Rusia regresa a las esencias

Las maniobras de la OTAN en Polonia han dado renovados bríos al léxico de la guerra fría, tantas veces enterrada. Frente a la idea más común de que la atmósfera de recelos y confrontación entre el Este y el Oeste se desvaneció en el momento en que la URSS dejó de existir y el modelo occidental ganó el envite, se alza la realidad: la reaparición de formas bastante abruptas en las relaciones de dos mundos poco o nada reconciliados. Frente a la estrategia de la OTAN de llevar sus fronteras hasta el límite occidental de Rusia se alza el renacimiento de un nacionalismo ruso que otorga a Vladimir Putin los atributos de guía predestinado que en el pasado, por diferentes razones, fueron patrimonio de los grandes líderes de la consolidación de Rusia, primero, y de la URSS, después.

¿O no hubo tal consolidación y el universo ruso no dejó de emitir señales de debilidad incluso en sus periodos más resplandecientes? Esa es la tesis que sostiene Stephen Kotkin, profesor de las universidades de Princeton y Stanford, en el último número de Foreign Affairs, idea reforzada a partir de diciembre de 1991 por una menor influencia a causa del desmoronamiento soviético, la pérdida de territorios, la adhesión a la OTAN de los antiguos aliados y de las pequeñas repúblicas bálticas (antes parte de la URSS), la frecuente marginación en las crisis internacionales y, en última instancia, por las dificultades económicas derivadas de las sanciones impuestas por Occidente y por el hundimiento de los precios del petróleo. Pero también por la sensación de vulnerabilidad o de acoso provocada por el despliegue del escudo antimisiles, por su relativa incomparecencia en las crisis encadenadas en Oriente Próximo hasta que decidió intervenir en Siria y por su ausencia de Asia central, salvo unas pocas bases militares.

Si es una constante histórica de Rusia por los menos desde Pedro el Grande (siglos XVII y XVIII), sino antes, que se pregunte a sí misma cuáles deben ser sus límites, hoy es cada vez más frecuente plantear una segunda incógnita: ¿a partir de qué momento la seguridad del país está en juego? Que en ambos casos el nacionalismo sea el punto de partida ideológico no quita importancia a esa especie de duda existencial permanente que Putin ha puesto al día y que su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, ha resumido en una sola frase: “No ocultamos nuestra actitud negativa al movimiento de infraestructura militar de la OTAN hacia nuestras fronteras y a la inclusión de nuevos estados [Suecia, Finlandia y Ucrania] en la actividad militar del bloque”.

No es menor la importancia de la OTAN en la configuración de ese escenario de referencia. Desde la anexión de Crimea por Rusia y la guerra en Ucrania, ahora en fase letárgica, el cálculo de riesgos elaborado por Estados Unidos y sus aliados se concentra en las tres repúblicas bálticas y en el flanco sur. Ese es el análisis de los generales que, al mismo tiempo, niegan que el escudo antimisiles debilite la capacidad de disuasión del arsenal estratégico ruso (armas nucleares), una opinión diametralmente diferente a la manifestada por los analistas del Kremlin.

El multilateralismo practicado por la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama tampoco es ajeno al éxito de Putin como defensor de las esencias, de una determinada concepción de la Rusia eterna o de la santa Rusia, citada a menudo por el clero ortodoxo y bendecida por él. Con razón o sin ella, los dirigentes rusos se han sentido marginados en la revisión del sistema de relaciones internacionales, han recordado la debilidad enfermiza del país en tiempos de Boris Yeltsin y su repliegue de todas partes y a toda prisa y han optado por prometer a la opinión pública que la Rusia inexpugnable está de vuelta. Favorecido todo por un fenómeno de despolitización de la calle, que acepta sin asomo de duda un proyecto de renacimiento nacional que, por lo demás, debiera ser compatible con una economía aquejada de anemia y minada por la corrupción. “Ahora las autoridades creen que no tienen necesidad de cambiar sus políticas a no ser que la popularidad de Putin caiga dramáticamente. Pero es precisamente su profunda aversión a cambiar lo que mantiene altos estos índices”, ha escrito Gleb Pavlovsky en The Moscow Times.

Al mismo tiempo que no son pocos los análisis relativos a la viabilidad futura de la política de Putin, una sociedad conservadora y que en el pasado se sintió humillada cree llegado el momento de recuperar el tiempo perdido, y esa nueva guerra fría o diplomacia fría con Occidente le parece la mejor señal de que el presidente hace lo debido. Los éxitos alcanzados por la aviación rusa en apoyo del régimen de Bashar al Asad, el derribo de un caza que violó el espacio aéreo turco, las medidas anunciadas por Lavrov, aunque no detalladas, para contrarrestar las maniobras en Polonia son episodios que dan pie a una permanente política de las emociones y evitan hacer frente a datos tan definitivos y determinantes como que el PIB nominal ruso equivale a la trigésima parte de los 36 billones de dólares que suman Estados Unidos y la Unión Europea.

“Rusia lleva razón al pensar que la posguerra fría fue desequilibrada, incluso injusta. Pero no fue a causa de ninguna humillación intencionada o traición. Fue el resultado inevitable de la victoria decisiva de Occidente en la contienda con la Unión Soviética. En una rivalidad multidimensional global –política, económica, cultural, tecnológica y militar–, la Unión Soviética perdió en todos los ámbitos”, subraya Stephen Kotkin. Pero son justamente los desequilibrios que llevaron a la humillación, fuese o no intencionada, los que han permitido a Putin ser la última encarnación del nacionalismo y han animado a los nuevos teóricos del eurasianismo, doctrina o escuela que ni considera europea ni asiática la cultura rusa, sino una fusión de ambas. Lo que lleva directamente a considerar acuciante la necesidad de que la relación de Rusia con su entorno no se atenga a la lógica europea, sino que sea independiente de esta y le discuta la hegemonía. Con maniobras o sin ellas; vaya la economía mejor o peor.

Una tregua bombardeada

La degollina de Alepo certifica la debilidad de la gestión política de la guerra en Siria a partir de la aprobación en diciembre de 2015 de la resolución 2254 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuyos frutos más visibles hasta la fecha han sido la tregua acordada a finales de febrero y las negociaciones iniciadas en Ginebra entre el Gobierno y la oposición. El único resultado tangible de las conversaciones es que han sobrevivido a toda clase de vacilaciones y zozobras; los bombardeos de la última semana amenazan con sepultar el alto el fuego aunque el pretexto para martirizar Alepo es acabar con los focos de resistencia terrorista que cobija y que alimentan la guerra. Al sumar la atmósfera de Ginebra a la matanza en curso, una más, se adueña de los análisis la idea expresada por diferentes integrantes del Alto Comité de Negociaciones, que engloba a la oposición y varios grupos armados apoyados por Occidente, Arabia Saudí, Catar y Turquía: el desarrollo de los acontecimientos en Ginebra depende de las acciones sobre el terreno en Siria. Dicho de otra forma: el riesgo de que sucumban las negociaciones es hoy mayor que nunca.

Como ha manifestado Basma Kodmani, uno de los delegados de la oposición desplazado a Ginebra, la continuidad del diálogo “depende de cuanto pasa sobre el terreno y del mando que controlan rusos y estadounidenses” a distancia, o según conviene a la barroca complejidad de las desavenencias entre la Casa Blanca y del Kremlin. Para Vladimir Putin, salvar el régimen de Bashar al Asad es el objetivo principal y el combate contra el Estado Islámico es secundario, al menos por el momento; para Barack Obama, lo que más importa es acabar con el califato e insertar a Siria en el dispositivo general de seguridad de Oriente Próximo. Para el presidente de Rusia, nada es más importante que asegurarse un papel relevante en la región; para el de Estados Unidos, en año electoral, toda muestra de debilidad se convierte en un arma que carga el diablo y pone en manos de los republicanos, singularmente del imprevisible Donald Trump, promotor exaltado de un incremento del presupuesto de defensa para disponer de una force de frappe amedrentadora en cualquier lugar y circunstancia.

De acuerdo con la descripción de Dmitri Trenin, del Carnegie Moscow Center, Rusia actúa en Siria para restaurar su papel de gran potencia en la región,  condición que perdió cuando el último presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, se retiró del escenario al comienzo de la primera guerra del Golfo. Además, sostiene Trenin, la política de Putin persigue otros objetivos menos llamativos, pero no menos importantes: contener y disminuir la presión del islamismo radical; apoyar a regímenes y fuerzas aliadas en la región; asentar el despliegue militar en y alrededor de la región; ampliar la presencia militar rusa en los mercados de armas, nuclear, de gas, de petróleo y de alimentos de Oriente Próximo; atraer a inversores de los países del Golfo y concertar con los grandes productores del Pérsico una política de precios sostenible en los mercados energéticos. En suma, el objetivo ruso es consolidarse como un interlocutor ineludible de igual manera a como Estados Unidos lo es, con la diferencia de que Obama intenta ahorrarse el coste económico y político de otra guerra.

