En manos de dos mujeres, en Gibraltar (17 de 32)

No me dejan subir a bordo del Amazonas. He puesto un pie en la escalerilla de metal y un guardia me ha vedado el paso. El hombre me ha hablado con acento andaluz y esa ha sido la primera señal de que algo raro hay en este barco; me habían dicho que la tripulación de este buque era asiática. Le he preguntado por el capitán y él lo ha llamado a través de un walkie-talkie. Entonces, un hombre repeinado, vestido con el traje negro y blanco de capitán de barco, con gorra incluida, ha salido a cubierta. Amable, ha sido él quien ha bajado por la escalerilla. Es l a primera vez que un capitán baja a tierra a recibirme.

Es la primera ocasión en toda esta travesía mediterránea que un capitán me dice que él no puede darme la autorización para subir a bordo y que tiene que ser “ella” la que me dé permiso. “Si ella dice que sí, podré subir”. ¿Guardias en un barco?, ¿un flamante buque rojo frente a mí que parece más nuevo que el que me traslada de Mallorca a Barcelona?, ¿un capitán en tierra?, ¿y un ella?

Ella, me explica el capitán Edwin, es la admiralty marshal y es la primera mujer que aparece en este relato de hombres de mar. De hecho, solo habrá dos más. Dulce, también aquí, en Gibraltar, e Irina, cuando regrese a Estambul, en febrero. Si yo quiero trabajar en Gibraltar, ella tiene que darme permiso. Lo malo es que es sábado por la mañana y estoy segura de que hasta el lunes no la encontraré en su oficina.

Llamo al número que me da el guardia por si alguien contesta y la mujer que se anuncia como la secretaria de la admiralty toma nota de mi existencia y dice que ella me llamará cuando pueda. Me siento en el muelle. Tengo cinco barcos con sus respectivas tripulaciones abandonadas frente a mí y  tendré que esperar, como mínimo, hasta el lunes para estar con ellas, y eso si ella me da permiso.

¿Será una oficinista de clase media con modales aseados y pose decorosa? Si es así, estoy perdida porque con este tipo de mujer siempre me va mal.

Estoy tan acostumbrada a lidiar con hombres en el mar que no sé qué pensar ahora que ha entrado una mujer en la escena de este campo acuático. ¿Será una oficinista de clase media con modales aseados y pose decorosa? Si es así, estoy perdida porque con este tipo de mujer siempre me va mal y, además, hace ya meses que convivo con las reglas de los hombres y me siento desentrenada para actuar en el teatro femenino. He ganado muchas cosas en este viaje – conocer mis límites, historias de otros–, pero también he perdido todo ese cúmulo de normas sociales de lo que se supone que debo ser cuando, como mujer, estoy en tierra. Poco a poco, he perdido el hábito de sentarme cruzando las piernas porque ya nadie lo espera de mí. Tampoco me limo las uñas ni combino mi ropa interior y, cada vez más, vuelvo a ir vestida de negro porque en ese color no se distinguen las manchas de aceite de los barcos ni la mugre de los puertos.

De coquetería solo me queda el agua de rosas que uso como colonia y la pintura negra en los ojos. Una reportera estadounidense a la que perdí la pista me lo enseñó en un desierto de Medio Oriente. Eran las 4.30 de la madrugada y esperábamos en una frontera: “No es la pintura, son los dos minutos que te concedes a ti misma; el resto de minutos del día y hasta de la noche se pierden o se gastan en los otros”.

Estoy en Gibraltar; lo que significa que estoy en el Reino Unido y estoy sentada en un muelle con los ojos pintados de negro. Otra vez estoy en este Mediterráneo que es de aquí (británico) y de allá (español) y hasta de enfrente (Marruecos).

Contemplo los barcos: qué hermosos son. Me he acostumbrado a estar y a vivir dentro, a ser parte casi orgánica de ellos y ahora que los veo en calma en los guardapuertos, los admiro. Sé como rugen, los ruidos que hace el casco cuando toca el pallín, el olor a humedad de cubierta, la textura de la sal en el óxido. Para los marineros, los barcos siempre son mujeres, supongo porque siempre les descubren cosas nuevas.

He llegado a Gibraltar desde la Línea de la Concepción, La Línea, como dicen aquí, y, tras pasar la frontera británica, lo primero que he visto ha sido una cabina de teléfono roja y un bus repleto de gente en el que algunos leían el Daily Mirror y otros, The Guardian. La mayoría, el primero.

En ese bus he atravesado una pista de aterrizaje de aviones y el conductor me ha dejado en las murallas de esta ciudad gris y blanca que ahora tengo a mi espalda, y que es como un pequeño país en miniatura. Esta vez la ciudad no ha sido un pasillo hasta llegar a los barcos porque ha sido imposible que no me detuviera en esta Gran Bretaña peninsular.

