Una crisis de identidad

La crisis que despedaza al PSOE y pone al más veterano partido español en la senda del caos obedece a muy variados factores, entre ellos la crisis de identidad de la socialdemocracia europea, que se remonta a los albores de la globalización como santo y seña de la economía occidental. Desde aquel entonces, comienzos de los 80, todos los cambios ocurridos –creación del Sistema Monetario Europeo, desaparición de la Unión Soviética, unificación de Alemania, ampliación de la UE y respuesta a la crisis de 2008, entre otros– han empequeñecido la alternativa socialdemócrata, sometida a un posibilismo de bajos vuelos y resignada a aceptar las reglas impuestas por la charcutería política y el reparto del poder más allá de las urnas. Si alguna vez la hegemonía cultural tuvo perfil socialdemócrata, y esto es mucho suponer, hace tiempo que pasó a manos del pensamiento conservador más retardatario y menos comprometido en el combate contra la desigualdad social, y la pelea en curso en las filas del PSOE no es ajena a esa desfiguración socialdemócrata, aunque los personalismos pesen lo suyo y hayan marginado la discusión ideológica.

François Mitterrand declaró en febrero de 1983: “Estoy dividido entre dos ambiciones: la de la construcción europea y la de la justicia social. El Sistema Monetario Europeo es necesario para lograr la primera y limita mi libertad para la segunda”. En la práctica, la construcción europea, tal como se enfocó en los años siguientes, hizo poco menos que inviable todo reformismo que obligara a replantearla. Decir “no, por ahí no” en nombre de los equilibrios sociales se hizo cada vez más difícil, y la socialdemocracia se alejó sin pausa de su legado histórico, aquel que después de la segunda guerra mundial le otorgó el papel de contrapeso del pensamiento conservador y le permitió ser un factor determinante en la reconstrucción de Europa junto con la democracia cristiana. Así mutó el ADN de los partidos socialdemócratas hasta aparecer como partidos social-liberales, cada vez más liberales y menos sociales, cada vez más sorprendentemente transmutados en parte inseparable y muy poco distinguible del resto del establishment europeo.

Es una ingenuidad suponer que el PSOE vivió al margen de esta lógica. La hegemonía cultural del pensamiento conservador también afectó a su deriva ideológica, en 34 años pasó de 202 diputados (octubre de 1982) a 85 (junio de 2016) y careció de capacidad de respuesta frente a la aparición de movimientos políticos nuevos, surgidos en medio de la crisis social, el empobrecimiento de las clases medias y las exigencias abusivas de Bruselas para corregir desequilibrios económicos estructurales casi endémicos. Mientras el sistema financiero jaleó la cirugía de hierro practicada por el PP, la contención socialista produjo una legión de defraudados, así se pasó del equilibrio social como objetivo a los desequilibrios sociales como sistema –leer a Thomas Piketty es poco menos que imprescindible–, y de ahí a la aparición de Podemos, mezcla heteróclita de corrientes políticas de izquierda –no todas radicales, por mucho que se diga– en situación de resucitar la vieja teoría de las dos orillas (de la izquierda, claro).

Quienes gasten buena memoria recordarán que este de las dos orillas fue el gran invento o juego de manos de Julio Anguita, que resultó del todo beneficioso para los gobiernos de José María Aznar y desorientó a una parte de los votantes tributarios de la cultura política comunista en sus muchas y muy variadas acepciones. Porque aquella teoría de las dos orillas llevaba implícita al erosión del PSOE a cambio de un crecimiento siempre modesto de la izquierda de la socialdemocracia, insuficiente en todo caso para alarmar a los conservadores. Puede que en el fondo de la teoría de las dos orillas alentara el recuerdo de aquel crucigrama francés llamado Programa Común, pilotado por Mitterrand, que le permitió llegar a la presidencia y devastó al Partido Comunista; quizá la teoría de las dos orillas fuera un apósito, un parche para contener una hemorragia: el lento proceso de jibarización del poscomunismo.

