Romney se marca solo

Mitt Romney se marca solo, como en ocasión no muy afortunada dijo Helenio Herrero de Juanito, jugador del Real Madrid. Para desespero del universo conservador estadounidense, la campaña del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos es un compendio insólito de equivocaciones, pasos en falso, rectificaciones poco convincentes y confusión creciente que tienen un fiel reflejo en las encuestas, tanto a escala federal como en los estados clave, en todos los cuales el presidente Barack Obama disfruta de ventajas confortables. Mientras Paul Ryan, el compañero de ticket de Romney, sigue con su prédica del Estado empequeñecido y la superpotencia engrandecida en todas partes, la derecha clásica se muestra desolada por el secuestro del Partido Republicano a manos del Tea Party, por la rendición con armas y bagajes del GOP (Grand Old Party) a la extrema derecha. La debilidad de la estrategia y de la aceptación popular de Romney son tan llamativas que han dejado de tener importancia los disparates de otros candidatos republicanos –no solo Todd Akin, diputado por Missouri y candidato al Senado–, zarandeados por la intelligentsia liberal, porque lo que de verdad aturde a los conservadores sensatos es que no hay forma de que el oponente de Obama establezca un programa electoral a la búsqueda del cual salió David E. Sanger en mayo y que, al igual que entonces, se mantiene en una nebulosa llena de inconcreciones, contradicciones y lugares comunes.

Cartel Romney

Este cartel apareció en el exterior de la convención republicana y ataca las contrataciones exteriores. Las tres leyendas dicen: 'Plan de empleo de Romney: 39.000 empleos para México'; 'Plan de empleo de Romney: 26.000 empleos para la India'; 'Plan de empleo de Romney: 73.000 empleos para China'.

Desde antes de la convención de Tampa, Romney abusó del flip-flop (cambios bruscos de opinión), volteretas de campaña que disgustan bastante a los votantes independientes, y dejó la iniciativa ideológica en manos de Ryan. Este tampoco evitó rectificar y cambiar de dirección, pero la militancia de sus seguidores, movilizados por el viento de popa del Tea Party, neutralizó el desgaste del personaje. Al mismo tiempo, las dos caras de la candidatura republicana perseveraron en opinar en direcciones opuestas en asuntos tan importantes como la posibilidad de abortar en caso de violación, la exigencia a China de que corrija la cotización falseada de su moneda o la petición cursada a Obama de que destinara cerca de 800 millones de dólares a estimular la economía. Y así fue cómo, mediado agosto, el periódico USA Today, de registro conservador, adelantó que los 90 millones de electores que en aquel entonces estaban decididos a ir a votar en noviembre preferían a Obama antes que a Romney en una proporción de 2 a 1, un resultado muy por encima de los pronósticos de los encuestadores en el “oscuro camino a la Casa Blanca” (Charles M. Blow en The New York Times), un dato que había tiempo para corregir mediante el efecto convención, que nunca se produjo, y el supuesto desparpajo del aspirante para llegar a los tres debates televisados con algunos triunfos en la mano. No sucedió nada de lo esperado.

Con ser esto grave, no es lo peor. Lo verdaderamente perturbador para el pensamiento conservador clásico norteamericano es que Romney ha incurrido en errores flagrantes en el enfoque emocional de la campaña: despreciar al 47% de los votantes, que dependen de ayudas o programas federales, dar por liquidada la negociación de un Estado palestino, resistirse a hacer públicas sus declaraciones de renta del último decenio, aprovechar la muerte en Bengasi (Libia) del embajador Christopher Stevens y tres funcionarios más para atacar al Gobierno, verter opiniones infantiles sobre la seguridad de los aviones y otros deslices injustificables. David Winston, principal asesor de los republicanos en la Cámara de Representantes, ha realizado un estudio de campo entre los votantes para saber qué les importa más para decidir el voto: si están mejor que hace cuatro años o si estarán mejor en el futuro. El 77% se deja guiar por las perspectivas de futuro y solo el 18%, por lo sucedido durante los últimos cuatro años. Como ha escrito Alexander Burns, autor de un análisis finísimo de las campañas demócrata y republicana, el eslogan de Obama es Adelante, y su equipo “ha hablado intermitentemente acerca de ganar el futuro”. Según lo ve Burns, “el resultado ha sido una lucha asimétrica de mensajes, con Obama mirando hacia adelante y Romney insistiendo mucho en el pasado y en el presente”.

