15.00 horas: Primera llamada. El hermano de Ali ya le ha consignado los 450 euros en una oficina de Western Union, en Izmir. A esa hora, nos vamos a todo correr a una sucursal de dicha compañía en Ceuta. Entramos como dos almas demasiado atareadas para guardar las formas. El hombre de la oficina primero se extraña; luego no puede creer la historia que vive Ali. “¿Aquí en Ceuta pasa esto?”, pregunta, pese a que la oficina está en el mismo puerto, y nos deja utilizar su ordenador para consultar internet.
En Ceuta, los cafés internet no son muy comunes y aunque parezca raro, cerca del puerto no hay ninguno. Queremos ver cuánto cuesta un billete a Estambul: unos 800 euros. A los tres nos parece caro y el mismo oficinista se pone a buscar un billete para encontrar alguna oferta. No aparece en toda la red. Son 800 euros o quedarse en tierra y perder el curso. Ali habla con su hermano. Le comprará el billete como también ya le ha depositado los 450 euros que le exige la consignataria.
16.30 horas: Nos dirigimos a la oficina del agente local; en casi cada número del paseo hay una oficina consignataria, así que tardamos unos 15 minutos hasta que damos con la dirección que Ali lleva anotada en un papel. Traemos el dinero para hacer la gestión, pero el empleado insiste en que necesitamos el billete de avión para poder tramitar el visado y que, además, ya es tarde. Son las 16.55. El muchacho llama a su hermano y, a medida que avanza la conversación, el oficinista y yo nos damos cuenta de que hay un problema. “Mi hermano le ha dado el dinero al mánager –dice Ali–. En la oficina del mánager lo compran y nos lo envían por internet”. No sabemos cuánto dinero le ha dado o más bien cuánto le han pedido. Esto nunca lo sabré. El empleado de la consignataria no da crédito a lo que oye. La semana pasada pasó lo mismo con otro tripulante de este mismo barco: el tal mánager se quedó el dinero y envió un billete de artificio. A mí, nadie me ha dicho nada de la existencia de un tripulante que se haya ido del barco, pero no tengo tiempo para pensarlo porque hay otro problema: sin billete de avión no se puede sacar el visado. Nos sentamos en unos sofás marrones, de piel falsa, y esperamos. Ali bambolea pies y piernas, no puede estar quieto.
17.15: Ali pierde la paciencia y estalla. Está hasta la coronilla y pronuncia una retahíla de palabrotas en turco que no me quiere traducir. La rabia suena igual en todos los idiomas. De nuevo, el muchacho llama a su hermano y este no contesta. “Estará en un bus, conduciendo o bañándose”. No sé qué decir ni cómo consolarlo, así que me callo.
17.30: Si no se tramita el visado ya, no habrá tiempo para poner en marcha toda la burocracia porque se necesitan dos días para ello. Llega el jefe del hombre que nos ha atendido hasta ahora y se extraña al vernos ahí sentados. Le explicamos quiénes somos, pero yo empiezo a perder la paciencia y le menciono que trabajo en una universidad y, de paso, pronuncio la palabra periódico. El hombre, no sé si por hartazgo, por piedad o por prudencia da la orden para que se tramite el visado sin billete. “Nosotros también tenemos corazón”, dice. Yo sé que esto es un negocio y que el propietario del barco también debe dinero a la consignataria: en algún momento la consignataria no querrá más contacto con la compañía. Ali, por primera vez, sonríe un poco y da las gracias a todo el mundo. Aún no sabe si se podrá ir.
18.30: El visado se ha tramitado y en la bandeja de entrada hay un mail. ¡El billete de avión! Al fin. Pero, ¿qué pasa si es falso?, ¿y si el muchacho llega a Málaga y no tiene el vuelo y se encuentra solo en un aeropuerto sin papeles? Llamo a la compañía turca de aviación: el billete está reservado, pero no está pagado. No doy crédito a mis oídos. Ali llama a su hermano y este a alguien de la oficina del tal mánager, y escribo tal porque en este momento ya no sé si el mánager ha desaparecido o si ha existido nunca. De hecho, no sé quién está al otro lado del correo ni del billete ni de nada. Hago un repaso mental. El barco viaja bajo bandera turca. La embajada se ha puesto en contacto con Capitanía Marítima, pero no ha hecho nada de momento para ayudar a la tripulación. El armador es ahora un banco turco. Tengo la sensación de que no sabe casi nada del negocio y que se habrá quedado el barco en pago de una deuda. El que fletó carga y tripulación también se ha esfumado. El mánager es el que envía los mails, pero en realidad no sé quién es y tampoco no sé a quién representa. La teoría es que es él quien debería encargarse del manejo técnico del buque. Es pura teoría. ¿Del reclutador de la tripulación o de la empresa que hay tras la página web con la que contactó Ali? De estas nadie me ha hablado.
