El futuro divide a Ucrania

La paz fría que siguió a la euforia de Estados Unidos como única potencia global puede ser menos gélida de lo que los teóricos previeron. La concreción de China como la otra gran potencia del futuro inmediato y la pretensión del presidente de Rusia, Vladimir Putin, de restaurar el orgullo nacional y la influencia política de la que disfrutó en su día el Kremlin comunista conduce inexorablemente a una nueva forma de rivalidad entre los grandes del planeta, que en Ucrania se ha traducido en una crisis de identidad de consecuencias quizá continentales. Ucrania se enfrenta a los fantasmas de su historia, real o imaginaria, con la dramática radicalidad de los muertos en la plaza de la protesta y el choque de dos comunidades acaso irreconciliables, ambiente ideal para que medren cuantos creen que Ucrania bien vale un pulso.

La movilización del Ejército ruso en la vecindad ucraniana, el ballet diplomático representado por Europa y el perfil bajo mantenido hasta la fecha por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que deja la gestión del problema en manos europeas, no hacen más que subrayar las mil caras de un conflicto del que todo el mundo quiere salir con la cabeza alta. El presidente Putin, porque entiende que Ucrania es un asunto de Rusia, del patio trasero ruso, de la historia y la tradición de la Rusia ortodoxa e imperial, de su geopolítica, de aquella URSS presente en todas partes y de la legitimación de su papel de restaurador del orgullo patrio; Europa, porque se siente obligada a atender los requerimientos del occidente ucraniano, que fía su futuro en el manto protector y la relación con la UE; la Casa Blanca, porque supone que, sin una Ucrania sometida a sus designios, Putin será menos Putin.

Para que nadie pierda en el envite, la salida menos mala es aplicar los principios de la neutralidad política y estratégica al territorio en disputa, así como la URSS la exigió para Finlandia y Austria y las potencias occidentales la aceptaron al final de la segunda guerra mundial. La partición –un Occidente ucraniano vinculado a Europa y un oriente incorporado a Rusia–, posible, pero arriesgada, podría tener efectos desestabilizadores de larga duración. “¿Conflicto de valores? Menos que de pasiones nacionales y materialidades geopolíticas. El interrogante es: ¿qué Ucrania es la que sale de todo esto, y si son dos, cómo se reparten?”, se pregunta Miguel Ángel Bastenier en El País. El analista parte de una doble constatación: “El nacionalismo ruso vería como traición histórica la europeización exprés de sus hermanos ucranios, y, aun más, habida cuenta de que, según la versión oficial de Moscú que Washington desmiente, Mijail Gorbachov se plegó a la unificación de Alemania a condición de que la OTAN no se extendiera hacia el Este. Lo contrario de lo ocurrido. Y el otro nacionalismo, el ucraniano, no tiene tanto que ver con los llamados valores europeos”. Un cruce de caminos históricos demasiado enrevesado para depositar esperanzas en un desenlace sereno.

Cuando historiadores de la entidad de Tony Judt vaticinaron, mediados los años 90, que era bastante improbable que los antiguos estados comunistas se encuadraran en la UE (Una gran ilusión, 1996), se dejaron llevar por las inercias políticas procedentes del pacto entre las potencias que derrotaron a la Alemania nazi. Judt y otros dieron por seguro que una Europa verdaderamente unida era algo “demasiado improbable como para que insistir en ello no resulte insensato y engañoso”, pero la gran ampliación de la UE a principios del siglo XXI desmintió pronósticos seguramente apresurados. Al mismo tiempo, pocos ahondaron en la realidad cierta de que la heterogeneidad cultural de la URSS degeneraría en tensiones sociales crecientes en las repúblicas surgidas del gran imperio comunista. Y así es como hoy el choque de identidades en Ucrania se antoja un rompecabezas sobre el que se proyectan intereses y realidades enfrentadas.

Para Rusia, más allá de desencadenar emociones, el nombre de Ucrania es sinónimo de dos ingredientes igualmente importantes: los contratos de suministro de energía (gas), esenciales para una economía en quiebra como la ucraniana, y la base naval de Sebastopol, donde fondea la flota rusa del mar Negro. Ambos factores son igualmente útiles a Putin para presionar a los nuevos gobernantes de Kiev, pero allí donde los vínculos de sangre y las fidelidades de familia se ponen más de manifiesto es en Sebastopol, en la península de Crimea, tierra rusa regalada a Ucrania por Nikita Jruschov en 1954 y en la que, contra la política ficción de la novela La isla de Crimea, de Vasily Aksiomov, la población exige la integración en la madre patria, mientras en Kiev la calle clama por cortar amarras.

