Otra vez el huevo de la serpiente

“Y dejad de decir por fin (…) que Auschwitz es el producto de fuerzas irracionales, inconcebibles para la razón” (Kaddish por el hijo no nacido, Imre Kertész). Ahora que el escritor húngaro se ha adentrado en la bruma de la eternidad resulta saludable remitirse a su legado moral para buscar las razones del repliegue de Europa sobre sí misma, de la conquista imparable del espacio político por la extrema derecha vociferante, sectaria, racista, totalitaria, excluyente. Cuanto sucede puede explicarse mediante la razón, a través de ella; en el mejor de los casos, carece de sentido negar que todo es fruto de “fuerzas irracionales” y, en el peor, supone una derrota del compromiso moral que debiera guiar la construcción de Europa. Así como Hannah Arendt desentrañó la banalidad del mal y Primo Levi defendió la necesidad de comprender incluso los rincones más siniestros de la condición humana, así también hoy es preciso identificar los riesgos que corre Europa, los peligros que la acechan, con el huevo de la serpiente a punto de eclosionar en demasiados lugares.

Cuando unos energúmenos irrumpen en la plaza de la Bolsa de Bruselas y perturban el homenaje a las víctimas de la vesania yihadista, cuando la oferta ultra en Alemania adopta diferentes fisonomías, cuando el Frente Nacional progresa todos los días en Francia, cuando los gobiernos de Polonia y Hungría presentan el peor rostro del nacionalismo intransigente, cuando tantos y tantos indicios inquietantes se acumulan en la mesa de trabajo de los analistas, entonces la Europa decente corre serio riesgo. Cuando, al mismo tiempo, el establishment europeo, especialmente el conservador, opta por incorporar a su acción política algunos puntos cruciales de los programas de extrema derecha –en Francia, en Alemania, en Dinamarca, en el Reino Unido, aquí y allá, con preocupante reiteración–, los indicios se convierten en certidumbres. Un nacionalismo desabrido, viejo, carcomido por la peor herencia del peor pasado de Europa, vuelve a escena con sus símbolos de siempre, su vocabulario sembrado de amenazas y el muy reconocible rostro del discurso neofascista, neonazi y neototalitario, oculto tras la máscara de la defensa de las identidades nacionales y de las raíces cristianas europeas, opuestas a otras raíces, asimismo presentes en la historia de Europa, pero combatidas hoy con inquina renovada.

“Hay y solo puede haber un inequívoco mandato moral, el deber de combatir el mal”, escribió Tony Judt, inspirado por Albert Camus. La afirmación puede hacerse extensiva a la política: el único o, por lo menos, el principal mandato moral inequívoco es distinguir entre las víctimas de la historia y sus victimarios y, acto seguido, proteger a las primeras de los segundos. Cualquier camino intermedio, encubierto con argumentos ambiguos cuando no demagógicos, pretende eludir la primera de las obligaciones y, de paso, trata de neutralizar a los adversarios políticos. Así sucede con la componenda con Turquía para contener la llegada a Europa de refugiados y, al mismo tiempo, desarmar a la ultraderecha, que ha hecho de la llegada de cuantos huyen de la guerra –las guerras– el primero y principal de sus argumentos para atraer voluntades en una opinión pública asustada por el terrorismo y desorientada por muchos gobernantes.

La decisión de demasiados políticos conservadores de incorporar a sus programas algunas de las propuestas de la extrema derecha contribuye a esa desorientación, y errores de bulto como el del socialista François Hollande, que pretendía desposeer de la nacionalidad a los culpables de terrorismo, desdibujan trágicamente los límites entre las políticas de seguridad y la seguridad a cualquier precio. Y, lo que es aún peor, llevan a despreciar las enseñanzas del pasado, a no identificar los errores cometidos, aquellos que han hecho posible que los nietos de quienes desencadenaron la hecatombe de los totalitarismos sientan que quizá tienen el poder al alcance de la mano. Cuando Timothy Garton Ash se pregunta si resistirá el centro de Europa, abre un interrogante relativo a la posibilidad de que, a no tardar mucho, partidos como Alternativa por Alemania o el Frente Nacional en Francia se conviertan en fuerzas de gobierno legitimadas por las urnas.

“Los estereotipos son verdades cansadas”, dice George Steiner, que es autor de esta otra frase: “La política forma parte ineluctablemente de la esfera de lo contingente, de lo pragmático. Por tanto, es transitoria y, en última instancia, está destinada al fracaso”. Al meter ambas ideas en la coctelera, surge la realidad de Europa hoy, el pragmatismo guiado por los estereotipos, pero al mismo tiempo se mantiene inamovible la muy extendida convicción de que, por transitoria, puede que oportunista, la política del presente está condenada al fracaso, se aplique tal concepto a su manifiesta ineficacia para gestionar las grandes crisis europeas –la financiera, la de los refugiados, el Brexit– o a su rara habilidad para acercar al timón de mando a quienes defienden un nacionalismo agresivo, excluyente.

Nunca el huevo de la serpiente dejó de estar entre nosotros, pero nunca después de 1945 hubo tantos dispuesto a incubarlo. Ahora estamos descubriendo a toda prisa, casi con la angustia propia de las urgencias históricas, que la construcción de una cultura europea democrática, cosmopolita y supranacional dejó muchos agujeros negros, singularmente en aquellos lugares en los que la llegada al poder de los comunistas alimentó la falsa creencia de que, con ellos, se desvanecía el nacionalismo ultra. En realidad, tal nacionalismo entró en un periodo de hibernación, pero hoy disfruta de renovada vitalidad como es fácil comprobar en Alemania –en la parte correspondiente a la extinta RDA–, Polonia y Hungría. Basta una somera exploración en la red para dar con el léxico, los gestos, el ropaje y la demagogia desbocada de otros tiempos, todo debidamente actualizado y puesto al idea por los nuevos ideólogos de la Europa de los estados, encerrados en sus fronteras, ensimismados, aferrados a la bandera y a la mitología patria.

Hay, claro, un pensamiento alternativo capaz de ver en la llegada de refugiados una gran oportunidad para Europa y para combatir la pretensión del Estado Islámico de hacer incompatibles europeidad y religión musulmana, de sembrar la división en Europa y sacar partido a la fractura social. “No podemos aceptar que los populistas, que se expanden por toda Europa y ultrajan sus valores, nos impidan, con su sectarismo y alarmismo, aprovechar esta oportunidad”, escribe el politólogo francés Dominique Moisi. Pero este planteamiento esperanzado es infrecuente en los salones del poder, donde la creencia más extendida es que, para neutralizar el populismo ultra, no hay mejor camino que tomar nota de sus exigencias. ¿Es todo fruto de una incapacidad compartida o se trata simplemente de un caso extremo de falta de convicciones morales?

El ‘establishment’ presiona al PSOE

La movilización del panteón de vivos ilustres, jarrones chinos y otros clásicos retirados de la política no es más que la punta de lanza de otra movilización, esta de europeos ilustres en activo, encaminada a encarrilar la formación de una mayoría de gobierno en España a gusto del establishment. El enigmático deseo manifestado por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, “quiero que España esté a la altura”, es en realidad poco enigmático: confía en que el desenlace se ajuste a lo que se espera en los despachos de la UE. Que se atenga a la manifiesta voluntad de cambio expresada por los electores el 20 de diciembre pasado es menos importante; lo que realmente cuenta es que nada perturbe la ortodoxia.

La proclama o manifiesto de la Fundación España Constitucional, donde se exalta la necesidad de que las negociaciones en curso garanticen “la unidad de España, la igualdad de los españoles, la estabilidad política, el progreso económico, el desarrollo social y la regeneración democrática” mediante una coalición de dos o más “partidos constitucionalistas” –es innecesario enumerarlos–, desprende el mismo aroma que las palabras de Juncker. Habida cuenta de la procedencia de los integrantes de la fundación, exministros de UCD, del PSOE y del PP, no es exagerado concluir que estar a la altura consiste justamente en cumplir con los objetivos prefijados en el texto: la gran coalición o algo parecido, una reforma constitucional contenida para parchear el problema catalán y un enfoque de la economía que respete hasta la última coma la voluntad de los llamados mercados.

Otra proclama en forma de artículo, esta de Luis Solana en elplural.com, completa la de la fundación. Dice su autor que compete al PSOE educar a Podemos, “un partido imposible de encajar en una democracia europea”, pero necesario, “porque es imposible llegar a mayorías democráticas de cambio sin Podemos y porque el PSOE sabe muchísimo de cómo hay que educarse para lograr una izquierda eficaz para los desfavorecidos”. ¿Se refiere Luis Solana al PSOE de la chaqueta de pana de Felipe González o al de Alfonso Guerra cuando amenazaba –no le faltaba razón– con aplicar a algunos latifundistas la ley de fincas manifiestamente mejorables? Porque si se remonta a aquel PSOE, el que sometió a Adolfo Suárez a una moción de confianza sin posibilidades, el de La OTAN de entrada, no y otros eslóganes osados, hay que decir que no le pudo ir mejor su falta de educación política: en 1982 obtuvo 202 diputados, una mayoría absoluta nunca igualada ni de lejos.

Esto es, quizá las presiones para encauzar las cosas mientras se educa a Podemos sea el modo más directo para que este partido llene con más votos el zurrón en el próximo asalto, puede que dentro de un par de años, cuando, consumada la reforma constitucional, según se prevé, se disuelva el Parlamento y se convoquen elecciones. La inquietante idea expresada en su día por Artur Mas a tenor de la cual había que corregir aquello que las urnas no habían otorgado, se diría que hace escuela, gana adeptos que desoyen a quienes advierten de que forzar las cosas más allá de toda lógica puede ser pan para hoy y hambre para mañana (Gobierno para hoy, oposición dentro de un tiempo). Podemos es un conglomerado ideológico con frecuencia imprevisible, pero con una capacidad de movilización que no permite hacer vaticinios sobre cuál es su techo electoral si, mientras se le educa, se mantienen algunas constantes en la reforma económica vigente: crecimiento de las desigualdades, desregulación del mercado de trabajo, aumento de la frustración entre los más jóvenes e insensibilidad social de los gobernantes, trufado todo con una corrupción endémica.

