Desplante electoral en Italia

Después de la sacudida emocional provocada por las elecciones legislativas celebradas en Italia el domingo y lunes últimos resulta tan revelador el marcador al final del partido como desentrañar contra qué y contra quién han votado los italianos, sometidos a una cura de austeridad dictada por Alemania, telegrafiada por Bruselas y ejecutada por el Gobierno de tecnócratas encabezado por Mario Monti. El desplante electoral italiano ha agudizado la crisis de “la democracia como sistema de regulación social”, algo evocado por Josep Borrell en las páginas de EL PERIÓDICO, pero es improbable que haya sorprendido a los timoneles de la nave europea, advertidos en infinidad de ocasiones por las encuestas de que la cura impuesta a la periferia ha convertido a los gobernantes en victimarios cuyo único destino verosímil es caer derrotados, mientras el populismo más descarnado e inconsistente –la palabrería de Silvio Berlusconi– y las nuevas formas de intervención social –Beppe Grillo– tienen mucho margen de maniobra y están en mejores condiciones de hacer promesas que las marcas más convencionales, el centroizquierda de Pier Luigi Bersani y el centroderecho que resguardaba la figura de Mario Monti. Como twiteó el martes el periodista Miguel Ángel Bastenier, “lo fácil sería escandalizarse, pero [los italianos] han votado con razón contra lo falsamente respetable”, este listado inmoral de medidas que adelgaza todos los días el Estado del bienestar, perdona los dislates del sector financiero, atenaza a la clase media y ha entregado la política a los tenedores de libros.

Los electores italianos no son unos incautos, entre sus más arraigadas tradiciones figura una probada capacidad para sobrevivir a toda clase experiencias inquietantes y, por esta razón, es prudente no precipitarse cuando hay que sacar conclusiones. Pero los primeros síntomas poselectorales hacen temer justo lo contrario: que la burocracia bruselense, el Banco Central Europeo y asociados se lancen rápidamente a promover una nueva cita electoral con la esperanza de que el miedo a lo desconocido lleve a los italianos a rectificar. El espectáculo ofrecido por Peer Steinbrück, candidato socialdemócrata a ocupar la cancillería de Berlín, va en esta dirección, porque al declararse “asustado por la victoria de los dos payasos”, no solo alarmó con su léxico grosero al presidente de Italia, Giorgio Napolitano, un hombre honrado que canceló la entrevista que tenían prevista, sino que se convirtió en el banderín de enganche inesperado de cuantos creen que los italianos están equivocados y deben corregirse cuanto antes. Y, ya puestos, confirmó lo que es un secreto a voces: que la campaña socialdemócrata solo introducirá matices a la dieta impuesta por Alemania al sur; la esencia, el fundamentalismo fiscal de Angela Merkel, llegará a las elecciones de otoño sin dar señales de agotamiento en combate.

Nada de lo dicho hasta aquí es ni por asomo un gesto de comprensión hacia Berlusconi y su antieuropeísmo, que no es más que oportunismo unido a la estrategia de defensa de los abogados que lo acompañan a todas partes. Pero los resultados alcanzados por el Il Cavaliere, solo medio punto por debajo de los de Bersani, son inseparables de la imposición por los tecnócratas de la Unión Europea de uno de los suyos, Monti, para llevar por el camino de la verdad la rectificación neoliberal del Estado del bienestar italiano. No es que a Berlusconi le importen demasiado los amortiguadores sociales, pero en el momento que entregó el testigo a Monti se parapetó detrás de las quejas de una clase media exhausta y, paradojas del destino, pudo montar su artificio electoral sobre la idea de que hubo de abandonar el Gobierno porque no quiso aceptar nuevas podas del Estado del bienestar y, de regresar, dice estar dispuesto a desandar el camino recorrido por Monti. Así fue como apareció por los canales de Mediaset, como el caballero San Jorge dispuesto a plantar cara a la cancillera Merkel y, de paso, a cruzarse en el camino de los herederos de la izquierda histórica de Italia, agavillados por Bersani, y de los antisistema –un término bastante inapropiado– de Grillo.