El olor a fish and ships ha sido el mismo que me golpea la nariz cada vez que voy al Reino Unido. Las calles, los restaurantes, los cañones, las escaleras… todo el escenario está hecho a medida del pequeño territorio que es Gibraltar, y todo encaja a la perfección como suele pasar en Gran Bretaña, como mínimo en la arquitectura. He pedido un café en un bar y me han servido un agua de calcetín que he pagado con cinco euros y me han devuelto el resto en pounds. Cuando el camarero me ha visto la cara, me ha recomendado que la próxima vez que quiera un café vaya a un bar regentado por marroquís porque el café ahí es más fuerte. Luego, se ha reído. El hombre llevaba tatuadas anclas descoloridas en los brazos y yo he sabido sin preguntar que más de una vez se hizo a la mar.

Empiezo a reconocer a los marineros con solo verlos. Hace un mes, en Madrid, me di cuenta de que sabía identificar a los hombres de mar por su olor. Llovía a cántaros en el centro de Madrid y me refugié en un bar Manolo cualquiera de estos que abundan en España. Camareros amables, viejos zorros del oficio y color amarillento o ala de mosca en paredes, tazas y clientes. Un parroquiano empezó a hablarme en inglés y yo le dije que parecía marinero. Se sorprendió. ¿Por qué?, me preguntó. Por el color, dije, pero en realidad también por el olor, por las arrugas que eran surcos, por la expresión aventurera de la cara. Me dijo que era un marino en tierra, su barco había sido arrestado en un puerto africano, nunca supe cuál, y él había sido repatriado. Entonces, me di cuenta de algo que es vital y a lo que yo no había dado importancia: la nacionalidad de los marinos.

El hombre tenía pasaporte británico, viajaba con un barco de bandera británica y su Gobierno lo había repatriado. Estaba en Madrid, de paso hacia algún puerto. Una madrileña guapa que lo acompañaba sonreía a su lado. Se conocieron hace ya mucho cuando él tenía menos puertos en su vida y más dientes, y ella debía ser igual de guapa.

Ahora, en la dársena del puerto de Gibraltar, me hago a la idea de que por primera vez en muchos meses tengo unos días para estar en tierra y conocer una ciudad. Quiero ver qué tiene de británica, de marroquí y de andaluza esta tierra. Mínimo tengo un fin de semana para mí y en tierra, y esto ya es mucho en este viaje.

El teléfono suena y es ella. Le explico lo que estoy haciendo y, sin mucha demora, me dice que tengo permiso para trabajar hoy en el barco en el que he estado antes y que ella se reunirá conmigo mañana por la mañana, ¡domingo!, en una cafetería del puerto. Cuelgo y tardo unos segundos en reaccionar. Regreso al muelle y ahora sí subo las escalerillas. Mis planes de pasar un fin de semana viendo monos, peñones y comiendo comida marroquí han cambiado.

Ella cree que es conveniente que la tripulación se sienta acogida, respaldada y escuchada, tenerla a favor y no en contra durante todo el proceso de abandono.

En el Amazonas (así llamaré a este barco), unos marinos están pintando la cubierta de naranja. El guardia llanito, que es como en Andalucía se conoce a los gibraltareños, me recibe. Ella ya lo ha avisado y yo tengo libertad de movimiento. Por cortesía, de nuevo debo pedir permiso al capitán. Él solo está ahí para velar “por la seguridad de los marineros”. ¿Perdón? Sí, ella los contrata para que a bordo siempre haya algún tipo de apoyo. Ella cree que es conveniente que la tripulación se sienta acogida, respaldada y escuchada, tenerla a favor y no en contra durante todo el proceso de abandono. Por segunda vez en menos de 30 minutos se han vuelto a quebrar todos mis esquemas del abandono.

Hasta junio del 2009, el Amazonas, como los otros cuatro buques que están parados en Gibraltar, pertenecía a una de las compañías de transporte marítimo más importantes de Estados Unidos. En junio, la compañía se declaró en bancarrota y abandonó a centenares de tripulaciones en los puertos del mundo. El Amazonas está a este lado de la dársena; para llegar a los otros cuatro hay que ir en barca. Cuando llego, en el Amazonas hay 21 tripulantes, 6 filipinos y 15 indonesios.