Pablo Iglesias ha vuelto a las dos orillas o algo parecido, aunque sin mencionarlo o darle nombre. Su abrazo emocionado a Anguita (13 de mayo) pareció confirmarlo después de que el exlíder de Izquierda Unida declarara que Podemos había logrado lo que él siempre persiguió. Hay en todo ello riesgo de absorción, de debilitamiento del PSOE al pasar los votantes de una orilla a otra, decepcionados con la respuesta socialdemócrata a la crisis, descontentos con esa adecuación a los aspectos más lacerantes de la resolución o salida de la crisis. Y en este punto se entienden los recelos de los barones y aún su oposición a pergeñar un pacto con Podemos de estabilidad más que dudosa y rentabilidad política desconocida.

Lo que resulta por lo menos discutible, y lleva directamente a buscar explicaciones en el desfallecimiento de la socialdemocracia europea, de su identidad política, es la insistencia de las baronías en facilitar la investidura de Mariano Rajoy en nombre de una difusa, profusa y confusa responsabilidad política o razón de Estado, un pretexto tan socorrido que merece aplicársele la irónica sentencia surgida de la pluma de Miguel de Cervantes: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura” (la del Estado). Como si fuese más responsable y razonable dar facilidades al PP mediante la abstención para que pueda formar Gobierno que atender a los argumentos de Pedro Sánchez hasta llegar a la situación presente, con el secretario general atrincherado en su despacho, la vieja guardia en un grito y la militancia y los votantes –siempre menguantes– preguntándose qué está sucediendo, cómo es posible que se haya impuesto la táctica de la derecha –esperar a que el tiempo pudra la situación– hasta dejar al partido exhausto.

No hay peor ni más dañino fuego que el fuego amigo, y este se dispara a discreción o mediante ocultamiento en la sede socialista desde bastante antes de que Sánchez encadenara errores hasta aparecer como un líder obstinado y parapetado en el puente de mando. Hay tanto ruido en esta insólita crisis, tantos personalismos envueltos en la bandera –debiera decirse acaso las banderas, sumadas al suceso las de varias autonomías–, que no hay forma de deslindar las preocupaciones legítimas por la gobernabilidad de la reyerta interna por el poder, reducido a su mínima expresión el debate de las ideas. Pero esta historia de despropósitos no debiera extrañar a nadie porque, como ha quedado dicho, la hegemonía cultural –de cultura política– la ostenta la derecha y la socialdemocracia busca sin encontrar. Véase la desnaturalización del Partido Socialista en Francia, sometido a la ducha escocesa de Manuel Valls –un día el Estado lo es todo y al día siguiente lo es el mercado– y a las divagaciones de François Hollande, véase la sujeción de la socialdemocracia alemana a la receta de Angela Merkel o esa enigmática apuesta del laborismo británico por Jeremy Corbyn, tan propia del comportamiento errático del partido; véase todo, quizá, bajo la luz de una identidad desdibujada por la Realpolitik en su significado menos tolerable.

“Esta extraña época no solo ha conformado a las élites y a los hombres de Estado, sino que, además, se dotó de un cuerpo doctrinal que postulaba el inmovilismo”, escribió Alain Minc en La nueva Edad Media. El libro fue publicado en Francia en 1993, y la frase remite a las reglas de la guerra fría y del equilibrio nuclear, pero puede aplicarse al presente, al inmovilismo que atenaza a la izquierda clásica, la socialdemocracia forma parte de ella, frente a la lógica innegociable de la globalización, de la salida de la crisis mediante la austeridad como receta única y asimismo innegociable. Muchas de las debilidades del PSOE que han aflorado en ese terremoto por el poder que zarandea al partido son de estricta obediencia española, pero otras, bastantes, proceden de una pregunta sin respuesta en el espacio socialdemócrata europeo: ¿adónde vamos? No sería mal comienzo que los nietos de Willy Brandt sometieran a reflexión esta frase suya: “Estamos contra los cínicos que oprimen a sociedades enteras”.

El espectro de la recesión asusta a Europa

“Hoy no hay un partido único, sino un pensamiento mediante el cual los depositarios de este pensamiento estiman que hay una única solución, la que aporta el mercado para la totalidad de actividades de nuestra sociedad”.

