecha todo lo que queda fuera de la tradición liberal, sino de proteger la herencia liberal frente a quienes quieren destruirla utilizando, por cierto, instrumentos que solo existen en las sociedades democráticas de tradición liberal. Algo que ha descubierto demasiado tarde el republicanismo clásico en Estados Unidos, que transigió con la colonización del partido por la ultraderecha nacionalista en nombre de su eficacia electoral y que hoy no se reconoce en las bravuconadas amenazantes de Trump a todas horas.

El ‘Brexit’ siembra el pánico

La Unión Europea se tienta la ropa conforme se acerca el 23 de junio, esa fecha fatídica o punto de inflexión o de no retorno, depende de cómo se mire. El Brexit ha puesto las bolsas en un grito, ha desencadenado sombríos vaticinios en las finanzas mundiales si el Reino Unido deja la UE y ha movilizado a todo el mundo –instituciones, políticos, medios de comunicación– para evitar que las urnas confirmen las encuestas, según las cuales son mayoría los partidarios de la salida. Cómo afectará o corregirá el pronóstico la muerte de la diputada laborista Jo Cox a manos de un presunto ultra –Gran Bretaña primero– con problemas psíquicos es algo que escapa a los modelos matemáticos y a los análisis demoscópicos, y lleva quizá la campaña hacia los sentimientos a flor de piel, tan poco medibles.

El choque incruento de dos flotillas en aguas del Támesis, a favor y en contra de seguir en la UE, la refriega en los periódicos alentada por Rupert Murdoch, eurófobo sin fisuras, la reacción previsora de los técnicos del Banco de Inglaterra y del Banco Central Europeo para hacer efectivo un plan de choque si vence el Brexit, la intranquilizante política de recortes presupuestarios que anuncia George Osborne, el éxito de Nigel Farage, tan enaltecido por Murdoch, configuran un panorama desasosegante y, al mismo tiempo, bastante apegado a las tradiciones políticas británicas: nosotros y el continente; sus disputas y nuestra disposición a arbitrarlas. Y, a renglón seguido, el debate sobre la pertenencia a la UE pone de manifiesto la fractura de una sociedad en la que, en términos generales, los jóvenes (políticamente poco activos) se inclinan por quedarse y las generaciones que los precedieron (más resueltas a ir a votar) se sienten atraídas por el repliegue, por reconquistar los atributos de soberanía del pasado y contemplar las refriegas entre europeos desde la orilla norte del canal.

Claro que la crisis de identidad no es solo británica, también es europea o de la Unión Europea para mayor precisión. Porque al plantear siquiera la posibilidad de dejar la organización, el Reino Unido deja al descubierto la debilidad estructural o la descohesión que mina el proyecto político. Para los europeístas que, no sin cierta ingenuidad, creían que la adhesión a la EU era una carretera de sentido único, cuanto ahora sucede los coloca ante la evidencia de que nada es para siempre, y menos en política: es posible salir de la EU sean cuales sean los costes que tal operación puede conllevar. No solo eso: el europeísmo y la necesidad de pertenecer a una organización política –no solo económica– paneuropea han dejado de ser anhelos ampliamente mayoritarios (cuando menos, hay una minoría de disidentes o desafectos cada vez mayor).

Las conclusiones que pudieron sacar los electores británicos del referéndum de Escocia del 2014 apenas valen ahora. Si entonces se dijo que los beneficios y los perjuicios de la independencia inclinaron el voto del lado unionista, hoy ese cálculo pesa poco. A pesar de la caída de la cotización de la libra, de la alarma de los bancos, del apoyo de muchas grandes empresas a seguir en la UE, de la intranquilidad de la City, la mezcla de nacionalismo trasnochado y hartazgo con Bruselas se ha adueñado del escenario con evidente desparpajo. Aunque, como escribe Dominique Moisi y proclama el laborista Gordon Brown, “en realidad, el Reino Unido no tiene otra vía que seguir en la UE si desea asegurarse un porvenir digno de su pasado”. No tiene otro camino pensando incluso en la más que posible reacción que puede suscitar el Brexit en la sociedad escocesa, manifiestamente proeuropea, que muy probablemente exigirá poner de nuevo a votación la independencia para, de lograrla, iniciar de inmediato los trámites para ingresar en la UE.

En el compromiso de David Cameron de convocar un referéndum hubo siempre cierta disposición al desafío, aunque en su partido los síntomas de división eran más que manifiestos. Para muchos conservadores, fue un trago amargo acudir a la UE en 1973, aunque Edward Heath, el firmante de la adhesión, era uno de los suyos. Aquellos conservadores de hace más de cuarenta años que, al igual que muchos de sus compatriotas, seguían pensando como la mayoría de sus más ilustres antepasados que el galimatías o crucigrama continental era mejor observarlo y tutelarlo desde fuera, aquellos conservadores que vieron en la política de Heath un gesto de debilidad, son los padres de este otro galimatías o crucigrama de hoy. Cuatro décadas largas no son nada en términos históricos para cambiar una mentalidad política de siglos, y lo cierto es que el Reino Unido nunca se ha sentido cómodo en la UE, sumergido en las querellas de familia a las que tan habituado está el continente; nunca ha aceptado de buen grado que sus instituciones estén a merced de una superestructura política radicada en Bruselas no siempre descifrable.

