Cinco años no es suficiente

Para Micilia Lerice el recuerdo del terremoto es un sonido, el de un trueno. Aquellos 34 segundos de horror se llevaron más de 300.000 vidas y destruyeron el hogar de un millón y medio de personas en Haití. También el de Micilia, pero ella no vio nada. Unas cataratas le habían arrebatado la vista cinco años antes. Hoy la memoria de aquel 12 de enero de 2010 se guarda en sus oídos. “Sentí como un estruendo pero no sabía lo que estaba pasando. Me quedé sentada, no podía correr”, rememora con detalle esta mujer de edad imprecisa, probablemente unos 75 años. No se acuerda.

Bernadia Fedee Josée tiene casi 60 años menos. Acababa de cumplir los 13 cuando ocurrió el terremoto. Ella sí que conserva perfectamente cada imagen de ese día. “Nosotros estábamos dentro de la casa cuando se derrumbó toda la pared. Tuvimos que taparlo con sábanas. Hubo muchos heridos, fue horrible”, relata.

RECOMPONIENDO EL PAISAJE DE HAITÍ

Aquella catástrofe, que llegó a paralizar al mundo entero, hoy solo vive en el recuerdo del pueblo haitiano. Hasta las calles de Puerto Príncipe parecen haberla olvidado. Salvo algunas grietas en la calle Delmas, en Champs de Mars o en la destartalada catedral, en la capital no hay ni rastro de aquella fuerza devastadora que sacudió Haití durante los segundos más largos de su historia.

Infografía intensidad del terremoto Haití 2010

Aquel enero de 2010, el país asumió el reto de recomponer un paisaje hecho trizas y, en cierto modo, hoy se puede afirmar que algunas de las principales metas se han conseguido. En estos cinco años más de diez millones de metros cúbicos de escombros han sido eliminados o reutilizados, un 20% de las escuelas y hospitales destruidos han vuelto a ponerse en pie y la mayoría de los campos de desplazados se han reconvertido en plazas o campos del fútbol. Cinco años -ya casi seis- también deberían haber sido suficientes para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, o no.

El centro comercial The Plaza Store es uno de los edificios destruidos en el terremoto de Haití. Aquí las tareas de reconstrucción aún no han llegado. Las paredes siguen destruidas y las columnas del edificio no aguantarán mucho más en pie.
El centro comercial The Plaza Store es uno de los edificios que no ha vuelto a abrir sus puertas desde ese 12 de enero.

EL CIERRE DE LOS CAMPAMENTOS DE DESPLAZADOS

Marie Elisabeth Duphuis dibuja con los dedos los límites de la que ha sido su casa durante los últimos años. Ahora es un solar vacío con restos de basura y quizá algún recuerdo extraviado: un cepillo de dientes, una camisa… Estamos en el campo de desplazados de Toussaint Brave. El Gobierno de Haití lo desmanteló hace apenas dos semanas. “Estaba muy sucio, había mucho barro. Nos costó varias horas limpiarlo”, cuenta Marie Elisabeth desempolvando los recuerdos del día que llegó hasta aquí huyendo del terremoto, “ahí pusimos la cama y en este rincón cocinábamos”. Le costó adaptarse, reconoce. No tenían agua ni luz y debían compartir un único aseo con otras 40 familias.

Camp Cano, con unas 450 viviendas, es uno de los 45 asentamientos que todavía permanecen abiertos tras el terremoto.
Camp Cano, con unas 450 viviendas, es uno de los 45 asentamientos que todavía permanecen abiertos tras el terremoto.

El cierre de Toussaint Brave ha sido el último de una larga lista. En el año 2011, el Gobierno de Haití se planteó como prioridad borrar de las plazas públicas aquella imagen de tiendas de lona y personas hacinadas donde, además de los afectados por el seísmo, también se instalaron muchos haitianos que ya vivían en la calle antes del terremoto. Desde entonces, el país ha reducido en un 96% el número de campos. De 1.500 asentamientos, ahora solo quedan 45; de millón y medio de desplazados se ha pasado a 60.800. “La gente no debe seguir viviendo en unas condiciones tan precarias”, señala Soro Moussa, jefe de proyecto en Haití de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). 