La percepción del conflicto que tiene la opinión pública europea es sustancialmente diferente al que manejan rusos y estadounidenses. La capacidad de actuación del Estado Islámico en suelo europeo a través de una red muy dinámica de militantes dispuestos a inmolarse, la presencia de los refugiados en el Egeo, y de allí al corazón del continente, y el efecto que todo ello tiene en las políticas nacionales sitúa la neutralización de los yihadistas en el centro del debate. Pero tal operación es inseparable de una implicación decidida en la guerra –qué hay que hacer, en qué condiciones, en cuánto tiempo, etcétera–, y ahí las sociedades europeas se muestran reticentes. Y aunque cada día son más las voces que consideran ineficaz el combate contra el islamismo en armas si se afronta solo como un problema de seguridad, las iniciativas relacionadas con la presencia activa en Siria son tan modestas o más que aquellas necesarias para actuar en un entramado económico que es de facto un criadero de muyahidines, en Europa y en el orbe musulmán.

Salvo en la coordinación cada vez más estrecha de la comunidad de inteligencia europea y en el almacenamiento de refugiados en Turquía, sigue en pie la pregunta de Henry Kissinger: ¿qué número hay que marcar para conocer la posición de Europa? En la laberíntica guerra siria, en la que coinciden en el campo de batalla los generales de un régimen vesánico, diferentes islamismo políticos, musulmanes deseosos de construir un Estado laico, profetas del Apocalipsis, los socios de Al Qaeda (Al Nusra) y los combatientes del califato, las actitudes contemplativas son clamorosamente estériles, y las reacciones viscerales o emocionales –la de François Hollande después del 13 de noviembre, por ejemplo– apenas sirven para modificar el curso general de los acontecimientos; puede que ni siquiera sean útiles para tranquilizar a sociedades asustadas. El poder blando europeo es un valor en sí mismo, pero solo es eficaz cuando se fundamenta en la unidad de acción, algo que está lejos de haber logrado la Unión Europea después de más de cinco años de guerra en Siria.

La carnicería en un hospital de Médicos sin Fronteras y en una clínica deslegitima a quienes ordenaron el bombardeo, invalida toda justificación y pone en evidencia una vez más la textura moral del régimen sirio, pero es improbable que las imágenes de la tragedia y el testimonio de las víctimas modifiquen el comportamiento de las partes implicadas en la crisis y sus asociados. Por el momento, no hay una alternativa a la guerra y al sectarismo que contente a los aliados respectivos del Gobierno sirio y de las oposiciones, representantes de un variopinto espectro ideológico. El propósito alentado en febrero por Staffan de Mistura, mediador de las Naciones Unidas, para celebrar en 18 meses unas elecciones sometidas a control o tutela internacional estuvo tan cargado de buenas intenciones como falto de realismo. Como dijo en su momento Kofi Annan, ninguna de las partes está dispuesta a salir con heridas visibles de un proceso en el que, además de la presencia inevitable de Bashar al Asad o de sus herederos, apoyados por Rusia, tendrían algo que decir y defender Irán, China, Turquía, la Unión Europea y, desde luego, Estados Unidos, directamente o a través de sus respectivos socios en las trincheras. Aquella idea angelical de las elecciones que todo debían curarlo se antoja una utopía; es ilusorio creer que bandos irreconciliables pueden aceptar el dictamen de las urnas, puestas en medio de los cascotes humeantes de la guerra civil.

El escritor sirio Basel al Awadat ha descrito la falta de resultados en el foro de Ginebra con una frialdad muy precisa: “Rusia siguió apoyando la posición del régimen [sirio] y comenzó a decantarse por otras oposiciones. Además, hizo propuestas para sustituir a la principal delegación negociadora de la oposición por otra que incluya a otros opositores menos extremistas y más próximos a la visión del régimen. Mientras tanto, este seguía violando la tregua y bombardeando las ciudades que apoyan a la oposición. Estados Unidos, por su parte, se limitó a contemplar lo que sucedía sin reaccionar en señal de apoyo a la oposición, e incluso el enviado de la ONU para Siria y encargado de la supervisión de las negociaciones, Staffan de Mistura, se tomó a la ligera la decisión de la oposición de abandonar las negociaciones, que lo calificó de ‘show diplomático’, y confirmó que las negociaciones seguirían su curso con quienes estuvieran presentes”. Diríase que se impusieron las actitudes políticamente correctas, aquellas del todo previsibles, sin que fuesen alteradas ni por un momento por la hecatombe de Alepo. Hay demasiado en juego, según parece, para que alguien ose romper las perversas reglas de un juego que puede llegar a considerar la guerra un mal menor.

 

Panamá, un universo paralelo

La teoría de los universos paralelos se ha concretado en las finanzas globales mediante el goteo de nombres que destilan todos los días los papeles de Panamá. Ha dejado de ser una suposición o sospecha que por debajo de la superficie del ya de por sí hermético mundo del dinero fluye un caudaloso río de oro que escapa al común de los mortales, aquellos que todos los años dan con los impresos en una ventanilla de Hacienda para pagar lo que les corresponde. Hay dos sistemas tributarios, pero solo tenemos conocimiento de uno de ellos –y no se trata de un conocimiento exhaustivo y comprensible–, mientras que el otro, el paralelo, no hay forma de localizarlo. O sí la hay, pero se trata de una mera aproximación a la realidad cuando el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación u otro grupo de esforzados logra internarse en el laberinto de las sociedades offshore, en la espesa trama que permite acumular fortunas exorbitantes sin tributar o haciéndolo de forma poco menos que simbólica en paraísos fiscales.

También el mito de la caverna tiene aquí su aplicación: encadenados a la suposición de que Hacienda somos todos, de espaldas a la entrada de la cueva, se deslizan sombras en la pared que son solo una aproximación confusa de la realidad. Sabemos que el mundo de la política, de los negocios, de las élites cultural, deportiva y del papel cuché desfilan sin cesar por detrás nuestro, pero no podemos saber cuántos son, de dónde proceden, cuánto guardan en la faltriquera. Una sensación de impotencia, cuando no de burla grotesca, se adueña de los contribuyentes al contemplar el espectáculo; unas clases medias desposeídas por la crisis económica se preguntan qué desvergüenza es esta farsa de pillos perfumados que acuden en procesión a Panamá, a Belice, a las islas Vírgenes, a las Bahamas, al archipiélago de las Caimán, a Jersey, a Gibraltar, al silencioso discurrir de Luxemburgo, al resplandor de Mónaco, al encubrimiento de los testaferros y de las sociedades fantasma para eludir impuestos.

Ha quedado al descubierto la vulnerabilidad de los estados o las pocas ganas de muchos de ellos de controlar las cuentas de según quién, algo asimismo intuido o sospechado. En muchos casos, solo la falta de voluntad política de perseguir a los contribuyentes huidizos explica la facilidad con la que han podido exportar el dinero. Y lo que de ello se deriva no es solo un debate legal o jurídico –puede incluso que algunas de las evasiones no sean tales, sino operaciones de ingeniería contable amparadas por la ley–, sino moral y ético acerca de la viabilidad de modelos sociales que descansan sobre el principio de la redistribución de una parte de la riqueza, de la obligación tutelar del Estado para garantizar que el mecanismo funcione y para neutralizar las vías de escape de cuantos, al viajar a los paraísos fiscales, se desentienden de la suerte de sus conciudadanos.

Desde el mismo momento en que los papeles de Panamá ocuparon las portadas, los gobiernos aparecieron ridículamente desnudos ante la opinión pública. La multiplicación de declaraciones y promesas de actuación para dar con cuantos buscan refugio en el confort panameño es de una pobreza moral y política execrable; el compromiso de abrir de nuevo la lista de paraísos fiscales y someterlos a estricta vigilancia, no lo es menos. ¿Por qué se hará ahora lo que no se hizo antes, por qué los ideólogos de las amnistías fiscales (en España y en otros lugares) extremarán ahora el celo fiscalizador (de fisco)? Ambas preguntas están doblemente justificadas: porque en la documentación de Panamá aparecen políticos de diferentes lugares, cuya función, entre otras muchas, es evitar que engorden las finanzas globales opacas, y porque, sin la iniciativa de unos particulares que porfiaron hasta obtener la información, ninguna de esas promesas hubiese llegado a los telediarios. Es más, las artes prestidigitadoras del bufete Mossack Fonseca alcanzaron fama universal en según qué ambientes mucho antes de que estallara el escándalo, el despacho dispone de una web como cualquier sociedad mercantil, opera en 40 países y, por si no fuera suficiente, en fecha tan reciente como el mes de enero las autoridades brasileñas acusaron a cinco de sus empleados de blanqueo de dinero y corrupción.

Remitirse simplemente a lo que prescribe la ley, a los agujeros que en ella hay y a la habilidad de algunos bufetes para adentrarse en las finanzas globales paralelas no es más que una aproximación incompleta, insuficiente, diríase que casi oportunista, hija de una doble moral o moral de situación insostenible ante un auditorio atónito y conmocionado por la desfachatez imperante. Cuando el consorcio de periodistas se hace con más de once millones de documentos y los cálculos más moderados elevan el valor de la riqueza opaca a seis billones de euros, algo rematadamente podrido huele en todas partes. Si a ello se suma, como en España, una tasa de corrupción escandalosa, el riesgo de desmoralización colectiva es evidente, por no decir que el relativismo moral se adueña de los comportamientos. Alcanzar la opulencia es motivo de admiración; cómo se llega a ella, cada día importa menos (en algunos salones, pagar impuestos debe tenerse poco menos que por una extravagancia de millonario aburrido).

