Hacia el sur: rumbo a Ceuta (13 de 32)

 

Nacimos en el mar, por Camilla de Maffei.

Hay dos pantallas de televisión en la sala comedor del ferry: en una, un canal italiano informa del caso de una chica que ha sido asesinada por su padre porque no quería casarse con el hombre que su familia había escogido para ella. Quería seguir siendo la bambina de su novio italiano, repite el locutor. En la otra, Al-Jaazira muestra unas imágenes de una reunión de líderes  en Beirut (Líbano). El volumen de una y de otra televisión se entorpecen hasta confundirse, pero el público no dice nada.

Es octubre y estamos en algún punto del Mediterráneo entre Barcelona y Tánger, y aunque aún no hemos atravesado frontera alguna, esta ya es evidente porque las dos audiencias se dan la espalda indiferentes.Frente a la pantalla italiana, cuatro marroquís jóvenes y seis italianos siguen la dramática historia de la muchacha. Fotos de la chica, cartas a sus amigas, dibujos y hasta los peluches que ella guardaba en su habitación. Drama, espectacularización y amarillismo enlatados en la tele made in Berlusconi. El reportero italiano pone el acento en que la joven es hija de “unos inmigrantes musulmanes en Italia”. Repite lo de musulmanes hasta el cansancio; hasta que la muerte pasa a segundo plano y al espectador la palabra musulmán se le incrusta en el cerebro. Me tenso, pero  los marroquís no se inmutan. De repente, un italiano estalla en gritos: “¿Cómo puede ser?, ¿Es posible que permitáis algo así?”. Entre el público, nadie le hace caso; ni siquiera voltean a mirarlo. La audiencia frente al canal árabe –unas 15 personas– también hace oídos sordos, no mueve un músculo. El hombre se calla a sí mismo.

Estoy acurrucada en un sillón del barco y me pregunto si este sujeto también me gritaría si emitieran una noticia sobre un español que ha maltratado a una mujer o la ha asesinado por celos. Llevo 10 horas en el ferry que me debe dejar en Tánger y todos tenemos el ánimo y el cuerpo entumecidos, y eso que aún tardaremos unas 16 horas en desembarcar.

He cogido el barco en el puerto de Barcelona. Varias camionetas cargadísimas de todo tipo de maletas, bultos, bolsas y bicicletas me han indicado que ese era el muelle en el que acababa de atracar el ferry procedente de Italia y con destino a Marruecos. Me habían dicho que el ferry partía en otro muelle –frente a la sede de Stella Maris–, pero esas bicicletas que se asomaban en la parte superior de los vehículos aparcados no podían tener otro destino que Tánger, ciudad atlántica pero que a mí siempre me ha parecido mediterránea. ¿Qué significa ser mediterráneo?, me preguntaba antes de trazar mi ruta al sur. Aún no tengo respuesta.

Cuando he visto las furgonetas, he indicado al taxista que se detuviera y he seguido los pasos de dos mujeres que, entre niños y maletas, casi no podían avanzar. Una de ellas me ha pedido que cargara con su pequeña de dos años mientras me explicaba que, por fin, se iba de vacaciones a su país porque llevaba dos años sin ver a sus padres. Me ha dado a la niña confiando en mí, sin asomo de duda en su cara, y la niña me ha sonreído. Por un instante, he viajado al sur sin moverme de Barcelona. El barco ha partido a las dos de la tarde y he dejado Barcelona atrás.

Lo primero que vi llegando a Estambul en avión fueron barcos cargueros detenidos en el mar de Mármara; en Barcelona el mar está moteado por veleros blancos que pintan una estela blanca a su paso. Domingo por la mañana de mediados de octubre, revisitación de verano y mañana marinera para los barceloneses.