Tanto esta institución como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) colaboran en el realojo de los damnificados por el terremoto. Una de las principales iniciativas ha sido el proyecto “16/6”, cuyo objetivo era trasladar a las personas de 16 campos a 6 barrios de Puerto Príncipe, sus barrios de origen. A través de este programa, 5.000 familias han vuelto al lugar que hace cinco años tuvieron que dejar atrás.

“EL CIERRE DE LOS CAMPAMENTOS HA SIDO EL GRAN ÉXITO DE LA RECONSTRUCCIÓN”. -SORO MOUSSA, JEFE DE PROYECTO EN HAITÍ DE LA ORGANIZACIÓN INTERNACIONAL DE LAS MIGRACIONES (OIM)-

Algunas barriadas como Morne Hercule han sido reconstruidas desde cero. Los propios habitantes colaboraron para volver a poner sus antiguas casas en pie. “Estuvimos trabajando muy duro, hasta mi madre ayudó y eso que ya es mayor”, cuenta Guerdine Cadet, una de las vecinas. Ellos debían poner la mano de obra y el dinero para comprar los materiales. Aquellos que podían, claro. No siempre era sencillo reunir los cerca de 45.000 gourdes (880 euros) necesarios para conseguir el hormigón y el cemento importados de República Dominicana. A cambio, el personal del PNUD se encargaba de la dirección técnica de la reconstrucción y la mejora de los servicios públicos del barrio. Hoy, en este pequeño enclave, asomándose a una de las colinas de la capital, destaca una treintena de casas verdes y amarillas. Es uno de los pocos barrios de Haití que tiene el privilegio de contar con pavimento, depósito de agua e incluso lámparas solares.

Una treintena de casas de colores componen el nuevo barrio de Morne Hercule (Puerto Príncipe), construido desde cero por los vecinos con la ayuda del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.
Una treintena de casas de colores componen el nuevo barrio de Morne Hercule (Puerto Príncipe), construido desde cero por los propios vecinos con la ayuda del PNUD.

LA DIFÍCIL TAREA DE ENCONTRAR UN HOGAR EN HAITÍ

Según datos de la OIM, la mayoría de las personas que abandonaron los campos de desplazados -el 74%- lo hicieron por su cuenta sin el apoyo de las instituciones y un 4% fue expulsado a la fuerza por supuestos propietarios de los terrenos. Únicamente el 17% recibió ayuda institucional, sobre todo a través de subvenciones al alquiler.

Infografía soluciones de realojo

“¿Dónde vives ahora?”, le preguntamos a Marie Elisabeth y señala con la cabeza un pequeño cobertizo de madera muy cerca del antiguo campo. Ella fue una de las beneficiarias de las subvenciones para el alquiler del programa “16/6”, pero su nueva casa dista mucho de lo que podría considerarse una vivienda digna. De hecho, ni siquiera es vivienda, solo es un cuarto. Apenas 20 metros cuadrados, donde pelean por el espacio un par de camas, una mesa y un televisor. Aquí viven Marie Elisabeth, su marido, tres hijos y el pequeño Lakeyi´cha, su nieto de 9 meses. “En el campo teníamos más espacio”, reconoce, “aquí ni siquiera hay baño, tenemos que utilizar el del casero. Por el dinero que me dan no puedo permitirme nada mejor”, se lamenta. Ese dinero son 20.000 gourdes (400 euros), con lo que se supone que deben pagar un año de renta. “Es imposible encontrar una casa en Puerto Príncipe con eso, ni siquiera en los barrios más populares”, asegura Antonal Mortime, portavoz de la Plataforma de Organizaciones Haitianas por los Derechos Humanos (POHDH). En su colectivo reciben quejas como esta a diario. “Al final se marchan de los campamentos para irse a vivir a un sitio peor”, denuncia.