Ignacio Ramonet, en el documental ‘L’encerclement’

Vuelven las dudas existenciales a Europa después de una semana de incertidumbres, con las bolsas aquejadas de una epidemia de números rojos y el mercado de la deuda sometido a vaivenes especulativos que han hecho repuntar la prima de riesgo de las economías periféricas. Nadie puede llamarse a engaño: todos los datos estadísticos referidos al 2014 incluían las palabras recesión y deflación, a las que se ha unido durante los últimos días el nombre de Grecia, uno de los enfermos más graves en el seno de una Europa asimismo enferma. No fueron alarmismo las advertencias difundidas desde diferentes instancias políticas y económicas a la vista del estancamiento de las grandes economías de la eurozona –Alemania y Francia–, del desacuerdo manifiesto entre los gobiernos de Berlín y París acerca de cómo salir del laberinto, de la indeterminación de Matteo Renzi en Italia y de la dependencia de España del clima circundante para asentar el modesto crecimiento de su economía herida. Pero hasta el desconcierto de estos días fueron demasiados los que pensaron que temer una tercera recesión a la europea era propio de agoreros.

Cuando el vicecanciller de Alemania, Sigmar Gabriel, comunicó el último miércoles que la tasa de crecimiento de la primera economía de Europa iba a quedarse en el 1,2% en lugar del 1,8% al cerrar las cuentas del 2014 y que para el 2015 la previsión es que crezca el 1,3% y no el 2%, como se dijo a principios de año, se adueñó del ambiente la sensación de que los riesgos han dejado de ser una hipótesis académica para convertirse en una realidad palpable. No obstante, el titular de la cartera de Economía se cuidó muy mucho de matizar la apuesta por la austeridad de la cancillera Angela Merkel, un camino que puede haber sido fructífero para Alemania, pero ha resultado desastroso para la periferia de la UE. Gabriel se mantuvo en la idea de que solo hay una salida, seguir por la senda neoliberal de la contención del gasto a toda costa, a lo que hay sumar temores atávicos alemanes –la inflación, el crecimiento de la deuda– y la tradición de los economistas del Bundesbank, un apego a la ortodoxia que disgustó a los operadores financieros y a los grandes inversores.

Pudiera aplicarse a Gabriel la dualidad de pensamiento resumida por Arthur Brooks, presidente del American Enterprise Institute, en la fórmula perfume liberal –para el caso el término adecuado es socialdemócrata–, pensamiento conservador. Algo que no es privativo del político alemán, sino que alcanza a la mayoría de gestores de las finanzas públicas de Europa, plegados a la germanización de la Eurozona sin que, por lo demás, se atisbe la resolución de la crisis siquiera sea a largo plazo. Ni Francia, con una previsión de recorte del gasto público de 50.000 millones de euros hasta el 2017, ni Italia, acostumbrada al regate en corto y los juegos de manos, pueden tenerse por excepciones a esa norma de conducta paneuropea. ¿O puede que sí?

La respuesta quizá se encuentra en la profusión de opiniones críticas recogidas por la prensa alemana y en la impresión de que el país se aísla al obstinarse con la austeridad y desoír las voces que reclaman programas de crecimiento, inversión pública y mecanismos de reducción acelerada del paro diferentes a la economía de supervivencia encarnada por los minijobs y otras fórmulas parecidas. La respuesta también se halla en la posición de Francia, en ese disenso conceptual entre Manuel Valls y la cancillera que recuerda añejas disputas franco-alemanas. Puede incluso darse con la respuesta en los difusos compromisos de Matteo Renzi, que aplica a pies juntillas el viejo principio de que la mano derecha no tiene por qué saber lo que hace la izquierda.