Cartel impuestos

Cartel contra el programa fiscal de Mitt Romney. Dicen los textos: 'El plan de impuestos de Romney en una página. ¿Gana más de 200.000 dólares al año? Sí->sus impuestos bajan. No->sus impuestos suben'.

La situación es tan manifiestamente grave a ojos del republicanismo tradicional que una figura tan desdibujada como Dan Quayle, apenas recordado a pesar de haber sido cuatro años vicepresidente con George H. W. Bush (1989-1993), ha manifestado su preocupación por la marcha de la campaña: “Romney quizá intenta ganar el voto indeciso, pero no modifica sus puntos de vista”, ha declarado a Fox News, una cadena de televisión opuesta a la más mínima distracción progresista. Más contención imposible en alguien que sufrió en carne propio el dinamismo de Bill Clinton en la campaña de 1992 y dejó para la historia la siguiente frase recogida por The Miami Herald: “Si gobierna tan bien como hizo la campaña, el país irá por el buen camino”. De lo que es fácil inferir que si Romney llegará a gobernar con la misma impericia mostrada hasta la fecha, Estados Unidos conocería días difíciles.

Clarence Page plantea en el conservador Chicago Tribune el problema republicano con bastantes menos miramientos: “Mientras la convención nacional demócrata es recordada por el expresidente Bill Clinton, que vendió la presidencia de Obama mejor de lo que Obama suele hacerlo, la convención republicana se recuerda sobre todo por la conversación de Clint Eastwood con una silla vacía”. La comparación es tan absolutamente demoledora que es más que comprensible el grito de alarma lanzado a través de su blog por Peggy Noonan, que fue redactora de discursos de Ronald Reagan y a la que se refiere Page junto a otro ilustre analista republicano, Rod Dreher, de The American Conservative. El texto de Noonan es tan rotundo –“es hora de admitir que la campaña de Romeny es del todo incompetente”– que su difusión en la edición digital del súmmum de la prensa conservadora, The Wall Street Jornal, ha abierto otra brecha en la campaña de Romney.

Entre tanto, Paul Ryan, portavoz de un derechismo sin complejos, sigue con su retórica desbordada, al servicio de un nacionalismo que casa mal con el multilateralismo promovido por la Casa Blanca. “Si somos fuertes –clama Ryan–, nuestros adversarios no nos probarán y nuestros aliados nos respetarán”. Incluso el muy conservador The Miami Herald cree que no es este el mejor camino para atraer un electorado sumido en las estrecheces económicas del presente y poco inclinado a apoyar ensoñaciones imperiales en el futuro. En la campaña de Ryan, que arrastra inevitablemente la de Romney, parece imponerse un mesianismo trasnochado que desaprovecha los efectos de la crisis sobre la vida cotidiana de la clase media y ni siquiera cuando Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, anuncia compras masivas de deuda mediante el viejo sistema de poner en marcha la máquina de imprimir dólares, es capaz de sacar partido a la operación durante más de 24 horas.

Cartel Seals

Cartel contra la candidatura republicana en el que se lee: 'Los seals apartaron una amenaza a América. Aparta la otra en noviembre'. La primera amenaza se refiere a Osama bin Laden; la segunda, a Mitt Romney.