Las presiones para esa coalición de lo previsible soslayan esos datos; sus urdidores se remiten a las cifras macroeconómicas, tan engañosas con frecuencia, a las estadísticas y a la actuación de la policía y los jueces para dejar al descubierto a los corruptos. Pero al parapetarse detrás de tales muros dejan sin respuesta la pregunta formulada por Tony Judt en el 2009: “En nuestro tiempo, ¿cómo hemos llegado a pensar en términos exclusivamente económicos?” Porque detrás de la opinión de cuantos creen, con Felipe González a la cabeza, que ni el PP ni el PSOE deben impedir que el otro gobierne, se adivina la convicción no confesa de que lo que más importa es poner a salvo el statu quo –el económico en primer lugar– y, en cambio, es menos acuciante ser eficaz en auxiliar a los desfavorecidos, el término elegido por Luis Solana.

Claro que no hay forma de situar la multiplicación de gestos y declaraciones de Podemos en el terreno de lo razonable, sino más bien en el de la prepotencia, cuando no de la burla o del desprecio, pero promover su aislamiento no hace más que alentar el discurso fácil, aquel que, prescindiendo de la realidad, desgasta al adversario. Desde la descalificación de la casta a la reclamación de todos los ministerios importantes en una hipotética coalición con el PSOE ha transcurrido muy poco tiempo, suficiente en todo caso para que, guste a no a Pablo Iglesias y su equipo, Podemos se haya adecuado a los peores hábitos de la charcutería política o educado según ella demanda. De ahí que resulte particularmente sorprende que Albert Rivera diga con gesto convincente que no se puede arrinconar al partido que ha obtenido más de siete millones de votos (el PP) a pesar de las últimas pestilencias –el gang valenciano, Acuamed– y, al mismo tiempo, actúe convencido de que sí se puede arrinconar al que ha obtenido más de cinco millones (Podemos), tan acogido a las reglas del sistema, aunque se le tilde de fuerza radical, de extrema izquierda o de antisistema.

Todo lo cual lleva a suponer que las presiones de los poderes fácticos, es decir, financieros, para un pronto desenlace aspiran a que cuanto tenga que suceder no vaya más allá de un reformismo lampedusiano o cosmético para que nada cambie demasiado, aunque vaya en ello la supervivencia de algunas siglas venerables como las del PSOE. ¿Por qué el PSOE? Cuando se invoca la gran coalición que gobierna en Alemania para justificar aquí la conveniencia de imitar el modelo se parte de dos falsos supuestos: que la CDU que fundó Konrad Adenauer es equiparable al PP que creó Manuel Fraga y que el SPD responde a la misma peripecia histórica que el PSOE. No hace falta ser doctor en ciencias políticas para comprender que lo que en Alemania resulta más o menos útil, aquí tiene todas las trazas del abrazo del oso, de una operación que defraudaría al grueso de los votantes socialistas, más de cinco millones también, integrantes de la izquierda clásica española hasta donde alcanza la memoria. A modo de resumen: para el PSOE, la gran coalición pudiera ser una inmolación; la gran coalición de hoy pudiera ser causa primera del desfondamiento de mañana.

“El poder es como un explosivo: o se maneja con cuidado o estalla”, opinaba Enrique Tierno Galván, mente lúcida. El poder no es una entelequia, es algo concreto, tangible, expresión de una compleja trama de intereses y presiones, y lo que se negocia en este cursillo acelerado de pactismo que realizan los partidos para resolver el crucigrama del 20 de diciembre es exactamente eso, el poder. Para algunos, correr el riesgo de que le estalle en las manos puede significar un viaje hacia la nada; para otros, contemplar el estallido desde el patio de butacas puede ser una inyección de votos para pasmo del establishment que ahora presiona desde Bruselas y más acá.

Reclamaciones de Cameron a la UE

Después de saberse el punto de partida de David Cameron para defender el mantenimiento del Reino Unido en la Unión Europea vuelve a tener sentido la pregunta tantas veces formulada: ¿qué es menos deseable: la aceptación por la UE de las exigencias británicas o una UE sin los británicos? Y lo es porque el premier ha abierto la precampaña del referéndum del 2017 que deberá decidir la permanencia o no del Reino Unido en la UE presentando a Bruselas una serie de condiciones o modificaciones en las relaciones británico-comunitarias que interesan el acervo jurídico paneuropeo y, al mismo tiempo, desnaturalizan futuras etapas en la construcción política de Europa. Así sucede en los campos de la libre circulación de personas, de la relación de la economía de la libra con la del euro y en los atributos administrativos y de Gobierno de las instituciones europeas so pretexto de que las cesiones de soberanía deben acabarse.

La realidad es que Cameron se comprometió en su momento a convocar un referéndum que desea ganar, pero que, en parte por convicción propia y en parte por la presión del euroescepticismo histórico británico –más el posmoderno del UKIP–, ha de plantear como una disputa con la UE de la que salga vencedor con algunos triunfos para contrarrestar la brega de sus adversarios. “La jugada es enormemente arriesgada”, opina el profesor Christopher Tulloch, de la Universitat Pompeu Fabra, quizá porque el primer ministro cree equivocadamente que “puede manejar las cartas de la misma manera que las jugó en Escocia” con ocasión del referéndum independentista. Esta vez la historia va en contra de la propensión de Cameron a practicar las habilidades propias de un judoca, adiestrado para aprovechar la fuerza de sus contrincantes en beneficio propio.

A diferencia de John Major, que entendió que no podía condicionar permanentemente la política europea al toque británico, el conservadurismo que ganó con extraordinaria holgura las últimas elecciones legislativas entiende que es la hora de poner condiciones a la UE. El objetivo es preservar la unidad del partido, con un bloque de euroescépticos nada desdeñable –quizá más de cien diputados en la Cámara de los Comunes– y, de paso, dejar sin argumentos al correoso Nigel Farage, el líder del UKIP, tan propenso a la demagogia como imprevisible. No hay nada genuinamente nuevo en el programa de Farage, sino más bien una remisión al pasado, a aquella creencia muy extendida durante la era victoriana de que todo lo no británico era por lo menos sospechoso, se tratase de una manufactura o de un programa político, pero sigue teniendo aceptación y resonancia en la Inglaterra profunda, más alejada de Londres mentalmente que físicamente.

“En realidad, el referéndum será sobre nuestra identidad nacional”, ha escrito Rachel Sylvester en las páginas del muy conservador The Times. O, lo que es lo mismo, desde el conservadurismo histórico se ve la europeización de la política y la economía como una desnaturalización del toque británico. Como si, frente a la intromisión de los europeos, aún fuese posible publicar titulares como el que apareció en un periódico de Londres el 22 de octubre de 1957 a raíz de un episodio de niebla muy espesa en el canal de la Mancha: Heavy fog in Channel. Continent cut off (Densa niebla en el Canal. El continente, aislado). Si en 1957 el titular podía entenderse como una boutade o una extravagancia ocurrente, hoy se consideraría un gesto de suficiencia injustificable a pesar del peso de la libra, de la influencia de la City y de la densidad histórica del vínculo atlántico por no decir hermandad atlántica (la sintonía de Londres con Washington).

El general Charles de Gaulle, tan conservador como nacionalista, astuto y culto, entendió con admirable anticipación cuál sería el papel del Reino Unido en el seno de la Europa unida esbozada en el tratado de Roma, y así se opuso con obstinación a su ingreso en lo que entonces se conocía como Mercado Común. Esa incomodidad manifiesta y permanente de atenerse a la política comunitaria, unida a la fidelidad británica a la política europea de Estados Unidos, fue adelantada por el general, y cada vez que ha surgido el desacuerdo o el desapego británico a los designios europeos se ha hecho memoria de los vaticinios gaullistas. El presente no es una excepción y el recuerdo del general no está de más.

“Si este es el modelo del primer ministro tory ofreciendo la paz para nuestro tiempo, preparémonos para la guerra civil”, afirma con fina ironía Rafael Behr en The Guardian, un periódico de tradición progresista y europeísta. En la carta de Cameron a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, donde se detallan los cambios que desea introducir en el estatus británico en la UE, el articulista adivina varias maniobras al mismo tiempo encaminadas a neutralizar a los antieuropeístas y euroescépticos de su propio partido y a desmovilizar a una parte del electorado del UKIP. En suma, en la pretensión de revisar la europeidad del Reino Unido ve Behr algo por demás repetido: desactivar el Brexit y los riesgos que conlleva. Claro que si Cameron no consigue acallar a los díscolos se expone a llegar al día del referéndum con la opinión pública dividida y, lo que sería aún peor, con el establishment conservador fragmentado y su liderazgo sometido a discusión.

En Bruselas está muy extendida la impresión de que la propuesta del primer ministro no tiene cabida en la ordenación de la UE, pero, en cambio, un semanario con tanta audiencia como The Economist se atreve a titular así uno de sus análisis: David Cameron está jugando bien una mala mano elegida por él mismo. El problema real es que, como se reconoce en el artículo, el primer ministro debe lograr un acuerdo que mantenga equilibrada la balanza entre quedarse e irse, y ese equilibrio topa de entrada con dos grandes obstáculos: la suspicacia de los europeístas continentales, que consideran incompatibles los tratados de la UE y las exigencias de Cameron y, al mismo tiempo, la convicción de los euroescépticos británicos de que ninguna alternativa es mejor que dejar la UE. Y si es posible que un retoque meramente cosméticos del estatus británico sea aceptable para el europeísmo militante, nunca lo será para los partidarios del repliegue a las islas o para quienes, más contenidos, transigen con permanecer en la UE si se deja de veleidades políticas –institucionalizar y reforzar la unión política– y se limita a ser una zona de libre cambio con mecanismos reguladores comunes.

El historiador Tony Judt dejó escrito en Posguerra: “Europa no es tanto un concepto geográficamente absoluto –que define dónde se encuentran un país o un pueblo– como relativo, es decir, aquel en el que sus habitantes se sitúan con relación con los demás”. En el Reino Unido, en lo que cabe considerar cultura espontánea de muchos británicos, ese sentimiento de pertenencia europeo es difuso, cuando no, inexistente. Es difícil discernir si la crisis ha revitalizado o no tal sensación o estado de ánimo, pero los casi cuatro millones de votos logrados por el UKIP en las últimas elecciones certifica que sigue muy vivo y la apuesta de Cameron no está exenta de riesgos si la política de los sentimientos o la demagogia populista se imponen al realismo y la visión de futuro que guiaron los pasos de Edward Heath, conservador, al negociar la adhesión hace más de 40 años.

