Un rompecabezas de papel prensa

Hace unos días, César Antonio Molina rescató de las entrañas de la cultura europea esta frase de Albert Camus: “Un país suele valer lo que vale su prensa”. El gran escritor francés apuntó directamente al corazón del papel reservado a la información y a la opinión difundidas por los periódicos y revistas por encima de cualesquiera otros productos que mediado el siglo XX llenaban el mercado. Ni la radio ni la televisión habían dañado el prestigio y el consumo de los periódicos, los noticiarios cinematográficos, muchos de ellos de gran calidad, convertidos en nuestros días en fuentes históricas imprescindibles, eran como estrellas fugaces que resplandecían un instante antes de la proyección de una película, y las demás herramientas informativas eran ingenios exquisitos para minorías ilustradas o para especialistas. ¿Podría Camus decir hoy lo mismo?

En los espacios de comunicación del siglo XXI puede que la letra impresa conserve en gran medida el prestigio intelectual del pasado, pero los nuevos soportes, la red y la dislocación del mercado publicitario la han convertido en el paradigma de lo que se entiende por un sector en crisis. En las sociedades democráticas se ha pasado de un mercado diversificado a un mercado atomizado donde, al mismo tiempo, las nuevas generaciones se sienten progresivamente más cercanas a materiales que encuentran su mejor acomodo en las nuevas tecnologías y, además, no obligan a desembolso alguno. La gratuidad les ha otorgado un plus de aceptación que es independiente de su calidad.

Le Monde

Primer número del diario ‘Le Monde’, fechado el 19 de diciembre de 1944.

El periodista francés Hubert Beuve-Méry, fundador en 1944 del diario Le Monde, contó en 1967, en una de sus contadísimas apariciones en televisión, que el éxito del vespertino de París radicaba en gran medida en los jóvenes: “Estos jóvenes han adquirido la costumbre de buscar en este periódico las informaciones que necesitan”. Casi 50 años después, muchos de aquellos jóvenes, ahora veteranos, siguen fieles a Le Monde, se acercan al quisco a comprarlo, son suscriptores, lo leen en una tableta o en un ordenador, pero Beuve-Méry no podría decir hoy –murió en 1989– que los jóvenes que constituyen la generación del universo digital buscan su periódico para sentirse informados y, de paso, acercarse a las grandes corrientes del pensamiento, la política, la literatura, la economía y todo cuanto hizo de Le Monde una referencia insustituible de la cultura europea.

El caso de Le Monde es extensible a tantas cabeceras honorables que las excepciones son contadísimas. Se ha roto la cadena de complementariedades del pasado o está a punto de romperse: la radio complementó a la prensa, pero no la aniquiló; la televisión complementó a la prensa y a la radio, pero no las destruyó; las nuevas tecnologías se desarrollan a ritmo frenético mediante un melting pot en el que caben la letra impresa, la fotografía, la televisión, las redes sociales, más formas de participación en directo y aun el juego, los concursos y otras manifestaciones de ocio que no precisan de ninguna complementariedad ajena a esos nuevos productos. Y el cambio, la mutación del ADN en el universo informativo, ha nacido y ha crecido en sociedades deliberativas a las que no se puede aplicar el temor expresado por Walter Lippmann, autor eminente de Opinión pública (1922): “Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho”. La variedad de pareceres es ilimitada, pero se canaliza a través de redes alejadas de la lógica y los fundamentos que durante siglos han sustentado la información impresa.

“La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”, ha escrito Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur. Es casi tanto como decir que en términos de rapidez, de inmediatez, la información de papel tiene perdida la batalla de la competencia digital, pero puede ganar las de la originalidad y la reflexión, además de admitir que, sin vuelta de hoja posible, una cabecera no puede sobrevivir sin ofrecer una edición en la red, renovada minuto a minuto, multimedia y, ¡ay!, costosísima. Cuando Jill Abramson, directora de The New York Times, se hizo cargo del gran periódico de Estados Unidos, confirmó esa tendencia universal, ineludible, de unir la suerte del papel  a la edición en la red: “Hay que fortalecer siempre la relación entre internet y el papel impreso”. ¿Es esta la complementariedad que soluciona el rompecabezas en los albores del siglo XXI?

Walter Lippmann

Walter Lippmann, autor del libro ‘Opinión pública’ (1922).

