Demasiado frágil para Siria

El frágil acuerdo alcanzado el jueves en Múnich por Estados Unidos y Rusia para que callen las armas cuando el compromiso cumpla una semana (la madrugada del día 19) resulta tan prometedor a primera vista como de aplicación improbable si se analiza detenidamente. Aunque la prioridad compartida por el secretario de Estado, John Kerry, y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, es que los convoyes con ayuda tengan el paso expedito, ambos comparten también la necesidad de no conceder ninguna ventaja estratégica a sus adversarios y proteger a los aliados, un rompecabezas que se completa con la voluntad explícita de mantener el hostigamiento sobre el Estado Islámico y Al Nusra, la rama siria de Al Qaeda. Demasiados condicionantes para imaginar que, después del fracaso hace unos días de las negociaciones de Ginebra, es posible un alto el fuego, quizá imperfecto, pero que sería en cualquier caso mejor que la situación actual.

Un artículo escrito por el financiero George Soros aporta elementos adicionales que alimentan la desconfianza. Según él, es un error ver en Vladimir Putin un aliado potencial en la lucha contra el califato, pues lo que persigue el presidente ruso es contribuir a la desintegración de la UE mediante un agravamiento permanente de la crisis de los refugiados. Putin no contaba con esta herramienta, pero la aprovecha una vez que se la ha servido en bandeja la inoperancia de los europeos para afrontar el problema. “Es difícil entender por qué los líderes de EEUU y la UE aceptan la palabra de Putin en vez de juzgarlo por su comportamiento –añade Soros–. La única explicación que puedo encontrar es que los políticos democráticos buscan tranquilizar a sus opiniones públicas mostrando una imagen más favorable de la que justifica la realidad”.

El clima no es mucho mejor en el campo ruso. El profesor Serguei Karaganov, un analista prestigioso, estima que Occidente “nunca entendió que no podía plantear la política con Rusia como si fuese una nación vencida”. Después de la guerra fría, explica Karaganov, Rusia nunca creyó serlo, algo que estima que forma parte del carácter nacional. De ahí la condición de Putin de líder empeñado en restituir el orgullo a sus conciudadanos y en recuperar la influencia en los asuntos internacionales, ya sea con su comportamiento en Ucrania o con el apoyo dispensado al régimen de Bashar al Asad.

Hay en todo ello un factor de debilidad agravado por la ausencia de grandes estrategas y la primacía de los aspectos tácticos en la paz que precisa Siria. En Rusia, porque las decisiones políticas tienen que ver con las dificultades siempre en aumento causadas por las sanciones que pesan sobre su economía, la caída de los precios del petróleo y el riesgo de bancarrota en el 2017 a causa del pago de la deuda; en Estados Unidos, porque, en año electoral, la Casa Blanca debe evitar que los compromisos que adopte dañen la imagen del demócrata que finalmente aspire a sustituir a Barack Obama. Cuando las condiciones son estas y no otras más llevaderas, la gesticulación debe disipar toda sospecha de fragilidad o de concesión, un mal punto de partida para alcanzar un pacto sólido.

Todo está prendido con alfileres. Nada se dice en el acuerdo de Múnich acerca de la suspensión de los bombardeos rusos contra objetivos bastante alejados del territorio del Estado Islámico –Alepo, por ejemplo–, pero identificados por los generales sirios como cobijo de terroristas –en realidad, combatientes de la oposición–, ni se aclara tampoco cuáles se supone que son los límite del espacio yihadista. Es más, en el esfuerzo permanente de Bashar al Asad de poner a salvo su régimen a través de la construcción del perfil inquietante de un enemigo de Occidente que está en todas partes, el Estado Islámico, no conviene la demarcación del campo de actuación de este. Por decirlo de una forma compartida por muchos analistas: el ISIS es la amenaza que ha hecho del régimen sirio un mal menor, preferible siempre a una eventual victoria de los islamistas radicales en Siria.

En tales circunstancias, la protección de las víctimas se reduce a su más mínima expresión. Mientras tanto, el Centro Sirio de Investigación Política cifra en 470.000 los muertos causados por cinco años de guerra, dos millones de refugiados malviven en Turquía y no menos de 50.000 huidos de la carnicería de Alepo se agolpan en la frontera turca; mientras tanto, la UE presiona a Estados Unidos para que el alto el fuego acabe con el flujo incontenible de desplazados camino de Europa, que, a su vez, ha sometido a revisión una de sus señas de identidad: la libre circulación de personas. Porque detrás del complejo entramado de la crisis se esconde una tragedia humana de intensidad y dimensiones desconocidas desde el final de la segunda guerra mundial, un problema que divide a las sociedades, alarma a los gobiernos y ha puesto en la picota la idea misma de una europeidad sin complejos y sin fobias.

