Irak, una crisis muy envenenada

El recuerdo de la invasión de Kuwait por Irak hace treinta años (2 de agosto de 1990) lleva inevitablemente a la conclusión de que aquella operación desencadenó un proceso de degradación del statu quo en Oriente Próximo que está lejos de haber sido contenido. Aunque quizá sea más adecuado remontarse a 1980, cuando Estados Unidos decidió inducir una guerra entre el régimen iraquí de Sadam Husein y el iraní de los ayatolás para contener la capacidad de contagio de este último en la región. Las administraciones de Jimmy Carter, muy brevemente, y de Ronald Reagan aceptaron sin decirlo que Sadam desempeñara el papel de aliado necesario en su operación para contener el potencial expansivo de la república islámica y así empezó a descoyuntarse todo el sistema desde el Mediterráneo oriental hasta el golfo Pérsico.

De esa guerra prefabricada surgieron dos realidades divergentes: la urgencia de Irak de sanear su imagen ante la calle árabe y la comunidad suní y la consolidación efectiva del régimen fundado por el ayatolá Jomeini. Así fue cómo el modelo iraní se despegó en lo que pudo de las tensiones en el seno del mundo árabe y, al mismo tiempo, cómo Sadam puso proa a Kuwait y multiplicó sus ataques verbales a Israel, dos enfoques que obedecieron a un mismo propósito: encabezar la disidencia en el orbe árabe por oposición al posibilismo de Egipto, Jordania, Arabia Saudí y, en general, de las monarquías petroleras.

La historia que siguió es de sobra conocida: Estados Unidos entendió que la seguridad de Israel pasaba por liquidar el régimen iraquí, este le proporcionó con la anexión de Kuwait un pretexto convincente para la primera guerra del Golfo y a partir de ahí Sadam pasó a ser el enemigo público número uno, una de las estrellas del eje del mal –Irán, Irak y Corea del Norte– y el líder condenado a la derrota y a la extinción para salvaguardar el equilibrio en la región. De la segunda guerra del Golfo, cuyo presunto objetivo era llevar la democracia a Mesopotamia, surgió un Irak nuevo, debilitado, habitualmente ensangrentado en una competición sectaria entre comunidades y sometido a la tutela de Estados Unidos. La opinión del general Wesley K. Clark de que el Ejército de Estados Unidos no era “de momento” un ejército imperialista quedó desmentida por los hechos; la incapacidad de Estados Unidos para construir estados se confirmó en todos sus extremos.

Tres décadas después de la invasión de Kuwait sigue vigente el análisis de Richard Haass, presidente del Council on Foreign Relations, sobre la naturaleza de las dos guerras del Golfo, su articulación y consecuencias. En su libro de 2009 War of necessity, war of choice (Guerra de necesidad, guerra de elección), Haass enmarca la de 1991 en la categoría de guerra justa, entendida esta como una operación militar que permitió restaurar el poder legítimo en el emirato de acuerdo con la carta de las Naciones Unidas y, por el contrario, considera la segunda guerra una decisión adoptada por Estados Unidos y parte de sus aliados, fundamentada en informaciones falsas y sin base legal, se diría que poco menos que destinada a empeorar la situación.

Haass describe la primera guerra de Irak “como necesaria por una doble razón, simbólica y estratégica” y juzga que se vio coronada por el éxito al “alcanzar sus objetivos a un coste relativamente modesto”. En cambio, disiente de cuantos admiten que la segunda guerra no era necesaria, pero la creen justificada por la situación general posterior a la guerra de Afganistán (octubre-diciembre de 2001). Y concluye al criticar la invasión de Irak en marzo-abril de 2003: “El uso de la fuerza militar para expulsar regímenes y construir democracias es simplemente demasiado costoso y demasiado incierto en los resultados para constituir un enfoque sostenible”. Una opinión especialmente valiosa porque lo es de un experimentado analista que colaboró con las administraciones de los dos presidentes Bush.

