Primera escala en Estambul (9 de 32)

Un viaje a Estambul, por Oscar Elias.

Un viaje a Estambul, por Oscar Elias.

Porque en el ro-ro tuve una lección de paciencia y porque ya he venido varios días al barrio de Kadiköy, a la sede de ITF en Estambul, intuyo que en algún momento este hombre me hablará. Ha roto el hielo que lo haya encontrado poniendo cubos de agua para que las goteras no acaben con papeles y ordenadores. En ese trabajo mecánico, por fin, se ha mostrado amable. Le ha costado días confiar en mí y, la verdad, lo entiendo.

Supongo que está harto de escuchar que la vida del mar se puede cambiar en la orilla. Yo misma se lo dije cuando lo conocí hace ya dos días. Lo afirmé casi de manera mecánica, mientras buscaba argumentos para explicar mi trabajo. Ural Çagirici, capitán de marina mercante y vicepresidente de ITF en Estambul, sabe perfectamente que en el mar lo que sucede responde a otra lógica, a otra manera de razonar, pero la gente de tierra es demasiado arrogante para darse cuenta de ello.

Desde que entré hace ya dos días a este local, tengo enfrente una pizarra en la que hay 30 nombres de barcos, todos en situación de abandono. Algunos tienen comida, algunos no quieren saber nada de ITF, en dos, me dirá Ural más tarde, se suicidaron dos marinos porque ya no aguantaban más el calvario y ni él ni nadie lo pudieron evitar. Los   nombres de los dos barcos siguen en esta pizarra.

Por primera vez en la historia, la sección del sindicato en Estambul está repatriando a las tripulaciones abandonadas, pero el trabajo les sobrepasa como institución y como equipo. Desde hace meses, cada día recalan en Estambul dos, tres barcos en la misma situación: no les pagan los sueldos, el propietario ha desaparecido o está por desaparecer y no tienen comida. ¿Es el peor momento de la historia? “No conozco lo que pasó en 1929”, dice Ural.

Hasta 2008, en un mes solía haber 10 casos de tripulaciones abandonadas en Estambul; ahora ascienden a 40 o a 45 barcos por mes. La crisis hace estragos y la situación es grave. Si los marinos se declaran en huelga,  ITF presenta una demanda de embargo en nombre de la tripulación y la nave entra en un proceso de subasta. Esta es la única vía para que las tripulaciones puedan cobrar los sueldos. Ahora los jueces están tan saturados de trabajo que ya no quieren más casos y en ITF no les queda más remedio que esperar, a veces cerrar los ojos, y ser prácticos.

De momento, repatrían a todos los marinos que pueden porque así se ahorra en comida y, pienso yo, en sufrimiento. En cada nave dejan, como mínimo, unas cuatro personas, según estipula la ley, para que el barco no sea considerado desierto.

Llevo casi dos horas en este local y no sé cuánto tiempo más me aguantará este hombre hasta que me pida que me vaya.

Suena el teléfono de Ural y yo me sobresalto. Hace rato que solo nos ilumina un fluorescente y el cuartito de lo que son las oficinas de ITF en Estambul está en penumbras. Es el capitán de uno de los barcos cuyo nombre está escrito en la pizarra. Abandonado, cuatro marinos a bordo, en el puerto industrial de Pendik y bandera de conveniencia. Aunque solo escucho a Ural, entiendo que el hombre quiere irse porque ya no aguanta más. Ural lo anima a seguir un poco, lo hace reír, se muestra comprensivo. La charla es en inglés y dura solo unos minutos. Ural cuelga y, al hacerlo, me ofrece un té.

Estoy desconcertada porque no entiendo por qué este hombre es amable conmigo. Supongo que es su manera de salir adelante y de tener unos minutos más para él solo. Hasta ahora había sido el único turco desde que estoy en Turquía, y ya hace cuatro días que bajé del avión, que no se había protegido con el ritual del té.

Mientras espero a que se caliente el agua, me doy cuenta de que el ruido del mercado ha dado paso al de los restaurantes de pescado y el olor se cuela por el local. Llevo casi dos horas en este local y no sé cuánto tiempo más me aguantará este hombre hasta que me pida que me vaya. Sospecho que lo hará de manera correcta, pero sin remordimiento alguno y temo que me iré con las manos vacías. Con el té en la mano, nos hemos refugiado en el único rincón donde las goteras nos dejan tranquilos. Es la primera tormenta de verano en Estambul y el agua dulce para las tripulaciones que están en el área de anclaje no vaticina aguas tranquilas.