Nina L. Khrushcheva, profesora del World Policy Institute y descendiente de Jruschov, disculpa a su antepasado, nacido en Ucrania, por haber regalado la península: de hecho, fue solo un gesto porque siguió en el seno de la URSS, que todo lo englobaba. Al mismo tiempo, cita la novela de Aksiomov como uno de tantos vaticinios poco meditados, y llega a una conclusión mediante la cual da un salto de la geopolítica a la legitimación moral de Putin ante la opinión pública rusa para actuar con energía en apoyo de aquellos hermanos de idioma y cultura que sienten su identidad amenazada por una más que previsible Ucrania solo ucraniana. Frente a la retórica de la Europa unida exhibida por la task force encargada por Bruselas de ocuparse de la crisis, la emotividad en nombre de la solidaridad eslava tiene una capacidad de movilización que acaso fue enmascarada por los concentrados en la plaza de Maidan hasta la huida-caía del presidente Viktor Yanukóvich.

“Ucrania es un país dividido entre su pasado y su futuro”, ha escrito Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, en el semanario estadounidense Time. En el pasado, durante nada menos que tres siglos y medio, el destino de Rusia y de Ucrania fueron una misma cosa; incluso el desmoronamiento de la URSS y la fundación de un ectoplasma político conocido como Comunidad de Estados Independientes (CEI) contó con una activísima participación de los políticos ucranianos que en aquel momento (1991) se hicieron cargo de la situación, todos ellos rusófonos. En el futuro, como Bremmer subraya, Ucrania seguirá necesitando que fluya la energía desde Rusia, con tanta o más urgencia que los estados de Europa occidental. Y si las cosas son así, cabe formular dos preguntas:

– ¿Es viable una Ucrania desligada de Rusia y gobernada solo por los depositarios del capital político acumulado en la plaza de Maidan por una multitud hostil a Rusia?

– ¿Cabe pensar que el compromiso de la UE con las nuevas autoridades ucranianas será tal que ponga en riesgo el cumplimiento de los contratos suscritos con Rusia –con Gazprom– que garantizan el suministro?

Para Bremmer, “los líderes políticos y las instituciones europeas (…) están lejos de desear una confrontación con Rusia por un país cuya potencia es insuficiente para unirse a la UE”. ¿Significa que quienes aplaudieron a Yulia Timoshenko de regreso del cautiverio pueden comprobar más temprano que tarde que se quedaron sin apoyos importantes? ¿Significa que la capacidad de Putin para ocuparse de su patio trasero desborda la capacidad de respuesta europea? ¿Significa que, como sucedía durante la guerra fría, Ucrania es a todos los efectos territorio político ruso y, en última instancia, la realpolitik se impondrá a cualquier otra consideración? Significa, quizá, que es de aplicación una reflexión de Tony Judt: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Y en la crisis de Ucrania, al menos en las apariencias, solo Putin confía en sí mismo.

 

 

 

Putin marca los tiempos en Ucrania

Ucrania tiene dos almas y una de ellas habla ruso. He ahí la razón primera, que no la única, de la fractura social y la crisis política que soporta el país desde hace meses. A partir de ahí, la Ucrania surgida en 1991 de la descomposición de la URSS se debate en un mar de confusiones, dudas y medias verdades en el que se entrecruzan el choque de identidades, diversas formas de nacionalismo, a veces xenófobo, el oportunismo de políticos cuya notoriedad obedece a una situación desquiciada, europeístas convencidos y el temor de las comunidades ucraniana y rusa de quedar al margen de la historia si no logran imponer su punto de vista. El paisaje forma parte del álbum familiar de los pueblos situados en la periferia de Rusia, de la tensión multisecular entre la herencia asiática y la impronta europea, de la opinión muy extendida en el nacionalismo ruso de que el territorio ruso no puede tener otro límite admisible que el del área rusohablante.