Cuenta el capitán que en este viaje hubo un Jonás a bordo porque si no, no se explica cómo casi caen en manos de piratas y luego viven “esta espera”. Cuando ya habían partido rumbo a Gibraltar, el Amazonas se averió frente a las costas de Yemen. Escoltados por militares y viajando a la lentitud de tres nudos, la tripulación se refugió en la sala de máquinas y todos juntos rezaron para espantar las aves del mal agüero y para que los piratas no aparecieran. El capitán decidió encerrarlos en esa estancia porque las puertas de la sala de máquinas se sellan por dentro y ahí el rezo los unió a todos, daba igual si las súplicas iban dirigidas a Jesús, a Mahoma o a Buda. Durante esos tres días nadie durmió a bordo, ni siquiera comieron y tampoco se atrevieron a asomarse a cubierta. De las costas yemenís salieron vivos, pero luego llegaron a Gibraltar, en septiembre, y ella detuvo el barco y empezó “esta espera” a la que el capitán nunca se refiere como abandono.

La admiralty marshal les dijo que el armador no había pagado la hipoteca a un banco londinense y que, por eso, ellos no habían cobrado sus sueldos desde julio. El banco había iniciado un pleito y, por eso, ella había arrestado la nave. Luego, se enteraron de que el armador había quebrado y ella les dijo que ella asumía el mando. Ella vendería el buque: el armador ya no existía y ahora dependían totalmente de ella, ya que el barco había sido puesto a subasta por ella y era su broker, en Londres, quien se encargaba de todo.

Edwin, filipino de 35 años, me lo cuenta en su oficina acompañado del primer oficial. No puedo explicar la situación del Amazonas ni del Danubio, del Ebro, del Támesis o del Ganges –los barcos que hay en Gibraltar– sin mencionar que en este punto del viaje estamos en noviembre del 2009. Hace poco más de un año, la economía mundial se ha hundido y ese crash ha provocado un maremoto que ha dejado varados a muchos barcos en la orilla, nuevos o viejos, de armadores fantasma o de compañías que hasta entonces cotizaban en bolsa y tenían sede en Wall Street o en la City londinense.

Los buques en los que he estado hasta ahora eran viejos, fantasmas del mar y pertenecían a armadores escurridizos. Los barcos que encuentro en Gibraltar nada tienen que ver con aquellos. La compañía a la que pertenecen estos barcos tenía, hasta el 2008, una de las flotas comerciales más importantes del mundo, oficina en Nueva York, capitanes experimentados que llevaban décadas trabajando para ellos. En noviembre del 2009, sus barcos están desperdigados y abandonados en los puertos de todo el mundo.

A diferencia de los otros barcos en los que he estado, en el Amazonas hay comida a bordo y esperanza: hay una opción de venta real en los próximos días. Ellos no se ocupan de nada ni tienen que luchar por nada. Es la admiralty marshal la que dicta las órdenes, la que está en contacto con los compradores, los bancos, los acreedores, la consignataria y los abogados. Ella ordenó que un marinero indonesio fuera repatriado porque tenía a su hija enferma, y así se hizo. Les pide calma y, como mínimo a este lado de la dársena, todos obedecen. De hecho, ha conseguido que hasta cobren los dos meses de sueldo atrasado. El bufete de abogados que lleva el caso ha adelantado el dinero. Cuando el barco se venda, ella reembolsará el monto.

Edwin explica que en el Amazonas nada saben de tripulaciones abandonadas, es la primera vez que les ocurre una situación así y nadie comprende muy bien cómo actuar ni cómo reaccionar. El capitán, que reconoce que se hizo al mar porque de niño era fan de Vacaciones en el Mar, intenta seguir con el día a día: la nave es reparada, pintada, puesta a punto para el próximo dueño. “Tiene que verse bella para el nuevo dueño”, repite. Además, se siguen haciendo comidas comunitarias y rezos. Mañana, hasta se ha organizado un karaoke porque es domingo y así se ha hecho siempre. Ayer en el rezo invocaron a la virgen, a las deidades y a los profetas para que protegieran a la admiralty.

El capitán tampoco sabe si el nuevo dueño enviará una nueva tripulación o si ellos seguirán en el barco, pero ahora que han cobrado todos están de acuerdo en seguir a bordo. El sueldo, como siempre en los buques, es prioritario porque de ese dinero dependen sus familias. Aunque ya lleve varias travesías, es difícil para mí entender esta figura del hombre proveedor, pero así es en todas las tripulaciones que he conocido, sean filipinas, turcas, indonesias, rusas, italianas. Es algo que los hombres ni siquiera se cuestionan porque ese sueldo es fuente de honor familiar. Me gustaría saber si sus mujeres los esperan sin trabajar, criando a sus hijos, o si esa es solo una parte de sus vidas. La que marinos y esposas de marinos hacen pública para no desafiar el rol sexual en el seno de la familia ni el rol social en sus países.