El gran desafío económico es cuadrar las cuentas de explotación, que dependen mucho más de las partidas de ingresos de las ediciones impresas –sometidas a una dieta muy baja en calorías a causa de la jibarización del mercado publicitario, provocada por la crisis– que de las digitales. Hay que tener presente, además, que la tradición de la gratuidad presupone que la información y la opinión de las ediciones digitales abiertas generan gastos, pero ningún ingreso diferente al de los anunciantes. Seguramente, hay modelos de negocio por venir que aliviarán esa realidad, pero el presente es así de tozudo, y hay incluso quienes están dispuestos a defender que el pago en la red por un servicio informativo es poco menos que una perversión de la aldea global concretada en internet. Lo que nadie es capaz de explicar es cómo se compagina el acceso gratuito con la sostenibilidad de los medios.

El mayor desafío periodístico es corresponder a las expectativas de los consumidores de papel a partir del diagnóstico hecho por Jean Daniel: “Seguramente habrá menos compradores de prensa escrita en el futuro, pero serán más exigentes”. En realidad, ya lo son porque disponen de una información de base que encuentran en internet, la televisión y la radio en cualquier momento. En los días del asesinato del presidente Kennedy (22 de noviembre de 1963) se dijo que la noticia había tardado 11 minutos en dar la vuelta al mundo; hoy solo cuenta la inmediatez: basta que alguien sepa algo y lo cuelgue en la red para que todo el mundo pueda leerlo, salvo cuando se dan interferencias censoras. La credibilidad o la solvencia de esas informaciones son otro cantar.

Le Nouvel Observateur

Primer número del semanario francés ‘Le Nouvel Observateur’, fechado el 19 de noviembre de 1964.

¿Qué futuro aguarda entonces a la galaxia Gutenberg? Puesto que en los últimos 40 años se han oficiado en su memoria varios funerales pre mortem, pero todas las mañanas aún es posible ir al puesto de periódicos y comprar un ejemplar, es aconsejable no precipitarse con diagnósticos apocalípticos y sí, en cambio, admitir que no todos los problemas se deben a la irrupción de las nuevas tecnologías. “Hay unos valores falsos, unos activos sobrevalorados hasta extremos indecentes, que tienen además un carácter tóxico, es decir, contaminan a los valores de calidad cuando se mezclan. La pérdida de credibilidad y de confianza en los periodistas se debe a la masiva presencia de estos valores tóxicos perfectamente conocidos por el público”, escribe Lluís Bassets en El último que apague la luz. Esa toxicidad incluye el amarillismo, la astracanada, el sectarismo y los comentarios a la ligera, la crítica gratuita y las informaciones caídas del cielo de paternidad desconocida, las conferencias de prensa sin preguntas, los gabinetes de comunicación encargados de enturbiar los hechos y las agendas informativas que convienen a las diferentes manifestaciones del poder. Justo lo contrario de lo afirmado por Jean Daniel y recogido unas líneas más arriba: “La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”.

Lo contrario de lo que precisa la prensa de papel para convivir con los demás medios y subsistir lo constituyen el basurero de Rupert Murdoch, la patraña de Tommasso Debenedetti, autor de varias decenas de falsas entrevistas publicadas, el servilismo de los grandes medios de Estados Unidos en apoyo de una guerra, la de Irak, justificada mediante la publicación de informaciones triangulares* sobre la existencia de armas de destrucción masiva que nunca existieron, la intromisión descarada en las vidas privadas, como si estas estuviesen condenadas a desaparecer. Nadie dispone de la fórmula mágica para sobrevivir a la crisis que atenaza a la información de papel, pero al menos es posible identificar qué no se debe hacer. Ya es algo. El resto depende del viejo método de la prueba y el error, de no transitar por campos de minas en los que otros se metieron y de blindar la independencia de criterio, porque siempre hay más de lo que se ve y debe trasladarse a la opinión pública. Si no es posible hacerlo, si se rompe la secuencia que une los ciudadanos a los hechos, el sistema democrático se queda a oscuras y a merced de los urdidores de la sociedad del espectáculo, de una ficción deslumbrante encargada de hacer invisibles las alcantarillas y perfumar su pestilencia.

 

Ahmed Chalabi

Ahmed Chalabi.

*Dícese de aquellas informaciones en las que la fuente que las filtra a la prensa es la misma que las suministra a las instancias donde los periodistas las comprueban. En el caso de los prolegómenos de la guerra de Irak, el político iraquí exiliado Ahmed Chalabi fue uno de los vértices del triángulo; los otros dos fueron los periodistas informados por Chalabi y la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, a la que Chalabi proporcionaba la misma información. De forma que cuando los periodistas buscaban la confirmación en alguna agencia federal, esta estaba contaminada por el mismo informante que se había puesto en contacto con ellos.

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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