Para completar la complejidad del problema no puede soslayarse la realidad histórica de que el origen común de Rusia y Ucrania a partir del rus de Kiev –siglos IX y X–, una referencia que incorpora a veces relatos improbables, pero invocados con frecuencia por la comunidad rusófona para argumentar que la asociación con Rusia debe tener preferencia por encima de cualquier otra. Algunos analistas comparan la relación emotiva del nacionalismo ruso con Ucrania con el del nacionalismo serbio con Kosovo, pues fue en Kosovo Polje, cerca de la Pristina moderna, donde fue derrotado el último zar serbio en 1389 por el sultán otomano Murad I, episodio capital en la construcción del imaginario colectivo de la identidad nacional serbia. Y, como sucedió en Kosovo con Serbia, resulta poco menos que sacrílego para el nacionalismo ruso –el papel político desempeñado por la Iglesia ortodoxa rusa no es menor– imaginar una Ucrania alejada de los intereses rusos y mediatizada por Occidente.

Claro que los ingredientes emotivos del caso no son los únicos, aunque pesan mucho. Además de la creencia muy extendida en la comunidad académica de que “Rusia sin Ucrania es un país, pero Rusia con Ucrania es un imperio”, el presidente Vladimir Putin tiene razones políticas y económicas de peso para oponerse a una vinculación comercial preferente de Ucrania con la UE. La primera es garantizar que el gas ruso fluirá sin problemas por la red de gaseoductos ucraniana hasta que estén en pleno funcionamiento canales de distribución alternativos. La segunda es la necesidad de mantener una posición preferente en un mercado de más de 40 millones de consumidores que las empresas exportadoras rusas entienden que forma parte de su patio trasero. La tercera razón, tan importante como las dos anteriores, es la existencia en el puerto de Sebastopol de la base en régimen de arrendamiento de la flota rusa en el mar Negro.

Cuatro mapas elaborados por ‘The Washington Post’ en los que queda reflejada la delimitación de las áreas de cultura ucraniana (oeste) y rusa (este). Arriba, a la izquierda, el reparto del país entre ambas comunidades; arriba, a la derecha, la división étnico-lingüística; abajo a la izquierda, el resultado de la elección presidencial del 2004, y a la derecha, el del 2010.

Aun así, algunos analistas rusos dudan de que Putin haya optado por la mejor de todas las alternativas posibles para defender los intereses rusos. “De hecho, el acuerdo de asociación UE-Ucrania podría beneficiar a la vez a Ucrania y Rusia, especialmente en mayores intercambios comerciales, sociales y culturales”, han escrito dos analistas rusos en The Moscow Times. Oleh Havrylyshyn y Svitlana Kobzar recuerdan que a partir del ingreso de Polonia en la UE las cifras de negocio no solo no cayeron, sino que “crecieron desde los 4.000 millones de dólares en el 2004 a más de 10.000 millones”. Y, en el mismo periódico, otro análisis de la situación publicado con anterioridad se tituló significativamente La estupidez ilimitada de Yanukóvich, en alusión a las salidas a la crisis cegadas por el presidente ucraniano para proteger a su hijo mayor y al círculo de amigos que le acompaña, “todos asquerosamente ricos”, a quienes se identifica como los verdaderos gobernantes del país.

La torpeza de Viktor Yanukóvich para enderezar la situación da la razón a cuantos ven en él a alguien incapaz de comprender las consecuencias de sus acciones a largo plazo. Las etapas quemadas por el presidente ucraniano desde que rechazó la asociación con la UE, el 21 de noviembre del año pasado, han transmitido la imagen de alguien obligado a improvisar, forzado por las circunstancias, enfrentado a una oposición cada vez más envalentonada, aunque también más desdibujada a causa del aterrizaje en la vía pública de los portavoces de un nacionalismo radical y excluyente, bastante alejado del ideario europeísta y que, contra lo que pudiera pensarse, apenas han hecho referencia al encarcelamiento de la exprimera ministra Yulia Timoshenko, condenada en un oscuro proceso sin garantías. De forma que los rostros de quienes dirigen a la oposición en la calle destacan más por la determinación en la acción directa y el acoso al Gobierno hasta lograr su dimisión que por la defensa de un programa viable que evite sumir al país en el caos.