La realidad es que Irak es hoy un Estado al que no se le puede aplicar el calificativo de fallido, pero que carece de la cohesión política y la estabilidad social mínima necesaria para prescindir de la custodia de Estados Unidos. No solo a causa de la fragmentación entre chiíes, suníes y kurdos, más otras minorías menos conocidas, sino por la capacidad de deterioro de cualquier situación a causa de contradicciones no resueltas y rivalidades históricas que se remontan a la creación del reino de Irak en 1932. Para precisar cuál es el alcance de la degradación del Estado basta comparar las cifras en sanidad, educación y otros apartados anteriores a la primera guerra, las que siguieron a esta y las posteriores a la segunda guerra: resulta que las de la dictadura vesánica de Sadam eran mejores, aun siendo modestas.

Nada en el presente supera al pasado, y para muchos autores ni siquiera la primera guerra debió ver la luz, convencidos como están de que el casus belli hubiese podido desarmarse mediante algún tipo de componenda regional en forma de créditos para Irak, que efectivamente salió muy endeudado de ocho años de guerra con Irán, y la subsiguiente restauración de la monarquía en Kuwait. El testimonio del periodista Robert Fisk resulta demoledor: “Bush habló de las decenas de miles de oponentes de Sadam Husein que habían sido arrestados, encarcelados, ejecutados sumariamente, torturados –‘todos estos horrores le fueron ocultados al mundo por el aparato de un Estado totalitario’–, pero no mencionó que esas mismas palizas, quemaduras, descargas eléctricas, mutilaciones y violaciones se perpetraban también sin ningún problema cuando Estados Unidos mantenía buenas relaciones con Irak, antes de 1990, cuando los servicios secretos del Pentágono enviaban información a Sadam para ayudarlo a matar más iranís”.

Puede decirse que Irak ha sido sacrificado varias veces en el altar de los intereses geoestratégicos de Estados Unidos y del pensamiento hegemónico en las cancillerías árabes. Nada hay en el rastro dejado por tres guerras en la historia reciente de Irak que permita tener confianza en el futuro. Antes al contrario, el país parece condenado a un sometimiento permanente, a soportar unas instituciones desprestigiadas y venales, con el riesgo permanente de verse utilizado en un entorno que tiende a la volatilidad. Esos han sido los frutos de la siembra de la democratización a cañonazos diseñada por los neocon incrustados en la Administración del presidente George W. Bush, de la que alguno de sus colaboradores, entre ellos el general Colin Powell, se arrepintieron en público cuando la situación era ya irreversible por demasiado envenenada.

What do you want to do ?

New mail

What do you want to do ?

New mail

Todo ha fallado en Irak

Los peores presagios se han hecho realidad en Irak, al borde del abismo a causa de la irrupción irrefrenable de los yihadistas sunís del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el sectarismo del primer ministro Nuri al Maliki (chií) y el alejamiento de Estados Unidos del campo de batalla. Lo que se apuntó como una posibilidad en el 2003 a raíz de la invasión anglo-estadounidense, la quiebra del Estado y el desmembramiento de la comunidad iraquí, se avizora hoy en un horizonte sembrado de cadáveres, rivalidades regionales, enfrentamiento religioso y la sensación de que se está en el comienzo de un proceso paulatino de desestabilización cocinado a fuego lento por la guerra de Siria, que en marzo cumplió tres años, y la incapacidad de los gobernantes iraquís de salirse del comunitarismo para asentar el Estado. Todo cuanto ha sucedido en Irak desde que el EIIL tomó Mosul se ajusta a un guion donde el punto de partida es la ausencia de un Estado eficaz: la huida en desbandada del nuevo Ejército iraquí, el concurso de antiguos baazistas en el bando suní para combatir a los gobernantes de Bagdad, el llamamiento desgarrado del ayatolá Alí al Sistani para que la grey chií se sume a la lucha contra los islamistas sunís, el apoyo de los peshmergas –combatientes kurdos– a la ofensiva y una serie prodigiosamente variada de matrimonios de conveniencia que solo se sostienen en la atmósfera de la guerra.