La dimisión del primer ministro de Islandia, Sigmundur David Gunnlaugsson, conectado con Panamá, hizo pensar a algunos que quizá la filtración pusiera en marcha un mecanismo de saneamiento automático de los hábitos económicos. Pero cuando la enfermedad alcanza a un mínimo de 50 países, incluidos China (la familia del presidente), Rusia (los plutócratas afectos a Vladimir Putin), el Reino Unido (el primer ministro David Cameron), España (una variada gama de personajes), Argentina (los negocios de Mauricio Macri), pero no se registran más episodios significativos que la dimisión de José Manuel Soria después de la de Gunnlaugsson, y la movilización de las policías y los tribunales es más que contenida, solo puede concluirse que pecaron de ingenuos quienes creyeron que iba a desencadenarse la catarsis. No la hubo y sí abundaron, en cambio, las excusas de mal pagador.

El caso es especialmente sangrante en España, donde un vendaval incontenible zarandea a un Gobierno en funciones y al partido que lo sostiene, el PP, que desde el 20 de diciembre contabiliza hasta siete escándalos y decenas de detenidos e investigados (antes imputados). Las aguas turbias han llegado a la sala de reuniones del consejo de ministros a través de José Manuel Soria y sus confusas explicaciones hasta el momento de la renuncia, y del expresidente José María Aznar, descubierto en una maniobra de encubrimiento de parte de sus ingresos a través de una sociedad para tributar el 25% a Hacienda y no cerca del 50%, correspondiente al IRPF. El principio de ejemplaridad, inseparable de la función pública desempeñada por cargos electos, ha saltado una vez más por los aires y, lo que es aún peor, cada día suma más militantes el bando de quienes opinan que la doble moral es inseparable del ejercicio de la política, una doble moral, culminación del cinismo político, que consiste en predicar sin dar trigo (llamar a la responsabilidad fiscal y, acto seguido, buscar cobijo en Panamá y otros paraísos acogedores).

Como ha recordado el periódico The New York Times, cuatro años mediaron entre la publicación en sus páginas del primer artículo dedicado a los papeles del Pentágono y el final de la guerra de Vietnam, dos años transcurrieron entre la primera noticia del caso Watergate en The Washington Post y la dimisión de Richard Nixon, pero no hay forma de prever siquiera vagamente cuánto tiempo será necesario para acabar con esa lacra social de los paraísos fiscales. Y no la hay porque la red de intereses que los utilizan es de tal magnitud que ni siquiera los estados mejor pertrechados pueden removerles la tierra bajo los pies más que de forma simbólica. En este universo paralelo de las finanzas globales a oscuras, proteger el dinero es el primero de los preceptos, y no se admiten excepciones. ¿En nombre de que principios está alguien en situación de pedir nuevos sacrificios, recortes y disciplinas cuando quienes en mayor medida debieran contribuir, o al menos una parte de ellos, practican sin rubor ni mala conciencia un disimulo obsceno? ¿En qué momento la obscenidad recibirá justo castigo en las urnas?

Europa se insensibiliza

El recurso a los gases lacrimógenos de la policía macedonia para contener a los refugiados en la frontera con Grecia es el último, más reciente y más maloliente baldón que empaña el compromiso moral de Europa con la crisis que viene de Oriente Próximo y más allá. Más exactamente, dicho compromiso se desvanece a toda prisa con el humo que dificulta la respiración y nubla la vista al mismo ritmo que los ministros de la UE de diferentes ramos pierden el tiempo en reuniones que no sirven para acordar nada y abrazan el sueño de que Turquía, debidamente subvencionada, y Grecia, totalmente arruinada, se conviertan en contenedores de una multitud de desesperados. Será verdad el contundente diagnóstico del escritor peruano Santiago Roncagliolo: “Europa es el barrio pijo del mundo, rodeado de peligros”.

En la gestión de la crisis de los refugiados se acumulan dosis intensivas de cinismo, oportunismo, ceguera política y tendencia a la autodestrucción de la UE como proyecto colectivo –no solo económico, claro–, como de forma muy atinada ha lamentado Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, debidamente envuelto su lamento en la corrección formal de un léxico que a nadie inquieta gran cosa y en una petición final a quienes huyen de la guerra: que desistan de entrar en Europa. La sospecha de que el objetivo primero es que cuadren las cuentas y el objetivo segundo, que ningún problema perturbe los balances, se expande en todas direcciones en ese barrio para elegidos cada vez más encerrado en sí mismo, menos sensible a los dramas que se representan en la periferia interior y en el vecindario de la UE.

Esos 3.000 millones de euros prometidos al Gobierno turco para que contenga la avalancha y esos 700 millones destinados a Grecia para que atienda las partidas más perentorias de la cuenta de gastos correspondiente al alojamiento de los refugiados son apenas dos parches, cuyo desembolso, por cierto, no acaba de concretarse. Nadie pone en duda que las dimensiones del desafío superan todo lo imaginable, nadie discute que el derecho internacional recoge mecanismos de acogida e impone obligaciones a los estados que resultan ineficaces cuando se barajan cifras como las que Europa tiene sobre la mesa; lo que sí lamentan un número creciente de voces críticas es que la reacción ante el reto sea contribuir al caos mediante la inacción, esa especie de parálisis deliberativa que encadena reuniones en las que no se toma ninguna decisión precisa, concreta y guiada por el respeto al desamparo de los refugiados, o se hace de forma vaga, desdibujada, sujeta a toda clase de interpretaciones.

Cada día resulta más urgente que bastantes preguntas tengan respuesta. Estas son algunas de ellas:

¿Qué coste político tendrá para Macedonia la utilización de gases lacrimógenos?

¿Piensa la UE imponer algún tipo de sanciones para civilizar a los gobernantes macedonios o no lo cree necesario?

¿Hay alguien dispuesto a admitir, además de la cancillera Angela Merkel, que el problema de los refugiados no es de Grecia, sino de la UE, y que, en consecuencia, es de todos y requiere actuar con prontitud?

¿Se aceptará que Grecia disponga de alguna suavización en las condiciones de su rescate, a cambio de cobijar a miles de refugiados, de la misma manera que Francia adelantó a finales del año pasado que no iba a cumplir con la reducción del déficit, a causa de las inversiones necesarias para combatir el terrorismo yihadista, y nadie rechistó?

¿Hay algún atisbo de disposición colectiva a reconocer públicamente que los refugiados son víctimas de varios conflictos dislocados y como a tales se los debe tratar?

¿Acaso la vía británica para una UE descafeinada ha ganado adeptos y el legado político de los padres fundadores ha acabado en el cesto de los papeles?

¿De qué sirve disponer del tratado de Schengen si se pone en entredicho todos los días y al final, en nombre de la soberanía, cualquier Gobierno puede sentirse legitimado para levantar barreras físicas –concertinas mayormente–, burocráticas y morales para desentenderse de él?

Hay una diferencia clamorosa entre Donald Trump y los líderes europeos que se reúnen a cada poco para hablar de los refugiados sin resultados reseñables: el aspirante a disputar la Casa Blanca a Hillary Clinton no se anda con tapujos, promete que construirá un muro para cegar la frontera con México y que, quizá, echará del país a millones de personas en situación irregular; los gobernantes de la UE se lamentan de la tragedia en curso y, acto seguido, dejan que la represión de la diáspora siga su curso, cierran los ojos a los obstáculos que se levantan aquí y allá y se emplazan para una nueva reunión que, salvo imprevistos, resultará tan estéril como las anteriores. Trump, un populista demagogo de extrema derecha, no engaña a nadie, no esconde sus propósitos; en cambio, son un misterio inescrutable los proyectos que manejan los reiteradamente reunidos en Bruselas con rostro compungido.

Cuando el financiero George Soros asegura que la UE y la Rusia de Vladimir Putin disputan una carrera contra el tiempo en el combate para vencer al Estado Islámico, y va más allá al afirmar que el presidente ruso no es un aliado fiable en la lucha contra el terrorismo global, acierta en el diagnóstico, aunque es incompleto. ¿Por qué? Porque el mayor de los adversarios de la UE, al menos de la que se vislumbraba hasta 2007-2008, es la propia UE, sometida a las exigencias de aquellos de sus socios –con el Reino Unido en primer lugar– que denuestan la institucionalización política de la organización, las cesiones de soberanía y la responsabilidad compartida por cuanto sucede en su interior. Quizá la política de los gases lacrimógenos no forme parte de su manual de operaciones, pero son comprensivos con quienes echan mano de ella y si, como Macedonia, no se trata de países socios de la Unión, entonces entienden que la moral comunitaria no sale dañada.

Viven en un error. Los comportamientos europeos son inseparables de la línea de conducta seguida por la UE. Nadie en Europa pesa más que la UE como referente de cuanto sucede en el continente, y menos cuando el núcleo de la discusión es el compromiso moral con los desvalidos. El Premio Nobel de la Paz del 2012 fue un reconocimiento a los desvelos europeos para defender y preservar los derechos humanos, pero lo que sucede desde hace demasiado tiempo confirma un dato irrefutable: la UE no es la que fue. Como afirma Beatriz Silva, “no es un problema que haya explotado ahora en las manos de los mandatarios, lleva años fraguándose y ha habido tiempo suficiente para abordarlo de manera coordinada y eficaz”. Y si no han sido posibles tales coordinación y eficacia, se ha debido a la falta de voluntad política, a la desnaturalización del legado europeo, cuya última entrega son las concesiones hechas a David Cameron para neutralizar el Brexit.

