Un puzle para Macron y Merkel

La activación del eje franco-alemán por enésima vez para ordenar la Unión Europea y rescatarla de diferentes crisis de identidad y cohesión choca con los desafíos inmediatos que deben afrontar el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y la cancillera en funciones de Alemania, Angela Merkel. Macron ve cómo se agita la calle a causa de la reforma del Código de Trabajo, Merkel debe lograr una variopinta mayoría en la que convivan bajo un mismo techo democristianos, liberales y ecologistas (la coalición Jamaica). En ambos casos, se ha abierto un paréntesis que oscurece el futuro, pendiente todo de que la estabilidad social en Francia y la política en Alemania queden a salvo o de que la inestabilidad sea lo menos dañina posible.

Ambos problemas son ineludibles e interesan directamente el futuro de la UE. La reforma de Macron pone a prueba la capacidad de la economía francesa de adaptarse a los requisitos de la globalización, la cintura de un modelo envejecido y a menudo ineficaz, pero característico de la Quinta República e inseparable de ella. “No es la revolución copernicana prometida por Emmanuel Macron, pero es una renovación profunda, sin precedentes, del derecho del trabajo”, se dijo en Les Échos, el diario económico de París, cuando se dio a conocer el proyecto. “Al adoptar el modelo californiano [empresarios de nuevo cuño vinculados a sectores emergentes: las nuevas tecnologías, las tecnofinanzas, las redes sociales, etcétera], el presidente de la República quiere una Francia de empresarios”, publicó el mismo medio en defensa de la propuesta promovida por el Eliseo cuando los sindicatos ya le habían puesto la proa y los insumisos de Jean-Luc Mélenchon protestaban en la calle a voz en grito.

El encaje de bolillos alemán requiere tiempo, paciencia y, quizá, la aceptación de periódicas inestabilidades. “Más allá de la gran coalición nada es demasiado duradero”, sostiene uno de los analistas del Frankfurter Allgemeine Zeitung. Pero la gran coalición ha fallecido para siempre o al menos para una legislatura, es inimaginable alguna forma de acuerdo o transacción con los ultras de Alternativa para Alemania, eurófobos y xenófobos, y solo cabe un acuerdo multicolor, con contradicciones aparentemente insalvables, para mirar luego a Europa. ¿Cómo se conjuga la disposición de la cancillera a suavizar las aristas más cortantes de la austeridad con las exigencias de los liberales en sentido contrario? ¿Cómo comprometer a los Verdes, que reclaman una actualización a fondo de la Europa social, en un Gobierno de mayoría conservadora?

La gran coalición fue una fórmula electoralmente desastrosa para los socialdemócratas, pero muy útil para salvaguardar la centralidad de Alemania en la UE. Lo que salga de las negociaciones tripartitas en curso, seguramente largas, habrá que ver hasta qué punto es asimismo útil y eficaz. Las apariencias dan a entender que Macron lo tiene más fácil –dispone de una holgadísima mayoría en la Asamblea Nacional–, pero el dinamismo de la calle, con gran tradición en Francia, contrarresta en parte la aritmética parlamentaria. “La balanza está demasiado desequilibrada en favor de la flexibilidad para equilibrarse mediante un compromiso entra la patronal y los sindicatos”, ha escrito un editorialista de Le Monde, una realidad fácilmente detectable: los empresarios alaban la reforma de Macron, los sindicatos temen que sirva para puentearlos en las empresas de menos de 50 trabajadores y aun para dejarlos fuera de juego para siempre en los tratos que las empresas hagan directamente con asalariados encubiertos (lo que en España se conoce como autónomos dependientes). El diagnóstico de Libération, altavoz de las izquierdas, es tajante: la reforma del mercado de trabajo se atiene a las reivindicaciones más antiguas de la patronal, “más trasnochadas”, precisa.

