Otra conspiración vaticana

El llamado Vatileaks 2, que sacude los cimientos de la Iglesia católica y pone a prueba la resistencia del papa Francisco ante sus adversarios –¿acaso sus enemigos?–, certifica la capacidad de maniobra nada santa de los cuervos que sobrevuelan la plaza de San Pedro. Frente al argumento, quizá ingenuo, de que la publicación simultánea de Vía Crucis, de Gianluigi Nuzzi, y de Avaricia, de Emilio Fittipaldi, echa un cabo al Papa, surge el más sensato de cuantos entienden que con filtraciones escandalosas salen beneficiados en primera instancia los poderes fácticos vestidos de púrpura que pretenden transmitir la imagen de que el gobierno de la Iglesia está fuera de control. Es poco probable que en la tradición conspirativa de los pasillos vaticanos quede espacio para las ayudas desinteresadas, los favores sin contrapartidas, se trate de un cardenal muy bien relacionado, de un ecónomo con oficio (monseñor Lucio Ángel Vallejo Balda, bajo arresto) o de una profesional de las relaciones públicas (Immacolata Chaouqui).

Las filtraciones no ayudan a Francisco porque, como dice Ezio Mauro, director del diario progresista italiano La Repubblica, la pretensión de los acosadores de Jorge Bergoglio es “poner en discusión la autoridad del Papa y de su pensamiento”. Pudiera decirse que su ideología, aunque en puridad la suya y la de quienes de él disienten debiera ser la misma o solo divergente en lo secundario, en lo accesorio, en todo aquello que queda fuera del magisterio. La reproducción de frases textuales de Francisco pronunciadas en la residencia de Santa Marta –“si no podemos custodiar el dinero, que se ve, ¿cómo podemos custodiar el alma de los fieles, que no se ve”– lleva la discusión al muy prosaico terreno del IOR, conocido como banco del Papa, al de los paraísos fiscales, al de los gastos suntuarios –el cardenal Tarcisio Bertone y otros menos renombrados–, a esa muy extendida creencia hasta fecha recentísima de que la Ciudad del Vaticano es un Estado-negocio ajeno a lo que la grey espera de sus pastores. Y en esa discusión desaparecen el mensaje, la doctrina, el dogma, el compromiso con los más vulnerables y se obliga a Francisco a encararse con los rostros más torvos de los privilegios del poder y del dinero.

Si la pretensión de Francisco era actuar con discreción y determinación, las dos cosas al mismo tiempo, estos dos libros escritos a partir de filtraciones seguramente muy interesadas lo hace del todo imposible. Lo afirma L’Osservatore Romano en uno de sus comentarios de la última semana: “Hay que evitar del todo el equívoco de pensar que esto es una forma de ayudar a la misión del Papa”. Por el contrario, los acontecimientos de hoy siguen la misma línea argumental que los de un ayer muy cercano, los días de Benedicto XVI, que dejó la silla de Pedro por falta de fuerzas, pero también de apoyos suficientes para seguir en la brega. Basta repasar la rumorología circulante de los últimos meses –una supuesta enfermedad del Papa–, el escándalo de la homosexualidad y la resistencia del último sínodo a dar su beneplácito a un documento sobre la familia menos contenido que el finalmente aprobado para concluir que este Vatileaks 2 no es más que la necesaria continuación del primero para forzar una reforma meramente lampedusiana del gobierno de la Iglesia católica.

La tentación de decir que Francisco ha topado con la Iglesia es muy grande, pero es más exacto afirmar que el Papa se debate entre dos mandatos concretos, aunque de naturaleza diferente: el salido del cónclave que le eligió –una reforma ma non troppo– y el que se ha fraguado como resultado de la popularidad del cura Bergoglio y de su disposición a escuchar. El profesor Massimo Faggioli, de la Universidad de St. Thomas en Minesota (Estados Unidos), lo explica en un artículo recogido por la versión italiana de The Huffington Post, donde empieza por reconocer que no hay nada nuevo en los escándalos de la Curia, a la que otorga la categoría de género literario: “Lo nuevo es –escribe Faggioli– la relación entre el Papa y la Curia romana, algo que no depende de los detalles relativos a esta o aquella revelación contenida en los documentos filtrados. Se trata de cuestiones sobre las que Bergoglio actúa por mandato casi explícito del cónclave que lo eligió: la reforma de la Curia, la transformación del IOR, la depuración de cuantos en la Iglesia a todos los niveles manejan grandes cantidades de dinero”. Lo que realmente perturba la relación es cuanto hace Bergoglio fruto de la popularidad acumulada durante los dos primeros años de pontificado, “asuntos sobre los que el papa Francisco actúa más allá o sin un mandato explícito procedente del cónclave”.