Esa doble realidad –un presidente debilitado y una oposición sin proyecto– agudiza en la sociedad los efectos de la división. El diario liberal The Washington Post ha comprobado sobre el terreno la profundidad de la fractura entre las comunidades ucraniana y rusa. La división es categórica: al oeste habita la población que se siente más apegada a la herencia ucraniana; al este, la que se siente parte integrante del universo ruso. “La viabilidad del futuro ucraniano supera la idiosincrasia de los gobernantes porque deben conjugar dos enfoques totalmente diferentes e irreconciliables”, según un bloguero ruso cuyo diagnóstico es fácil compartir.

Aunque, a decir verdad, no hay una incompatibilidad insalvable entre el proyecto original de Yanukóvich de acercarse a la UE y la pretensión rusa de mantener a Ucrania en su órbita.Pero las apariencias engañan si, como piensa el profesor Zbigniew Brzezinski, que fue consejero de Seguridad Nacional del presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, existe algún tipo de acuerdo secreto ruso-ucraniano. En este caso, el margen de maniobra de Yanukóvich sería muy pequeño y estaría obligado a atenerse a los dictados del Kremlin con la disciplinada obediencia de los últimos meses. Según Brzezinski, Rusia necesita a Ucrania y, por añadidura, quiere desterrar del pensamiento europeo la hipótesis de un futuro con una extensión por el este de los límites de la UE y de la OTAN.

George F. Kennan (1904-2005), diplomático estadounidense.

Que el 40% de la población ucraniana quiera acercarse a Europa es un dato a tener en cuenta, pero dista de ser un argumento concluyente en el proyecto ruso a medio plazo de recuperar la influencia perdida, condicionar la orientación política de algunos de los estados que un día fueron repúblicas de la Unión Soviética y contrarrestar el despliegue en Europa del escudo antimisiles. La sensación rusa de vivir cercada por adversarios reales o potenciales forma parte de la tradición histórica de la gran nación, esforzada siempre en la empresa de garantizarse salidas al mar y delimitar su área de influencia política, económica y cultural. Putin bebe en las fuentes de esta tradición, subrayada por un estilo autoritario, a menudo despótico, que entronca con otra tradición, la del zar bueno, duro, justo y magnánimo, cuya consagración internacional en nuestros días depende de episodios tan distintos como la liberación del explutócrata Mijail Jodorkovski, el dispendio asociado a la celebración de los juegos olímpicos de Sochi o las exhibiciones de músculo y valentía en prácticas deportivas de riesgo.

Pero no solo la tradición alimenta y explica la sintonía entre Putin y la mayoría social rusa. También cuenta la poca habilidad exhiba por la UE para presentar el acuerdo con Ucrania como un paso más en el acercamiento de las fronteras económicas comunitarias a las occidentales de Rusia. La visita de Putin a Bruselas para entrevistarse con Herman Van Rompuy y José Manuel Durao Barroso tenía que ser forzosamente un compendio de frialdades porque el presidente ruso considera que es él quien debe marcar los tiempos en la crisis ucraniana; la mediación de Catherine Ashton en Kiev entre Gobierno y oposición no tiene mejor pronóstico. Quizá no se haya extinguido por completo en el pensamiento ruso –tampoco en el occidental– la cultura de la guerra fría, y Ucrania solo pueda ser cosa de Rusia después del periodo de desbarajuste que siguió a la quiebra de la URSS; quizá aún sea útil el realismo practicado por el diplomático estadounidense George F. Kennan, autor de frases tan rotundas como la siguiente: “La mejor cosa que podemos hacer si queremos que los rusos nos dejen ser americanos es dejar a los rusos ser rusos”.

Todo el mundo sabía cuáles eran sus límites en el mundo de la guerra fría, hasta dónde podía inmiscuirse en los asuntos de su adversario y cuándo debía levantar el pie del acelerador. Aquel era un mundo cargado de sobreentendidos y ajustado a unos rituales estrictos, pero la estabilidad de las relaciones entre las grandes potencias fue en aumento a partir de la crisis de los misiles de Cuba (octubre de 1962), incluso en épocas difíciles; aquel era un mundo dotado de vías de escape cuando las relaciones entre las superpotencias empeoraban; aquel era, al mismo tiempo, un mundo que consagró la injusticia y sacrificó grandes áreas geoestratégicas en aras de la estabilidad y de la seguridad. ¿Saben hoy cuáles son sus límites los implicados en la gestión de la aldea político-económica global?  No hay formar de contrarrestar la sensación de que, demasiado a menudo, manca finezza.