La situación en el campo de Idomeni (Grecia) es el espejo que devuelve la peor imagen de Europa, la de la insensibilidad de muchos de sus gobernantes, parapetados detrás de la Realpolitik y la razón de Estado para aplazar cualquier medida de alcance y contentarse con soluciones simbólicas. Hay en todo ello una gran ceguera política, un esfuerzo inútil por negar la realidad que se avecina, si no es que ya está ahí. “Europa va a cambiar de color. Y este es un proceso que requerirá mucho tiempo y costará mucha sangre”, declaró Umberto Eco al semanario portugués Expresso en abril del año pasado. Estaba en lo cierto.

 

Demasiado frágil para Siria

El frágil acuerdo alcanzado el jueves en Múnich por Estados Unidos y Rusia para que callen las armas cuando el compromiso cumpla una semana (la madrugada del día 19) resulta tan prometedor a primera vista como de aplicación improbable si se analiza detenidamente. Aunque la prioridad compartida por el secretario de Estado, John Kerry, y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, es que los convoyes con ayuda tengan el paso expedito, ambos comparten también la necesidad de no conceder ninguna ventaja estratégica a sus adversarios y proteger a los aliados, un rompecabezas que se completa con la voluntad explícita de mantener el hostigamiento sobre el Estado Islámico y Al Nusra, la rama siria de Al Qaeda. Demasiados condicionantes para imaginar que, después del fracaso hace unos días de las negociaciones de Ginebra, es posible un alto el fuego, quizá imperfecto, pero que sería en cualquier caso mejor que la situación actual.

Un artículo escrito por el financiero George Soros aporta elementos adicionales que alimentan la desconfianza. Según él, es un error ver en Vladimir Putin un aliado potencial en la lucha contra el califato, pues lo que persigue el presidente ruso es contribuir a la desintegración de la UE mediante un agravamiento permanente de la crisis de los refugiados. Putin no contaba con esta herramienta, pero la aprovecha una vez que se la ha servido en bandeja la inoperancia de los europeos para afrontar el problema. “Es difícil entender por qué los líderes de EEUU y la UE aceptan la palabra de Putin en vez de juzgarlo por su comportamiento –añade Soros–. La única explicación que puedo encontrar es que los políticos democráticos buscan tranquilizar a sus opiniones públicas mostrando una imagen más favorable de la que justifica la realidad”.

El clima no es mucho mejor en el campo ruso. El profesor Serguei Karaganov, un analista prestigioso, estima que Occidente “nunca entendió que no podía plantear la política con Rusia como si fuese una nación vencida”. Después de la guerra fría, explica Karaganov, Rusia nunca creyó serlo, algo que estima que forma parte del carácter nacional. De ahí la condición de Putin de líder empeñado en restituir el orgullo a sus conciudadanos y en recuperar la influencia en los asuntos internacionales, ya sea con su comportamiento en Ucrania o con el apoyo dispensado al régimen de Bashar al Asad.

Hay en todo ello un factor de debilidad agravado por la ausencia de grandes estrategas y la primacía de los aspectos tácticos en la paz que precisa Siria. En Rusia, porque las decisiones políticas tienen que ver con las dificultades siempre en aumento causadas por las sanciones que pesan sobre su economía, la caída de los precios del petróleo y el riesgo de bancarrota en el 2017 a causa del pago de la deuda; en Estados Unidos, porque, en año electoral, la Casa Blanca debe evitar que los compromisos que adopte dañen la imagen del demócrata que finalmente aspire a sustituir a Barack Obama. Cuando las condiciones son estas y no otras más llevaderas, la gesticulación debe disipar toda sospecha de fragilidad o de concesión, un mal punto de partida para alcanzar un pacto sólido.

Todo está prendido con alfileres. Nada se dice en el acuerdo de Múnich acerca de la suspensión de los bombardeos rusos contra objetivos bastante alejados del territorio del Estado Islámico –Alepo, por ejemplo–, pero identificados por los generales sirios como cobijo de terroristas –en realidad, combatientes de la oposición–, ni se aclara tampoco cuáles se supone que son los límite del espacio yihadista. Es más, en el esfuerzo permanente de Bashar al Asad de poner a salvo su régimen a través de la construcción del perfil inquietante de un enemigo de Occidente que está en todas partes, el Estado Islámico, no conviene la demarcación del campo de actuación de este. Por decirlo de una forma compartida por muchos analistas: el ISIS es la amenaza que ha hecho del régimen sirio un mal menor, preferible siempre a una eventual victoria de los islamistas radicales en Siria.

En tales circunstancias, la protección de las víctimas se reduce a su más mínima expresión. Mientras tanto, el Centro Sirio de Investigación Política cifra en 470.000 los muertos causados por cinco años de guerra, dos millones de refugiados malviven en Turquía y no menos de 50.000 huidos de la carnicería de Alepo se agolpan en la frontera turca; mientras tanto, la UE presiona a Estados Unidos para que el alto el fuego acabe con el flujo incontenible de desplazados camino de Europa, que, a su vez, ha sometido a revisión una de sus señas de identidad: la libre circulación de personas. Porque detrás del complejo entramado de la crisis se esconde una tragedia humana de intensidad y dimensiones desconocidas desde el final de la segunda guerra mundial, un problema que divide a las sociedades, alarma a los gobiernos y ha puesto en la picota la idea misma de una europeidad sin complejos y sin fobias.

Ninguno de los instrumentos legales destinado a gestionar la crisis de los refugiados es eficaz y suficiente, los gobiernos se escudan en las exigencias de los ciudadanos de que se detenga la avalancha y una clase media empobrecida se opone a que los recién llegados colonicen el mercado de trabajo con salarios a la baja. Las voces de quienes defienden que los refugiados pueden ser a la larga una aportación positiva al dinamismo social en comunidades envejecidas quedan silenciadas por la ruidosa reclamación de los euroescépticos, de la extrema derecha y de diferentes modalidades de populismo conservador que ven en el europeísmo una amenaza para las viejas naciones.

Pasado el efecto de la llamada por Sami Naïr “emoción mediática”, la crisis de los refugiados se ha convertido en un elemento debilitador de la cohesión europea –uno más– y en un factor a disposición de cuantos ven en la guerra de Siria un conflicto global con diferentes aplicaciones, todas ellas encaminadas a mantener la sangría antes que a lograr alguna forma de tregua con futuro. La simple enumeración de los países que dicen tener intereses en juego en el campo de batalla sirio, de Turquía a Irán, de China a Arabia Saudí, de los combatientes de Hizbulá a los peshmergas del Kurdistán, además del consabido pulso ruso-estadounidense, justifica que las dudas sean siempre más que las certidumbres, a propósito del acuerdo de Múnich o de cualquier otra iniciativa destinada a detener la tragedia. Ni siquiera es de aplicación en el desolado paisaje sirio la estrategia de los “arreglos parciales” para los problemas europeos, defendida por el profesor Timothy Garton Ash.

Poco cabe esperar cuando ni siquiera hay coincidencia en poner un nombre al acuerdo alcanzado –¿cese de las hostilidades, alto el fuego, una pausa?, expresiones utilizadas por Kerry y Lavrov para referirse a lo pactado–, y todo queda enturbiado con un genérico “final de la actividad hostil”. No hace falta ser un pesimista incorregible para concluir que esto es bastante menos que la cirugía de urgencia que reclama la enfermedad para contener la hemorragia, para evitar que el conflicto de Siria se convierta en una guerra crónica que ponga a prueba la viabilidad del proyecto político de la UE, falto siempre de una definición clara, precisa y concluyente.

El juego de Putin

La complejidad de la crisis siria ha subido un punto más en su particular escala de Richter a raíz de la intervención directa de la aviación rusa en los bombardeos contra enclaves de la oposición al régimen de Bashar el Asad más que contra las del Estado Islámico, según muy solventes indicios. Mientras Rusia defiende su derecho a apoyar un régimen elegido democráticamente, según el muy previsible articulista de Pravda Timothy Bancroft-Hinchey, cunde la alarma en Occidente por el riesgo de un incidente entre aviones rusos y estadounidenses sobrevolando un mismo espacio aéreo, y aún más por el apoyo explícito dispensado en el campo de batalla por Rusia al presidente sirio. Un apuntalamiento o protección de la autocracia de El Asad que lleva inexorablemente a aceptar como única hipótesis viable para detener la matanza la participación del presidente en cualquier negociación política.

Cuando al menos en una ocasión se ha podido confirmar que las bombas rusas cayeron sobre un grupo entrenado por la CIA, cuando se han puesto en marcha obras de ampliación de la base rusa de Tartus, en la costa siria, y cuando Vladimir Putin defiende la conveniencia de una actuación preventiva “para luchar y destruir militantes y terroristas sobre el terreno dispuestos a ocuparlo”, sin especificar de quiénes se trata, no es muy difícil imaginar que el presidente de Rusia ha cogido su fusil con el debido cuidado de no provocar un enfrentamiento directo con Estados Unidos y sus aliados, pero también sin especial disposición a atender los argumentos de François Hollande y Angela Merkel para que los ataques se circunscriban a las bases del Estado Islámico. Hay en todo ello cierta lógica heredada de la guerra fría, pero también la reparación o compensación de la marginación de Rusia por la OTAN a raíz de la intervención en Libia, cuando Putin era primer ministro y Dmitri Medvédev, presidente (a partir del 2012 se intercambiaron los papeles). Asoma en la crisis el propósito ruso de no quedar fuera de la solución política siria y, de forma más amplia, de la maraña de influencias en Oriente Próximo.