 

Rato agrava la enfermedad

“Los discursos y los escritos políticos son hoy esencialmente una defensa de lo indefendible”. La frase es del escritor británico George Orwell y figura en su ensayo Los políticos y la lengua inglesa, que data de 1946. Hoy es tan vigente como entonces o acaso más porque los mecanismos de retorsión del lenguaje han evolucionado espectacularmente en manos de especialistas en convertir la política en un manual de eslóganes más o menos ingeniosos, más o menos ocultadores de la realidad, de las miserias de la vida pública, de cuanto sucede y no se quiere que se sepa.

Otro británico, el historiador Timothy Garton Ash, 70 años después de Orwell, ha dado con los mismos mecanismos de mixtificación. “Todas las frases ingeniosas las preparan con antelación los asesores de comunicación. Como dijo hace poco el antiguo fiscal general conservador [del Reino Unido] Dominic Grieve, son ‘sesiones llenas de indignación pero con muy escaso contenido’”, escribió hace unas semanas en El País Garton Ash, alarmado por el espectáculo a menudo infantiloide que ofrecen los diputados en la Cámara de los Comunes, una forma bastante grosera de ocultar el presente detrás de un telón de improperios altisonantes, broncas, aplausos y otros jolgorios. En el fondo, como sucedía en los días de Orwell, se trata de eludir la verdad y de defender lo indefendible; se diría, quizá, de secuestrar el lenguaje.

Llevado todo al teatro español –no al de la plaza Santa Ana de Madrid, por demás respetable–, el alcance o repercusión del secuestro del lenguaje se agudiza con la gravedad del momento. Una gravedad realzada por esa lista de 705 o de Rodrigo Rato y otros 704 –a no ser que aparezca un cabeza de cartel de más altura– que pudieran haber aligerado sus conciencias mediante el blanqueo de dinero gracias a la amnistía fiscal establecida por el Gobierno. Esos 705 o Rodrigo Rato y otros 704 suman un nuevo pudridero a otros cinco que han llenado la política de pestilencia: la madeja Gürtel-Bárcenas, el ovillo de los ERE de Andalucía, el crucigrama Urdangarín, el laberinto de Bankia (tarjetas negras incluidas) y la trama Pujol. Y al difundirse el aroma de corrupción en todas direcciones han obligado a ciudadanos atónitos a descifrar el alcance de los hechos encubiertos por el lenguaje cuando estos se abordan a la vista del público en los parlamentos, en los juzgados, en esas declaraciones a las puertas de los palacios de justicia cuya función exclusiva es exaltar la inocencia de los encausados o de quienes seguramente lo serán al cabo de unos días.

Orwell dejó dicho en Los políticos y la lengua inglesa: “A propósito de cada frase que escribe, un autor escrupuloso se planteará al menos cuatro preguntas: ¿Qué pretendo decir? ¿Cuáles son las palabras que pueden expresarlo? ¿Qué imagen o locución puede hacerlo de forma más clara? ¿Esta imagen es lo bastante expresiva para ser eficaz? Y probablemente se planteará otras dos: ¿Podré expresarlo de manera más concisa? ¿Hay en esta formulación alguna fealdad que podría evitarse?”

De estas seis preguntas, la primera es fundamental: ¿qué pretendo decir? Es tan determinante que en la epidemia de corrupción que padece el país ha sido sustituida por esta otra: ¿qué debo decir? O por esta otra, igualmente inquietante: ¿qué conviene que diga? Pudiera añadirse que es preciso dilucidar qué conviene decir para que no afecte mucho a las encuestas, para que quede claro que alguien metió mano en la caja, pero el partido no tuvo forma de saberlo, o el Gobierno, o ambos a la vez, defraudados a causa de la confianza depositada en sus más íntimos y apreciados colaboradores, militantes y amigos, a quienes presuponían el partido, los partidos, el Gobierno o todos a la vez libres de toda sospecha. Este es el punto de partida, la necesidad de poner en marcha un mecanismo de disculpa que sea, al mismo tiempo, exculpatorio, que haga olvidar lo dicho con anterioridad –“Luis. Lo entiendo. Sé fuerte” (la sintaxis es de Mariano Rajoy, autor del mensaje a Luis Bárcenas”–, que deje a salvo la marca, el márketing político, para no perder en el lance carros y carretas.

La ironía que gastaba Eugeni d’Ors con sus alumnos, a quienes a menudo decía “oscurezcámoslo un poco” cuando algo estaba claro, ha pasado a ser la piedra sillar de las técnicas pergeñadas por los especialistas en dar con explicaciones políticamente correctas para que los líderes o sus portavoces tranquilicen al auditorio. Pero, claro, el auditorio está escamado y ya no se cree casi nada de lo que le dicen; tiende, en cambio, a desconfiar de todo y de todos, un estado de ánimo lógico, pero fatal para salvaguardar la complicidad indispensable entre poder y ciudadanos para que los sistemas democráticos funcionen de forma razonablemente eficaz. En medio de la oscuridad, cuando la opinión pública puede guiarse solo por el olfato que detecta los vapores que suben de la alcantarilla, no hay complicidad posible entre administradores y administrados.

Resulta incomprensible que, en medio de la función, el PSOE tenga que forzar una votación en el Congreso para que el Gobierno publique la lista de los más de 30.000 contribuyentes que se acogieron a la amnistía fiscal, esto es, el elenco de cuantos antes de la amnistía no pagaron a Hacienda en la forma y los plazos debidos. Resulta un insulto a la inteligencia que mientras se registra el domicilio de Rodrigo Rato alguien busque argumentos en la ley o en la confusión reinante para no suministrar tal información y dejar a oscuras –otra oscuridad más– a cuantos todas las primaveras pasan por la ventanilla de Hacienda. Resulta, en fin, un bochorno colectivo que los estrategas y agitprop de los partidos, del Gobierno o de ambos a la vez busquen tres pies al gato a cuantos quieren aclarar lo sucedido, sean estos periodistas, magistrados, jueces o políticos con el expediente limpio, que por fortuna los hay.

“Cuando se abre un abismo entre los objetivos reales y los objetivos declarados, de forma casi instintiva se recurre a las palabras interminables y a las expresiones trilladas, tal como un calamar lanza su tinta”, dijo Orwell. El comportamiento del calamar obedece a su deseo de ocultarse, de zafarse sin daño de sus adversarios; persigue lo mismo este sopicaldo de declaraciones que nada dicen a pesar de la solemnidad con que se dicen. Sin que pareciera tener mayor importancia el daño que causa esa ceremonia del disimulo, de la evasión –no fiscal en este caso–; como si no minara el sistema, la confianza en él, la dignidad de la política y de los políticos. Como si lo más importante no fuese saber si los presuntos corruptos lo son de verdad, sino cómo afectará la corrupción a sus partidos en las próximas elecciones; como si lo que en verdad importase fuese saber quiénes y cómo se salvan de la quema aunque el aire siga siendo irrespirable.

El coste de cuanto pasa es incalculable para un sistema democrático. El historiador Tony Judt lo definió en dos sucintas frases. Primera: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Segunda: “Si los ciudadanos activos o preocupados renuncian a la política, están abandonando su sociedad a sus funcionarios más mediocres y venales”. Demasiados riesgos para seguir mareando la perdiz y apuntarse a un relativismo moral que devuelve la imagen, seguramente falseada por la decepción de ahora mismo, de unos políticos más inclinados al oportunismo que al compromiso con la transparencia y que, como dice Timothy Garton Ash, dilucidan sus diferencias en una “pelea a gritos propia de un patio de colegio”.

La decadencia del Este derrumbó el Muro

Basta cotejar el mapa político de Europa del 9 de noviembre de 1989 y el del presente para calibrar las dimensiones del cambio en el continente desde la caída del Muro de Berlín, hace un cuarto de siglo. Todo cuanto hoy es Europa, todo cuanto condiciona el funcionamiento de Europa para lo bueno y para lo malo remite a aquel cambio que zanjó la guerra fría, al menos en su forma más genuina, acabó con la bipolaridad, enterró a una superpotencia, la Unión Soviética, y liquidó la trama de alianzas que encabezó en la Europa del Este. La inviabilidad de la economía planificada, convertida en un sistema esencialmente ineficaz, y la presión permanente de Estados Unidos mediante el desarrollo de nuevos sistemas de defensa, con las tecnologías de última generación creciendo exponencialmente, llevó a la decadencia y a la inanidad el experimento soviético poco más de setenta años después del triunfo de la revolución de octubre.

Ciudadanos de los dos sectores de Berlín, en el Muro la noche del 9 de noviembre de 1989.

De forma que es posible afirmar que el Muro cayo tanto por la presión popular en la República Democrática Alemana, extensión de la movilización de las opiniones públicas polaca, checa y húngara, por citar las más dinámicas en 1989, como por la imposibilidad práctica de Mijail Gorbachov de administrar sin grandes pérdidas la herencia recibida. Fracasados todos los planes de reforma habidos y por haber, el líder soviético no pudo más que asumir que para la superpotencia nada sería como antes, que aquella pretensión suya de modernizar el sistema sin renunciar al socialismo se hallaba en un callejón sin salida. El aviso que dirigió semanas antes del hundimiento a Erich Honecker, penúltimo presidente de la República Democrática Alemana, de que quienes no se adaptaran a los cambios serían finalmente derrotados, se cumplió en todos sus extremos. Cuando la noche del 9 de noviembre de 1989 los berlineses del sector oriental cruzaron el Muro, el establishment reformista soviético había aceptado que no cabía oponer resistencia a la unificación alemana; la decadencia había minado al Estado.

Pero la caída del Muro y la unificación poco menos que inmediata de Alemania requirieron de dos compromisos cuyas repercusiones llegan hasta nuestros días. El primero fue la promesa hecha a los soviéticos por el presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, de que la frontera oriental de la OTAN, unificada Alemania y convertidos los demás países del Pacto de Varsovia a la economía de mercado, nunca alcanzaría el límite occidental de la URSS. El segundo fue la aceptación por Francia de la unificación alemana, que el presidente François Mitterrand veía con recelo, a cambio de que el Gobierno del canciller Helmut Kohl aceptara acelerar la unión monetaria en la entonces Comunidad Europea, lo que llevaba aparejada a la larga la desaparición del marco y la creación de una moneda única. Esos dos compromisos fueron las dos piedras sillares sobre las que se levantó el edificio de la unidad alemana sin grave riesgo para la estabilidad de Europa.

Jóvenes de Berlín Occidental derruyen el Muro la mañana del 10 de noviembre de 1989.