Ural me mira fijamente a los ojos. Me mide hasta dónde sé. Quien tuvo retuvo, dicen en tierra, y a Ural le ha quedado el lobo de mar que aprendió a ser cuando vivía cubierto de salitre y era capitán mercante. Él sabe que yo no sé nada y que yo pensaba de manera arrogante que el viaje había empezado hacía dos meses cuando conocí a Faisal, el marino perdido en Barcelona. En realidad, este es el minuto cero de esta aventura. El mar no entiende de pasado, lo hace naufragar, lo hunde y lo convierte en un valor que algún cazatesoros buscará y, si lo encuentra en el Mediterráneo, expoliará sin remordimiento alguno. En el agua lo importante es el presente.

En este minuto cero, siento miedo. Miedo de no entender nada, miedo de que todo esto no sirva para nada y miedo de ser solo una anécdota. Miedo de que un día Ural, Faisal o quien luego me encuentre en su memoria me maldiga por haber prometido algo y no haber hecho nada. Detengo mi cabeza y recuerdo que yo no he prometido nada. Entonces lo miro a los ojos: no es un duelo, es solo dejar las cosas claras desde este momento, a lo mexicano, a como aprendí en otras tierras. Si quiere ayudarme, maestro, lo hace ahora porque yo estoy dispuesta a empezar esta quimera que muchos en la tierra consideran una locura, algo que debería abandonar porque, me dicen, nada tiene que hacer una mujer en un barco. Si no quiere ayudarme, pues dígamelo y acabamos con este cuento. Le toca mover a usted.

Algo habrá cambiado en mi actitud porque reacciona y, por fin, deja su cigarro de tabaco negro en un cenicero atiborrado de colillas y se sienta tras el ordenador. En la pantalla, él puede trazar los barcos que entran y salen por el Bósforo. El estrecho del Bósforo es un paso estratégico difícil de controlar porque el estatus de internacional hace que no pertenezca realmente a nadie. En 1936, Turquía se avino al tratado de Montreal y cedió así la soberanía del canal a cambio de su independencia frente a las naciones occidentales.

Los barcos que salen a la mar en los puertos asiáticos buscan los mercados financieros de Europa y pasan por el Bósforo. Los que se hacen a la mar en puertos europeos buscan las maquilas asiáticas, los mercados emergentes y atraviesan el Bósforo. Este paso es vital para poder salir a los océanos para los países de las orillas del mar Negro como Rumania, Bulgaria, Ucrania y Rusia. En el 2008, Estambul ocupaba el 37º lugar en el ránquing de puertos con más tráfico de contáineres, según la lista Top 100 Container Ports.

Ural sabe que en el Estrella les queda poca comida y que si alguien no hace algo en menos de tres días, puede haber un motín a bordo.

Ural lee las luces verdes que indican la posición de los barcos. Hace demasiados días que un barco juega al escondite con los inspectores de ITF; apaga y enciende la lucecita que indica la posición y que debería estar siempre activa. Así se mueve, poco a poco, entre las tinieblas del puerto de Pendik. Está y no está y, cuando aparece, lo hace siempre un poco más cerca de la orilla. Muy cerca de ese barco fantasma, el armador del Estrella y del Balcán hace tiempo que no paga salarios en ninguno de los dos barcos.

Ural sabe que en el Estrella les queda poca comida y que si alguien no hace algo en menos de tres días, puede haber un motín a bordo. Los marinos del Estrella no se han puesto en contacto con ellos para denunciarlo. Los tripulantes tienen que declararse en huelga para que ITF pueda actuar o alguien tiene que denunciar lo que está pasando a bordo. En el caso del Balcán, un anónimo lo denunció e ITF lo embargó. Ural tiene claro que si entro al Estrella me enteraré de lo que ocurre ahí, pero es leal con la gente de mar y no me pide que se lo cuente. La del Estrella es una tripulación de Ucrania, y yo pienso en el alcohol –malditos estereotipos– que es lo que más me espanta antes de saber qué es esto de subirme a un barco por esas escaleritas sin retorno y darme cuenta de que el alcohol es la menor de mis preocupaciones.