Algo de todo ello está suspendido en el aire, aunque prevalecen el desasosiego y el miedo al espectro de una recesión que inutilizaría los sacrificios hechos por la periferia europea y acaso descoyuntaría a Francia e Italia, sin que sea posible determinar qué consecuencias tendría tal situación. Y en esa atmósfera contaminada por la crisis reaparece la discusión sobre el papel reservado al Estado para ordenar el mercado y no dejarlo todo a la lógica de su funcionamiento sin interferencias. Frente a quienes militan en la creencia de que el Estado es esencialmente ineficaz, de acuerdo con teóricos como James M. Buchanan, el nobel de Economía de 1986, se alzan las voces de analistas como el sociólogo francés François Denord, que no dudan en presentar la propuesta neoliberal y el Estado mínimo como “la utopía de los más fuertes”, o el punto de partida de una distopía si las conclusiones derivadas del escrutinio del presente desembocan en los trabajos de otro francés, el economista Thomas Piketty, que subrayan el aumento de las desigualdades a lomos de la desregulación de los mercados.

Hay demasiados indicios de que el momento se asemeja mucho al del verano de hace dos años, cuando solo el compromiso de Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, de garantizar la supervivencia del euro salvó a Europa de un descalabro sin precedentes. Pero, como dice Gemma Hurtado en el diario Cinco Días, nadie hoy hace caso a Draghi, sino que más bien se da por descontado que, de saltar las alarmas, obtendrá el permiso de Alemania para, en una situación límite, evitar el incendio. Pero esta es una suposición sin fundamento habida cuenta del empecinamiento de Merkel, que ha repetido ante el Bundestag que “todos los países deben cumplir las reglas fiscales”. Es decir, frente a la exhortación de Draghi a abrir la mano para dinamizar la economía se eleva la pretensión alemana de que nadie se salga de la senda marcada, aunque tal planteamiento alarme por igual al Fondo Monetario Internacional, al G-20 y a la Reserva Federal de Estados Unidos, que temen los efectos de una borrasca europea cada vez más profunda.

Si el simple anuncio del propósito del Gobierno griego de salir del programa de rescate antes de los previsto y la posibilidad de una victoria electoral de Syriza, el movimiento de izquierdas que lleva en su programa renegociar los plazos de devolución de la deuda, han contaminado durante un par de días las primas de riesgo meridionales ¿qué podría suceder si Francia e Italia, concertadas o sin estarlo, dijeran basta a Alemania? Si una simple encuesta con datos favorables para Syriza tiene esa capacidad desestabilizadora, ¿qué pasaría –cabe preguntarse– si se ahondan las divergencias entre Merkel, Valls y Renzi, que representan las tres primeras economías de la eurozona?

“A los griegos hay que explicarles que fuera del euro no hay salida y que el euro no es el culpable de sus males, más bien al revés. Hay que pedirles que comparen los sacrificios actuales con los que arrostrarían si terminan saliendo de la moneda única. Y, ante todo, hay que pedir a Bruselas que les convenza poniendo fin de una vez a la política de austeridad por la austeridad con una política que combine crecimiento y austeridad, como Francia o Italia reclaman”, ha escrito Carlos Carnero, director de la Fundación Alternativas. El análisis resulta tan sensato que realza aún más el disparate de seguir sin cambiar nada y no salvar la situación de forma decorosa.

“Que nadie dude de que Europa continuará apoyando a Grecia en todo lo que sea necesario para garantizar que se puede financiar en condiciones razonables”, asegura el comisario de Asuntos Económicos, Jyrki Katainen. Pero en una Europa poseída por las dudas, habituada a la desconfianza entre socios y al diktat de Berlín, incluso ese compromiso de solvencia poco discutible resulta insuficiente para serenar los ánimos. Se dan, en cambio, todos los ingredientes para sostener que la crisis tiende a convertirse en una enfermedad crónica, con recaídas periódicas, tratada por médicos apegados a un fundamentalismo clínico que hasta la fecha ha puesta varias veces al sur de Europa a los de los caballos. Ni siquiera queda la esperanza de que el impacto de la crisis en la economía alemana lleve a corregir las medidas más claramente mejorables. Entonces, ¿a quién puede extrañar que cada día sean más los euroescépticos que seducen al electorado y los europeos que ven a la UE como un escenario de pesadilla? ¿A quién puede sorprender el desprestigio del proyecto europeo en segmentos de población cada vez más numerosos, castigados por el rigor de una austeridad asfixiante, cuando finalmente otra recesión, la tercera, está más cerca que nunca?