Cuando el presidente de Rusia, Vladimir Putin, se remonta a las promesas de 1989 para oponerse sin matices a la atlantización de estados como Georgia (verano del 2008) y Ucrania (ahora mismo), se comporta como un líder poco sutil, pero que aprendió la lección del desbarajuste y el arrinconamiento de su país durante la presidencia de Boris Yeltin en la década de los noventa. Porque en la Rusia de hoy, la de los oligarcas y la del capitalismo desbocado, es mayoritaria la opinión de que detrás de la occidentalización a toda máquina de las economías de las exrepúblicas soviéticas asoma la progresión territorial de la OTAN, tal como sucedió en el inmediato pasado con los antiguos socios del Pacto de Varsovia y del CAME –mercado común del bloque socialista–, y con los estados bálticos que un día formaron parte de la URSS.

De la misma manera que la unificación llevó aparejado el reconocimiento explícito por Alemania de la línea Oder-Neisse como frontera oriental inamovible de Polonia, y se enterró el debate sobre la pertenencia a Polonia de Pomerania, Silesia y Prusia Oriental, los herederos históricos de la URSS entienden que siguen vigentes las condiciones por las que Rusia dejó de oponerse a la caída del Muro. Incluso hoy con más motivo que ayer porque la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Polonia y la República Checa es un factor de debilitamiento objetivo del sistema de defensa ruso. Y, en cierta medida, la OTAN comparte el análisis habida cuenta de que en el 2008 no hizo ningún gesto significativo para salir en defensa de Georgia, arrastrada a un desafío imposible ante Rusia por el presidente Mijail Saakashvili, que no solo cometió un error de cálculo descomunal, sino que vio como Abjasia y Osetia del Sur se desgajaban de su pequeño país.

Incluso quienes como el fallecido historiador Tony Judt sitúan la última oportunidad política de los regímenes marxistas de Europa en 1968, durante la breve primavera de Praga, admiten que en los siguientes 15 años, con todas las carencias que se quiera, la URSS mantuvo el estatus de superpotencia y las debilidades genéticas del sistema no salieron a la superficie hasta que Gorbachov abrazó el realismo y renunció a la propaganda. De la misma manera que la euforia desatada en Occidente por la caída del Muro, analizada sobre el terreno por autores como el británico Timothy Garton Ash, dio paso también a la realidad de las dificultades para mantener básicamente sin cambios el mapa estratégico de Europa, aquel reparto de papeles entre los dos bloques que la lógica de la guerra fría consagró como sistema. Quizá por eso se habla ahora de una segunda guerra fría o de una guerra fría de nuevo cuño, porque en muchos de los gestos de Putin y en muchas de las reacciones de sus adversarios se adivina el recuerdo del funcionamiento de Europa antes del final del Muro.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

Un cuarto de siglo después de aquel momento, con Alemania convertida en la potencia que dicta las reglas en el seno de la Unión Europea e inversiones estratosféricas del sistema financiero alemán en la economía emergente rusa, lo que se da por descontado es que no se volverá a una situación de coexistencia, pero no de convivencia. A pesar de las sanciones en vigor, a pesar de que el conflicto en Ucrania adopta el perfil de una enfermedad crónica, la trabazón de ambos mundos en el seno de la economía global neutraliza algunos riesgos mayores. Aunque Tony Judt lamentó en Pensar el siglo XX la inclinación de los intelectuales a reflexionar acerca de si una política es eficaz o ineficaz en términos económicos, en vez de sopesar si es o no buena, las consecuencias de la ineficacia vividas en carne propia por la sociedad rusa, y la dieta impuesta a los alemanes desde los días del canciller Gerhard Schröder hasta los de Angela Merkel para digerir la unificación, hacen que sean justamente consideraciones económicas las que alejan el espectro de la confrontación y la vuelta a la coexistencia pacífica sin mayores atributos.

La distinción que establece Mark Malloch Brown, del World Economic Forum, entre los “estados de la seguridad económica” –China– y los “estados de la seguridad nacional” –Rusia– refuerza esta impresión relativamente optimista de que la mera coexistencia es insuficiente para que los engranajes no se atasquen. Porque, de acuerdo con el mismo modelo, la seguridad nacional es inviable sin la seguridad económica y viceversa, incluso admitiendo los síntomas de crisis que arrojan los estados-nación como entidades encargadas de redistribuir la riqueza, prestar servicios y cohesionar a la comunidad. Es decir, el desmoronamiento del bloque del Este, con la caída del Muro de Berlín como referencia del proceso, y la unificación Alemana como dato inmediato del triunfo de Occidente frente al proyecto soviético dieron lugar a una nueva situación en la que las interdependencias son más determinantes que las rivalidades. Quizá el acuerdo gasista de Rusia y Ucrania, mientras sigue la guerra, sea el ejemplo más inmediato e ilustrativo de la realidad más allá de los campos de batalla.

O puede que más acá, pues el final de la guerra fría liquidó un sistema con mecanismos de control mutuo a un lado y otro de la divisoria del Este y del Oeste, y lo que en principio se aventuró como un mundo más seguro y más estable dio en resultar uno menos seguro y menos estable. Y en ese mundo diferente al esperado porque está lejos de haberse consolidado como sistema con un código de señales reconocible que establezca pautas para gestionar los momentos de crisis, el único espacio que parece sistematizado y ocupado en mantenerse incólume es el de la economía global, sean cuales sean los costes sociales que lleva asociados. Claro que si las cosas son así, cobra todo su sentido la opinión expresada por Tony Judt sobre la orientación de un mundo globalizado: “El efecto de la predominancia del lenguaje económico en una cultura intelectual que siempre ha sido vulnerable a la autoridad de los expertos ha actuado como freno sobre un debate social más fundamentado en lo moral”. Y el freno sigue echado.

 

 

Pugna en Crimea de identidades europeas

El historiador Tony Judt afirmó en 1995, en una conferencia pronunciada en Bolonia: “Los analistas occidentales siempre se han mostrado ambivalentes frente a la europeidad de Rusia, como muchos de los propios rusos”. A pesar de que, según el mismo Judt, “hay muchas Europas, todas ellas con derecho a reclamar el título”, solo los países situados al oeste del Elba “han sido durante mucho tiempo Europa, mientras que las tierras al este (…) siempre están de alguna manera inmersas en el proceso implícito de llegar a serlo”. El análisis de Judt se atiene al hecho de que Rusia y lo que Vladimir Putin llama el extranjero próximo son tierras de frontera entre la Europa que se reconoce a sí misma como tal y aquella otra cuya europeidad geográfica no se completa con otros factores de identidad común.

En este sutil juego de identidades y referencias históricas, algunos casos son especialmente significativos y, a la vez, conflictivos: durante siglos, Polonia hubo de pechar con el coste político de hallarse entre Rusia y Alemania; hoy el papel de nación bisagra recae en Ucrania, con el futuro dividido entre la vinculación a la UE, al que aspira el nacionalismo ucraniano, y la vuelta a casa con el que se sueña la minoría rusa, especialmente en la península de Crimea. Las formalidades procesales en curso –declaración de independencia de Crimea, modificación de la ley rusa para incorporar comunidades que decidan acogerse a la autoridad de Moscú, referendo en Crimea y finalmente anexión de la península por Rusia– son útiles para comparecer ante la opinión pública y defender posiciones favorables y contrarias al desgajamiento de Crimea de la Ucrania surgida de la caída de Viktor Yanukóvich, pero lo que realmente ocupará a medio y largo plazo el análisis de los acontecimientos son tres factores íntimamente relacionados entre sí:

-La ausencia de un liderazgo global, capaz de articular un universo político global, a causa de la pérdida de parte de los resortes coactivos que suministró el desmembramiento de la Unión Soviética a la hiperpotencia –Estados Unido– del pasado más reciente.

-Las limitaciones del poder blando para gestionar situaciones extremas que desembocan en periodos de inestabilidad y desconfianza entre los grandes actores internacionales.

-El renacimiento ruso impulsado por Vladimir Putin, convertido en restaurador del orgullo nacional perdido durante el desbarajuste que siguió a la liquidación del régimen comunista y al final de la guerra fría, que el presidente ruso considera “la mayor catástrofe” de la historia de su país.

Con relación al primero de los factores, Ali Wyne, profesor asociado de la Universidad de Harvard, hace notar en The New York Times que incluso en los periodos considerados de hegemonía de Estados Unidos –algo discutible en el mundo bipolar de la posguerra– se dieron episodios que impugnan el concepto mismo de hegemonía. “¿Cómo se puede conciliar esta idea –se pregunta Wyne–con la pérdida de China, el estancamiento de la guerra de Corea, la invasión soviética de Checoslovaquia, la caída de Saigón y la ascensión del ayatolá Ruhollá Jomeini, por citar solo unos pocos contratiempos estratégicos?” Acaso la respuesta sea que las reglas del juego de la guerra fría incluían la predeterminación de áreas de influencia en cuyo seno el éxito estaba reservado a la potencia administradora: Estados Unidos, en Occidente; la URSS, en el Este. Pero acaso sea cierta también la impresión de Wyne de que reacciones muy enérgicas en un primer momento “crean expectativas poco razonables y desalientan a los aliados [Europa] para que desempeñen un papel más activo” en encrucijadas en las que predomina el realismo.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos rusos.

La estrategia de respuesta contenida está lejos de colmar las pretensiones de los hegemonistas convencidos o de los que adoptan este perfil por estricta necesidad de supervivencia política. En el Partido Republicano, incluso entre los moderados, abundan las críticas dirigidas al presidente Barack Obama, cuya política exterior le parece irresponsable al senador John McCaine y al congresista Mike Rogers le da para realizar una comparación hiriente: “Rusia juega al ajedrez y pienso que nosotros jugamos a las canicas”. Para el profesor Joseph S. Nye, analista y precursor del poder blando, la determinación de la política que deben seguir los líderes “depende, en parte, de la colectividad a la que se sienten moralmente obligados”. Y es indudable que la complejidad y la lejanía de la crisis ucraniana no figura entre las preocupaciones inmediatas de la opinión pública de Estados Unidos, que, en el mejor de los casos, sigue los acontecimientos como algo que atañe a los europeos.