Ninguno de los instrumentos legales destinado a gestionar la crisis de los refugiados es eficaz y suficiente, los gobiernos se escudan en las exigencias de los ciudadanos de que se detenga la avalancha y una clase media empobrecida se opone a que los recién llegados colonicen el mercado de trabajo con salarios a la baja. Las voces de quienes defienden que los refugiados pueden ser a la larga una aportación positiva al dinamismo social en comunidades envejecidas quedan silenciadas por la ruidosa reclamación de los euroescépticos, de la extrema derecha y de diferentes modalidades de populismo conservador que ven en el europeísmo una amenaza para las viejas naciones.

Pasado el efecto de la llamada por Sami Naïr “emoción mediática”, la crisis de los refugiados se ha convertido en un elemento debilitador de la cohesión europea –uno más– y en un factor a disposición de cuantos ven en la guerra de Siria un conflicto global con diferentes aplicaciones, todas ellas encaminadas a mantener la sangría antes que a lograr alguna forma de tregua con futuro. La simple enumeración de los países que dicen tener intereses en juego en el campo de batalla sirio, de Turquía a Irán, de China a Arabia Saudí, de los combatientes de Hizbulá a los peshmergas del Kurdistán, además del consabido pulso ruso-estadounidense, justifica que las dudas sean siempre más que las certidumbres, a propósito del acuerdo de Múnich o de cualquier otra iniciativa destinada a detener la tragedia. Ni siquiera es de aplicación en el desolado paisaje sirio la estrategia de los “arreglos parciales” para los problemas europeos, defendida por el profesor Timothy Garton Ash.

Poco cabe esperar cuando ni siquiera hay coincidencia en poner un nombre al acuerdo alcanzado –¿cese de las hostilidades, alto el fuego, una pausa?, expresiones utilizadas por Kerry y Lavrov para referirse a lo pactado–, y todo queda enturbiado con un genérico “final de la actividad hostil”. No hace falta ser un pesimista incorregible para concluir que esto es bastante menos que la cirugía de urgencia que reclama la enfermedad para contener la hemorragia, para evitar que el conflicto de Siria se convierta en una guerra crónica que ponga a prueba la viabilidad del proyecto político de la UE, falto siempre de una definición clara, precisa y concluyente.

La yihad quiere cortar las alas a Túnez

La elección del Museo del Bardo de Túnez como objetivo del último golpe de mano de los yihadistas no es ni oportunista ni casual. Al sembrar la muerte entre un grupo de turistas indefensos, los terroristas han herido en lo más profundo las entrañas de la economía tunecina, que depende del turismo para salir de la crisis que sufre desde la caída de la dictadura de Zine el Abidine ben Alí en enero del 2011. El 10% de los tunecinos con empleo dependen del turismo, que representa el 7% del PIB del país y que, antes del ataque islamista, parecía destinado a alcanzar el 10% a poco que soplaran vientos favorables. Hundidos a medio plazo los mercados del petróleo y de los fosfatos, el turismo constituía la gran esperanza económica, la que más inversión extranjera atraía hasta el miércoles y la que más fácilmente podía poner en marcha planes para acabar con algunas carencias crónicas en el sector servicios.

Pero con ser desastroso el daño causado a la economía, quizá sea aún mayor la quiebra en términos políticos, porque la meta fijada por los islamistas es, en última instancia, impedir que se consolide el proceso de institucionalización democrática en Túnez a partir de la Constitución aprobada el año pasado, ejemplar en la preservación de los derechos fundamentales de los ciudadanos, la división de poderes, la igualdad entre sexos y la neutralidad del Estado en materia religiosa. Como decía el editorial del jueves del diario Le Monde, “Túnez da miedo a los yihadistas” porque se ha fijado una ruta que es la antítesis del discurso fundamentalista y, quizá, la tabla de salvación del islamismo político, representado por Ennahda. El rumbo fijado por el Gobierno y el Parlamento tunecinos es, en última instancia, la traducción práctica de algo afirmado varias veces por el politólogo Sami Nair al referirse a la sociedad tunecina como a una comunidad “formalmente secularizada”, aquella que desencadenó las primaveras árabes y la única que evitó el descarrilamiento del proceso.