Aun así, la cuestión o el asunto que se dilucidará el día 23 no será solo el ser o no ser británico en la Unión Europea, sino también el de la Unión Europea misma. El dilema shakespeariano no afectará solo al futuro del Reino Unido, sino también al del proyecto europeo. Abierta la veda de la fuga, nadie puede prever quiénes serán los siguientes en abandonar el barco o, al menos, en someter el caso a consulta a causa de la presión euroescéptica. Puede que no surjan imitadores, pero si aparece alguno –¿Dinamarca?, ¿Holanda?–, puede animar a otros o abrir otra veda, la de las adhesiones a la carta mediante la revisión de las vigentes, que es justo el camino contrario al favorecido por las llamadas cooperaciones reforzadas, que debían estimular la cohesión económica y política, y atraer a la larga a los europeístas más tibios.

Durante la campaña de las europeas de 1989, el politólogo Maurice Duverger, que salió elegido en una lista socialista, insistió varias veces en la necesidad de construir la europeidad poco a poco, con suavidad. Pensaba, seguramente con razón, que cualquier atajo podía alarmar a los custodios de los atributos de la nación, pero daba por descontado que no había socios dispuestos a retirarse, sino más bien una mayoría ansiosa de avanzar en un sentido unitario. Puede que así fuese entonces, incluso aceptando la propensión al escepticismo europeísta de las islas, pero es más aventurado suponer que los disidentes eran poco menos que una facción marginal. La cultura política del Estado-nación, tan difundida y alentada, era entonces tan sólida como ahora, se conservaba intacta y cobijaba en su seno los odios étnicos, el chovinismo nacionalista, los regionalismos y otros desafueros que justifican el pesimismo de George Steiner en La idea de Europa más que el optimismo de Mario Vargas Llosa en el prólogo a la edición española del libro.

Quizá incluso Cameron, con su carrera y liderazgo tan comprometidos, sea un euroescéptico, pragmático, eso sí. Porque si no fuese un europeísta accidental, habría hecho hincapié en la unidad de Europa como proyecto político, pero cuanto ha dicho y reiterado en campaña ha sido anunciar un apocalipsis económico si gana el Brexit, sin internarse en otros campos que le incomodan o por los que no quiere transitar. Porque si no fuese un europeísta a su pesar, forzado por las circunstancias, hubiese invertido más tiempo en europeizar a la opinión pública británica y bastante menos en renegociar los términos de la pertenencia a la UE, siempre tan en discusión, como si permanecer en ella fuese una necesidad ineludible, pero no un deseo. Que, por cierto, para Jo Cox sí lo era.

Un desafío llamado ‘Brexit’

Basta leer el artículo del diputado conservador David Davis recogido por la edición británica de The Huffington Post para comprender la arremetida de los euroescépticos de las islas y adláteres al divulgarse la propuesta transmitida a David Cameron por Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo. Y es suficiente porque en él aparecen recogidos los puntos de partida que orientan desde siempre a quienes consideran que la Unión Europea pretende imponer al Reino Unido un modelo que lesiona los atributos de soberanía de la nación más allá de toda medida, lastra su economía y la somete a los dictados de la Eurozona, al enfoque político del núcleo franco-alemán y a las servidumbres de un modelo en crisis. Entre Nigel Farage, el altisonante líder del United Kingdom Independence Party (UKIP) y la prosa de David Davis la mayor diferencia es el tono; en el fondo, sus mensajes son muy semejantes.

Habría que empezar por preguntarse si alguna vez se sintieron los conservadores británicos a gusto con el paso dado en su día por Edward Heath o si, a las primeras señales de politización de la empresa europea, la sensación de incomodidad se adueñó de ellos y empezaron los gestos desaprobatorios, el deseo de corregir el rumbo o modificar la vinculación con los socios mediante un trato excepcional, cortado a su medida, con mucho libre cambio y pocos compromisos políticos. Habría que empezar por ahí para entender en toda su hondura diagnósticos como el de Davis: “En 1975, la UE era el futuro brillante, una visión de un mundo mejor. Ahora es una reliquia en ruinas de un pasado sombrío. Hay que levantar la mirada al resto del mundo”.

¿Por qué es precisa tal operación? Porque para los euroescépticos cobijados en el UKIP, sentados en la Cámara de los Comunes –conservadores y laboristas, empezando por su líder, Jeremy Corbyn– y que se agitan en la prensa todos los días, mirar al resto del mundo significa más desregulación, menos política y más mercado; más fronteras para gestionar los flujos migratorios y menos derechos adquiridos para los no británicos de cuna; más libra y menos obligaciones y condicionantes a causa del euro; más soberanía nacional y menos cesiones de soberanía.

A ojos de cuantos se han movilizado para exigir más concesiones a la UE bajo la amenaza de promover el Brexit en el referéndum que Cameron se ha comprometido a celebrar, la UE es hoy, por exceso de reglas, menos democrática, menos competitiva y más disfuncional, lo que la ha condenado al declive, castigada por el lento crecimiento, el desempleo alto y una influencia menguante. Nada dicen los euroescépticos de la necesidad de poner a salvo el Estado del bienestar, aunque pudiera deducirse de sus ideas que creen poder ir tras ello evitando la institucionalización política de la UE, pero la realidad constatada es que allí donde se manifiestan las inquietudes sociales, el programa euroescéptico pasa de puntillas. En cambio, se extienden en recriminaciones a las obligaciones impuestas por la UE, más o menos como hace Cameron cuando critica el proteccionismo social comunitario, muy menguado por la crisis económica y la austeridad, pero aún en vigor.

La llegada a Europa de más de un millón de refugiados durante el 2015 ha exacerbado la movilización con voces tan potentes como la de Rupert Murdoch, que ha puesto sus cabeceras a disposición del Brexit o de un cambio sustancial, profundo, que puede dejar irreconocible a la UE. Los editoriales de The Times, el buque insignia de Murdoch, proponen poco menos que una mutación genética de la UE para que, siquiera sea en el caso británico, acepte ser algo así como un club que admite socios a la carta: Londres pone las reglas y Bruselas las da por buenas. Llevado a la práctica: aquello que se decida para el caso de los refugiados o para preservar la libre circulación de los ciudadanos comunitarios no será efectivo en el Reino Unido.