El campo de desplazados Toussaint Brave constaba de 45 tiendas, tres de ellas eran multifunción y en cada una de las otras se alojaba una familia. Ahora poco queda de ellas, las familias ya han sido realojadas.
El campo de desplazados Toussaint Brave constaba de 45 tiendas, tres de ellas eran multifunción y en cada una de las otras se alojaba una familia.
Jessi Pamela Shristian, de 22 años e hija de Marie Elisabeth Duphuis, vive junto a su hijo de nueve meses, Lakeyi´cha, en un cuarto de 20 metros cuadrados que comparten con otros cuatro miembros de su familia.
Jessi Pamela Shristian, de 22 años e hija de Marie Elisabeth Duphuis, vive junto a su hijo de nueve meses,
Lakeyi´cha, en un cuarto de 20 metros cuadrados que comparten con otros cuatro miembros de su familia.

Para Amnistía Internacional (AI), el programa de ayuda al alquiler tampoco ha resultado ser una solución duradera en Haití. “Ha servido para cerrar los campos, pero no para mejorar la vida de las familias desplazadas a largo plazo. Un estudio realizado en 2013 concluyó que la mitad de quienes reciben los subsidios deja la vivienda al finalizar el primer año, cuando la ayuda se acaba, porque no puede seguir pagando”, señala la investigadora de AI para el Caribe, Chiara Liguori. Desde la Organización Internacional de Migraciones aseguran que ellos hacen un seguimiento a estas personas para evitar que abandonen las casas pero, admiten, solo hasta el tercer mes de haber recibido el dinero. Después, el rastro se pierde.

“LA MITAD DE LOS QUE RECIBEN LAS AYUDAS AL ALQUILER DEJA LA VIVIENDA CUANDO LA AYUDA SE ACABA, PORQUE NO PUEDEN SEGUIR PAGANDO. MUCHOS TERMINAN VOLVIENDO A LOS CAMPAMENTOS INFORMALES”. –CHIARA LIGUORI, INVESTIGADORA AMNISTÍA INTERNACIONAL-

Según AI, muchas de estas familias acaban mudándose a otros campamentos informales o bien a barrios deprimidos de la ciudad. La última opción que les queda es buscar un terreno libre y auto construirse el enésimo lugar donde vivir, casi siempre con materiales inestables y sin respetar las normas para una construcción segura. Es la paradoja que denuncian activistas y colectivos sociales, la manzana envenenada del proceso de reconstrucción de Haití: mientras los campos de desplazados desaparecen, se multiplican este tipo de construcciones irregulares, igual de frágiles que aquellas que cayeron en el terremoto de 2010.

La falta de recursos obliga a muchas familias a auto construirse sus viviendas con materiales muy inestables como la lona o el zinc. Esto pone en peligro sus vidas frente al riesgo de sufrir otro terremoto en el futuro.
La falta de recursos obliga a muchas familias a auto construirse sus viviendas con materiales muy inestables como la lona o el zinc.

Frente a estas críticas, Barbara Calixte, responsable de proyectos para Haití en el PNUD, insiste en el esfuerzo que se está haciendo. “En el programa 16/6 hemos invertido diez millones de dólares (8,9 millones de euros) para ayudar a estas personas. El problema es que la gente se pensaba que íbamos a regalar una casa a todo el mundo y eso no es posible”, destaca Calixte y añade “aquí había muchas necesidades antes del terremoto que ahora no podemos arreglar”. Sobre todo, como ella misma acaba reconociendo, por falta de fondos. “De los 79 millones de dólares que deberíamos haber recibido del Fondo para la Reconstrucción de Haití, solo han llegado 30. El Banco Mundial, la Unión Europea, los donantes en general solo actúan en los casos de emergencia pero no en lo que viene después”, sostiene la representante del PNUD en Haití. Lleva dos años esperando a que lleguen los fondos prometidos.

En el campamento de Camp Acra (Puerto Príncipe) una red de estrechos caminos de tierra se cruza con los canales de agua sucia. La falta de saneamiento es uno de los problemas más graves de Haití.
En el campamento de Camp Acra (Puerto Príncipe) una red de estrechos caminos de tierra se cruza con los canales de agua sucia.