Estos, a su vez, dan muestras de desorientación ante la agilidad de Putin para fortalecer su perfil de regenerador del orbe ruso. Ni las amenazas de sanciones ni las invocaciones del derecho internacional ocultan el dato de que Rusia lleva la iniciativa, la UE cometió un error de apreciación al creer que podía firmar un acuerdo con Viktor Yanukóvich sin importunar a Rusia y la historia europea está llena de lances poco respetuosos con el principio de legalidad, incluida la intervención en Kosovo, aunque la cancillera Angela Merkel sostenga lo contrario. Putin se ha procurado una guía ideológica y moral en la que pesa el legado de pensadores como el ruso blanco Iván Ilyin, un filosófo que al final de su vida denostó por igual los totalitarismos y la democracia, y propuso una tercera vía de características difusas para levantar un Estado en la Rusia que él abandonó a raíz de la revolución de 1917.

En un artículo publicado en El País, Nathan Gardels, director de The WorldPost, se refiere a las fuentes en las que beben los filósofos de cabecera de Putin –Nikolai Berdiaev, Vladimir Soloviev y el propio Ilyin– cuando vislumbran la Rusia que desean: “Al estilo de Dostoievski, y más tarde de Aleksandr Solzhenitsyn, todos ellos se consideraban custodios del modo de vida ruso. Místicos cristianos ortodoxos, les preocupaba que la democracia aplastara la noble alma rusa –preferían la monarquía o la autocracia como guardianes familiares de la sociedad– y que la cultura cosmopolita del Occidente materialista contaminara su espíritu. Además, tenían una fe mesiánica en el destino eurasiático de Rusia como civilización situada entre Oriente y Occidente”. La utilidad práctica de estas referencias para alentar el sentimiento nacional es evidente, y si todo se envuelve en la misión trascendental de devolver a la nación el brillo que ostentó en el pasado, aunque fuese bajo las siglas de la URSS, es improbable que se alcen voces que se opongan a las operaciones en curso en Crimea.

La movilización del Ejército en la cercanía de Ucrania y el recurso a la prédica religiosa con tintes nacionalistas –la apelación a la santa Rusia es casi un tópico–  completan la estrategia de movilización de las conciencias. De la misma manera que Lenin entendió que el despotismo de la nobleza y la burocracia zaristas eran los mejores instrumentos para sumar multitudes a su causa, así también hoy el enfrentamiento verbal con Occidente pone sordina a las carencias del Estado, al déficit democrático de un sistema que alienta el culto a la personalidad, a la corrupción y a tantas otras debilidades de la nueva Rusia, y otorga a Putin la posibilidad de convertirse en el líder indiscutido, dispuesto a corregir la marcha de la historia mediante una operación de riesgo calculado.

¿Esta patina de nacionalismo renacido es la señal definitiva para entender que, detrás de él, llega una nueva versión de la guerra fría, corolario inevitable la de paz fría que ha caracterizado durante los últimos años las relaciones de Estados Unidos y Rusia? ¿Cabe la lógica de la guerra fría en la economía global? Al formular estas preguntas se admite como seguro el objetivo de Rusia de disponer y gestionar un área de influencia propia, pero, al mismo tiempo, cobra sentido una afirmación de Tony Judt de 1995: “Los vínculos que les importan [a los europeos del este], y las conexiones que buscan, son con las civilizaciones y las potencias que quedan al oeste de ellos”. Y pasan a formar parte del presente los reproches dirigidos a Occidente por Mijail Gorbachov en el 2005, cuando se lamentó de que el compromiso de 1989 para no llevar los límites de la OTAN y de la UE a las puertas de Rusia, a cambio de que la URSS no se opusiera a la unificación de Alemania, fue sistemáticamente incumplido por Estados Unidos y los europeos.

Claro que, al mismo tiempo que Crimea llama a Rusia y el nuevo Gobierno de Ucrania, a la UE; al mismo tiempo que algunas voces consideran el episodio crimeo como el más grave desde la anexión de los Sudetes por la Alemania nazi (1938), Gazprom, el gigante ruso de la energía, patrocina la UEFA Champions League y nadie se rasga las vestiduras, y la superestructura conocida como economía financiera tiende a limar aristas para mantener los balances saneados. Nada de esto se le escapa a Putin, de nuevo más decidido que sus competidores-adversarios, que se ha apresurado a recordar que, si se imponen sanciones a Rusia, los perjuicios se extenderán a los sancionadores. Y no hay duda de que está en lo cierto, porque para la UE es imprescindible tener garantizado el suministro de gas en las condiciones de regularidad, eficacia y precio ahora vigentes, 6.000 empresas alemanas operan en Rusia y, cuando llega el verano, los turistas rusos son de los más dispendiosos, por citar solo algunos de los vínculos más conocidos entre las economías rusa y occidental. ¿Puede saltar por los aires esa trama de intereses a causa de Crimea?

El futuro divide a Ucrania

La paz fría que siguió a la euforia de Estados Unidos como única potencia global puede ser menos gélida de lo que los teóricos previeron. La concreción de China como la otra gran potencia del futuro inmediato y la pretensión del presidente de Rusia, Vladimir Putin, de restaurar el orgullo nacional y la influencia política de la que disfrutó en su día el Kremlin comunista conduce inexorablemente a una nueva forma de rivalidad entre los grandes del planeta, que en Ucrania se ha traducido en una crisis de identidad de consecuencias quizá continentales. Ucrania se enfrenta a los fantasmas de su historia, real o imaginaria, con la dramática radicalidad de los muertos en la plaza de la protesta y el choque de dos comunidades acaso irreconciliables, ambiente ideal para que medren cuantos creen que Ucrania bien vale un pulso.

La movilización del Ejército ruso en la vecindad ucraniana, el ballet diplomático representado por Europa y el perfil bajo mantenido hasta la fecha por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que deja la gestión del problema en manos europeas, no hacen más que subrayar las mil caras de un conflicto del que todo el mundo quiere salir con la cabeza alta. El presidente Putin, porque entiende que Ucrania es un asunto de Rusia, del patio trasero ruso, de la historia y la tradición de la Rusia ortodoxa e imperial, de su geopolítica, de aquella URSS presente en todas partes y de la legitimación de su papel de restaurador del orgullo patrio; Europa, porque se siente obligada a atender los requerimientos del occidente ucraniano, que fía su futuro en el manto protector y la relación con la UE; la Casa Blanca, porque supone que, sin una Ucrania sometida a sus designios, Putin será menos Putin.

Para que nadie pierda en el envite, la salida menos mala es aplicar los principios de la neutralidad política y estratégica al territorio en disputa, así como la URSS la exigió para Finlandia y Austria y las potencias occidentales la aceptaron al final de la segunda guerra mundial. La partición –un Occidente ucraniano vinculado a Europa y un oriente incorporado a Rusia–, posible, pero arriesgada, podría tener efectos desestabilizadores de larga duración. “¿Conflicto de valores? Menos que de pasiones nacionales y materialidades geopolíticas. El interrogante es: ¿qué Ucrania es la que sale de todo esto, y si son dos, cómo se reparten?”, se pregunta Miguel Ángel Bastenier en El País. El analista parte de una doble constatación: “El nacionalismo ruso vería como traición histórica la europeización exprés de sus hermanos ucranios, y, aun más, habida cuenta de que, según la versión oficial de Moscú que Washington desmiente, Mijail Gorbachov se plegó a la unificación de Alemania a condición de que la OTAN no se extendiera hacia el Este. Lo contrario de lo ocurrido. Y el otro nacionalismo, el ucraniano, no tiene tanto que ver con los llamados valores europeos”. Un cruce de caminos históricos demasiado enrevesado para depositar esperanzas en un desenlace sereno.

Cuando historiadores de la entidad de Tony Judt vaticinaron, mediados los años 90, que era bastante improbable que los antiguos estados comunistas se encuadraran en la UE (Una gran ilusión, 1996), se dejaron llevar por las inercias políticas procedentes del pacto entre las potencias que derrotaron a la Alemania nazi. Judt y otros dieron por seguro que una Europa verdaderamente unida era algo “demasiado improbable como para que insistir en ello no resulte insensato y engañoso”, pero la gran ampliación de la UE a principios del siglo XXI desmintió pronósticos seguramente apresurados. Al mismo tiempo, pocos ahondaron en la realidad cierta de que la heterogeneidad cultural de la URSS degeneraría en tensiones sociales crecientes en las repúblicas surgidas del gran imperio comunista. Y así es como hoy el choque de identidades en Ucrania se antoja un rompecabezas sobre el que se proyectan intereses y realidades enfrentadas.

Para Rusia, más allá de desencadenar emociones, el nombre de Ucrania es sinónimo de dos ingredientes igualmente importantes: los contratos de suministro de energía (gas), esenciales para una economía en quiebra como la ucraniana, y la base naval de Sebastopol, donde fondea la flota rusa del mar Negro. Ambos factores son igualmente útiles a Putin para presionar a los nuevos gobernantes de Kiev, pero allí donde los vínculos de sangre y las fidelidades de familia se ponen más de manifiesto es en Sebastopol, en la península de Crimea, tierra rusa regalada a Ucrania por Nikita Jruschov en 1954 y en la que, contra la política ficción de la novela La isla de Crimea, de Vasily Aksiomov, la población exige la integración en la madre patria, mientras en Kiev la calle clama por cortar amarras.

Nina L. Khrushcheva, profesora del World Policy Institute y descendiente de Jruschov, disculpa a su antepasado, nacido en Ucrania, por haber regalado la península: de hecho, fue solo un gesto porque siguió en el seno de la URSS, que todo lo englobaba. Al mismo tiempo, cita la novela de Aksiomov como uno de tantos vaticinios poco meditados, y llega a una conclusión mediante la cual da un salto de la geopolítica a la legitimación moral de Putin ante la opinión pública rusa para actuar con energía en apoyo de aquellos hermanos de idioma y cultura que sienten su identidad amenazada por una más que previsible Ucrania solo ucraniana. Frente a la retórica de la Europa unida exhibida por la task force encargada por Bruselas de ocuparse de la crisis, la emotividad en nombre de la solidaridad eslava tiene una capacidad de movilización que acaso fue enmascarada por los concentrados en la plaza de Maidan hasta la huida-caía del presidente Viktor Yanukóvich.

“Ucrania es un país dividido entre su pasado y su futuro”, ha escrito Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, en el semanario estadounidense Time. En el pasado, durante nada menos que tres siglos y medio, el destino de Rusia y de Ucrania fueron una misma cosa; incluso el desmoronamiento de la URSS y la fundación de un ectoplasma político conocido como Comunidad de Estados Independientes (CEI) contó con una activísima participación de los políticos ucranianos que en aquel momento (1991) se hicieron cargo de la situación, todos ellos rusófonos. En el futuro, como Bremmer subraya, Ucrania seguirá necesitando que fluya la energía desde Rusia, con tanta o más urgencia que los estados de Europa occidental. Y si las cosas son así, cabe formular dos preguntas:

– ¿Es viable una Ucrania desligada de Rusia y gobernada solo por los depositarios del capital político acumulado en la plaza de Maidan por una multitud hostil a Rusia?