El analista Matthew d’Ancona en The Guardian ha escrito que las instituciones europeas tal como funcionan en la actualidad “están fallando frente a la movilidad de la población del siglo XXI”. Tan cierto como que la forma de afrontar el desafío por el primer ministro permite vislumbrar un futuro con tres categorías de ciudadanos: de primera, los británicos y los comunitarios con más de cuatro años de residencia; de segunda, los comunitarios con menos de cuatro años de residencia; y de tercera, los refugiados, si es que queda abierto algún resquicio en la frontera después de denostar el tratado de Schengen, del que el Reino Unido no forma parte.

Nadie duda de que Cameron quiere seguir en la UE, entre otras razones de peso porque la City lo desea fervientemente, aunque sus portavoces se manifiesten en términos muy contenidos. Pero el de Cameron es un deseo de quedarse lleno de condiciones para frenar la dinámica de los euroescépticos –un tercio de los diputados conservadores y al menos cinco ministros lo son– y convocar el referéndum con suficientes garantías para alcanzar la victoria, y, al mismo tiempo, para sentar un precedente que sirva para poner freno y aun marcha atrás a la construcción política de Europa. Y aun así, los euroescépticos no se dan por satisfechos porque, según creen adivinar, nada de cuanto Tusk ha ofrecido al primer ministro altera sustancialmente el engranaje institucional y normativo de la UE, como recoge el semanario conservador The Spectator en un artículo significativamente titulado Todo les ha salido bien a los euroescépticos. Entonces ¿por qué están en crisis?

La respuesta está en el comentario de George Eaton en New Statesman, el viejo semanario de centroizquierda: no hay forma de que los euroescépticos lleguen a un acuerdo sobre cómo sería la vida al día siguiente del Brexit. Dicho de otra forma: ¿es factible y viable el Brexit más de 40 años después del ingreso en la UE o es poco menos que un sueño nacionalista tardío, alejado de la realidad y el pragmatismo tan propios de la cultura anglosajona? En este punto, se acumulan las dudas, desfallecen las quimeras y se imponen las certidumbres, el hecho indiscutible de que la economía británica está indisolublemente unida a las ventajas y a las exigencias del mercado europeo, guste más o guste menos. Pocas dudas caben en cuanto a los efectos poco deseables que el Brexit tendría en la articulación de Europa, pero el día siguiente a la salida no sería menos dañino para el Reino Unido, para su influencia económica y para su cohesión política (el Brexit seguramente movilizaría al independentismo escocés, del todo europeísta).

¿Qué pesará más de aquí a junio, cuando se celebre el referéndum: el desapego de los euroescépticos o la determinación de los votantes de aferrarse a lo seguro; la nueva relación del Reino Unido con la UE o un particularismo caduco? En el imaginario colectivo británico tiene aún mucha fuerza la idea de que el viejo corcho se ha mantenido siempre a flote merced a su voluntad de quedar al margen de las disputas en el continente, pero en el seno de la economía global es cada día más difícil actuar en solitario. Y acaso esa característica de nuestros días es la que juega más en contra del euroescepticismo y más a favor del realismo de los votantes.

Terremoto republicano, efervescencia demócrata

El Tea Party se ha cruzado en el camino de la presentación de las memorias de Hillary Clinton, un acontecimiento con aires de estreno mundial de una superproducción de Hollywood y gran profusión de efectos especiales. Lo mismo ha sucedido con la efervescencia socialdemócrata –llamada populista, sin connotación negativa alguna– en el Partido Demócrata a dos años y medio del relevo en la Casa Blanca. Y aun el republicanismo clásico ha tenido que pasar por la misma experiencia cuando, no sin cierta precipitación, creía haber domeñado a la extrema derecha con algunos éxitos en las primarias correspondientes a las elecciones legislativas de noviembre que renovarán la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de Estados Unidos. La victoria de Dave Brat, un economista ultraconservador perfectamente desconocido, sobre Eric Cantor, el presidente de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, en las primarias del 7º distrito del Estado de Virginia ha puesto patas arriba lo que el establishment de Washington y los aparatos de los dos grandes partidos entienden que es el fundamento del sistema parlamentario de Estados Unidos.

Para calibrar la fuerza del golpe propinado por el Tea Party al clásico esquema bipartidista basta apuntar un dato: nunca desde 1899 se había dado el caso de que un líder del Congreso fuese desbancado de la carrera electoral en unas primarias. El éxito de los ultraconservadores, vestidos con los ropajes de un grupo antisistema que aspira a cambiar las reglas del juego en el Congreso después de colonizar al Partido Republicano, no preocupa solo a quienes lo dirigen, sino a los estrategas demócratas. Alguno de ellos ha confesado a la web Politico.com que los republicanos precisarán que alguien les eche una mano para evitar la implosión, la fractura o la desnaturalización de su cultura política. La alarma demócrata es doble: en primer lugar, responde al temor de que de las elecciones de noviembre salga una Cámara de Representantes polarizada hasta el paroxismo; en segundo lugar, es tributaria del rumbo desquiciado que puede adquirir la campaña de las presidenciales del 2016 (Hillary Clinton es una de las grandes fijaciones de los muy, muy conservadores).