“Es esa excepción tunecina a lo que los terroristas quieren poner fin”, afirma la diputada Bochra Belhaj Hmida, del partido Nida Tunes, de orientación laica, el más importante del Gobierno y el del presidente Beji Caid Esebsi. Es una formulación tan corta como exacta: es imprevisible conocer qué capacidad de contaminación podría tener una transición democratizadora que lograra tener éxito. Luego, a ojos del Estado Islámico y de sus franquicias, lo mejor es cortarle las alas antes de que sea demasiado tarde; es más útil para su causa apostar por el caos para desprestigiar al Gobierno, llevarlo contra las cuerdas y, llegado el caso, sumar voluntades entre los decepcionados por la inviabilidad o esterilidad del experimento laico.

Hay un entorno propicio para aplicar esta estrategia, tan vieja que incluso tiene nombre propio: cuanto peor, mejor. En una atmósfera regional irrespirable se suman la porosidad de la frontera de Túnez con Argelia, controlada con frecuencia por grupos islamistas, y la no menos porosa o poco controlada con Libia, un país poco menos que inexistente, desgarrado por la guerra civil que siguió a la caída del régimen extravagante de Muamar Gadafi, y que exporta la yihad al vecindario. Debe sumarse a todo ello la ausencia de Europa en la respiración asistida varias veces reclamada por Túnez, que, al contrario de lo sucedido con el Egipto de la dictadura del general Al Sisi y las petromonarquías, ha echado en falta ayuda económica efectiva para ahuyentar los fantasmas de la desafección después de las esperanzas suscitadas por la primavera del 2011. Las declaraciones de principios sin un euro que las acompañe no tienen ningún efecto práctico en una sociedad sometida durante décadas a una cleptocracia ruinosa y que ha exportado hasta 3.000 combatientes a Siria e Irak para unirse a las huestes del Estado Islámico o de Al Nusra, que es tanto como decir de Al Qaeda.

Pero el análisis del ataque al museo y la matanza de turistas es incompleto si no se menciona el factor cultural, histórico si se prefiere. Pues al atentar contra el Bardo, con su deslumbrante colección de mosaicos, testimonio de la herencia clásica latina, los terroristas han apuntado contra la historia, la cultura y la civilización de las que Túnez se siente depositario, de acuerdo con el análisis de Belhaj Hmida. Y esa suma de historia, cultura y tradición incluye el proyecto democrático en ciernes. “Túnez es un antimodelo para los terroristas y para quienes les financian. Quieren romper este modelo, este experimento”, ha declarado Kamel Jendubi, ministro de las Reformas Constitucionales. Y el Estado Islámico le dio la razón de antemano al difundir un enigmático mensaje en el que, según todos los indicios, anunciaba la proximidad del atentado: “Pronto va a haber una buena noticia para los musulmanes y una mala para los infieles y los cobardes. Especialmente para los amantes de la cultura”.

Así es. La agresión yihadista tiene un componente primordial de ataque a la cultura, a la tradición laicista que anida en una parte importante de la sociedad tunecina y que ha constituido siempre un factor de confrontación con el islam retardatario, aquel que se remite a la sharia y combate cuanto se aparta de ella. Es así desde los días de Habib Burguiba, padre de la independencia y representante de una vanguardia política que bebió y bebe fundamentalmente en las fuentes de la cultura de las Luces y de la política francesas. Pero es también fruto de la lógica impuesta por la prédica del califato, que arrasa con cuanto da testimonio de los tiempos anteriores al profeta, de aquello que constituye el legado no musulmán y que el integrismo quiere que desaparezca para que la única referencia del pasado sea el mensaje de Mahoma o lo que por tal tienen los ideólogos de la guerra santa. Frente a la afirmación de Albert Camus de que “no hay una sola verdad, sino muchas, y no todas son accesibles”, el Estado Islámico quiere imponer una sola verdad por la fuerza del terror.

Puede parecer todo fruto de un mecanismo primario y excluyente –de hecho lo es–, de un sectarismo sin límites, pero resulta efectivo en sociedades deprimidas y sin más referencias que la tradición religiosa como base de la llamada ideología espontánea. El editorial del diario tunecino La Presse recordaba el viernes el convencimiento de Burguiba –siempre Burguiba– de que “la verdadera batalla por la independencia y la dignidad es una batalla económica”. Diríase que de ella depende la viabilidad del proyecto democratizador y laico porque, sin rescatar de la postración a los más vulnerables, crecerán sin pausa las filas de los predicadores de la acción directa y del regreso al pasado. Pero, para evitarlo, hace falta acabar con una de las debilidades estructurales de la transición democrática: la ausencia de la élite financiera en las reformas que se precisan, según el diagnóstico adelantado por el analista tunecino Michaël Béchir Ayari en la web del International Crisis Group.