De todas estas uniones por interés, la más razonada, razonable y previsible es la de Estados Unidos y Occidente en general con Irán. La rehabilitación a toda máquina de la república teocrática es posible porque, en el descoyuntamiento de la región, los ayatolás pueden desempeñar el papel de aliados estables en el golfo Pérsico, aunque sea a costa del disgusto de los saudís (sunís muy conservadores), que mantienen una pugna histórica con los chiís –los iranís– por la hegemonía en medio de un mar de petróleo. A punto de acotarse el alcance del programa atómico impulsado con entusiasmo por el anterior presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el pragmatismo de su sucesor, Hasán Rohani, puede transformar a Irán en el socio necesario para desespero del frente neocon, que en el 2002 colocó a Irán en el eje del mal.

Barack Obama “habla de cambio climático mientras Irak vive a sangre y fuego”, clama Dick Cheney, vicepresidente con George W. Bush y primer promotor de la invasión de Irak en el 2003. “La intervención del 2003 no es responsable del caos iraquí”, ha escrito el exprimer ministro británico Tony Blair en las páginas del diario francés Le Monde. Algunos diputados conservadores alarman al establishment al buscar algún resquicio legal para llevar a Blair ante el juez por haberse sumado a la campaña del 2003. El escritor franco-marroquí Tahar Ben Jelloun se lamenta de que “Bush hijo no sea procesado por sus crímenes”. Y Dominique de Villepin, ministro francés de Asuntos Exteriores en los aciagos días de la invasión que se opuso a ella sin concesiones, se permite señalar tres fracasos en aquella operación que cambió el semblante de Oriente Próximo: la guerra contra el terrorismo, el cambio de régimen y la ausencia de una construcción nacional según la pensaron la Casa Blanca y el Departamento de Estado al poner en marcha la maquinaria militar.

Quizá sea cierto que hay en marcha una operación para desmembrar Irak, como ha declarado Al Maliki a la emisora de televisión Al Manar, instrumento del movimiento chií libanés Hizbulá, pero al emitir ese diagnóstico soslaya su propia responsabilidad en la crisis y, al mismo tiempo, refuerza la idea de los fracasos enumerados por Villepin. La publicación progresista británica New Statesman se refiere sin tapujos a la “desgracia de tener a Nuri al Maliki de primer ministro”. “Los chiís que dominan el Gobierno –explica– han trabajado de forma asidua para alienar la minoría suní y su mal gobierno ha contribuido profundamente a las presentes dificultades”. Y la decepción que transmiten los diplomáticos y funcionarios extranjeros que han estado en Irak abunda en mensajes de parecido tenor, como si la crisis de las mezquitas de 2006-2007 y la fractura social después de tres guerras –contra Irán (1980-1988), la intervención internacional de 1991 y la invasión del 2003– no hubiesen emitido suficientes señales de alarma para buscar un punto de encuentro de las tres comunidades que engloba Irak: sunís, chiís y kurdos.

Pero quizá la señal más elocuente del estrepitoso fracaso cosechado por Al Maliki y, de rebote, por Estados Unidos sea la debilidad de un Ejército que ha respondido a la presión islamista ausentándose del campo de batalla y dejando armas y bagajes a disposición del enemigo. Si alguien dudó alguna vez de que uno de los grandes errores cometidos por la Administración de George W. Bush fue desmantelar el Ejército de Sadam Husein, la suerte de los combates en Mosul, Tikrit y otros lugares no puede ser más esclarecedora: llevaban razón quienes dijeron que asentar un Ejército de nueva planta requiere un mínimo de 20 años; es una labor que no se puede improvisar aunque Estados Unidos se encargue de la operación y destine a ella grandes cantidades de dinero en forma de instructores y material de última generación. Lo que sucedió al desvanecerse el Ejército de Sadam Husein fue que creció exponencialmente la capacidad de resistencia al invasor de diferentes formas de guerrilla y, al mismo tiempo, las nuevas fuerzas armadas aparecieron ante una parte muy importante de la opinión pública iraquí como el brazo represor de un régimen impuesto, sometido a intereses foráneos. Y esa percepción sigue vigente.