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

“¿Es posible que Eric Cantor no sea lo bastante conservador?”, se pregunta en su blog Sam Stein. La respuesta puede estar contenida en una columna de Adam Kirk Edgerton reproducida por la edición estadounidense de The Huffington Post: “[Los neoconservadores] creen, como dijo Ronald Reagan de forma ruinosa, que el Gobierno es el problema. La consecuencia de esta ideología insana es la elección del Tea Party, que no está interesado en absoluto en gobernar, sino en desmantelar el Gobierno”. Entiéndase bien, desmantelar no significa abolir, sino reducir el Gobierno a su más mínima expresión, limitar al máximo su capacidad de intervenir y dejar al individuo sometido a las obligaciones que él mismo se impone.

Esa aproximación a un individualismo sin concesiones no es de hoy ni de ayer, sino que se remonta a los primeros días de la independencia, a la desconfianza casi orgánica de sucesivas oleadas de inmigrantes europeos, víctimas en muchos casos de los resortes del poder de los estados europeos, que cruzaron el océano en busca de una tierra en la que la presión del Estado fuese lo menos perceptible posible. Luego, en la práctica, Estados Unidos se articuló como una formidable máquina de poder institucionalizado, y su consolidación como gran potencia descansó en la robustez del Estado, como han significado tantos autores, pero en el pensamiento conservador bajo influjo de iglesias evangélicas poco jerarquizadas y apegadas a la literalidad del mensaje bíblico, prevaleció el mito del individuo, dueño absoluto de su destino.

Dave Brat, la última estrella en la constelación 'neocon'.

Dave Brat, la última estrella en la constelación ‘neocon’.

Si al trasfondo ideológico del Tea Party se añade la inquina permanente que el mundo neoconservador siente por el presidente Barack Obama desde el día siguiente a su elección, por lo que representa, por el moderado reformismo social que practica –la reforma sanitaria es el mayor de los motivos de polémica–, por la iniciativa para rectificar los aspectos menos presentables de la leyes que pautan los movimientos migratorios, entonces se llega a la jornada del martes y a la derrota de Cantor. Un desenlace envenenado, inesperado y de difícil gestión para el aparato republicano, que creía tener en Cantor al sucesor natural de John Boehner para presidir la Cámara de Representantes, y quizá a un buen aspirante para enfrentarse a Hillary Clinton en noviembre del 2016, y ahora siente que un terremoto ha movido la tierra bajo sus pies y ha dejado en mantillas el partido del no, etiqueta-resumen a la que Ryan Grim recurre para definir el comportamiento del Partido Republicano durante la última legislatura. Una estación de llegada que, como ha explicado en The New York Times Peter T. King, diputado republicano por un distrito del estado de Nueva York, “moverá al partido más hacia la derecha, lo que nos hará más marginales como partido nacional”.

Lo que dice King en esencia es que todos los esfuerzos del republicanismo clásico para atender los requerimientos del Tea Party han sometido al partido a un conservadurismo muy alejado de su tradición política, y presentar credenciales propias de la extrema derecha es incompatible con la pretensión de dirigirse a toda la nación. Después de algunas victorias significativas de candidatos republicanos sobre aspirantes del Tea Party –los senadores John Cornyn (Texas) y Mitch McConnell (Kentucky)–, el triunfo de Brat ha puesto una nueva estrella en el firmamento neocon al lado de los senadores Ted Cruz (Texas) y Mike Lee (Utah), ha amortizado la recuperación momentánea del republicanismo de toda la vida y lo lleva por una senda que, con la vista puesta en la elección de presidente en el 2016 conduce al partido, según su parecer, a una derrota poco menos que segura. Figuras de la talla y la proyección del senador John McCain, excandidato a la presidencia, son de este parecer y el pesimismo se ha extendido como reguero de pólvora en el staff republicano.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Los analistas que trabajan para el GOP (Grand Old Party) opinan que es claramente insuficiente fundamentar una campaña contra Hillary Clinton basada en la salud, la edad y el paso de la posible candidata por el Departamento de Estado durante el primer mandato de Obama. La presidencia de este, con todas sus limitaciones y motivos para desencantar a muchos de sus seguidores, ha consolidado más que nunca el papel del Partido Demócrata como el de las minorías, incluso ha penetrado bastante en la opinión pública la idea de que el partido del no ha impedido llevar a la práctica algunas iniciativas presidenciales de gran alcance, y la acusación de socialista dirigida al presidente ha dejado de impresionar a una opinión pública curada de espantos. Los índices de popularidad de Obama en torno al 45% están por debajo de las expectativas manejadas por los estrategas demócratas después de la reelección, pero los asesores republicanos se encuentran en una situación más desalentadora: no saben cuál es el mejor camino para atraer a una parte de las clases medias urbanas sin las que la victoria no es posible.

Como cuenta Jay Newton-Small en el semanario Time, de orientación conservadora, la salida de Cantor crea un vacío de liderazgo republicano en el Congreso. Esa es la sensación dentro y fuera del partido, un estado de ánimo que difícilmente puede contrarrestarse con el recetario neocon de Brat, sus ataques a Cantor en tanto que “partidario sólido del gran Gobierno”; en tanto que presunto defensor de abrir la frontera a la inmigración y decretar una amnistía para los millones de residentes extranjeros en Estados Unidos que no han regularizado su situación. Ni siquiera el episodio del asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi (Libia) el 11 de septiembre del 2012, que costó la vida al embajador Chris Stevens y a tres funcionarios, es suficiente para llevar a Clinton contra la cuerdas. Más bien parece una aventura arriesgada porque si, como apuntan algunos medios, la exsecretaria de Estado supera la prueba, aumentarán exponencialmente sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

¿Puede el ala izquierda demócrata atenuar los temores republicanos en la medida en que imponga su toque populista a las primarias para elegir el candidato a la presidencia? Habida cuenta de la vinculación de la senadora Elizabeth Warren y de otros miembros destacados de esta facción al programa máximo expuesto en su día por Obama, es poco probable que el Partido Demócrata acoja una lucha fratricida. El recuerdo vivísimo del coste que tuvo para el partido la división interna en los días de la candidatura de George McGovern (1972) y de Walter Mondale (1984) se impone a otras consideraciones de índole personal, y aún pesa en el ánimo colectivo de los demócratas que un candidato con todos los atributos del ala progresista como Al Gore no llegó a la Casa Blanca a causa de los oscuros manejos que contaminaron el escrutinio de Florida en el año 2000 (elección de George W. Bush).

