Siria, la matanza crónica

El revés sufrido por la Casa Blanca en un tribunal de apelación de San Francisco ha reducido en parte el impacto del informe difundido por Amnistía Internacional sobre las ejecuciones masivas de opositores en la cárcel de Saidnaya, al norte de Damasco. Mientras el presidente Donald Trump intenta poner en pie una nueva política de acogida de refugiados y de seguridad –ambas cosas en un mismo paquete–, la causa primera y principal de los flujos migratorios con origen en Oriente Próximo se aborda con la indecisión exhibida por Occidente desde que estalló la guerra en Siria, va para seis años. Ante la dificultad de abordar en origen las razones de la crisis sin pagar un elevado precio político, la matanza se convierte en una enfermedad crónica y el régimen de Bashar al Asad quiere presentarse a la opinión pública como un mal de difícil curación o incluso necesario para no empeorar las cosas.

A decir verdad, la situación presente es hija de la incapacidad que caracterizó a la Administración de Barack Obama para reaccionar con determinación cada vez que el régimen sirio cruzó las líneas rojas dibujadas por la propia Casa Blanca. Pareció que la decisión de Asad de deshacerse de su arsenal químico conjuró para siempre la exigencia estadounidense de apartar del poder al autócrata y su camarilla, como si cuanto ha sucedido después en todos los frentes no fuese suficiente para buscar la complicidad de la comunidad internacional y, de paso, adelgazar la corriente de refugiados rumbo a Europa en busca de futuro. Aquel cambio de estrategia de Estados Unidos a principio del 2014 tuvo una doble consecuencia: consagró el papel de Rusia en la gestión del conflicto y dejó a Asad con las manos casi libres para proteger el cometido del ISIS –luego Estado Islámico– como el enemigo ideal para legitimar su continuidad en el poder.

Es improbable que el informe de Amnistía Internacional lleve a alguna de las partes a cambiar su política o a maquillarla. Son escalofriantes los testimonios aportados por quienes han vivido en directo los ahorcamientos masivos, resulta angustioso este trasiego de sentenciados en farsas de juicio, pero dentro de un conflicto que supera de muy largo los 400.000 muertos, los seis millones de refugiados y los seis millones de desplazados dentro de Siria, la movilización de recursos en nombre de los derechos humanos hace tiempo que dejó de invocarse cuando los medios no están presentes. Pesan más las diferentes teorías del mal menor –es preferible el régimen de Asad que la consolidación del Estado Islámico–, que rigen con más o menos efectividad desde que el terrorismo global hizo saltar por los aires las certidumbres en el orden internacional.

Las negociaciones de Kazajistán, tuteladas por Rusia en el bando gubernamental y por Turquía en el bando opositor, son reflejo vivo de esa opción por el mal menor cuyo resultado final, en el mejor de los casos, no puede ser otro que una solución menor. Ni Vladimir Putin, portaestandarte de un neoimperialismo a la rusa que entusiasma a sus conciudadanos, ni Recep Tayyip Erdogan, artífice de una autocracia con urnas que sueña con la hegemonía regional, son mucho más que aliados ocasionales en una crisis que repercute en todo el mundo árabe, inquieta a la OTAN y debilita la cohesión interna de la Unión Europea. De esta forma, mientras los apologetas de las Realpolitik creen más prudente esperar y ver, sin comprometerse ni mucho ni poco, los profetas del final del orden liberal temen que la crisis se enquiste y dé alas a los populismos de extrema derecha, cuyo mayor interés es mantener viva la llama del desafío exterior para sumar votos en el interior (de cada país).

Un minucioso trabajo de campo realizado por el think tank británico Chatham House revela que una media del 55% de los habitantes de la UE son partidarios de detener los flujos migratorios y en ningún país los favorables a acoger a más demandantes de asilo supera el 32%. Cifras ilustrativas que dan un apoyo indirecto a la política de restricciones radicales promovida por la Administración de Trump, a pesar de no ser el presidente del agrado de la mayoría de los europeos, y que disuaden a los gobiernos de implicarse de forma activa en la gestión de conflictos lejanos que, se mire por donde se mire, son el motivo principal de la presión migratoria, pero están erizados de riesgos. Quizá no sea exagerado decir que el lamento por los ahorcamientos en masa marca el límite de la disposición a revisar lo hecho hasta ahora para detener la sangría; nadie quiere ir más allá de los comunicados de condolencia.