18.50: Según el tal mánager, ha habido un error y el pasaje llegará en unos minutos. Que llega otro billete es cierto, lo del error no lo sé. Llamo de nuevo a la aerolínea y este billete sí esta pagado. Ya no quiero saber si lo que pasó con el primer billete fue error o una triquiñuela. En la consignataria, el empleado se pone a reír y hasta le da unas palmadas en la espalda al chico. Ali no sabe cómo reaccionar. La de hoy será su última noche en el barco y mañana al mediodía partirá hacia Algeciras. Si todo va bien, en 48 horas estará en Estambul. La partida será difícil: deja a sus compañeros en el barco y él se va a casa.
19.30: Regresamos al barco. Todos lo animan; es el más joven, tiene un futuro y hasta lo aplauden. En sus ojos hay orgullo y tristeza. El otro cadete lo mira con desesperanza. Él escogió estar en el otro bando. A mí, me han construido una mesa para que pueda escribir en cubierta y la han cubierto con un mantel de flores. Se lo agradezco, el hedor barco abandonado es el mismo aquí que en Estambul y escribir dentro me marea. Es una mezcla de motor, de aceite, de comida pasada, de habitación cerrada, de miedo. Ese olor se ha quedado en mi cuerpo y aún ahora regresa a mí de vez en cuando mientras camino por Barcelona.
Dos días después, sábado a las 18.00 horas. Ali me llama: acaba de aterrizar en Estambul. Se escuchan de fondo las voces metalizadas de todos los aeropuertos. “Voy a explicarle a todo el mundo esto. No puede ser que estas cosas pasen. Y ellos siguen allá”. Cuelga y yo sé que tomará un bus hacia Izmir. En un mes, me enviará un correo electrónico. Pasó la noche en Algeciras, al otro lado del Estrecho, alguien lo recogió a primera hora de la mañana y lo llevó al aeropuerto de Málaga. Ahí voló a Madrid y, de ahí, a Estambul. Ahora está en la universidad. En un mail, prometió enviarme su diario, todo lo que está escrito y que lo ayudó a sobrevivir. Sé que no lo hará, tampoco se lo pido porque sé que es muy duro regresar al abandono aunque solo sea en papel.
La noche en que Ali supo que estaba liberado yo necesitaba aire y caminar sola un rato. Dejé al chico en el barco y me dirigí a mi hostal. Una ducha fría me calmaría y me daría fuerzas para seguir preguntando. Hasta ese momento Ceuta era solo una ciudad que yo atravesaba a primera hora de la mañana para llegar a la dársena. A esa hora mañanera un ejército de mujeres de Marruecos atravesaban la frontera para cuidar niños y viejos de este lado. De día, nunca vi Ceuta, solo las vi a ellas paradas en los semáforos, repasando todo lo que les quedaba por hacer aquí y al otro lado.
Esa noche, mientras picaba algo en un bar bajo el hostal, alguien me dijo que unos inmigrantes indios estaban acampados y abandonados en una montaña cerca de Ceuta. ¿Indios? ¿Acampados? Nunca investigué, pero ahora busco en la red y sé que sí, que sí estaban ahí, que sí existen en este Mediterráneo y que, de nuevo, están en otro limbo.
Sentada en una terraza, me encontré al capitán marítimo, Jesús Fernández de Lera, paseando a su perrita por el centro de Ceuta. Me preguntó cómo me iba en el barco y yo le conté que Ali ya se iba, que se había autorepatriado.
Regreso al muelle, al barco y a Hakan. Ahora los 11 hombres están sentados alrededor de la mesa y lo ayudan a redactar una especie de declaración que tiene que servir para explicarme qué está pasando en este buque. Mehmet nos sirve té y sonríe. Hakan enciende un cigarro tras otro. La discusión es en turco y es cuando uno de los tripulantes me asalta con la pregunta de si sé leer el destino. Me pongo a reír y, antes de que le conteste, sale disparado en busca de café. Regresa y dice que se ha acabado, que ya no hay café turco a bordo y esto es una nueva tragedia para todos.