Los conservadores que temen lo peor piden a los estrategas de Romney que el candidato disponga de un plan y lo exponga, que sea “persuasivo e irrestible”, en expresión del encuestador republicano Whit Ayres, citado por Alexander Burns en el análisis colgado en Politico.com. Pero el último plan, destinado a presentar una alternativa a la política exterior de Obama, se ha estrellado contra el hecho insuperable de que el electorado no está interesado en los entresijos de la diplomacia y sí, en cambio, en los pormenores de la reforma sanitaria, las ayudas a los desempleados, el crecimiento de la actividad industrial y el final verosímil de la pesadilla que empezó hace cinco años con la sacudida de las subprimes. Y los encuestados en Ohio, Florida y Pensilvania –sondeo de la Universidad de Quinnipiac para The New York Times y la CBS–, que otorgan a Obama una ventaja sobre Romney de entre 9 y 12 puntos, confirman que aquello que realmente les importa es aquello en lo que el presidenciable republicano es menos convincente o se muestra más alejado de la realidad.

¿Puede haber algo peor que los vaticinios de las encuestas? El periodista Jean-Sébastien Stehli, formado en Estados Unidos, se refiere a ello en las páginas del diario francés Le Figaro, adscrito al campo conservador: “Lo más duro para Romney es que incluso entre quienes dicen sentirse decepcionados por Obama son más y más numerosos los que desean su relección. El desafío de Romney es pues doble: convencer a los indecisos, si aún los hay, y atraerse a quienes se han hecho a la idea estas últimas semanas de un segundo mandato de Obama”. Pero, como indica Stehli, cabe preguntarse si hay indecisos. Y la tendencia es considerar que no quedan muchos, y en todo caso no es posible pensar que pueden inclinarse masivamente por uno u otro candidato salvo que se produzca la siempre temida sorpresa de octubre, que erosione la figura del presidente.

Los riesgos que corre el Partido Republicano son enormes si Romney no levanta el vuelo y, si no logra la victoria, consigue al menos una derrota honrosa. Clarence Page recuerda el panorama al día siguiente de que Lyndon B. Johnson venciera a Barry Goldwater en 1964, las guerras intestinas en que se sumió el partido. El establishment republicano siente hoy que, incluso conservando la mayoría en la Cámara de Representantes –algo perfectamente posible–, serán devastadoras las consecuencias de las tensiones entre el núcleo tradicional del partido y el bloque más derechista, abrazado al Tea Party. Este establishment, que quisiera encontrar una figura confortable del perfil que, cada uno a su manera y de acuerdo con su tiempo, tuvieron Dwight D. Eisenhower (1953-1961) y Ronald Reagan (1981-1989), está convencido de que el extremismo desorbitado conduce directamente a la derrota.

El analista Alex Castellanos, que asesoró a Romney en la campaña del 2008, sostiene que “un trabajo del presidente es ser Moisés”, ocupado en llevar a la nación a la tierra prometida. Evocaciones bíblicas al margen, los poderes que la Constitución confiere al jefe del Ejecutivo son de tal calibre que el electorado tiende a desconfiar por principio de quien rehúye el compromiso. Si, además, resulta que multiplica las muestras de desconfianza el sector social que se supone que ha de apoyar a un candidato –los conservadores en el caso de Romney–, es inevitable dudar de las posibilidades que tiene el interesado de salir airoso del lance. Como señalan cuantos siguen la campaña al minuto, Obama pecha con el desgaste de cuatro años con más promesas que resultados, pero retiene grosso modo el apoyo de las minorías que lo llevaron a la Casa Blanca y mantiene tras de sí un partido razonablemente cohesionado; Romney, por el contrario, ha retraído a un segmento de electores alarmado por la suma de fundamentalismos que se han adueñado del Partido Republicano y no ha incorporado hasta ahora a los independientes defraudados por el moderado reformismo de Obama. Romney recuerda más al profeta extraviado en el Sinaí que a quien condujo a los suyos hasta las puertas de Canaán.