EN HAITÍ, 60.800 PERSONAS CONTINÚAN VIVIENDO EN CAMPOS DE DESPLAZADOS

“El Gobierno solo ha cerrado los campos más visibles, pero la miseria sigue existiendo en muchos otros lugares de Puerto Príncipe”, critica Antonal Mortime del colectivo POHDH. Según Naciones Unidas, más de la mitad de la población desplazada que aún queda en Haití vive en tiendas hechas de materiales inadecuados, carecen de servicios básicos y apenas disponen de una letrina por cada cien personas. La falta de acceso al agua y saneamiento empeora las condiciones de salud e higiene, poniendo en riesgo a la población ante enfermedades como el cólera.

Por otro lado, las mujeres y niños que habitan en estos campos son especialmente vulnerables ante casos de agresiones sexuales y violencia de género. Según la OIM, el 80% de los incidentes de este tipo ocurridos en 2014 se dieron dentro de los campamentos de desplazados. Para Kevin Novothy, delegado de Save The Children en Haití, la razón es la falta de seguridad en estas zonas y las dificultades que tienen las víctimas para denunciar a sus agresores. “Aún así, el verdadero problema al que se enfrentan es la pobreza. Incluso hay casos de transacciones sexuales a cambio de comida o educación”, reconoce. A pesar de todos estos problemas, la población desplazada padece el abandono y la indiferencia de buena parte de las instituciones. Hoy apenas hay organizaciones humanitarias trabajando en los campamentos.

Las mujeres y los niños son los colectivos más vulnerables dentro de los campos de desplazados en Haití.
Mujeres y niños son los colectivos más vulnerables dentro de los campos de desplazados.

No es fácil caminar entre las calles de Camp Acra. Dentro de este laberinto de tiendas de campaña  solo se alcanza a ver cielo y lona. No hay más horizonte que una estrecha red de caminos que suben, bajan y se cruzan continuamente con canales de agua sucia. En uno de ellos encontramos a Jean Inoster, que se esfuerza por retirar la basura que bloquea el paso del agua. Vive a escasos pasos del canal, en un cobertizo de 30 metros cuadrados donde él, su mujer y sus ocho hijos comparten tres camas. “He tardado dos años en construirlo, cada día iba a buscar pedazos de madera para hacer las paredes”, cuenta con orgullo.

Está anocheciendo y apenas se distingue a ver algo dentro, no tienen luz. “Nos arreglamos con esto”, dice mostrando una linterna. A su lado, algo parece fuera de lugar: un televisor. Lo compró tras el terremoto justo antes de venir a vivir aquí. Nunca lo ha encendido, -claro está, no hay luz- pero le sirve para recordarle la vida que tenían antes. “Me gustaría tener una casa de cuatro habitaciones para que todos estuviésemos bien, pero es imposible. No hay trabajo, ni siquiera tengo dinero para llevar a los niños a la escuela”, se lamenta este haitiano de 55 años, mientras mira al techo. Lo peor de vivir aquí es cuando llueve. El agua se cuela por dentro y llega a la altura del colchón.

Unas seis mil familias viven en Camp Acra, en el distrito de Delmas. Fue el área de Haití que acogió al mayor número de desplazados por el terremoto. Entonces, se instalaron hasta 283 campos, de los cuales 12 aún continúan abiertos. Los esfuerzos parecen haberse centrado más en desmantelar los campos que en asegurar la calidad de vida de la población. “Las lonas no sirven para resguardarnos de la lluvia porque están podridas”, se queja Lesly Illys, presidente del consejo de vecinos. No hace falta preguntarle qué problemas tienen en este campo de desplazados, ya se adelanta él, “todos”. 

“SOMOS HAITIANOS Y TENEMOS DERECHO A UNA CASA, PERO FÍJATE CÓMO ESTAMOS”. –LESLY ILLYS, PRESIDENTE DEL CONSEJO DE VECINOS DE CAMP ACRA-

Según Naciones Unidas más de la mitad de las personas desplazadas de Haití vive en tiendas hechas de materiales inadecuados. En la foto se muestra una gran lona que sustituye a las paredes de la mayoría de las casas en los campamentos de desplazados.
Según Naciones Unidas más de la mitad de las personas desplazadas vive en tiendas hechas de materiales inadecuados.