Un artículo tan corto como rotundo de Cécile Chambraud en el periódico progresista Le Monde resume las razones de lo sucedido hace unos meses en Grecia, de lo acontecido esta semana en Italia y de lo que puede estar por venir en otros lugares: “Por todas partes, en los países del sur de la Unión, el rigor corroe los sistemas políticos. Surgen listas de candidatos hostiles a la ortodoxia presupuestaria promovida como remedio a la crisis de la deuda”. Esta ortodoxia presupuestaria con acento alemán que pasa de puntillas sobre los costes sociales que entraña es la que lleva a gobernantes como Mariano Rajoy a mostrarse satisfechos por haber cumplido con su deber aun a costa de no haber cumplido su programa, que es justamente por lo que le votaron los electores. Más que nunca, cobra actualidad una frase del libro de Tony Judt ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, publicado en 1996: “El desequilibrante peso de Alemania en los asuntos europeos  no es nada nuevo, por supuesto. Pero, a diferencia de épocas anteriores, ahora esto supone tanto un problema para la propia Alemania como para sus ansiosos vecinos”.

Aquellos ansiosos vecinos de 1996 eran los países de la Europa central y oriental, recién liberados de la tutela soviética y deseosos de ingresar en la UE cuanto antes para modernizar sus economías y penetrar en nuevos mercados. Hoy los límites de la Europa ansiosa llegan hasta las playas del Mediterráneo. Y cuando se dan situaciones de intromisión directa de la UE en la soberanía política de los ciudadanos de un Estado miembro –Italia–, fundador para más señas de la organización, las consecuencias son imprevisibles, porque la sociedad percibe que la injerencia no persigue otra cosa que rectificar la orientación dada a la gestión de los asuntos públicos después de celebrarse elecciones libres y transparentes. En este caso, el primer beneficiado ha sido Berlusconi, pero en otra situación, en otro país, el beneficiado por la intromisión puede ser otro. Con lo cual, la UE no ha hecho más que debilitar a los partidos y gobernantes con los que pretendía entenderse, pero que, de acuerdo con el resultado de las elecciones, más de la mitad de la opinión pública puso bajo sospecha a pesar de que Monti obtuvo el voto de investidura del Parlamento italiano y así quedó a salvo la legitimidad de la maniobra.

¿Qué decir de Grillo? Por razones no intercambiables con las que han cimentado el éxito de Berlusconi, pero igualmente comprensibles, la austeridad a todas horas le ha procurado las adhesiones que en otras circunstancias difícilmente hubiera acumulado. Los jóvenes en paro, la clase media urbana, los pequeños empresarios, los profesionales de todas clases que otean el horizonte sin vislumbrar oportunidades se han sentido atraídos por un mensaje sin ataduras, con propuestas arriesgadísimas –salir del euro y volver a la lira– y la promesa de no dañar más el Estado del bienestar. Grillo no es un ideólogo, pero si es un político con un sentido profesional del espectáculo, de los medios a través de los cuales se establece la complicidad entre el actor y el patio de butacas, y ninguno de estos medios es más convincente hoy que prometer que no habrá un recorte más, que nadie volverá a decir que hay que podar otra rama para salvar el árbol. Grillo es un lector avezado de ¡Indignaos!, aunque carece de la fundamentación teórica y las referencias intelectuales del desaparecido Stéphane Hessel, una circunstancia que, contra lo que se pueda pensar, facilita su labor. Al mismo tiempo, la simplificación programática de Grillo autoriza a poner en duda la viabilidad de cuanto predica por más que Siena, capital del Movimiento Cinco Estrellas, sea ejemplo de buena administración.

Cuando se alude al desprestigio de la política, a la distancia cada vez mayor entre las instituciones y los ciudadanos, se está haciendo referencia a las razones que han permitido a Berlusconi levantar cabeza, emerger a Grillo, dejar a Bersani instalado en la debilidad y zarandear a Monti. Si los ejecutores de la germanización de Europa llegan a otras conclusiones, acaso logren vencer la crisis económica a costa de condenar a la pobreza más rigurosa a millones de ciudadanos y de extender las desigualdades sociales más allá de todos los límites imaginables, pero antes deberán afrontar otras muchas Italias. Volvamos a Cécile Chambraud: “Si, además, la desgracia de unos aumenta la felicidad de otros, es posible que un día la felicidad de estos otros se convierta en insoportable”. Hessel seguramente preguntaría dónde hay que firmar en apoyo de este vaticinio.

Pasaje a Tangentópolis

Tangente. Palabra italiana que se aplica a la propina o soborno percibido por un político a cambio de favores.