El Tea Party fija el rumbo

Detrás del confeti de la convención de Tampa se ha consagrado una realidad que admite poca discusión: el Tea Party se ha hecho con la orientación ideológica del Partido Republicano con más determinación que nunca. No solo mediante la elección de Paul Ryan, miembro de la Cámara de Representantes por un distrito de Wisconsin, figura en ascenso de los más conservadores de entre los conservadores elegida por Mitt Romney para que lo acompañe en el largo camino hacia la Casa Blanca, sino por la autonomía de movimientos de la extrema derecha en el seno del GOP (grand old party), el partido de Abraham Lincoln, en el que no se reconocería por más que se esforzara. Una mezcla heteróclita de populismo rudimentario, individualismo, fundamentalismo cristiano, neoliberalismo, pesimismo social y dosis intensivas de ignorancia supina –repásense las opiniones de Sarah Palin, de Todd Akin y de Tom Smith, entre otros, para abrir boca– han colocado entre las cuerdas la sólida tradición del pensamiento conservador estadounidense. Estos son los ingredientes con los que los republicanos se disponen a dar la batalla a Barack Obama, cuyo pragmatismo parece cada vez más un reformismo de altos vuelos visto el contenido de la utopía reaccionaria que el ticket Romney-Ryan se dispone a defender desde ahora y hasta el 6 de noviembre.

Romney-Ryan

Montaje del mural con los nombres del 'ticket' republicano nominado en la convención celebrada en Tampa (Florida).

Lo peor para el electorado republicano tradicional y para las esperanzas del estado mayor del partido de atraer a una parte de los votantes independientes, que a fin de cuentas son los que decantan las elecciones, es que la derecha ágrafa desgaste inútilmente la imagen conservadora en batallas que la sociedad estadounidense da por descontadas –aborto, células madre, matrimonios homosexuales y, en general, las políticas del cuerpo– y solo movilizan el fanatismo exacerbado de los púlpitos de las megachurch y de los predicadores especializados en vaticinar el Armagedón si Obama logra mantenerse en el puente de mando. Dicho y resumido por el liberal The New York Times en su editorial del 27 de agosto: “Una larga historia de extremismo social hace de Paul Ryan un emblema del cambio de la política republicana hacia la extrema derecha”.

El estado de ánimo de los republicanos instalados en el centro conservador queda expresado de sobras en el comentario suscrito por el exrepresentante del partido por Pensilvania Philip English en el transcurso de un debate promovido por la web politico.com a propósito de los disparates de Todd Akin acerca de la llamada por él “violación legítima”: “Akin debe abandonar inmediatamente la carrera [para ser elegido senador por Misuri] para permitir al Partido Republicano que reemplace su candidatura zombi con una alternativa viable en una carrera de gran importancia estratégica”. Lo que sucede es que la candidatura zombi ha recaudado más de 100.000 dólares desde que se difundió el exabrupto a preguntas de Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas que pasea su biografía de pastor de almas metido en política por los mismos salones del Tea Party que frecuenta Akin. Y no hay forma de que ceje en su empeño para así remansar las aguas entre las electoras, cuya intención de voto por Obama supera ahora mismo en 13 puntos al de las partidarias de Romny.

Sarah Palin

Sarah Palin llama "panel de la muerte" a los funcionarios que deberán llevar a la práctica la reforma sanitaria de Barack Obama, bautizada despectivamente Obamacare.

¿Cómo es posible que el viejo partido haya llegado a esta orilla? El editorial de The New York Times citado antes es bastante certero al sacar conclusiones del desparpajo cada vez mayor de la extrema derecha: “La multitud en la Convención Nacional Republicana de esta semana apoyará fielmente la nominación de Romney, pero su corazón estará más cerca del hombre joven con las ideas más radicales que estará de pie a su lado”. Se refiere a Ryan, claro, cuyo documento de enero del 2010 Un libro de ruta para el futuro de América, versión 2.0 es un plan presupuestario “doblado en manifiesto [ideológico] de Ryan”, como recuerda Joel Achenbach en The Washington Post, el gran periódico liberal de la capital federal. En dicho manifiesto, el candidato a vicepresidente se dirige a una clase media empobrecida y desorientada, que teme que las inquietudes sociales de Obama –con la reforma sanitaria en primer lugar– se traduzcan en más impuestos y menos oportunidades. Sostiene Ryan que los ciudadanos “están agotados por un Gobierno que cada vez más cuida de ellos y cada vez toma más decisiones por ellos”.