Lesly critica al Gobierno de Haití por no tenerles en cuenta y a las ONG por haberles dejado solos. “Somos haitianos y tenemos derecho a una casa, a poder comer, a una educación… pero nunca hemos recibido eso. Ni siquiera tenemos trabajo. Fíjate cómo estamos”, sonríe señalando a los otros cuatro hombres que le acompañan y la partida de dominó que les hemos interrumpido. Muy cerca, Fabienne René lleva varias horas esperando que alguien entre a su peluquería. El corte de pelo para hombres cuesta 100 gourdes (dos euros), mujeres 200 (cuatro euros), niños a 75 (1,50 euros). “Aquí en el campo el negocio no es muy bueno, muchos vienen sin dinero y les tengo que fiar. Espero algún día poder ponerlo fuera, en la calle. Sobre todo por el bien de mis hijos”, explica Fabienne, madre soltera de dos niños de dos y cinco años. Su caso es habitual: si el terremoto golpeó duramente a Haití, las mujeres se llevaron la peor parte. El 50% de los hogares haitianos están sostenidos en solitario por una mujer, pero solo el 16% están asalariadas. La mayoría, como Fabienne, vive de la economía informal.

La unión hace la fuerza: trabajando juntos por la reconstrucción de haití

Está construida con bloques de hormigón armado y refuerzos de hierro. “Es parasísmica”, nos advierte Jackson Saint Lot, miembro del comité de vecinos de Curtis, una pequeña aldea próxima a la localidad de Petit-Goâve. Se trata de una de las 71 viviendas que han hecho gracias a la colaboración de toda la comunidad y a los fondos de la ONG Entraide Protestante Suisse (EPER Suisse). “Hicimos un censo de todas las familias afectadas por el terremoto y fuimos entregando las casas nuevas a las más vulnerables. Ahora tienen un hogar para toda la vida”, explica Jackson.

Los vecinos de la pequeña aldea de Curtis (Petit-Goavê) han comenzado ya la tarea de reconstrucción: 71 casas parasísmicas, de hormigón y refuerzos de hierro, para las familias afectadas por el terremoto.
Los vecinos de la pequeña aldea de Curtis (Petit-Goavê) han construido 71 casas parasísmicas,
de hormigón y refuerzos de hierro, para las familias afectadas por el terremoto.

En Lavial, otro núcleo rural al sudeste de Haití, la solidaridad vecinal también ha sido imprescindible para su reconstrucción. Es un área muy montañosa donde las familias viven alejadas unas de otras y, en la mayoría de casos, incluyen a personas de avanzada edad. Bien lo sabe Synthese Michelle, una vecina de 65 años. Hoy vuelve a tener casa gracias a la ayuda del colectivo de jóvenes universitarios de Carrefour, OJUCAH, y al apoyo económico de la ONG española Acción Verapaz. Eso sí, la lista de carencias sigue siendo larga, desde agua corriente a un centro de salud que le ayude a tratar sus frecuentes migrañas.

La unión a pequeña escala del pueblo haitiano ha hecho posible experiencias exitosas como estas. Sobre todo en zonas rurales, tradicionalmente olvidadas, donde la ayuda humanitaria llegó en menor medida que a Puerto Príncipe. En estos casos, ha sido la ciudadanía la que ha hecho suyo el lema que encabeza la bandera de Haití, “La unión hace la fuerza”, símbolo de un pasado luchador que le convirtió en la primera nación americana libre de esclavitud. 

SE REQUIEREN SOLUCIONES DURADERAS

Sin embargo, el pueblo necesita mucho más que sus manos para garantizarse un país más seguro donde vivir. De hecho, tanto en Curtis como en Lavial, los proyectos se han paralizado por la falta de fondos. Vecinos de una y otra localidad buscan ahora el apoyo de la solidaridad extranjera para retomarlos, a sabiendas de que Haití ha dejado de estar entre sus prioridades. 360 familias siguen esperando una casa en Curtis, 253 en Lavial.