Tangentópolis. Nombre con el que se conoce las redes de corrupción política puestas al descubierto por los tribunales de Italia en los años 90.

 

Salvo que alguien esté en condiciones de demostrar que una mano negra ha colocado el plato de porquería delante del ventilador para que salpique a todo el mundo, la multiplicación de casos de corrupción en España nos conduce directamente a una crisis del Estado y de los valores democráticos. Es insoportable la pestilencia que emana de los basureros y no hay teoría conspirativa de la historia capaz de desviar la atención acerca del hecho cierto de que los partidos –al menos, muchos de ellos– en todos los peldaños del poder se deslizan por la pendiente de la deslegitimación. La sospecha generalizada se ha adueñado del argumento de la tragedia, y no hay forma de dejar a salvo a los inocentes si antes no se produce la condena de los culpables; no hay manera de que el deshonor quede acotado a los tramposos si los partidos no actúan con diligencia, limpian la casa de parásitos y se dejan de circunloquios para salvar los muebles.

Es profundamente reaccionario sostener que todos los políticos son iguales –como asegurar que todas las mujeres son iguales, que todos los hombres son iguales, que todos los empresarios son iguales, y así sucesivamente–, porque niega la originalidad genuinamente única de cada individuo, pero una de las consecuencias inmediatas en un ambiente dominado por la sospecha universal es que justamente los pareceres más reaccionarios son los que finalmente se adueñan de la opinión pública y la manipulan a su antojo. Desde luego, no todos los políticos son iguales, pero hace falta saber hasta el último apellido de cuantos deshonran al colectivo en el Gobierno, los partidos, los sindicatos, los ayuntamientos, las comunidades autónomas y cualquier otra instancia de poder en la que quepan el latrocinio, la comisión, el favor, el escándalo, la doble contabilidad con su correspondiente doble moral: la ejemplar, que forma parte de la propaganda y la labor de los agitprop; la de situación, que se extiende como una epidemia en los salones del poder y aledaños.

Innerarity

Daniel Innerarity vaticina que en un mundo sin política “perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer”.

Daniel Innerarity ha escrito esta semana en El País: “En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer”.  Un mundo sin política sería profundamente injusto, arbitrario y asimétrico porque, como dice el articulista, la política es el único salvoconducto del ciudadano medio hacia un orden social equitativo, garantizado por las leyes, la neutralidad del Estado y la honradez de los gobernantes. Lo que ocurre es que la misma sociedad necesitada de la política y de los políticos, reniega de estos cuando los bochornos se repiten con frecuencia diaria, cuando quienes un día prometieron dimitir si les alcanzaba algún escándalo, se niegan a hacerlo cuando les ha alcanzado, cuando no hay forma de saber dónde acaba la verdad y empiezan las maniobras de intoxicación, cuando los partidos se cierran como las valvas de un molusco para evitar el escrutinio público, cuando los tribunales son tan parsimoniosamente lentos que dejan de cumplir con uno de los requisitos básicos: que la justicia se administre de la forma más rápida posible. Y así resulta que se contabilizan en España más de 400 políticos imputados, pero muchos de ellos siguen en sus puestos, otros hibernan en una especie de limbo condescendiente con los pecadores y solo unos pocos han sido condenados, y penan por ello, o han sido exonerados de toda culpa.

En Italia saben bastante de todo esto. A principios de los años 90, la primera república reventó por las costuras y a aquel régimen construido a la medida de las miserias de la guerra fría, las exigencias de la Mafia y la necesidad de levantar la economía a toda prisa para neutralizar el ascenso de la izquierda y los sindicatos se lo llevó la riada provocada por los jueces y fiscales reunidos en lo que se denominó Mani Pulite –nada que ver con el nombre del minisindicato de extrema derecha Manos Limpias que acude con frecuencia a los juzgados de guardia–, el Estado zozobró, en plena tempestad dejaron de existir la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, un primer ministro, Bettino Craxi, se exilió en Túnez, donde murió en el 2000, y, en medio de todo aquello, un financiero bajo sospecha fijó la agenda política de los siguientes 20 años, desde el Gobierno o desde la oposición. Así empezó el reinado de Silvio Berlusconi, durante la digestión de Tangentópolis y el alumbramiento de la segunda república; así fue como un populismo zafio se impuso a las grandes corrientes ideológicas de la posguerra. Y así es como hoy el berlusconismo es capaz de meter en la campaña de unas elecciones cruciales (24 y 25 de febrero) el fichaje de Mario Balotelli por el Milan, propiedad de Il Cavaliere, como una variable que puede elevar hasta dos puntos la intención de voto del Pueblo de la Libertad.