Sumados y restados todos los factores aparecen por lo menos cuatro diseños diferentes para Europa: el de Macron, bastante alejado del legado gaullista que siempre alienta en la Quinta República; el de Merkel, muy conocido, pero necesariamente precisado de correcciones para ser compatible con el proyecto macroniano –de ahí el envío a la presidencia del Bundestag del fundamentalista de la austeridad Wolfgang Schäuble–; el de los liberales alemanes, partidarios de seguir apretando las tuercas a los meridionales, y el de los Verdes, que parte de la convicción de que hay que revisar de arriba abajo el modelo económico europeo. No es una gran novedad, porque siempre convivieron premisas diferentes en la construcción europea, pero frente a las forzosas revisiones que exige el futuro frente al brexit, al euro discutido, a los desafíos a la seguridad, a los gobernantes en rebeldía –los de Polonia y Hungría, por lo menos–, al auge de los populismos, al euroescepticismo y a la figura imprevisible de Donald Trump, la cohesión del eje franco-alemán es el primer y principal requisito (en realidad, lo ha sido siempre desde los días fundacionales).

En el horizonte macroniano aparece el propósito de refundar la UE para luchar contra la tentación nacionalista de los estados. Para ello precisa a Alemania, en la que confía como asociada en la gran travesía: “Como cada vez que su país se enfrenta a un desafío histórico, [Merkel] sabrá mantener la audacia y el sentido de la historia. Y esto es lo que yo le ofrezco”, afirmó el 26 de septiembre el presidente de Francia durante un discurso en la Sorbona. Sucede, sin embargo, que la proclama no seduce a todos los socios, alarma abiertamente a algunos y aun contiene un enigma: ¿la refundación tendrá en cuenta los intereses de todos, los problemas de todos los estados, o solo los de los dos integrantes del eje?

Desde los días del Tratado de Roma (1957) y más aún desde los del Tratado del Eliseo (1963) –Konrad Adenauer y Charles de Gaulle, los firmantes–, el grueso de las políticas europeas gira en torno a la complicidad de dos viejos adversarios, y con frecuencia enemigos, convertidos en aliados. A partir de 2001, el proceso de Blaesheim estableció el rito de las reuniones periódicas de representantes de París y Berlín, pero el paso que pretende dar Macron, y que secunda Merkel, como culminación de la salida de la crisis económica desencadenada en 2008 y de las tensiones sociales que la siguieron, debe superar un sinfín de inseguridades y desconfianzas, que pueden resumirse en tres enunciados: es mejor consolidar lo logrado y no ser más ambicioso, es preciso poner el freno a la institucionalización política de la UE o, en sentido contrario, hace falta que la integración económica se refuerce y las cesiones de soberanía política también mediante el desarrollo de un modelo federalizante.

La imagen se asemeja más a la de un puzle que a la de un tablero de ajedrez geométricamente ordenado. Es, de hecho, la imagen de una diversidad compleja, de intereses muchas veces divergentes y de gobernantes con un ojo en Bruselas y otro en las urnas, también en Alemania y en Francia. Esa imagen o realidad compleja es la que permite prever que entre el proyecto refundador y su concreción se levantan obstáculos, incoherencias y rivalidades que a nadie pueden escapar, ni siquiera a los promotores, aunque es posible que esta vez, a diferencia de otras, parecen capaces de hacer de la necesidad virtud. Aunque no está de más recordar que Nicolas Sarkozy anunció la necesidad de refundar el capitalismo en pleno vendaval financiero y finalmente fueron las finanzas globales las que impusieron las nuevas reglas del juego, tan reciente todo en la memoria de las víctimas.

 

La Europa de la desconfianza

Una de las peores señales que emite el acuerdo in extremis impuesto a Grecia por los acreedores es que en él es de aplicación la opinión vertida por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a propósito del compromiso de Irán con el grupo 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania), con la Unión Europea de mensajera de la paz: “El pacto no se basa en la confianza, sino en la verificación”. Y es una de las peores señales porque Irán aparece en las convenciones políticas de Occidente como un adversario y Grecia, en cambio, no debiera serlo para los otros miembros del Eurogrupo, que la tratan como tal. O como algo peor, como un siervo (Joan Manuel Perdigó, el martes en EL PERIÓDICO), como un ente extraño obligado a pasar por las horcas caudinas e inclinar la cabeza,  jaleados los victimarios por un coro de voces que creen que solo hay futuro en la germanización de Europa y la tradición puritana protestante.