Un largo informe colgado en la web estadounidense Politico.com desarrolla la idea de que la estrategia rusa obedece al convencimiento de Putin de que fue un gran error la actitud de Rusia en el 2011 al abstenerse en el Consejo de Seguridad de la ONU y dejar las manos libres a la OTAN en Libia. Pero obedece también, asegura el medio,  a una pugna por el poder en el interior del Kremlin entre sus dos hombres fuertes, el propio Putin y Medvédev, comprometido el primero en restablecer la influencia de Rusia mediante dosis intensivas de nacionalismo radical y empeñado el segundo en adecuar la política rusa a la capacidad de resistencia de su economía, baqueteada por las sanciones occidentales a raíz de la crisis ucraniana. Se dé o no esa disputa, lo cierto es que el compromiso ruso con El Asad prefigura objetivos políticos muy diferentes a los del 2011, después de que Medvédev negociara un nuevo acuerdo nuclear con Barack Obama, aprobado por la Duma y es de suponer que bendecido por Putin.

Para David F. Gordon, especialista en seguridad, Putin entiende que la situación en Siria es una gran oportunidad geopolítica para mitigar los efectos de la debilidad económica causada por la caída de los precios en el mercado de la energía y por las sanciones. Más que una pelea entre los hombres fuertes del establishment ruso, Gordon sostiene en Foreign Affairs que el comportamiento de Putin responde a su convencimiento de que puede sacar partido al fracaso estadounidense para detener al Estado Islámico, encontrar una solución política para Siria y, acto seguido, resolver la crisis de refugiados en Europa. “Putin es un oportunista que trata de aumentar la influencia rusa en Oriente Próximo y, al mismo tiempo, proyecta la imagen del Kremlin en el mundo, y especialmente en Europa, como parte esencial de la solución a los problemas”, escribe Gordon.

Resulta más difícil descifrar de qué hablaron Obama y Putin en Nueva York para que un día más tarde Estados Unidos mostrara su sorpresa por el inicio de los bombardeos rusos, como si el asunto no hubiese formado parte de la conversación. Los aires de sorpresa del secretario de Defensa, Ashton B. Carter, al recordar que algunos de los grupos de oposición bombardeados “están apoyados por Estados Unidos y es necesario que formen parte de una solución política en Siria”, parecen fruto del desconcierto, pues el apoyo ruso al régimen sirio ha pasado de la retórica y los suministros a la implicación directa. Es decir, a través de la política de hechos consumados la situación ha evolucionado hacia una mayor complejidad; no se trata solo de salvar el régimen de Bashar el Asad, sino de convertirlo en la pieza clave en el tablero de Oriente Próximo.

La sorpresa y el desconcierto se agrandan en la medida en que, al mismo tiempo que el Pentágono denuesta los bombardeos rusos, el Departamento de Estado se entrega a la diplomacia directa, y John Kerry se presta a discutir el problema con el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov. ¿Síntomas de debilidad o necesidad acuciante? Charles Krauthammer, analista de The Washington Post, se inclina por el retroceso de Estados Unidos en el escenario de referencia, parte del convencimiento de que cuando Obama llegó a la Casa Blanca, “Estados Unidos había emergido como el actor regional dominante” en Oriente Próximo, para lamentar acto seguido: “El último domingo, Irak anunció el establecimiento de una alianza con Irán, Siria y Rusia, símbolo de la nueva alianza del creciente chií (…) bajo el paraguas de Rusia, la potencia regional hegemónica ascendente”. Un análisis que comparte la creencia de los gabinetes de estrategia que ven en la retirada estadounidense de Oriente Medio el primer mojón del camino que conduce directamente a la intensificación de la guerra fría no declarada en el golfo Pérsico entre el mundo suní, encabezado por Arabia Saudí, y el chií, pilotado por la teocracia de los ayatolás.

Nadie pensó al inicio de la guerra civil de Siria, hace cuatro años, que un dictador desprestigiado y sanguinario, a pesar del apoyo ruso e iraní, pudiese sobrevivir a la presión internacional y a las matanzas obscenas. Nadie apostó por un asentamiento del Estado Islámico como factor determinante en la crisis. Por el contrario, fueron mayoría los que creyeron que la vesania de El Asad cavaría su tumba. Todo ha sucedido al revés: el presidente sirio se ha convertido en la alternativa soportable y preferible al Estado Islámico (al menos para Occidente) y, en cambio, sus adversarios políticos, organizados bajo diferentes nombres, han sucumbido a la realpolitik y a la habilidad de Rusia para sacar partido a la indecisión de Estados Unidos y sus aliados. Si Putin no ha tomado la iniciativa, al menos ha igualado el compromiso de Occidente en el campo de batalla y ha hecho de Siria, quizá, la moneda de cambio para afrontar otras crisis o atenuar por lo menos los efectos de la interferencia rusa en Ucrania. Este parece el juego.

Grecia, penúltimo acto

Nada puede ser peor para el futuro de la Eurozona que la salida de Grecia del euro y quizá de la Unión Europea. Por malo que sea el acuerdo que se pergeñe para que Grecia se mantenga en la moneda única, siempre será mejor que el tormentoso horizonte más o menos intuido por todo el mundo si el Grexit se hace realidad. Quizá sea este el juego de los gobernantes griegos, que, como tantas veces ha sucedido en la historia de la UE, han llevado a la organización al borde del abismo con la inestimable ayuda de varios de los negociadores que han dado voz al Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europa. Quizá sea este el juego griego o quizá al primer ministro Alexis Tsipras no le quede más juego que este, presionado por el ala más radical de Syriza, alianza heteróclita donde coexisten tantas interpretaciones de la crisis, de la deuda y del pago de la deuda como izquierdas quepa imaginar.

Esa es una posibilidad que no hay que descartar, antes bien, resulta más que verosímil que el gran obstáculo para Tsipras esté en Atenas y no en Bruselas. Esto es, que aquello que confusamente sale de la mesa de negociación europea podría ser asumido por una parte del Gobierno griego como un mal menor, pero podría adquirir la naturaleza de casus belli para la facción de Syriza menos dispuesta a aceptar una solución que no incluya una quita y que no blinde lo que queda –cada día menos– del Estado de bienestar antes de hablar de más reformas. Un informe-auditoria de la deuda elaborado por el Parlamento griego, y filtrado el jueves, ha suministrado munición a quienes están menos dispuestos a transigir: se dice en el texto final que una gran parte de lo adeudado es ilegal, ilegítimo y odioso. Pero la deuda existe y adjetivarla sirve para arrancar los aplausos durante un mitin en la plaza Syntagma, pero no para dar con una puerta de escape o para conjurar el gran riesgo: que la herida de Europa sea más grave con Grecia fuera del euro que con Grecia dentro de él.

Más grave para Europa y para la propia Grecia, cabe precisar. Pues es una incógnita absoluta saber qué consecuencias de futuro tendría en la economía y en la sociedad griegas la salida del euro y, debe repetirse, puede que de la UE. Es un enigma indescifrable dar un valor de cambio a una dracma resucitada, aventurar quién y cómo prestaría dinero al Estado griego, hasta qué punto sería inevitable un corralito, cuál sería la capacidad de resistencia de los bancos griegos antes de desplomarse y cómo se podría contener la fuga de capitales y la retirada de depósitos, que con intensidad creciente –1.000 millones al día esta semana– forma parte de la historia griega de los últimos años. La suposición de que la banca rusa acudiría en ayuda de las finanzas griegas, inducida por el presidente Vladimir Putin, deseoso de incomodar a la UE, resulta tan efectista como improbable (las sanciones a raíz de la crisis ucraniana han dañado la economía de Rusia); en todo caso sería una operación entre simbólica e insuficiente para limitar los daños (suministro de gas y petróleo como parte de la cooperación energética acordada el viernes). Esa es la realidad y no otra.

“Europa debe salvar a Grecia. Las consecuencias de que permanezca en la Eurozona serán malas, pero las de que se vaya serían aún peores. No solo económicas, sino humanas, geopolíticas e históricas. Europa no volvería a ser la misma”, escribía hace unos días alguien tan alejado de las visiones apocalípticas como Timothy Garton Ash. Es muy verosímil que tenga razón, que una exclusión de Grecia del tablero europeo resultase más costosa en términos de estado de ánimo colectivo, de raíces culturales y de identidad común que en términos económicos. Porque todo el mundo sabe que la deuda griega es impagable, salvo una renegociación realista de las cantidades y los plazos. Es imposible que pueda pagar un país de 11 millones de habitantes, con un PIB de 180.000 millones de euros, una deuda equivalente al 180% del PIB y un entramado social y productivo devastado por la crisis. Resulta más que difícil que los acreedores dispongan de un modelo matemático humanamente soportable para recuperar el dinero que se les adeuda (por encima de los 300.000 millones de euros).