Es justamente lo contrario de lo que analistas independientes de variada orientación ideológica creen que debería hacerse. Así Shlomo Ben Ami, exministro israelí de Asuntos Exteriores, que el 23 de enero explicó en Barcelona por qué cualquier tratamiento del conflicto de los refugiados que no actúe en origen está llamado al fracaso. Así las advertencias del pensador Edgar Morin, que advierte de la ceguera que afecta a los grandes partidos de Francia, empeñados en acercar sus programas de control de las migraciones al de Marine Le Pen para atenuar su predicamento en auditorios alarmados por la proliferación de atentados, votantes cada día más inclinados a otorgar un mismo significado a inmigrante y a sospechoso. Así también las advertencias del alcalde de Londres, Sadiq Khan, que advierte sobre el error de proteger la frontera y soslayar cuál es el origen del mal que expulsa de su hogar a multitudes de desposeídos.

Si todo en Siria ha estado marcado por una gravedad extrema desde el principio de su primavera (marzo del 2011), la pasividad inasequible al recuento de cadáveres presagia un futuro inestable, convertidas la guerra y la paz en herramientas multiuso. La ausencia de Occidente más allá de las campañas de bombardeos sobre enclaves yihadistas apenas afecta a la continuidad del régimen sirio, mientras la garantiza el sistema de alianzas pergeñado por el Gobierno de Asad, aunque sea en un escenario devastado. Y ni siquiera informes como los de Amnistía Internacional tienen el poder de cambiar el signo de los acontecimientos en año electoral en Francia y Alemania, donde el nacionalismo xenófobo impone su agenda, o eso parece al menos, respaldado por las cuentas de Donald Trump en las redes sociales y sus discursos incendiarios sobre los peligros que acechan a la nación. Tan alejados, cabe añadir,  de los análisis desapasionados que convienen al momento.

 

 

Un posible ataque contra Irán alarma a intelectuales israelís

La conmoción causada por la tragedia del colegio de Toulouse ha conferido un valor especial a las preocupaciones expresadas durante los últimos tiempos por tres eminentes escritores israelís, referencia forzosa en la literatura y en la ética política en el seno de un conflicto inacabable. Abraham B. Yehoshua (Jerusalén 1936), David Grossman (Jerusalén, 1954) y Amos Oz (Jerusalén, 1939) han levantado su voz para advertir de los peligros que impregnan el debate apasionado provocado por el deseo de Irán de poseer la bomba atómica. Un debate dominado por voces conservadoras –la del AIPAC, lobi judío de Estados Unidos; la del primer ministro de Israel, Benyamin Netanyahu– que han ahogado opiniones más contenidas como las de la organización J Street, Paz Ahora y otras, y que quizá han radicalizado en algún momento el discurso de la Casa Blanca y del Departamento de Estado más allá de lo aconsejable en año electoral.

 

Grossman, Yehoshua y Oz.

De izquierda a derecha, David Grossman, Amos Oz y Abraham B. Yehoshua.

Los tres temen que los generales impongan su criterio en un ambiente dominado por la emotividad del momento, el relato interesado del pueblo permanentemente acosado y la creencia tradicional de que Israel no se puede permitir una sola derrota en el campo de batalla si quiere sobrevivir a todas las amenazas que le acechan. Los tres creen que hay otras vías para afrontar el desafío iraní. “Hay otra forma de neutralizar la amenaza iraní, una que es al mismo tiempo más apropiada y más normal: un acuerdo de paz con los palestinos”, ha declarado Yehoshua al periódico Haaretz, el más alejado de las posiciones oficiales del Gobierno israelí y también el más respetado. “Podríamos destruir la oportunidad de la paz para varias generaciones”, ha escrito Grossman, alarmado ante la posibilidad de una operación de castigo contra las instalaciones iranís destinadas a producir combustible –¿munición?– nuclear. “No estoy preocupado, sino que tengo miedo. Estoy viendo procesos y tendencias que amenazan todo lo que yo aprecio. También la existencia del Estado de Israel”, ha declarado Oz.

