Un posible ataque contra Irán alarma a intelectuales israelís

La conmoción causada por la tragedia del colegio de Toulouse ha conferido un valor especial a las preocupaciones expresadas durante los últimos tiempos por tres eminentes escritores israelís, referencia forzosa en la literatura y en la ética política en el seno de un conflicto inacabable. Abraham B. Yehoshua (Jerusalén 1936), David Grossman (Jerusalén, 1954) y Amos Oz (Jerusalén, 1939) han levantado su voz para advertir de los peligros que impregnan el debate apasionado provocado por el deseo de Irán de poseer la bomba atómica. Un debate dominado por voces conservadoras –la del AIPAC, lobi judío de Estados Unidos; la del primer ministro de Israel, Benyamin Netanyahu– que han ahogado opiniones más contenidas como las de la organización J Street, Paz Ahora y otras, y que quizá han radicalizado en algún momento el discurso de la Casa Blanca y del Departamento de Estado más allá de lo aconsejable en año electoral.

 

Grossman, Yehoshua y Oz.

De izquierda a derecha, David Grossman, Amos Oz y Abraham B. Yehoshua.

Los tres temen que los generales impongan su criterio en un ambiente dominado por la emotividad del momento, el relato interesado del pueblo permanentemente acosado y la creencia tradicional de que Israel no se puede permitir una sola derrota en el campo de batalla si quiere sobrevivir a todas las amenazas que le acechan. Los tres creen que hay otras vías para afrontar el desafío iraní. “Hay otra forma de neutralizar la amenaza iraní, una que es al mismo tiempo más apropiada y más normal: un acuerdo de paz con los palestinos”, ha declarado Yehoshua al periódico Haaretz, el más alejado de las posiciones oficiales del Gobierno israelí y también el más respetado. “Podríamos destruir la oportunidad de la paz para varias generaciones”, ha escrito Grossman, alarmado ante la posibilidad de una operación de castigo contra las instalaciones iranís destinadas a producir combustible –¿munición?– nuclear. “No estoy preocupado, sino que tengo miedo. Estoy viendo procesos y tendencias que amenazan todo lo que yo aprecio. También la existencia del Estado de Israel”, ha declarado Oz.

El caso es que mientras una parte de la sociedad israelí se moviliza para ahuyentar el fantasma de la guerra, otra suma su voz a la de los estrategas que calculan hasta qué punto es posible una acción de castigo efectiva contra Irán. Para los partidarios de entrar en acción, importa menos preguntarse por la conveniencia de intervenir que por la efectividad de la intervención. Se trata de un asunto no menor, porque la oportunidad o no del recurso a las armas depende en gran medida de que, al día siguiente, los resultados obtenidos justifiquen el paso dado. Este es el planteamiento de los analistas que, como los requeridos por la revista Foreign Affairs a favor y en contra de la intervención, confieren tanta importancia al eventual debilitamiento militar de la república de los ayatolás como al más que probable reforzamiento de los clérigos ante una opinión pública que resultaría conmocionada por un ataque.

“A Israel no le gustaría que lo vieran como el que echó a perder una solución diplomática a una disputa que, en cualquier caso, no se puede resolver solo por medios militares”, sostuvo en el 2010 Shlomo ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores extremadamente crítico con el derrotero belicista del Gobierno de Netanyahu. Ben Ami se cuenta entre los intelectuales conmovidos por la comparación entre la Alemania nazi y la teocracia iraní puesta en circulación por el primer ministro y algunos de sus ministros más conservadores, un recurso a la sal gruesa que falta al respeto debido a la memoria de los mártires  de la Shoa. “Cualquiera que compara el Irán de hoy con Hitler, e Israel con Auschwitz, perpetra un acto que es antisionista y demagógico”, dice Oz. “Irán no es la Alemania nazi: no con respecto a su régimen político, no con respecto a su ideología y ciertamente no con respecto a sus capacidades económica y militar”, dice Yehoshua.

Estas declaraciones, preñadas de realismo, debieran ser innecesarias en la madeja de conflictos que tienen desquiciadas a las sociedades de los Orientes Próximo y Medio, desde las playas de Líbano e Israel hasta el corazón de Asia. Pero hace falta que se repitan todos los días, incluso cuando, como hace Grossman, prefiere reconocer la existencia de una situación de riesgo: “Ya existe un equilibrio de terror entre Israel e Irán. Los iranís han anunciado que tienen cientos de misiles apuntados contra ciudades israelís, y es de suponer que Israel no está de brazos cruzados. Este equilibrio de terror, dicen los expertos, abarca armas no convencionales, biológicas y químicas. Hasta ahora, nunca se ha roto”. Un artículo de Grossman en el último número de la publicación mensual progresista estadounidense The Nation insiste en la fuerza de lo poco menos que inevitable: “No quiero que Irán tenga armas nucleares, pero pienso que si las sanciones no dan resultado, Israel y el resto del mundo, desgraciadamente, tendrán que vivir con ello”. El criterio de Grossman es especialmente respetable y respetado porque ni siquiera la muerte de su hijo en la guerra del Líbano del 2006 le ha desviado del camino que se trazó mucho antes.

¿Son voces solitarias las de los intelectuales citados hasta aquí? Desde luego que no. Salvo en las mesas camilla del Tea Party y aledaños, donde las respuestas contundentes son las únicas que se barajan, en el mundo académico y en el establishment político de Estados Unidos son muchos los que ponen en tela de juicio la conveniencia de recurrir a una operación militar. El error estratégico cometido en Irak y las consecuencias que de él se derivaron están presentes en la mayoría de análisis, estimulados incluso por el presidente Barack Obama, que ha reconocido que todas las opciones entran en sus cálculos. El punto de vista de Jonathan Granoff, presidente del Global Security Institute, resume bastante bien qué conviene hacer: “En el periodo previo a la guerra de Irak, las voces de quienes se oponían fueron ignoradas por los medios de comunicación. Ahora, con los tambores de guerra contra Irán en aumento, que defienden su eficacia para mejorar la seguridad, las opciones no militares de resolución de conflictos no deben desoírse  de manera similar. Es hora de que nuestros líderes y nuestros medios de comunicación pongan también estas opciones sobre la mesa”. No hacerlo puede ser dramáticamente imprudente.

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