Deuda griegaDe aquí al 30 de junio, cuando Grecia deberá pagar 1.600 millones de euros al FMI, es de prever una guerra de nervios en el seno de la UE, pero también en las bolsas y en el mercado de la deuda, potencialmente muy costosa esta última para países como España. Si al acabar junio el Gobierno griego no ha percibido los más de 7.000 millones de euros correspondientes al último tramo del segundo rescate, es poco probable que pueda eludir la suspensión de pagos y, a partir de ahí, todos los males imaginables hasta llegar a la quiebra financiera después de no atender el reembolso de 3.200 millones de euros al BCE previsto para el 20 de julio. ¿Está la UE preparada para afrontar ese desaguisado sin sufrir daños irreparables en su solvencia como organización en el presente y en su viabilidad como proyecto de futuro? ¿Está la opinión pública griega preparada para adaptarse a las consecuencias de una marginación o exclusión de su país del relato europeo?

Desde un punto de vista meramente técnico, la reforma de las pensiones, estimular el crecimiento, rebajar el presupuesto de defensa, lograr este año un superávit primario del 1% y acelerar la reforma fiscal son medidas con sentido para salir del atolladero. Pero lo son menos en un paisaje dominado por el dato dramático de que un tercio de la economía griega –el 25%, según los más optimistas– se ha esfumado de una forma u otra en los últimos siete años. El diagnóstico publicado en EL PERIÓDICO por el profesor Josep Oliver llega a la conclusión de que “es momento de proyectos políticos de largo alcance”, pero no puede evitar una sombra de pesimismo razonado: “A la luz de los fracasos de estos últimos años, asistiendo a una debacle, la griega, que nadie desea, pero que parece cada vez más probable, se me hace difícil imaginar si nuestros líderes serán capaces de tomar la alternativa”. Una realidad que ensombrece de antemano el Consejo Europeo extraordinario del lunes, donde lo peor que puede suceder es que el léxico economicista se imponga una vez más al pacto necesario después de medio año de diálogo de sordos.

Otras voces comparten el pesimismo razonado de Oliver. Jeffrey D. Sachs, profesor de la Universidad de Columbia, considera “petulantes, ingenuas y fundamentalmente autodestructivas” las demandas de Europa destinadas a asegurar el reembolso de la deuda griega. “Al rechazarlas –dice Sachs–, los griegos no están jugando; están intentando sobrevivir”. “Grecia afronta una tragedia económica”, opina Larry Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos. Para el nobel Paul Krugman, debería existir “una alternativa medianamente decente”, que evitara la salida de Grecia del euro y el terremoto subsiguiente en toda Europa. Sachs, Summers y Krugman, desde trincheras ideológicas bastante diferentes, coinciden, sin embargo, en un reproche más o menos implícito: la torpeza política de la UE. Acaso debiera añadirse la mezcla de bisoñez y altanería del Gobierno griego al creer que la contundencia de su victoria electoral le reportaba un plus de fortaleza negociadora más allá de sus fronteras (tesis de Yanis Varoufakis) que, a la hora de la verdad, ha brillado por su ausencia.

Lo cierto es que ha pasado la hora de los análisis del pasado, de los errores cometidos en el nacimiento del euro, de la permisividad del sistema financiero en la concesión de créditos durante el ciclo expansivo, de la prestidigitación con las estadísticas practicada por varios gobiernos griegos, de la tolerancia o la complicidad de Europa en todo ello, del precio pagado por la austeridad. La teoría de juegos, de la que Varoufakis es un brillante especialista, tampoco tiene cabida ahora, salvo que se trate de jugar al tres en raya, donde la victoria entre contendientes avisados es imposible. Porque no queda tiempo más que para poner un parche y evitar que progrese la enfermedad hasta matar al enfermo.

El profesor Sachs recuerda en su diagnóstico del problema griego un pasaje del libro de John Maynard Keynes Las consecuencias económicas de la paz, publicado al final de la primera guerra mundial, cuando el Gobierno de Estados Unidos porfió para asegurarse sustanciosas reparaciones de guerra: “¿Querrán los pueblos descontentos de Europa, en la generación venidera, ordenar sus vidas de tal forma que una parte apreciable de su producción diaria se dedique a hacer un pago externo? En una palabra, no creo que ninguno de estos tributos se siga pagando más que, en el mejor de los casos, unos pocos años”. ¿Es posible que el Consejo Europeo no sea capaz de comprender, como Keynes en su día, que ningún acuerdo puede descansar sobre el futuro de, por lo menos, una generación? ¿Cree el Gobierno griego que puede salir airoso del lance sin presentar un plan técnicamente consistente y políticamente defendible? ¿Están dispuestos, en suma, a aceptar unos y otros que, sea cual sea el desenlace, tendrá por fuerza un altísimo coste político que habrán de justificar ante la opinión pública, y que deberán pechar con sus consecuencias? Si no lo están, el proyecto europeo quedará malherido y no solo el futuro de Grecia.

 

Esperar y ver después de Minsk

Tantos y tan rotundos son los fracasos precedentes en la aplicación de acuerdos encaminados a silenciar las armas en Ucrania que el alcanzado el jueves en Minsk debe acogerse con una sobredosis de prudencia. La distancia entre el proyecto de Vladimir Putin, presidente de Rusia, de restaurar el orgullo herido por Occidente a raíz del hundimiento de la URSS, y el objetivo europeo, respaldado por Estados Unidos, de sumar Ucrania a la expansión hacia el Este se hallan tan lejos y reúnen tal cantidad de incompatibilidades que mal puede pensarse que 15 horas de negociación sean suficientes para, a partir de aquí, avanzar hacia la concreción de un modus vivendi razonablemente tranquilo. Como subrayan todos los especialistas, se impone el wait and see (esperar y ver), que no gusta a la Casa Blanca, pero que ha ganado adeptos en la Unión Europea, que lo prefiere a la reiteración de errores que han llevado a la situación desquiciada del presente.

Un editorial del viernes del periódico liberal británico The Guardian resumió en una sola frase todas las dificultades que entraña la aplicación de la tregua, la retirada de las armas pesadas, la creación de una zona desmilitarizada y las reformas constitucionales que deben servir para encajar el Donbass en Ucrania: “Los objetivos de Rusia, Ucrania, los separatistas, los europeos y los estadounidenses son tan divergentes que es imposible reconciliarlos”. Porque, para que ello fuera posible, haría falta que se aceptaran por las partes algunos requisitos que hoy, lejos de vislumbrarse, no parece que los implicados puedan compartir. Entre ellos, cuatro parecen tan necesarios como alejados de las intenciones de los contendientes y de los intermediarios –Francia y Alemania– que han acudido a Minsk:

  1. Ningún desenlace de la crisis puede entrañar una debilidad estratégica o política para Rusia.
  2. Ucrania tiene derecho, en el ejercicio de su soberanía, a articular sus compromisos exteriores siempre que estos no dañen la seguridad de sus vecinos.
  3. La minoría rusófona de Ucrania tiene derecho a que se garantice su supervivencia cultural.
  4. La incorporación de la península de Crimea a Rusia es un dato irreversible, salvo que el caso se quiera convertir en la coartada o justificación para eternizar el conflicto mediante una guerra de baja intensidad a las puertas de la UE.

Frente a ese planteamiento realista, que el Gobierno ucraniano y los separatistas –Rusia mediante– debieran tener por razonable, se alza la pretensión de ambas parte de cobrar ventaja o debilitar al oponente, de acuerdo con una lógica político-militar que pone en riesgo cualquier solución negociada. Así se explican la ambigüedad de Putin al anunciar el acuerdo, la obstinación de Petró Poroshenko, presidente de Ucrania, de excluir la federación o la autonomía de la reforma constitucional que debe acomodar con garantías las provincias rusófonas dentro de las fronteras ucranianas y la prudencia extrema de la cancillera Angela Merkel y del presidente François Hollande al levantarse la sesión tras una noche de discusiones a cara de perro o poco menos.

Como afirma el profesor Pere Vilanova, la solución preferida por Putin es “mantener abierto uno más de sus productos de exportación preferidos: los conflictos congelados o estados de facto, como en Osetia del Sur, Abjazia, Transnistria, Nagorno Karabaj, todos obra de Rusia” (por si alguien lo dudaba, la guerrilla del Donbass es una mera ficción táctica para encubrir la injerencia rusa en Ucrania). Pero no puede decirse que la prudencia sea la mayor virtud de Poroshenko, que en plena crisis ha recibido del Fondo Monetario Internacional 17.000 millones de euros y que ve en la UE la tabla salvadora para evitar la quiebra económica del Estado que, quizá, sirva también para conjurar la política. Mientras tanto, en el frente, los combatientes se han esmerado en mejorar sus posiciones antes de la tregua y los separatistas no han dejado de recibir suministros rusos, orientado todo a sacar el máximo partido final –si es que se trata realmente del final– a su situación en el campo de batalla.

El único dato de indiscutible relevancia en la gestión de las últimas semanas de este desdichado conflicto, presunta guerra civil y aún más presunta guerra de liberación, es la comparecencia del eje franco-alemán, pilar primero de la construcción europea, aunque sea a costa de dejar a un lado a Federica Mogherini, teórica responsable de la política exterior europea. Más allá del coste político para articular una diplomacia europea colegiada surgió el peso de la historia en esa madrugada se discusiones en la que estuvieron presentes Merkel y Hollande, sin que ningún socio de la UE discutiera su derecho a hablar en nombre de todos, y aun a condicionar la futura posición de Europa si los acuerdos de Minsk dejan de tener vigencia, si se da el caso de que Estados Unidos rescata su idea de que es necesario prestar ayuda militar a Ucrania para compensar la que Rusia presta a los separatistas.