Paolo Flores

Paolo Flores d’Arcais: “Ahora ya está claro para todo el mundo que Berlusconi y su partido (como, por lo demás, la Liga Norte, una vez más aliada suya) nada tienen que ver con la democracia”.

El comportamiento observado en Italia se asemeja mucho al que parece imponerse aquí; la lógica de Tangentópolis también era muy parecida a las tramas de corrupción, comisiones, intercambio de favores, financiación irregular de los partidos y fuentes de ingresos inconfesables. La infección en Italia dañó la espina dorsal del Estado y el relato de los acontecimientos en España va por el mismo camino. En vez de hacer limpieza, se intenta limitar los daños y, mientras tanto, la opinión pública asiste atónita a la multiplicación de explicaciones que a nadie convencen, sino que, por el contrario, abonan la desconfianza y la sospecha y, de paso, inducen a algunos a buscar soluciones milagrosas, caldo de cultivo del populismo. Por eso Berlusconi se atreve a decir que “Mussolini hizo cosas buenas”, porque no afecta a sus expectativas electorales.

“Ahora ya está claro para todo el mundo que Berlusconi y su partido (como, por lo demás, la Liga Norte, una vez más aliada suya) nada tienen que ver con la  democracia, ni tan siquiera en su acepción de derechas, sino que constituyen, por el contrario, la versión italiana del lepenismo (o del putinismo, si se prefiere): la agresión populista, alimentada incluso de racismo, y si es necesario de clericalismo, contra la constitución republicana”,  afirma el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais. Pero antes el Estado se vio sometido a la demagogia y al escándalo, al desprestigio y a la burla, sin que Italia pudiera evitar en buenas condiciones una sola de las epidemias desencadenadas por la crisis económica. Por el contrario, la política proyectó sobre la sociedad la sombra de un individualismo recalcitrante, obsceno, y el Gobierno dejó de tutelar los valores y principios de la democracia que Norberto Bobbio incluyó en su día en El futuro de la democracia.

¿Cómo es posible salir con daños asumibles de un laberinto así? María Dolores de Cospedal se queda corta cuando se remite a “que cada palo aguante su vela”. Se queda muy corta porque, en realidad, debiera haber dicho “que cada partido, institución o similar aguante su vela”. Porque no es un problema de individuos que campan por sus respetos: la corrupción se difunde a la velocidad de la luz cuando, como es el caso, dispone de redes complejas gestionadas por desaprensivos que, en los casos menos graves, buscan recursos donde sea para financiar al partido y, en los más sonrojantes, buscan la forma de llenarse los bolsillos. Cuando coinciden ambos objetivos, el índice de podredumbre crece en progresión geométrica. Si a ellos se suma la utilización oportunista de una institución a la que la Constitución confiere una naturaleza excepcional –la Corona–, se pasa en un suspiro de la sorpresa y el desagrado al vértigo.

Cacciari

Massimo Cacciari: “La discusión no ha de versar solo sobre quién va a ganar, sino sobre los peligros que amenazan al sistema”.

Del caso Palau al caso Bárcenas, del caso Pallarols al caso Mulas, del caso Gürtel a la operación Clotilde, del embargo preventivo de la sede de CDC al caso de los ERE en Andalucía, del caso Urdangarín al caso Matas, del caso… Demasiados casos para no recordar estas palabras de Massimo Cacciari, otro brillante pensador italiano, pronunciadas en 2001, durante la campaña de las legislativas de aquel año: “La discusión no ha de versar solo sobre quién va a ganar, sino sobre los peligros que amenazan al sistema”. El mayor de todos ellos es que finalmente se produzca un pacto implícito en el seno del establishment político que arrincone el imperativo categórico kantiano y ponga en su lugar un relativismo moral destinado a justificar las peores lacras del sistema. Agravado en el caso español por las debilidades estructurales puestas de manifiesto por la crisis económica y la tensión centro-periferia concretada en el soberanismo de una parte del arco parlamentario catalán.