“¿Qué entiendes por tripulaciones abandonadas?”, me pregunta de repente. Dudo, pero es ahora o nunca. Le respondo que un barco cuyo armador ha desaparecido. Me mira con expresión de sarcasmo y empieza con los matices. “Es muy difícil decir si un barco está abandonado o no. Hay naves que siguen en contacto con el propietario, pero este no les pasa ni comida ni agua ni combustible. Entonces, ¿eso es abandono?”. Yo no tengo respuesta y prefiero quedarme callada.

Turquía es el punto más caliente del Mediterráneo en cuanto a tripulaciones abandonadas. Aquí las mafias rusas y turcas compran barcos que están para el arrastre y los ponen en circulación –casi siempre bajo banderas de conveniencia– por una parte del Mediterráneo más desregularizada que su cuenca occidental. Los barcos tienen 40 años, demasiadas travesías y marinos que cobran según contratos falsos.Terceros registros, los llaman, y eso significa que son un pacto entre ellos y el agente que los ha embarcado y que dicho acuerdo no pasa ni por ningún sindicato ni tiene validez ante la ley. A las autoridades, y a ITF, se presentará el contrato oficial aunque este solo sea agua de borrajas.

El Estrella viaja con bandera de Panamá. El que aparece y desaparece, con la bandera de Bermudas. Las dos son banderas de conveniencia: cero derechos, cero posibilidades, cero esperanza. Todos los barcos datan de 1970 o setenta y poco. “El 70% de estos barcos acaban en la basura; el 30% los compra otro armador, pero al cabo de un tiempo vuelve a pasar lo mismo. Además con la crisis nadie está comprando barcos y eso hace que el proceso se retrase”, explica. Al final, es un círculo vicioso.

En Turquía, en Gemlik, está el cementerio de barcos más importante del Mediterráneo y muy cerca, en Tuzla, los astilleros en los que reparar un barco es barato porque muchas veces las condiciones laborales de la mano de obra son pésimas. A esto se suma un vacío legal que convierte la zona en un verdadero polvorín: el pedazo de mar donde fondean los barcos está fuera de control, es un área de anclaje en la que los navíos pueden quedarse todo el tiempo que quieran sin tener que pasar por inspecciones, excepto la revisión obligatoria de sanidad. Sobornar tampoco me parece una práctica imposible en estas aguas. De nuevo, el dinero, la ambición, la especulación y, arrastrados por esta espiral, los marinos.

Ural enciende otro cigarro. Me ha dado una lista de barcos a los que yo tendré que acceder por mi propia cuenta. ITF no tiene dinero para acompañar a nadie a bordo. Desde que están ayudando a repatriar tripulaciones casi no tienen dinero para hacer ellos mismos sus propias inspecciones.

Hace una semana recorrieron el cementerio de barcos en una pequeña lancha y, con un megáfono, pidieron a los marinos que denunciaran su situación. Varias tripulaciones acudieron al llamado. Ahora no tienen ni siquiera para una salida más y deben lidiar con lo que saben sin abarcar todo lo que ocurre en el agua. Ural sabe que es intentar contener un escape de agua con las manos, pero mejor hacer eso que cruzarse de brazos.

Con el listado en la mano, lo invito a cenar. Declina la invitación, se quedará trabajando un rato más. Sospecho que para Ural este local es su refugio como antes lo era su barco. Seguro que necesita este silencio y este espacio tanto como los marinos precisan de ausentarse de la tierra. Algo estoy aprendiendo: para los marineros su casa ni es el lugar que habitaron sus antepasados ni es el territorio donde tienen sus afectos. Su casa es su presente, viaja con ellos, es donde se encuentran a ellos mismos y eso, la mayoría de las veces, sucede en el agua y no tierra adentro. En el contrato debería especificarse que el barco es su hogar, quizá así se evitaría el abandono.

Ya son las 22.00 horas y tengo que regresar a Europa. Estoy en el Estambul asiático. Tengo varias llamadas perdidas en el móvil turco que he comprado en un mercado de segunda mano. El teclado es en árabe, así que la mayoría de las veces no entiendo cómo funciona. Es un amigo periodista turco. Lo llamo y me convence para que nos veamos en un restaurante en el barrio en el que estoy.

