Una tumba en la campaña

El restablecimiento de la decencia en Cuelgamuros se produjo al mismo tiempo que la salida del ataúd del general Franco camino de Mingorrubio. El griterío y las banderas con la gallina de un grupito de neo-viejos franquistas, inundó por un momento las inmediaciones del Valle de los Caídos, pero en cuanto se elevó el helicóptero y se alejaron los restos del matarife quedó registrada en la historia una dignificación civil y democrática del lugar y empezó a prevalecer el respeto por los miles de muertos víctimas de la guerra y de la represión vesánica que la siguió. Al mismo tiempo, la exhumación del dictador metió una tumba en la campaña electoral, como si la prolongación del traslado del panteón megalómano al familiar fuese una operación calculada hasta el último detalle y no fruto de la obstinación de los Franco y del abad de la basílica del Valle para evitar, obstruir o alargar hasta la exasperación algo por lo demás inevitable: que a pesar del procedimiento, garantista en extremo, el Tribunal Supremo acabaría autorizando el traslado del general de una fosa a otra.

“Lo que terminó ayer no fue la dictadura de Franco, sino la espuria tentativa de resucitar su recuerdo en una zafia y necrofílica operación de propaganda”, ha escrito Ignacio Camacho en el muy derechista Abc, como si no fuese suficiente para justificar el traslado el hecho de que España, después de Camboya, es el país del mundo con más desaparecidos; como si separar al victimario de sus víctimas fuese menos importante que la coincidencia del cambio de localización del féretro a las puertas de una campaña electoral. Habrá que ver a partir de ahora quiénes son más propensos a echar mano del cadáver y en qué términos, pero es de temer que entre añorantes declarados y vergonzantes del franquismo, líderes con las encuestas muy a la baja y diferentes frentes a la conquista del voto necesario, Cuelgamuros y Mongorrubio enturbiarán el debate preelectoral y adulterarán el sentido de la operación del jueves.

Era de prever que tal cosa sucediese, pero era de prever también que después de la actitud de los Franco, se impusiera la prudencia en el arco parlamentario menos en el terreno de juego neofranquista de Vox. “¡Quiénes son ustedes para prohibirnos salir, esto es una dictadura!”, protestaron airadamente los familiares del general, requeridos por la policía al final de la inhumación en Mingorrubio, una escena digna de un esperpento valleinclanesco. Quizá sea cierto que es un proyecto lleno de dificultades y obstáculos cambiar la naturaleza del Valle de los Caídos, liberarlo de su condición de conjunto exaltador del franquismo y de sus herederos –el llamado franquismo sociológico–, sean estos muchos o pocos.

“¿Puede un conjunto arquitectónico franquista convertirse en un espacio democrático?”, se ha preguntado Xavier Casals en las páginas de EL PERIÓDICO. El interrogante es tan inquietante como varias posibles respuestas, entre ellas la constatación hecha en El País por la profesora Paloma Aguilar: “A la conciencia democrática le resultan ofensivas muchas cosas consustanciales al Valle de los Caídos”. De ahí a suscribir el parecer del historiador Nicolás Sánchez-Albornoz apenas media un paso: “Hemos pasado durante 40 años una vergüenza tremenda”, acaso haya llegado la hora de dejar que la naturaleza haga su trabajo y que, con el paso del tiempo, todo acabe en ruinas. Puede que las guerras civiles nunca acaben en el imaginario colectivo, pero quién sabe si sepultadas bajo el bosque indomable, los sillares desencajados y la desmemoria de las generaciones venideras, remitan las emociones y todo sea menos que un recuerdo difuso el espectáculo ofrecido ayer por el neofranquismo irreductible: “No hubo salvas ni un regimiento en posición de firmes, pero en la vacía explanada del mausoleo los vivas a España y a Franco resonaron claros aun para los que, monte abajo, seguíamos la actualidad a través de portátiles y smartphones”, ha escrito en La Vanguardia Pedro Vallín.

Nadie está en guerra con nadie, pero la democracia obliga a cumplir con ciertos requisitos y la correlación de fuerzas impone a menudo ejercitarse en la prudencia. Si durante la transición se hubiese intentado abrir la fosa del Valle, cabía la posibilidad de provocar una crisis de Estado. Luego, transcurridas décadas y aprobada la ley de memoria histórica, vilipendiada esta desde el albañal ideológico neofranquista, se abrió el camino a la reparación de la dignidad de las víctimas y de sus descendientes, pero hasta ahora no hubo un solo Gobierno con voluntad política para dar el paso. Tanta razón tienen los que entienden que la anormalidad histórica del dictador en el mausoleo se ha tardado demasiado en corregir como los que sostienen que durante decenios la opinión más extendida fue que mejor no meneallo.

Los únicos que violentan la decencia son cuantos defienden, con frecuencia a voces, que Franco debía seguir en su tumba con flores al pie del altar de la basílica per secula seculorum. Ningún carnicero del siglo XX dispone de una tumba rutilante que lo exalte, ninguna comunidad está dispuesta a poner en juego su dignidad colectiva, y por esta razón el traslado era preciso, aunque solo el 49% de los españoles consideren necesario el desenlace del jueves, según las encuestas. Ni siquiera la seguridad de que la desfranquización del Valle formará parte de la campaña electoral –domina ya la precampaña– y de la pugna política entre adversarios enconados parece digna de consideración para estimar adecuado y oportuno un aplazamiento hasta después del 10 de noviembre. Claro es que habrá quien se beneficiará en las urnas con la exhumación y quien saldrá perjudicado, pero el mayor perjuicio para la democracia hubiese sido claudicar ante la algarabía de la extrema derecha. El precio de un aplazamiento del traslado de Franco, en términos de dignidad, hubiese sido vergonzosamente alto.

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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