Hakan escribe su discurso en una libreta y cuando llega a la pregunta: “¿Por qué eres marinero?”, lo traduce al turco. Durante un buen rato se enzarzan en una discusión sobre si el verbo adecuado es love o like. Es love, acuerdan. Aman el mar y no conciben otra vida que esta. Ahora su trabajo, dicen, ya no es como antes, pero ellos llevan demasiado tiempo enrolados en naves como para poder cambiar de existencia. En realidad, yo sospecho, de nuevo, que ninguno de ellos podría vivir en tierra.
¿Por qué eres marino o marinero? es una pregunta recurrente quizá porque yo vivo en la orilla –como diferencian ellos– y me cuesta entender esta vida de soledades, de momentos masculinos compartidos y otros totalmente solitarios, diría que casi de abstracción. Mientras los observo ensimismados –cuando comen solos, cuando fuman con la mirada perdida, cuando miran por la borda a lo lejos, cuando beben té en silencio sin que les den miedo los ángeles que pasan–, me parece obsceno interrumpirlos. Sé que nunca voy a entender lo que piensan y que ni siquiera me darán la posibilidad de entrar; están demasiado lejos de mi universo.
“Tengo que explicar que no podemos regresar a casa sin los sueldos y que estamos aquí porque las autoridades turcas, el dueño del barco y todo el mundo nos ha abandonado. Todos no: ITF, el señor Ortega, nos ayuda”. “Las autoridades españolas y un barco de bandera turca nos han dado comida y agua”. “¿Hasta cuándo aguantaremos? No lo sé”, dice Hakan. No traduce la incertidumbre al resto porque sabe que es una respuesta que nadie quiere escuchar.
¿Cómo regresa a casa el hombre que mantiene y es el proveedor de su familia sin su sueldo? Sencillamente no puede. De nuevo hay kilómetros entre nuestros dos mundos; a mí me ha costado mucho entender ese sencillamente que para ellos es incondicional. Nos interrumpe el teléfono. Es de la oficina de ITF en Estambul. El mar es circular y la gente que se mueve en él es siempre la misma. Muzafer Çivelek, coordinador de ITF en Estambul, le explica que no hay noticias del armador, no hay noticias del mánager, no hay noticias de las autoridades turcas. Hay que esperar. Hakan hace una mueca de desagrado e informa a la tripulación de unas nuevas que no se pueden considerar noticias. Aún no conozco a Muzafer, no llegué a conocerlo el pasado agosto, pero lo veré en febrero.
Hakan empieza: “Me llamo Hakan y soy el jefe de mecánicos de este barco. Me embarqué el 3 de marzo de este año, el 2009, en Turquía. Los problemas empezaron hace tres meses. Aquí todos amamos el mar. Ahora nos han abandonado todos: las autoridades turcas, el propietario, el manager”. Los hombres lo escuchan. Unos cuantos no hablan inglés y se encaminan a ese ensimismamiento solitario que ya conozco. Hakan me cuenta todo el viaje hasta que anochece.
Cuando estamos a solas, me explica que ha empezado a tener problemas familiares. Su mujer no puede pagar las cuentas, no puede pagar los colegios y empieza a desesperarse de este encierro que ella no puede entender. A la mañana siguiente, yo tengo que partir.
Están todos en cubierta, me dicen adiós con la mano y a mí se me parte el corazón. Sé que no me ven porque el cristal del ferry en el que estoy es demasiado oscuro, pero ellos saben que he tomado este barco. Me pregunto cómo lo saben. El trajín de ferrys en el Estrecho es un ir y venir que nunca acaba; que da, a los que pueden, posibilidades de conexión entre África y Europa. A media hora, dos mundos. Ellos mueven sus manos lentamente y siguen con la mirada la estela de la nave en la que estoy y que pasa a escasos metros del barco abandonado. Podría haber zarpado en el ferry de hace media hora o esperar el siguiente. Estoy en este y ellos, de alguna manera inexplicable, lo intuyen. Hakan sonríe; Mehmet está serio. La tripulación es cada vez más diminuta, hasta que hay demasiado mar entre lo dos barcos.
Hace una hora les he dicho un adiós con palabras. Despedirse de una tripulación es desagradable, enojoso, triste. No sabes bien ni qué decir ni qué hacer porque es evidente que ellos se quedarán en el mismo lugar en el que los encontraste mientras que para ti, o sea para mí, la vida y el viaje siguen. Ellos no tienen otra opción; y yo, pese al mal cuerpo, tampoco.