Es casualidad que me cite a dos calles de donde estoy como fue casualidad que nos conociéramos. Meses antes, compartimos un vuelo sin cruzar una palabra. En Barcelona, un amigo en común nos citó. Mi amigo sabía que yo había reporteado, en Estambul, la expulsión de gitanos en barrios céntricos pobres y que él estaba en Barcelona para  estudiar el modelo que seguían los barrios de Bon Pastor y Raval. Nos vimos en el Almazén, en la calle de Guifré de Barcelona, su cara me era conocida y atando cabos llegamos a un asiento 17 A y 15 A y a un vuelo Estambul- Barcelona.

Uno detrás del otro nunca hablamos. Yo estaba repasando en mis libretas los días que pasé en Sanliurfa, al este de Turquía, con seguidores de Fethullah Gülen, el líder  y predicador religioso. Me rondaba en la cabeza, la canción que un chico turco, seguidor de Fethullah, me había cantado en su casa. Nos habíamos conocido en un mercado y me había invitado a pasar el último día de Ramadán con su familia. Al principio, yo pensaba que era un policía secreta. Resultó ser un universitario con ganas de practicar inglés y, además, seguidor de Fethullah, justo lo que yo estaba buscando. En su casa había entonado esa canción que le cantaba su abuelo kurdo y que decía que algún día su gente volvería a ver las estrellas. El chico era hijo de siria y turco, y nieto de kurdos.

Ahora estoy con mi amigo periodista, uno frente al otro, a punto de cenar en el barrio de Kadiköy, muy cerca de la sede de ITF. El restaurante es un tributo a Mustafá Kemal Atatürk, el prócer turco y paladín de la occidentalización de Turquía. Las paredes están tapizadas con su rostro. En algunas de las imágenes en blanco y negro han pintado de azul sus ojos. ¿Serían de verdad de este azul mar en calma? En todo Turquía, bajo cada busto de Kemal Atatürk se lee la leyenda “Qué feliz que soy sabiendo que he nacido siendo turco”. En el restaurante la leyenda aparece escrita en un cuadro. A esta Turquía siguen sin gustarle las minorías, las diferencias, los periodistas. Cuenta mi amigo que este es uno de los mejores restaurantes de pescado del barrio. Atatürk me mira y, en su honor, yo pido un raki a un camarero que se deshace en atenciones.

Mi amigo está feliz de que yo esté en Asia. Los estambulís que he conocido me dicen que todo lo que pasa en Estambul ocurre en Asia. Europa es para turistas y, además, desde que Estambul fue escogida capital cultural de Europa, el Gobierno limpió los barrios y, por limpiado, se entiende que empezó un proceso de expulsión de vecinos (de gentrificación) y cambió la fisionomía de Kumkapi, el barrio de pescadores, Sululuke, barrio céntrico de gitanos, Balat, Suleymaniye, Yenikapi… El modelo español, lo llaman, o el modelo de Barcelona. Me avergüenza que sea así.

Me pregunta qué he encontrado en estos cuatro días y le cuento lo que me han explicado en ITF. Él se sorprende porque nada sabía de tripulaciones abandonadas. Cada día cruza el Bósforo en ferry para llegar a Europa. Pese a que los barcos no están tan lejos, él nunca vio nada y nunca sospechó nada. La orilla tiene un ombligo propio que desenfoca lo que sucede en el agua. Parecen dos mundos con fronteras infranqueables e impuestas por la cabeza de alguien que solo ve en el agua negocio. Lo que pasa en la tierra es de los hombres y lo que pasa allá simplemente no sucede. Mi amigo se ríe y, dice, quizá es que el mar pertenezca a las mujeres y yo le respondo que quizá.

Tengo que despedirme de él porque mañana intentaré subir a los barcos y quiero dormir unas horas. En Estambul hay dos maneras de regresar a Europa desde Asia. Por los puentes o por mar. Prefiero el mar, siempre prefiero el agua aunque la vista del Bósforo desde el primer puente, el de Bogaz, es magnífica. Pocas veces me ha importado menos estar en un atasco que cuando este me ha pillado sobre ese puente. La sensación es de volar sobre el agua y de dejar en el suelo mezquitas, iglesias, sinagogas, casas, tumbas de sultanes, embarcaderos, mercados, barrios de chabolas o ricos palacetes.

La realidad se relativiza desde ese puente porque la perspectiva te permite ver que todo, absolutamente todo, es una construcción. Algo que ha hecho el hombre y que, en consecuencia, puede deshacerse. Me figuro que el puente es lo más parecido a tener alas y ver el mundo desde el aire. En un avión siempre vamos a algún lado; el puente permite estar en el aire quietos y solo observando.