Putin tira de Ucrania

La decisión del presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, de suspender la firma del acuerdo de asociación con la UE ha hecho bajar a las calles de Kiev a la oposición europeísta y ha puesta en circulación teorías más o menos verosímiles acerca de los proyectos de futuro del presidente de Rusia, Vladimir Putin. Lo menos que puede decirse es que frente a una sociedad dividida en dos mitades iguales –la partidaria de una Ucrania rusificada y la que sueña con la construcción de una identidad genuinamente ucraniana–, a la UE le ha faltado habilidad para cerrar la negociación y a Rusia le han sobrado recursos para presionar al Gobierno ucraniano. Dicho de otra forma: la condición bipolar o de puente de Ucrania con Europa occidental y Eurasia ha sido mejor explotada por Rusia, que avizora la creación de una zona de libre comercio que incluya algunas de las antiguas repúblicas soviéticas con más posibilidades de desarrollo.

La operación puesta en marcha por Putin pretende dar respuesta económica a las dos grandes preguntas que se formula el universo ruso desde los días de Pedro el Grande (siglo XVIII): cuáles son los límites de Rusia y qué acervo cultural debe prevalecer en la construcción de la identidad rusa, el de raíz europea o el de inspiración asiática. Frente a la búsqueda de soluciones románticas para el crucigrama nacional, Putin ha preferido remitirse a la realidad de un espacio económico y político, con piezas complementarias y dirigido por Rusia, que incluya por lo menos a Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán, sin excluir más incorporaciones a poco que sea posible. Y, ante un proyecto de tales características, se multiplican las voces de alarma que advierten de una eventual reconstrucción del imperio soviético a través de la Unión Euroasiática.

El analista Nicolai N. Petro, que fue en su día asesor especial del presidente George H. W. Bush para la política con la Unión Soviética, desacredita estos temores en las páginas de The New York Times: “Rusia será siempre la fuerza dirigente de la Unión Euroasiática, aunque en menor medida conforme se unan más naciones. Pero la idea de que Rusia está dispuesta a restablecer la antigua Unión Soviética mediante el estrechamiento de los lazos económicos y comerciales es simplemente ridículo. Por una razón: la soberanía de los estados es la piedra angular de la Unión Euroasiática”. Petro estima más intrusivo para las soberanías nacionales el funcionamiento de la Unión Europea que la organización que quiere poner en marcha Putin.

Otros ven en los planes del presidente ruso una versión actualizada de la soberanía limitada y motivos suficientes para perseverar en la occidentalización de Ucrania. Al hacerlo, justifican indirectamente la reacción rusa ante el proyecto de asociación de Ucrania con la UE porque enuncian los objetivos para la región de Estados Unidos y sus aliados. El profesor Damon Wilson, vicepresidente del think tank Atlantic Council, concreta tres grandes referencias generales que explican la oferta de asociación hecha por la UE a Ucrania y también la oposición rusa:

  1. Las relaciones de la UE con seis exrepúblicas soviéticas –Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, Georgia, Azerbaiyán y Armenia– tendrán grandes consecuencias estratégicas para Estados Unidos.
  2. La ampliación de la UE y de la OTAN son los dos grandes pilares de la Europa en paz posterior al final de la guerra fría.
  3. Estados Unidos debe tomar la iniciativa en las preocupaciones en materia de seguridad de las antiguas repúblicas soviéticas.

Consumo de gas ruso en Europa en el 2011 y gasoductos alternativos a la red que cruza Ucrania. Fuente: Novosti.

Visto desde el lado de Rusia, los objetivos enunciados por Wilson son más que suficientes para comprender que las presiones sobre el Gobierno ucraniano no cesaran hasta que el presidente Yanukovich decidió el 28 de noviembre no firmar en Vilna el acuerdo de asociación con la UE. Pero hay otro factor de presión que atañe a la política de las cosas, y que Putin utilizó sin miramientos: los contratos de suministro de gas a Ucrania y las dudas que ensombrecen la vigencia de los firmados por Gazprom con el Gobierno de Yulia Timoshenko, que cumple una condena de prisión de siete años justamente a causa de las condiciones aceptadas, entiéndase los precios, considerados muy gravosos.