Un exasesor de los republicanos teme que, a corto plazo, el apoyo de la cadena Fox, de los periódicos de Rupert Murdoch y de los agitadores de la galaxia audivisual –Glenn Beck, Laura Ingraham y otros– sea insuficiente para llegar a noviembre con la posibilidad cierta de mejorar la mayoría que hoy tienen los republicanos en la Cámara de Representantes. Puesto que la casilla de salida es la mayoría presente, el estado mayor republicano parte del supuesto de que se podrá mantener, pero sostiene este exasesor que lo peor que les puede pasar a los candidatos republicanos es encarnar en la vida real la caricatura neocon que difunden muchos medios de comunicación añorantes del bipartidismo sin extravagancias del pasado.

El enfoque que Brat da a la política justifica estos temores. “Dios actuó en mi nombre a través de la gente”, declaró después de la victoria, y al recurrir a la intercesión divina para explicar las razones de su elección se acercó a aquella secuencia de una teleserie en la que dos amigos, acodados en la barra de un bar, siguen, entre cerveza y cerveza, un discurso televisado de Bush hijo. “¿Quién es ese tipo que dice cosas tan raras?”, pregunta uno de ellos. Y el otro se encoge de hombros y responde: “No sé. Yo no le he votado”.

Un rompecabezas de papel prensa

Hace unos días, César Antonio Molina rescató de las entrañas de la cultura europea esta frase de Albert Camus: “Un país suele valer lo que vale su prensa”. El gran escritor francés apuntó directamente al corazón del papel reservado a la información y a la opinión difundidas por los periódicos y revistas por encima de cualesquiera otros productos que mediado el siglo XX llenaban el mercado. Ni la radio ni la televisión habían dañado el prestigio y el consumo de los periódicos, los noticiarios cinematográficos, muchos de ellos de gran calidad, convertidos en nuestros días en fuentes históricas imprescindibles, eran como estrellas fugaces que resplandecían un instante antes de la proyección de una película, y las demás herramientas informativas eran ingenios exquisitos para minorías ilustradas o para especialistas. ¿Podría Camus decir hoy lo mismo?

En los espacios de comunicación del siglo XXI puede que la letra impresa conserve en gran medida el prestigio intelectual del pasado, pero los nuevos soportes, la red y la dislocación del mercado publicitario la han convertido en el paradigma de lo que se entiende por un sector en crisis. En las sociedades democráticas se ha pasado de un mercado diversificado a un mercado atomizado donde, al mismo tiempo, las nuevas generaciones se sienten progresivamente más cercanas a materiales que encuentran su mejor acomodo en las nuevas tecnologías y, además, no obligan a desembolso alguno. La gratuidad les ha otorgado un plus de aceptación que es independiente de su calidad.

Le Monde

Primer número del diario ‘Le Monde’, fechado el 19 de diciembre de 1944.

El periodista francés Hubert Beuve-Méry, fundador en 1944 del diario Le Monde, contó en 1967, en una de sus contadísimas apariciones en televisión, que el éxito del vespertino de París radicaba en gran medida en los jóvenes: “Estos jóvenes han adquirido la costumbre de buscar en este periódico las informaciones que necesitan”. Casi 50 años después, muchos de aquellos jóvenes, ahora veteranos, siguen fieles a Le Monde, se acercan al quisco a comprarlo, son suscriptores, lo leen en una tableta o en un ordenador, pero Beuve-Méry no podría decir hoy –murió en 1989– que los jóvenes que constituyen la generación del universo digital buscan su periódico para sentirse informados y, de paso, acercarse a las grandes corrientes del pensamiento, la política, la literatura, la economía y todo cuanto hizo de Le Monde una referencia insustituible de la cultura europea.

El caso de Le Monde es extensible a tantas cabeceras honorables que las excepciones son contadísimas. Se ha roto la cadena de complementariedades del pasado o está a punto de romperse: la radio complementó a la prensa, pero no la aniquiló; la televisión complementó a la prensa y a la radio, pero no las destruyó; las nuevas tecnologías se desarrollan a ritmo frenético mediante un melting pot en el que caben la letra impresa, la fotografía, la televisión, las redes sociales, más formas de participación en directo y aun el juego, los concursos y otras manifestaciones de ocio que no precisan de ninguna complementariedad ajena a esos nuevos productos. Y el cambio, la mutación del ADN en el universo informativo, ha nacido y ha crecido en sociedades deliberativas a las que no se puede aplicar el temor expresado por Walter Lippmann, autor eminente de Opinión pública (1922): “Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho”. La variedad de pareceres es ilimitada, pero se canaliza a través de redes alejadas de la lógica y los fundamentos que durante siglos han sustentado la información impresa.

“La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”, ha escrito Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur. Es casi tanto como decir que en términos de rapidez, de inmediatez, la información de papel tiene perdida la batalla de la competencia digital, pero puede ganar las de la originalidad y la reflexión, además de admitir que, sin vuelta de hoja posible, una cabecera no puede sobrevivir sin ofrecer una edición en la red, renovada minuto a minuto, multimedia y, ¡ay!, costosísima. Cuando Jill Abramson, directora de The New York Times, se hizo cargo del gran periódico de Estados Unidos, confirmó esa tendencia universal, ineludible, de unir la suerte del papel  a la edición en la red: “Hay que fortalecer siempre la relación entre internet y el papel impreso”. ¿Es esta la complementariedad que soluciona el rompecabezas en los albores del siglo XXI?