La posibilidad de que se pase del rompecabezas a una guerra civil ahora incipiente depende de varios factores. El primero de ellos es comprobar hasta qué punto la calle iraquí, no las milicias organizadas de sunís y chiís, se suma a la lucha en cada bando con sus propios medios, como aventura que podría suceder Hayder al Khoei, investigador asociado al think tank británico Chatham House. Solo una intervención significativa de Estados Unidos puede evitar o al menos limitar una escalada cualitativa como la apuntada por Al Khoei, algo que, por lo demás, queda bastante lejos de las intenciones del presidente Obama, partidario que apoyar al Gobierno iraquí sin que un solo soldado ponga pie a tierra, y previo abandono del sectarismo por parte de Al Maliki. ¿Acaso se está ante una nueva muestra de que los tiempos de la unipolaridad y de la hiperpotencia han pasado a la historia? La respuesta del politólogo francés Dominique Lagrange se acerca bastante a la realidad: “No hay un polo en el sentido de un líder con capacidad de atracción, ni siquiera varios. Hay una centralidad de Estados Unidos en la estructuración de lo internacional”. Nunca la posguerra fría estuvo más lejos de constituir un sistema estable de relaciones entre los estados.

Al favor de esos vientos de guerra que de Siria han llegado a Irak, y acaso sigan su curso en busca de nuevos horizontes, se concretan dos realidades que, no por esperadas, resultan menos deplorables. La primera es el reforzamiento de Bashar el Asad, que combate a una oposición en la que el EIIL es de largo el grupo armado más dinámico, mejor instruido y que dispone de mejor material. La segunda es la tensión en los mercados energéticos, con un ojo puesto en la suerte final del gas ruso que debe fluir hacia Europa Occidental a través de Ucrania y otro atento al futuro de los pozos de petróleo iraquís. Resulta tan escabrosa la hipótesis de una tolerancia indirecta del régimen sirio, por tratarse de un mal menor, como la probabilidad de que las víctimas más vulnerables de la crisis económica vean agravada su situación por la arrogancia de cuantos se sumaron a la soberbia del trío de las Azoras para desmantelar Irak.

Por más recursos que dediquen los gabinetes de propaganda a deformar la realidad política presente, es improbable que gane adeptos el estado de ánimo de Blair: “Debemos desprendernos de la idea de que nosotros hemos provocado esta situación. No es cierto”. A cada muerto que se suma al parte de bajas crece la convicción de que el relato de la guerra de Irak partió de una falsedad –la existencia de armas de destrucción masiva–, dio pie a otra falsedad –el apoyo popular a la edificación de un nuevo régimen– y se ha instalado en una tercera falsedad –la viabilidad del nuevo Estado–, que ha quedado al descubierto en cuanto los fundamentalistas islámicos han dado la orden de ataque. Y esa construcción en paralelo a la versión oficial es tan convincente que es imposible imaginar que pueda imponerse la otra, la que pretende desviar el foco hacia causas y circunstancias locales.

¿Qué ha fallado en Irak? fue el título de la edición española de un libro firmado por el general estadounidense Wesley K. Clark. La respuesta hoy no puede ser más simple: todo. Las palabras pronunciadas por el presidente Bush poco antes de empezar la guerra suenan hoy a dramático sarcasmo: “Un Irak liberado puede poder de manifiesto el poder que tiene la libertad para transformar una región tan importante”. En la práctica, la liberación adquirió la naturaleza de guerra preventiva y la transformación llevó al país al desorden. La capacidad de contagio de ese desorden es inconmensurable.