Aquellas élites que crecieron y se enriquecieron bajo el paraguas protector de la dictadura de Ben Alí son las mismas que hoy se mantienen al margen de las exigencias impuestas por la dinámica social y la presión exterior para neutralizar los riesgos de una involución o una crisis del nuevo Estado en construcción. No hay atajos para poner al día el aparato productivo; solo el compromiso de las élites puede lograr que la operación tenga éxito después del gesto de responsabilidad política compartido por todos los partidos importantes para rescatar al país del marasmo en el que estuvo a punto de sucumbir durante la etapa de gobierno del islamismo moderado, representado por Ennahda. La tradición política legada por el laicismo de Burguiba y sus acompañantes en el momento de la independencia es manifiestamente insuficiente para afrontar el desafío fundamentalista, la pretensión de los yihadistas de enrolar a Túnez en el caos político y la ruina moral que ha hecho posible el éxito sangriento del Estado Islámico o el califato, como se prefiera llamarlo.

Egipto desanda la primavera

Al cumplirse un año del golpe de Estado que echó de la presidencia de Egipto al islamista Mohamed Morsi se han cumplido los peores presagios: a la pretensión de los Hermanos Musulmanes de acumular todo el poder en sus manos ha seguido la estrategia del Ejército para recuperar por entero aquello que fue –es– de su exclusiva propiedad desde los días de Gamal Abdel Naser. La elección del mariscal Abdel Fatá al Sisi culminó un rápido proceso de sometimiento del Estado a los cuarteles bajo la apariencia de un programa de desislamización de la Constitución y de neutralización de la Hermandad, declarada ilegal. Cuanto ha sucedido en el último año no ha hecho más que devolver a Egipto al camino marcado por los centuriones con la aprobación de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Catar y, finalmente, Estados Unidos en aras de la realpolitik.

Desde que empezó el dramático juego de acción y reacción, que el 3 de julio de 2013 acabó con la presidencia de Morsi y con los uniformados aplaudidos por una multitud en la plaza de Tahrir de El Cairo, más de 2.500 manifestantes han perdido la vida, más de 20.000 hermanos han ido a dar con sus huesos en la cárcel y por encima del millar de dirigentes islamistas han sido condenados a muerte. Además, el Ejército, que al principio dejó que la libertad informativa se mantuviera relativamente intocable, acabó encarcelando,  juzgando y condenando a tres periodistas de Al Jazira so pretexto, típico de las dictaduras desde siempre, de difundir “informaciones falsas”. La falta de garantías de los procesos, presididos por jueces serviles, ha dejado todo el entramado del poder a merced de las conveniencias del generalato, las exigencias de la seguridad en Oriente Próximo, las relaciones con Israel y el paraguas económico de las petromonarquías.

Hasán al Bana, fundador de los Hermanos Musulmanes, asesinado en 1949.

El golpe de Estado que depuso al primer presidente civil de Egipto fue saludado por Tony Blair, enviado especial del cuarteto en Oriente Próximo, como “el rescate absolutamente necesario de una nación”, según ha recordado el periódico liberal británico The Guardian. De forma que, lo mismo que la prioridad en Siria ha dejado de ser la liquidación del régimen de Bashar el Asad, en Egipto tampoco lo es ahora el asentamiento de un régimen democrático, sino garantizar la estabilidad a cualquier precio. En una región devastada por la presión del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el polvorín palestino-israelí y el galimatías libio, en un solar donde Rusia, Irán y China operan con su propia agenda, Occidente ha llegado a la conclusión de que cualquier solución es peor a un Egipto estable, aunque sea a costa de dejar en el olvido los buenos deseos formulados cuando su primavera dejó en la cuneta a Hosni Mubarak.