“El Papa empieza a dar miedo”, se dice que reconoció en petit comité un integrante de la Curia. El cardenal Francesco Coccopalmeiro, presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos (ministro de Justicia), ha sido más explícito: las reformas que promueve Francisco afectan a las relaciones del Vaticano con otros poderes terrenales. Dicho por el profesor Faggioli: para el primer Papa “plenamente posconciliar”, la separación entre teología e institución es muy claro, y “una reforma de la Iglesia en sentido conciliar, del concilio Vaticano II, significa también cosas muy concretas y tangibles, como por ejemplo la gestión del dinero y la relación entre Iglesia y política”.

Al final, lo que ha hecho del suelo vaticano un campo de minas es la decisión de reducir la distancia entre la prédica en el púlpito y la vida principesca de algunos monseñores, entre los desposeídos que nada tienen y las finanzas globales. Algo que, con frecuencia, suena mejor en los oídos de muchos no creyentes –así José Mujica, expresidente de Uruguay y ateo– que en los de los instalados en una institución resplandeciente, con un patrimonio universal de valor incalculable, pero con dudas cada vez mayores sobre el comportamiento cotidiano de jerarcas opulentos, ellos sí, fuera de control. Al final, como tantas veces desde tiempo inmemorial, los pasillos vaticanos cobijan una lucha por el poder, una guerra de trincheras desencadenada por quienes se afanan todos los días para preservar sus privilegios en nombre de una mezcla heteróclita de tradición, digresiones teológicas y citas evangélicas.

Mientras el Papa deplora el “apego al dinero” de parte de la jerarquía, en los despachos se desarrolla un combate sin tregua entre la reforma necesaria y los partidarios de no ir más allá de un tratamiento cosmético, de un lifting encaminado a rejuvenecer el rostro y poco más. El vaticanista Giancarlo Zizola, ya fallecido, publicó en el 2009 Santidad y poder, dedicado al pulso milenario entre la Curia y el Papa, siempre con la potestas en primer plano. “Ratzinger transforma la teología en poder”, escribió Zizola, pero ni siquiera este don para la alquimia bajo el baldaquino de la basílica de San Pedro fue suficiente para neutralizar la fronda desencadenada por los documentos filtrados. Y si fue así entonces, tampoco ahora es suficiente la aceptación popular de Francisco para domeñar los poderes fácticos, porque a diferencia del Papa alemán, producto clásico de la máquina administrativa e intelectual del vaticano, el Papa argentino no cuenta con más recursos que su disposición a pilotar la nave y llevarla al puerto por él elegido con la ayuda, seguramente determinante, de la Compañía de Jesús, a la que pertenece, punto de encuentro de algunas de las cabezas más brillantes del orbe católico.

Se subraya con alguna frecuencia que el Papa es el último monarca absoluto, máxima expresión del poder entendido como un atributo personal e intransferible hasta el día de su muerte o de su renuncia. Siendo esto cierto, no lo es menos que dispone de tal poder como resultado del pacto que se fragua en la elección del cónclave, del reparto de fuerzas entre las diferentes visiones (bien pudiera utilizarse el término facciones). Y en las alianzas que llevan a un cardenal a convertirse en Papa hay mucho de transacción política, de arreglo entre tendencias, muchas veces enfrentadas o enemistadas. Bajo los frescos de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina se tejen complicidades cuya vigencia decae en cuanto el elegido se sale del guion acordado, va más allá de él. Quizá Francisco ya haya cruzado el Rubicón.

Vatileaks o la soledad del Papa

Un clima de sospecha y desconfianza se ha adueñado de la Curia vaticana para desgracia del Papa y desconcierto de los creyentes. La Iglesia católica viaja en un convoy que circula marcha atrás, hasta los ominosos días de la logia P2, los manejos del obispo Paul Marcinkus al frente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), apodado banco del Papa, y la mezcla de intereses financieros, tráfico de influencias, opacidad y muerte de aquel entonces. Benedicto XVI, un anciano de 85 con las fuerzas propias de su edad, aparece en el centro de una trama urdida, se dice, para rescatarle de la red de intereses que maneja el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, pero que debilita la figura del pontífice frente a una estructura de poder temporal y espiritual adaptada desde hace siglos a las artes conspirativas y los complots de palacio. El Vatileaks o Vatigate, como se prefiera, no es un acontecimiento sustancialmente nuevo en la historia vitacana; al contrario, forma parte de alguna de las más añejas tradiciones del papado.