Si Ucrania huele a gas desde el día siguiente a su independencia, el abrazo del oso de Putin del que habla Damon Wilson es más que nunca indisociable de la política gasista que Rusia desarrolla desde la primera gran crisis de distribución, en el 2006. La red de gasoductos que construye Rusia para transportar gas desde el corazón del país hacia los mercados de la UE excluye el territorio de Ucrania y, en consecuencia, la priva de un instrumento de presión –el mantenimiento de la red de distribución– a la hora de negociar los precios de un combustible esencial para Europa occidental. Para el Gobierno de Ucrania no hay otra forma de compensar el debilitamiento ante Rusia que dar preferencia a la zona de libre comercio que promueve Moscú: precios del gas más asequibles a cambio de un trato de privilegio para los productos rusos, dicho de forma resumida.

Las especialistas Melinda Haring y Laura Linderman añaden a lo dicho que Ucrania es un ejemplo de libro de lo que se conoce como basket case, expresión aplicada a aquellos países cuya economía se halla en muy mala situación. Se remiten al estudio realizado por el economista sueco Anders Aslund, reputado analista de la transición de las economías planificadas a las de mercado. A tenor de los trabajos de Aslund, “Ucrania tiene una fuerte dependencia de los subsidios de Rusia y los precios reducidos del gas”, afirman Haring y Linderman, que añaden que Yanukovich necesita mantener al país a flote si quiere tener posibilidades de ganar en las elecciones del 2015, que se decidirán por un estrecho margen, según todos los sondeos.

Claro que para llegar a la cita del 2015, el presidente ucraniano tiene que acallar la protesta de la calle con gestos específicos que vayan más allá de las protocolarias excusas dadas por el primer ministro, Mikola Azarov, por la contundencia policial. Sin una aproximación a la parte de la sociedad ucraniana movilizada para reclamar la asociación a la UE, arraigará más y más la impresión de que está en marcha una operación que forma parte de “un tipo de orden neoimperial”, según expresión acuñada por Stephen Sestanovich, integrante del Council on Foreign Relations. Que se corresponda esto más o menos con la realidad carece de importancia si en el ánimo de la opinión pública se asienta la idea, porque esa opinión pública que desea dar la vuelta a la situación cree que el gas no vale una misa (las exigencias de Putin). Al mismo tiempo, los ucranianos que siguen preguntándose por qué un día tuvieron que dejar de ser rusos, entienden que seguir por la senda política de Putin es la forma adecuada de hacer que las cosas vuelven a su sitio en un litigio irresoluble entre comunidades que miran en direcciones opuestas.

Entre unos y otros se encuentra un Gobierno debilitado, del que la UE esperaba más, según Angela Merkel, al que Rusia exige más y al que los estrategas del futuro quieren situar en el mapa de la comunidad occidental y de la comunidad euroasiática, según los casos. ¿Es posible una solución que complazca a todo el mundo? Resulta harto difícil vislumbrarla porque Ucrania es demasiado importante en el imaginario colectivo ruso, que se remonta al Rus de Kiev (siglos IX al XI), porque Rusia aspira a recuperar su condición de potencia necesaria, porque Ucrania necesita que el gas llegue a todas partes a un precio razonable, porque la UE aspira a ampliar los mercados sin recurrir a aventurados procesos de ampliación y porque, en fin, Estados Unidos quiere seguir siendo la potencia que arbitre en el escenario europeo, como explica el profesor Wilson. Demasiados porqués para atemperar las pasiones.

 

 

Thatcher o la aversión social

“Ella cambió el paisaje político no solo en nuestro país, sino en el resto del mundo”.

David Cameron, primer ministro del Reino Unido.

Reagan-Thatcher

Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Camp David, en diciembre de 1984.