Este agravamiento pesa tanto en la conciencia colectiva de la sociedad española, enfrentada a la peor crisis moral de los tres últimos decenios, como en la imagen exterior que proyecta, empeorada por el silencio de Mariano Rajoy. No es ni mucho menos episódico que la portada de la edición digital del Financial Times del jueves colocara en lo alto la información publicada aquel mismo día por El País. Fácil es concluir que las grandes preguntas subyacentes estaban meridianamente claras: ¿se puede confiar en un Gobierno bajo sospecha obligado a tomar cada día decisiones impopulares?, ¿cuál es la solvencia de unos gobernantes que pueden sentirse tentados a rebajar la tensión interior mediante la relajación de la austeridad?, ¿qué sorpresas nos aguardan?, ¿qué fuerzas políticas pueden sacar partido del escándalo que zarandea al PP? No hace falta decir que el altavoz de la City no es precisamente un entusiasta de la unión política de Europa y desconfía por principio del sur, pero, aun así, no le faltan razones al periódico para abrir interrogantes llenos de sentido común, compartidos por el resto de las grandes cabeceras de la aldea global. En este caso no vale decir que “el infierno son los otros” (el sufrimiento viene de fuera), como se afirma en el famoso pasaje de A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre.

Tom Wicker

Tom Wicker retrató a Richard Nixon como alguien que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública.

El periodista Tom Wicker publicó en 1991 Uno de los nuestros: Richard Nixon y el sueño americano, un libro donde, según Carlos Fuentes en su ensayo póstumo Personas, se retrata al presidente como alguien que “no era extraño al bien y al mal –la ética– de Estados Unidos, sino un hombre eternamente insatisfecho que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública”, y que “involucró a la nación entera en el caso Watergate”. Esa es quizá la peor consecuencia de la corrupción, real o presunta: que al multiplicarse y extenderse lleva a todo el mundo a compartir la sensación de que vive en un lodazal, de que forma parte de una estructura política moralmente indefendible en la que solo tiene sentido preocuparse de las necesidades e intereses de uno mismo y olvidarse de la comunidad. Ese es el riesgo que se corre aquí y ahora en esa ceremonia de la confusión y de las medias verdades donde no solo está en juego el prestigio de algunas personas, sino el del entramado institucional sobre el que descansan la democracia como sistema y la solidaridad como compromiso moral.

 

 

 

Berlusconi se somete a referendo

Vuelve Silvio Berlusconi. Vuelven la astracanada, el chiste fácil, la comicidad decadente y hortera del peor cine italiano, la cochambre de Mediaset y un mundo exento de grandeza y propósitos honrados. Pero vuelve, por encima de todo, la manipulación de los mecanismos democráticos, utilizados por un político convicto para salvar la piel, aunque para ello tenga que recurrir al catálogo de artimañas que le han hecho famoso. La decisión de Berlusconi de competir en las elecciones de febrero y la dimisión de Mario Monti, privado del apoyo de los parlamentarios del Pueblo de la Libertad (PdL, por sus siglas en italiano), abren la puerta al populismo desenfrenado y las opiniones alocadas –“la prima de riesgo es una estafa que no importa a nadie”–, el oportunismo de los mercados y la desconfianza de todo el mundo con relación al euro, aunque las encuestas pronostiquen un batacazo de Il Cavaliere.

Lo único que cuenta en Italia a partir de ahora y hasta el día de las elecciones es “de parte de quién se está, no qué se hace (…) se juega a berlusconianos contra antiberlusconianos por sexta vez consecutiva”, como ha escrito Antonio Polito en el Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán. “Berlusconi dice que ha vuelto para vencer. Que crea o no sus propias palabras es irrelevante. Lo que cuenta es que la última cruzada berlusconiana se traduce en un elemento de fuerte desestabilización del cuadro político”, añade Stefano Folli en Il Sole 24 Hore, barómetro de la economía italiana. Y en el seno de esta polarización radical, preñada de comportamientos ajenos a las muy a menudo indescifrables sutilezas de la política italiana, alienta algo aún peor: la pretensión de Berlusconi de convertir las elecciones legislativas en un referendo sobre su persona, sobre Europa, sobre el funcionamiento de las estructuras de la UE, sobre las exigencias hechas a Italia por la Eurozona; alienta la pretensión de Berlusconi de utilizar las elecciones como el instrumento de una vendetta por su salida del Gobierno en noviembre del año pasado y la llegada de Monti.