La duda, la gran duda, es si la dirección tomada por los militares egipcios desemboca o no directamente en una pseudodemocracia estable. Las enseñanzas de la historia de Egipto contienen datos suficientes para pensar que han sido periodos poco estables los que han seguido a operaciones de represión sin cuartel de los Hermanos Musulmanes y compañeros de viaje. Así fue después del asesinato en 1949 de Hasán al Bana, el fundador de la organización, después de la ilegalización de esta en 1954, después de la ejecución en 1966 Sayyid Qutb, una de las referencias ideológicas de la Hermandad; así fue también durante buena parte de la presidencia de Anuar el Sadat, asesinado por un comando yihadista infiltrado en el Ejército, y así es en nuestros días, cuando entre los condenados a muerte figura Mohamed Badia, guía espiritual de los islamistas. De hecho, los Hermanos Musulmanes han mantenido siempre una doble estructura organizativa –pública, una; clandestina o secreta, la otra– y la participación en la vida institucional, de forma oficial o encubierta, ha alimentado un debate permanente en la dirección y entre la militancia.

Sayyid Qutb, ideólogo del islamismo radical, ahorcado en 1966.

Si los militares egipcios se presentan dispuestos a repetir los mismos errores del pasado, los países occidentales, encabezados por Estados Unidos, se asoman al precipicio, empeñados en confirmar que “no estaban preparados para convivir con las primaveras árabes”, según la conclusión de la especialista Kristina Kausch. “Los países occidentales se han mostrado reacios a afrontar las realidades subyacentes de la región, expuestas en un informe del 2002 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo –sostiene Chris Patten, canciller de la Universidad de Oxford–. Los especialistas y politólogos palestinos que redactaron el informe llamaron la atención acerca de las conexiones entre gobierno autoritario, debilidad económica, desempleo elevado y política excesivamente confesional. Cuanto más dictatorial se volvió la política en esa región, más jóvenes que se veían privados de puestos de trabajo y de libertad de expresión se volvieron hacia el extremismo y el islamismo violento, la perversión de un gran credo”.

Es difícil discrepar de ese dictamen sencillo y obvio. En Egipto, la ruina económica, las desigualdades, la degradación del espacio urbano y la falta de futuro para los jóvenes llenaron la plaza de Tahrir de defensores entusiastas del Estado laico, pero a la hora de votar fueron las capas sociales convencidas de que el islam y no la democracia es la solución las que llevaron a Morsi al poder y dieron el Gobierno a los Hermanos Musulmanes. Se cumplió así la opinión expresada por el arabista francés Gilles Kepel: el movimiento que depuso a Mubarak no era representativo de la media aritmética de la sociedad egipcia, cuya ideología espontánea es el islam, de acuerdo con el análisis de las primaveras árabes del politólogo Sami Naïr. Frente a tal realidad se articula el poder de los militares egipcios que, al regresar al puente de mando, si es que alguna vez lo dejaron, cumplen una doble función o eso persiguen: mantener el statu quo en la región y poner a salvo la trama de intereses de la que son titulares como primeros gestores de la economía nacional pública y privada.

Todos las explicaciones puestas en circulación estos días por cuantos jalearon a los militares en el momento del golpe y más tarde les ofrecieron una cobertura civil para desdibujar los perfiles de una dictadura uniformada, insisten en que el pacto con los Hermanos Musulmanes era inviable y, por esa razón, la intervención de los tanques estuvo justificada. Ninguno de los hermeneutas partidarios de la intervención de los blindados entra en el asunto central: la única forma de consolidar un sistema democrático es respetar las reglas de la democracia.

Mohamed Badia, líder espiritual de los Hermanos Musulmanes, condenado a muerte.

“Cada vez que miro hacia atrás me reafirmo en que era del todo imposible alcanzar un acuerdo con los Hermanos Musulmanes, simplemente a causa de su intransigencia”, ha declarado Amr Musa, un político camaleónico, al periódico cairota Al Ahram, no menos dado al cambio cromático según las épocas. Musa encarna el sentir del establishment civil con una larga y próspera cooperación con el Ejército, mientras fuera de ese entorno tan poco inclinado al reformismo político se multiplican los gestos de arrepentimiento por la inercia hacia el golpe de la protesta laica, que dijo estar legitimada para exigir la renuncia de Morsi gracias a los millones de firmas –se aseguró que 20 millones– recogidas por todo el país para que el presidente dejara el cargo. Aquella estrategia temeraria, inducida por el movimiento Tamarod (rebelión), lo que hizo en verdad fue dar aires de levantamiento popular a una asonada dirigida por el mariscal Al Sisi y reproducir en Egipto lo que tantas veces ha sucedido en otros lugares: un responsable militar nombrado por un Gobierno salido de las urnas acaba levantándose contra quien lo nombró.