– ¿Cabe pensar que el compromiso de la UE con las nuevas autoridades ucranianas será tal que ponga en riesgo el cumplimiento de los contratos suscritos con Rusia –con Gazprom– que garantizan el suministro?

Para Bremmer, “los líderes políticos y las instituciones europeas (…) están lejos de desear una confrontación con Rusia por un país cuya potencia es insuficiente para unirse a la UE”. ¿Significa que quienes aplaudieron a Yulia Timoshenko de regreso del cautiverio pueden comprobar más temprano que tarde que se quedaron sin apoyos importantes? ¿Significa que la capacidad de Putin para ocuparse de su patio trasero desborda la capacidad de respuesta europea? ¿Significa que, como sucedía durante la guerra fría, Ucrania es a todos los efectos territorio político ruso y, en última instancia, la realpolitik se impondrá a cualquier otra consideración? Significa, quizá, que es de aplicación una reflexión de Tony Judt: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Y en la crisis de Ucrania, al menos en las apariencias, solo Putin confía en sí mismo.

 

 

 

La austeridad alimenta el desapego a Europa

La hora de la verdad se acerca a toda prisa, asegura el economista alemán Hans-Werner Sinn. Lo que no precisa es cuál es esa verdad que tan cercana está, que produce euroescépticos a la velocidad de la luz, somete la periferia de la UE a las prescripciones del centro y consagra un ambiente de angustiosa decrepitud en el que rivalizan el fundamentalismo neoliberal de unos con el populismo de otros, la inoperancia de bastantes con las voces de alarma de cuantos ven más cerca un estallido social de dimensiones impredecibles. La última encuesta difundida por el Real Instituto Elcano recoge un dato inquietante: la mitad de los alemanes creen que España no es un país de fiar. El clima en España con relación a la UE no es mejor: según el último Eurobarómetro, el 72% de los españoles están más bien en contra de la UE; en 2007 eran solo el 23%.

Cada vez que se suben a la tarima personajes como el comisario Olli Rehn, compendio de todas las ortodoxias que han condenado a la desesperanza a millones de europeos, esas cifras evolucionan a peor. Solo una desfachatez tecnocrática ilimitada explica cómo alguien que es partidario de que la austeridad se aplique a todas horas a mayor gloria del cuadro macroeconómico, aunque conlleve la destrucción masiva de empleos, puede luego decir que el gran empeño de España ha de ser crear puestos de trabajo para cortar la hemorragia del paro. Hace tiempo que en las facultades de Economía se enseña que el paro es consecuencia directa de la austeridad, que yugula la inversión e impide la creación de empleo, como se han hartado de demostrar algunas de las mejores cabezas de la economía mundial, ignoradas desde luego por el Banco Central Europeo, los estrategas de la campaña electoral de Angela Merkel y otros gestores de la crisis.

Si en este clima tormentoso aparecen en España las cifras de la encuesta de población activa (6,2 millones de parados), entonces suena a conclusión insostenible que “la única opción que queda es, por desagradable que pueda ser para algunos países, endurecer las restricciones presupuestarias en la zona del euro”, como sostiene Han-Werner Sinn, integrante del consejo asesor del Ministerio alemán de Economía. Porque el propio Sinn admite que “no es probable que los griegos y los españoles puedan soportar la presión de la austeridad económica durante mucho más tiempo”, pero es incapaz de fijar un techo a la austeridad. Más bien parece dejar este dato crucial al libre criterio de los acreedores que, no se olvide, fueron los primeros en engordar el perro del crédito barato y las plusvalías alocadas cuando la prosperidad parecía no tener fin.

El sanedrín europeo ha olvidado las enseñanzas de los padres fundadores, de mentes esclarecidas como la de Jacques Delors y de pragmáticos capaces de aplicar a Europa su sentido de Estado –François Mitterrand, Helmut Kohl, Felipe González, Romano Prodi– para dejar el día a día en manos de funcionarios de una grisura alarmante y, al mismo tiempo, reservar las grandes decisiones para las conferencias intergubernamentales, donde prevalece el nacionalismo de todos y el diktat de los poderosos (de Berlín en todo cuanto atañe a la economía). Es esta una realidad comprobable día a día que alimenta dos fenómenos:

-Un populismo euroescéptico vociferante y sin otro programa que decir no a todo –escúchese a Beppe Grillo–, pilotado por personajes cuya única virtud es haber pergeñado un recetario que atrae a las víctimas de la crisis, aunque probablemente es irrealizable; personajes que dicen hablar el lenguaje de la calle –a saber si es cierto–, dotados de un desparpajo ilimitado en la tribuna y de una simplicidad apabullante en cuanto han de bajar al detalle de la letra pequeña. A ese populismo se suma otro, encubierto y oportunista, con clásicos del engaño reconocidos como Silvio Berlusconi.

-La extrema derecha, asimismo euroescéptica, dispuesta a desempolvar las esencias patrias, librar el combate contra el extranjero, contra todo aquello que se sale de los apolillados programas identitarios y que, llegado el caso, está dispuesta a defender que la letra con sangre entra. Ahí están los matones de Amanecer Dorado en Grecia, la demagogia de Marine Le Pen en Francia, que se remonta nada menos que al legado de Juana de Arco para salir al rescate de la clase media, y quién sabe si la recién nacida Alternativa para Alemania, que de momento propone la disolución ordenada de la zona del euro.

Comportamientos irresponsables como el del semanario Der Spiegel y otros medios alemanes, que propalaron el infundio de que los ciudadanos de los socios meridionales de la UE son más ricos que los del norte, incrementan la propensión a que el encaje de las piezas europeas resulte imposible. La mentira de la pobreza. Cómo los países europeos en crisis esconden su riqueza, este fue el titular que alarmó incluso a la cancillera Merkel y la obligó a desmentir al semanario, que cambió de dirección a principios de abril para envolverse inmediatamente en la bandera y publicar una sarta de disparates y de estadísticas sesgadas.

En igual o mayor medida contribuyen al creciente desapego europeísta las maniobras orquestales dirigidas a complacer a quien haga falta, aunque sea a costa de cambiar las previsiones y los programas, acordar nuevos recortes y poner en  entredicho las cifras de hace apenas unas semanas. Ahí están la última corrección de Luis de Guindos y la última improvisación del Gobierno para que finalmente sea posible un alargamiento de los plazos para reducir el déficit, ahí está la llamativa rectificación introducida en las previsiones económicas, que incorpora los vaticinios hechos por instituciones internacionales –un decrecimiento del 1,5% para el 2013– y multiplica por tres los cálculos de la recesión adelantados por el Gobierno al empezar el año. Esa sensación de actuar à bout de souffle, sin más iniciativa que decir a todo que , sin más explicaciones que el argumentario manejado por los agitprop de turno, suministra munición a cuantos han comprendido que la batalla contra la idea de Europa puede rendir buenos réditos en un ambiente irrespirable.

Para cambiar el signo de los tiempos, haría falta corregir por lo menos cuatro déficits estructurales, que no son los que todos los días asoman en los telediarios:

  1. Déficit doble de soberanía. Los ciudadanos-contribuyentes perciben que los gobiernos han dejado de ser soberanos en la medida en que sus programas están sometidos a requisitos externos, pero, al mismo tiempo, tienen la certeza de que no existe una soberanía europea, sino la imposición innegociable de políticas decididas por algunos gobiernos europeos que, por la fuerza de los hechos –más exactamente, por medio de la coacción–, se convierten en políticas europeas que aplican sin rechistar funcionarios-políticos presos en una red de intereses (léase José Manuel Durao Barroso y su equipo de comisarios).
  2. Déficit democrático. La celebración regular de elecciones al Parlamento Europeo está lejos de constituir una gran ceremonia europea de la democracia. Ni la Comisión Europea responde a la aritmética parlamentaria ni la Cámara de Estrasburgo dispone de los poderes habituales de cualquier parlamento democrático. Por el contrario, el Parlamento Europeo es una institución gigantesca y carísima a cuyo control escapa el funcionamiento de una tecnocracia que actúa de espaldas a los europeos. Los contribuyentes no saben qué hacen, en nombre de qué o de quién, en función de qué intereses y al servicio de qué programas. “Ha desaparecido una parte importante de la democracia nacional que no se ha sustituido a escala europea”, han escrito Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca en varios diarios europeos.
  3. Déficit de tolerancia financiera. En los cinco años de crisis económica se ha pasado de la refundación del capitalismo, publicitada por Nicolas Sarkozy, la creación de una agencia europea de calificación y una reestructuración equilibrada de la zona del euro, a una aceleración de la unión económica, la unión bancaria y la cohesión fiscal dictadas por el Banco Central Europeo, previo paso por el Bundesbank, que consagran el empobrecimiento del sur, sin que, por lo demás, esté asegurado el cumplimiento de los programas de rescate y la devolución de la deuda. Antes al contrario, son mayoría los pronósticos que dan por seguro que los rescates, los ajustes y todo lo demás solo garantizan una cosa: que los deudores nunca se pondrán al día.
  4. Déficit de simetría. Muchas de las medidas aplicadas en el proceso de cambios aplicados en los países de la Eurozona han entrañado en la práctica un trato diferenciado. Cuando el profesor Sinn dice que una eventual salida de Alemania del euro “restablecería la línea del Rhin como frontera entre Francia y Alemania”, lleva razón, pero puede que esta frontera, incluso con el euro, se concrete a través del trato diferenciado de un país a otro. Basta recordar el blindaje de los bancos alemanes medianos y pequeños, en una situación comprometida en muchos casos, que escapan al control europeo. En términos generales, el equilibrio europeo ha descansado en el eje franco-alemán, pero ese eje se forjó con un material que emite señales de agotamiento a causa de la supremacía alemana y de la desorientación francesa. Por ahí empieza la asimetría.