En esta línea, para los delegados en la convención de Tampa resultó tan importante exaltar el gran momento del Tea Party como transfigurarse en una asamblea anti-Obama. Una pirueta en la que el papel de Ryan fue determinante, porque en su condición de presidente de la Comisión de Presupuestos de la Cámara de Representantes ha delimitado su perfil de fustigador incansable de los planes económicos de la Casa Blanca. Para tal fin ha contado con la ayuda inapreciable de The Wall Street Journal y del entramado de medios que controla Rupert Murdoch, adversarios irreductibles de los mecanismos de control del sistema financiero que tímidamente quiere introducir Obama para evitar futuros episodios con el efecto siniestro de la crisis de las hipotecas subprime (verano del 2007) o de la quiebra del banco Lehman Brothers, cuyo cuarto aniversario se cumplirá el día 14.

Todd Akin

Todd Akin ha recaudado más de 100.000 dólares desde que hizo mención de la "violación legítima" y piensa mantener su candidatura al Senado por el estado de Misuri.

El manifiesto de Ryan está bastante lejos de la política a brochazos de la derecha desabrida, pero en el fondo se alimenta de los mismos recelos frente a las prerrogativas del Estado que la exgobernadora Sarah Palin manifiesta en su web oficial mediante textos exaltados: “La América que conozco y quiero no es aquella en la que mis padres o mi bebé con síndrome de Down tendrán que presentarse frente al panel de la muerte de Obama para que sus burócratas pueden decidir, de acuerdo con un juicio subjetivo, su nivel de productividad en la sociedad , y si son dignos de que se atienda su salud. Este sistema es francamente el mal”. Esta tendencia a la desconfianza hacia cuanto viene de Washington tiene profundas raíces históricas, pero es también un instrumento permanente de manipulación de las conciencias que permite justificar situaciones tan diferentes como la tenencia de armas –más de 200 millones de armas cortas en poder de particulares–, la libertad de los padres para no escolarizar a sus hijos y educarlos en casa o poner en plano de igualdad la enseñanza del creacionismo y del evolucionismo.

El debate que sostienen los dos grandes partidos acerca de los límites del Estado se remonta a los días del New Deal, porque Franklin D. Roosevelt (1933-1945) llevó la intervención del Gobierno en la economía más allá de lo que ningún otro presidente lo había hecho hasta la fecha para rescatar al país de las penalidades de la Gran Depresión. Pero, como señala Joel Achenbach al dibujar el perfil ideológico de Ryan, nunca como hasta ahora tuvo tal virulencia. Esa virulencia lleva a los demócratas a poner en aprietos a Mitt Romney todos los días por su negativa a hacer pública in extenso su declaración de la renta, lleva a los republicanos a dudar medio en broma medio en serio de la ascendencia estadounidense de Obama, e induce a todos a buscar el coup de théâtre que noquee al adversario antes del 6 de noviembre. Entre tanto, se recurre a recordar los pecados del pasado para mantener viva la llama de la sospecha en el campo del rival y, de paso, atenuar la penitencia por los pecados propios, como hace Jonah Goldberg, editor de la publicación muy conservadora National Review, al sacar del archivo las historias poco edificantes vividas por el senador Edward Kennedy, ya fallecido, en la isla de Chappaquiddick, donde perdió la vida la secretaria Mary Jo Kopechne, y por el presidente Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky.

