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Cualquiera no, Obama

Caroline Kennedy apoya a Obama.

Caroline Kennedy apoya a Obama.

Si hay un país donde el lobi femenino hace oír su voz, ese es Estados Unidos. Si hay un presidente que ha hecho avanzar los derechos de las mujeres, ese es Barack Obama. El voto de ellas se ha inclinado históricamente hacia el Partido Demócrata por sus políticas sociales y por la presión femenina interna, pero la campaña para las presidenciales del martes fotografía un terreno movido bajo los pies de los dos candidatos, hombres como manda también la tradición.

Obama ha intentando desacreditar a su rival, el republicano Mitt Romney, con una chanza electoral, la Romnesia. Con sus palabras: «Si dices que vas a proteger el derecho de las mujeres a elegir, pero luego en un debate aseguras que te encantaría firmar una ley que prohíba el aborto… podrías tener Rommesia». Pero, para él, no es broma. La primera ley firmada por el primer presidente negro de la historia de EEUU fue la de equiparación salarial Lilly Ledbetter. Su reforma faro, la sanitaria, tiene en las mujeres a sus principales beneficiarias porque les garantiza pruebas tan imprescindibles para ellas como las mamografías. El listado es amplio. Pero, esta vez, las norteamericanas han querido juzgar toda su legislatura.

Lás féminas representan el 53% del electorado, como en Francia; habrá 10 millones más de electoras que electores y ellas acostumbrar a votar más. A las jóvenes, más alejadas del activismo femenino, Lena Dunha, creadora de la exitosa serie Girls, les bromeó: «Vuestra primera vez no puede ser con cualquiera». Y en ese afán de elegir adecuadamente, las electoras tardan más en escoger. Son, por tanto, un ejército de indecisas que, esta vez de manera especial, merecen atención personalizada. Por tener los focos encima se ha podido descubrir que ellas también confirman que, desde los años ochenta, la cuestión económica da el triunfo a uno u otro contendiente. Con el cinturón apretado, Obama no ha podido exhibir los logros sociales para atraer ese voto que se le volatilizó cuando en el primer debate no mencionó la palabra mujer. Su rival, que se retrató con su «montón de mujeres» cuando en el segundo cara a cara intentó nadar en aguas de los derechos femeninos, ha enfocado la campaña en la línea esperada por las mujeres aunque no dándoles lo que esperaban. Es decir, las norteamericanas, que ya en las películas en blanco y negro se marchaban de casa para ir a trabajar a la gran ciudad, piensan con el bolsillo igual que los hombres. No con la misma perspectiva, dado que sus dudas y problemas provienen, precisamente, del lugar desigual que aún ocupan en la actividad laboral y económica. Ellas quieren saber cómo va el crédito, las pensiones y cuál es la perspectiva para sus hijas. Y, en el centro de la disputa, esas mujeres blancas, trabajadoras y sin estudios superiores que no hacen ascos a la papeleta republicana. Tal vez la crisis ha diluido la separación entre los problemas de los hombres y los problemas de las mujeres. Una oportunidad para mutualizarlos. Ellas, precios de la vivienda. Ellos, gratuidad de los anticonceptivos.

Sin ser contradictorio, el escenario de la disputada elección puede oficializar la atención al electorado femenino, al que se ha prestado menos atención que a los colectivos, en definitiva, minoritarios. Que las mujeres no dejen de ser en la próxima contienda un recurso cuando las cosas van mal dadas. Que «las desertoras electorales de Obama» no sean objeto de esa técnica innovadora de la microsegmentación solo para recuperarlas ahora. Que Maggie Hassan no sea la única mujer candidata a gobernadora. Mientras no haya suficientes políticas para forjar un arquetipo, por lo menos que las electoras puedan decidir qué campaña y qué temas les interesan. Ni la segunda vez ni ninguna vez se puede elegir a cualquiera. H