El impacto que tuvo Margaret Thatcher en el pensamiento conservador del último tercio de siglo XX se refleja estos días en la sensación de orfandad que transmiten cuantos alaban la liberalización de la economía británica que promovió la dama de hierro durante los 11 años que vivió en Downing Street. Detrás de la propuesta neocon del presente alientan el capitalismo popular de la líder fallecida el lunes, el conservadurismo compasivo que encabezó Ronald Reagan y la nebulosa doctrinal de la que sobresale la figura de Milton Friedman. Pero, a diferencia de la mayoría de profetas del nuevo liberalismo, la praxis política de la exprimera ministra resultó ser de una contundencia hasta entonces insólita en las formas, capaz de acumular amores y odios conforme avanzaba el desmantelamiento del statu quo social construido después de la guerra.

Resulta harto arriesgado ir más allá y atribuir a Thatcher las virtudes de una visionaria que fue consciente de la incompatibilidad entre el sistema financiero internacional y el Estado del bienestar, que la crisis ha puesto de manifiesto. Tan en lo cierto están los neoliberales de hoy al considerarse los herederos doctrinales del thatcherismo como exagerado resulta imaginar a la primera ministra, en la década de los 80, vislumbrando las exigencias de la economía global y las debilidades del pacto social sobre el que se construyó la recuperación de Europa durante la posguerra de la mano de dirigentes democristianos y socialdemócratas. Thatcher no fue una ideóloga en el sentido de una intelectual que elabora un cuerpo doctrinal propio, sino una líder enérgica dispuesta a aplicar un programa económico de corte ultraliberal.

“No soy una política de consenso; soy una política de convicción”, le dijo Thatcher a la exprimera ministra ucraniana Yulia Timoshenko, según recuerda esta en un artículo enviado desde la cárcel de Jarkiv. Las convicciones a las que en ningún caso estuvo dispuesta a renunciar fueron la causa de adhesiones y críticas irreconciliables, hasta el punto de que un estudio elaborado por YouGov, un think tank británico, dio el siguiente resultado: el inquilino de Downing Street más valorado de la posguerra –la expresión utilizada fue “el más grande”– es Margaret Thatcher, pero, al mismo tiempo, es también ella quien encabeza la lista de los considerados peores. Esa condición de divisora social tiene su reflejo en los elogios fúnebres institucionales y los mensajes que circulan por la red; en los añorantes que recuerdan la revolución conservadora como un gran hito y en los que otorgan a Thatcher el perfil de un ángel exterminador. “Algunos de nosotros deseamos alguna vez que estuviera dispuesta a regresar”, declaró el obispo anglicano John Pritchard al rendir homenaje a Thatcher. “Maggie trabaja ahora en un plan para privatizar el infierno”, dejó escrito en Twitter el cómico Mick Ferry.

Thatcher Malvinas

Visita de Margaret Thatcher a las islas Malvinas en 1982, recién acabada la guerra.

Aprecio y desprecio al 50%. Quizá sea cierto, como dice el analista Joe Twyman, que la totalidad de los políticos en ejercicio del Reino Unido, con independencia de su registro ideológico, son hijos de Thatcher para lo bueno y para lo malo. Y si se admite que esta es su gran herencia, entonces se comprende mejor que desde los días de la dama de hierro hasta hoy no haya dejado de llevarse a la práctica la corrección neoliberal del pacto social de la posguerra, incluso durante el largo mandato del laborista Tony Blair, favorecida la operación por las recetas anticrisis, asimismo neoliberales, puestas en marcha por la Unión Europea en nuestros agitados días.

Jan Royall, líder laborista en la Cámara de los Lores, abunda en la naturaleza de Thatcher en tanto que polarizadora de pasiones hasta el extremo de “provocar ira”. Esa es quizá la más perturbadora característica de la exprimera ministra: careció de voluntad de pacto, una virtud imprescindible para tranquilizar los espíritus. Creyó firmemente en lo que hacía, vio siempre el poder del Estado como un problema y no como una herramienta para atemperar las desigualdades y puso con frecuencia a sus correligionarios del Partido Conservador en la disyuntiva de seguirla o dar pie a que se reprodujera la atmósfera de crisis de los años 70. Si el Partido Laborista, desgarrado por luchas internas inacabables, hubiese sido otro, el margen de maniobra de Thatcher habría sido menor, pero la desorientación de su gran adversario político, la radicalización de los sindicatos y el episodio de patriotismo febril propiciado por la guerra de las Malvinas le facilitaron las cosas. Tuvo “una profunda aversión al statu quo [social]”, como ha dicho el viceprimer ministro Nick Clegg en los Comunes, pero pudo mantenerse en el empeño sin concesiones porque dispuso de un ecosistema político muy favorable.