Mario Monti y Silvio Berlusconi

Mario Monti y Silvio Berlusconi, el 15 de noviembre del 2011, día del traspaso de poderes.

“La lucha nunca es entre el bien y el mal; es la de lo preferible contra lo detestable”, sentenció en su día el pensador francés Raymond Aron. En esas se encuentra Italia. Europa no es el mejor de los ejemplos posibles de cómo afrontar una crisis sin dañar irreversiblemente a los más débiles; la legitimidad del Gobierno tecnocrático de Monti, votado en su día en el Parlamento, establece un precedente inquietante porque no se puede desligar de la presión ejercida por el sistema financiero sobre la economía italiana; la germanización de la economía europea, en fin, tiene consecuencias desastrosas. Pero Berlusconi es el peor de todos los agentes políticos imaginables para abrir el debate: carece de la probidad mínima exigible a cualquier dirigente para presentarse como alternativa a los que ahora pilotan la nave.

¿Facilita eso las cosas a sus adversarios? Las encuestas dicen que sí. Según los datos que maneja Ilvo Diamanti en La Repubblica, el diario de referencia de la Italia progresista, el PdL ha perdido en dos años 12 puntos en intención de voto –del 30% al 18%–, Angelo Alfano, sucesor de Berlusconi al frente del partido, ha sido incapaz de “nadar solo” y de evitar la división y, lo que es aún peor, solo el 44% de los electores del PdL quieren ver a Berlusconi en el sillón de primer ministro. Al mismo tiempo, los sondeos concluyen que el PdL “no tiene raíces en el territorio”, sino que es el partido personal de Berlusconi, “donde las relaciones entre el líder y su pueblo son por identificación personal y a través de los medios”. “Imposible para otros interpretar el mismo papel”, sostiene Diamanti. Aun así, siempre hay un pero: no ha dado tiempo de reformar el sistema electoral pergeñado por Berlusconi y cabe la posibilidad de que una victoria del Partido Democrático (PD) –38% de intención de voto– no sea suficiente para constituir una mayoría estable en alianza con algún otro partido.

Berlusconi Merkel

Angela Merkel y Silvio Berlusconi, en el último Consejo Europeo al que este asistió, en octubre del 2011.

El horizonte de una Italia inestable, sometida a la charcutería política que tanto agrada a Berlusconi, pone los vellos como escarpias a los gestores europeos. “El mensaje es claro: a Alemania y al resto de la UE le gustaría ver a Monti continuar. Y los aterroriza que Berlusconi pueda volver a tomar las riendas del Gobierno italiano”, afirman en su blog de Der Spiegel Carsten Volkery y Philipp Wittrock, que recuerdan la animadversión de la cancillera Angela Merkel “por los machos en general” (la palabra machos figura en español en el original). Aquello que para muchos italianos durante bastantes años ha sido suficiente para llevarlo al palacio Chigi, el éxito en los negocios de Berlusconi, no lo es para el resto de gobernantes europeos, según se destaca en un perfil del exprimer ministro emitido por la BBC. El apoyo unánime dispensado el jueves a Monti en Bruselas por el Partido Popular Europeo, internacional del pensamiento conservador, no ofrece dudas en cuanto a la opinión que le merece Berlusconi, presente en la reunión: es un cuerpo extraño que induce los peores presagios.

¿Qué puede hacer Monti después de presentar la dimisión? “Se puede decir que el presidente del Gobierno técnico ha salido de escena y ha nacido el Monti hombre político. Porque el gesto, por cómo se ha formalizado y por el contexto en el que ha madurado, está sin duda lleno de significados políticos. Consolida el centroizquierda, se ha dicho, contra el peligro de que lo haga antes el berlusconismo lepenista”, afirma Stefano Folli. “Se ha convertido en el actor protagonista”, sostiene el articulista de La Repubblica. Pero –un pero más– pudiera suceder que el laberinto italiano fuese demasiado complejo incluso para un italiano –Monti– más habituado al rigor académico y a los registros contables que a la esgrima palaciega.