Este gen constitutivo de la historia de la Iglesia ha sido identificado por analistas creyentes y no creyentes con rara unanimidad. Las últimas semanas se han podido leer y oír varios comentarios en este sentido, entre ellos el de Philippe Levillain, director del Diccionaire historique de la papauté, publicado por el diario católico francés La Croix: “Se han conocido otras veces enfrentamientos en la cima del Vaticano, a veces muy violentos. Así fue cuando la mayor parte de la Curia, después de la guerra, era atlantista, favorable a Estados Unidos, y estimaba que monseñor Montini (el futuro Pablo VI) estaba demasiado abierto a los países comunistas”. A decir verdad, el ejemplo al que recurre Levillain es de los menos dramáticos, pero es ilustrativo de la pugna cotidiana por orientar el gobierno de la Iglesia, como contó en su día el teólogo católico italiano y respetado vaticanólogo Giancarlo Zizola, fallecido en el 2011, en el libro Santidad y poder, dedicado a la lucha permanente entre la Curia y los papas.

La realidad práctica del poder del Papa es del todo singular porque él es, a la vez y de forma indivisible, la cabeza de un pequeño Estado, la referencia espiritual y dogmática de una comunidad que supera los mil millones de personas, el gestor de un patrimonio inmenso repartido por todo el planeta y el administrador último de una red asistencial y prestadora de servicios, imprescindible e insustituible en muchos países y segmentos sociales. Este poder procede de la decisión que toma un colegio electoral que se reúne a puerta cerrada a la muerte de cada Papa –la asamblea de cardenales menores de 80 años, el cónclave–, que elige a uno de entre ellos para gobernar la institución con atribuciones omnímodas, propias de un régimen absolutista y que solo decaen con la muerte de quien las encarna. La frase de Zizola “Ratzinger transforma la teología en poder” se ajusta por completo a los hechos y al legado de la tradición porque es perfectamente aplicable a la inmensa mayoría de papas desde el edicto de Milán (año 313).

La concordancia con la tradición no hace el momento menos grave. Está muy extendida la opinión de Andrea Tornielli, expresada en la web Vatican Insider, de que estamos ante un caso peor que el de los curas pederastas. La razón salta a la vista: aunque los implicados en las filtraciones de documentos dirigidos al Papa aseguran que actúan para defenderlo de sus adversarios en los salones del Vaticano, “son pocos los que creen que sea verdad, porque si durante estos meses de Vatileaks se ha obtenido un resultado, este es la pérdida de prestigio generalizada de la Santa Sede, cuya imagen sale devastada”. Ciertamente, transmiten una imagen de descontrol, improvisación y deslealtad a todas horas el libro Su Santidad. Los papeles secretos de Benedicto XVI, del periodista Gianluigi Nuzzi; la destitución fulminante de Ettore Gotti Tedeschi, presidente del IOR especialmente apreciado por el Papa; el nombramiento de Carlo Maria Viganò para ocupar la nunciatura de Washington y alejarlo así de Roma –era el responsable del gobernatorato del Vaticano– y del Papa, a quien el año pasado envió dos cartas en las que denunciaba situaciones de corrupción en el gobierno de la Iglesia, y, por último, la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del pontífice que aparece como el correo que filtró a la prensa los documentos procedentes de los aposentos papales.

Ettore Gotti Tedeschi

El Instituto para las Obras de Religión (IOR) fue fundado por el papa Pío XII el 27 de junio de 1942. Su patrimonio se cifra en 5.000 millones de euros, registrado casi todo él a nombre de monasterios, congregaciones y conferencias episcopales radicados en Europa. Solo el Papa, el consejo de vigilancia, los cuatro administradores y los comisarios de cuentas tienen acceso a la totalidad de los balances. El consejo de vigilancia está formado por los cardenales Attilio Nicora, Jean-Louis Tauran, Télesphore Zoppo y Odilo Scherer. En la foto, Ettore Gotti Tedeschi, expresidente del IOR.

Cada uno de estos capítulos no hace más que revelar la debilidad extrema del Papa como cabeza visible de la Iglesia, según la definición de la figura forjada por la cultura eclesial. El libro de Nuzzi es posible porque alguien –puede que sea más exacto decir algunos– están interesados en que se conozcan determinados hechos, el apartamiento de Gotti Tedeschi del IOR es posible porque hay sectores de la Curia capaces de imponerse al Papa, la suerte de Viganò pone al descubierto una estructura de poder paralelo que hace y deshace, y el papel de Gabriele certifica de forma alarmante que el camino hasta la mesa de trabajo de Benedicto XVI está al alcance de demasiados. Lo que se antoja menos creíble es que sea el mayordomo Gabriele el gran motor de la conspiración. “Resulta bastante difícil pensar que lo sucedido haya surgido de un acuerdo de cuatro amigos en un bar”, escribe Tornielli. “El mayordomo no sería más que un lampista más o menos manipulado”, sostiene Dominique Greiner en La Croix.