“¿Y si todos estamos equivocados?”, se pregunta William Kristol, uno de los analistas más perspicaces de la derecha-derecha cultivada, en el semanario The Weekly Standard, del que es editor. Las respuestas de Kristol son de un realismo sin concesiones:

  1. Todo el mundo sabe que los estadounidenses “no pueden entender un debate sobre abstracciones como la deuda nacional, los derechos, Obamacare y el sonido del dinero”, pero los candidatos republicanos, inspirados por el Tea Party, lograron en el 2010 la mayor victoria en décadas centrados en estos temas, incluso cuando “la mayoría de los votantes siguen echando la culpa a un republicano, George W. Bush, de la debilidad de la economía”.
  2. “Todo el mundo sabe que los problemas sociales son la muerte para los republicanos”, pero, en cambio, los electores son conscientes de que “el matrimonio tradicional ha sufrido en los estados donde los candidatos presidenciales republicanos pierden”, “prefieren que los abortos sean infrecuentes” y no se realicen en “niños parcialmente nacidos (?) o a punto de nacer”, y se preocupan de que “la libertad religiosa sea protegida y no frenada”.
  3. “Todo el mundo sabe que de lo que se trata en una campaña es de encontrar un camino a la victoria”, y eso significa “tomarse muy en serio los pequeños objetivos”.
Tom Smith

Cartel electoral de Tom Smith, candidato al Senado por Pensilvania, que ha comparado el embarazo fruto de una violación con el nacimiento del hijo de una pareja que no está casada.

El programa de Kristol puede resumirse en pocas palabras: dejemos las grandes digresiones para otro momento y centrémonos en cuestiones prácticas. Dejemos la herencia de los pioneros, de la América mesiánica a la que la historia reserva un lugar de honor, y vayamos a lo que realmente importa que es desalojar a los demócratas de la Casa Blanca para poner punto final a un reformismo que para el Tea Party no es otra cosa que socialismo. Por lo demás, remontarse a la exaltación del individuo en los primeros tiempos de la epopeya nacional, liberado de las ataduras del Estado, es tan novelesco como inexacto y, en todo caso, resulta fácilmente rebatible cuando se pasa del mitin a la cátedra. El mito del héroe que forja su destino sin más ayuda que sus propios recursos ha llenado de obras maestras la cultura estadounidense, pero es insostenible narrar la entera historia del nacimiento de la gran potencia sin recurrir a más mimbres que los de un individualismo acérrimo.

El historiador Tony Judt dejó dicho en Pensar el siglo XX: “La confianza en uno mismo es parte del mito de la frontera americana. Si destruyes eso o, más bien, dejas que se destruya, destruyes parte de nuestras raíces. Este es un argumento defendible e incluso razonable (…) Pero como argumento no tiene nada que ver con el capitalismo, el individualismo o el libre mercado. Por el contrario, es un argumento en pro de un cierto Estado del bienestar, sobre todo debido a su incuestionable premisa de que un cierto tipo de individualismo sostenible requiere una buena cantidad de ayuda del Estado”. Este razonamiento corresponde seguramente al tipo de debate sobre abstracciones que a Kristol le parece impropio de una campaña electoral.

El liberal Robert Putman, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Harvard, es más jocoso en sus juicios, pero no menos certero al dar su opinión a Joel Achenbach sobre la defensa del individualismo que hace Paul Ryan y la herencia de los pioneros. “Los estadounidenses siempre han mitificado al cowboy solitario en su caballo, cabalgando en su silla en dirección al Oeste; un carácter a lo John Wayne, un individualismo resistente”, dice Putman. Pero añade: “En realidad, el Oeste fue colonizado por las caravanas de carretas”. Es decir, fue una empresa colectiva promovida y protegida por el Estado, de la misma manera que hoy la agricultura familiar, esencial en la estructura social de la América profunda a la que se dirige el Tea Party, puede sobrevivir gracias a las subvenciones federales, las vías de comunicación, que dependen del presupuesto federal, y otros servicios que financia el Gobierno desde Washington, como razonó Tony Judt al final de sus días. ¿En algún momento antes del 6 de noviembre se hablará de economía en estos o parecidos términos o la presunta “intromisión del Estado en casa” (Rick Santorum) se adueñará de la campaña?