Tras dejar Barcelona, las horas se han convertido en la misma. Mar y mar e historias de inmigrantes marroquís que viven en Italia o en España y que van de vacaciones a su tierra. Crónicas de comerciantes que van y vienen cargados; de norte a sur y de sur a norte. Los que se van de vacaciones están contentos aunque su vida, digan, ya no esté ahí, en Marruecos, ni mucho tenga que ver con ese país que para ellos es ya más imaginario que real. Aún menos es la patria de sus hijos que, a medida que crecen, menos bajan porque no sienten que pertenezcan a esa tierra. No quieren que la policía les pida dinero en la frontera o que los pare en las carreteras del Rif para recordarles que el país con el que sueñan sus padres no es el que ellos pisan. Los chicos han sido socializados en Europa y hay cosas que ya no van con ellos aunque, en realidad, en Europa tampoco se sientan arraigados y la policía también les pida papeles.

Excepto unas jubiladas francesas y dos turistas de mochila, la mayoría de los que hacen vida social son hombres. Forman corrillos alrededor de una piscina de plástico sin agua, fuman, beben té o miran la tele. El ferry debió de ser esplendoroso en los ochenta. Los que fuman lo hacen en cubierta mirando hacia el norte. Sus mujeres duermen en la sala de butacas. Yo me agarro a mi libro frente a la tele hasta que el sopor puede conmigo y busco un lugar donde recostarme.

Voy a la sala de butacas de mujeres, pero me expulsa el olor a leche. En la de los hombres hay grandes roncadores. Las dos salas están tan abarrotadas de humanidad que escojo un pasillo y coloco una manta en el suelo. Algo he aprendido de mis viajes a Marruecos. O te aclimatas o te aclichingas, dicen en México, y yo me aclimato por aquello de adonde fueras haz lo que vieras. Hoy he venido con una mantita de colores que me protege del aire acondicionado y de las miradas ajenas. El barco tiene que llegar a las cinco de la tarde a Tánger. De ahí, iré a Ceuta, donde ITF me ha informado que hay una tripulación abandonada.

Esta noche sueño que llegaré y el barco ya no estará. En el sueño, me avergüenzo de mí misma, me da miedo hacer el viaje en vano, espero que esté y que me dejen entrar. ¿Y si no está? Significa que los marineros estarán junto a sus familias, que habrán cobrado y habrán salido del encierro. Yo quiero que estén y que no estén. Nunca sabré si están hasta que llegue porque cuando avanzo en mi sueño me despierta un oficial italiano pensando que bajo la manta se asomará una mujer con un pañuelo. Se asoma lo que él identifica como una mochilera y me mira como si me perdonara la vida. “Baje a sellar el pasaporte”, ordena.

Desde el barco, el puerto de Tánger se ve como una postal turística. Las casas blancas, en la montaña; las palmeras y los minaretes. La orilla sur de este mar, pese a que el Mediterráneo solo roza Tánger, se antoja como una copia inexacta de la otra ribera: Algeciras-Tánger. Una, en España. La otra, a 14 kilómetros, en Marruecos. O al revés. Tánger es ciudad de frontera, igual que lo es Algeciras. Son la última de África y la primera de Europa. De nuevo, el ir y venir por este Mediterráneo musulmán y cristiano; el contacto sin querer o queriendo de Europa y África, el movimiento en espiral de comerciantes e inmigrantes. Tánger es más coqueta que Algeciras. Aquí vivieron pintores y escritores y aquí hay historias de hibridación, libertinaje y de viajes en los sueños del hachís. Algeciras roza la locura, viaja a caballo o transita por los caminos del opio, que en España se cultiva legalmente si es para uso farmacéutico. El barco se detiene.

La gente se apea por turnos: primero, los conductores, que, además, son los que más abundan. Unos motoristas ingleses se animan hablando del Sáhara, de las aventuras que vivirán, de las fuerzas que necesitarán. Los jubilados franceses bajan las escaleras poquito a poco, a la velocidad que les permite el cuerpo. Les espera un bus, un itinerario, un programa cerrado y un guía.