Europa precisa un rostro humano

El anodino debate del jueves por la noche entre Miguel Arias Cañete (PP) y Elena Valenciano (PSOE) no hubiese pasado de ser una incursión superficial por el laberinto de la política española, con la variedad del debatiente-lector de apuntes, si no hubiese sido por “el error no forzado” –Montserrat Domínguez en El Huffington Post– del susodicho al soltar al día siguiente en Antena 3 una perla para la historia de las perlas: “Si haces abuso de superioridad intelectual, parece que eres un machista que está acorralando a una mujer indefensa”. Este disparate cósmico ha salvado el debate del olvido, aunque no ha remediado la ausencia de Europa del sumario intercambio de pareceres, como si la posibilidad de recurrir a Europa como excitativo de entusiasmos políticos fuese una batalla perdida y solo los asuntos de casa fuesen un caladero seguro para cobrar algunos votos el día 25.

Pero hubo algún momento en que los adversarios se salieran del guion nacional, en especial cuando la candidata socialista se refirió a la necesidad de dar a Europa un rostro humano. Los espectadores más veteranos y soñadores debieron dejar que la imaginación volara hasta el socialismo con rostro humano al que aspiró Alexander Dubcek en la Checoslovaquia de 1968; los más pesimistas debieron dejarse llevar por los recuerdos del desastre final, con los tanques del Pacto de Varsovia en las calles de Praga. Los más jóvenes quizá se acordaron de las primaveras más recientes, de desenlace desigual, especialmente de las árabes, de futuro muy incierto. Todos, en cualquier caso, tuvieron ocasión de sopesar, aunque solo fuera por un instante, la necesidad y la conveniencia de una primavera europea que acabe con la sensación cada vez mayor de que la institucionalización de Europa es un proceso hecho a espaldas de los ciudadanos, al servicio de la economía global y destinado a descoyuntar el Estado del bienestar.

En esa hipotética primavera, los gestores europeos estarían obligados a reconocer los errores cometidos, la angustia provocada por una austeridad asfixiante y la desafección estimulada por la imposición de programas de efectos insoportables. Humanizar Europa debería ser una forma de acabar con la coartada de los recortes o la ruina, utilizada por el establishment conservador para imponer un modelo que liquida el pacto social con las clases medias y deja a los ciudadanos más vulnerables frente a las patas de los caballos. Si, como ha dicho el profesor Henry Kissinger, “la demonización de Vladimir Putin no es una política, es una coartada a falta de una política”, la austeridad sin contrapartidas oxigenantes es también una coartada a falta de una política capaz de diseñar un futuro creíble y capaz de generar complicidades.

Hay, en cambio, una obcecación destemplada en la derecha europea cuando, por boca del candidato del PPE a presidir la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, insiste en la necesidad de dar continuidad a las políticas que devastan la Europa social y en la conveniencia aún mayor de perseverar en la austeridad. Como si no existiera otra forma de desenredar la madeja; como si las advertencias y los análisis con otra orientación no fueran más que digresiones académicas para discutir en un seminario de verano. “El éxito económico no asegura la paz, pero el fracaso económico y la desintegración casi garantizan el conflicto. Les corresponde a los líderes de las principales naciones resolver cómo lograr un crecimiento económico más rápido y sostenido”, afirma Lawrence Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos, en un artículo publicado en El País. No parece que sus opiniones tengan muchos adeptos en Europa a juzgar por la contumacia en aceptar un crecimiento raquítico y un paro catastrófico.

Lo peor del caso es que los socialdemócratas, principales adversarios del PPE, parecen fundamentalmente resignados a pasar por las horcas caudinas a pesar de contar con un candidato a presidir la Comisión, Martin Shulz, casi siempre brillante y con un acendrado espíritu crítico. Esa es al menos la sensación que transmiten a un electorado cansado de generalizaciones y que no encuentra en ellos el impulso renovador, de humanización de Europa, invocado por Valenciano. Se trata de un estado de ánimo de alcance europeo, no solo español, que parte de una convicción que nadie ha sido capaz de demostrar que no se ajusta a la realidad: existen unas reglas del juego económico, unos apriorismos financieros, que nadie modificará sea cual sea la futura mayoría parlamentaria.