Hoy, antes de llegar al barco, me di cuenta de que en la entrada del puerto había una imagen de la Virgen de la Amargura. En todos los días que estuve en el muelle nunca me había fijado en la presencia de esa virgen y me parece raro que no sea la del Carmen, la patrona de los marinos, la que esté en la hornacina. En el ferry, siento una sensación amarga en el estómago y me acuerdo de esa imagen. Frente a mí, unos niños arman alboroto. Unos hombres piropean a la encargada de la tienda de perfumes. No parecen darse cuenta de que el piercing que lleva no concuerda con el uniforme de azafata hortera que la compañía le impone. Va con el sueldo y con este trabajo temporal que seguramente encontró a través de una ETT. Hay varias juanis locales que están conectadas a sus cascos. Y, de nuevo, hay mucha gente con mantas. En menos de una hora, estaré en Algeciras, donde me espera José Manuel Ortega.
Veré a Hakan en el puerto de Tekirdag, en Turquía, en febrero, cuando cierre el círculo de esta travesía. Me recibirá con su hija y habrá perdido casi todo el pelo. Me contará que en noviembre, la tripulación empezó a dividirse y hubo peleas entre ellos. Él 24 de diciembre él regresó a Estambul con su propio dinero, su hermano se casaba y tenía que llegar a Turquía a tiempo para asistir a la boda. Llegó sin dinero a casa. En el barco, se quedó un marinero. Fue imposible que el banco turco entendiera que un barco tan maltrecho pudiera atravesar el Mediterráneo. Ni las reglas del mar ni el sentido común de los hombres son los mismos a ambos lados del Mediterráneo.
Ahora que escribo estas líneas leo en la web de la Fundación Nuestro Mar que, desde febrero del 2011, se aplica un nuevo sistema de inspección a todas las embarcaciones de la flota mundial que arriban a los puertos europeos, incluidos los que viajan bajo bandera de Panamá. Las nuevas reglas se fundamentan en incrementar el tiempo de expulsión de una embarcación basada en la reincidencia o número de veces que sea detenida. La primera expulsión de una embarcación es por tres meses, la segunda por un año, la tercera por dos años y la cuarta indefinida.
El reglamento ha sido aprobado por el Paris Memorandum of Understanding on Port Sate Control, más conocido como París Mou, un organismo integrado por el bloque europeo que, desde 1982, inspecciona las embarcaciones antes de llegar a los puertos de este continente para verificar que cuenten con las medidas de seguridad. Si una embarcación no cumple con los requisitos establecidos en los diferentes convenios internacionales, los inspectores de la entidad proceden a detener la nave y anotarla en un registro que se utiliza para confeccionar las listas negra, gris o blanca, dependiendo del número de detenciones.
Anteriormente, el París Mou solo expulsaba a los tanques y buques de carga general; sin embargo, las nuevas reglas se aplican a todos los buques indistintamente del tipo que sean. En el 2009, dicha regla no se aplicaba en el mar y era muy difícil que un armador turco entendiera que ese barco no podía moverse porque era un peligro para el mar. Mucho más improbable era que un banco con cero experiencia marítima se aviniera a dicha norma.
De hecho, cuando yo dejé el barco en Ceuta, un abogado del banco propietario del barco se había puesto en contacto con Capitanía Marítima. Estaban dispuestos a negociar siempre que el monto de dinero entre reparaciones, repatriaciones… no fuera superior al valor del barco. “Con la visita del abogado de los propietarios registrales del buque, esto es, el banco, parece que algo se mueve. Yo les he pedido un plan global para solucionar todos los problemas que el buque plantea: tripulación, trasvase de la carga y viaje del barco a un astillero. No estamos cerrados a que los armadores hagan una propuesta que, salvaguardando la seguridad de los tripulantes, la seguridad marítima en general y la protección del medio ambiente marino, ponga fin a esta lamentable situación”, afirmaba Fernández Lera por teléfono unos días después de que yo hubiese partido.
Ese día llamé al abogado del banco propietario ahora del barco: el hombre no quiso hablar conmigo y me colgó. Durante varios meses, la tripulación me mandó caritas a mi móvil. Era su manera de decir que ahí seguían. Un día las caritas se acabaron. Dos años después, el barco aún permanece en Ceuta con un tripulante a bordo.
Domingo, cruzando el Estrecho