El mayor reproche que se puede hacer a Thatcher es que nunca se mostró preocupada por el coste social de su programa económico. Antepuso la idea de que “el problema con el socialismo –se refería a las políticas de los laboristas– es que con el tiempo se le acaba el dinero de los demás” a toda reflexión tendente a mejorar el reparto de la riqueza. La revista conservadora estadounidense National Review no encuentra en ello ningún obstáculo para atribuir a la exprimera ministra la virtud de haber introducido reformas en el mercado en un periodo de dificultades”, y el ensayista Walter Russell Mead, neoliberal, no anda a la zaga en el elogio: “La mayor contribución de Thatcher fue poner al descubierto los límites del modelo social de la posguerra”. Otros muchos, a ambos lados del Atlántico, se sienten halagados cuando se les llama thatcheristas, algo que predijo la interesada: “Históricamente, la expresión thatcherismo se tendrá por un cumplido”.

Heath Thatcher

Edward Heath, de convicciones europeístas, y Margaret Thatcher, en la conferencia del Partido Conservador, el 7 de octubre de 1998.

Hay bastante soberbia en ese vaticinio –aunque lo cierto es que ni siquiera la figura de Winston Churchill dispone en la jerga política internacional de un ismo derivado de su apellido–, pero Thatcher nunca fue una líder contenida y sus once años abundan en ejemplos, de la neutralización de los sindicatos a la supresión del vaso de leche en las escuelas; de su antieuropeísmo vociferante, aunque no siempre taxativo, a la intervención en las Malvinas; de la crisis de las huelgas de hambre de presos del IRA al apoyo dado a Estados Unidos para que la URSS abandonara Afganistán. Nunca se anduvo con medias tintas en todo aquello que constituyó la columna vertebral de su política y nunca mostró mayor preocupación por las pulsiones de la opinión pública que, todo hay que decirlo, no siempre le fue hostil, sino al contrario. Nunca le pareció adecuado a aquella mujer de convicciones acercarse al enunciado de Harold MacMillan, un conservador clásico que fue primer ministro 20 años antes que ella: “La reflexión calmada y tranquila desenreda todos los nudos”. En cierto sentido, rescató del archivo de tópicos nacionales “el orgullo de ser británico” frente a la posibilidad admitida por Edward Heath, un conservador incomprendido, de salvar el legado británico mediante el recurso a Europa.

Si no se profesa la fe thatcherista y confesiones próximas, no hay forma de comprender cómo es posible afirmar: “No existe eso de la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. Si se comulga con esta visión del mundo, todo cuanto hizo al frente del Gobierno está doctrinalmente justificado, aunque no haya forma de encontrar respuesta a la gran pregunta: ¿cómo aliviamos las desigualdades si pensamos siempre en individuos y nunca en sociedades? De la misma manera que se achaca al desarrollo de una parte del pensamiento marxista el olvido del individuo, a los seguidores del liberalismo finisecular se les pude oponer el olvido del valor de lo público, de lo comunitario, de lo colectivo, de los factores de corrección que deben aliviar los riesgos de exclusión social. Porque, si no existen: ¿cómo se puede evitar la fractura social?

Esa es hoy una pregunta que se formula todos los días en Estados Unidos, donde la herencia neocon entiende que la redención del individuo está en el individuo mismo y no en la sociedad, sean cuales sean los costes sociales, mientras el reformismo social, los programas de apoyo a la clase media promovidos por Barack Obama y las escuelas neokeynesianas quieren rescatar del olvido el valor de lo público, que incluye socializar la solución de algunos problemas. Frente a un planteamiento de esas características, Thatcher prefirió remitirse al viejo pragmatismo anglosajón, que incluye la muy arraigada creencia de que el todo es la suma de las partes y no una realidad en sí misma; Thatcher buscó la puerta de salida de los males británicos en la presunción de que la sociedad es la suma de individuos. De ahí el entusiasmo en los elogios a la exprimera ministra de una pesimista social como Sarah Palin, que se ve a sí misma como la nueva Margaret Thatcher, algo que a la dama de hierro seguramente no le habría hecho ninguna gracia.