Walter Lippmann

Walter Lippmann, autor del libro ‘Opinión pública’ (1922).

El gran desafío económico es cuadrar las cuentas de explotación, que dependen mucho más de las partidas de ingresos de las ediciones impresas –sometidas a una dieta muy baja en calorías a causa de la jibarización del mercado publicitario, provocada por la crisis– que de las digitales. Hay que tener presente, además, que la tradición de la gratuidad presupone que la información y la opinión de las ediciones digitales abiertas generan gastos, pero ningún ingreso diferente al de los anunciantes. Seguramente, hay modelos de negocio por venir que aliviarán esa realidad, pero el presente es así de tozudo, y hay incluso quienes están dispuestos a defender que el pago en la red por un servicio informativo es poco menos que una perversión de la aldea global concretada en internet. Lo que nadie es capaz de explicar es cómo se compagina el acceso gratuito con la sostenibilidad de los medios.

El mayor desafío periodístico es corresponder a las expectativas de los consumidores de papel a partir del diagnóstico hecho por Jean Daniel: “Seguramente habrá menos compradores de prensa escrita en el futuro, pero serán más exigentes”. En realidad, ya lo son porque disponen de una información de base que encuentran en internet, la televisión y la radio en cualquier momento. En los días del asesinato del presidente Kennedy (22 de noviembre de 1963) se dijo que la noticia había tardado 11 minutos en dar la vuelta al mundo; hoy solo cuenta la inmediatez: basta que alguien sepa algo y lo cuelgue en la red para que todo el mundo pueda leerlo, salvo cuando se dan interferencias censoras. La credibilidad o la solvencia de esas informaciones son otro cantar.

Le Nouvel Observateur

Primer número del semanario francés ‘Le Nouvel Observateur’, fechado el 19 de noviembre de 1964.

¿Qué futuro aguarda entonces a la galaxia Gutenberg? Puesto que en los últimos 40 años se han oficiado en su memoria varios funerales pre mortem, pero todas las mañanas aún es posible ir al puesto de periódicos y comprar un ejemplar, es aconsejable no precipitarse con diagnósticos apocalípticos y sí, en cambio, admitir que no todos los problemas se deben a la irrupción de las nuevas tecnologías. “Hay unos valores falsos, unos activos sobrevalorados hasta extremos indecentes, que tienen además un carácter tóxico, es decir, contaminan a los valores de calidad cuando se mezclan. La pérdida de credibilidad y de confianza en los periodistas se debe a la masiva presencia de estos valores tóxicos perfectamente conocidos por el público”, escribe Lluís Bassets en El último que apague la luz. Esa toxicidad incluye el amarillismo, la astracanada, el sectarismo y los comentarios a la ligera, la crítica gratuita y las informaciones caídas del cielo de paternidad desconocida, las conferencias de prensa sin preguntas, los gabinetes de comunicación encargados de enturbiar los hechos y las agendas informativas que convienen a las diferentes manifestaciones del poder. Justo lo contrario de lo afirmado por Jean Daniel y recogido unas líneas más arriba: “La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”.

Lo contrario de lo que precisa la prensa de papel para convivir con los demás medios y subsistir lo constituyen el basurero de Rupert Murdoch, la patraña de Tommasso Debenedetti, autor de varias decenas de falsas entrevistas publicadas, el servilismo de los grandes medios de Estados Unidos en apoyo de una guerra, la de Irak, justificada mediante la publicación de informaciones triangulares* sobre la existencia de armas de destrucción masiva que nunca existieron, la intromisión descarada en las vidas privadas, como si estas estuviesen condenadas a desaparecer. Nadie dispone de la fórmula mágica para sobrevivir a la crisis que atenaza a la información de papel, pero al menos es posible identificar qué no se debe hacer. Ya es algo. El resto depende del viejo método de la prueba y el error, de no transitar por campos de minas en los que otros se metieron y de blindar la independencia de criterio, porque siempre hay más de lo que se ve y debe trasladarse a la opinión pública. Si no es posible hacerlo, si se rompe la secuencia que une los ciudadanos a los hechos, el sistema democrático se queda a oscuras y a merced de los urdidores de la sociedad del espectáculo, de una ficción deslumbrante encargada de hacer invisibles las alcantarillas y perfumar su pestilencia.

 

Ahmed Chalabi

Ahmed Chalabi.

*Dícese de aquellas informaciones en las que la fuente que las filtra a la prensa es la misma que las suministra a las instancias donde los periodistas las comprueban. En el caso de los prolegómenos de la guerra de Irak, el político iraquí exiliado Ahmed Chalabi fue uno de los vértices del triángulo; los otros dos fueron los periodistas informados por Chalabi y la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, a la que Chalabi proporcionaba la misma información. De forma que cuando los periodistas buscaban la confirmación en alguna agencia federal, esta estaba contaminada por el mismo informante que se había puesto en contacto con ellos.