Al final de un libro dedicado a la Hermandad, el periodista español Javier Martín afirma: “Es difícil predecir el futuro. Pero si dos certezas existen, son que el devenir del islamismo egipcio volverá a marcar tendencias en el mundo árabe-musulmán, y que cualquier proceso de reforma democrática en Egipto –y en el resto de la región– deberá tener en cuenta a la amplia burguesía piadosa. Gran parte de ella son hermanos y musulmanes”. Estas líneas fueron redactadas en marzo del 2011, y hoy tienen la misma vigencia que entonces. Cuanto más marginen los militares a los islamistas, más adeptos a su causa se unirán a sus filas; cuanto más alejados de los resortes del poder estén los Hermanos Musulmanes, más fuerte se hará el islamismo radical dentro y fuera de Egipto; cuanto más se empeñen los generales en mantener la fractura social entre nosotros y ellos, mayor será la capacidad del islamismo para arraigar en una sociedad decepcionada y sin expectativas.

 

 

Mohamed Mursi dicta la ley

El presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ha aprovechado el viento de cola de su éxito en la mediación de la última crisis de Gaza para ajustar a sus designios la primavera de la plaza de Tahrir. Como en los prolegómenos de la caída del régimen anterior, la sociedad se ha dividido, ahora entre los partidarios del nuevo establishment político, surgido de las filas de los Hermanos Musulmanes, y aquellos que soñaron en una reforma no confesional del Estado, mientras el Ejército se mantiene a la expectativa como garante indispensable del statu quo con Israel. Así están las cosas desde que Mursi publicó el decreto que, en la práctica, le coloca por encima de cualquier poder del Estado, incluido el de los jueces, so pretexto de que es la única forma de llevar a cabo las reformas y neutralizar a los nostálgicos del anterior régimen, aunque en la práctica crecen los temores de que las orillas del Nilo acojan el nacimiento de un nuevo rey sol.

El exsecretario de Estado Henry Kissinger publicó el 5 de agosto en el liberal  The Washington Post un artículo en el que silueteaba la repercusión de la presidencia de Mursi: “Con una Constitución que todavía es un borrador, la función de las instituciones clave contendiendo entre los Hermanos Musulmanes y el Ejército, y un electorado estrechamente dividido entre visiones radicalmente diferentes del futuro del país, la revolución de Egipto está lejos de haberse acabado. La política de Estados Unidos se debate entre imperativos que compiten entre sí (…) Si Estados Unidos se equivocó en el periodo de la guerra fría por poner un énfasis excesivo en la seguridad, ahora corre el riesgo de confundir el populismo sectario con la democracia”.

Gaza

Población: 1.650.000 habitantes.
Extensión: 365 kilómetros cuadrados.
PIB: 590 millones de euros.
PIB per cápita: 2.400 euros.
Primer ministro: Ismail Haniyá del partido Hamás.

La crisis institucional egipcia confiere al texto de Kissinger un valor renovado. “La presidencia y el poder judicial están atrapados en una confrontación, cada parte con una imagen caricaturesca de su adversario”, afirma Nathan J. Brown, de la Universidad George Washington, en la edición inglesa del diario egipcio Al Masri Al Yum. En realidad, es bastante más lo que sucede, como él mismo reconoce: “Las ambigüedades críticas –un calendario preciso, los poderes del Parlamento, la capacidad de la declaración constitucional para modificar los criterios de selección para la Asamblea Constituyente– han sido desplazadas por decisiones ad hoc realizadas por actores motivados por el miedo a sus adversarios en un contexto polarizado”. Un miedo poco reconocible en el entorno del presidente, que cree que ahora es el momento de afianzar el poder, pero muy presente en los acampados en la plaza de Tahrir, que temen con razón que la realpolitik acabe con el sueño del Estado neutral y dé alas al Estado confesional, pilotado por la Hermandad.

En el plan maestro de Mursi no hay asomo de improvisación. Cuenta con la condescendencia de Estados Unidos desde el mismo instante en que desactivó la bomba de relojería de la operación Pilar Defensivo, desencadenada por el Ejército israelí con un ojo puesto en las elecciones de enero y otro atento al relevo de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, previsto para las próximas semanas. Dispone del margen de maniobra que le otorga haber promovido un borrador de Constitución que no mengua las atribuciones y el poder del Ejército, incluido el económico. Y para acallar o desvirtuar la protesta en curso cuenta con el entusiasmo de la calle a propósito de la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que ha permitido a Palestina convertirse en Estado observador no miembro de la organización.