Ese empeño de desarmar a Syriza ante sus electores para que no cunda el ejemplo y otras Syrizas pongan la casa patas arriba es más que una declaración de intenciones: manifiesta el propósito de no tolerar más heterodoxias que las previamente pactadas o consentidas por los eurócratas, habida cuenta de que en cualquier momento un partido socialdemócrata puede salir vencedor aquí o allá y no se le puede dejar indefenso ante las patas de los caballos. Para las demás heterodoxias solo vale la receta impuesta a Grecia, esa consideración de que el deudor debe plegarse sin rechistar a lo que dicten los acreedores, sin consideraciones morales ni digresiones ideológicas que valgan, convencida la derecha europeísta de que no hay más Europa viable que la suya. No hay otra forma de analizar los cuatro folios del acuerdo del Eurogrupo con el Gobierno griego, “lo que para algunos es el documento de rendición más humillante desde que Alemania firmó la paz de Versalles en 1919” (Perdigó), de infausto recuerdo, dicho sea de paso, porque fue el primer eslabón de la cadena de errores que culminaron con la gran carnicería (1939-1945).

Carlos Elordi ha recurrido a la pregunta de Lenin “¿Libertad para qué?” para plantear una incógnita no menos inquietante: “Esta Europa, ¿para qué?”. Las respuestas son asimismo inquietantes: el euro se reduce a un simple mecanismo de tipo de cambio sin mayor futuro, los ciudadanos cada vez ven menos claro qué sacan en limpio de sus sacrificios y “Merkel pasará a la historia como la política que se cargó un sueño, porque le venía grande”. Las conclusiones de Elordi son todo lo matizables que se quiera, pero están en sintonía con la muy extendida opinión de que la componenda griega es lo más parecido a un castigo jupiterino y lo más alejado que imaginarse pueda de los propósitos que animaron a los padres fundadores.

Decir esto no es justificar la disparatada gestión de la economía perpetrada por sucesivos gobiernos griegos desde tiempo inmemorial sin distinción de colores e ideologías, conocida con más o menos detalle desde antiguo en los despachos de Bruselas, pero consentida por razones no siempre evidentes. Decir esto no es considerar la convocatoria del referéndum hecha por Alexis Tsipras como la mejor de las iniciativas posibles. Decir esto es subrayar que la construcción de la Europa política, si así se la puede llamar, ha quedado definitivamente sometida a las exigencias de las finanzas globales y al nuevo eje franco-alemán, que es nuevo porque es alemán siempre y sin descanso y solo franco de vez en cuando y a media voz.

El panorama resulta desolador salvo que se profese una inmoderada veneración al establishment europeo. “Tomado en su conjunto –se dice en un editorial del diario francés Le Monde–, se ofrece el retrato de una zona euro totalmente disfuncional, incapaz de encauzar la cuestión de la deuda de un país que pesa menos del 2% de la riqueza del club [el Eurogrupo]. Falto de presupuesto propio, falto de un mecanismo rodado de resolución de los conflictos, no consiente transferencias en provecho de algunos de sus miembros si no es en la amargura, el psicodrama y la división. Hubo un tiempo en el que el espíritu europeo rimaba con inteligencia, pero esto fue hace mucho tiempo”. Quizá el mismo tiempo que Europa anda en manos de políticos que no están a la altura del proyecto o que entienden que el proyecto debe arrojar inevitablemente un saldo de vencedores y vencidos; sobre todo de ciudadanos vencidos –hoy griegos, mañana, ¿quién sabe?–, sometidos a la lógica implacable de un europeísmo que haría caer los palos del sombrajo de los propagadores del ideal europeo, va para 60 años.