 

El Tea Party fija el rumbo

Detrás del confeti de la convención de Tampa se ha consagrado una realidad que admite poca discusión: el Tea Party se ha hecho con la orientación ideológica del Partido Republicano con más determinación que nunca. No solo mediante la elección de Paul Ryan, miembro de la Cámara de Representantes por un distrito de Wisconsin, figura en ascenso de los más conservadores de entre los conservadores elegida por Mitt Romney para que lo acompañe en el largo camino hacia la Casa Blanca, sino por la autonomía de movimientos de la extrema derecha en el seno del GOP (grand old party), el partido de Abraham Lincoln, en el que no se reconocería por más que se esforzara. Una mezcla heteróclita de populismo rudimentario, individualismo, fundamentalismo cristiano, neoliberalismo, pesimismo social y dosis intensivas de ignorancia supina –repásense las opiniones de Sarah Palin, de Todd Akin y de Tom Smith, entre otros, para abrir boca– han colocado entre las cuerdas la sólida tradición del pensamiento conservador estadounidense. Estos son los ingredientes con los que los republicanos se disponen a dar la batalla a Barack Obama, cuyo pragmatismo parece cada vez más un reformismo de altos vuelos visto el contenido de la utopía reaccionaria que el ticket Romney-Ryan se dispone a defender desde ahora y hasta el 6 de noviembre.

Romney-Ryan

Montaje del mural con los nombres del 'ticket' republicano nominado en la convención celebrada en Tampa (Florida).

Lo peor para el electorado republicano tradicional y para las esperanzas del estado mayor del partido de atraer a una parte de los votantes independientes, que a fin de cuentas son los que decantan las elecciones, es que la derecha ágrafa desgaste inútilmente la imagen conservadora en batallas que la sociedad estadounidense da por descontadas –aborto, células madre, matrimonios homosexuales y, en general, las políticas del cuerpo– y solo movilizan el fanatismo exacerbado de los púlpitos de las megachurch y de los predicadores especializados en vaticinar el Armagedón si Obama logra mantenerse en el puente de mando. Dicho y resumido por el liberal The New York Times en su editorial del 27 de agosto: “Una larga historia de extremismo social hace de Paul Ryan un emblema del cambio de la política republicana hacia la extrema derecha”.

El estado de ánimo de los republicanos instalados en el centro conservador queda expresado de sobras en el comentario suscrito por el exrepresentante del partido por Pensilvania Philip English en el transcurso de un debate promovido por la web politico.com a propósito de los disparates de Todd Akin acerca de la llamada por él “violación legítima”: “Akin debe abandonar inmediatamente la carrera [para ser elegido senador por Misuri] para permitir al Partido Republicano que reemplace su candidatura zombi con una alternativa viable en una carrera de gran importancia estratégica”. Lo que sucede es que la candidatura zombi ha recaudado más de 100.000 dólares desde que se difundió el exabrupto a preguntas de Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas que pasea su biografía de pastor de almas metido en política por los mismos salones del Tea Party que frecuenta Akin. Y no hay forma de que ceje en su empeño para así remansar las aguas entre las electoras, cuya intención de voto por Obama supera ahora mismo en 13 puntos al de las partidarias de Romny.

Sarah Palin

Sarah Palin llama "panel de la muerte" a los funcionarios que deberán llevar a la práctica la reforma sanitaria de Barack Obama, bautizada despectivamente Obamacare.

¿Cómo es posible que el viejo partido haya llegado a esta orilla? El editorial de The New York Times citado antes es bastante certero al sacar conclusiones del desparpajo cada vez mayor de la extrema derecha: “La multitud en la Convención Nacional Republicana de esta semana apoyará fielmente la nominación de Romney, pero su corazón estará más cerca del hombre joven con las ideas más radicales que estará de pie a su lado”. Se refiere a Ryan, claro, cuyo documento de enero del 2010 Un libro de ruta para el futuro de América, versión 2.0 es un plan presupuestario “doblado en manifiesto [ideológico] de Ryan”, como recuerda Joel Achenbach en The Washington Post, el gran periódico liberal de la capital federal. En dicho manifiesto, el candidato a vicepresidente se dirige a una clase media empobrecida y desorientada, que teme que las inquietudes sociales de Obama –con la reforma sanitaria en primer lugar– se traduzcan en más impuestos y menos oportunidades. Sostiene Ryan que los ciudadanos “están agotados por un Gobierno que cada vez más cuida de ellos y cada vez toma más decisiones por ellos”.

En esta línea, para los delegados en la convención de Tampa resultó tan importante exaltar el gran momento del Tea Party como transfigurarse en una asamblea anti-Obama. Una pirueta en la que el papel de Ryan fue determinante, porque en su condición de presidente de la Comisión de Presupuestos de la Cámara de Representantes ha delimitado su perfil de fustigador incansable de los planes económicos de la Casa Blanca. Para tal fin ha contado con la ayuda inapreciable de The Wall Street Journal y del entramado de medios que controla Rupert Murdoch, adversarios irreductibles de los mecanismos de control del sistema financiero que tímidamente quiere introducir Obama para evitar futuros episodios con el efecto siniestro de la crisis de las hipotecas subprime (verano del 2007) o de la quiebra del banco Lehman Brothers, cuyo cuarto aniversario se cumplirá el día 14.

Todd Akin

Todd Akin ha recaudado más de 100.000 dólares desde que hizo mención de la "violación legítima" y piensa mantener su candidatura al Senado por el estado de Misuri.

El manifiesto de Ryan está bastante lejos de la política a brochazos de la derecha desabrida, pero en el fondo se alimenta de los mismos recelos frente a las prerrogativas del Estado que la exgobernadora Sarah Palin manifiesta en su web oficial mediante textos exaltados: “La América que conozco y quiero no es aquella en la que mis padres o mi bebé con síndrome de Down tendrán que presentarse frente al panel de la muerte de Obama para que sus burócratas pueden decidir, de acuerdo con un juicio subjetivo, su nivel de productividad en la sociedad , y si son dignos de que se atienda su salud. Este sistema es francamente el mal”. Esta tendencia a la desconfianza hacia cuanto viene de Washington tiene profundas raíces históricas, pero es también un instrumento permanente de manipulación de las conciencias que permite justificar situaciones tan diferentes como la tenencia de armas –más de 200 millones de armas cortas en poder de particulares–, la libertad de los padres para no escolarizar a sus hijos y educarlos en casa o poner en plano de igualdad la enseñanza del creacionismo y del evolucionismo.