Está por ver si esa estrategia es tan potencialmente desestabilizadora como hacen temer los muertos en las manifestaciones, la ira en la plaza de Tahrir y la afrenta sufrida por la oposición laica. “El presidente Mohamed Mursi habría podido salvar su presidencia y el futuro de los Hermanos Musulmanes si hubiese sometido a referendo las medidas draconianas”, escribe el escritor egipcio Mohssen Arishie en The Egyptian Gazette, que observa cómo se concreta la fractura social: “Al decidir dirigirse solo a los manifestantes islamistas en Heliópolis y desentenderse de quienes protestan en la plaza de Tahrir y otros lugares, el presidente Mursi ha ensanchado la brecha entre islamistas y musulmanes moderados, que constituyen la mayoría de la sociedad”.

Mursi

Manifestación de apoyo de Mohamed Mursi en El Cairo, el 23 de noviembre.

Es esta una afirmación arriesgada a la luz del análisis social que hace Tamer Wagih, editor del diario Al Masri Al Yum, que se acerca mucho a la creencia muy extendida de que los caladeros de la Hermandad se encuentran en la clase media baja, los sectores más desfavorecidos de las grandes ciudades y el mundo rural, franjas de población muy conservadoras, apegadas a la tradición, que tienen en el islam el núcleo básico de su “ideología espontánea”, en expresión del politólogo francés Sami Nair. Los Hermanos Musulmanes cumplen sobradamente con los requerimientos conservadores de este segmento social –“su base popular es más conservadora y reaccionaria que la de los reformistas tradicionales”, escribe Wagih–, receloso ante cualquier innovación, “donde se mezcla la ira contra la modernización con las tendencias conservadoras que persiguen introducir un cambio ético”. Pero, al mismo tiempo, una parte de la clase trabajadora y de los jóvenes disconformes con Mursi forman parte de la clase media baja, amenazada por una fractura irresoluble si el presidente no levanta el pie del acelerador.

¿Puede Mursi evitar la fractura con su implicación en el problema palestino? La tentación inicial es responder sí; la realidad y las expectativas de futuro no son tan sencillas. Para el profesor Amro Alí, de la Universidad de Sidney, el presidente sigue sujeto a los parámetros establecidos por Estados Unidos e Israel desde los días de los acuerdos de Camp David, que consagraron la paz fría en la frontera del Sinaí. Alí recuerda en Al Ahram Online que Jaled Fahmi, profesor de la Universidad Americana de El Cairo, habla de una israelización de la política egipcia, y añade: “Algunos actores externos quieren más días como los de Mubarak para Egipto ya que satisficieron tan bien sus intereses”. Entiéndase bien: no se trata solo de Israel y de Estados Unidos; también los países del Golfo añoran las certidumbres de la autocracia de Mubarak.

Aun así, es indudable que se la producido un cambio en la aclimatación cairota al agravio palestino. La implicación de Mursi en las operaciones para desactivar los planes dictados para Gaza por el Estado Mayor israelí ha constituido una novedad absoluta; el previsible desfile de gobernantes árabes por la Franja durante los próximos días, también. La israelización se ha modulado porque, en caso de fuerza mayor, las partes saben que siempre es posible la gestión técnica del conflicto mediante las líneas de comunicación que mantienen abiertas los generales a ambos lados de la frontera. Pero esa seguridad en que las aguas no desbordarán el cauce no ha evitado que el equipo de Binyamin Netanyahu haya transmitido algo entre la desorientación y la sorpresa. “Las revoluciones árabes no han agotado el sentimiento de solidaridad –explica el arabista francés Jean-Pierre Filiu en las páginas de Le Monde–, pero se ha visto con este conflicto el gran regreso de lo político. Israel, al mantenerse en el statu quo, no ha comprendido el nuevo dato, y ha sido sorprendido por la posición egipcia. Ahora bien, las revoluciones árabes se han hecho en nombre de la justicia, y en el mundo árabe el símbolo de la justicia absoluta es Palestina”.

Obama Abás

El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, y el de Estados Unidos, Barack Obama, el 20 de marzo en la Casa Blanca.