Se da así un problema de credibilidad en el conjunto de la UE, que estos días es especialmente visible en Francia. “Austerófilos en Francia (pero chitón, no es preciso pronunciar la palabra, es tabú), austerófobos en Europa, he aquí la gran diferencia a la que deben entregarse los socialistas”, escribe Roland Greuzat en Le Nouvel Observateur, el gran semanario de la izquierda europea, muy crítico con el programa puesto en marcha por el socialista Manuel Valls. ¿Quién puede imaginar que el mismo partido que se ha entregado a la poda presupuestaria en París, urgido por Alemania y allegados, exigirá programas expansivos en Bruselas junto con los otros partidos socialdemócratas? Si eso hace, entrará en flagrante contradicción consigo mismo, salvo que alguien esté en condiciones de demostrar que unas mismas siglas pueden defender a la vez dos programas diferentes e incompatibles, y aun aplicarlos.

Como el propio Summers ha escrito para reclamar un compromiso a las grandes potencias destinado a defender el orden internacional, estas “nunca pueden ir de farol”. “Cuando lo hacen –ha subrayado–, cuando sus intenciones son inciertas, se las somete a examen. Cuando se las somete a examen, surgen las preguntas, y la posibilidad de conflicto aumenta”. Puede aplicarse esta regla a los partidos que utilizan dos varas de medir, dos barajas o eslóganes diferentes según sea la obra que representan.

Si las votaciones habidas en el Parlamento Europeo durante la última legislatura sirven de orientación, resulta que el grupo socialista disiente del popular solo en el 30% de lo hecho, un porcentaje muy pequeño a poco que se piense en algunos de los momentos vividos durante los últimos cinco años: rescates, primas de riesgo estratosféricas, destrucción acelerada de empleo, osadía de los defraudadores fiscales a pesar de todo, presión migratoria, debilidad exterior y varios etcéteras para que los rellene cada lector a su gusto. Pareciera que la Europa esotérica, de los pactos entre bambalinas y los intereses creados desde siempre, se impone a la exotérica, la de las declaraciones en los debates y los grandes principios del humanismo que inspiraron a los padres fundadores, pero que inquietan bastante poco a sus nietos.

Mientras el economista francés Thomas Piketty ha abierto un gran debate intelectual y político con su libro El capital en el siglo XXI, donde desarrolla la idea de que las fuerzas dominantes del capitalismo causan desigualdad e inestabilidad, y no pocas mentes brillantes se han sumado a la discusión, en la Europa política se desaprovecha una campaña crucial para abrir el melón de la asimetría en la distribución de ingresos y rentas, meollo de los problemas de la Unión Europea. Uno de los lectores de Piketty más crítico con su obra, Robert J. Schiller, nobel de Economía el año pasado, le reconoce el mérito de haber dado un grito de alarma convincente en cuanto a los riesgos que entraña la generalización de la desigualdad. Y otros seguidores de Piketty se preguntan si puede Europa ser una gran potencia sin enfocar la salida de la crisis de forma diferente a como lo ha hecho hasta ahora, el ahondamiento en una economía dual, con un norte rico y un sur relativamente pobre, sometido a la lógica y las necesidades del norte.

No hay forma de que se oiga hablar de esto en la campaña en curso salvo en aquellas candidaturas que de antemano saben que su peso en el Parlamento Europeo será pequeño. Y, sin embargo, es esta la base de cualquier proyecto que permita a Europa tener un rostro humano. La vaguedad argumentativa, por el contrario, no compromete a nada, convierte los debates en un pimpampum de barraca de feria y aleja a los ciudadanos de las urnas o los tienta a ir con sus penas a candidaturas que fían su éxito en el empeoramiento de Europa. He aquí otro riesgo, como lo describe Ian Buruma: “El atractivo del populismo es su afirmación de que bastaría con que pudiéramos ser otra vez dueños de nuestros propios países para que mejorara sin lugar a dudas la situación”. Se trata de una falacia, pero gana adeptos todos los días.