En la implicación franco-alemana hay el reconocimiento implícito de que es preciso corregir los errores de manual cometidos por Occidente y evitar una reedición de la incapacidad mostrada hace más de 20 años para evitar el incendio de los Balcanes. El oportunismo exhibido por Occidente al desmembrarse la URSS, la expansión de la OTAN hacia el este, como si Rusia no fuese la heredera directa del legado soviético, la instalación del escudo antimisiles en Polonia y la República Checa, que daña irremisiblemente la capacidad de respuesta militar de Rusia, y la pretensión de la UE de atraer a Ucrania en perjuicio de los intereses rusos, aunque se negara tal circunstancia, han inducido la rectificación franco-alemana sin someterla a la consideración de los demás socios europeos pues, en este caso, quizá las consabidas digresiones bizantinas que con frecuencia paralizan a la UE hubiesen hecho imposible el viaje a Minsk. Si la reaparición en primera línea del eje franco-alemán debilita o refuerza el diseño de una política exterior europea, es asunto que seguramente no admite una única respuesta: puede que quede sometida o condicionada por el eje, pero cabe asimismo que el eje la refuerce al soslayar las diferencias históricas entre la tradición anglosajona –asociación cuando no sujeción a la política exterior de Estados Unidos– y la más decididamente europeísta.

Más importante que todo esto es que la intermediación europea caiga en saco roto y que a las primeras de cambio, con cualquier pretexto, lo acordado en Minsk quede en agua de borrajas, porque en este caso es de temer que se lleve a la práctica la opción manejada por la Casa Blanca, secundada con entusiasmo por la mayoría republicana en el Congreso. Y en esa posible guerra más caliente o más comprometida para los países de la OTAN, es decir, para la inmensa mayoría de los socios de la UE, es más que verosímil que rebroten las diferencias y aun la división, los leitmotiv de la guerra fría y puede, quién sabe, que los agravios históricos que los antiguos integrantes del Pacto de Varsovia guardan en la memoria y los agitprop de turno resucitan de vez en cuando. Wait and see.

Rusia, condenada a una crisis

“Si Rusia no empieza hoy su modernización, corre el riesgo de convertirse mañana en un país del Tercer Mundo”, vaticinó en el 2012 el analista IgorYurgens. Dos años antes, varios líderes políticos, exdirigentes de la Unión Soviética, economistas y empresarios habían dado público apoyo a un proceso de modernización acelerada de la economía rusa, excesivamente dependiente de la exportación de energía y, por esa razón, de las fluctuaciones de un mercado sometido o influido a todas horas por los vaivenes de la política. La caída de los precios del petróleo a finales de 2008 puso en evidencia la debilidad de los países dependientes del monocultivo del petróleo, fuente principal de los ingresos en dólares, y hoy como ayer vuelven a cernirse sobre la economía rusa los peores presagios –la caída en picado del rublo, la escalada inflacionista y la contracción del mercado interior–, agravados por las sanciones de Occidente a causa de la crisis de Ucrania.

En realidad, el rosario de datos concatenados que determinan las dificultades de la economía rusa revelan hasta qué punto es esta vulnerable. No solo porque carece de alternativas rentables e inmediatas para compensar el efecto de las sanciones impuestas por Occidente, sino porque está a merced de las fluctuaciones del precio del petróleo, que está condicionado por la capacidad de producción y distribución de la OPEP y la acumulación de reservas en todo el mundo. Por utilizar la terminología al uso, Rusia tiene una muy limitada capacidad de resistencia, aunque durante la presidencia de Dmitri Medvédev, gracias al buen momento de las relaciones ruso-estadounidenses, la impresión fuese otra.

Según un artículo de William E. Pomeranz distribuido por la agencia Reuters, “la espectacular caída del precio del petróleo supone un descenso de las rentas del Estado y menos dinero para los ambiciosos proyectos de gasto militar y social de Putin”, que debe unirse a la fuga de capitales, cuya cuantía es imposible calcular. En cualquier otro escenario que no fuera el ruso, se diría que se dan las condiciones para una crisis social o, al menos, hay el riesgo cierto de que se produzca, pero en el proceso de rearme moral colectivo emprendido por el Kremlin a raíz de la crisis ucraniana y del consiguiente distanciamiento de Estados Unidos y de la Unión Europea, es posible que, a pesar de los pesares, siga influyendo más el reflejo nacionalista que el efecto inmediato de la crisis económica.

Eso es, al menos, lo que daban a entender las encuestas de hace solo un mes, que otorgaban a Putin un índice de aceptación de alrededor del 80%. Cosa distinta es que el restablecimiento de la grandeza de Rusia como gran potencia sea viable sin una economía que no dependa solo de las fluctuaciones del precio del petróleo y de la exportación de gas. Porque cuando la propaganda rusa amenaza con buscar otros clientes para sustituir a los recelosos europeos, oculta un dato: solo China puede compensar una disminución significativa de las ventas en el mercado europeo, como ha entendido Vladimir Putin, que ha firmado acuerdos de suministro con los gobernantes chinos que empezarán a aplicarse en el 2018. E incluso así, la falta de acuerdo para el gaseoducto South Stream, que debe conectar la red rusa a la de la UE por Bulgaria después de cruzar el lecho del mar Negro, daña sin remisión la política de ventas diseñada por Gazprom, la primera empresa rusa, para evitar el paso del combustible por Ucrania.

De ahí a concluir que la decisión de la OPEP de mantener la producción –30 millones de barriles diarios– está relacionada con la situación de Rusia media solo un paso. A pesar de los datos que reflejan una caída del consumo, un aumento de las reservas y un descenso de las importaciones en Estados Unidos a raíz de la explotación de los yacimientos de esquisto, indicadores todos ellos que aconsejarían una disminución de las extracciones, la reacción ha sido justamente la contraria y el barril de Brent se ha situado por debajo de los 70 dólares –llegó en junio a los 115 dólares–, con grave perjuicio para monocultivadores de energía como Venezuela o Irán, sin otro producto que exportar, o para aquellos con una presencia muy limitada en otros campos, caso de Rusia. Dicho de otro modo: la decisión impuesta a la OPEP por Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo es hija seguramente de la determinación de Estados Unidos y sus aliados de presionar indirectamente a Rusia sin sufrir o afrontar el desgaste político de un nuevo motivo de tensión después del de Ucrania.

Hay en este relato ingredientes suficientes para vislumbrar una nueva guerra fría posmoderna en la que ya no cuentan tanto la ocupación de áreas específicas, con la consiguiente parafernalia nuclear y la rivalidad entre modelos económicos diferentes, sino el recurso a la economía global para domeñar voluntades. La economía rusa dejó de ser, con el hundimiento del bloque socialista, la isla no contaminada o no relacionada con la red de intereses de la economía occidental, y no puede sostener por tiempo ilimitado la situación actual so pena de aceptar un empobrecimiento acelerado de la clase media surgida de las privatizaciones, las inversiones extranjeras y la exportación de energía como instrumento casi exclusivo para financiar la modernización del país. Las compras de propiedades hechas en dólares y euros, que son ahora inasumibles a causa de la devaluación incesante del rublo hasta perder un 40% de su valor, constituyen el ejemplo más llamativo de una situación que puede llegar a ser insostenible para el grupo social que ha asentado en el poder el nacionalismo encarnado por Putin.

En el trabajo Rusia en el siglo XXI. Una visión para el futuro, del año 2010, varios autores insisten en que las élites no lograron llevar a la práctica el programa de modernización necesario para no ser un país diferente. Pero enseguida surgió en aquel entonces la respuesta del bando contrario a cambiar las coordenadas políticas rusas con el argumento harto discutible de que los fracasos en materia económica no significan que sea necesario un cambio en el sistema. Por el contrario, el artilugio constitucional que llevó a Medvédev a la presidencia para permitir luego el regreso de Putin al frente del Estado se entendió como una garantía de progreso, cuando en la práctica cegó las vías de acceso a cambios políticos significativos, a la alternancia en el poder de diferentes opciones y a la competencia entre programas. Que esto fuese útil en un primer momento, final de la década de los 90, para atajar la decadencia sin remisión de la Rusia de Boris Yeltsin no significa que lo sea ahora para guardar los estandartes en el cuarto de banderas, abordar la crisis ucraniana con realismo y dar con una solución equilibrada que no sea una claudicación, pero que permita acabar con la incertidumbre de una economía en caída libre.

Es posible que en algún momento pensara Putin que podía derrocar al Gobierno de Ucrania, como ha escrito Paul Krugman, pero tal ensoñación se desvaneció en cuanto se multiplicaron en Occidente los valedores del Gobierno de Kiev. Se trató de un gesto lleno de oportunismo, de un desafío a la convicción de Putin de que sólo él tiene derecho a mantener ordenado y a su conveniencia el vecindario más inmediato, pero fue un acontecimiento decisivo para consagrar la división ucraniana, hacer de la guerra una enfermedad crónica y abrir un paréntesis para reflexionar. Lo que se cruzó luego en el camino del presidente ruso fue el cambio acelerado en el mercado de la energía, la falta de alternativas para cobrar en otros caladeros los dólares de menos obtenidos en los yacimientos de gas y petróleo.