Como afirma Tony Judt en Pensar el siglo XX, “el equilibrio para Keynes era un objetivo” que solo se podía hacer realidad si intervenía el Gobierno. Ese supuesto no es muy diferente a lo expresado varias veces por financieros como George Soros, convencidos de que el capitalismo solo es eficaz si funciona ordenadamente. Lo que está sucediendo en Europa es que los grandes actores de los mercados se han adueñado de una parte de los atributos de soberanía cuyo ejercicio estuvo tradicionalmente reservado a los gobiernos, con lo que se agravan los efectos de los déficits enumerados. Las preocupaciones sociales se han convertido en un incordio para el funcionamiento de unas finanzas globalizadas y los estados europeos, debilitados por la crisis, se han plegado a las exigencias y los objetivos de los actores financieros, que manejan modelos matemáticos en los que, invariablemente, el trabajo figura como una mercancía barata, favorecida la estrategia general por el escandaloso aumento del paro. En esas estamos.

Desplante electoral en Italia

Después de la sacudida emocional provocada por las elecciones legislativas celebradas en Italia el domingo y lunes últimos resulta tan revelador el marcador al final del partido como desentrañar contra qué y contra quién han votado los italianos, sometidos a una cura de austeridad dictada por Alemania, telegrafiada por Bruselas y ejecutada por el Gobierno de tecnócratas encabezado por Mario Monti. El desplante electoral italiano ha agudizado la crisis de “la democracia como sistema de regulación social”, algo evocado por Josep Borrell en las páginas de EL PERIÓDICO, pero es improbable que haya sorprendido a los timoneles de la nave europea, advertidos en infinidad de ocasiones por las encuestas de que la cura impuesta a la periferia ha convertido a los gobernantes en victimarios cuyo único destino verosímil es caer derrotados, mientras el populismo más descarnado e inconsistente –la palabrería de Silvio Berlusconi– y las nuevas formas de intervención social –Beppe Grillo– tienen mucho margen de maniobra y están en mejores condiciones de hacer promesas que las marcas más convencionales, el centroizquierda de Pier Luigi Bersani y el centroderecho que resguardaba la figura de Mario Monti. Como twiteó el martes el periodista Miguel Ángel Bastenier, “lo fácil sería escandalizarse, pero [los italianos] han votado con razón contra lo falsamente respetable”, este listado inmoral de medidas que adelgaza todos los días el Estado del bienestar, perdona los dislates del sector financiero, atenaza a la clase media y ha entregado la política a los tenedores de libros.

Los electores italianos no son unos incautos, entre sus más arraigadas tradiciones figura una probada capacidad para sobrevivir a toda clase experiencias inquietantes y, por esta razón, es prudente no precipitarse cuando hay que sacar conclusiones. Pero los primeros síntomas poselectorales hacen temer justo lo contrario: que la burocracia bruselense, el Banco Central Europeo y asociados se lancen rápidamente a promover una nueva cita electoral con la esperanza de que el miedo a lo desconocido lleve a los italianos a rectificar. El espectáculo ofrecido por Peer Steinbrück, candidato socialdemócrata a ocupar la cancillería de Berlín, va en esta dirección, porque al declararse “asustado por la victoria de los dos payasos”, no solo alarmó con su léxico grosero al presidente de Italia, Giorgio Napolitano, un hombre honrado que canceló la entrevista que tenían prevista, sino que se convirtió en el banderín de enganche inesperado de cuantos creen que los italianos están equivocados y deben corregirse cuanto antes. Y, ya puestos, confirmó lo que es un secreto a voces: que la campaña socialdemócrata solo introducirá matices a la dieta impuesta por Alemania al sur; la esencia, el fundamentalismo fiscal de Angela Merkel, llegará a las elecciones de otoño sin dar señales de agotamiento en combate.

Nada de lo dicho hasta aquí es ni por asomo un gesto de comprensión hacia Berlusconi y su antieuropeísmo, que no es más que oportunismo unido a la estrategia de defensa de los abogados que lo acompañan a todas partes. Pero los resultados alcanzados por el Il Cavaliere, solo medio punto por debajo de los de Bersani, son inseparables de la imposición por los tecnócratas de la Unión Europea de uno de los suyos, Monti, para llevar por el camino de la verdad la rectificación neoliberal del Estado del bienestar italiano. No es que a Berlusconi le importen demasiado los amortiguadores sociales, pero en el momento que entregó el testigo a Monti se parapetó detrás de las quejas de una clase media exhausta y, paradojas del destino, pudo montar su artificio electoral sobre la idea de que hubo de abandonar el Gobierno porque no quiso aceptar nuevas podas del Estado del bienestar y, de regresar, dice estar dispuesto a desandar el camino recorrido por Monti. Así fue como apareció por los canales de Mediaset, como el caballero San Jorge dispuesto a plantar cara a la cancillera Merkel y, de paso, a cruzarse en el camino de los herederos de la izquierda histórica de Italia, agavillados por Bersani, y de los antisistema –un término bastante inapropiado– de Grillo.

Un artículo tan corto como rotundo de Cécile Chambraud en el periódico progresista Le Monde resume las razones de lo sucedido hace unos meses en Grecia, de lo acontecido esta semana en Italia y de lo que puede estar por venir en otros lugares: “Por todas partes, en los países del sur de la Unión, el rigor corroe los sistemas políticos. Surgen listas de candidatos hostiles a la ortodoxia presupuestaria promovida como remedio a la crisis de la deuda”. Esta ortodoxia presupuestaria con acento alemán que pasa de puntillas sobre los costes sociales que entraña es la que lleva a gobernantes como Mariano Rajoy a mostrarse satisfechos por haber cumplido con su deber aun a costa de no haber cumplido su programa, que es justamente por lo que le votaron los electores. Más que nunca, cobra actualidad una frase del libro de Tony Judt ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, publicado en 1996: “El desequilibrante peso de Alemania en los asuntos europeos  no es nada nuevo, por supuesto. Pero, a diferencia de épocas anteriores, ahora esto supone tanto un problema para la propia Alemania como para sus ansiosos vecinos”.

Aquellos ansiosos vecinos de 1996 eran los países de la Europa central y oriental, recién liberados de la tutela soviética y deseosos de ingresar en la UE cuanto antes para modernizar sus economías y penetrar en nuevos mercados. Hoy los límites de la Europa ansiosa llegan hasta las playas del Mediterráneo. Y cuando se dan situaciones de intromisión directa de la UE en la soberanía política de los ciudadanos de un Estado miembro –Italia–, fundador para más señas de la organización, las consecuencias son imprevisibles, porque la sociedad percibe que la injerencia no persigue otra cosa que rectificar la orientación dada a la gestión de los asuntos públicos después de celebrarse elecciones libres y transparentes. En este caso, el primer beneficiado ha sido Berlusconi, pero en otra situación, en otro país, el beneficiado por la intromisión puede ser otro. Con lo cual, la UE no ha hecho más que debilitar a los partidos y gobernantes con los que pretendía entenderse, pero que, de acuerdo con el resultado de las elecciones, más de la mitad de la opinión pública puso bajo sospecha a pesar de que Monti obtuvo el voto de investidura del Parlamento italiano y así quedó a salvo la legitimidad de la maniobra.

¿Qué decir de Grillo? Por razones no intercambiables con las que han cimentado el éxito de Berlusconi, pero igualmente comprensibles, la austeridad a todas horas le ha procurado las adhesiones que en otras circunstancias difícilmente hubiera acumulado. Los jóvenes en paro, la clase media urbana, los pequeños empresarios, los profesionales de todas clases que otean el horizonte sin vislumbrar oportunidades se han sentido atraídos por un mensaje sin ataduras, con propuestas arriesgadísimas –salir del euro y volver a la lira– y la promesa de no dañar más el Estado del bienestar. Grillo no es un ideólogo, pero si es un político con un sentido profesional del espectáculo, de los medios a través de los cuales se establece la complicidad entre el actor y el patio de butacas, y ninguno de estos medios es más convincente hoy que prometer que no habrá un recorte más, que nadie volverá a decir que hay que podar otra rama para salvar el árbol. Grillo es un lector avezado de ¡Indignaos!, aunque carece de la fundamentación teórica y las referencias intelectuales del desaparecido Stéphane Hessel, una circunstancia que, contra lo que se pueda pensar, facilita su labor. Al mismo tiempo, la simplificación programática de Grillo autoriza a poner en duda la viabilidad de cuanto predica por más que Siena, capital del Movimiento Cinco Estrellas, sea ejemplo de buena administración.

Cuando se alude al desprestigio de la política, a la distancia cada vez mayor entre las instituciones y los ciudadanos, se está haciendo referencia a las razones que han permitido a Berlusconi levantar cabeza, emerger a Grillo, dejar a Bersani instalado en la debilidad y zarandear a Monti. Si los ejecutores de la germanización de Europa llegan a otras conclusiones, acaso logren vencer la crisis económica a costa de condenar a la pobreza más rigurosa a millones de ciudadanos y de extender las desigualdades sociales más allá de todos los límites imaginables, pero antes deberán afrontar otras muchas Italias. Volvamos a Cécile Chambraud: “Si, además, la desgracia de unos aumenta la felicidad de otros, es posible que un día la felicidad de estos otros se convierta en insoportable”. Hessel seguramente preguntaría dónde hay que firmar en apoyo de este vaticinio.

El Tea Party fija el rumbo

Detrás del confeti de la convención de Tampa se ha consagrado una realidad que admite poca discusión: el Tea Party se ha hecho con la orientación ideológica del Partido Republicano con más determinación que nunca. No solo mediante la elección de Paul Ryan, miembro de la Cámara de Representantes por un distrito de Wisconsin, figura en ascenso de los más conservadores de entre los conservadores elegida por Mitt Romney para que lo acompañe en el largo camino hacia la Casa Blanca, sino por la autonomía de movimientos de la extrema derecha en el seno del GOP (grand old party), el partido de Abraham Lincoln, en el que no se reconocería por más que se esforzara. Una mezcla heteróclita de populismo rudimentario, individualismo, fundamentalismo cristiano, neoliberalismo, pesimismo social y dosis intensivas de ignorancia supina –repásense las opiniones de Sarah Palin, de Todd Akin y de Tom Smith, entre otros, para abrir boca– han colocado entre las cuerdas la sólida tradición del pensamiento conservador estadounidense. Estos son los ingredientes con los que los republicanos se disponen a dar la batalla a Barack Obama, cuyo pragmatismo parece cada vez más un reformismo de altos vuelos visto el contenido de la utopía reaccionaria que el ticket Romney-Ryan se dispone a defender desde ahora y hasta el 6 de noviembre.

Romney-Ryan

Montaje del mural con los nombres del 'ticket' republicano nominado en la convención celebrada en Tampa (Florida).