En el Corriere della Sera vislumbran tres alternativas posibles para Monti:

  1. Retirarse de igual modo a como lo hizo el general Charles de Gaulle, aislado de los partidos de la Cuarta República francesa, “a la espera de que una nueva emergencia lo reclame”.
  2. Convertirse en garante de un futuro Gobierno de la izquierda, que “tendrá necesidad de hacerse avalar, visto que sus credenciales en Europa y en los mercados no son suficientes”.
  3. Apostar que detrás suyo hay “una Italia que considera este año un inicio, no un paréntesis”, en cuyo caso debería participar en las elecciones por cuenta propia y no de terceros.
Bersani Monti

Pier Luigi Bersani y Mario Monti pueden ser el eje del Gobierno de centroizquierda posterior a las elecciones legislativas de febrero.

Cada una de las opciones entraña riesgos ciertos. Emular a De Gaulle podría apartar a Monti para siempre de la vanguardia política; dicho sea de paso, quizá lo desea. Ser el introductor de un Gobierno de centroizquierda inspirado en el programa del PD podría obligarle a perseverar en un funambulismo bastante alejado de la imagen que se tiene de Monti. Debutar en las urnas a pecho descubierto sería una jugada llena de riesgos. Pero Pier Luigi Bersani, líder del PD, que se forjó como ministro en gobiernos encabezados por políticos poco dados a la grandilocuencia –Masimo D’Alema, Giuliano Amato y Romano Prodi–, es seguramente el compañero de aventura más atemperado para que renuncie a la retirada, desista de la aventura en solitario y pruebe suerte, en cambio, en el reformismo contenido.

“Tendremos la mayoría, dialogaremos con el centro”, ha dicho Bersani a la CNBC, definiéndose él mismo como un dirigente de centroizquierda que comprende que debe contenerse el gasto. ¿Necesidad de tranquilizar, realismo sin más? Un poco de ambas cosas: el PD ha sido el punto de apoyo más firme de Monti para sacar adelante su programa técnico, pero Berlusconi ha desenterrado el hacha de guerra y los medios que le son afines volverán con la cantinela de que, detrás de Bersani, están los comunistas, el Estado depredador y la persecución de los jueces. Una respuesta de Bersani a una pregunta sobre el presunto germanocentrismo de Monti, invocado por Berlusconi, resume la previsible orientación de la campaña del PD y los guiños al primer ministro en funciones: “Me parece una estupidez, francamente. Pienso que la prima de riesgo es preocupante, pienso que es preciso discutir con Alemania como amigos, de igual a igual, de forma amistosa”.

Los sondeos dicen que la alianza del centroizquierda, con Monti de valedor, más el apoyo mayoritario de la comunidad católica y el debilitamiento de Italia de los Valores (IdV, por sus ligas en italiano), de Antonio Di Pietro, es el bloque con más posibilidades de neutralizar el 15% que ahora mismo le dan las encuestas a Berlusconi, pero… Un tercer pero: no hay forma de saber cuál es la dimensión real del voto berlusconiano oculto, que lo mismo se puede encontrar en la clase media deprimida de las grandes ciudades que en las filas de los decepcionados por la Liga Norte, los votantes resentidos con el posibilismo del PD y aun entre los votantes católicos que siguen viendo en Bersani y los suyos a los descendientes de Enrico Berlinguer en primer grado de consanguinidad. Es decir, hay un margen de error que puede ser favorable a Il Cavaliere.

“Si los italianos eligen otra vez a Berlusconi, entonces es que se merecían a Mussolini a pesar de que quieren hacerlo olvidar”, ha escrito en un twit Pierre Bergé, accionista del diario Le Monde y de Le Huffington Post, la versión francesa del portal fundado en Estados Unidos. La frase resulta ocurrente, pero es acaso en exceso desabrida. Hila más fino Massimo Cacciari, filósofo y exalcalde de Venecia: “Este personaje es digno de un autor de verdad. Un autor que entiende la relación íntima con los aspectos trágicos de nuestro tiempo, porque el personaje cómico debe poderlos revelar a través de su propio comportamiento. Y este es el caso, si reflexionamos seriamente, de los rasgos narcisistas, hasta cierto punto delirantes, del tipo Berlusconi. Todo parece dispuesto por él en términos de valor de uso y de cambio. Cada cosa existe para adquirirse y disfrutarse despreocupadamente, lista para pasar a otro. El ritmo de la vida es el del movimiento del dinero, de la ‘puta universal de la humanidad’, en palabras de Shakespeare”. La patria de la commedia dell’arte no merece un bufón tan zafio.