A mí, me espera un viaje hasta Ceuta o a Sebta, como se lee en todos los carteles a este lado. Me muero del hambre. Me coge un taxi –aquí es imposible que lo coja yo—y establezco las reglas del trayecto. Nos detendremos en el paseo marítimo para comer; luego bordearemos la cuenca del Mediterráneo marroquí y el conductor me dejará en la frontera, junto a las verjas. He bajado demasiadas veces a Marruecos para no tomar las riendas del itinerario. Pacto el precio y, solo después, me subo al viejo mercedes beige.

A través de la ventanilla, observo el paseo marítimo. El rosario de paseos que se desgrana a lo largo del litoral de las dos cuencas es siempre el mismo: restaurantes, mar, arena, paseos de jóvenes (ellas y ellas y ellos y ellos) que se miran a lo lejos, coches que pitan, palmeras, un atasco nervioso y construcciones feas que han destrozado la orilla. Nos detenemos en el restaurante que él escoge.

El taxista aparca el mercedes, saluda al dueño; luego, desaparece. No le doy importancia porque sé que él o alguien me controla de una manera u de otra. Ya aparecerá. Lo hace con un cedé en la mano. Volvemos al coche y lo primero que pone es el cedé en el que una autoridad local recita el Corán. Avanzamos por una carretera de curvas y el conductor se anima y me explica aquí y allá todos los avances que hay en Marruecos, país que, según él, no está en crisis. “La crisis está en Europa y en Estados Unidos. En los valores, en la falta de valores, no en el Islam”, dice. El cántico es siempre el mismo.

Lo dejo hablar mientras busco la isla de Perejil. Un miembro de los servicios secretos de Marruecos me dijo un día que Perejil había sido la prueba de que un expresidente del Gobierno español “no olvida”. Ahí confinaron al abuelo del expresidente y él quiso reconquistarla. La isla es tan ridículamente pequeña que ni la encuentro.

Las columnas de Hércules, al fin. Aparecen como una gran roca que avanza en el mar. Ahora sí esa puerta ya no es un mito o una fabulación. Se asemeja a la entrada de una casa: estoy a punto de entrar, de nuevo, en el Mediterráneo aunque en mi cabeza aún no me haya ido. Dante envía al atrevido Odiseo al infierno a través de estas columnas y éste acaba devorado por una ola.

El taxista ha decidido que ya me tiene confianza e intenta evangelizarme: Mahoma, Corán, virtud, recato, Fátima, La Meca… Llegamos al sitio en el que se está construyendo el faraónico nuevo puerto comercial de Tánger. El Tánger-Med pretende ser el nuevo enclave comercial del sur de Europa y del norte de África. Unas curvas más y vemos Ceuta. Antes de bajar del coche cojo fuerzas porque sé que me va a regañar por la propina o porque le parecerá poco dinero el que pactamos. Este pasa la barrera de los que me habían conducido hasta aquí en otras ocasiones y hasta se enfada. Se da cuenta de que llevo bastantes kilómetros en el cuerpo y se va malhumorado.

Hay violencia simbólica en todas las fronteras, estén en el continente que estén y se sitúen al norte o al sur. Te piden, te llaman, te tocan, te revisan, te buscan, te ofrecen y, en el peor de los casos, te estafan. Finalmente, atravieso el puesto de la Guardia Civil. Un agente cuestiona a un chico que dice va a visitar a su padre a un hospital de Ceuta. Para mí, los controles siempre son inquietantes porque los crucé demasiadas veces entre México y Guatemala o México y Estados Unidos para salir del país y renovar así mi visado como turista. Me sorprendo a mí misma diciendo “Adéu”, en catalán, a los guardias. No llevo nada sospechoso, pero si te paran siempre puede pasar algo.

Tras 28 horas de viaje, al fin, estoy en Ceuta. Se está poniendo el sol y busco un hostal. Esta noche no voy al muelle.

Miércoles, “S.O.S. Help Us. We want to go home”