Ese acuerdo, trágala o castigo impuesto a Grecia vaticina, en el mejor de los casos, un futuro sin futuro para una generación o más. Si las cosas van a peor, y abundan quienes creen que empeorarán, puede darse en Grecia un estallido social que a la vuelta de no muchos meses lleve la crisis a la casilla de salida una vez más. Salvo en los modelos matemáticos, las hojas de Excel y otras herramientas virtuales, las condiciones del tercer rescate –unos 86.000 millones de euros– más las deuda acumulada hasta la fecha hacen “altamente insostenible” la factura que se exige a los griegos que paguen, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), que puede ser muchas cosas, pero no, desde luego, un aliado encubierto del Gobierno griego. El caso es que la doctrina de la quita y un periodo de gracia de 30 años, que el FMI enumera como condiciones sine qua non para que Grecia pueda afrontar sus compromisos, están en las antípodas del credo económico de un fundamentalista de la austeridad luterana como Wolfgang Schäuble, ministro alemán de Finanzas.

¿Nos hallamos en alguno de aquellos momentos tan nuestros en los que los europeos nos volvemos contra nosotros mismos? ¿Vuelve a tener sentido, aunque sin guerras de por medio, la frase de Salvador de Madariaga “cuando Ortega nos había convencido de imitar a Europa, la modelo se volvió loca?” A saber. Lo cierto es que la falta de realismo de cuantos están implicados en el galimatías griego –deudores y acreedores, tecnócratas y políticos, ideólogos y funcionarios– transmite malas vibraciones, pone en duda la esencia misma de los compromisos democráticos y de la autonomía de los ciudadanos, margina la ética en el apartado de las utopías y pone en entredicho la solidaridad de Europa con los europeos más vulnerables, sometidos a las exigencias de una política deshumanizada. Signos todos de una debilidad estructural oculta bajo las negociaciones a cara de perro de las últimas semanas.

Cuando entre socios no hay confianza, la asociación tiene fecha de caducidad. Cuando todo queda supeditado a un sistema de vigilancia intensiva para comprobar que discurre según lo pactado, cobran más sentido que nunca las dudas sobre el objetivo político que persigue la Europa de nuestros días, si es que avizora alguno. Cuando la cesión de soberanía responde a un acuerdo entre iguales, el cambio está legitimado; cuando es resultado de una rendición inevitable con armas y bagajes, entonces reúne todos los ingredientes de una imposición a quien, siendo un socio en los orígenes, se ha convertido en un subordinado o siervo –¿molesto? – al que se aplica cirugía de hierro (valga aquí más que nunca el léxico prusiano).

Ahora que una de las modas más difundidas es echar todas las culpas de los males del euro a François Mitterrand, Helmut Kohl y Giulio Andreotti por lo poco preocupados que anduvieron en precisar el marco institucional y la cohesión interna del grupo de países que adoptaron posteriormente la moneda única, conviene tener presente que quienes han hecho gala de una falta de visión de futuro no fueron ellos, sino quienes, con escasa fortuna, les han sucedido en la aventura. Un periódico tan poco sospechoso de eurofobia como The Guardian insiste estos días en que el gran error, inducido por Alemania y vitoreado por sus incondicionales, fue fiarlo todo a la austeridad mientras en Estados Unidos se ponía en marcha un programa de expansión monetaria para favorecer el crecimiento y el consumo. Es decir, se equivocaron los gestores de hoy, no quienes, 20 años atrás, pusieron los cimientos, y siguen equivocándose al no aceptar que no está al alcance de los griegos pagar lo que se les reclama, salvo que acepten sumergirse por tiempo indefinido en una pobreza lacerante.

Nadie es inocente al caer el telón de esa representación inclasificable e incalificable, y menos que nadie el Gobierno griego, que creyó que podía ganar la prueba de resistencia a la Unión Europea realmente existente. Si alguien se siente satisfecho con el desenlace, es que es insensible a los padecimientos que van a soportar quienes desde el 2010 viven a un paso de la asfixia; si alguien se siente vencedor, es que desconoce cuál es el verdadero sabor de la victoria. Nadie podía ganar en este litigio entre socios, pero sí podían salir todos vencidos de él, puede que deslegitimados. La construcción de Europa como entidad política vive una de sus peores horas, olvidada junto con otras muchas la afirmación hecha en su día por Edmund Husserl y recordada por George Steiner: “Europa designa la unidad de una vida, de una actividad, de una creación espiritual”.