Esa incomprensión del nuevo dato quizá explica tres presuntas torpezas del Gobierno de Israel, enfrentado al hecho consumado de que Palestina iba a lograr el voto mayoritario de la Asamblea General de la ONU:

  1. Creer que el temor palestino a afrontar un futuro peor, sin negociaciones y con Netanyahu en manos del ala más conservadora de un partido ya de por sí tan conservador como el Likud, llevaría a Mahmud Abás a pensárselo dos veces antes de disgustar al presidente Barack Obama: “Estados Unidos considera [la votación en la ONU] una gesticulación inútil y una huida hacia adelante –escribió Le Monde en su editorial del jueves–. Hace valer que la Autoridad Palestina debería regresar a la mesa de negociación, donde le espera Israel. Salvo que no hay casi nada a negociar con la dirección israelí actual, que tiene posibilidades de ser reconducida en las elecciones de enero, y que los tres últimos presidentes estadounidenses han engañado a aquellos que esperan su estado; George W. Bush y Barack Obama han prometido incluso como un encantamiento un Estado palestino para el 2005, después para el 2011”.
  2. Abordar la conversión de Palestina en Estado observador no miembro de la ONU como un obstáculo para la paz, una paz que, por lo demás, se mantiene a precario desde la independencia de Israel en 1948. “El reconocimiento del Estado Palestino no es un obstáculo para la paz –aseguró en su editorial, el día de la votación, el diario liberal israelí Haaretz–. El presidente Mahmud Abás se ha comprometido a reanudar las conversaciones con Israel inmediatamente después de que su país sea reconocido. Si el primer ministro Binyamin Netanyahu quiere convencer a los israelís de su deseo de paz, debe abandonar su oposición al reconocimiento palestino, ser el primero en felicitar a Abás por un logro histórico y fijar una fecha cuanto antes para reanudar las conversaciones. No son solo los palestinos los que merecen un horizonte diplomático. Los israelís también lo merecen”.
  3. Suponer que, pasadas las elecciones de Estados Unidos, Israel no debería pagar ningún precio por el apoyo dispensado por Netanyahu a Mitt Romney. “Colaboradores del primer ministro explican que, contrariamente a lo que los comentaristas puedan pensar, Obama no guarda rencor a Netanyahu. Pero tengo una explicación diferente: Obama no ha venido al rescate de Netanyahu. Ha venido al rescate de Israel”, afirma Shimon Shiffer, corresponsal en Washington del diario centrista israelí Yediot Ajronot.
Sinaí

Transporte de blindados egipcios camino del Sinaí en agosto pasado.

Nada de esto resulta confortable para Israel, aunque el presidente Abás esté lejos de haber obtenido el apoyo explícito de Estados Unidos al camino del reconocimiento en la Asamblea General de la ONU. El debilitamiento de Netanyahu refuerza la figura de Mursi y, de paso, otorga a Hamás algún tipo de crédito ante el mundo árabe al aceptar los términos del alto fuego que ha contenido la sangría en Gaza, y al apoyar por una vez a Abás. Y, para rematar el despropósito, Sever Plocker, uno de los editores de Yediot Ajronot, destaca que el Gobierno israelí ha perdido una gran ocasión de sacar partido a la osadía diplomática palestina, porque en el borrador presentado en la ONU se hace referencia a un Estado palestino “junto a Israel en paz y seguridad sobre la base de las fronteras anteriores a 1967 [Guerra de los Seis Días]”, pero no se menciona el estatuto de Jerusalén en la parte operativa del borrador. Conclusión: “Israel debería incluso votar a favor de la resolución”.

Netanyahu, sobra decirlo, no ve las cosas de igual forma. El análisis que hace de la situación se acerca más al de Fareed Zakaria, el influyente analista del semanario Time y de la cadena de televisión CNN, que ha colgado en su blog un texto titulado Israel domina el nuevo Oriente Próximo.  “Es cierto que estamos en nuevo Oriente Próximo, pero es uno en el que Israel se ha convertido en la superpotencia de la región”. La condición de potencia nuclear –entre 100 y 500 ingenios nucleares, la mayoría instalados en submarinos– le confiere una situación de privilegio, lo cual explica a ojos de Zakaria por qué Egipto “no va a correr el riesgo de una guerra con Israel”. Y va más allá: “La paz entre los palestinos y los israelís se producirá solo cuando Israel decida que quiere hacer la paz Todos los políticos desde Ariel Sharon a Ehud Olmert y Ehud Barak, han querido arriesgarse para lograr la paz porque estaban preocupados por el futuro de Israel como Estado judío y democrático. Esto es lo que está en peligro, no la existencia de Israel”. ¿Preserva la doble condición judía y democrática de Israel una operación como la desencadenada en Gaza, contenida con el concurso egipcio, o condena a las sociedades israelí y palestina a perseverar en la militarización de los espíritus? Es de imaginar que lo que sucede desde hace decenios es esto último.