Necesito descansar. Tengo que levantarme al amanecer para regresar a Asia, tomar el tren en la estación de Haidar Paça que me llevará al puerto de Pendik. Me digo a mí misma que tengo que cambiar de hostal y venir a Asia. Lo haré mañana si tengo tiempo. Me despido de mi amigo y me dirijo al embarcadero. Qué oscuro me sigue pareciendo Estambul. Ahora solo las luces del embarcadero de Moda me guían. En dos minutos saldrá un barco que me dejará en Karaköy, en la falda de la Torre de Gálata.

En el ferry, Estambul me parece un espejo con dos caras: el espejo es el Bósforo y las dos caras son Europa y Asia, cuyas orillas se reflejan en un agua que huele a puerto, a historia y a mar estancada. Algunos pasajeros hablan por teléfono, pero la mayoría solo goza viendo Estambul. Siempre me parece que es la primera vez que observan su ciudad. Hay curiosidad y orgullo ciudadano en su mirada. A mi lado, viaja un señor con el que creo es su nieto. Los dos están en silencio deleitándose con la imagen de las luces de la torre de Gálata, de Topkapi, de la mezquita Azul, de Agia Sofia, del reflejo del faro de Kumkapi. El hombre tendrá unos 60 años y el chico, unos ocho. Tienen la misma actitud de los que contamos olas, pero ellos ignoran el Bósforo y parece que cuentan las olas de Estambul.

Contar olas es un juego solitario que solo admite perdedores pacientes. La ola avanza y apuestas en silencio si llegará a la orilla y si alcanzará a rozar tus dedos. El movimiento nunca cesa y no depende de ti cuántas olas rompan en la orilla y cuántas se pierdan por el camino. No sabes muy bien a dónde te lleva el juego, pero sigues y sigues hasta que admites que el mar nunca se detiene y nunca está a merced de tu voluntad o de tus deseos. Quizá por eso ahora llega ese recuerdo de mi casa a este barco y lo asocio con la actitud de espera sin importar lo que pase.

Mientras viajaba en el barco de carga leí en Breviario Mediterráneo, de Predrag Matvejevic, que esa era una costumbre en todas las orillas mediterráneas. Fue una decepción porque yo pensaba que era algo de mi infancia, algo único, un tesorito de la memoria. Ahora, en Estambul, reconozco esa pose de contar en las miradas del nieto y del abuelo, en la chica que mira Agia Sofia, en la que solo reposa la mirada en el Bósforo.

Llegamos a Europa. El silencio se rompe y empieza el paisaje sonoro de la ciudad. Estambul es la ciudad más musical del Mediterráneo, tanto que nunca sabes qué melodía llega hasta tus oídos. La gente canta en los restaurantes, de las tiendas sale música pop turca y casi siempre hay alguien que se cruza en mi camino y que canturrea algo profundo que imagino hace referencia al Corán o la historia perdida. Las subidas hacia la torre de Gálata son empinadas. Atrás quedan el Bósforo y el Haliç (Cuerno de Oro). Es imposible no detenerse y mirarlos siempre una última vez. A lo lejos, la noche es tan negra que se los traga, pero el Bósforo y el Haliç están allí y esa es una de las certezas que se leen en los ojos de los que viven en Estambul.

Mientras camino pienso que, si todo va bien, mañana conoceré a los tripulantes del Balcán. De la lista de la pizarra es el barco que me parece más accesible. Se cruza el gato pardo que siempre está en la esquina de la torre. Le siguen tres gatos más. En el Mediterráneo  hay ciudades felinas y otras perrunas. Estambul es ciudad de gatos.

Tengo que dormir apresurada. A las 3 de la madrugada, me desvelará la comitiva de tambores que sale cada noche desde que empezó el Ramadán. Luego, tendré una hora más de sueño y el canto del muecín me despertará. Ese canto siempre me  pareció literario hasta que un amigo se quejó de lo que suponía dormir con un minarete a menos de 100 metros de la ventana de su cuarto. Tenía razón, pero me duerno y sé que me levantará esa voz. Alá es grande, Alá es grande repite y repite… y yo me despierto.

Miércoles, gritos desesperados en un paisaje apocalíptico