El debate que sostienen los dos grandes partidos acerca de los límites del Estado se remonta a los días del New Deal, porque Franklin D. Roosevelt (1933-1945) llevó la intervención del Gobierno en la economía más allá de lo que ningún otro presidente lo había hecho hasta la fecha para rescatar al país de las penalidades de la Gran Depresión. Pero, como señala Joel Achenbach al dibujar el perfil ideológico de Ryan, nunca como hasta ahora tuvo tal virulencia. Esa virulencia lleva a los demócratas a poner en aprietos a Mitt Romney todos los días por su negativa a hacer pública in extenso su declaración de la renta, lleva a los republicanos a dudar medio en broma medio en serio de la ascendencia estadounidense de Obama, e induce a todos a buscar el coup de théâtre que noquee al adversario antes del 6 de noviembre. Entre tanto, se recurre a recordar los pecados del pasado para mantener viva la llama de la sospecha en el campo del rival y, de paso, atenuar la penitencia por los pecados propios, como hace Jonah Goldberg, editor de la publicación muy conservadora National Review, al sacar del archivo las historias poco edificantes vividas por el senador Edward Kennedy, ya fallecido, en la isla de Chappaquiddick, donde perdió la vida la secretaria Mary Jo Kopechne, y por el presidente Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky.

“¿Y si todos estamos equivocados?”, se pregunta William Kristol, uno de los analistas más perspicaces de la derecha-derecha cultivada, en el semanario The Weekly Standard, del que es editor. Las respuestas de Kristol son de un realismo sin concesiones:

  1. Todo el mundo sabe que los estadounidenses “no pueden entender un debate sobre abstracciones como la deuda nacional, los derechos, Obamacare y el sonido del dinero”, pero los candidatos republicanos, inspirados por el Tea Party, lograron en el 2010 la mayor victoria en décadas centrados en estos temas, incluso cuando “la mayoría de los votantes siguen echando la culpa a un republicano, George W. Bush, de la debilidad de la economía”.
  2. “Todo el mundo sabe que los problemas sociales son la muerte para los republicanos”, pero, en cambio, los electores son conscientes de que “el matrimonio tradicional ha sufrido en los estados donde los candidatos presidenciales republicanos pierden”, “prefieren que los abortos sean infrecuentes” y no se realicen en “niños parcialmente nacidos (?) o a punto de nacer”, y se preocupan de que “la libertad religiosa sea protegida y no frenada”.
  3. “Todo el mundo sabe que de lo que se trata en una campaña es de encontrar un camino a la victoria”, y eso significa “tomarse muy en serio los pequeños objetivos”.
Tom Smith

Cartel electoral de Tom Smith, candidato al Senado por Pensilvania, que ha comparado el embarazo fruto de una violación con el nacimiento del hijo de una pareja que no está casada.

El programa de Kristol puede resumirse en pocas palabras: dejemos las grandes digresiones para otro momento y centrémonos en cuestiones prácticas. Dejemos la herencia de los pioneros, de la América mesiánica a la que la historia reserva un lugar de honor, y vayamos a lo que realmente importa que es desalojar a los demócratas de la Casa Blanca para poner punto final a un reformismo que para el Tea Party no es otra cosa que socialismo. Por lo demás, remontarse a la exaltación del individuo en los primeros tiempos de la epopeya nacional, liberado de las ataduras del Estado, es tan novelesco como inexacto y, en todo caso, resulta fácilmente rebatible cuando se pasa del mitin a la cátedra. El mito del héroe que forja su destino sin más ayuda que sus propios recursos ha llenado de obras maestras la cultura estadounidense, pero es insostenible narrar la entera historia del nacimiento de la gran potencia sin recurrir a más mimbres que los de un individualismo acérrimo.

El historiador Tony Judt dejó dicho en Pensar el siglo XX: “La confianza en uno mismo es parte del mito de la frontera americana. Si destruyes eso o, más bien, dejas que se destruya, destruyes parte de nuestras raíces. Este es un argumento defendible e incluso razonable (…) Pero como argumento no tiene nada que ver con el capitalismo, el individualismo o el libre mercado. Por el contrario, es un argumento en pro de un cierto Estado del bienestar, sobre todo debido a su incuestionable premisa de que un cierto tipo de individualismo sostenible requiere una buena cantidad de ayuda del Estado”. Este razonamiento corresponde seguramente al tipo de debate sobre abstracciones que a Kristol le parece impropio de una campaña electoral.

El liberal Robert Putman, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Harvard, es más jocoso en sus juicios, pero no menos certero al dar su opinión a Joel Achenbach sobre la defensa del individualismo que hace Paul Ryan y la herencia de los pioneros. “Los estadounidenses siempre han mitificado al cowboy solitario en su caballo, cabalgando en su silla en dirección al Oeste; un carácter a lo John Wayne, un individualismo resistente”, dice Putman. Pero añade: “En realidad, el Oeste fue colonizado por las caravanas de carretas”. Es decir, fue una empresa colectiva promovida y protegida por el Estado, de la misma manera que hoy la agricultura familiar, esencial en la estructura social de la América profunda a la que se dirige el Tea Party, puede sobrevivir gracias a las subvenciones federales, las vías de comunicación, que dependen del presupuesto federal, y otros servicios que financia el Gobierno desde Washington, como razonó Tony Judt al final de sus días. ¿En algún momento antes del 6 de noviembre se hablará de economía en estos o parecidos términos o la presunta “intromisión del Estado en casa” (Rick Santorum) se adueñará de la campaña?