“No hay piratas a la vista, nos iremos”, bromea el jefe de máquinas que ha estado presente todo el tiempo que ha durado la charla en la oficina del capitán y que ejerce como apoyo de este. Los dos son filipinos. El capitán es joven; el jefe de máquinas ya está curtido en viajes. En la charla interviene cuando el otro tropieza y calla para que el joven se sienta seguro. En un barco, cuestionar la jerarquía está prohibido y quien se atreve a corregir, ampliar o interrumpir a un capitán maneja el arte de la sutileza.

Hoy tengo permiso para asistir al karaoke, para hablar con quien quiera y hasta para acompañarles en el rezo. ¿Soy católica? ¿Soy musulmana? Los filipinos son católicos; los indonesios, musulmanes y, entre estos, también hay dos budistas. Todos rezan juntos. Puedo escoger y alguna creencia tendré yo, supone el capitán. Yo ya no sé ni quién soy y solo doy vueltas a la deriva por el barco. Una nueva pintada siempre me aparece al paso: “Safety first (Seguridad primero)”. Hasta ahora, ni los riesgos laborales ni la seguridad habían sido palabras con presencia en los barcos abandonados. Aquí toda la tripulación tiene un trabajo asignado y yo estorbo más que otra cosa. Hay marineros con mono naranja que pintan de naranja la cubierta, los hay con mono verde que trabajan en la sala de máquinas.

Estaba acostumbrada al bullicio, a las preguntas, al tabaco y al griterío de las tripulaciones turcas o del Este y entro, sin estar preparada para ello, en un territorio asiático.

En el interior del barco, huele a comida. Siempre huele a comida en este barco. En el comedor, cada quien coge un plato y se sienta dos, tres sillas lejos del otro. Yo me siento más sola que nunca y como en silencio en un mesa con mantel azul y flores de plástico amarillas en los jarrones. Unas cortinas rojas tapan la luz que podría entrar por las escotillas, pero no me atrevo a descorrerlas porque un hombre con mono blanco se ha puesto a tres sillas de mí y come cabizbajo, más en posición de rezo que de comida. ¿Por qué todo parece un ritual sagrado aquí? Estaba acostumbrada al bullicio, a las preguntas, al tabaco y al griterío de las tripulaciones turcas o del Este y entro, sin estar preparada para ello, en un territorio asiático donde impera el silencio sepulcral y donde nadie fuma ni se enfada.

El llanito se apiada de mí. Este hombre tiene más de psicólogo que de guardia, y está a bordo porque se quedó sin trabajo en tierra. Sabe los problemas de todos y cada uno de los tripulantes. Ayuda que nació en Gibraltar y que habla inglés. Lo primero que dice es que el marinero que se fue lo hizo a la desesperada. No sabía si alcanzaría a ver viva a una hija que se había puesto enferma de gravedad. Dos días después, él lo llamó y sí, sí la vio y, además, la niña ya está mejor. Es el guardia quien me dice que a bordo hay un marinero que tiene a su mujer enferma. Ella tiene cáncer, pero él no se va y eso al llanito no le cabe en la cabeza, pero tampoco lo juzga ni se mete. Ese marino suele estar en el puente perdido en el horizonte, me dice. Es indonesio como el de la hija enferma y viste un mono blanco.

En el barco, indonesios y filipinos no se mezclan en el día a día. Solo lo hacen en el trabajo y, desde que están abandonados, en el rezo. El resto del tiempo comparten espacio, pero no conviven. Hay algo en esta nave, nunca identificaré qué es, que me hace sentir una profunda tristeza que me sale del alma, un desazón que no se llena ni con las bromas andaluzas del llanito ni con saber que esta gente tiene comida asegurada. La mayoría del tiempo estoy sola. Llego al rezo y me voy. Mañana vendré al karaoke. Cuando bajo por la escalerilla, veo que unos marineros miran hacia los barcos que hay al otro lado. Está oscureciendo y, justo donde yo me senté en la mañana, dos marineros filipinos han colocado sus cañas de pescar. En Estambul, los marinos abandonados pescaban para tener algo que comer y estos, para matar el tiempo. Entiendo ahora que en un barco abandonado el tiempo también se mata y no solo se pasa.

Cuando me voy, veo al capitán y al primer oficial. Van vestidos de paisano. El capitán, con vaqueros y camisa por fuera como el joven que es y el otro, con camisa por dentro y pantalón de pinzas. Me ven y me saludan; me dicen que mañana por la mañana irán a misa. Encontraron un iglesia católica en la ciudad y suponen que yo siendo española soy católica. Yo me despido sin aclararles mucho si creo o no creo en algo. Camino por Gibraltar y regreso a La Línea de Concepción. Mañana, a las 11 he quedado con la admiralty en el puerto. Me siento mal físicamente, y no quiero ir a recoger las cosas y regresar. Esta noche dormiré al otro lado de la frontera.

Miércoles, comparto mesa con cuatro capitanes y una mujer.