Aun así, no creía Krugman este último verano que se diesen en el libro de ruta de las finanzas globales las condiciones necesarias para la concreción de una nueva guerra fría. Aludía el economista a la probada capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de situaciones, pero, y siempre hay un pero, en aquel tan cercano como lejano último agosto no ensombrecía las murallas del Kremlin la densa nube de la crisis social que ahora se teme o se presiente. Y Occidente no estaría libre de culpa si se cumpliera la sabia creencia de que cualquier situación siempre es susceptible de empeorar.

La decadencia del Este derrumbó el Muro

Basta cotejar el mapa político de Europa del 9 de noviembre de 1989 y el del presente para calibrar las dimensiones del cambio en el continente desde la caída del Muro de Berlín, hace un cuarto de siglo. Todo cuanto hoy es Europa, todo cuanto condiciona el funcionamiento de Europa para lo bueno y para lo malo remite a aquel cambio que zanjó la guerra fría, al menos en su forma más genuina, acabó con la bipolaridad, enterró a una superpotencia, la Unión Soviética, y liquidó la trama de alianzas que encabezó en la Europa del Este. La inviabilidad de la economía planificada, convertida en un sistema esencialmente ineficaz, y la presión permanente de Estados Unidos mediante el desarrollo de nuevos sistemas de defensa, con las tecnologías de última generación creciendo exponencialmente, llevó a la decadencia y a la inanidad el experimento soviético poco más de setenta años después del triunfo de la revolución de octubre.

Ciudadanos de los dos sectores de Berlín, en el Muro la noche del 9 de noviembre de 1989.

De forma que es posible afirmar que el Muro cayo tanto por la presión popular en la República Democrática Alemana, extensión de la movilización de las opiniones públicas polaca, checa y húngara, por citar las más dinámicas en 1989, como por la imposibilidad práctica de Mijail Gorbachov de administrar sin grandes pérdidas la herencia recibida. Fracasados todos los planes de reforma habidos y por haber, el líder soviético no pudo más que asumir que para la superpotencia nada sería como antes, que aquella pretensión suya de modernizar el sistema sin renunciar al socialismo se hallaba en un callejón sin salida. El aviso que dirigió semanas antes del hundimiento a Erich Honecker, penúltimo presidente de la República Democrática Alemana, de que quienes no se adaptaran a los cambios serían finalmente derrotados, se cumplió en todos sus extremos. Cuando la noche del 9 de noviembre de 1989 los berlineses del sector oriental cruzaron el Muro, el establishment reformista soviético había aceptado que no cabía oponer resistencia a la unificación alemana; la decadencia había minado al Estado.

Pero la caída del Muro y la unificación poco menos que inmediata de Alemania requirieron de dos compromisos cuyas repercusiones llegan hasta nuestros días. El primero fue la promesa hecha a los soviéticos por el presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, de que la frontera oriental de la OTAN, unificada Alemania y convertidos los demás países del Pacto de Varsovia a la economía de mercado, nunca alcanzaría el límite occidental de la URSS. El segundo fue la aceptación por Francia de la unificación alemana, que el presidente François Mitterrand veía con recelo, a cambio de que el Gobierno del canciller Helmut Kohl aceptara acelerar la unión monetaria en la entonces Comunidad Europea, lo que llevaba aparejada a la larga la desaparición del marco y la creación de una moneda única. Esos dos compromisos fueron las dos piedras sillares sobre las que se levantó el edificio de la unidad alemana sin grave riesgo para la estabilidad de Europa.

Jóvenes de Berlín Occidental derruyen el Muro la mañana del 10 de noviembre de 1989.

Cuando el presidente de Rusia, Vladimir Putin, se remonta a las promesas de 1989 para oponerse sin matices a la atlantización de estados como Georgia (verano del 2008) y Ucrania (ahora mismo), se comporta como un líder poco sutil, pero que aprendió la lección del desbarajuste y el arrinconamiento de su país durante la presidencia de Boris Yeltin en la década de los noventa. Porque en la Rusia de hoy, la de los oligarcas y la del capitalismo desbocado, es mayoritaria la opinión de que detrás de la occidentalización a toda máquina de las economías de las exrepúblicas soviéticas asoma la progresión territorial de la OTAN, tal como sucedió en el inmediato pasado con los antiguos socios del Pacto de Varsovia y del CAME –mercado común del bloque socialista–, y con los estados bálticos que un día formaron parte de la URSS.

De la misma manera que la unificación llevó aparejado el reconocimiento explícito por Alemania de la línea Oder-Neisse como frontera oriental inamovible de Polonia, y se enterró el debate sobre la pertenencia a Polonia de Pomerania, Silesia y Prusia Oriental, los herederos históricos de la URSS entienden que siguen vigentes las condiciones por las que Rusia dejó de oponerse a la caída del Muro. Incluso hoy con más motivo que ayer porque la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Polonia y la República Checa es un factor de debilitamiento objetivo del sistema de defensa ruso. Y, en cierta medida, la OTAN comparte el análisis habida cuenta de que en el 2008 no hizo ningún gesto significativo para salir en defensa de Georgia, arrastrada a un desafío imposible ante Rusia por el presidente Mijail Saakashvili, que no solo cometió un error de cálculo descomunal, sino que vio como Abjasia y Osetia del Sur se desgajaban de su pequeño país.

Incluso quienes como el fallecido historiador Tony Judt sitúan la última oportunidad política de los regímenes marxistas de Europa en 1968, durante la breve primavera de Praga, admiten que en los siguientes 15 años, con todas las carencias que se quiera, la URSS mantuvo el estatus de superpotencia y las debilidades genéticas del sistema no salieron a la superficie hasta que Gorbachov abrazó el realismo y renunció a la propaganda. De la misma manera que la euforia desatada en Occidente por la caída del Muro, analizada sobre el terreno por autores como el británico Timothy Garton Ash, dio paso también a la realidad de las dificultades para mantener básicamente sin cambios el mapa estratégico de Europa, aquel reparto de papeles entre los dos bloques que la lógica de la guerra fría consagró como sistema. Quizá por eso se habla ahora de una segunda guerra fría o de una guerra fría de nuevo cuño, porque en muchos de los gestos de Putin y en muchas de las reacciones de sus adversarios se adivina el recuerdo del funcionamiento de Europa antes del final del Muro.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

El desmoronamiento del bloque del Este y la desaparición de la Unión Soviética dio pie al nacimiento de nuevos estados y la ampliación de la OTAN y de la UE.

Un cuarto de siglo después de aquel momento, con Alemania convertida en la potencia que dicta las reglas en el seno de la Unión Europea e inversiones estratosféricas del sistema financiero alemán en la economía emergente rusa, lo que se da por descontado es que no se volverá a una situación de coexistencia, pero no de convivencia. A pesar de las sanciones en vigor, a pesar de que el conflicto en Ucrania adopta el perfil de una enfermedad crónica, la trabazón de ambos mundos en el seno de la economía global neutraliza algunos riesgos mayores. Aunque Tony Judt lamentó en Pensar el siglo XX la inclinación de los intelectuales a reflexionar acerca de si una política es eficaz o ineficaz en términos económicos, en vez de sopesar si es o no buena, las consecuencias de la ineficacia vividas en carne propia por la sociedad rusa, y la dieta impuesta a los alemanes desde los días del canciller Gerhard Schröder hasta los de Angela Merkel para digerir la unificación, hacen que sean justamente consideraciones económicas las que alejan el espectro de la confrontación y la vuelta a la coexistencia pacífica sin mayores atributos.

La distinción que establece Mark Malloch Brown, del World Economic Forum, entre los “estados de la seguridad económica” –China– y los “estados de la seguridad nacional” –Rusia– refuerza esta impresión relativamente optimista de que la mera coexistencia es insuficiente para que los engranajes no se atasquen. Porque, de acuerdo con el mismo modelo, la seguridad nacional es inviable sin la seguridad económica y viceversa, incluso admitiendo los síntomas de crisis que arrojan los estados-nación como entidades encargadas de redistribuir la riqueza, prestar servicios y cohesionar a la comunidad. Es decir, el desmoronamiento del bloque del Este, con la caída del Muro de Berlín como referencia del proceso, y la unificación Alemana como dato inmediato del triunfo de Occidente frente al proyecto soviético dieron lugar a una nueva situación en la que las interdependencias son más determinantes que las rivalidades. Quizá el acuerdo gasista de Rusia y Ucrania, mientras sigue la guerra, sea el ejemplo más inmediato e ilustrativo de la realidad más allá de los campos de batalla.

O puede que más acá, pues el final de la guerra fría liquidó un sistema con mecanismos de control mutuo a un lado y otro de la divisoria del Este y del Oeste, y lo que en principio se aventuró como un mundo más seguro y más estable dio en resultar uno menos seguro y menos estable. Y en ese mundo diferente al esperado porque está lejos de haberse consolidado como sistema con un código de señales reconocible que establezca pautas para gestionar los momentos de crisis, el único espacio que parece sistematizado y ocupado en mantenerse incólume es el de la economía global, sean cuales sean los costes sociales que lleva asociados. Claro que si las cosas son así, cobra todo su sentido la opinión expresada por Tony Judt sobre la orientación de un mundo globalizado: “El efecto de la predominancia del lenguaje económico en una cultura intelectual que siempre ha sido vulnerable a la autoridad de los expertos ha actuado como freno sobre un debate social más fundamentado en lo moral”. Y el freno sigue echado.