Lo peor para el electorado republicano tradicional y para las esperanzas del estado mayor del partido de atraer a una parte de los votantes independientes, que a fin de cuentas son los que decantan las elecciones, es que la derecha ágrafa desgaste inútilmente la imagen conservadora en batallas que la sociedad estadounidense da por descontadas –aborto, células madre, matrimonios homosexuales y, en general, las políticas del cuerpo– y solo movilizan el fanatismo exacerbado de los púlpitos de las megachurch y de los predicadores especializados en vaticinar el Armagedón si Obama logra mantenerse en el puente de mando. Dicho y resumido por el liberal The New York Times en su editorial del 27 de agosto: “Una larga historia de extremismo social hace de Paul Ryan un emblema del cambio de la política republicana hacia la extrema derecha”.

El estado de ánimo de los republicanos instalados en el centro conservador queda expresado de sobras en el comentario suscrito por el exrepresentante del partido por Pensilvania Philip English en el transcurso de un debate promovido por la web politico.com a propósito de los disparates de Todd Akin acerca de la llamada por él “violación legítima”: “Akin debe abandonar inmediatamente la carrera [para ser elegido senador por Misuri] para permitir al Partido Republicano que reemplace su candidatura zombi con una alternativa viable en una carrera de gran importancia estratégica”. Lo que sucede es que la candidatura zombi ha recaudado más de 100.000 dólares desde que se difundió el exabrupto a preguntas de Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas que pasea su biografía de pastor de almas metido en política por los mismos salones del Tea Party que frecuenta Akin. Y no hay forma de que ceje en su empeño para así remansar las aguas entre las electoras, cuya intención de voto por Obama supera ahora mismo en 13 puntos al de las partidarias de Romny.

Sarah Palin

Sarah Palin llama "panel de la muerte" a los funcionarios que deberán llevar a la práctica la reforma sanitaria de Barack Obama, bautizada despectivamente Obamacare.

¿Cómo es posible que el viejo partido haya llegado a esta orilla? El editorial de The New York Times citado antes es bastante certero al sacar conclusiones del desparpajo cada vez mayor de la extrema derecha: “La multitud en la Convención Nacional Republicana de esta semana apoyará fielmente la nominación de Romney, pero su corazón estará más cerca del hombre joven con las ideas más radicales que estará de pie a su lado”. Se refiere a Ryan, claro, cuyo documento de enero del 2010 Un libro de ruta para el futuro de América, versión 2.0 es un plan presupuestario “doblado en manifiesto [ideológico] de Ryan”, como recuerda Joel Achenbach en The Washington Post, el gran periódico liberal de la capital federal. En dicho manifiesto, el candidato a vicepresidente se dirige a una clase media empobrecida y desorientada, que teme que las inquietudes sociales de Obama –con la reforma sanitaria en primer lugar– se traduzcan en más impuestos y menos oportunidades. Sostiene Ryan que los ciudadanos “están agotados por un Gobierno que cada vez más cuida de ellos y cada vez toma más decisiones por ellos”.

En esta línea, para los delegados en la convención de Tampa resultó tan importante exaltar el gran momento del Tea Party como transfigurarse en una asamblea anti-Obama. Una pirueta en la que el papel de Ryan fue determinante, porque en su condición de presidente de la Comisión de Presupuestos de la Cámara de Representantes ha delimitado su perfil de fustigador incansable de los planes económicos de la Casa Blanca. Para tal fin ha contado con la ayuda inapreciable de The Wall Street Journal y del entramado de medios que controla Rupert Murdoch, adversarios irreductibles de los mecanismos de control del sistema financiero que tímidamente quiere introducir Obama para evitar futuros episodios con el efecto siniestro de la crisis de las hipotecas subprime (verano del 2007) o de la quiebra del banco Lehman Brothers, cuyo cuarto aniversario se cumplirá el día 14.

Todd Akin

Todd Akin ha recaudado más de 100.000 dólares desde que hizo mención de la "violación legítima" y piensa mantener su candidatura al Senado por el estado de Misuri.

El manifiesto de Ryan está bastante lejos de la política a brochazos de la derecha desabrida, pero en el fondo se alimenta de los mismos recelos frente a las prerrogativas del Estado que la exgobernadora Sarah Palin manifiesta en su web oficial mediante textos exaltados: “La América que conozco y quiero no es aquella en la que mis padres o mi bebé con síndrome de Down tendrán que presentarse frente al panel de la muerte de Obama para que sus burócratas pueden decidir, de acuerdo con un juicio subjetivo, su nivel de productividad en la sociedad , y si son dignos de que se atienda su salud. Este sistema es francamente el mal”. Esta tendencia a la desconfianza hacia cuanto viene de Washington tiene profundas raíces históricas, pero es también un instrumento permanente de manipulación de las conciencias que permite justificar situaciones tan diferentes como la tenencia de armas –más de 200 millones de armas cortas en poder de particulares–, la libertad de los padres para no escolarizar a sus hijos y educarlos en casa o poner en plano de igualdad la enseñanza del creacionismo y del evolucionismo.

El debate que sostienen los dos grandes partidos acerca de los límites del Estado se remonta a los días del New Deal, porque Franklin D. Roosevelt (1933-1945) llevó la intervención del Gobierno en la economía más allá de lo que ningún otro presidente lo había hecho hasta la fecha para rescatar al país de las penalidades de la Gran Depresión. Pero, como señala Joel Achenbach al dibujar el perfil ideológico de Ryan, nunca como hasta ahora tuvo tal virulencia. Esa virulencia lleva a los demócratas a poner en aprietos a Mitt Romney todos los días por su negativa a hacer pública in extenso su declaración de la renta, lleva a los republicanos a dudar medio en broma medio en serio de la ascendencia estadounidense de Obama, e induce a todos a buscar el coup de théâtre que noquee al adversario antes del 6 de noviembre. Entre tanto, se recurre a recordar los pecados del pasado para mantener viva la llama de la sospecha en el campo del rival y, de paso, atenuar la penitencia por los pecados propios, como hace Jonah Goldberg, editor de la publicación muy conservadora National Review, al sacar del archivo las historias poco edificantes vividas por el senador Edward Kennedy, ya fallecido, en la isla de Chappaquiddick, donde perdió la vida la secretaria Mary Jo Kopechne, y por el presidente Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky.

“¿Y si todos estamos equivocados?”, se pregunta William Kristol, uno de los analistas más perspicaces de la derecha-derecha cultivada, en el semanario The Weekly Standard, del que es editor. Las respuestas de Kristol son de un realismo sin concesiones:

  1. Todo el mundo sabe que los estadounidenses “no pueden entender un debate sobre abstracciones como la deuda nacional, los derechos, Obamacare y el sonido del dinero”, pero los candidatos republicanos, inspirados por el Tea Party, lograron en el 2010 la mayor victoria en décadas centrados en estos temas, incluso cuando “la mayoría de los votantes siguen echando la culpa a un republicano, George W. Bush, de la debilidad de la economía”.
  2. “Todo el mundo sabe que los problemas sociales son la muerte para los republicanos”, pero, en cambio, los electores son conscientes de que “el matrimonio tradicional ha sufrido en los estados donde los candidatos presidenciales republicanos pierden”, “prefieren que los abortos sean infrecuentes” y no se realicen en “niños parcialmente nacidos (?) o a punto de nacer”, y se preocupan de que “la libertad religiosa sea protegida y no frenada”.
  3. “Todo el mundo sabe que de lo que se trata en una campaña es de encontrar un camino a la victoria”, y eso significa “tomarse muy en serio los pequeños objetivos”.
Tom Smith

Cartel electoral de Tom Smith, candidato al Senado por Pensilvania, que ha comparado el embarazo fruto de una violación con el nacimiento del hijo de una pareja que no está casada.

El programa de Kristol puede resumirse en pocas palabras: dejemos las grandes digresiones para otro momento y centrémonos en cuestiones prácticas. Dejemos la herencia de los pioneros, de la América mesiánica a la que la historia reserva un lugar de honor, y vayamos a lo que realmente importa que es desalojar a los demócratas de la Casa Blanca para poner punto final a un reformismo que para el Tea Party no es otra cosa que socialismo. Por lo demás, remontarse a la exaltación del individuo en los primeros tiempos de la epopeya nacional, liberado de las ataduras del Estado, es tan novelesco como inexacto y, en todo caso, resulta fácilmente rebatible cuando se pasa del mitin a la cátedra. El mito del héroe que forja su destino sin más ayuda que sus propios recursos ha llenado de obras maestras la cultura estadounidense, pero es insostenible narrar la entera historia del nacimiento de la gran potencia sin recurrir a más mimbres que los de un individualismo acérrimo.

El historiador Tony Judt dejó dicho en Pensar el siglo XX: “La confianza en uno mismo es parte del mito de la frontera americana. Si destruyes eso o, más bien, dejas que se destruya, destruyes parte de nuestras raíces. Este es un argumento defendible e incluso razonable (…) Pero como argumento no tiene nada que ver con el capitalismo, el individualismo o el libre mercado. Por el contrario, es un argumento en pro de un cierto Estado del bienestar, sobre todo debido a su incuestionable premisa de que un cierto tipo de individualismo sostenible requiere una buena cantidad de ayuda del Estado”. Este razonamiento corresponde seguramente al tipo de debate sobre abstracciones que a Kristol le parece impropio de una campaña electoral.

El liberal Robert Putman, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Harvard, es más jocoso en sus juicios, pero no menos certero al dar su opinión a Joel Achenbach sobre la defensa del individualismo que hace Paul Ryan y la herencia de los pioneros. “Los estadounidenses siempre han mitificado al cowboy solitario en su caballo, cabalgando en su silla en dirección al Oeste; un carácter a lo John Wayne, un individualismo resistente”, dice Putman. Pero añade: “En realidad, el Oeste fue colonizado por las caravanas de carretas”. Es decir, fue una empresa colectiva promovida y protegida por el Estado, de la misma manera que hoy la agricultura familiar, esencial en la estructura social de la América profunda a la que se dirige el Tea Party, puede sobrevivir gracias a las subvenciones federales, las vías de comunicación, que dependen del presupuesto federal, y otros servicios que financia el Gobierno desde Washington, como razonó Tony Judt al final de sus días. ¿En algún momento antes del 6 de noviembre se hablará de economía en estos o parecidos términos o la presunta “intromisión del Estado en casa” (Rick Santorum) se adueñará de la campaña?