Numerosos vecinos de la comunidad de Lavial continúan viviendo en casas afectadas por el terremoto. Este es uno de los mayores peligros frente a un posible terremoto en Haití.
Numerosos vecinos de la comunidad de Lavial continuan viviendo en casas afectadas por el terremoto.

Hacen falta soluciones a largo plazo. Es la conclusión a la que llegan, cinco años después, tanto la población local como las organizaciones internacionales. Según Amnistía Internacional, de las 37.000 viviendas que se han construido en Haití desde el terremoto, menos del 20% son realmente duraderas. La mayoría fueron simplemente casas temporales –denominadas T-Shelters- pensadas para durar entre tres y cinco años. Vincenzo Maiello, técnico de Arquitectura Sin Fronteras, coincide con AI en que el derecho a una vivienda, y el derecho más general al hábitat, “no consiste solo en tener un techo sobre la cabeza”. Buscar propuestas a largo plazo “es el único camino”, asegura Maiello, aunque también reconoce que “la actual inestabilidad política de Haití hace que sea muy difícil actuar”. 

En 2014, el Gobierno de Haití aprobó por primera vez una Política nacional de vivienda. Su objetivo es construir de aquí a 2020 más de 500.000 inmuebles. El anuncio ha despertado esperanzas pero, debido al actual proceso electoral que mantiene paralizado al país, el plan aún no ha empezado a aplicarse. Mientras tanto, Naciones Unidas insiste en que hay que controlar de manera rigurosa las construcciones irregulares para evitar una nueva catástrofe. Al fin y al cabo, todos saben que podría volver a ocurrir. 

“HAITÍ SIGUE SIN ESTAR PREPARADO PARA UN EVENTUAL TERREMOTO. DE OCURRIR, AL MENOS 30.000 CASAS QUEDARÍAN INHABITABLES SOLO EN PUERTO PRÍNCIPE”. -INFORME “EL PRIMER ESCENARIO DE RIESGO SÍSMICO PARA HAITÍ”-

Haití está situado en medio de un vasto sistema de fallas geológicas – la que provocó el terremoto de 2010 fue la de Enriquillo- Plantain Garden- que resultan del movimiento de la placa del Caribe y la de Norteamérica. Bajo el país se desarrolla una importante actividad sísmica que podría volver a hacer saltar las alarmas. Según un estudio desarrollado por ingenieros de la Universidad de Alicante y recientemente publicado por la Asociación Europea para la Ingeniería Sísmica, Haití sigue sin estar preparado para otro eventual terremoto. De ocurrir, “al menos 30.000 viviendas quedarían inhabitables solo en Puerto Príncipe”, precisa el informe.

Dorilas Contis (haitiano de 72 años) sigue viviendo hoy entre las ruinas de su vieja casa, a pesar de que esta fue seriamente dañada por el terremoto de 2010.
Dorilas Contis (72 años) sigue viviendo hoy entre las ruinas de su vieja casa, a pesar de que esta fue seriamente dañada por el terremoto.

“Aquí cada día caen trocitos nuevos al suelo”. Habla Dorilas Contis mientras enseña una a una las habitaciones de su casa. Ahora solo son ruinas sostenidas por un milagro del equilibrio y, sin embargo, ahí duerme cada noche junto a sus cuatro hijos; en medio de paredes llenas de cortes, con el techo cuarteado y los dinteles de las puertas totalmente caídos. Parece como si el solo peso de la mirada fuese suficiente para quebrarlo todo. “Claro que tengo miedo de vivir aquí, pero he tenido que aprender a convivir con él. No tengo otro lugar adonde ir”, confiesa resignado Dorilas. Tiene 72 años. Definitivamente no, tener un techo no es suficiente. Son muchas más variables las que marcan la diferencia entre subsistir y vivir y harán falta mucho más que cinco años para poder hablar de una reconstrucción exitosa en Haití. El tiempo ha logrado reparar muchas de las grietas, pero solo las más superficiales.

Vecinos de la comunidad rural de Gariche-Prince construyen una nueva escuela primaria.
Vecinos de la comunidad rural de Gariche-Prince construyen una nueva escuela primaria.

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