La pregunta es, entonces, ¿quiénes mueven los hilos y por qué? Ambas incógnitas solo admiten respuestas conceptuales. Solo integrantes de la Curia y aledaños a ella tienen la posibilidad teórica de interferir en el laberinto por el que circula la documentación destinada al Papa; solo aquellos que piensan que ha llegado la hora de preparar la sucesión de Benedicto XVI en un cónclave corto y controlado tienen verdadero interés en neutralizar al cardenal Bertone, que aspira a lo mismo que sus adversarios. “La idea del papado de transición flotaba en el ambiente desde el inicio porque se pensaba que iba a ser un papado breve. Una parte del Vaticano veía este hecho con buenos ojos porque significaba un respiro para las fuerzas más conservadoras”, explicó en marzo el prestigioso vaticanólogo Marco Politi a la revista mexicana Proceso. Pero luego, cabe añadir, quedó patente la posibilidad de que el pontificado de Benedicto XVI se prolongara y empezaron los cabildeos; ahora el temor de muchos es que con el Papa alemán se repita la situación de incertidumbre causada por la longevidad de León XIII, que cumplió los 93 años en la silla de Pedro.

La paradoja mayor es que el escándalo ha reforzado la posición de los colaboradores del Papa, a quienes reiteró el miércoles la confianza depositada en ellos, incluido Bertone, supuesto objetivo de los cuervos que revolotean sobre las nobles piedras de la plaza de San Pedro y del topo que dio curso a información reservada dirigida al Papa. Así lo entiende Marco Tosatti, del periódico moderado turinés La Stampa, que no hace más que invocar el principio común a todas las estructuras de poder: en cuanto se produce una injerencia externa, desaparecen las divisiones y se protegen de la intromisión mediante una reafirmación de su unidad.

Al fondo de este escenario se recorta la silueta del IOR, urgido por el Consejo de Europa a aclarar sus cuentas, a desvanecer la sospecha de que es un instrumento para blanquear dinero con conexiones inconfesables en paraísos fiscales. Cuando el Papa puso a Gotti Tedeschi al frente de la institución le dijo: “Debemos ser irreprochables”. Fue tanto como decir que el banco debía someterse a una gestión más transparente y rigurosa que durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, marcados por la confusión. “En la gestión cotidiana de la Iglesia universal, esto –la confusión– se traduce en cierta inconcreción en las decisiones, una impresión de improvisación y de inacabado, pero también un recurso a los pequeños arreglos ‘a la italiana’ para sortear los requisitos burocráticos, es decir, métodos poco ortodoxos para hacer que las cosas avancen a pesar de todo”, indica Dominique Greiner.

La tendencia a lo borroso, a lo inconcreto, se repite en el Vatileaks porque se trata de un partido que se disputa no solo en el campo de las finanzas, sino que lo que hay en juego es “la imagen misma de Ratzinger y el poder de los purpurados que ambicionan su solio”, han afirmado Tommaso Cerno y Marco Damilano en el semanario progresista italiano L’Espresso. Es, pues, un partido que se juega en el campo de los bienes tangibles, el IOR y el mundo de las finanzas, pero también de los intangibles, el de la Iglesia como referencia moral e instrumento de poder. De ahí que algunas de las sombras que se mueven entre cajas estén interesadas en subrayar que actúan con espíritu evangélico, sin más concreciones, aunque lo cierto es que el Papa “se encuentra solo ante la opinión pública” (Levillain) y resulta poco menos que grotesca la apelación hecha desde L’Osservatore Romano por Giovanni Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado: “Un poco de honestidad intelectual y de respeto de las más elemental ética profesional no le vendría mal al mundo de la información”.

El planteamiento de Becciu es preocupante para el orbe católico porque no se lamenta de la lucha por el poder, sino de que se haya sabido que tal lucha existe y el entorno del Papa no se comporta siempre con la limpieza y lealtad debidas. Esta propensión al secretismo más acérrimo, incluso en aquellas situaciones en las que es imposible mantenerlo o, más aún, en las que la prudencia aconsejaría olvidarse de él para rehabilitar a la institución, hipoteca el futuro y el papel de la Iglesia en la economía y la sociedad globales. Como destacan diferentes autores, la Iglesia acepta así formar parte inseparable del statu quo internacional y olvida lo que la tradición define como misión profética, una renuncia esta que distancia cada vez más a la jerarquía de los creyentes, cuando no alimenta el escepticismo.