El caso es que mientras una parte de la sociedad israelí se moviliza para ahuyentar el fantasma de la guerra, otra suma su voz a la de los estrategas que calculan hasta qué punto es posible una acción de castigo efectiva contra Irán. Para los partidarios de entrar en acción, importa menos preguntarse por la conveniencia de intervenir que por la efectividad de la intervención. Se trata de un asunto no menor, porque la oportunidad o no del recurso a las armas depende en gran medida de que, al día siguiente, los resultados obtenidos justifiquen el paso dado. Este es el planteamiento de los analistas que, como los requeridos por la revista Foreign Affairs a favor y en contra de la intervención, confieren tanta importancia al eventual debilitamiento militar de la república de los ayatolás como al más que probable reforzamiento de los clérigos ante una opinión pública que resultaría conmocionada por un ataque.

“A Israel no le gustaría que lo vieran como el que echó a perder una solución diplomática a una disputa que, en cualquier caso, no se puede resolver solo por medios militares”, sostuvo en el 2010 Shlomo ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores extremadamente crítico con el derrotero belicista del Gobierno de Netanyahu. Ben Ami se cuenta entre los intelectuales conmovidos por la comparación entre la Alemania nazi y la teocracia iraní puesta en circulación por el primer ministro y algunos de sus ministros más conservadores, un recurso a la sal gruesa que falta al respeto debido a la memoria de los mártires  de la Shoa. “Cualquiera que compara el Irán de hoy con Hitler, e Israel con Auschwitz, perpetra un acto que es antisionista y demagógico”, dice Oz. “Irán no es la Alemania nazi: no con respecto a su régimen político, no con respecto a su ideología y ciertamente no con respecto a sus capacidades económica y militar”, dice Yehoshua.

Estas declaraciones, preñadas de realismo, debieran ser innecesarias en la madeja de conflictos que tienen desquiciadas a las sociedades de los Orientes Próximo y Medio, desde las playas de Líbano e Israel hasta el corazón de Asia. Pero hace falta que se repitan todos los días, incluso cuando, como hace Grossman, prefiere reconocer la existencia de una situación de riesgo: “Ya existe un equilibrio de terror entre Israel e Irán. Los iranís han anunciado que tienen cientos de misiles apuntados contra ciudades israelís, y es de suponer que Israel no está de brazos cruzados. Este equilibrio de terror, dicen los expertos, abarca armas no convencionales, biológicas y químicas. Hasta ahora, nunca se ha roto”. Un artículo de Grossman en el último número de la publicación mensual progresista estadounidense The Nation insiste en la fuerza de lo poco menos que inevitable: “No quiero que Irán tenga armas nucleares, pero pienso que si las sanciones no dan resultado, Israel y el resto del mundo, desgraciadamente, tendrán que vivir con ello”. El criterio de Grossman es especialmente respetable y respetado porque ni siquiera la muerte de su hijo en la guerra del Líbano del 2006 le ha desviado del camino que se trazó mucho antes.

¿Son voces solitarias las de los intelectuales citados hasta aquí? Desde luego que no. Salvo en las mesas camilla del Tea Party y aledaños, donde las respuestas contundentes son las únicas que se barajan, en el mundo académico y en el establishment político de Estados Unidos son muchos los que ponen en tela de juicio la conveniencia de recurrir a una operación militar. El error estratégico cometido en Irak y las consecuencias que de él se derivaron están presentes en la mayoría de análisis, estimulados incluso por el presidente Barack Obama, que ha reconocido que todas las opciones entran en sus cálculos. El punto de vista de Jonathan Granoff, presidente del Global Security Institute, resume bastante bien qué conviene hacer: “En el periodo previo a la guerra de Irak, las voces de quienes se oponían fueron ignoradas por los medios de comunicación. Ahora, con los tambores de guerra contra Irán en aumento, que defienden su eficacia para mejorar la seguridad, las opciones no militares de resolución de conflictos no deben desoírse  de manera similar. Es hora de que nuestros líderes y nuestros medios de comunicación pongan también estas opciones sobre la mesa”. No hacerlo puede ser dramáticamente imprudente.